sábado, 31 de octubre de 2015


Una película y un libro. Los dos hablan de amigos. Los dos hablan de pérdidas. Los dos se te quedan en el alma enganchados durante mucho tiempo. Curiosas coincidencias. Vi Truman de Cesc Gay en el Festival de San Sebastián al mismo tiempo que empezaba a leer un libro que me había prestado una amiga. El libro, Mientras cenan con nosotros los amigos, es de Avelino Hernández. Yo, mientras veía cenar a los amigos, Julián y Tomás, leía como cenaban los amigos del autor y hacía todo lo posible por cenar con amigos en el festival.
Me gusta mucho Truman, me gusta por qué hace eso que Manni Farber llaman el GYM, es decir hacer extraordinario lo ordinario. Cuatro días, dos amigos que hace tiempo no se ven, la separación definitiva, un perro que se queda solo. Madrid como fondo, como decorado. El tiempo que pasa, el que ha pasado, el que no pasará. Truman, el perro, Julián, el actor, Tomás, el amigo.
Me gusta mucho Mientras cenan con nosotros los amigos. Teresa la mujer presente, Marta, la mujer ausente. Poetas y médicos. Gente que te acompaña. El libro no es una novela, pero tampoco un ensayo y mucho menos unas memorias ¿qué es entonces? Un GYM literario que hace extraordinario lo ordinario de la vida y su discurrir. Aquí pasa un año entre la primera “carta” y la última. Un año a través del cual se intuye toda una vida.
Como en Truman, que sin necesidad de contar nada de lo que pasó antes de esos cuatro días, vivimos con ellos un pasado de recuerdos comunes, de historias compartidas.
Cine y literatura, dos buenos amigos. Al menos para mí que nos los considero un trabajo, sino un descubrimiento constante de cosas que me llenan. 
Y después de ver Truman y de leer a Avelino, me hago la reflexión de que hace mucha falta cenar con los amigos: al lado de un río, en un restaurante, en el jardín de una casa. Donde sea, pero tenerlos cerca. A ellos y a una Teresa como la del libro y a un Truman como el de la película que puede ser un perro, un gato, una tortuga, un pájaro. Es igual, alguien, no humano, con quién sabes puedes contar.



Nota. Avelino Hernández murió pocos meses después de acabar este libro. Troilo, el perro Truman, murió pocos meses después del rodaje. La realidad, como siempre, acaba imponiendo sus tiempos.

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De la avalancha de estrenos de esta semana, nada menos que 16¡¡¡¡ solo voy a destacar dos. No porque los demás no me gusten, sencillamente porque entre esos 16 hay muchas que no he visto ni sé cuando veré. Las dos que me gustaría que no pasaran desapercibidas son documentales: The Propaganda Game, de Álvaro Longoria, sobre la que he escrito en la web de Fotogramas y en Time Out Barcelona y El gran vuelo, de Carolina Astudillo que se estrena en muy pocos sitios.
Cuando vi El gran vuelo  le escribí a Carolina un e-mail: “Ayer vi la película El gran vuelo. Me ha encantado. Por varias razones. Formalmente me gusta mucho como utilizas las imágenes de archivos diversos para contar una historia concreta. Están muy bien buscadas y son muy ilustrativas de toda una época. También me ha gustado mucho descubrir un personaje que me resulta muy cercano. Yo no sabía nada de esta mujer, pero es como si la conociera.”
Siempre he pensado que hay todavía muchas historias de la guerra y la posguerra por contar. Y esta es una de las más desconocidas. La historia de una mujer, Clara Pueyo, que luchó por unas ideas y que fue doblemente encarcelada por ellas: físicamente por el franquismo que la recluyó en la Cárcel de Les Corts de Barcelona; psicológicamente por su propio partido, el Partido Comunista, que la obligó a un exilio interior por no aceptar las consignas ciegamente, como si fuera coreana.
Y con esto enlazo los dos documentales.
El resto de estrenos, arriésguense ustedes mismos aprovechando La Fiesta del Cine que se celebra los días 3, 4 y 5 de noviembre con entradas a  2,90 euros.


