sábado, 25 de julio de 2020

COLAPSOS






Parece que de momento hemos evitado el colapso. Al menos hay alguna esperanza de salir de esta angustia con algo positivo. El larguísimo y difícil acuerdo conseguido en Bruselas el fin de semana pasado es lo mejor que nos podía pasar. A Catalunya, a España, a Europa. No solo por el dinero que llegará a los países para su reconstrucción, sobre todo porque significa una consolidación de la idea de Europa, una Europa mucho mas solidaria y consciente de que, o se fortalece como unidad, o desaparece. Y si desaparece, todos caeremos en un agujero negro. El acuerdo me ha hecho pensar en la eficacia del Plan Marshall al final de la Segunda Guerra Mundial. El Plan Marshall entendió que no se podía caer en los mismos errores de la postguerra de la Primera Guerra. No se podía humillar a Alemania y se tenía que fomentar la recuperación económica de todos los países que habían participado en la contienda. Era necesario devolverles la dignidad al mismo tiempo que la ilusión. “El programa obligaba a los gobiernos europeos a planificar y calcular con anticipación las futuras necesidades de inversión. Les exigía negociar y reunirse no solo con Estados Unidos sino entre sí, dado que el comercio e intercambio que contemplaba el programa iban destinados a que pasara de ser bilateral a ser multilateral lo antes posible. Obligaba a gobiernos, empresas y sindicatos a colaborar. Y sobre todo impedía cualquier recaída en las tentaciones que tanto habían obstaculizado la economía de entreguerras: la baja producción, el proteccionismo mutuamente destructivo y el colapso del comercio. Los americanos dejaron a los europeos que asumieran la responsabilidad de determinar el nivel de ayudas y la forma de distribuirla. Era algo completamente nuevo que sorprendió a los políticos europeos”. (Tony Judt, Postguerra, p.149). Es un poco lo que ha sucedido ahora. La Unión Europea ha entendido que no se puede repetir las equivocaciones del 2008 con recortes, austeridad y obligación de pagar una deuda inasumible. Tocaba ser generosos y dotar a Europa de la fluidez de dinero necesaria para recuperarse sin trabas, para reinventarse en el siglo XXI. A la larga será mucho mejor para todos. Pero sin trabas no quiere decir sin control europeo para ver a dónde se destinan esos medios. No habrá dinero para despilfarros, no habrá dinero para gastos innecesarios. En España se tendrá que pensar en remodelar la administración, adelgazarla; se tendrá que reconducir la inversión industrial; se tendrá que distribuir el dinero sin complejos ni miedos. El paraguas europeo es la mejor garantía de no caer en manos de populismos de ninguna clase, ni de izquierdas ni de derechas. Quizás por eso el acuerdo pone de los nervios a los antieuropeos de todas las bandas que piensan que cuanto peor mejor. Desde Vox a los independentistas, desde los nostálgicos de un pasado azul, a los nostálgicos de un pasado rojo, pasando por los nostálgicos de un pasado con estelada. Es una buena noticia que ilumina un poco el panorama de la pandemia que sigue creciendo. Aunque en eso también hay algunos rayos de luz. La posible vacuna de Oxford, el hecho de que los contagios sean más leves, la cantidad de asintomáticos. Josep Corbella, seguramente una de las voces mas sensatas que ha habido en este tiempo, decía en una artículo de La Vanguardia del jueves 23: “Un peligro, ya saben, es algo que no se controla. Algo que ocurre por accidente y ante lo que no hay manera de defenderse. Un riesgo, por el contrario, se evalúa y se gestiona. Y se asume o no… De modo que, para evitar contagios, no se pregunte dónde está el virus. Pregúntese sobre todo dónde está usted.” No se trata de trasladar la responsabilidad de la pandemia a los ciudadanos. Controlarla, rastrearla, acotarla, poner los medios para que no se desboque el contagio, es trabajo de los gobiernos pequeños, medianos y grandes. Pero sí es necesaria una cierta responsabilidad individual para que todo funcione. Sin miedo, sin histeria, con conciencia colectiva. Desgraciadamente, hay muchos ejemplos estos días de que esa falta de empatía, sentido de la colectividad y de la responsabilidad no es muy abundante en el género humano. Es lo que cuenta la serie de moda del momento. El colapso.



El colapso
El colapso es una serie francesa de ocho capítulos de 20 minutos que se puede ver en Filmin. Los franceses están haciendo algunas de las series mas interesantes, diría que importantes, de los últimos años. Series que ponen el dedo en la llaga, en el meollo de los problemas. Baron Noir y El colapso son la mejor prueba. Dirigida por un colectivo que firma Les Parasites, integrado por Jérémy Bernard, Guillaume Desjardins y Bastien Ughetto, El colapso se puede ver como un ejemplo inteligente y puesto al día de cine de agitación. Nunca se explica que provoca el colapso que lleva a la sociedad al caos. No hace falta. En el contexto de la actual pandemia con su rastro de desespero y falta de solidaridad en el mundo tenemos la prueba mas clara de que el caos llega a veces por donde menos te lo esperas. Rodados en plano secuencia de 20 minutos, algunos casi inverosímiles, El colapso cuenta siete situaciones en las que la lucha por la supervivencia se impone sobre la racionalidad, la solidaridad, el compromiso. El primer capítulo, El supermercado nos trae a la memoria momentos muy parecidos de hace apenas unos meses. Los demás, por suerte, cuentan escenarios que no se han producido aún. Pero pueden suceder en el momento en que por razones no tan inverosímiles deje de haber electricidad, el dinero no sirva, la comida escasee, el combustible se acabe. La gran novedad de esta serie que recomiendo ver seguida como una película larga para entender las conexiones internas de los personajes, es que ese mundo post apoalíptico no es el de Mad Max o los Walking Dead. Es un mundo cercano, cotidiano, reconocible. Está ahí, junto a nosotros. Está en las fiestas desenfrenadas donde no se respetan las distancias ni las mascarillas; en los que piensan, “a mi no me va a pasar”; en los que intentan salvarse como sea aún a costa de los más débiles; en ese enfrentamiento eterno entre la solidaridad y la supervivencia. En ese sentido, el capítulo más cruel, el más doloroso es el sexto, La residencia. El último capítulo, La emisión, intenta ser una advertencia. Ha habido críticas que dicen que ese capítulo no es necesario. Yo creo que sí. Creo que hacía falta darle un punto de partida a lo que hemos visto. De repente, todo adquiere sentido. Ese último capítulo nos pone frente a un concepto nuevo, al menos para mí: el supervivencialismo. Según el profesor que centra esta última entrega, los supervivencialistas de nuestros días son gente muy rica que invierte mucho dinero en islas autosuficientes. La ministra de Ecología le acusa de hacer ciencia ficción catastrofista. Pero si estamos atentos, este debate explica claramente dos de los capítulos de la serie: El aeródromo y La isla.
El colapso es una serie imprescindible. No creo que guste a todo el mundo, tampoco digo que yo comparta su falta de confianza en la gente común donde no hay buenos ni malos, solo supervivientes. Creo que vale la pena verla y sobre todo pensarla. ¿Qué haríamos nosotros en su lugar?

