sábado, 27 de abril de 2019

VANGUARDIAS



“Se conoce con el nombre de vanguardia al conjunto de manifestaciones artísticas que se desarrollaron en las primeras décadas del siglo XX y que se caracterizan por el énfasis puesto en la innovación y en la confrontación con las normas estéticas canonizadas”.
 Esta definición de vanguardias me sirve para encabezar la entrada de esta semana.  Tres clases de vanguardias distintas. Una se enmarca plenamente en la definición, las otras dos se adecuan mas a la frase “el énfasis puesto en la innovación y en la confrontación con las normas estéticas canonizadas”.

Vanguardia ortodoxa: la de la película Buñuel en el laberinto de las tortugas
¿Existe realmente el realismo? ¿Es el surrealismo un cierto modo de realismo? No se si esta es la mejor manera de acercarse a este curioso film de animación que recrea el momento en que Luis Buñuel, sumido en una profunda crisis de creación tras el éxito/escándalo de La edad de oro, se enfrentó al rodaje de un “documental” rodado en las profundas tierras extremeñas de Las Hurdes. Basado en un cómic que no conozco de Fermín Solis, el film de Salvador Simó se plantea contar el proceso de creación de este documento singular rodado en 1932 gracias a la generosidad de Ramón Acín, que invirtió en el proyecto el dinero ganado con un billete de lotería. La película es bonita, interesante, entretenida. Pero a mi lo que me provoca es una pregunta que siempre flota en el ambiente ante cualquier documental. ¿Se filma la realidad o se pone en escena la realidad para filmarla? Buñuel y su pequeño equipo se presentan en Las Hurdes con la intención de filmar lo que vean. Pero a veces lo que ven no le gusta o no se corresponde a lo que le busca. En el fondo sigue siendo un surrealista  (Las Hurdes, tierra sin pan es un “documental surrealista”) así que “reconstruye la realidad”: que las cabras no se tiran por la montaña, pues las tiramos nosotros; que las abejas no se comen el burro, pues hacemos que se lo coman; que los enanos nos miran y juegan, pues los filmamos haciendo lo que queremos que hagan. Es cierto que este viaje y este documental cambiaron a Buñuel. También es cierto que este cambio coincidió con un momento político que le alejó de la dirección. Es cierto que Las Hurdes fue prohibida por el Gobierno de la República (sí, también prohibían cosas). Pero también es cierto que hizo mas por la España profunda que muchas arengas políticas. Buñuel en el laberinto de las tortugas es un film que vale la pena ver. Para recuperar a un Buñuel joven e inconsciente, para revisar un film casi insoportable de ver y también para ser conscientes que lo que se sigue llamando la España vaciada, la España olvidada, la España al margen, de la que se ha hablado estas semanas, ha cambiado mucho, muchísimo, pero sigue siendo un terreno desconocido donde se pueden tirar las cabras y afirmar que son ellas las que se tiran.
(Complemento indispensable: El libro Luis Buñuel o la mirada de la medusa editado por la Fundación Banco de Santander. Se trata de reflexiones, conversaciones y cartas entre Luis Buñuel y el escritor mexicano Carlos Fuentes. Muy interesante y muy diferente de los enfoques tradicionales de la obra de Buñuel).



(Mike Naumenko y Natasha)


(Viktor Tsoï)
Vanguardia musical: la de la película rusa Leto.
En nuestro mundo occidental (entendido como Europa y Estados Unidos) lo sabemos todo de nosotros mismos, pero sabemos muy poco de los demás. Por eso es de agradecer que existan películas como esta del ruso  Kirill Serebrennikov que nos cuenta como en la gris, monolítica y represiva Rusia Soviética, existían pequeñas islas de libertad de las que no sabemos nada de nada. La historia pasa en Leningrado el verano de 1980. El rock vive un momento semi clandestino de esplendor. Es en ese verano donde se sitúa la historia de este triangulo amoroso entre tres jóvenes vinculados a la escena musical rockera y alternativa de la ciudad de Leningrado, los músicos Mike Naumenko y Viktor Tsoï , dos figuras legendarias del rock soviético, estrellas durante el convulso y apasionante periodo de la perestroika y Natalya Naumenko, casada con Mike y enamorada de Viktor. Tres figuras  reales que tuvieron un final trágico: Viktor murió a los 29 años y Mike a los 36.  Pero esto queda fuera de la película que lo que quiere es recrear un momento de felicidad y de vitalidad en la rigurosa y opresiva Rusia Soviética. Leto es una película musical, un retrato generacional de un tiempo pasado, pero también es un film plenamente contemporáneo en una época en la que la represión política y el recorte de libertades vuelven a ser importantes en la Rusia de ahora mismo. Vale la pena verla por su frescura, su ligereza, su música,  pero también para hacer justicia a su director liberado este mes de abril de un larguísimo arresto domiciliario, aunque con la limitación de no abandonar la ciudad de Moscú. Será que a Putin no le gusta el rock, ni la cultura (occidental o no occidental).
(Complemento indispensable: los videos de Mike Naumenko y Viktor Tsoï en youtube. Estos son dos ejemplos, hay muchos más: https://www.youtube.com/watch?v=M8Dt9StZSqA



Vanguardia… a secas: la de la película La portuguesa
Tres mujeres se unen en La portuguesa: la directora, Rita Acevedo Gomes,  la guionista Agustina Bessa-Luís, y la actriz Clara Riedenstein. Por encima de ellas sobrevuelan tres hombres: la sombra de Manoel de Oliveira que es alargada y cubre el film, el relato de Robert Musil  La portuguesa y la fotografía de Acacio de Almeida. Todos juntos consiguen hacer uno de los films mas hermosos y menos previsible de los que he visto en mucho tiempo. La historia es muy simple: el señor Von Ketten, en guerra permanente con el obispo de Trento, vuelve a sus tierras del norte de Italia con su nueva esposa, una hermosa mujer portuguesa. Durante once años, el señor estará lejos sumido en sus batallas, con escasas visitas a su esposa que vive aislada en un castillo, acompañada de unos pocos sirvientes. La extranjera, la hereje, la bruja, no  quiere volver a su casa en Portugal y permanece allí como una amenaza de lo diferente: lo femenino, lo de fuera, lo que no se entiende. Narrada como un cuento, transcurre suavemente ante nuestros ojos asombrados de la belleza de los espacios, de la puesta en escena, de la calidad pictórica de sus imágenes, pero también envueltos en la experiencia de esa mujer pelirroja que construye un mundo propio al margen de un marido perdido. La portuguesa no es un film para todo el mundo, pero si es una película que todo el mundo podría ver y disfrutar.
(Complemento indispensable El libro Tres mujeres de Robert Musil donde está el cuento La portuguesa)






sábado, 20 de abril de 2019

LUNES (SEMANA)NEGRO



(con Diego Galán en Sitges en 1995)

