sábado, 26 de septiembre de 2020

DE FESTIVALES, SELVAS, VIEJOS Y PASTELES

 

Semana extraña (y van…) En San Sebastián sigue el festival más raro, pero también el más valiente, con sus proyecciones enmascaradas y sus ruedas de prensa a distancia. Este año se recordará por ser el Año del Bicho, pero también por ser el año en el que se rompieron definitivamente las barreras entre cine y televisión, entre películas y series. El festival ha sabido reconocer que la ficción audiovisual está en distintos lugares y ha ofrecido a las series la posibilidad de estrenarse “a lo grande” en el marco de su programación. No es el momento de hablar de Patria, que se comienza en HBO el domingo 27 de septiembre, fecha emblemática y cargada de significado emocional; ni de Antidisturbios, que llegará a Movistar el 16 de octubre con su potente denuncia política; ni de El estado contra Pablo Ibar, documento estremecedor sobre la justicia norteamericana o de la serie del presidente del jurado Luca Guadagnino, We Are Who We Are. Tiempo habrá de analizarlas. Aquí y ahora, lo que es importante es que el Festival les ha dado status de igualdad de condiciones con el Cine con mayúscula y eso es algo estupendo. Ha habido en Donosti muchas películas importantes, apetecibles, que estoy deseando ver. Tendré que esperar a que se estrenen. Pero he tenido la suerte de ver dos de las escasas propuestas latinoamericanas que se han presentado este año de penurias en la producción de América Latina. Se trata de una película mexicana y una chilena. La mexicana no tengo claro que se vaya a estrenar, la chilena sí que tiene fecha para llegar a las pantallas. Las dos son muy interesantes por distintos motivos

 

Selva trágica, de Yulene Olaizola

Selva trágica, es la quinta película de una directora de origen vasco nacida en México. Sucede en el año 1920 en la frontera entre Belice y Campeche, zona cauchera, salvaje y bastante inexplorada. En lo más profundo de la selva perviven los mitos y rituales mayas, preservados en la memoria de los indígenas que recogen el chicle para las grandes corporaciones internacionales. En ese espacio de sueño y pesadilla, una mujer, la hermosa Agnes, escapa de su posesivo amo británico y se adentra en la selva donde la encuentran un grupo de caucheros mexicanos. Jacinto, uno de los indígenas, reconoce en ella la figura de Xtabay, una diosa que desde lo más profundo de la selva controla el destino de los hombres. Rodada en planos largos y pausados, la belleza del lugar acaba por ser tan tóxica como la mujer que poco a poco destruye todo lo que la rodea. Es una película “exótica” que sin embargo me ha producido una sensación extraña de reconocimiento. De una manera inmediata, con Blanca Nieves y los siete caucheros; pero de una forma más profunda con una película que está muy enraizado en mi propia memoria: Canaima, dirigida por Juan Bustillo Oro en 1945 sobre una novela de Rómulo Gallegos y protagonizada por Jorge Negrete, Gloria Marín y Charito Granados. Canaima pasa en los mismos años, aunque en otra selva un poco más lejana, la del sur de Venezuela con el río Orinoco dominando el paisaje entre caciques, caucheros y viejos mitos indígenas. El film de Yulene Olaizola no se parece en nada al de Bustillo Oro, pero me lo ha recordado y me han entrado ganas de volver a verlo para comprobar si el poder evocador de misterios, aventuras y amores perdidos es algo fabricado por mi recuerdo o de verdad está en Canaima.

 

El Agente Topo, de Maite Alberdi.

De esta directora chilena recuerdo con gran cariño una película sobre las amigas de su abuela que se llamaba La once (hablé de ella en una entrada del 9 de julio del 2016). En La once ya se podía ver que Maite Alberdi no hacía documentales muy convencionales hecho que viene a confirmar este Agente Topo en el que prosigue su aproximación a las personas mayores, muy mayores, a través de una historia entre divertida, inverosímil y sobre todo inesperada. El resumen del Festival de San Sebastián dice: “Rómulo es un detective privado. Cuando una clienta le encarga investigar la residencia de ancianos donde vive su madre, Rómulo decide entrenar a Sergio, un hombre de 83 años que jamás ha trabajado como detective, para vivir una temporada como agente encubierto en el hogar. Ya infiltrado, con serias dificultades para asumir su rol de topo y ocultar su adorable y cariñosa personalidad, se acaba convirtiendo, más que en un espía, en un aliado de sus entrañables compañeras.”. No tengo muy claro que este trabajo sea un documental, tampoco es una ficción preparada. Más bien creo que la idea es provocar una situación, Sergio infiltrado en una residencia de ancianas (hay cuarenta mujeres por cuatro hombres) y ver que pasa. Con la complicidad de la dirección del centro y sobre todo del entrañable Sergio, la cámara de Alberdi se adentra en esa residencia de provincias y mira a sus habitantes con cariño y sin condescendencia. El Macguffin de la trama, encontrar las cosas malas que hacen contra los pobres ancianos, funciona solo como punto de partida. Es evidente que si la película se hizo con la colaboración de la institución, no iban a mostrar nada malo. Pero lo importante no es lo que hagan bien o mal las residencias para ancianos en todo el mundo, pasto de muerte y desolación de esta maldita pandemia, sino el poner en evidencia el abandono emocional por parte de sus familiares que padecen los viejitos recluidos en ellas, obligados a tejer complicidades entre ellos mismos y con sus cuidadores como refugio para su soledad. Como ejemplo, la clienta tan preocupada por su madre, no la ha visitado nunca ni ha puesto los pies en la residencia más que para dejarla allí. El agente topo llega en un momento especialmente delicado en el que la sensibilidad sobre qué hacer con los mayores se ha visto potenciada por la mortalidad provocada por el bicho de nombre de mascota. Hace pocos días leí en LaVanguardia un artículo que hablaba de “la campaña Old lives matter, Las Vidas Viejas Importan, impulsada por más de 40 organizaciones científicas, sanitarias y sociales de todo el mundo para sensibilizar a la población y luchar contra el edadismo, la discriminación contra la gente mayor basada en falsos prejuicios instalada en todas las sociedades.” Esta película se inscribe en este camino, con humor, elegancia, respeto y sensibilidad. Cuando se estrene volveré sobre ella. Para acabar con este tema me gustaría recordar una frase de Ingmar Bergman, que he leído en alguna parte: “Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada se hace más libre y la vista se vuelve más amplia y serena”.

¿Y de los estrenos? Solo unas líneas para dos estrenos de esta semana.