El regalo de esta semana es un dibujo tranquilo, ¡para compensar!





sábado, 18 de julio de 2020

CROMAREALISMO



(una pantalla de croma verde sobre la que proyectar la realidad que nos guste)

Esta semana me ha costado escribir este texto. No por falta de ganas, por suerte aún conservo algo de entusiasmo, mas bien porque todo lo que la semana me ha ofrecido como punto de partida se me ha ido diluyendo en una sensación de desencanto, o mejor dicho de impotencia. Ver como crecen los casos de contagio, comprobar la falta de responsabilidad y de solidaridad de una buena parte de la población –y no solo los jóvenes, no los culpemos únicamente a ellos, hay mucha gente que no es tan joven y tampoco ha tenido y tiene un comportamiento ejemplar– ser testigo de la improvisación y la falta de recursos, no tanto humanos o materiales como mentales y de imaginación, de nuestros gobernantes mas cercanos, todo junto me produce un inmenso desconcierto. ¿Cómo hacer planes para un futuro ni siquiera inmediato? ¿Cómo pensar en lo que haremos dentro de unos meses, si no sé que pasará la semana que viene? La Amenaza del Confinamiento Total, que ya flota en este Confinamiento Recomendado en el que estamos metidos en Barcelona desde el viernes, me obliga a pensar la realidad de otra manera. Cuando parecía que podíamos ver un poco de luz al final del túnel, nos vuelve a caer este manto de oscuridad. Todo es preocupante y difícil para todos. Pero lo que me afecta mas directamente por que es el hábitat de mi trabajo, es como se va a traducir esta situación en el cine. En un primer nivel, cómo van a sobrevivir las salas de exhibición, ya tan tocadas por la crisis que se arrastra desde hace años. En un segundo nivel, cómo se va a hacer cine en estas condiciones, que tipo de rodajes se podrán plantear, que películas y series vamos a ver en los próximos años. Las maneras de producción habituales tendrán que cambiar por fuerza, los rodajes ser diferentes, las historias ser distintas. Es una incógnita que abre muchos caminos. ¿Cómo va a ser el cine que se haga a partir de ahora? ¿Que tipo de relatos dejarán constancia del momento que vivimos? No tengo ni idea cómo será ese cine, ni cómo se hará, es un reto que viene a sumarse al de simplemente sobrevivir. Pero soy optimista y pienso que igual que el neorrealismo nació al final de la segunda guerra mundial provocado por una necesidad de mirar de otra manera la realidad que había dejado el conflicto, de reflejar un estado de ánimo en la sociedad, pero también de una urgencia de contar las cosas de otra manera, saliendo de los estudios y acercándose a la calle, creo que ahora tenemos que empezar a pensar en un nuevo “realismo” y se me ocurre que este va a ser el “cromarealismo”. Es decir un mundo que invente la realidad para contar la realidad. Para hacer cine habrá que refugiarse en el mundo croma que permite proyectar en una pantalla en verde todo lo que uno quiera imaginar. Los actores actuarán solos delante de esta pantalla, se les juntará digitalmente y podrán vivir sus aventuras pequeñas, grandes, fantásticas, cotidianas, sin salir de un metro cuadrado. La verdad es que no me gusta esta idea, pero me temo que vamos directos a este tipo de cine, al menos en un tiempo y lo único que espero es que surjan en el cromarealismos nuevos rossellinis, de sicas y zavattinis que le den a este cine una dimensión de obra de arte.


Y ya puestos en mundo croma, la verdad es que me gustaría poder proyectar un croma distinto al que nos rodea aunque fuera solo por un ratito. Vivir en un show de Truman privado de colores más bonitos y de personas menos estúpidas. En fin, de momento, lo que de verdad nos queda es lo que tenemos y al menos en ese sentido agradezco la ceremonia que tuvo lugar el jueves pasado.de recuerdo  a las víctimas de la epidemia y reconocimiento a todos los que estuvieron en primera línea. Un escenario sobrio y al aire libre, una disposición en círculos, como la mesa redonda de Arturo donde no había nadie en un sitio preferente, un pebetero de fuego, que es un símbolo eterno y flores blancas que algunos han calificado de cursis y a mí me resultaron esperanzadoras. Aunque la verdad es que creo que esa ceremonia fue en si misma un croma de unidad y de tolerancia y de solidaridad que no existe. El hecho de que VOX, Esquerra Republicana, la CUP, Bildu y el BNG no participaran, demostrando sus semejanzas y bajezas, es la prueba de que no es la auténtica realidad. La realidad de verdad me temo que es mucho mas dura y desagradable.


Supa Modo
Pero no quiero dejar esta entrada con una nota tan pesimista. Por eso recupero un estreno de la semana pasada por si alguien lo puede ver cuando llegue a alguna plataforma, porque en las salas, al menos las de Barcelona ya no se proyecta. Se trata de una película africana, de Kenia, se llama Supa Modo y la dirige un africano completamente desconocido para mi Likarion Wainaina. Es una coproducción con Alemania y entre sus impulsores aparece el nombre de Tom Tykwer que siempre es una garantía. También lo es el que haya sido presentada en la sección Generation de la Berlinale y que haya sido reconocida con numerosos premios. En realidad Supa Modo es una película muy sencilla, muy simple, incluso un poco sentimental. Pero en realidad, esta historia de una niña de nueve años que tiene cáncer, va mucho mas allá de la típica película que podemos esperar. Jo, su pequeña y estupenda protagonista, es una fan del cine de superhéroes, ella misma se considera una superheroína, Supa Modo es su avatar, capaz de hazañas extraordinarias. Su hermana mayor está dispuesta a hacerla feliz y le monta pequeños escenarios de ilusión con la colaboración de todo el pueblo para que ella disfrute de sus super poderes. Pero Jo no es ni tonta ni ingenua, sabe que eso no es verdad, pero sabe también que hay algo que sí es verdad y que quiere hacer antes de morir: una película. Preparar y realizar esa película se convierte en el objetivo de toda la aldea. El cine como elemento sanador, como elemento liberador, como elemento consolador. Supa Modo es una película llena de esperanza, de luz. Es pequeña como su pequeña protagonista, pero es grande como la felicidad a la  que aspira. África es la gran olvidada en estos negros meses del bicho. Nuestro enorme egocentrismo occidental nos hace ser muy ignorantes de lo que sucede más allá de nuestras fronteras. No sabemos nada de lo que está pasando en un continente asolado por las desgracias desde hace años que ahora padece una mas grande y global. Pero en ese mundo olvidado, hay rayos de esperanza como esta pequeña aventura de una superheroína. En el fondo lo importante es que cada uno de nosotros encuentre su Supa Modo particular a ver si entre todos conseguimos que el mundo sea un lugar mejor donde vivir.


