viernes, 2 de noviembre de 2018

REENCUENTROS




(2001 ha estado muy presente en mi vida, mi novela La piedra negra es la prueba más clara de su enorme influencia)
El 1 de noviembre de 1968 Ramon y yo fuimos a ver 2001 una odisea del espacio. Nos habíamos casado el día anterior, el 31de octubre. No está mal empezar una vida juntos viendo 2001, una película que habla del futuro, que habla de un mundo nuevo lleno de estrellas. Entonces ya nos impresionó, nos gustó y nos hizo pensar mucho. La hemos vuelto a ver este 31 de octubre del 2018 y la verdad es que sigue siendo, 50 años después, una película que abre puertas, que deja en la retina imágenes inolvidables, que despierta emociones y sobre todo, provoca ideas. No sé cómo lo consiguieron, pero 2001 supera la barrera del tiempo y sigue siendo indispensable.

Y después de este pequeño apunte personal, las películas de la semana. Tres.


(en este blog he puesto muchos árboles de Ramon, es probable que éste ya lo haya usado, pero me gusta mucho como ilustración del árbol de Medem)
Reencuentro con Julio Medem: El árbol de la sangre
Me ha gustado mucho esta película. Lo digo de entrada y lo digo contenta porque los dos últimos trabajos de Medem, Mama y Habitación en Roma, me habían dejado un poco decepcionadas. Mama más que Roma. En cambio en este árbol de sangre y de vida, de memoria y de ramas entrecruzadas, veo el mejor Medem. Al salir de la proyección me encontré en el vestíbulo del cine con el director, me acerqué a felicitarle y le dije: “Has hecho una película fruto”. No sé si me entendió en ese momento, pero ahora lo explico. El árbol de la sangre es el fruto de las semillas plantadas en 25 años de carrera. Hay en este film, ecos de Vacas, sonrisas de La ardilla roja, misterios de Tierra, amores de Los amantes del círculo polar, sexo de Lucía y el sexo, búsqueda de explicaciones de Caótica Ana. Es como si todas estas historias, hubieran decidido florecer en una nueva aventura, que no copia, no busca la referencia, pero nace de ellas, como la fruta es distinta a la semilla, la planta y la flor de la que procede. Historia coral, que abarca los 25 años de la vida de Marc y Rebeca, pero se extiende mucho más allá para hablar del pasado y de presente. No hace falta hablar de política, prohibida en el relato que están construyendo los dos amantes, pero la política está ahí, al lado, como una sombra. No hace falta hablar de lugares para identificar una España plural en sus paisajes, plural en sus lenguas, plural en sus ideas. Construida como una novela escrita a dos manos, el culebrón, si porque también es un culebrón con todo derecho, de las vidas de Marc y Rebeca se entrelaza como las ramas del olmo que los acoge bajo su sombra. Olmo, por cierto, un gran personaje. Si, ésta es una película fruto y eso me hace muy feliz.
(me gusta mucho la critica que ha hecho Eulalia Iglesias en El Confidencial, si alguien la quiere leer, este es el enlace)

Reencuentro con Spike Lee: Infiltrado en el KKKlan
Yo creo que desde Haz lo que debas, en el lejano año de 1989, no me había vuelto a gustar una película de Spike Lee. Digo gustar, no que fueran buenas o malas. Hay en su filmografía títulos excelentes, pero a mí no me gustaban. Ésta sí. Con esta he disfrutado mucho. Es cine puro, entretenimiento puro, denuncia pura, género puro. Y si, reivindicación política y orgullo racial. Muy bien. Con todo esto, mas una perfecta ambientación de los años setenta, una banda sonora estupenda y actores que disfrutan con lo que están haciendo, Spike Lee nos regala un film de acción, de policías buenos y racistas malos, con humor y con mucha ironía. La simple idea de que un negro pudiera infiltrase en las células del KKKlan en los años setenta, es ya arriesgada, pero Lee la convierte en algo creíble gracias a dos actores perfectos; John David Washington, el negro de pelo encrespado, y Adam Driver, el judío descreído. Entre los dos se inventan un personaje ficticio que conseguirá engañar, burlar y sobre todo humillar a los WASPS del clan. Al final, en los créditos y poco antes, Lee utiliza imágenes documentales de ahora mismo, de la América First trumpiana que nos congelan la sonrisa de haber compartido la historia del doble Ron Stallworth. En el 2018, las cosas no solo están mal en Estados Unidos, es que están mucho peor de lo que estaban en los años 70. No hagan caso de las estúpidas declaraciones de Spike Lee que no es precisamente un personaje muy bien informado del mundo exterior al suyo, pero vean esta película, vale la pena.