sábado, 24 de octubre de 2015

CONTRASTES

Un día perfecto para volar; una noche perfecta para correr. Pocas veces coinciden en la cartelera  dos estrenos tan antagónicos como el de la última película de Marc Recha y el film/secuencia del alemán Schipper. Y sin embargo, no puedo resistir la idea de compararlos, de enfrentarlos y sobre todo de imaginar lo que podría ser descubrirlos uno detrás de otro. ¿Cuál debería ir primero? No tengo dudas, primero hay que ver el adrenalínico experimento alemán, con ese plano secuencia de 140 minutos nocturnos, urbanos, violentos; luego, para calmar la tensión y tras un pequeño paseo por las calles cercanas al cine y a lo mejor un café, entraría a ver el precioso cuento lleno de aire que es el film de Recha para poder irme a casa con una sensación de serenidad. Las dos películas son como dos caras de la vida, la luminosa e inocente de la mirada del niño Roc; la oscura e inocente de la niña Victoria. Ni uno, Roc, ni otra, Victoria, serán iguales después de sus respectivas aventuras. Los dos crecerán, aunque de forma muy distinta.


(un cuadro perfecto para soñar)
Un dia perfecto para volar es un cuento mágico, con  un gigante vestido de rojo y una cometa amarilla. Roc quiere hacer volar su cometa en medio de un paisaje de verano lleno de aromas de romero y de algarrobo. El gigante le ayuda a desenredarla y le cuenta historias: historias de ausencia, de crecimiento, de pérdida, de encantamientos.  Roc pasa el día con él y cuando aparece su padre, el verdadero, se da cuenta que el gigante de rojo ya no está. Recha rodó esta película con su hijo Roc en cinco días del verano del 2014 en los paisajes cercanos a su casa. El resultado es una sensación física de bienestar, con una fotografía tangible y una música feliz, en la que se huele la naturaleza y se oye el viento a lo largo de los poco mas de 70 minutos que dura.


(dibujo en una pared del barrio de Kreuzberg en Berlín)
Victoria es otra cosa, Victoria sucede en un Berlín nocturno donde la joven Victoria, excelente Laia Costa, se pierde en una espiral incansable durante 140 minutos en los que pasa de ser una joven sin futuro a ser una mujer con un pasado. Por su historia, realmente sencilla y con un guión mas esbozado que escrito, Victoria es un thriller que recuerda algunos de los films que se rodaban en Barcelona en  los años sesenta. Tiene algo de A tiro limpio, algo de un cine negro que ya no se hace. Lo que lo distingue es ese plano secuencia que construye la película sobre un esquema establecido, dejando a los actores improvisar en función de los imprevistos que aparecen en su ruta hacia la destrucción, encajando a veces forzadamente los incidentes que deben conducirlos hacia el final. Porque hay un A y un B, lo incierto en la película es el camino entre esos dos puntos. En una apuesta como esta, no hay posibilidad de cortar lo que sale mal, de eliminar esa secuencia que pesa a la contra, buscar la mejor toma del actor. No hay tiempo de peinar a la actriz que poco a poco se va ensuciando, sudando, perdiendo brillo a medida que la noche pasa de lo divertido a lo tedioso y finalmente a lo violento.
Dos películas insólitas, una mas redonda que otra, la de Marc, pero las dos estimulantes, y atractivas por lo que tienen de riesgo y de apuesta para ir un poco mas allá. Si pueden, véanlas juntas, pero no me hagan responsable si el experimento no les gusta.