Una pastelería en Notting Hill, de Eliza Schroeder

Love Sarah, título de la película y nombre de la pastelería en Notting Hill, es una película pequeña y sin pretensiones ambientada en el Londres de ahora mismo. A pesar de partir de la pérdida de una persona muy querida, se trata de una historia muy feliz, optimista, con una gran carga de energía positiva. La Sarah del título original muere en un accidente nada más empezar la película y eso provoca que su hija, su mejor amiga y su madre se reúnan para realizar el sueño de Sarah: montar una pastelería. Sencilla y muy ligera, lo mejor de Love Sarah es que casi sin quererlo, se convierte en una especie de alegato en forma de pasteles contra el Brexit y a favor de la integración y la diferencia como algo enriquecedor. De este delicioso film se puede decir que es dulce, pero en ningún momento empalagoso. 

Tommaso, de Abel Ferrara

En realidad esta película debería llamarse Willem. Dafoe naturalmente. Willem Dafoe, imagen del Festival de San Sebastián este año, es el auténtico y casi único protagonista de un film irregular y autobiográfico del propio Ferrara. Tommaso es director de cine, vive en Roma, tiene una hija pequeña y un pasado turbulento de drogas y alcohol. Tommaso/Abel con el rostro y el cuerpo de Willem, recorren una historia que empieza de una forma naturalista y cotidiana, para poco a poco sumergirse en una pesadilla de delirios y memorias. Es sin duda la película más personal de Ferrara, la más desnuda. Solo un actor como Dafoe, con el rostro esculpido por el tiempo y buen conocedor de la violenta vida del director con el que ha trabajado en siete ocasiones desde 1998, podía encarnarle siendo fiel tanto a Ferrara como a sí mismo. Por cierto, para cerrar el círculo, Abel Ferrara ha estado en San Sebastián presentando un nuevo trabajo, Sportin Life, en el que vuelve a contar con Dafoe, imagen icónica del festival de este año en el que las flores han querido plantarle cara al bicho. 

El regalo de esta semana es el único retrato masculino que ha hecho Ramon. Es el retrato del Dr. Ignasi Ponseti, un gran amigo y un hombre sabio que hacía honor a la frase de Bergman.


 

 

 

sábado, 19 de septiembre de 2020

FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN



(La noche del jueves 17 fue espléndida en San Sebastián. Gracias Idoia por mandarme esta preciosa foto)

Escribo esta entrada el viernes 18 por la mañana. Hoy empieza el Festival de San Sebastián. No estaré allí. Me habría gustado, bueno no sé si es esa la palabra. Creo que lo que siento es curiosidad por ver cómo se desarrolla una de las ediciones más raras de un festival que está unido a mi historia personal por muchos motivos. Pero no ha podido ser. Así que este año lo miraré desde lejos y lo disfrutaré a través de la vida festivalera que refleja su Diario y la Tele del festival. Después de Málaga a nivel nacional y Venecia a nivel internacional, Sanse se atreve a ser un festival presencial en tiempos del bicho. Con todas las garantías, distancia, mascarilla, gel, lavado, prudencia, pero sin miedo y con ganas de demostrar que se puede seguir viviendo en las peores circunstancias. Habrá menos películas, menos acreditados, menos invitados. A lo mejor el festival sale ganando con esta cura de humildad obligada. Quizás no haga falta tener cada vez más y más sesiones, lo que cuenta es tener buenas películas y series (este año no hay falsas distinciones entre unas y otras) aunque sea sin el circo de la alfombra roja y las entrevistas a destajo. Siempre he pensado que un festival es sobre todo su programación, pero también es muy importante su lado de espectáculo, de fiesta, de glamour. He sido partidaria de la alfombra roja y sus oropeles, porque es una manera de atraer el público al cine y si vienen a ver a las estrellas, a lo mejor se quedaban a ver las películas. Pero si este año la alfombra se reduce a algunos fotógrafos, no pasa nada. La memoria quedará y aunque los festivales de este año se recordarán en la historia como los enmascarados y distanciados, se les reconocerá el valor de haber sido capaces de decir: aquí estamos, aquí seguimos y aquí seguiremos. José Luís Rebordinos, director del Festival lo tiene muy claro: “La industria del cine, como todos los sectores productivos, ha sufrido mucho en los últimos meses. Por eso, el simple hecho de que pueda hacerse la 68 edición del Festival tenemos que celebrarlo como una apuesta clara de lucha para que el cine ocupe los espacios que le corresponden y se merece.”. Buena suerte Sanse, buenas películas, buena convivencia y sobre todo ¡Libre de virus!

 

Isabel

Uno de los momentos más importantes del festival es la entrega del Premio Nacional de Cinematografía que se celebra cada año el primer sábado del festival. Este año el premio le ha sido concedido a Isabel Coixet y yo me siento particularmente contenta con él. Es un premio perfectamente justificado, un reconocimiento al trabajo de esta mujer que tiene las ideas muy claras. Isabel se lo merece por su larguísima trayectoria de más de treinta años en los que ha demostrado ser una gran directora, una gran productora y sobre todo una gran persona. No me acuerdo cuando la conocí, pero si me acuerdo de los dos proyectos que compartimos juntas y en los que su generosidad y apoyo fueron fundamentales. En el año 2009, organicé una retrospectiva de su trabajo en el Festival de Verona, Schermi d’Amore. Fue el año que eligieron Mapa de los sonidos de Tokio en el Festival de Cannes. A pesar del agobio y la presión de esta selección Isabel aceptó venir a Verona y pasamos unos días estupendos en los que no paró de hacer entrevistas y a pesar de eso, logramos tener tiempo para pasear y ver la ciudad junto a Cristina Andreu que la acompañaba en ese viaje. Dos años más tarde, en el 2011, le pedí su colaboración en un proyecto que teníamos en marcha. Se trataba de una serie para televisión con entrevistas a directores de cine español llamada Transparencias. Isabel accedió a dejarnos rodar el piloto con ella. La serie nunca se llevó a cabo, pero hacer aquel piloto fue estupendo.

He hecho muchas entrevistas a Isabel para distintos medios y en distintas ocasiones, siempre la he encontrado dispuesta. Desde su productora ha impulsado la carrera de jóvenes directoras que encuentran en Miss Wasabi un apoyo y un consejo. Los seis años que trabajé en el Festival de Berlín coincidimos allí en cada edición. Siempre tenía algo que hacer en Berlín: jurado el año que ganó La teta asustada; presentar una película o un documental político; un experimento realizado con su teléfono móvil. Espero con ganas cada nueva película de Isabel. A veces me interesa más, a veces menos, unas conectan con mis emociones, otras me dejan indiferente, pero siempre descubro personajes, imágenes, lugares, sensaciones. Estoy deseando ver que ha hecho con Benidorm, seguramente será algo muy extraño. Me gustaba y me gusta mucho hablar con ella. Por eso estoy contenta con este premio. ¡Felicidades Isabel! 