Reencuentro con Freddie Mercury: Bohemian Rhapsody
En realidad este no es un reencuentro en sentido ortodoxo porque yo nunca fui fan de Queen ni de Mercury. Pero si identifico algunas de sus canciones, concretamente dos, We Will Rock You y We Are the Champions, como elementos musicales de mi vida. La película es un biopic convencional que se salva por las actuaciones musicales de este hombre impredecible encarnado con una energía desbordante por un actor egipcio nacido en Los Ángeles, Rami Malek. Aunque sea solo por ver la actuación en el concierto Live AID de julio de 1985, vale la pena quedarse hasta el final. Solo un apunte de queja. ¿Por qué en las películas musicales NUNCA y lo escribo con mayúscula, se subtitulan las canciones cuando son tan importantes, o más, que los diálogos doblados o subtitulados. Desde aquí reivindico que se subtitulen las canciones, por favor.



sábado, 27 de octubre de 2018

DOCUMACIÓN



(Anca Damian, junto a Juanma Aragón, de la Plataforma de Nuevos Realizadores y yo, en la Cineteca Matadero de Madrid. La foto es de Laura Nuñez)
La semana pasada estuve en Madrid invitada por la Plataforma de Nuevos Realizadores para presentar y charlar con la directora rumana Anca Damian a quien el Festival de Cine de Madrid otorgaba el Premio Mirada Internacional. Una de las mejores cosas que tienen este tipo de festivales es que te permiten conocer y descubrir a directores que hacen un trabajo extraordinario, pero de los que es difícil llegar a ver nada. Es el caso de esta mujer rumana, autora de una corta filmografía en la que brillan con luz propia dos títulos imprescindibles: Crulic, del 2011 y La montaña mágica del 2015.  Anca Damian hace un cine que, a falta de otro nombre mejor, me gusta definir como documación. Se trata en cierto modo de un documental narrado con técnicas de animación.  Son historias basadas en personajes reales, documentadas de forma exhaustiva, pero contadas de otra manera. Una manera que una ficción convencional no podría utilizar y que un documental convencional no podría provocar. La animación permite visualizar ideas abstractas, pensamientos, sensaciones, emociones, al mismo tiempo que contribuye a explicar la historia usando distintas técnicas, colores, líneas e incluso imágenes reales. La animación permite que la investigación periodística que hay detrás el guión, no se vea de una manera evidente al mismo tiempo que da una libertad absoluta a la hora de imaginar lo que pudo ser. Las dos películas hablan de personas normales que vivieron situaciones extraordinarias. Crulic, camino al más allá, es la historia de un joven rumano que en el año 2007, a los 33 años, fue acusado de robar una cartera en Cracovia, Polonia. Él siempre sostuvo que era inocente y lo era, como se demostró mas tarde. Pero en  el momento, nadie le prestó atención y cuando comenzó una huelga de hambre para protestar por su situación, pensaron que ya se cansaría. En realidad Crulic murió a causa de esa huelga de hambre en un país que parece que  siga viviendo en el mundo del Proceso de Kafka.  La montaña mágica,  está centrada en la vida de Adam Jacek Winkler, un alpinista polaco nacido en 1944, que huyó de la Polonia comunista en los años sesenta. En Paris vivió el mayo del 68 intentando hacer comprender a sus compañeros que luchar por el comunismo no era precisamente una buena idea. Su deseo de combatir contra la Unión Soviética le llevó a Afganistán a raíz de la invasión de ese país en los años 80. Jacek Winkler vivió con los mujaidines que se enfrentaba a los rusos en las montañas formando parte de un grupo mandado por Ahmad Shah Massoud, uno de los mas importantes jefes de la resistencia que acabó siendo asesinado por los talibanes cuando tomaron el poder. Jacek Winkler volvió a Paris y el 12 de octubre del año 2002 se marchó a la montaña dispuesto a morir. Fue esa noticia la que motivó el interés de Anca por esta historia. La documación le permite utilizar fuentes muy variadas para contar las distintas etapas de la vida de este hombre, y para poner en escena un diálogo imaginario entre su hija y él. Los dos son films muy interesantes, de una belleza terrible y emocionante. Crulic se puede ver en Filmin, La montaña mágica lamentablemente no se puede ver en ningún sitio.