viernes, 10 de julio de 2020

MADADAYO






Gent Gran, así se define en catalán a las Personas Mayores. Gente Grande en castellano queda raro, no se entiende, pero en catalán sí y además tiene otra connotación; la gent gran es también grande. La palabra viejo no me gusta demasiado, implica algo deteriorado, en mal estado; en catalán viejo se dice vell y si cambiamos la v por la b se convierte en bell, bello, hermoso. La gent gran es grande y hermosa. En cambio me gusta mucho la palabra anciano, me suena a un gran árbol de tronco formidable y rugoso, con ramas que se bifurcan y hojas perennes que dan una protectora sombra. También me gusta la palabra abuelo, más que avi, que es su traducción al catalán. Abuelo es una palabra acogedora, cálida, avi es más frío e impersonal. Se preguntarán a qué viene esta introducción, pues viene a cuento de un re-estreno estupendo, Dersu Uzala, de Akira Kurosawa, un festival nuevo y muy bonito, La Gran Pantalla que se puede ver en Filmin hasta el  17 de julio y una reflexión sobre lo que ha pasado este tiempo maligno de la Era del Bicho (y sigue pasando) con los mayores, viejos, ancianos, en cualquier idioma.
Lo que ha sucedido en las residencias debería avergonzarnos. Pero no ahora en que las muertes de los mayores nos dejan con la mirada hundida. Debería avergonzarnos como sociedad comprobar que no somos capaces de respetar, cuidar y escuchar a la gent gran. Mientras los abuelos son útiles para cuidar a los nietos y compartir la pensión con la familia, se les soporta, pero cuando dejan de servir, se les aparca en una residencia y se les abandona. Ojo, no estoy en contra de las residencias, –como no lo estoy en contra de las guarderías, que cumplen la misma función con los niños–. Me parece muy bien que los niños se relacionen con otros niños desde pequeños, como me parece muy bien que los abuelos vivan con otros abuelos y se relacionen entre ellos. Pero hay muchas formas de hacerlo: apartamentos individuales con servicios comunes, agrupaciones de amigos que se ayudan unos a otros, o residencias públicas (y privadas) donde los mayores son cuidados y respetados como se merecen. Sí, se puede tener residencias. El problema que ha dejado al descubierto en toda su crudeza esta pandemia es la dejadez en que estaban estas residencias, la falta de control sobre su funcionamiento, en definitiva el desprecio hacia lo que les podía pasar a los allí encerrados. He sentido ese desprecio varias veces durante estos meses en los que se ha tratado a las personas mayores, las que estaban en residencias y las que no, como si fuéramos débiles mentales, hablándonos como si fuéramos tontos, y dejando claro que sobramos en esta sociedad. Es algo que me indigna y me duele. Por eso me gusta el estreno de Dersu Uzala y el festival de La Gran Pantalla.

(el auténtico Dersu Uzala y el capitán Vladimir)
Dersu Uzala
Dersu Uzala es una película de Akira Kurosawa del año 1975 basado en las memorias de Vladímir Arséniev, un militar ruso que a principios del siglo XX mantuvo una profunda amistad con Dersu, un viejo cazador de la taiga siberiana. Dersu Uzala es un film ecologista antes que esta tendencia existiera como tal y desde luego mucho antes de que los talibanes del ecologismo la convirtieran en una de las ideologías más reaccionarias de nuestro tiempo. Dersu Uzala es un viejo cazador nómada que conoce su mundo perfectamente, sabe leer la naturaleza, entiende el bosque y los animales, respira la nieve y el frío. En el año 1902, Dersu salva de la muerte en la estepa siberiana al grupo de militares geólogos capitaneados por Vladimir Arseniev. Y lo hace gracias a entender que hay que respetar la naturaleza si quieres que ella te respete a ti. Es una película preciosa, de grandiosos paisajes y silencios blancos que se disfrutará mucho en una pantalla de cine. Hablar de Akira Kurosawa me ha hecho recordar otra película suya, Madadayo de 1993, a la que he robado el título para esta crónica porque Madadayo quiere decir “Aún estoy aquí”. Madadayo es lo que le dice el viejo profesor retirado a sus alumnos cuando le van a ver y le preguntan cómo está: Madadayo, sigo aquí. Los viejos, ancianos, gent gran siguen aquí por suerte para todos.


La Gran Pantalla
La película de Kurosawa, Madadayo, aparece también en una de los seis films que componen la 2º Edición de La Gran Pantalla, Festival Internacional de las Personas Mayores de Barcelona, que este año, por razones obvias, se celebra on line en Filmin hasta el 17 de julio. Se trata de una iniciativa que quiere poner de relieve el hecho de que la gente mayor tiene deseos y sueños, es autosuficiente y libre y sobre todo es adulta y responsable, en definitiva, quiere demostrar que ser viejo no es ser imbécil (hay muchos más imbéciles en otras edades). La selección es muy interesante, pero hay dos documentales que me han llegado al corazón. Uno se titula Las Cinéphilas, el otro, Cómo corre Elisa. Los dos son argentinos con ramificaciones en Europa.
Las Cinéphilas sigue a seis mujeres mayores, dos en Buenos Aires, dos en Montevideo y dos en Madrid. Son mujeres jubiladas que viven solas de una manera libre y autónoma y disfrutan de su gran pasión, el cine. Acuden a las Filmotecas, a los cines de Versión Original, discuten y hablan. Están vivas, son inteligentes y con un sentido crítico muy despierto. Son las espectadoras ideales. Y supongo que también parte de las grandes víctimas del confinamiento. El documental, dirigido por la argentina María Álvarez, se coloca a su lado, ellas dialogan con la directora con naturalidad. No intentan mostrar que la cámara no existe, al contrario, la dirigen hacia donde les interesa poner el acento. Es una delicia. Acabas queriéndolas a todas, pero mis preferidas son la elegante Lucía de Montevideo con su flequillo y su libertad y la sencilla Paloma de Madrid, con su ingenuidad y sus ojos azules.
La Elisa que corre en el otro título que me ha encantado, es una mujer de 82 años, toda fibra y voluntad. Nacida en un pueblo del Lago de Como en Italia, Elisa emigró con su familia a Buenos Aires cuando tenía 14 años. Elisa estuvo casada, tuvo cinco hijos y varios nietos. Elisa empezó a correr a los 70 años. Y ahora, a los 82, ha decidido correr la media maratón del Lago de Como., 24 kilómetros por las tierras de su infancia. El documental la acompaña en este viaje que hace con dos de sus hijos y dos de sus nietos. Es una historia de reencuentro con el pasado, de reconciliación sin nostalgia. Y es una historia de perseverancia y voluntad. Elisa corre la media maratón acompañada por sus nietos y por la cámara y nos demuestra que la edad no es la del carnet de identidad, sino la del corazón y la cabeza. Como dice en un momento determinado, “la edad está en lo qué hacemos y en cómo lo hacemos”. Lucía y las chicas del cine, Elisa y su carrera, pueden decir orgullosas Madadayo, Aún estamos aquí.