Adiós Diego
Lunes negro y triste este 15 de abril. Por la mañana me entero de la muerte de Diego Galán, por la tarde se quema Notre Dame. Dos tristezas distintas, dos dolores diferentes, dos pérdidas que me dejan un espacio vacío. Diego era una figura presente en mi vida desde que le conocí en el Festival de Berlín de 1984. Yo llegué a Berlín sin tener idea de cómo funcionaba un festival. Me colgué mi acreditación del cuello y pensé que estaba todo hecho. Enorme error del que me sacó Diego, al que entonces no conocía de nada, que se apiadó de mi inocencia y desvalimiento. Diego me recomendó no llevar colgada la acreditación como si fuera un niño en un aeropuerto; me enseñó la sala de prensa desde la que se enviaban las crónicas a los periódicos, escritas a máquina y transmitidas por fax, teléfono o telex; me acompañó al Zoo Palast, el magnífico edificio dónde tenían lugar las proyecciones para prensa; en definitiva me inició en el mundo de los festivales. Si, Diego me inició en este mundo fascinante y años después, en 1998, me dio la oportunidad de trabajar con él en el Festival de San Sebastián. Diego era divertido, mordaz, muy inteligente, muy cariñoso casi siempre, pero tenía su lado Hyde y cuando le salía, más valía que te escondieras detrás de una puerta. Pero trabajar con él era fácil, quizás no fácil, sino estimulante, era un reto continuo. Te daba responsabilidades, pero te exigía que las cumplieras como él quería. Aprendí mucho con Diego y de Diego. Y consolidé una amistad a prueba de festivales y discusiones. En el fondo, pelearse con Diego siempre tenía algo de emocionante. Hace un par de años que no lo veía, pero seguíamos en contacto por mail y a veces me comentaba alguna entrada del blog o yo le comentaba alguna Cámara oculta de las que escribía en El País. Diego ha dejado una huella en la crítica de cine de este país, en la cultura de este país. Pero para mí, lo importante es que dejó una huella en mí. Ya nunca me mandará ramos de flores como disculpas o sonreirá de medio lado, pero si estará en mi memoria para siempre.


(una imagen de Notre Dame que no volveremos a ver)

Notre Dame
En cuanto a Notre Dame, que puedo decir. La tristeza enorme de ver caer la aguja gótica, de ver las llamas naranjas y azules saliendo del corazón de la iglesia, es infinita. No se sabe aun que lo ha provocado. ¿Un error humano? ¿Una imprudencia en las obras de reconstrucción? ¿O un sutil y muy sofisticado atentado a uno de los símbolos de la cultura y la civilización democrática europea? Mi vena conspiranoica vuelve a aparecer, pero  no puedo dejar de pensar que justo ahora, en vísperas de unas elecciones europeas decisivas, quemar esta obra que es de todos y que representa una historia común, es un golpe perfecto. Espero equivocarme, bueno, seguro que me equivoco y que todo fue fruto de un accidente por el estado en que estaba la catedral. Por suerte, pasados unos días, podemos ver que los daños no son tan graves como se pensó, aunque siempre quedará la imagen de la aguja cayendo como un icono del final de una manera de entender la cultura. Y otra cosa. Yo no la reconstruiría. Al menos no igual que era. Eso sería falsear la historia, convertir Notre Dame en una Sagrada Familia en Paris. No, yo haría lo que se hacía en otros tiempos, pensar en ella desde el presente. Y eso significa dos cosas: dejar la herida, pero garantizando la seguridad. O hacer un sincretismo entre el pasado y el presente (¿qué era el gótico respecto al románico o el barroco respecto al gótico?). Pero claro, lo que yo piense seguramente no le interesara a nadie. Conservar la ruina es un recuerdo vivo de lo que estamos haciendo con nuestra cultura. Rehacerla como era, es falsear esa memoria. Reconstruirla desde el presente, es mirar al futuro.


Gracias a Dios
Gracias a Dios es uno de los estrenos importantes de esta extraña semana, dominada por un incendio, lluvias torrenciales en buena parte de España, debates de ida y vuelta y procesiones envueltas en plástico. El lunes fue negro, pero toda la semana ha estado teñida de oscuridad. Como la oscuridad que describe esta película luminosa. ¿Cómo se come esto? Simplemente siendo un director tan libre y poco dogmático como François Ozon. La oscuridad surge de la terrible historia de abusos a decenas de niños a lo largo de treinta años por parte de un sacerdote de Lyon ante la mirada, a veces cómplice, otras veces simplemente silenciosa, de la jerarquía de la iglesia católica y las familias. No es un tema nuevo, ni en la realidad, los curas han estado abusando de niños y niñas toda la vida, ni en el cine. Esto no le resta valor y coraje a la propuesta de Ozon. Pero a mí lo que me gusta es que esté tema espinoso esté narrado sin histerismo en un relato que se va desplegando como un abanico. Primero está cerrado, cuando Alexandre descubre con horror que el cura que abusó de él sigue “educando” niños. Poco a poco, se va abriendo el abanico y vamos incorporando personajes que toman el relevo de la primera persona de la narración, pero sin perder nunca los anteriores, de esta forma se va dibujando un paisaje de horror, complicidades, hipocresía y silencio. Gracias a Dios es un film que fluye como un río, a veces de forma lenta, pero nunca se estanca. Ozon ha hecho una película importante.