Pequeñas notas de tres estrenos

Pinocho, de Matteo Garrone. Es el Pinocho más fiel al libro, es también el más hermoso. Pero sobre todo, es el más tenebroso, cruel y poco empático de todos. Una rareza.

L’Ofrena de Ventura Durall, melodrama psicológico que recuerda muy vagamente el Rojo y negro de Stendhal- Su protagonista se llama Jan Sorel, usa a una mujer joven que le adora para destruir a una mujer que sedujo hace años. Claro que, a lo mejor, soy yo la que le busco tres pies al gato y la peli no es nada de todo esto.

Knight of Cups de Terrence Malick. Es del 2015, no han hecho pases, no la he podido ver de ninguna manera. Un Malick siempre es un reto. Ustedes mismos. 


EL RINCON DE LAS SERIES



Perry Mason

Recupero esta sección en una semana en la que se me acumulan las series interesantes para destacar. Esta vez me he decidido por Perry Mason, estrenada en HBO hace unos meses. Los que tengan memoria del Perry Mason en blanco y negro de los cincuenta y sesenta, se llevarán una decepción. Por lo menos al principio. Poco a poco se irán encontrando con un tenue hilo conductor entre el Mason de Matthew Rhys y el de Raymond Burr. Conocemos a Mason antes de ser nuestro Perry Mason. Estamos en plena depresión, primeros años treinta, Los Ángeles. Perry Mason es un oscuro y solitario detective privado típico de las novelas de Hammett o Chandler. Tiene un mentor, un viejo abogado que trabaja en causas aparentemente perdidas y al que ayuda en sus juicios. La ciudad es la otra gran protagonista, sumida en la depresión, poblada de estrellas rutilantes de cine que conviven con la miseria de la gente, LA padece el auge de las grandes industrias religiosas con la hegemonía de sus predicadores evangélicos, concretamente la secta millonaria de la Hermana Alice McKeegan, líder de la Asamblea Radiante de Dios. (Abro un paréntesis para anotar una curiosa coincidencia. En una serie más bien fallida de Movistar Penny Dreadful: City of Angels, aparece el mismo personaje de Alice y la misma secta religiosa en los años treinta). La trama del secuestro y asesinato de un bebé, es el hilo argumental de los ocho capítulos en los que el joven Mason pasará de ser un detective privado a ser un abogado idealista, contando con la ayuda de una estupenda Della, la eterna secretaria, inteligente y mucho mas perspicaz que su jefe. (Aquí abro otro paréntesis para hacer una pequeña queja personal. Estoy harta de que en todas las series y en muchas películas de los últimos años siempre haya una mujer lesbiana. Hubo un tiempo en que siempre tenía que haber un personaje de color, luego un homosexual, ahora una lesbiana. Es muy pesado. Cuando la historia lo pide me parece estupendo, pero ¿era necesario que Della fuera lesbiana para que Perry Mason funcionara? ¿Era necesario que Paul Drake, su eterno amigo y colaborador fuera negro? Creo que no, que no aporta nada a la serie y simplemente demuestra la dictadura del pensamiento dominante que controla buena parte de la creación contemporanea. Desgraciadamente, Della no es el único ejemplo). Vuelvo a Perry Mason. Es una gran serie. Y no es extraño si comprobamos que tiene como director a Tim Van Patten, uno de los principales creadores de Los Soprano y Boardwalk Empire, una indudable garantía de calidad. El Perry Mason del inolvidable protagonista de The Americans, es un hombre atormentado por los recuerdos de la primera guerra mundial que encuentra en la profesión que le hará famoso un camino de redención y reconciliación consigo mismo. Se ha anunciado una segunda temporada, espero que sea tan buena como la primera.

 El regalo de esta semana es un cuadro de Ramon que sé que le gusta mucho a Isabel



 

 

 

 

 

sábado, 12 de septiembre de 2020

RADIOGRAFÍAS

Esta semana rara (¿y cuál no lo es?) en la que los coles han empezado en muchas autonomías y en otras, como en Catalunya, esperan al lunes para que todos los niños y niñas puedan celebrar a gusto la Diada descafeinada de este año, los estrenos parecen haberse dado un respiro en espera de títulos mas importantes. Hay muy pocas películas dignas de atención, dos de ellas creo que merecen no pasar desapercibidas. Son dos películas pequeñas, periféricas, de las que llenan la programación de los festivales en las sesiones de tarde y que muchas veces no tienen la atención de la prensa mas especializada. Una es tunecina, la otra es búlgara, dos países que no suelen prodigarse en las carteleras nacionales. 

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(un diván con gata en Arcos de la Frontera)

Un diván en Túnez

Un diván en Túnez es la primera película de Manele Labidi Labbé, una joven nacida en París de origen tunecino, como su protagonista, Selma. Selma ha estudiado en Francia y tiene un diploma de Psicología. Pero Selma ha decidido instalarse en el país de sus padres y abrir una consulta en la casa familiar. Concretamente en el tejado donde instala un precioso diván en el que espera recibir a muchos pacientes. Selma toma esta decisión porque Túnez vive un momento de ilusión producido por las cercanas primaveras árabes. El país se ha librado de una dictadura y aun no ha caído en manos del fundamentalismo. De hecho, por lo que cuenta la propia Manele Labidi, sigue siendo un lugar muy apetecible para vivir, con una cierta tolerancia en la vida cotidiana, lo que explica que no tuviera ningún problema para filmar en la ciudad. Selma es una mujer moderna y libre y quiere ayudar a sus vecinos con su gabinete. Pero, a pesar de las buenas intenciones de la protagonista (y la directora) muy pronto tropezará con una serie de trabas burocráticas y religiosas, morales y culturales que harán su trabajo un poco más difícil. Sin perder el sentido del humor, esta comedia ligera y tranquila se convierte casi sin quererlo en un retrato de las contradicciones que viven los países del norte de África, en los que la cultura francesa ha dejado un poso de libertad que choca con las tradiciones árabes más arraigadas. Irregular en sus personajes y anécdotas, Un diván en Túnez es una película agradable y la mejor carta de propaganda para invitar a visitar el país. Aunque, como de tantos otros sitios, no sabemos si allí están más o menos sumidos en la dichosa pandemia del bicho.