sábado, 17 de octubre de 2015

PAISAJES



Paisaje verde
Amama de Asier Altuna se puede definir como un film antropológico. He escrito antropológico y creo que tengo que aclarar porque lo digo. Se puede pensar que es por el canto a la tradición, la presencia de lo mágico, el mundo cerrado de los bosques  y el caserío. Un mundo condenado a desaparecer, a transformarse en aras de la modernidad que representa la joven frente al padre y la amama, la abuela. Pero creo que la tradición y la fuerza de la naturaleza no es lo más antropológico porque es algo que perdurará y que además es universal, no es patrimonio de un pueblo o un lugar: está en todas las culturas. Lo auténticamente antropológico es la forma de arte que utiliza la joven Amaia, el videoarte, las instalaciones, actuaciones con fecha de caducidad, condenadas a desaparecer en el olvido de su superficialidad. Lo antropológico aquí es lo moderno, mientras que lo viejo, lo de siempre, permanecerá vivo aunque cambien las personas. Los árboles, como sabe la amama, son para siempre.

Y hablando de árboles, quiero mostrar en este blog mi tristeza por los árboles de Barcelona. Primero fueron las palmeras, luego los cipreses. Los plátanos, hace años. Todos están enfermos, muriendo por plagas que suben por sus raíces y los destrozan. Es una pena verlos, es una pena darse cuenta de que se está dejando morir una parte imprescindible de nuestra vida. No quiero hacer metáforas de ningún tipo, pero me duele ver que quienes se preocupan de salvar las patrias, dejan que los árboles se mueran.

Paisaje azul
Un paisaje idílico no siempre es un espacio de paz y felicidad. Un pueblo de la costa  tranquilo y silencioso; unas playas limpias; una casa estupenda. Sí, pero no. Porque los que viven en esa casa no son precisamente personajes que transmitan serenidad y despierten simpatías. Eso es lo que nos cuenta la última película del chileno Pablo Larraín, El club. Un club muy especial; el club de los curas exilados. Cuatro sacerdotes católicos  cuidados por una monja entregada, están recluidos en esa casa, en ese pueblo, como castigo a sus pecados. Pecados de todo tipo, no solo pederastia, hay muchos más igual de terribles. Entre todos han conseguido un cierto equilibrio que se verá alterado, roto y recuperado a base de maldad. Lo más interesante de este film neblinoso (por el paisaje físico y por el paisaje del alma) es que el personaje más detestable de todos sea la monja amorosa que cuida a sus niños con todo el control del mundo. Curioso film que no debería pasar desapercibido.

Paisaje rojo
El que seguro no pasa desapercibido es Marte de Ridley Scott. Tengo con este film varios sentimientos encontrados que me llevan a no compartir ciegamente el entusiasmo que ha despertado entre la crítica. Para ser una película de ciencia ficción, le falta misterio, eso desconocido que hay en el universo; para ser un film de aventuras, le falta un antagonista, un peligro real, sentir auténtico temor de que el protagonista vaya a morir. Para ser una comedia, le falta ritmo. Todo es demasiado cotidiano, demasiado fácil, demasiado terrenal, marcianal, deberíamos decir. Este Robinson marciano parece que esté de vacaciones en Marte jugando a ser un naufrago, como si se tratara de un Gran Hermano con un único personaje que sabe que cuando las cosas se pongan realmente feas, seguro que el realizador dirá corten y todos a casa. 

sábado, 10 de octubre de 2015

TAXI


¡Taxi¡ Gracias. Lléveme a… ¡dónde usted quiera! Eso le diría al conductor de un taxi si me encontrara cara a cara con un director de cine conduciendo. Y ¿dónde nos llevaría, por ejemplo Marc Recha? Seguramente a dar una vuelta por Hospitalet, esa ciudad que tan bien conoce, o por Vallbona, junto al río Besos a buscar conejos. Si en lugar de Recha fuera Cesc Gay, creo que escogería enseñarnos los pequeños teatros independientes de la ciudad y ofrecernos un café en cualquier restaurante acogedor donde se pudiera charlar. En cambio, Villaronga nos arrastraría hacia esos barrios que no se suelen visitar y sabría enseñarnos la belleza de la sordidez de sus calles y sus gentes. 