(no sé de quién es este edificio, pero seguro que lo habría podido diseñar Bernadette)

Un estreno Dónde estás, Bernadette
El estreno de la semana no tiene nada que ver con este tema. Se llama Dónde estás, Berandette, está dirigida por Richard Linklater y protagonizada por Cate Blanchett. Es una película atípica, como casi todas las de este estupendo director. Basada en una novela de Maria Semple que fue un auténtico best seller en el año 2012, Dónde estás, Bernadette es la historia de una mujer aún joven que fue una gran arquitecta, revolucionaria y visionaria cuando tenía veinte años. Por razones que vamos descubriendo poco a poco, Bernadette abandonó la arquitectura y todo tipo de arte creativo para refugiarse en su familia, su marido y su hija adolescente. Pero Bernadette es una persona insatisfecha, no encaja en ningún sitio, agorafóbica, detesta a sus vecinas, en especial a su insulsa vecina Audrey. Bernadette es divertida, inesperada, delirante, pero sobre todo, Bernadette es infeliz y hace infelices a los demás. Un día, casi por casualidad, Bernadette desaparece y su familia se pregunta dónde estás, Bernadette. Pero en realidad a Linklater y a Semple y a Blanchett, lo que les preocupa no es tanto dónde ha ido físicamente Bernadette, sino dónde se esconde en su alma y en su memoria la Bernadette creadora, la artista que ha olvidado su capacidad de crear, provocando una frustración en la persona que es ahora. Ese es el tema fundamental de esta comedia divertida y dolorosa. Nunca hay que esconder tu Bernadette creativa, hay que dejarla salir, ejercerla, disfrutarla. Da igual si es para construir casas fantásticas, escribir novelas divertidas, pintar cuadros maravillosos o simplemente hacer pasteles magníficos. No tenemos derecho a olvidarnos de esa Bernadette escondida. En cierto sentido, también las bernadettes de cada uno tienen que poder decir Madadayo, aún estoy ahí.




(Jaume cantando)
Cumpleaños feliz
Una curiosa coincidencia ha hecho que esta semana Jaume Figueras haya cumplido 80 años. Para celebrarlo reunió a unos cuantos amigos con mascarilla y distancias. Jaume llega a los 80 mejor que a los 79, al menos es lo que demuestra el hecho de que en lugar de recibir regalos haya sido él el que nos haya regalado un bonito libro de relatos que ha escrito durante el confinamiento. Relatos cortos, de memoria privada y colectiva. Divertidos, sencillos y claros. Relatos de vida. Jaume cumplió dos deseos el día de su cumpleaños: ver publicado el libro que le abre una nueva etapa como escritor y debutar como cantante con una personal adaptación de I’m Still Here, Soc aquí en su versión catalana, es decir Estoy aquí, aún estoy aquí. Sin saberlo Jaume nos regaló a todos un particular y único Madadayo. ¡Felicidades!




sábado, 4 de julio de 2020

¿FELICIDAD?



En el último programa de El Hormiguero, escuché a Carlos Arguiñano decir una cosa que me dejó pensando: “no sabíamos que éramos felices”. Es verdad. Antes de la Era del Bicho que aún colea y seguirá coleando, éramos felices. Con todos nuestros problemas, nuestras pequeñas manías, nuestros disgustos. Pero éramos felices. Al despedirse Pablo Motos dijo otra cosa para pensar: “nos han quitado, de momento, la esperanza de un futuro mejor”. También es cierto. En todas las conversaciones que he tenido estos días y han sido bastantes, el denominador común era “no sabemos que va a pasar, no dentro de un año o diez, o cien. No sabemos que va a pasar la semana que viene, después del verano. Por eso, ante la incertidumbre me he propuesto (otra cosa es que lo consiga) aprovechar hasta el último minuto de cada día, no dejarme dominar por la desesperanza, apoyarme en lo bueno que tengo cerca. No sé si volveremos a ser felices, pero al menos tenemos que intentarlo.

BCN Film Fest



(El spot de promoción del BCN Film Fest, realizado antes de la pandemia, parece hecho por un adivino del futuro. Sin quererlo se convirtió en un spot del confinamiento. Vemos a una chica que a lo largo de diez meses, nunca sale de casa. Es bonito, pero cada vez que lo veía antes de las películas, me sentía un poco angustiada. Si lo quieren comprobar, este es el enlace https://www.youtube.com/watch?v=dYEAwGduZSQ )

Intentar ser feliz y aprovechar cada minuto es lo que he hecho yo y bastante más gente, esta última semana en la que ha tenido lugar en Barcelona el 4º BCN Film Fest que debía celebrarse en Sant Jordi. El BCN Film Festival ha sido el primer festival de cine que se celebra presencialmente. Tengo que reconocer que ha sido todo un poco raro. La verdad es que si no hubiera sido por el compromiso que tenía como jurado de la crítica, seguramente no habría ido al cine, o habría ido muy poquito. Llegar al Verdi el primer día, fue como si me hubieran tirado a la piscina sin saber nadar: o sobrevives o te ahogas. Esa fue mi sensación cuando vi a los compañeros de la crítica en un pase de prensa completamente atípico. Todos con mascarillas, of course, con gel antes de entrar, mascarillas durante la proyección y lavado de manos al salir. Guardando las distancias en una sala casi vacía. ¿Es esa la Nueva Normalidad? Si lo es, no creo que me guste. Todos los días he ido y he vuelto andando al cine. 40 minutos de paseo por una ciudad con tráfico y gente que te evita y evitas. Dos días, cansada de ver películas y con un calor aplastante, cogí el metro una vez y el bus otra. Raro también, con una especie de miedo a tocar nada, alejada de la gente. En el bus, casi vacío, sentada en solitario. Como tenía que estar casi todo el tiempo en el cine, comía por allí. Eso ha sido lo mejor. He recuperado amigos, a mi hermana y por un rato, mientras estaba dentro del restaurante, pensaba que sí, que todo era igual. Idea equivocada en cuanto salías a la calle y te encontrabas de nuevo con las mascarillas. En fin, poco a poco, he ido aceptando esta ciudad distinta, unas gentes distintas. El ser humano es muy amoldable y tenemos la capacidad de adaptarnos a casi todo. También a esto, sin duda. Pero no me gusta (lo único bueno de la inmersión en el cine, aparte de las películas, ha sido que por un buen rato dejaba de oír noticias sobre los brotes del dichoso bicho). De lo que he visto en el festival no hablaré, excepto La verdadera historia de la Banda de Kelly que se estrena hoy. He visto pocas fuera de la competición, y como jurado, no me parece ético destacar ninguna. Cuando se estrenen, si se estrenan, hablaré de ellas.