 

(la mermelada casera de membrillo, es muy importante)

El padre

El padre es una película búlgara dirigida por la pareja Kristina Grozeva y Petar Valchanov. Los descubrí hace unos años con una película extraña y divertida llamada Un minuto de gloria. Esta pareja tiene un humor muy peculiar, eslavo, distinto al mediterráneo, pero en cambio, tengo la sensación de que conecta mucho con el humor de Azcona y Berlanga. Estoy segura que esta comedia negra le habría gustado mucho al autor de Los muertos no se tocan, nene. Todo empieza en el entierro de la madre de Pavel y en el dolor de su padre, negándose a aceptar que Valentina haya desaparecido. Cuando Vassili, el padre, descubre que la madre muerta hace extrañas llamadas a una vecina, se desencadena una serie de situaciones surreales en las que Pavel intenta controlar el delirio de su padre, empeñado en conectar con su mujer desde el más allá. No es un film perfecto, pero tiene varias cosas que lo hacen apetecible. Entre ellas descubrir un país del que no sabemos prácticamente nada. En Europa hay una serie de países que son tan exóticos y lejanos como Marte, Bulgaria es uno de ellos, Eslovaquia es otro. Por no tener no tienen ni un escritor de novela negra que les de popularidad y no se conocen series que lleguen desde allí. La aventura de descubrir mundos lejanos está mas cerca de lo que pensamos muchas veces, aunque ni siquiera sabemos si comparten con nosotros la desgracia del bicho universal. Volviendo a El Padre, la historia permite a los directores hacer un retrato de su país, de la corrupción que todo lo invade, la ineficacia de una burocracia administrativa, la precaria salud pública, el contraste entre la vida rural y la vida en la capital, sin dejar nunca de ser un claro y sincero proceso de duelo compartido por un padre y un hijo. Ah¡ me olvidaba de lo más importante de la película: la mermelada casera de membrillos, fundamental en el desenlace de la historia.

Al releer estas líneas para corregirlas  me he dado cuenta de que las dos películas son retratos involuntarios de sus respectivas realidades, una especie de radiografía emocional de la sociedad que reflejan. Aunque solo sea por eso, el cine se revela como un gran instrumento de conocimiento y análisis.

El regalo de esta semana es el magnífico árbol que acompaña al diván de Arcos.



sábado, 5 de septiembre de 2020

LAS NIÑAS Y HONEYLAND

 


Tengo un problema. No me ha gustado la película Las niñas. Lo siento. Probablemente sea culpa mía, no lo niego. Pero delante del coro de alabanzas y de elogios que se ha construido a su alrededor, me encuentro un poco perpleja. No digo que esté mal, ni mucho menos. Tampoco estoy segura que esté tan bien como se ha dicho. A ver. Se la ha comparado con Verano del 93 por las similitudes: ópera prima de una mujer joven, historia autobiográfica, años noventa. Pero esos son elementos muy circunstanciales. En realidad, las dos películas no tienen nada que ver. Las niñas es una película honesta y muy personal, y en ese sentido no tengo nada que objetarle. Pilar Palomero hace un buen debut, y las niñas, las actrices, están muy bien casi todas. (De todos modos me parece un poco exagerado comparar a Andrea Fandos con la Ana Torrent de El espíritu de la colmena, solo porque tiene los ojos negros y grandes, mira mucho y calla más). Pero para mi, la película tiene varios problemas. Uno de los que me plantea, es el de la contradicción que percibo en ella entre una intención muy emocional y sensible con una puesta en escena absolutamente cerebral, casi fría. Por mucho que nos cuenten que las niñas improvisan y que la directora las dejó a su aire, tengo la sensación de que la película tiene una estructura rígida y una elaboración de laboratorio. En cuanto al argumento mi perplejidad crece aun más. Mientras la veía me preguntaba en qué época estaba pasando. A no ser por la banda sonora y una línea de diálogo que hace referencia al sida, Las niñas podría estar datada en los años sesenta y sería exactamente igual. No me meto en todo lo que sucede en el colegio de monjas porque, por suerte para mí, nunca fui a un colegio de monjas. A la edad de Celia y Brisa, yo estaba en el Instituto Verdaguer. Eran los años 1962 a 1967, en pleno franquismo, pero aunque el Instituto lo dirigía un cura, tanto el profesorado como las alumnas disfrutábamos de una libertad de pensamiento muy grande. Supongo que en mi época, los colegios de curas y monjas debían ser más represores y carcas que el instituto, no lo dudo. A lo mejor lo eran asi en los 90, y quién sabe, incluso lo siguen siendo ahora mismo. Si Pilar Palomero lo cuenta, debe ser verdad y no voy a ser yo la que se lo discuta. Sin embargo, el entorno de la calle, de la vida familiar, sí que se lo puedo discutir. Porque me cuesta creer que en la Zaragoza del año 1992, se viviera de una forma tan absolutamente encarcarada y con tantos secretos y represiones (no digo que no fuera así, pero me cuesta). La relación de Celia con su madre es para mi incomprensible en esa época. Una mujer de poco menos de treinta años, que ha sacado adelante a su hija ella sola, no reacciona como una esposa y madre del Opus en los años sesenta (1). Lo siento, pero me parece inverosímil. Y me molesta ver que en ese mundo de niñas no hay presencias masculinas y las poquísimas que hay están mal dibujadas. Pero lo que me preocupa de Las niñas y me hace pensar, es comprobar que el tipo de educación que ya en mi adolescencia era carca, reaccionaria y oscurantista, se siguiera practicando en los años 90. Es probable que cada uno extrapole su propia experiencia, como ha hecho Pilar Palomero, pero desde luego las niñas y adolescentes que yo traté en los años 90 no eran en absoluto como estas chicas zaragozanas. Y si ya existía esa terrible similitud entre el colegio monjil de los sesenta franquistas y el de los noventa de las olimpiadas y la Expo, ¿por qué tengo que creer que no sigue siendo igual ahora mismo o hace diez años? En definitiva los votantes de Vox y del Carlismo Nacionalista salen de algún sitio y los colegios de curas y monjas son un granero estupendo para cultivarlos. Esta semana en la que vuelven los niños a la escuela y toda la preocupación está encaminada a ver cómo se organiza el caos provocado por el bicho, quizás deberíamos pensar un poco más en el caos mental que se puede estar creando en las mentes de niños y niñas. ¿Se sigue proyectando Marcelino pan y vino en los colegios? Inquietante pregunta. No sé si Las niñas se convertirá en la película del año como fue Verano del 93. Ojala, porque el cine español necesita títulos referenciales. Pero esto no quita que para mi haya sido una pequeña decepción. Sinceramente, me habría gustado que Las niñas me gustara más.