Podíamos seguir así con tantos otros directores de cine. Pero el taxi que hemos cogido lo conduce Jafar Panahi y las calles que recorre son las de Teherán. Desde que la intransigencia y la intolerancia de su país le han negado la posibilidad de hacer cine convencional, Panahi se ha inventado una vía de escape que le permite seguir rodando sin tener que dar cuentas a nadie. Si en Esto no es una película no se movía de su apartamento donde llegábamos a ver toda una película que no existía; ahora se ha subido a un taxi y, con la ayuda de dos cámaras, ha conseguido trasladar a un microcosmos humano la complejidad de la sociedad iraní con la indispensable colaboración de un conjunto de amigos que se prestan a jugar con él en este retrato colectivo. Especialmente su sobrina, con la que mantiene un diálogo sobre el realismo o el no realismo que merece estudiarse en las escuelas de cine. A diferencia de Kiarostami y su experimento en Ten, también encerrado en un coche, Panahi le concede al fuera de coche, no fuera de campo, una importancia muy grande. Es importante lo que se dice en ese taxi; pero también es importante lo que sucede fuera de él. Hay un momento estupendo en el que la cámara de Panahi, colocada en el salpicadero del taxi, filma a su sobrina que a su vez está filmando con su teléfono unos novios que salen del restaurante que son filmados por un fotógrafo que está haciendo un reportaje de la boda. ¿Dónde está la realidad, dónde está la ficción? Ese plano de múltiples cámaras es, con las inteligentes y divertidas conversaciones con la pequeña, lo mejor que ha hecho Panahi. Y lo ha hecho sin pedir permiso a nadie.

sábado, 3 de octubre de 2015

APOSTATAR


(se puede apostatar de la iglesia, pero no de la belleza de sus ruinas románticas)
“Veiroj es un apóstata del lenguaje cinematográfico de la mayoría, un rebelde contra los modos de narración y puesta en escena habituales. Algo que, por principio, es magnífico. Otra cosa son los resultados” No puedo estar más de acuerdo con estas palabras de Javier Ocaña en su crítica de El  apóstata en El País.
El apóstata se estrenó en el festival de San Sebastian donde generó una división de opiniones entre la crítica y el público. No hay término medio con este film inclasificable. O te gusta o lo odias. Se le acusaba de poco verosímil en el proceso de apostatar; se le comparaba con la comedia madrileña de los años 80. Y sin embargo, consiguió una mención del jurado y el Premio Fipresci. ¿Qué tiene la tercera película de Veiroj para provocar tanto radicalismo? Creo que la respuesta está en la frase de Ocaña. Esta película es toda ella una apostasía, un abandono de cualquier regla que se pueda invocar. La anécdota, el macguffin si quieren, se centra en un eterno adolescente que pretende abandonar la Iglesia Católica en la que ha sido bautizado porque quiere dejar de pertenecer a esa religión. Pero en ningún momento el film se plantea como un relato naturalista del simple y sencillo acto de apostatar. Al contrario, se sumerge en un proceso kafkiano y sin angustia que no esconde la doble verdadera apostasía del film: la del personaje que en realidad quiere abandonar esta sociedad burocrática, estratificada, regulada, donde todos tenemos asignado un sitio, un número y un cartel para ponernos en la cabeza o colgarnos del cuello; y la del director que lanza un alegato contra el naturalismo costumbrista y el realismo que lo alejan de la comedia madrileña de Colomo o Trueba, no datando voluntariamente la historia, pasa ahora mismo pero no hay ni móviles ni ordenadores, ni  cediendo a las reglas del raccord, la iglesia del principio y la del final son distintas, ni preocupándose demasiado por si su actor es bueno o malo. Veiroj no retrata la sociedad que le rodea en ningún momento, mas bien se inventa un contexto acontextualizado. El apóstata es una película que le habría gustado mucho a Buñuel, al Buñuel mexicano que trabajaba con actores tan malos como Jorge Negrete o que se inventaba un obseso sexual como el Arturo de Córdoba de Él. No quiero comparar con esto a Veiroj con Buñuel, aunque me gustaría mucho ver que decían algunas de nuestras plumas críticas y desde luego el público, si El ángel exterminador fuera la tercera película de un director joven y poco conocido.