La verdadera historia de la Banda de Kelly, de Justin Kurzel
Ned Kelly es, como Jesse James, un bandido de leyenda, uno australiano y otro del Oeste americano. Ambos tienen vidas paralelas. Ned Kelly se hizo famoso en los años 1870-1880; Jesse James fue un bandido legendario entre 1870 y 1882. Tanto uno como otro venían de familias pobres que vivían en la miseria y la explotación, Jesse James y su hermano Frank por parte de los vencedores de la guerra civil; Ned Kelly y su hermano Daniel, por parte de los ingleses. Ambos comparten también orígenes oscuros. No hay que olvidar que entre los ingleses que llegaron al futuro Estados Unidos, había muchísimos irlandeses que huían de las grandes hambrunas, y los que colonizaron Australia eran directamente delincuentes que se enviaban allí para que cumplieran sus condenas. Unos y otros acabaron con las culturas autóctonas con la creencia de una superioridad moral que en realidad no tenían. Tanto Jesse James como Ned Kelly crearon bandas de forajidos que robaban bancos y trenes y los dos acabaron muy mal. Hasta ahí sus similitudes, veamos sus diferencias. La más importante sin duda, los métodos empleados en sus asaltos. Ned Kelly, inspirándose en el movimiento nacionalista irlandés de los Hijos de Sieve, que conoció a través de su madre, creó una banda que asaltaba vestidos de mujer y con armaduras que les daban un aspecto terrorífico. Ned Kelly, como Jesse James, se convirtió en una leyenda a la que se rinde culto incluso con un Museo que recoge fotos de la época y algunas de sus armaduras. Tanto uno como otro han sido objeto de películas y novelas. Más el bandido americano con films memorables como el de Fritz Lang, La venganza de Frank James, de 1944 y el de Nicholas Ray de 1957, La verdadera historia de Jesse James. Me gusta pensar que, cuando el escritor más famoso de Australia, Peter Carey, decidió acercarse al bandido más famoso de Australia, puso como título de su novela La verdadera historia de la Banda de Kelly, precisamente como homenaje al film de Ray. Tanto el libro, como la película dirigida por Justin Kurzel, no solo no caen en la tentación de glorificar al héroe, sino que buscan enfrentar a los australianos a sus orígenes sombríos y siniestros como país a través de una historia de violencia y crueldad, y con un personaje central, la manipuladora y posesiva madre de Ned, con la que el adolescente y mas tarde el joven, mantiene una conexión enfermiza de dependencia emocional. El resultado es un film de una gran belleza violenta, con un personaje desdoblado en dos edades al que no puedes querer, pero sin duda puedes entender en ese viaje alucinado de la inocencia al corazón de las tinieblas. Una última cosa, Ned Kelly ha tenido dos antecedentes en el cine. Uno realmente curioso y absurdo, dirigido por Tony Richardson en 1970 y con Mike Jagger en el personaje de Ned, es una película muy pop, muy años sesenta con una banda sonora espectacular. El otro no lo he visto nunca, es del 2003, está dirigido por Gregor Jordan, Heath Ledger interpreta a Kelly y Orlando Bloom a su amigo Joe.



Habitación 212
El segundo estreno interesante de la semana es Habitacciòn 212, de Christophe Honoré. Hablé de ella en el blog cuando inauguró el D’A Film Festival. Recupero ahora lo que escribí. Un matrimonio que lleva más de veinte años de vida en común pasa por fuerza por momentos de cambio en la relación, Es la única manera de continuar juntos si el amor se mantiene vivo. Habitación 212 muestra ese momento preciso en la vida de una pareja, Marie y Richard. Ella es profesora de derecho y ha encontrado la fórmula para seguir adelante en aventuras sexuales esporádicas que en realidad nada significan. Él es músico y se pasa el día en casa trabajando. Una tarde, casi por casualidad, el equilibrio entre ellos se rompe. Es entonces cuando entra en juego la mágica habitación 212 de hotel que está justo enfrente donde Marie se refugia para pensar mientras Richard se queda en el apartamento. Pero en realidad ninguno de los dos estará solo esa noche, porque los fantasmas, como en el cuento de Navidad, vendrán a visitarlos. Fantasmas buenos del pasado en forma de un Richard de 20 años que se aparece a una asombrada Marie, o el de una atractiva Irene, el primer gran amor de Richard, que decide volver a enamorarlo. Como un claro homenaje al cine de Jacques Demy y aires de teatro de boulevard desenfadado y ligero, con un humor muy sutil y una voluntad clara de no dar ninguna lección, Honoré construye un  vodevil con personajes que entran y salen continuamente de la habitación. La noche acabará cuando los dos, Marie y Richard, vuelvan a encontrar el camino para seguir juntos. Si la miras con ojos cómplices, es una delicia; si la miras con ojos inquisidores, puedes odiarla.

El regalo de esta semana es un precioso dibujo veraniego




viernes, 26 de junio de 2020

NOSTALGIA


Bueno ya estamos metidos en la NN. Esta semana ha empezado el BCN Film Festival aplazado por culpa del bicho; se estrenan doce películas en los cines (como en la Vieja Normalidad) algunas de ellas las he visto, la mayoría no tengo ni idea que son. En estos momentos en que volvemos a intentar vivir como antes aunque sea de forma distinta, la nostalgia de la tranquilidad y el silencio de hace tan solo un par de meses está en lucha con el instinto vital de seguir hacia delante. Por eso en esta entrada veraniega post verbenera, me apetece hablar de un estreno On Line y una serie que juegan a la nostalgia, aunque de muy distinta manera.


The Vast of Night, Amazon Prime Video
La nostalgia de esta curiosa y sorprendente primera película de Andrew Patterson, un director del que nada sabía hasta ahora, es la del cine de ciencia ficción de los años cincuenta, cuando la tecnología no dominaba el mundo y se podía creer en los “seres del cielo”, aún no llamados aliens o extraterrestres. Rodada en el 2016, de una manera precaria pero muy inteligente, el film fue rechazado por 18 festivales miopes ante la capacidad hipnótica que desprende en todos sus fotogramas. Finalmente fue aceptada en el Slamdance Film Festival del 2019 donde ganó el premio del público a la Mejor Narrativa. Amazon la descubrió entonces, la compró y la estrenó el 15 de mayo de este año, en plena pandemia, en una cadena de Autocines, espacio nostálgico y confinado perfecto para el momento. Un poco después la subió a su plataforma. Pero, ¿qué tiene esta historia para que me parezca una de las más fascinantes que he visto en mucho tiempo? Lo que cuenta es muy sencillo. Todo empieza en el salón de una casa donde hay un extraño televisor futurista en el que se presenta un episodio de la serie Paradox Theatre Hour, una especie de Dimensión desconocida. La cámara entra en el televisor y descubrimos que estamos en una pequeña ciudad de Nuevo México de 492 habitantes a mediados de los años cincuenta. Mientras todo el pueblo asiste a un partido de baloncesto, Everett, el inteligente locutor de la radio local y Fay, una espabilada adolescente responsable de la centralita telefónica, escuchan unos extraños sonidos que despiertan su curiosidad. Durante toda esa noche, seguimos a estos dos personajes que no paran de hablar y de correr. La película se mueve a su ritmo y los acompaña en la búsqueda de una explicación para esos sonidos. Su investigación les lleva a conocer dos historias, una contada en la radio y otra contada por una anciana, que explican extrañas experiencias con los sonidos provocados por “los seres que están en el cielo”. No hay mas, ni hay menos. Con dos personajes y una cámara que se mueve con total libertad, el film crea unas imágenes que tienen algo metafísico, algo que te va envolviendo poco a poco en una experiencia muy especial. Cine low cost, cuenta con dos actores estupendos y unas localizaciones perfectas. Pero ni unos ni otras explican la capacidad hipnótica de esta película nostálgica de una época en la que la ingenuidad permitía creer que en el cielo había algo desconocido y no era un virus.