Las extrañas coincidencias que tiene la vida han hecho que la misma semana que conocí a Anca Damian en Madrid, se estrenara un film español que se puede enmarcar plenamente en el mismo tipo de género que he llamado documación. Se trata de Un día más con vida, de Raúl de la Fuente y Damian Nenow, que adapta el libro publicado en 1975 por  uno de los más importantes corresponsales de guerra que ha habido nunca, el polaco Ryszard Kapuscinski. (Acabo de darme cuenta de que las tres documaciones de las que estoy hablando tienen que ver con Polonia, curioso). La película utiliza técnicas de animación, mezcladas con imagen real, documental o filmada expresamente para el film. Con todo ello, los autores nos adentran en un conflicto olvidado, el proceso de descolonización de Portugal en 1975 que sumió Angola en una guerra civil alargada casi cuarenta años. Aventura, amor, miedo, reflexiones políticas, esperanzas, juego de intereses internacionales y sobre todo “confusao”, confusión, palabra que define un lugar y una época que Kapuscinski relata muy bien y que Raúl de la Fuente y Damian Nenow han reproducido con la riqueza y la libertad que este género híbrido y nuevo les ofrecía.
(No quiero dejar de citar un antecedente directo de este tipo de cine,  Vals con Bashir del 2008, dirigida por Ari Folman).

viernes, 19 de octubre de 2018

PETRA



Solo unas líneas para esta película. No tengo mucho tiempo, pero no quiero que pase la semana sin por lo menos decir algunas cosas de este nuevo experimento de Jaime Rosales.
Primero. No hay en este momento (y creo que en ninguno) un director de cine que haya sabido transformar en imágenes el vacio geométrico de la obra de Mondrian. Las líneas rectas del espacio acotado, enmarcan las líneas rectas del vacío emocional de unos personajes abstractos.
Segundo. A pesar de esto, la historia nos sumerge en un melodrama, casi un culebrón con adulterios, padres escondidos, hijas que buscan un padre y mujeres que ocultan su pasado.
Tercero. La película mas vacía de emociones habla sin embargo de cuatro muertes, siempre en of nunca visualizadas. Tres muertes violentas físicamente, una violenta emocionalmente.
Cuarto. Y en medio de todo esto, el arte. Dos conceptos del arte, de la creación. El que solo piensa en el mercado, en el dinero, tan vacio como todo lo demás Y el que busca alcanzar a llenar ese vacío con la vida.
Quinto. Historia compleja en su ordenamiento narrativo, aunque nunca confusa, es en sus actores donde encuentra el mejor elemento del cuadro. Barbara Lennie estupenda, Marisa Paredes, brillante, Alex Brendemühl, imponente y Joan Botey odioso. Y junto a ellos, Oriol Pla y Carme Pla, víctimas del vacío.