Partout ailleurs, il se sentait exiléEn todas partes se sentía exilado.
Dans ce vaste pays qu'il avait tant aimé, il était seul. En este gran país, que había amado tanto, estaba solo.
Estas dos frases son del cuento L’Hôte/El huésped de Albert Camus en el que se basa la película Lejos de los hombres. Digo se basa porque el film de David Oelhoffen va un poco más allá del relato de Camus. Manteniendo su esencia y prácticamente su historia, entre la primera frase del principio del cuento y la última que lo cierra, ambas presentes y mucho en la película, el guionista y director construye un western sin caballos, una Jauja sin estrellas, un viaje de dos hombres diferentes que aprenden a entenderse mientras cruzan las montañas rocosas y el duro desierto y se encuentran con la crueldad del ser humano, ya sea la de los rebeldes, ya sea la del ejército francés. Daru, el maestro que interpreta Viggo Mortensen casi como una prolongación de su capitán danés en Jauja, es un personaje exilado: nació ahí mismo, en pleno Atlas argelino, de padres andaluces a los que llamaban Los caracoles. Pero Daru es un francés para los árabes y un árabe para los franceses. No se siente de nadie más que de ese país que tanto ama y del que finalmente se verá expulsado. Como Camus, que escribió este cuento ambientado en 1954, publicado tres años después en el libro El exilio y el reino, el mismo año que le fue concedido el premio Nobel. Solo quiero añadir una cosa. Si este film existencial  funciona y engancha es gracias a la química entre Viggo Mortensen y Reda Kateb. Tanto por físico, como por edad y maneras de actuar, el duelo entre los dos actores es una de sus grandes bazas.



 Y ya que hablo de actores quiero dedicar unas líneas para el libro A los actores de Manuel Gutiérrez Aragón. Un libro de ensayo cinematográfico mas que de anécdotas, un texto autobiográfico al mismo tiempo que un canto de amor a los actores sin los cuales, el cine no sería cine. Una lección que todos los que quieren dirigir deberían leer con mucha atención. Y que todos los que disfrutan con el cine y los actores, estaría bien que conocieran para apreciar mejor lo que significa trabajar con personas  llenas de contradicciones.  Para acabar esta entrada sobre apostasías me quedo con una frase del libro:

¿A qué realidad nos referimos cuando decimos que la cámara la reproduce fielmente? Esa realidad es una realidad intervenida. El tanto de realidad que el cine reproduce tan fielmente  no es la realidad en la que nos movemos los ciudadanos, es la realidad en la que se mueven los actores para convertirse en personajes, que no es lo mismo.

sábado, 26 de septiembre de 2015

FESTIVAL DE SAN SEBASTIAN 2015

(todas las fotos las hice en San Sebastián los días del festival)
Un festival de cine es el lugar perfecto para darse cuenta de la riqueza y la diversidad del mundo. Para apreciar la cantidad de lenguas, paisajes, historias, que hay en  todas partes. Pero también para comprobar que lo que emociona, divierte y preocupa a unos y a otros es muy parecido. Sea en Islandia o en Chile; en Georgia o en Japón; en España o en Canadá; en Irán o en Venezuela, las gentes somos iguales y tenemos los mismos problemas. Si como decía Edgar Reitz el cine es nuestro heimat cultural, un festival como el de San Sebastián es la celebración absoluta de este heimat colectivo.