Honeyland

Honeyland, se vio en el último Docs Barcelona y ahora se estrena en algunos cines casi de forma clandestina. Es una película de Macedonia y está dirigida por Tamara Kotevska y Ljubomir Stefanov. El resumen de su argumento en Filmaffinity es muy bueno: “Documental sobre la última mujer recolectora de abejas de Europa. Hatidze es una mujer cerca de la cincuentena de un pequeño pueblo en Macedonia que cría colonias de abejas en unos cestos hechos a mano que deja escondidos entre las rocas. Sin protección ni ayuda, es capaz de amansarlas para poder extraer la miel y venderla en la capital. Todo es idílico hasta que, de repente, unos nuevos vecinos se instalan cerca de las colmenas, estorbando su paz y la de sus abejas. La intrusión de los recién llegados, una familia con siete niños ruidosos, acompañados de 150 vacas, provocará un conflicto que podría destruir la forma de vida de Hatidze para siempre.” Honeyland es me gusta mucho, es una película muy impresionante, llena de lecciones estupendas. La principal es que hay que respetar a la naturaleza, dejarle la mitad de la miel a las abejas, no querer acapararla toda y compartirla con ellas, es una idea preciosa que se debería aplicar a todo en la vida. Como darle importancia a los rituales indispensables para vivir. Los rituales le sirven a Hatidze para amansar a las abejas porque hablan su propio idioma. Los rituales privados de cada uno, nos ayudan a enfrentarnos a la cotidianidad. Tener rituales no quiere decir ser rutinario, todo lo contrario. Hatidze y su anciana madre viven en perfecto equilibrio entre ellas y con el mundo que las rodea. Por eso el contraste entre sus vidas y la familia que viene a destruir su entorno y su tranquilidad, es tremendo. No es que esa familia sean malas personas, ni mucho menos. Simplemente no han aprendido a respetar lo que tienen cerca, ni las abejas, ni el ganado, ni los niños y menos aun a la estupenda Hatidze. Es gente sin tradición, sin rituales, desarraigada. Cuando al final se van, dejan tras de si la desolación. Pero Hatidze saldrá adelante. Honeyland es muy hermosa y al mismo tiempo terrible. Hatidze es un personaje de ahora mismo, pero sería igual en la edad media o en la prehistoria. La vida en equilibrio es un privilegio que por desgracia hemos perdido. Y más en estos últimos tiempos en los que ya ni siquiera contamos con el falso equilibrio en el que vivíamos hasta que apareció el bicho. Honeyland me gusta mucho. De verdad.

(1)Tengo una teoría un poco descabellada respecto a los silencios de la madre que interpreta Natalia de Molina. Cuando van al pueblo porque ha muerto su padre, madre e hija acuden al cementerio a ver su tumba. Natalia acaricia la lápida de una manera especial. Ese gesto, junto con la mirada de la abuela a la niña y el hecho de que nunca le haya contado como murió su propio padre y donde está enterrado, me hace pensar que Celia es fruto de un abuso por parte del padre/abuelo, que corroe a Natalia impidiéndole contarle la verdad. Pero esto no deja de ser una elucubración mía que seguramente no tiene nada que ver con la historia.

 

sábado, 29 de agosto de 2020

TIEMPOS



Tenet

Christopher Nolan está entre los directores que más me han interesado en los últimos veinte años. Tres de sus películas se cuentan entre las que más me gustan del siglo XXI. La fundacional Memento, la compleja Origen y la emocionante Interstellar. Sus tres Batmans superan cualquier concepto del cine de superhéroes y Dunkerke es un prodigio del uso del tiempo, dimensión desconocida que le ha obsesionado siempre. Siento decir que Tenet no pasará a engrosar esta lista de favoritas. Tenet lo tiene todo, es espectacular, –la secuencia inicial en la ópera es difícil de superar–; es adrenalínica como todo buen blockbuster; está espléndidamente filmada, la banda sonora atronadora y excesiva es la que necesita. Pero…, pero sin embargo hay algo que falla. Y falla lo más elemental en cualquier película, desde los Lumière hasta ahora mismo, la historia. Casi al principio de la película hay una conversación entre una investigadora y El Protagonista sin nombre. La investigadora le dice al héroe: “No trates de entenderlo, siéntelo”. Es como si Nolan advirtiera a los espectadores que no intenten entender lo que pasa, que se dejen llevar por el enorme tren eléctrico con el que se ha puesto a jugar. El problema para mi es que, lamentablemente, lo entiendo todo mucho mas rápido de lo que querría y lo siento mucho menos de lo que me gustaría. La premisa de Nolan, que sigue con el tema del tiempo más presente que nunca, es super atractiva, estimulante, misteriosa, magnífica: la teoría del tiempo invertido. La posibilidad de ir del efecto a la causa (Irreversible de Gaspar Noé ya contaba algo así), se entremezcla con los viajes en el tiempo: al futuro lejano de donde llegan los restos de un naufragio temporal y al pasado más cercano que todavía es factible de ser modificado (por ejemplo, piensen si pudiéramos viajar al momento en que un maldito murciélago con el virus mordió a un maldito pangolin asqueroso que acabó en un mercado chino y de allí saltó a unos y a otros contaminando al mundo entero. Si se pudiera volver a ese punto y eliminar todos los murciélagos, a lo mejor no habría pasado nada, o si, vaya usted a saber). En todo caso, Nolan plantea esta posibilidad de la inversión temporal, la convivencia en un mismo plano de dos tiempos distintos, la paradoja de estar en dos sitios a la vez. Elementos narrativos y científicos que me apasionan y siempre han estado presentes en mi imaginación y en mis ficciones. ¿Entonces? ¿Por qué no me gusta Tenet todo lo que debería gustarme? Creo que porque toda esta estructura teórica está puesta al servicio de una pobre historia de espionaje. En todas las críticas que he leído se hace referencia a James Bond y todas tienen razón en eso. El Protagonista es, una especie de James Bond del siglo XXI con un Dr No actualizado con la parafernalia de un artefacto carísimo, sin que haya ni una sola de las sutilezas narrativas necesarias para hacerlo más interesante. Que me haya decepcionado Tenet no significa que no sea un título importante, uno de los más esperados de este año raro. Y mucho menos significa que no siga confiando en Nolan como uno de los mejores directores del siglo XXI. Espero con ganas, su siguiente aventura sea la que sea.