sábado, 13 de octubre de 2018

DESCUBRIMIENTOS




(Colón también dio un pequeño paso para un hombre que fue un gran salto para la humanidad)
No sé si es casualidad o no, pero el hecho de que First Man se estrene el 12 de octubre no deja de tener su gracia. La llegada del hombre a la Luna se estrena el día que de una manera artificial y absurda, pero convencionalmente aceptada, se celebra lo que se ha dado en llamar el “descubrimiento” de América. Es una bonita coincidencia que me ha llevado a pensar en una película que me gustó mucho en su momento, aunque me produjo algunas discusiones. Un film que este interesante retrato/relato de Neil Armstrong me ha traído a la memoria, 1492, La conquista del Paraíso, de Ridley Scott estrenada en octubre de 1992 coincidiendo con los 500 años del evento. Recuerdo que escribí entonces que el Colón de Scott, con rasgos de un Depardieu aún capaz de moverse, parecía en su llegada a tierra americana un astronauta pisando la luna por primera vez. Viendo Fisrt Man me he acordado de esa película y de esas palabras. Hay en la figura de Armstrong algo de ese Colón obsesionado. Por distintos motivos seguramente, pero los dos están movidos por una urgencia: la de ir más allá. Hay un diálogo muy importante en el film de Damien Chazelle. Cuando Armstrong es entrevistado en la NASA, le preguntan más o menos esto.
–¿Por qué cree usted que hay que ir al espacio?
–Para explorar
–Explorar ¿para qué?
–Para ver las cosas como no las hemos visto nunca.
Creo que este diálogo lo suscribiría Colón cuando le preguntaran porque quería ir al otro lado del mar. Explorar, ver más allá de nuestro pequeño entorno, abrir el horizonte. Darnos cuenta de que somos pequeños y necesitamos ir más lejos. Como Armstrong necesita ir a la Luna para reencontrar la paz interior que ha perdido por una historia dolorosa que Chazelle y Ryan Gosling nos cuentan sin sentimentalismo, pero con mucha emoción. Explorar es algo que el hombre necesita desde los albores de la humanidad. Si no hubiera habido exploradores, del pensamiento, de la ciencia, de la geografía, del espacio, de la historia, aun estaríamos moviéndonos en las cavernas. Nunca fueron muy bien entendidos y menos aceptados. Colón lo sufrió en su vida y la carrera espacial lo sufre en su ralentización, en las demoras que hacen que no se avance tan rápido como haría falta. El argumento que Chazelle también muestra en el film sin demonizarlo ni convertirlo en reaccionario, aunque lo es, de que se gasta mucho dinero en el espacio cuando en la tierra hay gente que pasa hambre y frio, es una idea de atraso que casi siempre esconde la conservación de los privilegios de unos sobre otros. Porque la mayor parte de las comodidades que nos permiten vivir mejor ahora que hace cien años, por ejemplo yo misma escribiendo en este ordenador estas palabras, son resultado de la investigación en este caso espacial que abrió nuevos caminos para el progreso. Que ese progreso sea bien utilizado y bien repartido es otra cuestión que también debe preocuparnos. Pero nunca pararnos como humanidad que avanza.
Bueno, me he ido un poco por las ramas. Yo lo que quería era dejar claro que First Man me ha gustado mucho. Es una película que habla de sentimientos sin sentimentalismo, de aventura sin épica, de amor sin azúcar, de pérdidas sin parálisis. Y aunque sepamos ya como acaba la historia, nos mantiene en vilo toda la narración, con el alma en un puño viendo esa chatarra espacial casi tan endeble como las carabelas de Colón que navega en el espacio infinito. Además le agradezco a Chazelle que me explique cómo se filmó ese “pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad” que tanta tinta hizo correr. Y también le agradezco, que como hizo Scott con su Colón, nos ahorre la bandera puesta en la Luna (o en San Salvador) dejando los patriotismos fuera de campo. First Man es una película importante. Al menos para mi.