Un festival son las películas y de ellas hablaré en breve. Pero un festival es muchas más cosas. Es, por ejemplo, el escenario ideal para lanzar un discurso lúcido, inteligente, irónico como el que hizo Fernando Trueba al recoger el Premio Nacional de Cinematografía: “Que le den un Premio Nacional a una persona como yo, es medio incorrecto. Yo siempre he estado a favor de que hay que destruir las fronteras, no hay que poner ninguna nueva.” No puedo menos que suscribir sus palabras, yo tampoco creo en las fronteras y mucho menos en las uniones artificiales y obligadas. También el festival es un espacio privilegiado para que críticos de distintos países compartan sus inquietudes. Como hicieron el argentino Diego Lerer  y el español, Jaime Pena, debatiendo los problemas comunes que tenemos todos los que intentamos vivir de la escritura sobre cine. Y desde luego, un festival es el lugar donde se construye el cine del futuro gracias a los  foros de coproducción y sobre todo gracias a Cine en construcción, esa sección que un día hace ya muchos años se inventó el festival, convertida ya en un referente imprescindible para el  cine latinoamericano.

Y ahora sí, las películas. He estado solo cinco días y me han faltado horas para ver lo que se ofrecía. Pero de todos modos he visto mucho cine en este festival. Y digo cine y no películas, porque a veces, en un film hay una secuencia, una idea, que destella por encima del conjunto y aunque el resultado final no sea redondo, se queda en la memoria por mucho tiempo. De esos momentos privilegiados es de los que quiero hablar.

 Sunset Song, de Terence Davis. En este épico film sobre el amor a la tierra escocesa, me quedo con sus canciones populares, sus líneas de horizonte y sobre todo con esa mujer, Chris, que como la Escarlata O’Hara de Lo que el viento se llevó, sabe que la tierra de Blawearie significa mucho más que una granja para vivir.



Truman, de Cesc Gay. Hay muchas cosas en este emocionante film, pero si me tengo que quedar con una (ya volveré a Truman en su estreno) es con la mirada de ese perro magnífico. Una mirada que entiende el dolor que está pasando su amo; una mirada de sensibilidad y de complicidad. Los ojos de Truman se meten dentro del alma del espectador.



Evolution, de Lucile Hadzilhillovic. El imaginario de esta directora belga crea mundos acuáticos y misteriosos, poblados de mujeres anfibias y niños mutantes. Es fantástico y fascinante. Y se presta a múltiples lecturas. A mí me gusta una. Hay dos universos inabarcables y desconocidos: el del espacio y el del interior del cuerpo. Para mí, esa isla, ese mar, ese proceso de mutación, no es otra cosa que la gestación en el vientre de la madre, la preparación para un nacimiento inminente. Seguramente la directora me miraría con ojos de susto, pero es así como me gusta contar este inquietante film.



Mi gran noche, de Álex de la Iglesia. Del desbordante, exagerado y barroco film de Álex, me quedo con toda la primera parte del film que culmina en la aparición de Rafael travestido de Drácula/Darth Wader. Es un momento espectacular.

The Propaganda Games, de Álvaro Longoria. Estupendo documental sobre ese lugar misterioso y oculto que es Corea  del Norte. Intuir, más que ver, lo que sucede en ese reino del terror entregado al líder máximo, es muy revelador. Sobre todo cuando el director intenta que un ama de casa le explique que está cocinando y le pide que le enseñe que tiene en la nevera. Ella se niega ¿Qué tendrá en la nevera? ¿Tendrá algo?

El botón de nácar, de Patricio Guzmán. Toda la parte dedicada al agua y su importancia indiscutible para la vida, su relación con el cosmos, su magia, es realmente hermoso. Pero Patricio Guzmán desaprovecha la ocasión de hacer un documento único cuando conduce el film una vez más a su mono tema: los desaparecidos de la dictadura pinochetista. Lástima.



Amama, de Asier Altuna.¿Cine antropológico? Quizás. Retrato de un mundo, seguro. Memoria de una forma de vida que desaparece, también. El bosque, la tradición, los árboles. El paisaje del caserío se te queda dentro. En comparación, el mundo moderno y las video instalaciones salen perdiendo en todos los aspectos.