( Donbass o Nueva Rusia, al oeste de Ucrania)
Donbass
El otro estreno grande de la semana es Donbass, película ucraniana necesaria, imprescindible, útil para recordarnos que ahí mismo, en una esquina de Europa, hay un país que vive en una guerra civil latente y de la que no se habla, un país ocupado por un ejército  extranjero del que nadie dice nada. Ucrania está sufriendo una guerra de independencia de la región de Donbass, que los pro rusos quieren separar de un estado europeo para ser parte de la Rusia de Putin. Una guerra de intolerancia, crueldad, barbarie y mentiras, de la que sabemos poco o nada. El film de Sergei Loznitsa es un pequeño grano de arena para empezar a pensar en lo que está pasando allí. Ya desde su titulo Donbass, el director hace una declaración de intenciones. Para los independentistas Donbass es un nombre prohibido, ellos se llaman Nueva Rusia. Pero no es la única prueba del compromiso de este director con una realidad terrible. Construido como una ronda de trece episodios en los que un personaje de uno sirve de enlace con el siguiente, Donbass es un viaje circular al infierno de la barbarie, la crueldad, la intolerancia y la manipulación de una sociedad violenta y corrupta. Desagradable, incómoda y caótica, como la propia sociedad que refleja, Donbass dibuja un panorama de políticos corruptos, soldados desmotivados, periodistas que no entienden nada, hasta llegar a una escena casi insoportable, no tanto por su propia violencia, sino porque la podemos reconocer como propia: un hombre acusado de luchar contra la independencia, es insultado, maltratado cruelmente por una muchedumbre enloquecida ante la mirada cómplice de los policías que le debían custodiar. Donbass es una lección de historia, es cine militante, es cine político. Peros sobre todo es cine que nos hace reflexionar como un espejo donde nos vemos reflejados sin que nos guste nada lo que vemos.
(La casualidad o no, ha hecho que se estrene esta película el mismo fin de semana en que se celebran elecciones en Ucrania. La guerra del Donbass aparece en muchos artículos y opiniones, pero tengo la sensación que ninguno de los dos candidatos en liza serán una solución para ese país.)




sábado, 13 de abril de 2019

LAS DOBLES VIDAS DE ASSAYAS


( en  cafés como éste se encuentran comen, beben y discuten los personajes)

Esta es una película hablada. Se puede pensar ¿no son todas las películas habladas? Pues no. En todas las películas se habla, pero no todas son películas habladas. Dobles vidas de Olivier Assayas sí lo es. Lo es a la manera de Rohmer, como se ha dicho en casi todas las críticas, lo es, menos, a la manera de Allen, como se dice en la publicidad. Pero sobre todo lo es a la manera del propio Assayas o, si me atrevo, a la manera de Hong Sang-soo. Rohmer sin duda está en la memoria de Assayas, pero sus personajes no son los jóvenes que le gustaban tanto al viejo director francés. Los de Dobles vidas son adultos, muy adultos, con una vida detrás. Allen no, Allen no está ni se le espera. Los cuatro protagonistas de Dobles vidas no están neuróticos, no son judíos, ni tienen falsos problemas. No, para nada. En cambio, comen, beben, se emborrachan, hablan, se engañan y aman de una manera parecida a la del director coreano, con el que comparten, además, profesión (los personajes de Sang-soo suelen ser gente vinculada al cine, los de Assayas son gente vinculada a los libros, en ambos casos, intelectuales de clase media sin graves problemas de subsistencia)  y preocupaciones (les gusta el trabajo que hacen, pero saben que está despareciendo: el editor de libros que ve su futuro comprometido por la irrupción del mundo digital, la actriz de teatro que trabaja en una popular serie de televisión, el escritor que no sabe escribir nada que no haya vivido y la mujer que  trabaja para un político que no merece ser votado). Todos hablan sin parar. De dos en dos, de cuatro en cuatro, con más gente, en la(s) cama(s) que comparten, en los bares. Y dicen cosas muy gordas y muy serias con la ligereza de un souflé. Es inútil que intenten quedarse con todas las ideas que generan estos parlanchines, pero es importante quedarse con la idea de que vale la pena escucharlos, verlos y envidiarlos. A pesar de sus pequeñas miserias, son seres de carne y hueso producto de una cultura que se preocupa de que la inteligencia tenga algo que decir. Y además es muy entretenida y está llena de un humor sutil que consigue la complicidad del espectador. Una película hablada que nos hace pensar…y desear volver a Paris¡



sábado, 6 de abril de 2019

POLITICA


He dudado mucho en titular esta entrada Política o Ideología. No sé bien de cuál de las dos cosas estoy hablando, o a lo mejor de las dos. En realidad no son lo mismo: la ideología siempre es política, pero ¿la política siempre tiene ideología? Me estoy liando, así que mejor hablo de los dos estrenos que me han provocado esta duda y que cada uno decida.
Se trata de una película alemana, La sombra del pasado, y una película española, 7 razones para huir (de la sociedad). No se parecen en nada, pero las dos permiten hablar de política y de ideología.


(la cúpula nazi visitando la exposición Arte Degenerado, sin ser conscientes que ellos eran los únicos degenerados)

LA SOMBRA DEL PASADO
La sombra del pasado está dirigida por Florian Henckel von Donnersmarck al que muchos recordarán por el arreglo de cuentas con la Stasi alemana que era La vida de los otros. Tras una década errática, el director vuelve con La sombra del pasado al tema que le interesa: la historia de Alemania y las heridas que ha dejado en la sociedad. El film es un fresco histórico que abarca 30 años cruciales de la vida (y la muerte) en Europa. Su protagonista y guía a través de los distintos infiernos que recorre es un niño que en 1937 tiene siete años, vive en Dresde y quiere ser pintor. Le conocemos de la mano de su joven tía viendo una exposición que fue famosa, Arte degenerado, en la que los nazis mostraban para denigrarlo, el arte que se había realizado entre 1910 y su llegada al poder en 1933. Un periódico de la época explicaba: “los conservadores de todos los museos públicos y privados y los encargados de las colecciones particulares están deshaciéndose de los más espeluznantes frutos de una humanidad degenerada y de una generación patológica de artistas”. Bajo el arte degenerado, los nazis colocaban todos los movimientos de vanguardia de Europa: impresionismo, expresionismo, dadá, surrealismo, nueva objetividad, cubismo o fauvismo. Paul Klee, Kandinski, Otto Dix, George Grosz, Ernst Ludwig Kirchner, Max Ernst, eran algunos de los degenerados que el pequeño Kurt descubre en esa exposición con ojos asombrados. Su formación y su vocación aun tendrá que sufrir otra dura prueba cuando con 27 años y bajo el dominio soviético que controlaba la ciudad de Dresde, se ve obligado a poner su arte al servicio del realismo socialista. Excelente pintor, Kurt se desespera haciendo murales de obreros y campesinos con la hoz y el martillo, mientras se le impide cualquier tipo de manifestación artística o personal. Cansado de ser un artista del régimen, Kurt y su joven novia, deciden escapar a la Alemania Oriental en 1961, poco antes de que se levante el muro de Berlín. Pero la libertad política que encuentran en Berlín y en Dusseldorf no será la libertad creativa que Kurt anhela. Admitido en la famosa Academia donde Joseph Beuys impartía sus clases, Kurt se ve empujado a seguir las nuevas corrientes artísticas que proclaman que la pintura ha muerto y que el arte moderno son las instalaciones y las performances (eso que parece tan moderno tiene ya más de sesenta años de vida). La desesperación y la frustración se apoderan de Kurt que no encuentra su camino en ese laberinto de modernidad impostada. Será el propio Beuys el que le haga recapacitar, quemar todo lo que había hecho y volver a enfrentarse ante la tela en blanco. Y entonces sí, a los 36 años Kurt se convertirá en un artista de verdad. Ligeramente inspirada en la vida del pintor alemán Gerhard Richter, en la película pasan muchas más cosas. Pero a mí solo me interesa destacar esta línea de la historia porque creo que es por ahí donde aparecen las ideologías dominantes, del nazismo, al comunismo y a la modernidad, que se imponen sobre la creación.