(esto es lo que escribí cuando se estrenó 1492)
 Un proyecto con futuro
Cuando se supo, hace meses, que uno de los Colones que nos iban a invadir lo dirigiría Ridley Scott, la pregunta que se planteaba era “¿Scott?, el mismo de Blade Runner, el de Thelma y Louise?” Pero un momento de reflexión permitía exclamar: “!Scott¡ , claro”. En realidad sólo había cuatro directores de cine capaces de enfrentarse –y salir airosos– a la figura de Colón y al hecho del descubrimiento de América sin caer ni en la apología, ni “en la Historia vista por Hollywood”. Uno es Francis Ford Coppola que habría podido hacer un Apocalipsis colombino; otro es Werner Herzog que habría convertido a Colón en un héroe romántico, atormentado por el destino; el tercero es Manuel de Oliveira que se habría acercado a Colón con una mirada seca, sin adornos, pero rigurosamente histórica. El cuarto era Ridley Scott. ¿Por qué? Sencillamente porque Scott es el único director capaz de dar una visión futurista, capaz de convertir al navegante del siglo XV en un héroe del siglo XXI. Scott es el mejor preparado para conferir una dimensión épica y de gran espectáculo a una vida y una historia que se presten a ello como pocas.
Ridley Scott es un descubridor, como lo era Colón, no un creador, que es algo distinto. Scott, como Colón, sabe que hay un sitio donde quiere ir –las Indias o el cine del futuro– y hacía allí va convencido de lo que hace. Por eso su Colón será un Colón importante. No sé si será respetuoso con la realidad histórica o si se ajustará a las ideologías imperantes, lo que es seguro es que será una película grande.
(El Observador, 10 de octubre, 1992)




sábado, 6 de octubre de 2018

QUERER/AMAR


Esta semana se estrenan dos películas estupendas, de esas que se quedan en la memoria y se recordaran entre las mejores del año (o de años). Una es española, la otra polaca. Una la dirige una mujer joven, la otra la dirige un hombre joven. Vamos por partes. 

(mi madre también  cosía a máquina cuando vivíamos en México)

La española se titula Viaje al cuarto de una madre, precioso titulo que evoca todo tipo de sensaciones, porque ¿qué hay de mas intimo y secreto, que el cuarto de una madre? La dirige Celia Rico, una chica sevillana que vive  en Barcelona desde hace mucho tiempo y ha trabajado en algunas de las productoras mas interesantes de la ciudad: Oberon y Arcadia. Celia se dio a conocer con un corto precioso que protagonizaba Asunción Balaguer. Y ahora nos regala este cuento tierno y callado de una madre y una hija que son una sola figura y que poco a poco se van separando para ser dos, pero igualmente unidas, igualmente respetuosas. Lola Dueñas y Anna Castillo son la madre y la hija. Lola no sale nunca de casa y es en ese piso minúsculo donde vive todo su viaje a su propio cuarto que acabará por devolverla al mundo del que se había sentido excluida al perder a su marido. Anna es la hija que sabe que tiene que salir del piso sin dejar de viajar al cuarto de su madre y buscar fuera el aire que les permitirá respirar. Las dos hablan, se quieren, están unidas por hilos: el de la costura, tan importante, el del teléfono tan definitivo. Y las dos  sin ningún tipo de melodrama, sin perder la sonrisa, sin miedos ni revueltas, nos invitan a viajar a ese cuarto de su mano y de paso, a recordar cómo fueron nuestros propios viajes a los cuartos de nuestras madres. 



 (coros y danzas soviético/franquistas)