Hitchcock/Truffaut, de Kent Jones. Lo mejor que he visto en Donostia. Una lección de cine en toda regla. Oír la voz de Hitchcock en las cintas que grabó Truffaut para su mítico libro, es un regalo para cinéfilos y no cinéfilos. Un film imprescindible que debería verse en todas las escuelas, las de cine por supuesto, pero en las otras también. Un documento que deja huella.

Vida sexual de las plantas, de Sebastián Brahm. De este curioso film chileno, excelente retrato femenino de una mujer con múltiples contradicciones, me quedo con el arranque en la montaña, las piedras, el paisaje, la flor. Lo demás también me interesa, pero ese principio  marca el tono de toda la película.

Desde allá, de Lorenzo Vigas. Reciente León de Oro de Venecia, este film venezolano no sale bien parado de las expectativas que el premio produce. Desde allá es un trabajo correcto, bien filmado con una cámara que distorsiona los personajes en un semi expresionismo, pero no va más allá del allá donde comienza.



El desconocido, de Dani de la Torre. Esta película, que se estrena esta semana, es un film de acción espectacular localizado en A Coruña, una ciudad que merece convertirse en uno de los escenarios destacados de nuestra geografía. Tosar encarna un hombre atrapado en un coche con sus hijos. Un desconocido ha puesto una bomba bajo su asiento y él no se puede mover. Lo de menos es el problema que provoca la situación, (un guiño a la crisis y a la maldad de los bancos), lo que interesa es la habilidad de De la Torre para mantener el pulso de este suspense urbano.

The Boy and the Beast, de Mamoru Hosoda. La apuesta del festival por el cine de animación japonés. Un cuento de iniciación con el fondo del mundo de Murakami y la sombra de Miyazaki. Un film para niños y para adultos  al que lo único que se le puede reprochar es su larga duración.

El apostata, de Federico Veiroj. La película más incomprendida del festival. Se estrena la semana que viene y volveré a ella porque da mucho juego para hablar de muchas cosas.

Taxi Teherán, de Jafar Panahi. El cineasta iraní sigue dando pruebas de su imaginación para saltarse la prohibición de rodar en su país. Esta vez lo hace desde el interior de un taxi que se convierte en un foro para hablar de todos los problemas y contradicciones de una sociedad esquizofrénica. El humor, la tolerancia y unos diálogos inteligentes hacen que uno tenga ganas de subirse a este taxi para charlar un rato con Panahi.


Un día vi 10.000 elefantes, de Alex Guimerá y Juan Pajares.  No es un documental; no es una ficción; no es un dibujo animado; no es un film antropológico. Estos elefantes, metáfora de lo que buscamos sin alcanzar durante toda la vida, es un film de aventuras africanas salidas de los libros de Julio Verne, pero también es un recuerdo de un cineasta olvidado, Hernández Sanjuán, que en los años cuarenta recorrió la Guinea Española filmando todo lo que veía mientras buscaba el lago donde se reunían los 10.000 elefantes. La tragedia de la colonización y la mayor tragedia de la descolonización, están en el trasfondo de este film inclasificable.

Y hasta aquí lo que vi en Sanse los días que estuve allí. Faltan muchas cosas. Pero ésta no es una clásica crónica de festival, es más un Querido diario, de algunos fragmentos de cine que me llamaron más la atención.