7 RAZONES PARA HUIR (DE LA SOCIEDAD)
“Estoy harto de la simetría”, esta frase de El fantasma de la libertad de Luis Buñuel preside los siete relatos salvajes de este film política(mente) incorrecto en el que han intervenido muchas manos. La primera, la de Esteve Soler, autor de las micro piezas teatrales que se representan; en segundo lugar los dos directores que se suman a Soler para realizarlas, Gerard Quinto y David Torras; en tercer lugar los dos productores más inquietos del panorama del cine catalán, Aritz Cirbián y Martin Samper; y en cuarto lugar, el magnífico conjunto de actores que se han prestado a dar vida a estos personajes absurdos y odiosos en un film inclasificable, ¿Es cine político? Pues sí, yo creo que sí. Lo que nos desvelan estas pequeñas e insignificantes historias es un retrato de la sociedad egoísta, insolidaria, indiferente, estúpida, explotadora, aprovechada e hipócrita. Y lo hace con toda la seriedad del mundo en una comedia negra que congela la sonrisa en los labios, como lo hacía el Buñuel de El ángel exterminador, Simón del Desierto, o El discreto encanto de la burguesía. Política, ideología. Las dos cosas se dan la mano en estas siete razones que son un espejo donde nos podemos reconocer. Y avergonzar de paso. Porque bajo su aspecto de teatro del absurdo, hay algunas verdades que escuecen. Aunque nos hagan reír.








viernes, 29 de marzo de 2019

IMPERIOS Y VARDA



Imperios
En 1986 yo ya escribía para La Vanguardia, pero la crítica de El declive del Imperio Americano, del canadiense Denys Arcand, la hizo José Luís Guarner. De todos modos, me acuerdo muy bien de esa película, divertida y ácrata, libre y progresista, hablada en el francés quebequois tan peculiar y distinto del francés de la metrópoli (¿tendrán que pedir perdón los franceses por la conquista del Canadá?, buena pregunta). La historia de El declive ... era la de los hombres y mujeres que en ese momento teníamos treinta años. Cuatro profesores universitarios se reunían en una casa para preparar una cena, mientras sus cuatro invitadas y amigas, se preparaban para esa cena. Unos y otros hablaban sin parar del mundo, del sexo, de las relaciones hombre/mujer, y cuando acababan juntos, los temas dejaban de ser superficiales en medio de un ambiente de amistad y discusión. Era una película de las que se llaman generacionales.
Quince años después, Arcand recuperó a sus protagonistas y los volvió a reunir en Las invasiones bárbaras, un film mucho más profundo que el anterior. No en balde tanto el director como los actores (como los espectadores de ambas) eran adultos con una vida detrás. Vi Las invasiones bárbaras en el Festival de Cannes y me gustó mucho. Mejor dicho, me afectó mucho. He recuperado lo que escribí en Fotogramas de este film porque me parece que sigue estando vigente: “Continuación quince años después de la película El declive del imperio americano, en esta ocasión los mismos actores se reúnen alrededor del lecho de muerte de uno de ellos para constatar que los bárbaros han llegado a nuestras puertas. Un padre y su hijo, un viejo profesor universitario, socialista, libertario y vital frente a un joven broker capitalista puritano y reprimido, son el hilo conductor de una historia de reconciliación que acaba encontrando un espacio de convivencia. Arcand no juzga a sus personajes, ni al hijo que compra con el dinero el bienestar de su padre en sus últimos días, ni al padre que acepta este regalo sin arrepentirse de lo que ha hecho en su vida. Los bárbaros acabaron con la civilización romana, como los nuevos bárbaros han acabado con un mundo más tolerante, más libre, más civilizado y solidario que ha desaparecido definitivamente del mapa”. Recuerdo también la sorpresa que me produjo la lectura negativa que hacía en el festival gente mucho más joven que yo que despreciaba la figura del padre al que acusaban de inmoral y que despreciaba también la figura del hijo despachándolo con el insulto de nuevo rico. La incapacidad de este tipo de personas de aceptar la libertad de uno y la generosidad del otro, me produjo más tristeza y preocupación que todo el festival junto. Sobre todo al constatar que una de las conquistas de mi generación, la tolerancia en los comportamientos sexuales, había desaparecido del todo, y al darme cuenta de que se seguían manteniendo clichés que afirman que el que tiene dinero es malo por fuerza.
Otros quince años mas tarde, Denys Arcand ha completado la trilogía con el film que se estrena esta semana, La caída del Imperio Americano. En esta ocasión no cuenta con los mismos personajes, aunque si con un actor fetiche de las anteriores, que aquí encarna a un ladrón inteligente y ácrata que sabe aprovecharse de los entresijos del mundo capitalista para burlarse de una sociedad conformista, adormecida y dependiente de la cultura del imperio americano. Arcand construye una historia en la que deja claro que la inteligencia no es una buena presentación para triunfar ni en política ni en los negocios (impresionante primera secuencia, toda una declaración de principios). Pero si esa inteligencia se usa adecuadamente, y se combina con las cualidades de un pequeño grupo de marginados de distinta índole, se puede conseguir romper todas las situaciones. El protagonista podría ser un hijo de los personajes de El declive…, un hijo con más problemas para integrarse en la sociedad que el de Las invasiones bárbaras, pero con las mismas ideas que impulsaban a Remy y sus amigos en las anteriores historias.
Pierre-Paul es en una especie de Robin Hood que reúne a su alrededor una pequeña banda de indignados por una u otra razón y entre todos consiguen, no solo eludir el castigo de la ley por el robo perfecto, sino imponer unas reglas nuevas. Film con final feliz que cierra este retrato de los últimos treinta años con un rayo de esperanza. Al menos yo quiero verlo así. Frente a la decadencia del capitalismo salvaje (los chinos, los rusos, los que no tienen patria) se puede plantar cara con la inteligencia, la solidaridad y la capacidad de escapar de sus controles (morales, políticos y económicos).