Mrs America HBO
En realidad no sé si se puede calificar de nostálgica a esta serie política que aunque está ambientada en Estados Unidos en los años que van de Nixon a Reagan, es absolutamente contemporánea y muy actual. Pero bueno, juguemos a la nostalgia. La nostalgia de una época en la que el feminismo vivía uno de los momentos fundacionales del movimiento con figuras como Gloria Steinem, Betty Friedan, Shirley Chisholm, o Bella Abzug, defensoras y luchadoras en la aprobación de la ERA, la Enmienda de la Igualdad de Derechos. Pero lo mas interesante de Mrs America es que la historia está contada desde otro punto de vista, el de Phillys Schlafly, una furibunda y ultraconservadora ama de casa republicana que se convirtió en la principal opositora de lo que significaba la ERA al frente de un poderoso lobby antifeminista que defendía los derechos de las mujeres de clase media blancas a seguir siendo madres y esposas. Espléndidamente interpretada por Cate Blanchett, la serie se centra en Phillys, una mujer odiosa pero muy inteligente, que se mueve en la enorme contradicción de un discurso de ultra derecha contra la liberación de la mujer y su insaciable deseo de llegar a ocupar un puesto en la Casa Blanca. La nostalgia nos la puede producir la casi ingenua reivindicación feminista por derechos que ahora mismo están bastante consolidados en nuestra sociedad (no en otras, lamentablemente), gracias en gran medida a la lucha de las mujeres de esa generación. Pero la actualidad y vigencia de la historia la sentimos al comprobar que los argumentos del terrible personaje de Phillys en defensa de la familia tradicional, contra el aborto, la homosexualidad y en general contra cualquier reivindicación feminista, vuelven a estar muy presentes, no solo en la política de la América de Trump, sino aquí mismo, en nuestra propia realidad.
Y esto me lleva a hacer una reflexión sobre el tema de las manifestaciones del 8 de marzo. Desde las voces más que reaccionarias y ultraconservadoras de las mujeres de VOX –copias deformadas de la propia Phillys, incluso en su vestuario–, se acusa a la manifestación y al feminismo de ser la causa de la pandemia con argumentos que se desmontan simplemente recordándoles que ese mismo día ellos hicieron un mitin multitudinario. Pero creo que desde el gobierno se han equivocado entrando al trapo del antifeminismo en lugar de reconocer que efectivamente fue un error autorizar no solo las manifestaciones, también los actos políticos o los partidos de fútbol que hubo esos días en toda España. Decirlo ahora, cuando sabemos que quince días después de todo aquello se pasó de 500 casos el 8 de marzo a 9.159 contagios el 26 de marzo, resulta muy fácil. En todo caso, centrar el tema en el feminismo, tanto para defender el derecho a la manifestación a pesar de lo que se podía imaginar o para atacarlo desde posiciones tan reaccionarias que ni siquiera Phyllis asumiría, es equivocar el debate. El problema fue que en ese momento nadie era consciente de la gravedad de la situación. El desconocimiento por parte del Gobierno de la envergadura de la epidemia y el miedo a provocar un rechazo social si se prohibían las manifestaciones, le hizo permitirlas Y si se permitían las manifestaciones, había que permitir todo lo demás. Volviendo a Mrs America, es una de esa series que te hacen pensar, te invitan a discutir y te provocan no pocas preguntas de por qué una ideología tan reaccionaria como la del Eagle Forum de Phyllis Schlafly vuelve a estar tan vigente y por qué el feminismo contemporáneo ha evolucionado hacia posturas de una intransigencia que sus antecesoras nunca tuvieron. Vale la pena verla y discutirla.

El regalo de hoy es una imagen del verano



sábado, 20 de junio de 2020

A VUELTAS CON EL TIEMPO



Bueno, parece que por fin empieza la Nueva Normalidad. Por lo menos en el cine, aunque de una forma un poco clandestina, vergonzante incluso, las salas vuelven a abrir y esta semana hay ya varios estrenos. Pocos en comparación con lo que había,  pero menos es nada. Los que sueñan con las salas oscuras y las pantallas grandes, esta semana podrán disfrutar de películas interesantes. Al menos en algunas ciudades.
Dos de esas películas interesantes que se estrenan ahora se pudieron ver el pasado D’A Film Festival celebrado on line en pleno confinamiento. Una se titula Los lobos, la otra es Little Joe. Solo unas líneas para despertar la curiosidad, las dos lo merecen.



Los lobos
Bajo este amenazador título se esconde una película que habla de solidaridad, de compartir, de entenderse con los demás. Algo que no es muy habitual ni en el cine ni mucho menos en la realidad. Los lobos es la segunda película de un joven director mexicano Samuel Kishi. Cuenta la historia de una madre mexicana, Lucía, que llega a Alburquerque en Nuevo México, con sus dos hijos pequeños Max y Leo. Los tres acaban en un apartamento ruinoso en un motel donde viven asiáticos y latinos. Con la desconfianza metida en el cuerpo, Lucía les dice a sus hijos que no salgan del cuarto mientras ella está trabajando. Obligados a este encierro (por miedo al virus del odio) los niños se entretienen imaginando historias de los lobos que dibujan en los papeles que les lleva su madre y mirando por la ventana ese mundo lejano, desconocido atractivo y peligroso. Pero la América de Trump tiene rincones escondidos de solidaridad y Lucía y sus hijos acabarán por descubrirlos. Su misma sencillez de planteamiento y su limpia realización hacen de Los lobos una película que vale la pena ver.


Little Joe
La última película de esta directora austríaca inauguró el D’A Film Festival que le dedicaba su retrospectiva. Para contarla en pocas palabras (como pedía el personaje de Tim Robbins en El Juego de Hollywood) Little Joe es un cruce entre La pequeña tienda de los horrores, de Roger Corman y La invasión de los ladrones de cuerpos de Don Siegel. Alice es bióloga en un centro de investigación donde ha creado una nueva planta de una belleza deslumbrante, con unas propiedades terapéuticas insospechadas: hace feliz a quién respira su agradable perfume. Un dia Alice se lleva una de estas nuevas plantas a su casa como regalo para su hijo que la bautiza como Little Joe. Los dos descubrirán poco a poco todo lo que la planta puede hacer. Con una puesta en escena fría y aséptica, de colores planos y brillantes, esta película de ciencia ficción cotidiana es mucho más realista de lo que creemos. Little Joe plantea muchas preguntas sobre la ética de la investigación científica, sobre el funcionamiento de las emociones, sobre la vida de las plantas y en estos momentos en que estamos saliendo de la pandemia del COVID 19, nos alerta sobre la propagaciòn incontrolada de virus desconocidos.

