sábado, 26 de noviembre de 2022

SABER

 


El que sabem, Jordi Núñez

Sabemos muchas cosas, más de las que nos imaginamos. Incluso sabemos cosas que ni siquiera sabíamosque podíamos saber. En fin, no me voy a liar más. Sabemos lo que sabemos. Y sabemos que hay amigos que te dan pistas de lo que vale la pena. Uno de ellos, Alex Gorina, fue el que me despertó el deseo de ver El que sabem, una película valenciana que se estrena esta semana en medio del aluvión innumerable de títulos más o menos, más menos que más, interesantes. Pero, con todo, la empecé a ver con cierta prevención. Estoy cansada de tanto cine español reciente, muy repetitivo, muy igual, muy rutinario. Pero, ¡sorpresa!, El que sabem no es ni repetitiva, ni igual, ni rutinaria. La prueba la tuve cuando se acabó y no me había dado cuenta de que llevaba una hora y media viéndola. ¿Qué tiene esta película pequeña, pero redonda? Tiene algo muy difícil de conseguir, frescura y veracidad, no realismo, y no sé, si verdad, pero sí veracidad. Los personajes funcionan y son consecuentes con lo que piensan y las situaciones son verosímiles en su planteamiento y en su solución. Todo apunta al conflicto, pero, como sucede tantas veces en la vida, el conflicto pasa de largo. Tiene algo de Truffaut, pero más alegre; algo de Godard, pero menos pedante; algo de Assayas, pero menos ambicioso. Lo que tiene es un grupo de amigos inolvidables. Dos de ellos, Nakarey y Javier Amman, han trabajado en todos los cortos previos del director Jordi Núñez. Cortos que ya daban una pista de por dónde iba su cine: verano, amigos, amores, desamores. El que sabem reúne a Nakarey como Carla, una joven latina que intenta integrarse en un micromundo valenciano, con Víctor, Javier Amman, objeto del deseo de todos los amigos, sin duda el personaje más difícil en su falta de definición: Víctor es lo que el que tiene al lado quiere que sea. Junto a ellos está Marina, Tània Fortea, una mujer libre, amiga de sus amigos, más tierna de lo que parece, y Martí, Mauro Cervera, ese amigo de todos que nunca falla. El relato sigue a los cuatro en distintos encuentros a lo largo de cinco años, los que van del 2015 al 2020, en los que sus vidas cambian, sus intereses evolucionan, pero ellos siguen fieles a sí mismos y, sobre todo, a los demás. La película empieza con una persiana levantándose con el mar al fondo; la película acaba con esa persiana bajando y sumiendo al espectador en la oscuridad mientras oye unas palabras cargadas de esperanza. La oscuridad que iba a cernirse sobre los que saben, y los que no saben, ese 2020, del que no quisiéramos acordarnos; la esperanza de que lo importante es recordar lo bueno que nos pasa en la vida. En fin, que me ha gustado mucho y no dudo en recomendarla si buscan un poco de frescura, de amor, de amistad y de esperanza.

 


La mujer rey de Gina Prince-Bythewood

Si El que sabem fue una sorpresa que descubrí gracias a un amigo, La mujer rey fue otra sorpresa gracias a los comentarios de una amiga. No me canso de insistir en lo importante que es lo que te cuentan otros para encontrar en el enorme caos de los estrenos, lo que vale la pena. Antes de seguir copio el resumen del argumento que se puede encontrar en Filmaffinity: “Una epopeya histórica inspirada en los hechos reales que sucedieron en el Reino de Dahomey, uno de los estados más poderosos de África en los siglos XVIII y XIX. La historia sigue a Nanisca, general de la unidad militar exclusivamente femenina y a Nawi, una recluta ambiciosa. Juntas lucharán contra enemigos que violan su honor, esclavizan a su gente y amenazan con destruir todo por lo que habían vivido.”

Lo primero que me di cuenta viendo la película fue lo poco que sabemos de la historia de África, de sus conflictos, guerras, gobiernos. Nos movemos por lugares comunes y nos limitamos a repetirlos y aplicarlos. Por ejemplo, la trata de esclavos, en la que los europeos, ingleses y portugueses, son siempre los malos. Y lo eran, pero con la colaboración indispensable, y muy bien remunerada, de los reyes locales que vendían alegremente a los cautivos y sojuzgados de otras tribus sin ningún tipo de problema. Esto es lo que pasaba en el reino de Dahomey a mediados del siglo XIX. La falta de hombres, esclavizados por las poderosas tribus vecinas, llevó a la creación de un ejército de mujeres-soldado, guerreras de gran valentía y arrojo que llegaron a ser uno de los pilares del poder de Dahomey. La película de Gina Prince-Bythewood, con guión de  Maria Bello y Dana Stevens, parte de este hecho histórico para construir una ficción llena de aventuras y de batallas. La mujer rey del título es Nanisca, encarnada con gran energía por Viola Davis. Nanisca es implacable, tanto en la lucha contra sus enemigos, como en la dureza de la formación de sus amazonas. Pero Nanisca oculta una herida. Cuando la joven inexperta, pero arrojada y rebelde Nawi, a la que da vida la frágil y al mismo tiempo poderosa Thuso Mbedu, se incorporé a las filas de las amazonas de Dahomey, la historia entrará en el terreno del melodrama enriqueciendo de una manera inesperada el relato que también crece con el planteamiento político que Nanisca intenta, y consigue, que sea aceptado por su rey. Se ha acusado a la película de ser demasiado hollywoodiense. Puede que lo sea, pero no me parece mal utilizar los códigos del cine de aventuras africanas para darle la vuelta desde una perspectiva distinta. Lo que si hay que reconocerle es la brillantez en las filmaciones de batallas, el rigor de la documentación histórica, y la inteligente mezcla de géneros que plantea. La mujer rey es espectáculo, es reivindicación y es un poquito de historia. No está mal.