Triple frontera
Si no fuera porque hay un pequeño nexo de unión entre el film de Arcand y la película que ha estrenado Netflix, quizás no hablaría de Triple frontera. Pero me ha hecho gracia como una misma situación, se resuelve de forma muy distinta en ambos casos. La situación es esta. ¿Qué se puede hacer con un montón de dinero, mucho dinero, millones, producto de un robo en ambos casos? (las circunstancias del robo son muy diferentes, pero el resultado es el mismo). Unos lo resuelven con imaginación, solidaridad y arquitectura financiera; los otros lo resuelven con amistad, riesgo y… ( no voy a explicar cómo) pero el tema es el mismo. En nuestro mundo contemporáneo, tener mucho dinero físico es un problema. El dinero no existe realmente, es algo abstracto. Y convertir en abstracción una fortuna de dinero físico es un trabajo muy complejo. Triple frontera tiene más cosas y matices en su historia, pero esta era la que me apetecía destacar.
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AGNÈS VARDA
Se ha muerto Agnès Varda. Me ha entristecido la noticia. Aunque en realidad no debería estar triste. Agnès Varda ha vivido hasta los 90 años haciendo lo que más le gustaba: filmar y hacer cine en todas sus variantes, conocer gente de todo tipo, tener curiosidad y ganas de saber más cosas. Ha sido una vida plena, feliz, disfrutada. Nos deja un legado extraordinario, un puñado de films inclasificables que solo se pueden entender como el “Genero Varda”. Era una mujer deliciosa, brillante, con mucho humor y muy inteligente. Tuve la suerte de entrevistarla dos veces para el programa de Jaume Figueras Cinema3. Fueron dos entrevistas estupendas. La primera en la Mostra de Venecia del año 1985 donde ganó el León de Oro con Sin techo ni ley. Hicimos una larga entrevista (entonces se podían hacer largas entrevistas) con ella y con Sandrine Bonnaire. Para estar acorde con el film, las llevamos al otro lado del canal, debajo de un puente que hacía más verosímil la entrevista sobre una vagabunda y nos divertimos mucho con ellas sentados todos por el suelo húmedo de los bordes del canal. Tres años después la encontré en el Festival de Berlín donde presentaba el díptico Jane B par Agnès V y Kung-fu Master, que habían perpetrado al alimón ella y Jane Birkin. También en esa ocasión hicimos una entrevista a dos voces con dos mujeres extraordinarias. Ya sabíamos que a Agnès Varda le gustaba situar sus encuentros en los sitios más insólitos. En ese caso filmamos en la cafetería del hotel mientras desayunaban, en el hall, y en plena calle, a pesar de la lluvia y el frío. Ese era su estilo, un estilo de vida y de hacer cine que la distinguía del resto de los directores de su tiempo (y de todos los tiempos). De esa larga entrevista extraigo algunas frases que me sirven para recordarla:
-Siempre he intentado trabajar sin dormirme. El cine es un medio de expresión, tan vasto, tan grande, que me sorprende a mí misma que se siga pensando que sólo puede ser cine una historia convencional, con un guión cerrado, un actor principal y unos decorados. Yo rompo con esta regla constantemente.
- A mi me gusta hacer cosas extraordinarias, es decir, fuera de lo ordinario.
-A los pintores, cuando llegan a una cierta edad no les importa mucho quedar bien. Hacen lo que quieren. Yo no quiero ser inmodesta, pero he seguido su ejemplo. Picasso tomaba algo que ya existía, como yo con Jane, y hacía con ello algo original. La diferencia enorme con la pintura es que yo hago cine y el cine es un arte de diálogo.
Mientras escribía estos recuerdos me he dado cuenta de que en las dos ocasiones entrevistamos a Agnès Varda acompañada de una actriz. No es una casualidad, Varda entendía el cine como un arte colectivo, hecho con muchas manos, incluso con alguna patita almohadillada de su gato Tamaris, pero no una obra personal y única. La vamos a echar de menos, pero su cine y su memoria no permitirá que la olvidemos.




sábado, 23 de marzo de 2019

PEDRO Y GABRIEL


Pedro
Me gusta mucho la última película de Pedro Almodóvar. Me gusta sin fisuras, sin peros. Dolor y gloria es, para mí, junto con La ley del deseo, su mejor film. Almodóvar siempre está contando su vida en el cine, ya lo he dicho antes, pero solo se ha puesto en primera persona tres veces, en lo que podemos llamar la Trilogía Masculina de los Directores de Cine (hay un cuarto director de cine, el de Los abrazos rotos, un director ciego, como estaba él mismo, no de verdad pero si creativamente, en el momento de hacerla, pero esa no es una película masculina la Trilogía si lo es). La primera entrega de esta Trilogía es La ley del deseo, de 1987, la segunda entrega es La mala educación, del 2004. La tercera es este Dolor y gloria del 2019. Las tres están unidas por un recuerdo, el del niño que cantaba en el coro del internado de los curas. Las tres son reflejo de su propia vida, de su propia memoria. Pero de las tres, dos son muy buenas y otra es fallida. No por eso La mala educación es una mala película, para nada, es una película muy valiente, muy arriesgada, pero quizás Almodóvar no estaba preparado para contar lo que contaba. Ahora sí. Ahora puede utilizar a Antonio Banderas de médium para recordar su infancia feliz en el ensueño de las drogas y para reflexionar sobre su vejez creativamente dolorosa. Banderas era el único que podía convertirse en él, hablar como él, vestirse como él, vivir en una casa que es la suya y tener todas sus enfermedades. Pero no ser exactamente él. Es un personaje que vive fuera de su referente y eso lo hace más universal. La sombra beneficiosa de la Ley del deseo flota en toda la película. Está en ese monologo espectacular de Asier Etxeandia que es un espejo del de Carmen Maura en La Ley; está en el beso de Sbariagla y Banderas, calcado del de Banderas y Poncela. Está en el film Sabor que no es otro que La ley del deseo. Pero si Salvador no es Pedro exactamente, Penélope Cruz si es Doña Paquita, su madre, tan presente en todo su cine, ya fuera en persona, ya fuera por la figura interpuesta de Chus Lampreave. Aquí,. Doña Paquita es Jacinta, una mujer joven que canta en el rio mientras lava y cuida y vigila a su hijo con ojo atento; y una mujer mayor con rostro de Julieta Serrano, que sabe que su hijo se le ha escapado pero que aun es suyo. En la infancia de Salvador tiene lugar la mejor escena del film y para mí una de las mejores de su cine. Es un momento de luz, de felicidad, de alegría, de paz, cuando el niño Salvador ve al joven albañil desnudo y literalmente se desmaya en un claro síndrome de Stendhal. Dolor y gloria es una película sobria, casi austera, como una hermosa piedra pulida sin aristas que sobresalgan. Pero no es una película triste. Al contrario, al cerrar una herida abierta, Salvador encuentra la fuerza para volver a dirigir. Y puede que Almodóvar también la haya encontrado como anuncia la última secuencia del film que nos devuelve a la realidad de la ficción y del cine. Un gran film.