 


Abou Leila

Mucho menos grandiosa que Tenet, Abou Leila comparte con el film de Nolan dos cosas: la aventura de dos amigos contra el mundo; la utilización del tiempo como elemento distorsionador. Más allá de eso, cualquier parecido entre las dos es: ninguno. Abou Leila es la primera película del director argelino Amin Sidi-Boumédiêne. Se estrenó en Cannes del año pasado y desde entonces ha ido cosechando premios y buenas críticas en todas partes. Hace unos meses se pudo ver en el D’A Film Festival de Barcelona donde ganó el Premio de la Crítica. La historia pasa en Argelia 1994, pero podía pasar en Marte 2.699. La violencia que desencadena este viaje alucinante al corazón del desierto, es lo de menos. Lo que hace hipnótica esta aventura es seguir a S y su amigo Lofti en busca de un perdido Kurtz imaginado a través del desierto. Se ha hablado de Lynch y de Antonioni. Ahí están los dos, seguro, pero no es por eso que esta película es fascinante. La justificación del Premio de la Crítica decía que se le concedía: "por su capacidad de arriesgarse con unas imágenes que, con la mediación de lo onírico, transitan entre lo real y lo simbólico cuestionando una forma de masculinidad ligada al ejercicio de la violencia". Abou Leila, es también eso, pero insisto es mucho más. Una road movie alucinada en la que se enfrentan dos personajes, uno que intenta conservar la cordura y otro que se pierde en los laberintos de la locura. Un film impresionante que merecería no pasar desapercibido.

 

DEVS (HBO) y Dark (Netflix)

El estreno de Tenet me da pie a recordar dos series muy poderosas que se pueden ver en HBO y en Netflix. Dos historias que juegan con el tiempo, con la posibilidad de ir adelante y atrás, con el misterio de convertir la realidad en un plano desdoblado. Son muy distintas entre sí, una es americana y la otra es alemana. Se trata de DEVS y de Dark

DEVS

Un resumen de su historia diría: Lily es ingeniera informática en Amaya, una empresa tecnológica de Silicon Valley dirigida por el enigmático Forest. Lily vive con Sergei, un ingeniero cuántico que también trabaja en Amaya. El día que Sergei empieza a trabajar DEVS, el centro secreto donde se investiga un misterioso proyecto, desaparece sin dejar rastro. Lily no se cree que Sergei se haya suicidado como quieren hacerle pensar. Y sin darse cuenta, se ve envuelta en una trama donde se combinan las conspiraciones con la inteligencia artificial, la física cuántica con los viajes en el tiempo. La serie creada por Alex Garland insiste en los temas que le son más afines: los universos paralelos, la inteligencia artificial, el poder de los creadores de Silicon Valley, aislados en sus laboratorios tecnológicos donde llegan a creerse dioses. Es en este contexto donde se desarrolla un thriller de conspiraciones, cruzado con una doble historia de amor y la incapacidad de asumir la pérdida de un ser querido. Todo ello dominado por una poderosa máquina capaz de ver el pasado y de prever el futuro. La complejidad de la historia que explora las teorías del multiverso de Hugh Everett, se corresponde con los escenarios escogidos, edificios futuristas inspirados en el espacio sagrado de la Kaaba en la Meca, con interiores dorados y laberínticos como los de las pirámides de Egipto, espacios de una gran belleza a los que se llega después de atravesar un bosque de secuoyas gigantes rodeadas de halos de luz a los pies de la estatua gigantesca y amenazadora de una niña con los brazos abiertos. El primer capítulo es muy desconcertante, no sabemos dónde estamos, el protagonista muere a la mitad y hay varias tramas que se abren sin que sepamos por dónde irán. No hay que dejarse asustar por este complejo primer episodio, en cuanto Lily toma las riendas de la historia, todo se va acomodando en su sitio sin dejar espacio al azar. Vale la pena seguirla hasta el final. No importa que no se entiendan los conceptos físicos que maneja, lo que si se entiende es el conflicto ético que plantea. ¿Tenemos derecho a ver el pasado? Y sobre todo ¿Tenemos derecho a ver el futuro?

 

Dark

La serie alemana tiene tres temporadas y 26 episodios que se cierran con un final conclusivo. Podía alargarse eternamente, pero los creadores optan por acabarla de una manera coherente. Estamos en Widen, una pequeña ciudad alemana cerca de una central nuclear, rodeada por un bosque donde hay una cueva. Empieza en junio del 2019 de una manera brutal: un hombre se suicida y deja una nota enigmática para su hijo Jonás. A partir de aquí, la historia se retoma meses después con la desaparición de Mikkel, un niño de once años. Este es el punto de partida de una aventura que, como un árbol, se ramifica hacia el futuro y se enraíza en el pasado, enlazando un extraño misterio a lo largo de períodos de 33 años entre 1921, 1953, 1986, 2019 y 2052. Cuatro familias se ven envueltas en esta paradoja temporal en la que hay dos puertas para viajar en el tiempo: la cueva que conduce a las distintas épocas y la enigmática caja temporal. Dark es mucho más sencilla de lo que parece, solo hay que dejarse llevar por la historia, prestar un poco de atención a los personajes y disfrutar de una trama que se mueve arriba y abajo. Dark, como Tenet y DEVS, intenta demostrar que no es bueno asomarse al futuro y que es peligroso, aunque quizás sea necesario, alterar el pasado.

El regalo de esta semana es, como no, un cuadro del infinito.




sábado, 22 de agosto de 2020

ROSA(S)

 