jueves, 17 de septiembre de 2015

HEIMAT



(Ramon tenía 14 años cuando pintó este cuadro del jardín de su casa en la que hemos vivido juntos casi cincuenta años. Los árboles han crecido, el pozo ya no está, pero sigue siendo la heimat de Ramon y en gran parte mi heimat)
Llevo una semana sumergida en Heimat. Heimat en formato serie, Heimat en formato cine, Heimat en la calle. Heimat es una palabra alemana que tiene varios significados. Para Hitler significaba PATRIA, así con mayúsculas y con imposición a todos los demás que no eran PATRIA. Pero para Reitz, el autor de esta impresionante historia privada de Alemania, Heimat significa la tierra, lo que se conoce y se siente cercano. Esa acepción de Heimat es la que a mi me gusta frente a la HEIMAT grandilocuente que nos envuelve y nos arrastra hacia un precipicio de Heimats que detesto.
Esta semana se estrena Heimat La otra tierra, un largometraje de casi cuatro horas. Este Heimat de cine (Reitz dice una frase que me gusta mucho “El cine es nuestro heimat cultural”) se sitúa sesenta años antes del inicio de la serie que le hizo famoso en los años 80. Sucede la historia a mediados del siglo XIX en el mismo pueblo donde los Simon tienen su herrería, en la misma casa donde vivirán cincuenta años después María, Paul y sus hijos. Es una época de hambruna, de despotismo, de incultura. Jakob sueña con los pueblos indígenas, pero será su hermano Gustav el que consiga llegar a Brasil; Jakob se enamora de Jetchen, pero tampoco logrará quedarse con ella. Jakob nunca saldrá de su heimat, de ese pueblo, esa tierra donde sueña con el mundo hasta el día de su muerte. Porque su Heimat no es el del espacio, no es el de la lengua, no es el de la posesión: su Heimat es el del pensamiento y en ese sí que es dueño y señor.
La película de Reitz es menos compleja que la serie en su primera temporada, la única que he visto. Si tuviera que definirla en un twit largo diría que tiene de John Ford, la belleza de los paisajes abiertos y las nubes en blanco y negro; de Renoir, la alegría de las cosas sencillas de la vida;  de Eisenstein, la fuerza de los rostros, especialmente el de la madre; de Bela Tarr, la dureza del retrato de un pueblo hambriento y obligado al exilio.  Todo junto produce una sensación muy difícil de conseguir en el cine, la de estar ante la vida misma pero contada a través de alguien que sabe mirar. Puede que me consideren un poco extravagante si les digo que este Heimat de cine me recuerda el Boyhood de Linklater.

Solo unas líneas para hablar de la serie. Vi esta serie excepcional en el Festival de Venecia de 1985, el primer certamen de cine que se atrevió a programar una serie completa en sus sesiones. La pasaban por las mañanas y todos hacíamos malabares con el tiempo para poder seguirla sin dejar nuestros deberes festivaleros. No la había vuelto a ver hasta esta semana. Justo esta semana. Heimat es una serie extraña. Tiene un ritmo propio. Se detiene en algunos momentos para hacer descripciones minuciosas de lo que pasa, del espacio, de los personajes y las situaciones, y luego da un salto en el tiempo sin ninguna justificación. No nos cuenta solo las cosas importantes, las que marcan los puntos y aparte en la vida; nos relata mas esos tiempos entre medio donde se fraguan las emociones. Utiliza el color y el blanco y negro de una manera inquietante, pero no arbitraria. Pero lo más sorprendente es como se vive la Historia en ese pequeño enclave alemán perdido en medio del campo, lejos de las ciudades. La historia de la familia Simon comienza en 1919 y va hasta 1982. Con ellos vivimos la inflación y la crisis de los años veinte, el auge del nazismo, la guerra, la miseria y el hambre, la recuperación económica… Pero todo se ve desde lejos, es algo que no sale de ellos, pasa en otro sitio y ellos, simplemente, lo sufren o lo disfrutan. Eso es quizás lo más extraño y lo que ha hecho que esta serie sea considerada algo aparte. De este heimat hay quién sueña con irse, como Jakob, hay otros que consiguen irse, como Paul y hay muchos que se quedan, como María y Anton. Pero todos pertenecen a ese heimat que es solo de ellos.
Heimat, todos tenemos nuestro heimat particular, es solo nuestro, nadie tiene derecho a apropiarse de él, a hacerlo suyo, es mío y de otros, no es excluyente ni tiene límites. No quiero que nadie me obligue a dejarlo.

Nota:

Estaré esta semana en el Festival de San Sebastián. Intentaré escribir desde allí algo cada día si puedo.