Gabriel
Gabriel es Gabriel Velázquez, un director salmantino con una filmografía muy especial, muy personal, única. No conozco ningún otro director que haya sabido retratar tan bien las secas y hermosas tierras de Salamanca y el río Tormes. Sobre todo en invierno. Sus historias se mueven siempre a caballo de la ficción y el documental. Y en este caso más. Porque lo que retrata Gabriel en Zaniki es un mundo musical que desaparece, El principio del film recuerda el principio de Cold War, cuando los protagonistas van en busca de canciones populares que se pierden en la tradición. Pero aquí los protagonistas son los propios creadores de esa música ancestral y atávica que se hace con lo que hay a mano. Una sartén, dos cucharas, una cuerda, dos cazos. Cualquier cosa sirve para hacer música, para cantar. Todo se puede transformar en sonido armonioso y rítmico. El protagonismo es de la familia Mayalde, mejor dicho del viejo chamán que es el abuelo Eusebio y el aprendiz de brujo que es su nieto Zaniki. Los mejores momentos del film son los que pasan juntos en el monte mágico de la meseta aullando a los lobos. Gabriel Velázquez sabe captar la belleza del paisaje, la sobriedad hermosa de la meseta. Pero sobre todo sabe transmitir el deseo de que una cultura, una tradición que viene de lo más profundo no se pierda. Zaniki es un film que invita a viajar, con la música hacia el pasado y la magia; con los paisajes, hacia esa Castilla tan olvidada de todos, tan escondida en cierto modo. El film se estrena esta semana en Madrid y la semana que viene en Barcelona. Búsquenlo si pueden.


sábado, 16 de marzo de 2019

TOKIO



He estado cinco días en Tokio  invitada por la Embajada de España y el Instituto Cervantes para dar dos conferencias, una sobre el film Antonio Gaudí de Hisroshi Teshigara y otra sobre un Panorama del Cine Español en el siglo XXI. Ha sido una experiencia apasionante que aun tengo que asimilar por completo. Tokio no se parece a nada. Es una ciudad de contrastes brutales, entre un mundo del futuro y un mundo del pasado, entre el ritual y lo abigarrado. He descubierto otra cultura, otras gentes y ha sido realmente estupendo. Estoy muy contenta de la charla que tuvimos el profesor Inuhiko Yomota y yo moderada por José Antonio de Ory, consejero cultural de la Embajada de España en Tokio. Ver el documental y hablar de él, me ha servido para reconciliarme con Gaudí. Por eso he pensado colgarla en esta entrada para intentar que haya mas gente que se reconcilie con su obra. Es un poco larga. Pueden o no leerla, cada uno que haga lo que le apetezca.


Antonio Gaudí de Hiroshi Teshigara

Antes que nada quiero agradecer a José Antonio de Ory y a la embajada de España en Tokio, así como al Instituto Cervantes en Tokio, la oportunidad de poder estar aquí y conocer esta ciudad y este país. Y también quiero agradecerle que me haya permitido reconciliarme con la obra de Antonio Gaudí gracias a la película de Hiroshi Teshigara. Me explico. Yo vivo en Barcelona, una ciudad a la que llegan cada año millones de turistas, la mayoría atraídos por Gaudí. Esto ha provocado en los barceloneses un alejamiento de los lugares gaudinianos y modernistas en general. Cuando yo era pequeña, podías ir al Parque Güell a cualquier hora; podías entrar en la Pedrera, aunque no acceder a las chimeneas, territorio reservado para los vecinos, pero si podías admirar su escalera y su techo; podías ir a la Sagrada Familia y subir a las cuatro torres que dejó construidas Gaudí. Gaudí era de la ciudad y la ciudad lo disfrutaba. Ahora eso es prácticamente imposible, todos esos sitios se han convertido en un parque temático del que los barceloneses estamos un poco al margen. Pero en la época en que Teshigara filmó su espléndido documental, Gaudí aun era de todos. Eso se puede ver en sus imágenes donde aparece gente disfrutando del parque, paseando delante de sus casas, admirando la Sagrada Familia, cosas que ya no hacen más que los turistas. No puedo dejar de pensar que quizás Tshigara y su documental haya tenido algo de culpa en el boom gaudiniano. Es tan hermoso lo que muestra, tan insólito, tan diferente y atractivo y lo hace de una manera tan elegante y simple, acompañado de una banda sonora que evoca la cultura popular catalana, que no puede más que despertar el deseo de conocerlo. Yo lo conozco, pero gracias al documental he podido disfrutarlo de otra manera. He podido mirarlo de otra forma y no solo me he reconciliado con Gaudí, sino que desde que lo vi he iniciado lo que casi podría llamar una peregrinación por sus espacios para descubrirlos desde la perspectiva limpia y clara del director japonés.
Perdonen esta entrada tan personal y tan larga, pero me parecía importante explicar porque me apetecía tanto venir a Japón a hablar del Gaudí de Teshigara.


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He leído en Internet una crítica del The Village Voice donde se describe la película como "Un proyecto apasionante realizado décadas después de una primera visita del director”. Otra crítica, ésta de The New York Times, afirma: "Las imágenes de 'Gaudí' son sorprendente en su belleza y audacia, en la mezcla de un misticismo neogótico con el Art Nouveau, lo que provoca una aprehensión surrealista del poder de la naturaleza". Estas dos frases encierran tres ideas que me parecen importantes: la fuerza de las imágenes de Gaudí se queda en la memoria para siempre y provoca el deseo de volver a ellas; la conexión con un pasado artístico vivo y un presente creativo, enlaza su obra con una tradición que se inicia en el románico y se hermana con el modernismo catalán de finales del XIX; la presencia de la naturaleza en todo su esplendor le proporciona a Gaudí los elementos fundamentales de su trabajo.
Teshigara ha sabido partir de la memoria y el deseo, para encontrar las raíces de su obra en los frescos y retablos románicos y góticos del Museu Nacional d’Art de Catalunya. Y ha buscado en la naturaleza, los bosques, la montaña de Montserrat, el mar, las fuentes que le inspiraron. Combinando todos estos elementos, se convierte en guía privilegiado de un viaje por los edificios y espacios gaudinianos. El mejor guía que se podía imaginar.