La polaca la dirige Pawel Pawiloswki y se titula Cold war, guerra fría. Es una historia de amor en blanco y negro; una historia de amor con la música como tercer personaje; una historia de amor entre dos personas, un pianista y una joven que canta y baila, condenados a amarse y a perderse continuamente. Empieza en la Polonia soviética de 1949 y acaba en la Polonia soviética de 1964. Entre medio, Berlín y Paris, son los escenarios de sus encuentros y desencuentros. Es un film contado con elipsis, lo que sucede fuera de campo es tan importante como lo que vemos, lo que les pasa a estos dos seres que se buscan, se encuentran, se pierden, a lo largo del tiempo es lo que no vemos pero vivimos a través de sus diálogos, sus enfrentamientos, sus tristezas e incluso sus momentos de plenitud. No puedes dejar de mirarla y no puedes dejar de darte cuenta con que inteligencia el director (recuerden la delicadeza de Ida y su carga de crítica política sin necesidad de levantar la voz) nos va metiendo en el alma de estos dos amantes usando la música como vehículo: la música popular primero, el jazz después, el rock and roll, en un momento de liberación y la canción que nace del alma al final. Dura muy poco, no solo porque es corta, sino porque esas vidas pasan sin darnos cuenta. Desde las primeras imágenes de recogida de canciones populares en el campo hasta el melancólico e impresionante plano final, desfila ante nuestros ojos no solo la imposible historia de amor de Viktor y Zula  sino la terrible tragedia de unos países castrados en lo mejor de su juventud durante muchos, muchos años. Como decía en una entrada anterior. Si solo han de ver una película este año, que sea esta.
(Hay un efecto colateral de la película que no me resisto  a destacar. Viktor y Zula se conocen en una escuela de formación de una compañía de bailes y danzas populares estatales promovida por el gobierno comunista para reivindicar la cultura del pueblo por encima de todo. Viendo estos espectáculos no he podido dejar de recordar los famosos Coros y Danzas del franquismo que eran exactamente lo mismo y estaban concebidos con el mismo propósito. Si en la terrible imagen de los coros cantando con el retrato gigantesco de Stalin detrás lo sustituimos mentalmente por el de Franco veremos que las similitudes son mucho mas que formales. Las dos eran dictaduras brutales. Harían bien todos los que levantan el puño y enarbolan banderas con hoces y martillos en informarse un poco de que es lo que están reivindicando. No sea que se encuentren de golpe con un nuevo stalfranquismo o incluso, en clave local, un stalcarlismo).


sábado, 29 de septiembre de 2018

EL REINO



(He dudado mucho en poner un cuadro tan bonito de Ramon en compañía de una historia tan detestable, pero luego he pensado que Rodrigo Sorogoyen y todos los que han hecho la película sí se merecían el regalo. Se trata de uno de los cuadros de la serie La corona d’un re donatore, del 2009)
“Una puesta al día del mejor cine político italiano. Un ritmo del mejor cine político americano. Sin dejar de ser intensamente española.” Escribí estas tres frases al salir del pase de El reino, la nueva película de Rodrigo Sorogoyen.  También escribí: “Me gustó mucho mas de los que esperaba. Solo un apunte del título, más que El reino yo la habría titulado El chiringuito, porque eso es lo que estos canallas tienen montado.”
Un chiringuito en toda regla para robar a manos llenas del erario público sin despeinarse un pelo. Y lo que es peor, sin tener conciencia de que hacerlo está mal. “Yo pensaba que era lo normal” o “Tú habrías hecho lo mismo”, son algunas de las cosas que se suelen decir para justificar estos comportamientos mafiosos. En su presentación en el Festival de San Sebastián se ha preguntado insistentemente a Rodrigo y su equipo  porque no se nombra nunca el Partido Popular en la película. Me parece obvio. No se trata de denunciar a un partido en concreto, sino de poner en evidencia un problema sistémico. Manueles López Vidal hay en todos los partidos: los unos y los otros, los del 3% y los de la trama Gurtel; los de los Eres y los que simplemente se aprovechan de la ingenuidad de la gente para otorgarse sueldos desproporcionados con sus méritos. Todo es corrupción y todos somos un poco corruptos. Eso es lo importante de este film. Eso y responder a algunas preguntas como, por ejemplo, ¿Qué pasa cuando estos políticos se marchan a casa? ¿Cómo se comportan con su familia, con sus amigos? ¿Qué hacen en las comidas de trabajo? Bueno, en las comidas de trabajo se sabe bastante lo que hacen gracias a la insana costumbre de grabarse unos a otros. Pero lo demás es un misterio que el reino nos desvela un poco demostrando que son gente normal, de los nuestros, como usted y como yo, que han sabido ver en una situación determinada una oportunidad y no han calculado las consecuencias. En este chiringuito de desaprensivos no se salva nadie. Ni siquiera la periodista estrella que persigue a su objetivo hasta acorralarle en una secuencia antológica. Hay mucho cine en este espléndido guión, en el uso de la música que pone de los nervios hasta que te das cuenta de que es un personaje más, en ese retrato de una violencia moral que está más extendida de lo que nos gustaría creer. El reino no necesita mucha publicidad, se la hacen todos los días los telediarios, la comparecencia de José María Aznar en el congreso, los juicios y sus delaciones, los favores concedidos a cambio de (no siempre de dinero, a veces de votos). Pero lo mejor es que todo esto que en un determinado cine político sería insoportable, en manos de Sorogoyen y su equipo se convierte en un magnífico espectáculo. Cine popular, comercial, del mejor. Un thriller en toda regla, cine negro. Necesario y útil. El reino (o el chiringuito) será una de las películas españolas del año.
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Por si no estábamos convencidos de su dimensión universal y actual, mas allá de la traición y el sálvese quien pueda, estas últimas semanas nos están ofreciendo un culebrón en entregas de la corrupción en todas su variantes: másteres, casas compradas de forma como mínimo extraña, chanchullos de te doy mi voto si me quitas a ese fiscal. El reino es tema de todos los días, sobre todo en esa variante de “cuídate de tus enemigos, pero más de tus amigos, sobre todo si son compañeros de partido”. Ojala se hagan muchas más películas como ésta.