Esta semana Iciar Bollain, Alicia Luna y Candela Peña nos invitan a una boda, La boda de Rosa. Yo me he sumado a la alegre y berlanguiana comitiva que acompaña a Rosa a casarse en la playa, vestida de rojo, en una ceremonia de autoafirmación que no todos comprenden, que algunos comparten y otros son incapaces de asumir. Rosa se casa y se compromete a respetarse, a quererse y a no dejarse dominar por los demás, se compromete a luchar por sus deseos y cambiar de vida. Porque Rosa ha apretado el botón nuclear y ha dejado atrás todo lo que la rutina y la cotidianidad había ido acumulando en sus espaldas. Las nuestras, las de ella, las de todos. Y a los 45 años, decide que ya basta, que va a empezar de nuevo. Su padre, su hermano, su hermana y su hija al principio no son capaces de entenderlo, pero poco a poco van dándose cuenta de que ellos mismos tienen que apretar sus propios botones nucleares. Rosa, es decir Candela, es decir Iciar, es decir Alicia, transitan desde la grisura rutinaria y agobiante de la vida en Madrid a la alegría mediterránea y luminosa de un pueblo valenciano. Porque esta boda solo puede ser mediterránea, valenciana y berlanguiana, aunque sus orígenes estén en el lejano Japón donde este tipo de bodas no son nada extraordinario. Viendo la película y pensando en esa boda, me di cuenta de que un año después del rodaje no se habría podido hacer igual. En los tiempos del virus con nombre de mascota, a la boda de Rosa no habría podido asistir todo el pueblo, ni los primos de Pamplona, ni se habrían podido besar y abrazar con la mascarilla puesta. Esta es una mas de las muchas cosas que nos ha robado este virus que nos ha hecho apretar el botón nuclear de nuestras vidas aunque no de forma voluntaria, feliz y constructiva como Rosa, sino forzados por las circunstancias. Esta misma semana de la boda de rojo, dos amigos muy cercanos me han dicho por teléfono “tengo que cambiar mi forma de vida”. Como hace Rosa, pero en su caso porque los dos han visto como la vida que creían segura y asentada, se ha ido de paseo a otro sitio. La de ellos y la de casi todos. Pero volvamos a Rosa y su boda en esta película alegre, positiva, que enfila el futuro con ilusión y sobre todo con respeto por uno mismo.Yo creo que todos deberíamos casarnos como Rosa al menos una vez en la vida. Pero lo mejor de esta comedia agridulce que provoca sonrisas de complicidad, es su extrema sencillez. Si he de hacer una frase diría que en su sencillez está su grandeza. No hay nada impostado, no hay sermones, no hay lecciones. Esta boda playera es una fábula moral (no moralista), poco convencional e inesperada. He oído algunos comentarios un poco escépticos con Rosa, que le falta un poco de tensión,  un punto de intriga. Para mí, en cambio, es eso precisamente lo que más me ha gustado, que todo fluye con naturalidad, que las reacciones de los personajes son las que podríamos tener cualquiera de nosotros enfrentados a una situación tan surreal como la que plantea Rosa. Y en ese fluir se incluye el bilingüismo valenciano/castellano que se utiliza con total naturalidad en la historia de estas flores de este mundo, Rosa, Violeta, la madre muerta que se llamaba Amapola e incluso Lidia, la hija, que es la flor que mas me gusta. Porque Lidia es la que tiene la oportunidad de relanzar su vida mucho antes de perder mas años tontamente. Candela Peña está estupenda con su tierna mala leche, su cansancio, su falta de aire, Nathalie Poza y Sergi López bordan sus papeles de fracasados pero no hundidos y Paula Usero asume el difícil papel de hija de Rosa y madre de unos gemelos tiránicos. Rosa y Lidia transitan de la oscuridad a la luz, como lo hacían en cierto modo Trini y La Niña. Veinticinco años después de su viaje iniciático en Hola ¿estás sola? Trini/Rosa/Candela vuelve a la playa para encontrar de nuevo el camino. Felicidades a todas las Rosas¡¡¡


Las chicas Gilmore

La boda de Rosa me ha hecho recordar una serie de hace veinte años con la que tiene mas de un punto de conexión, aunque suene raro. Se trata de Las chicas Gilmore, una serie que empezó a emitirse en octubre del año 2000 y duró hasta el 2006, con una especie de epílogo de cuatro capítulos en el 2016. Las chicas Gilmore son Lorelai y su hija adolescente Rory. Lorelai tuvo a Rory con 16 años y desde entonces, como Rosa, se comprometió consigo misma a sacarla adelante con su esfuerzo. Cuando las conocemos, Lorelai tiene 32 años y Rory 16 y está apunto de cambiar su vida al empezar a ir a un caro colegio que le pagan sus abuelos con gran disgusto de su madre. Las chicas Gilmore viven en Stars Hollow, un pueblecito de Nueva Inglaterra. Forman parte de una alegre, solidaria y también conflictiva comunidad en la que destaca Luke, el adusto dueño del café mas famoso del pueblo donde, por cierto, no hay wifi. Eterno enamorado de Lorelai, Luke sabe que ella le quiere pero no puede hacer nada ante su firme autocompromiso. Sookie es la mejor amiga de Lorelai, una estupenda y divertida cocinera, Lane, una chica coreana, es la mejor amiga de Rory. Pero todo el pueblo tiene un papel en la vida de las chicas Gilmore que transitan cada temporada a lo largo de un año entero de sus vidas. Es una serie que los mas jóvenes no conocerán y muchos de los mas mayores tampoco. Políticamente incorrecta, estas chicas tenían muchos fans pero también muchos arrugadores de nariz. A mi me encantaba y de vez en cuando vuelvo a ver la primera temporada, la mas fresca de todas. Creo que Rosa y Lorelai harían buenas migas, como creo que Rory y Lidia tendrían mucho de qué hablar. Si quieren olvidarse un rato del bicho de marras, y de su propio botón nuclear, vean la película y disfruten con la serie que se encuentra entera en Netflix.

 

Festival de Málaga

La boda de Rosa ha inaugurado este viernes el Festival de Málaga que tuvo que ser aplazado en marzo por culpa del confinamiento. Veremos a ver como se desarrolla. Es la primera prueba de fuego de los grandes festivales. El BCN Filmfest de Barcelona abrió el camino y se arriesgó a ser presencial. Pero Málaga es un festival mas complejo. Escaparate del cine español, concentra en la ciudad a toda la industria nacional y eso implica mucho movimiento, muchos viajes, mucha gente de Madrid. Además de atraer cada año a mas y mas público. Habrá que ver como organizan los pases, como montan las ruedas de prensa, que sucede con las alfombras rojas (al final las han suprimido del todo). Muchas incógnitas que espero se salden con un gran éxito. Las películas que se verán en Málaga en sus distintas secciones tienen un componente antropológico añadido: son las últimas producciones realizadas “antes del bicho”. Retrato de una España, un mundo en realidad, que ha cambiado completamente en apenas seis meses. Los que puedan disfrútenlas en los cines de Málaga, los demás, crucemos los dedos para que las podamos ver pronto en salas de cine.

 

El regalo de esta semana es una rosa, no podía ser de otra manera, enfrentada a la cuerda de la que se ha liberado.


 

sábado, 15 de agosto de 2020

AGATHA

 


La semana pasada hablaba de los clásicos como refugio en tiempos de incertidumbre y desconcierto. Pero tengo más. Uno de los que nunca falla es Agatha Christie. No sé cuándo empecé a leer los libros de “la reina del crimen” pero tuvo que ser antes de los doce años porque aún vivía en México. Me imagino que fue mi madre la que me dejó un libro suyo. Ella era adicta a Agatha Christie, una fan de Poirot más que de Miss Marple. Supongo que a mi madre le interesaban más las células grises que los chismes de Saint Mary Mead. Desde entonces he leído y releído todas o casi todas sus novelas. Algunas varias veces. No me canso nunca. También leí una autobiografía que se publicó en 1977, un año después de su muerte, editada en España por la Editorial Molino en 1978. Ese libro, donde hay muchas claves para entender su vida, me sirvió de base para un largo artículo que escribí para la revista Que Leer  en febrero del 2001. Por desgracia no conservo la colección de esa estupenda revista y lo he perdido. Pero en Internet (¿Qué habría hecho Poirot con Internet?) encontré un curioso blog de análisis de texto donde ¡analizaban mi artículo! Fue una sorpresa y gracias a eso recuperé un fragmento donde entre otras cosas decía: “De hecho, la idea de escribir nació en su cabeza cuando su hermana Magde dudó de que fuera capaz de escribir una novela policíaca. Agatha aceptó el reto y en 1916 empezó a fraguar su historia. El protagonista sería un pequeño detective belga. Un oficial jubilado, no demasiado joven. Debía ser meticuloso, muy ordenado. Además sería muy cerebral. Se llamaría Hercule Poirot. El libro se tituló El misterioso caso de Styles; Agatha, ya Christie, tardó cuatro años en conseguir que se lo publicaran. No tenía ni idea, cuando firmó un contrato por cinco novelas en 1920, de que ese era el principio de una larga carrera que en realidad no se tomaba muy en serio: «Me había acostumbrado a escribir en lugar de bordar fundas o cojines. La creatividad se manifiesta de muchas maneras: bordando, cocinando, dibujando, componiendo música o escribiendo cuentos».