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He hablado de documental para definir este film, pero en rigor, Antonio Gaudí es más un poema visual que un documental, un film de arte conceptual más que una película. En la presentación de la excelente edición de Criterion Collection se la describe como “una experiencia estética” y efectivamente eso es lo que es. Por eso Teshigara prescinde de la palabra, de las explicaciones, de los análisis y se fija en los detalles, las curvas, los movimientos, leyéndolas como notas de la partitura de una sinfonía arquitectónica que su amigo Tôru Takemitsu y sus colaboradores Kurodo Mori y Shinji Hori, convirtieron en una extraordinaria banda sonora en la que se incorporan canciones populares del folklore catalán junto con músicas puramente orientales.

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Hay otra cosa que me gusta mucho de este poema sinfoarquitectónico en imágenes de cine: Teshigara muestra la obra de Gaudí integrada en la vida cotidiana. Esto es algo que tendemos a olvidar, pero Gaudí era un arquitecto que construía casas para vivir, parques para pasear, iglesias para rezar. Su trabajo estaba pensado para ser usado, para utilizarse más que para contemplarse. Actualmente esta vertiente de su obra no se tiene mucho en cuenta, cuando es fundamental para entender muchas de las soluciones arquitectónicas de sus edificios: nada es caprichoso aunque lo parezca. Las escaleras están pensadas para subir y bajar por ellas, las paredes, para colgar cuadros, las chimeneas para encenderse. Gaudí, a diferencia de muchos arquitectos contemporáneos, tenía muy claro que trabajaba para alguien que le pagaba por un encargo. Alguien, la burguesía catalana del XIX y en especial la familia Güell, que le dejaba total libertad de crear y de inventar, pero que quería espacios vivibles. Gaudí no se consideraba a sí mismo un artista, lo era, sin duda, pero sobre todo era un arquitecto. Toda su obra está pensada para ser útil, no para ser vista. Teshigara lo entendió muy bien y por eso la muestra habitada, vivida, viva en definitiva, aunque a veces incomprensible y absurda para quién la descubre por primera vez.

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Pero, ¿Por qué Teshigara se interesó por Antonio Gaudí? Si observamos su filmografía vemos que no es el primer documental, perdón mejor hablemos de ensayos cinematográficos, que realiza sobre personajes extraños, distintos, algunos aparentemente muy alejados de la cultura japonesa, como el boxeador puertorriqueño José Torres, al que filmó en 1959 y en 1965; o al contrario, muy próximos a su propia formación, como el precioso trabajo sobre el impresionante pintor japonés Hokusai, cuya obra, en especial la famosa La Gran Ola de Kanagawa no dudo en pensar que Gaudí conocía de alguna manera. Y si no la conocía, aun mejor, porque la conexión entre la pintura del japonés y las composiciones del catalán dialogan entre si perfectamente.
Como dialogan con las imágenes de la más famosa película de Teshigara, La mujer en la arena. Los paisajes movedizos de las dunas, la fluctuación de la arena mecida por el viento, el espacio invivible donde habita la mujer, la rugosidad de la piel observada como en un microscopio, todo se relaciona con las ondas y las curvas, los movimientos y las ondulaciones de algunos de los trabajos de Gaudí. ¿Hasta qué punto influyó en Teshigara y su concepción de la imagen, la primera visita que hizo a España en 1959 cuando descubrió a Gaudí y el modernismo?


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Algunas palabras de Teshigara explican esta fascinación por Antonio Gaudí: “Estaba completamente desprevenido para el intenso shock de mi encuentro con el arquitecto”; "Gaudí trabajó siempre rozando las fronteras de varias artes, y me hizo sentir que el mundo en el que vivía aún tenía muchas posibilidades".
Su propio origen también lo puede explicar: Hiroshi Teshigara es hijo de Sofu Teshigara. Un hombre que se ha ganado un lugar en la cultura japonesa como fundador y gran maestro de la Escuela Sogetsu de Ikebana. Hiroshi aprendió de su padre que el arte de ikebana era algo más que una simple artesanía decorativa y vio como introducía en un arte tradicional y muy codificado, elementos materiales distintos que complementaban las flores propias de este tipo de, llamémosle sin miedo, esculturas de la naturaleza. Los adornos de Gaudí, su combinación de elementos y colores, tenían mucho que ver con este arte centenario.
Hiroshi tenía 18 años cuando acabó la segunda guerra mundial con la terrible derrota de Japón y la barbarie de las dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Era un momento muy difícil para los jóvenes japoneses que tuvieron que escoger entre sufrir la derrota como prolongación de la de sus padres, o empezar a construir un mundo nuevo a partir del dolor que acababan de padecer. Hiroshi encontró en su padre y en el arte de las flores un refugio para salir de las incertidumbres del futuro. A los 26 años se dio cuenta de que el cine era su camino para acercarse a ese mundo de poesía y de paz. Su primer trabajo fue el documental sobre Hokusai en 1953. Seis años después y ya con varias películas realizadas, Hiroshi acompañó a su padre como ayudante en un viaje que les llevó a Estados Unidos y Europa para presentar diversas exposiciones de su trabajo como escultor de la naturaleza. Fue una revelación para el joven que descubrió otras formas de entender la cultura y el cine. El neorrealismo, la vanguardia francesa, Buñuel, Salvador Dalí, le abrieron los ojos a otros mundos. En Nueva York conoció al boxeador José Torres y puede, no lo sé, pero puede que viera las fotografías de Stanley Kubrick para la revista Look o incluso el corto Day of the Fight que Kubrick filmó en 1951.
Pero fue en Barcelona donde encontró el camino que iba a marcar toda su carrera como cineasta y como artista, lo que denominó el cruce de géneros, producido por su primer contacto con el modernismo y la arquitectura de Antonio Gaudí. En una conversación con su productor Noriko Namura en 1986, publicada en la edición en DVD de la Criterion Collection, Teshigara reconoce algo que me parece muy importante. Cuenta que ese viaje de 1959 no solo le permitió descubrir a Gaudí, sino le hizo descubrir y sobre todo valorar a su propio padre. “Por primera vez, estuve muy cerca de él y observé lo que hacía… Incluso aunque no hablaba su lengua, se comunicaba fácilmente con artistas de primera línea, como Miró o Dali… A su lado sentí el poder de su energía creativa… Me vi arrastrado por él y su manera de acercarse a su trabajo… Ver esto fue una inspiración y una revelación para mi.” Gaudí y su padre estarían unidos para siempre en esa experiencia determinante.
En 1959 Barcelona era muy distinta a la que se encontró Teshigara en 1984 cuando volvió para rodar Antonio Gaudí. En 1959, Barcelona era una ciudad pequeña que vivía de espaldas al mar. Pero también era una ciudad llena de una luz mediterránea inconfundible y atravesada por extravagantes edificios a los que nadie hacía demasiado caso. En sus propias palabras, “me encontré frente a frente de Gaudí y su magia me abrumó”.
Creo que una de las razones de porque Hiroshi Teshigara se sintió fascinado y sobre todo identificado con Gaudí viene de su formación como dibujante y como cineasta. Él mismo es una suma de dos artes (o más, si tenemos en cuenta la importancia que le da a la música en su cine), es un artista fronterizo entendiendo por fronteras los límites permeables entre distintos ámbitos de la creación, entre el cine y la arquitectura, entre las flores y la escultura, entre el dibujo y la música, entre oriente y occidente. En definitiva entre diversas maneras de expresar un sentimiento poético.