sábado, 22 de septiembre de 2018

CUATRO HOMBRES



(un caballo de Ramon para Brady)
Brady (el cowboy)
The rider es una película de piel, de emociones, de paisajes, de ocaso de una forma de vida que desaparece. Es la historia de un jinete de rodeos que ha nacido para eso, para montar a caballo, recorrer las praderas. Es la vida del personaje de ficción y el personaje real que son uno. Porque el The rider cuenta la historia del Brady real, con su hermana Lily, su padre, su amigo Lane Scott. Es una documental convertido en ficción o una ficción que nace de la realidad. Brady Jandreau es Brady Blackburn, y su historia es la del accidente que le alejó para siempre de los rodeos y su imposibilidad de vivir lejos de ese mundo. No es una película nostálgica ni melancólica, pero si es profundamente romántica. Brady, el de verdad y el de la ficción, es un joven indio nacido y criado en la reserva de Pine Ridge en Dakota del Sur, donde viven los indios de la tribu de los Lakotas. “Hay cosas que no se hacen por el dinero que se puede ganar, hay cosas que se hacen solo por las ganas de divertirse…he salido de esos corrales muchas veces entre los gritos de la gente montando un toro o un caballo enloquecido que se retorcía debajo de mi, y siempre he sentido lo mismo. Durante unos segundos eres mucho más que cuando paseas por la calle o comes o duermes. Quizás sea algo que no se puede explicar a una mujer.” Son palabras que dice Robert Mitchum en un film de 1952 que se ha citado mucho en las críticas a The rider, Hombres errantes, de Nicholas Ray. Pero en este caso si ha sido una mujer la que ha entendido lo que le sucede a este jinete. La joven china Chloe Zhao ha sabido captar esa mezcla de tristeza y orgullo, de amor y deseo, de vínculo con un paisaje, con una tierra, con un horizonte. Le copio a Marta Medina el titular de su estupenda critica El confidencial, aunque con un ligero cambio: “Si solo puede ver una película esta semana (ella dice este año) … que sea esta maravilla”.