Agatha nunca pensó que estuviera haciendo gran literatura, ni siquiera pequeña literatura. Ella escribía historias de su tiempo, de la gente que conocía, de los lugares dónde había estado. Siempre encontraba un personaje odioso que merecía ser asesinado, a veces no por una sola persona, incluso por varias. Todas sus víctimas eran despreciables, todos sus asesinos tenían sus razones, y ahí estaba Hercule Poirot o Miss Marple para encontrarlas en un ritual muy parecido. Poirot busca indicios, pistas, observa, escucha, piensa, razona, deduce, relaciona y al final reúne a todos los sospechosos y desvela quién es el asesino y por qué lo hizo. No importa cuántas veces las leas o cuántas veces veas las películas que se han hecho adaptándolas, siempre te dejas arrastrar por el pequeño detective belga de los mostachos engominados.

En la autobiografía de Agatha hay un espacio en blanco que se corresponde a un episodio oscuro. En diciembre de 1926, cuando Agatha Christie tenía 36 años, su matrimonio con Archivald Christie se estaba desmoronando: Archie tenía una amante y quería el divorcio. Agatha se marchó de su casa y desapareció del mundo durante once días. Nunca dijo dónde había estado ni que había hecho en ese tiempo. Nada. Un misterio absoluto. Ese mismo año había publicado El asesinato de Roger Ackroyd, una de las mejores novelas de Poirot que la había convertido en una celebridad. Por eso su desaparición mantuvo en vilo al público, a los medios de comunicación y a la policía. Ese misterio inspiró una película de 1979 dirigida por Michael Apted con Vanessa Redgrave y Dustin Hoffman como protagonistas. No es gran cosa, creo recordar, pero era gracioso como intentaban presentar a la escritora como una víctima conyugal. Cosa que no creo que fuera. Filmin ha estrenado hace muy poco otra película sobre el mismo tema, mejor dicho sobre el mismo misterio. Se llama Agatha y la verdad del crimen, la dirige Terry Loane y Ruth Bradley asume el papel de la autora en horas bajas. Pero lo que sus creadores han inventado para llenar el espacio vacío de esos once días es completamente distinto de lo que imaginaron los guionistas del film de Apted. Tampoco me parece que sea una gran película, pero si es muy entretenida y muy Christie y sobre todo se nota que los que la han hecho han visto e incluso estudiado bien la excelente serie de Poirot

 

POIROT

Poirot merece un capítulo aparte en la lista de mis refugios. La serie comenzó a emitirse en enero de 1989 en Gran Bretaña y duró hasta noviembre del 2013. Es decir 24 años nada más y nada menos. No me acuerdo cuando la descubrí, pero si me acuerdo que en el año 2007 o 2008 (dos años muy malos en muchos sentidos) ya estaba ahí para acompañarnos a Ramon y a mí. En todo este tiempo, Poirot siempre ha tenido el mismo rostro, el de David Suchet. Creo que nadie que la haya visto alguna vez será capaz de imaginar otro Poirot que no sea él. Suchet fue envejeciendo con nosotros, como el propio Poirot, y fue pasando de la alegría saltarina e inocente de las primeras temporadas, a la madurez reflexiva de las grandes novelas, para acabar en la última, la temporada número 13, con un velo de melancolía y una cierta tristeza. Poirot va siempre impecablemente vestido, habitualmente de blanco en las primeras temporadas, cada vez más oscuro a medida que se hace mayor. El blanco es muy importante en la vida de Poirot. El blanco y el art deco que preside sus primeros años. Me habría encantado acompañar al localizador de esta serie en la búsqueda de espacios como el impresionante edificio donde vive Poirot o las casas que visita, espectaculares en su belleza. Todo está cuidado al detalle, con objetos, muebles y coches de los años veinte y treinta. La Inglaterra victoriana desaparece bajo una capa de modernidad geométrica donde todo encaja. Doce de las trece temporadas de la serie se pueden ver en Filmin, 65 episodios de los 70 que conforman la totalidad. Después de haberla visto seguida por lo menos una vez, lo que mas me gusta es buscar uno al azar, por ejemplo, Temporada 8 capítulo 2, sin saber con qué me voy a encontrar. Pero cuando las cosas están mal, cuando me ronda la depresión, el cansancio, el Covid 19 o el desespero por lo que leo en los periódicos (ya dije la semana pasada que la tele mejor no verla), me voy a la primera y la segunda temporada, para encontrarme con un Poirot joven aún. Hercule Poirot lleva poco tiempo en Londres, no es todavía muy conocido, vive una extraña amistad con su socio el capitán Arthur Hastings, un ser adorable, aficionado a los coches, siempre perplejo –“Good Lord”– ante la capacidad deductiva de su amigo. Poirot cuenta además con la indispensable ayuda y colaboración de su perspicaz e inteligente secretaria Miss Lemon, la única capaz de preparar bien la tisana para el detective. Sin olvidarnos del Chief Inspector Japp,  un policía de Scotland Yard con el que Poirot tiene una divertida rivalidad para ver quién resuelve los crímenes antes. Naturalmente, siempre lo conseguirá Hercule Poirot. Estos personajes aparecen en las novelas de Poirot entre 1920 y 1940. Después ya no los encontramos mas que esporádicamente ni en los libros ni en la serie. Los tres aportan humor, y humanidad al detective belga, quizás por eso van desapareciendo a medida que el detective se hace más famoso, más solitario y más melancólico.

Me encanta esta serie, mucho más que las películas que se han hecho sobre libros de Agatha Christie y vuelvo a ella cuando necesito un chute de células grises para entender el mundo que me rodea y en estos días, además para intentar olvidarme de este calor pegajoso que el elegante Poirot no soportaría.  

El regalo de esta semana es un enigma en forma de cuadro, un reto para Poirot