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En 1984, después de revisar y editar el material rodado en 1959 y ya con una carrera consolidada como cineasta y como figura importante de la cultura en Japón, Teshigara vuelve a Barcelona, una Barcelona preolímpica pero postfranquista; una Barcelona cosmopolita y abierta que está a punto de consumar su gran revolución urbana. Una Barcelona, que aun no reivindica o explota a Gaudí, pero ya empieza a ver el potencial de su obra en la promoción de la ciudad. En esa Barcelona que sigue siendo luminosa y mediterránea, la mirada de Teshigara se detiene en los detalles, en la letra pequeña de una obra grande. Y surge un espléndido poema visual.


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La estructura del poema es muy clara: la ciudad, la presencia del moderno arte catalán, los antecedentes artísticos del pasado, los contemporáneos del modernismo, la naturaleza. Todo esto sirve de prólogo antes de entrar en el primer edificio que se visita: la Casa Batlló. A partir de aquí, el film hace un recorrido cronológico por las obras de Gaudí en el que podemos apreciar como la sensualidad, el color y la alegría de sus primeras arquitecturas se va ensombreciendo y haciéndose cada vez mas fantasmagórica y oscura hasta desembocar en los troncos martirizados de la sagrada familia, obra torturada e inacabada a la que contemplamos sin miedo por la costumbre, pero que la cámara de Teshigara y la música de Takemitsu nos revelan en toda su tenebrosidad, dándole la razón a George Orwell cuando afirmaba que la Sagrada Familia era uno de los edificios más horribles del mundo.
Teshigara no es un erudito ni un académico, tampoco es un publicista. Teshigara es un “escritor en imágenes y sonidos” que observa el mundo gaudiniano desde fuera y desde dentro. Desde fuera, con una mirada limpia de ideas preconcebidas y teorías artísticas convencionales; desde dentro, con una reflexión que emparenta el mundo gaudiniano con el suyo propio. La lectura de lo que Gaudi llamaba “el gran libro de la naturaleza” está muy arraigada en el espíritu de este japonés que sabe lo que son las flores y las plantas, como demostró en sus preciosas instalaciones de bambú realizadas cuando ya era director de la escuela de Ikebana de Sogetsu.


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Una de las mejores cosas, de las muchas buenas que tiene, este poema visual es el hecho de no explicar nada de la vida de Gaudí. Se puede ver perfectamente, disfrutarlo, localizarlo (Barcelona y Catalunya si son referentes necesarios y respetados), pero acabamos el film sin saber nada de la vida de Gaudi. Es un acierto como se puede construir un homenaje a alguien prácticamente sin ningún dato biográfico. Creo que esta es una lección que deberían aprender muchos documentalistas contemporáneos que se empeñan en dar informaciones que no son necesarias. ¿Qué más da cuando se construyó La Pedrera o el Parque Güell? Lo que importa es que sigue siendo parte viva de la ciudad y de la cultura.


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No sé muy bien cómo justificar lo que voy a decir ahora mismo. Pero no puedo dejar de contarlo. Mientras veía el film de Teshigara o buscaba información sobre su trabajo y sobre Gaudí en Japón, no dejaba de flotar un nombre en mi cabeza. El de Naomi Kawase, quizás la más conocida en España de los realizadores contemporáneos japoneses. (El otro es Hirokazu Kore-eda, pero Kore-eda nunca flotó en mi mente, su cine no tienes nada que ver con Gaudi ni con Teshigara ni con Barcelona). En cambio, Kawase seguía ahí presente todo el tiempo. Hasta que me paré a pensar por qué. Y encontré dos posibles respuestas: una, porque la directora japonesa sabe retratar la naturaleza de una manera gaudiniana, transformándola en imágenes donde la luz, el viento, el agua, o los bosques se conjugan para escribir poemas visuales como los que Teshigara retrata en su film. La naturaleza hermana a Kawase con Gaudí, pero también su carácter fronterizo entre distintas artes. La poesía y la música, la arquitectura y el videoarte, el documento y la ficción. Y ahí surge el segundo punto de contacto, el que la relaciona con Barcelona a través de su correspondencia visual con Isaki Lacuesta, un director fronterizo como ella y como Teshigara y como Gaudi, que sabe leer el paisaje y sabe construir mundos imaginarios.
Me gusta la idea de pensar que la obra de Gaudí sigue ejerciendo una influencia en el cine japonés, incluso sin que se la reconozca. Me gusta la idea de que el hermoso documental de Teshigara haya tenido más efectos que los de convertir a Barcelona en un destino turístico obligado. Me gusta la idea de que, a través del espacio y del tiempo, se puede establecer una línea que une al arquitecto visionario, con el escultor de bambú y con la cineasta de los bosques.
Gracias por su atención.
Barcelona, 12 de marzo 2019
.....
Seria estupendo que la película se pudiera ver en un cine. Desde aquí invito a la Filmoteca a proyectarla si es posible. Pero mientras tanto, si alguien quiere verla, está en Youtube.
Este es el enlace
https://www.youtube.com/watch?v=SC2vHKqzyYw&t=3499s