 (el auténtico Willi Herold, tenía 21 años cuando fue ejecutado en 1946)

Willi Herold (el capitán)
Me resulta difícil hablar de este personaje, de esta película. Pero creo que tengo que hacerlo. No solo porque pienso que es una buena película, sino porque me parece importante conocer a Willi Herold, un soldado alemán desertor que los últimos días de la guerra, huyendo de sus perseguidores, encuentra un uniforme de capitán del ejército y al ponérselo no solo asume una nueva identidad sino que con la máscara puesta construye un personaje que es compendio de lo peor que generó el nazismo: la crueldad gratuita, la arbitrariedad del poder, la manipulación de los que considera inferiores. El horror en estado puro. Saber que está basado en un personaje que existió y cometió esas barbaridades, es aun más espeluznante porque nos pone frente a una idea terrible: cualquiera puede dejar aflorar al monstruo que se esconde detrás de una máscara y lo que es peor, la banalidad del mal de la que hablaba Hanna Arendt no era exclusiva de los mandos militares y políticos. Hubo mucha más complicidad en el horror entre la población civil de la que a muchos alemanes les gusta reconocer en la revisión de la historia. La película está rodada en blanco y negro porque en colores sería insoportable, fue tan dura de filmar (algunos actores rompían a llorar durante el rodaje) como de ver. Pero es hermosa, si, lo es en su maldad y en su frialdad y sobre todo es necesaria. Si van a verla, quédense a los títulos de crédito, donde vemos al joven Willi al frente de su tropa de depredadores circulando por una ciudad alemana de ahora mismo sembrando el terror entre los ciudadanos. Una lección de historia.


(un icono de Ramon)
Jacques (el periodista) 
¿Una película sobre apariciones de la virgen? ¿Mande? ¿A estas alturas? Pues si una película sobre la aparición de la virgen, pero… y ahí está lo interesante, contada desde la mirada de un hombre que no cree, pero respeta. Jacques viene de sufrir una pérdida terrible, su mejor amigo ha muerto mientras los dos cubrían una de esas guerras que pasan lejos y que desgraciadamente de tan cotidianas ya ni salen en los telediarios. Jacques está herido en el alma. Y eso le lleva a aceptar presidir una comisión de investigación del Vaticano sobre la supuesta aparición de la virgen que una chica de 18 años afirma haber visto en un pueblecito del sur de Francia. Jaques llega sin ideas preconcebidas en ningún sentido. Es un periodista y lo que quiere saber no es la verdad, eso es muy difícil, sino los porqués. La película le sigue en este viaje de investigación donde vemos como Anna, la chica que ha visto a la virgen, se consume ante sus ojos y los nuestros víctima inocente de sus propia ingenuidad, de su propia historia y del abuso de los que la rodean. Hay tres cosas que no es La aparición: no es maniquea, no es mística, no es previsible. Y hay una que si es: una curiosidad.




(una estrella de Ramon)
Juan (el gaucho/guaraní)
Testigo de otro mundo se estrenó la semana pasada, pero la recupero esta porque también es una historia de un hombre, Juan Pérez, protagonista de un encuentro (aparición) con seres extraterrestres cuando era un niño de doce años en medio de la Pampa argentina. Este hecho marcó toda su vida y llamó la atención del documentalista Alan Stivelman que decidió averiguar qué había pasado con Juan cuarenta años después. Desde el punto de vista cinematográfico no deja de ser un documental muy convencional, casi televisivo, pero desde el punto de vista del personaje, ese Juan de cincuenta años, que aun no es capaz de entender que le pasó entonces, es muy interesante. Stivelman se sitúa en segundo plano y busca no solo entender, sino ayudar a Juan. Y ello les lleva a los dos a conocer una comunidad de indios guaraníes, de donde viene la familia de Juan, en la que el hombre acabar por aceptar lo que le sucedió al enmarcarlo en una creencia más amplia, mas colectiva, que le ayuda acerrar el círculo de su soledad y su diferencia, en definitiva de su vida. Testigo de otro mundo es un documental sencillo en su forma y complejo en su contenido. Abre puertas y no solo las de la ciencia ficción.