EL RINCÓN DE LAS SERIES

(me gusta pensar que este cuadro de Ramon es una representación de Clío, la Musa de la Historia)
Creo que debo justificar el título de esta entrada, A vueltas con el tiempo. Para eso quiero hablar de una serie española que a mí me gusta mucho, aunque soy consciente de que quizás no guste a todo el mundo: El Ministerio del Tiempo. Está en su cuarta temporada y se puede ver entera en HBO. Se trata de un experimento creado en el 2015 por Javier y Pablo Olivares. Su punto de partida es fácil de explicar: existe en España un oculto Ministerio encargado de velar por que la historia no se altere, aunque muchas veces sus agentes preferirían cambiarla, provocando consecuencias insospechadas que podrían modificar el rumbo del mundo. Para eso, utilizan el Libro de las Puertas que los lleva allí donde se ha descubierto una posibles anomalía histórica de cualquier tipo. No todos los episodios tienen el mismo interés o funcionan igual, pero siempre son entretenidos y hay algunos francamente brillantes. Pero si hablo de esta serie en este post es porque estos días he sentido la necesidad de que existiera “un ministerio del tiempo” que garantizara la historia tal como ha sido, no tal como nos gustaría que hubiera sido desde nuestro presente. El revisionismo histórico es algo inherente a la propia historia: se lee el pasado en función del presente. Pero eso no quiere decir que “se borre el pasado” como pretenden hacer algunos revisionistas actuales: la historia, como saben muy bien en El Ministerio del Tiempo, no se puede borrar. Viene esto a cuento de la polémica retirada de Lo que el viento se llevó de la plataforma HBO, o los continuados ataques a estatuas de personajes, entre ellos el monumento de Colón en Barcelona. Jordi Juan lo resume muy bien en un artículo del 16 de junio en La Vanguardia: “El revisionismo de la historia nos puede llevar a tomar decisiones que van mucho más allá del sentido común y bordean el ridículo. La estatua de Colón, un símbolo mítico de la ciudad, no puede ser ahora dinamitada para protestar contra el racismo existente en nuestra sociedad. Todo nuestro esfuerzo y apoyo para erradicar esta xenofobia del presente pero no perdamos la energía en acciones propagandísticas que miran al pasado”. La ola de antiracismo que se ha desatado en el mundo por el asesinato brutal e injustificado de George Floyd en Minneapolis es una buena prueba de esto. Reaccionar ante la brutalidad policial y no solo denunciarla, sino perseguirla e intentar erradicarla, es una cuestión de higiene democrática. Pero lo urgente no es protestar en Barcelona o Madrid por la muerte de George Floyd, lo urgente y necesario es denunciar las discriminaciones y racismos de ahora mismo en nuestro país, como la de esos seis Mossos de Manresa o las actuaciones de policías locales en Badalona o en París, o en Madrid. El racismo excluyente está aquí mismo y no afecta solo a los negros. La xenofobia  rampante de algunos políticos internacionales, nacionales y locales, es un hecho y no tiene que ver con el color de la piel, sino con una idea mucho más oscura: sentirse simple y sencillamente superiores. No hace falta ni remontarse al pasado ni apoyarse en lo que sucede en otros países para denunciar este racismo del siglo XXI que en rigor yo no llamaría racismo, o al menos no tal como se entendía el racismo en los años sesenta o en los años treinta del siglo pasado, sino de la brutalidad excluyente que se ejerce contra cualquiera que se considere marginal al sistema. En Estados Unidos, los negros son más pobres y están peor preparados que los blancos como consecuencia de una sociedad desiquilibrada y enferma en la que se ha sembrado el odio de una manera muy peligrosa. Seguramente por eso han muerto muchos mas negros contagiados de COVID 19, seguramente por eso son objeto de una mayor represión. Pero la violencia contra ellos, no es solo, aunque también, por su color de piel. En la estupenda serie The Good Fight de Movistar, en su cuarta temporada hay un capítulo, creo que el 3, que pone en evidencia que el racismo tiene muchos matices y se manifiesta de muchas maneras, no solo con la violencia y no solo con los marginados, y no solo de blancos a negros. El racismo no es una cuestión de color o de raza, es una cuestión de poder. La violencia policial y social se ejerce sobre todo contra un colectivo marginal de gente pobre en el que hay blancos, negros y latinos, a los que alguien tan supremacista como Trump le gustaría ver reducidos a simple fuerza de trabajo explotada, es decir, esclavos. Igual que al xénofobo presidente húngaro Viktor Orban quisiera acabar con “Todas las minorías que que no entren en la imagen cristiana idealizada”. Esto no es exactamente racismo, es algo mucho más profundo y despreciable: es la hegemonía de los ciudadanos de primera contra los ciudadanos sin derecho a tener derechos. Timothy Snyder lo explica mejor que yo en una entrevista en La Vanguardia:  “… pero yo creo que no le va a salir bien (a Trump) porque muchos blancos, especialmente los jóvenes, han comprendido que el racismo no sólo es una injusticia hacia los negros, sino que es una estrategia para extender la idea de que nada se puede hacer para cambiar las cosas, que todo esto es inevitable, que lo único a lo que podemos aspirar es a contenerlo y que para ello nada mejor que un sistema oligarca y tirano. Muchos blancos se han dado cuenta que este tipo de racismo no solo afecta a los negros sino también a ellos” (Thimoty Snyder en La Vanguardia 16 dejunio)

Nota: Una pequeña aclaración que explica porque me gusta la película Érase una vez en Hollywood o la serie Hollywood. Desde la ficción, es decir desde el cine, la literatura, la pintura, se puede hacer lo que se quiera. El creador es libre de interpretar la historia como le de la gana. Otra cosa es que ese criterio se aplique en la vida real, en la política. Tarantino puede decidir que Mason no mató a Sharon Tate o Hollywood contar que Rock Hudson se paseaba de la mano de su novio negro. Pero lo que no podemos hacer es borrar el crimen de Mason de la historia o pensar que los negros y homosexuales vivían así en 1947. La ficción es libre de reconstruir a su antojo; la historia es la que es y no se puede cambiar. Solo estudiarla y aprender de ella.




sábado, 13 de junio de 2020

ATRAPADA EN LA NUEVA NORMALIDAD



(el laberinto de la nueva normalidad)
La  semana pasada mandé el mail de aviso de la entrada en el blog con una fecha equivocada. 7 de mayo en lugar de 7 de junio. Algunos buenos amigos me lo hicieron ver. Y me quedé pensando por qué me había pasado ésto que se puede enmarcar fácilmente en lo que se llama psicopatología de la vida cotidiana. Parece que mi subconsciente no quiere salir del nido. Tengo que tener mas cuidado o me quedaré atrapada en el bucle del confinamiento cuando lo que toca es prepararse para lo que se nos viene encima: 
La Nueva Normalidad.
Nueva Normalidad. Este oxímoron, como se han encargado de demostrar varios lingüistas, tiene poco de nuevo y casi nada de normalidad. Lo de Nueva Normalidad es un término que empezó a usarse en el 2008. Copio la definición de la Wikipedia (perdón por usar este instrumento, pero la verdad es que es muy útil).
Nueva normalidad es una expresión del ámbito de la economía y las finanzas acuñada para describir las nuevas condiciones financieras tras la crisis de 2008 y las secuelas de la Gran Recesión. Desde entonces, el término se ha utilizado en una variedad de contextos para dar a entender que algo que antes era anómalo ahora es común”.
Me quedo con esta última frase, “algo que antes era anómalo (la distancia social, las mascarillas, el miedo) ahora es común”. Parece que tendremos que convivir mucho tiempo con esta nueva normalidad orwelliana que no sé porqué me produce ecos de tiempos bastante nefastos. Lo de nueva normalidad me suena a fascismo de los años 30, a Mussolini, a Stalin, a Hitler. Ya sé que no estamos en un momento nada parecido (o eso espero), pero lo cierto es que los fascismos de los dos colores de entreguerras, siempre estuvieron a favor de una “nueva normalidad” en la que los ciudadanos de a pie se veían reducidos a meros comparsas de sus órdenes y deseos.
En fin, confío en que nuestra nueva normalidad no sea como la que me evoca el concepto y tampoco como la que se produjo después del 2008 con los recortes, el empobrecimiento generalizado del mundo, la aparición de los movimientos populistas de distinto signo y en definitiva, con una peor vida para todos. El futuro nos lo dirá.
Mientras tanto van pasando cosas que nos conducen hacia esa “nueva normalidad”. Por ejemplo, la vuelta del fútbol a nuestras vidas. Si hay un buen ejemplo de esta Nueva Normalidad es la de los partidos de fútbol a puerta cerrada, sin público, sin pasión, sin poder abrazarse cuando tu equipo marca un gol (bueno, parece que los jugadores sí, por lo visto los nuevos gladiadores están exentos de las normas que rigen para el vulgo). Y esto de los gladiadores me hace pensar en Gladiator, la película de Ridley Scott que fue una de las primeras en utilizar “público digital” para llenar las gradas del Coliseo, como parece que quieren hacer ahora las teles para que los estadios no se vean vacíos. No se que me da mas pena, un estadio sin público o un estadio con falso público. Creo que lo segundo, porque en todo caso lo primero será una imagen potente que ponga en evidencia la nueva normalidad, mientras que lo segundo contribuirá a las fakes en las que nos vamos sumergiendo casi sin darnos cuentas.
Pero vale ya de lamentarse. Los que disfrutan con el fútbol podrán verlo con distancia de seguridad en los bares o en sus casas y emocionarse o cabrearse. Los que no disfrutan con el fútbol, harán bien en ver un ratito de alguno de estos partidos callados para ver como es una distopía en directo. En general todos podremos decir: la nueva normalidad está aquí.

EL RINCÓN DE LAS SERIES
(Fergus Suter y su equipo de jugadores obreros)

Un juego de caballeros (Netflix)
Recupero esta sección para hablar de una interesante y muy bonita serie sobre fútbol estrenada en Netflix en pleno confinamiento. Descubrir que el nombre de Julian Fellowes está detrás de la serie, nos da una clave de cuál va a ser su tono. Fellowes fue el creador de Dowton Abbey y la sombra de esa saga se siente en toda la historia de Un juego de caballeros. Lo que cuentan estos seis episodios es el nacimiento del fútbol moderno en la Inglaterra de finales del XIX. El fútbol era un juego de caballeros, reservado a las élites, muy valorado socialmente, pero no remunerado: los caballeros eran ricos, no lo necesitaban. Sus reglas eran pocas y se permitía un alto grado de violencia, siempre victoriana, claro. En el otro lado de la barrera social, el fútbol era un juego de obreros amateurs que servía para que la gente se entretuviera los fines de semana. Pero todo cambió en 1878 cuando el escocés Fergus Suter aceptó jugar en el equipo obrero de Darwen y luego en el de Blackburn Rovers, cobrando por jugar. Esta no fue la única revolución de Suter quién, como si fuera un viejo antepasado de Messi con su baja estatura y su poca envergadura física, inventó el fútbol moderno, el del toque, pase de balòn, estrategia y juego en equipo en el que lo importante es que corra la pelota, no los jugadores. Frente a él el otro gran protagonista de la serie es Athur Kinnaird, un auténtico caballero, jugador del Old Etonians, el primero de su clase social que fue capaz de darse cuenta de que el fútbol debía profesionalizarse y permitir que los equipos de la clase trabajadora pudieran jugar en las mismas condiciones que los de las élites. Un diálogo del último capítulo resume este espíritu: los reaccionarios y conservadores se preguntan: “¿Debemos entregarle el fútbol a la clase obrera?”,  y el inteligente Kinnaird contesta“No, debemos compartir el fútbol con la clase obrera”. La serie está centrada en estos dos personajes, Fergus y Kinnaird, con líneas argumentales, que combinan la fidelidad histórica con licencias que hacen avanzar el relato. El enfrentamiento de clase y de cultura podía haber dado lugar a una serie de denuncia que pusiera el acento en las injusticias sociales, la maldad intrínseca de las clases dominantes y el poder del dinero para corromper el deporte tema que ha llegado en nuestros días a ser realmente escandaloso hasta el punto de que esta mañana he leído en un periódico una noticia que me ha indignado “Según aseguran fuentes financieras, el Real Madrid y el Fútbol Club Barcelona han recurrido al Instituto de Crédito Oficial (ICO) para conseguir algo más de 200 millones de euros con los que afrontar los pagos de sus plantillas, cuyos salarios ascienden a unos 1.000 millones”. En fin, no quiero hacer demagogia. Por suerte Julian Fellowes, como ya hizo en Dowton Abbey, es mas partidario de mostrar la posibilidad del encuentro entre clases, de dejar claro que unos pueden aprender de los otros y que, en definitiva, el auténtico juego de caballeros es respetar a todos por igual. En estos meses en los que el fútbol había desaparecido de nuestras vidas, esta serie permitía ver cómo se sentaban las bases del juego en su prehistoria. Ahora que la nueva normalidad del silencio en los estadios se nos viene encima, vale la pena verla para darnos cuenta del fundamental papel que tiene el público en un partido de fútbol. Suter y Kinnaird lo sabían, Mesi y Sergio Ramos lo saben. ¿Cómo se va a mantener la pasión del jugador número 12? La nueva normalidad nos lo dirá.

Nota: Del caso HBO/Lo que el viento se llevó, que ha llenado páginas esta semana, hablaré (o no) la semana que viene.

El regalo de esta semana es un dibujo de la Negrita contemplando la nueva normalidad)