(No tengo idea si estas dos películas se podrán ver en algún cine esta semana. Hay tal caos en los estrenos, que se hace difícil saber dónde y cuándo se puede ver una película. Si no es en un cine, seguro se podrán recuperar en otros sitios. O eso espero.)

 

EL RINCÓN DEL RECUERDO

Jean-Marie Straub, 1933-2022

Se ha muerto Jean-Marie Straub. Me enteré casi por casualidad. Su muerte no la han recogido los diarios. No era famoso. No, Straub, como su mujer Danièle Huillet, desaparecida hace ya 16 años, no eran famosos. Pero si eran importantes. Importantes para nosotros, Ramon y yo, pero también importantes para el cine moderno que no se entiende sin su influencia, sin su obra rigurosa, seria, ascética. Ellos también eran así, rigurosos, serios, ascéticos. Pero tenían mucho encanto y un curioso sentido del humor. Y eran muy generosos. Con nosotros lo fueron cuando en el lejano año 1975 nos recibieron en su casa de Roma. Ramon y Valentín Gómez iban a hacerles una entrevista, y yo les acompañé. Straub y Danièle tenían entonces 42 años él y 39 años ella. Vivían en una casa muy especial,  no había habitaciones convencionales, era un espacio abierto, grande, donde convivían con su gato (o gatos, no estoy segura). Estuvimos hablando con ellos mucho rato. Y esa conversación quedó plasmada en una larguísima entrevista publicada en 1977 en dos partes, la primera en el Arc Voltaic número 1 y la segunda en el Arc Voltaic número 2. Nos quedó con ellos una amistad en la distancia. Yo los volví a encontrar en el Festival de Locarno casi diez años más tarde, en 1984, y se acordaban de mí, de Ramon, de la entrevista y la visita en su casa. Straub y Huillet realizaron una obra de difícil calificación: Culta sería la primera cosa que me viene a la cabeza. Culta, como muy pocas obras, ya sean de cine, de literatura, o de lo que sea, lo son. Seguí su carrera muy de cerca y disfruté mucho con algunas de sus películas, La crónica de Anna Magdalena Bach, Cézanne, Sicilia!, Relaciones de clase, En râchachant. Siempre eran estimulantes, provocadores. Hacían un cine materialista, de materia tanto como de ideología. Su cine es un producto casi físico que, precisamente por su materialismo, roza en muchos momentos la más pura metafísica. Pero por encima de todo, es un cine de una belleza ascética en la que un solo plano justifica toda la película. Los recordaremos siempre.

El regalo de esta semana es un cuadro africano que me gusta mucho y que, seguro le gustaría a Straub.



 

 

 

 

 

 

sábado, 19 de noviembre de 2022

1976


 

1976, de Manuela Martelli

Recuerdo perfectamente donde estaba yo en 1976. Acababa de cumplir 26 años y trabajaba en la Filmoteca Nacional de España, la de la calle Mercaders. Franco había muerto hacía poco y se abría un horizonte nuevo para todos, estaba todo por construir.

Mientras yo estaba en la Filmoteca celebrando el inicio de una nueva etapa histórica, en Chile y Argentina vivían los años más duros de unas crueles e injustas dictaduras que sumieron el cono sur en la oscuridad durante casi veinte años. Es ese año, 1976, el que escoge la directora chilena Manuela Martelli para situar la acción de su primer largo. En 1976 ella aun no había nacido, no llegaría al mundo hasta 1983, pero su familia si vivió bajo la dictadura. Vivió, pero no sufrió. Los chilenos vuelven una y otra vez a los años del golpe de Pinochet, pero la gran novedad de este nuevo acercamiento es que lo hace desde el punto de vista de una clase social que no suele aparecer en este tipo de películas, la clase media acomodada, completamente apolítica, que siguió con su vida como si no pasara nada, sin querer enterarse de lo que estaba sucediendo en el país. Esa clase media que fue también el sostén del franquismo, los colaboradores necesarios para que las dictaduras de cualquier tendencia pudieran actuar con total impunidad, pero con otros, no con los nuestros. Es en este contexto donde Martelli sitúa la historia de Carmen, una mujer casada, ama de casa, aparentemente sin problemas de ningún tipo, que empieza a ver como su pequeño mundo no es tan perfecto como se imaginaba. El primer indicio es un zapato perdido en la calle. No hay nada más inquietante (bueno si, los payasos) que encontrarte un zapato en la calle. ¿De quién es? ¿Qué le ha pasado a la persona que lo ha perdido? Carmen ve ese zapato y algo empieza a desmoronarse dentro de ella de manera muy sutil. Carmen se marcha a la playa a arreglar una casita de verano para que vengan sus hijos y nietos. Es una linda casita que ella pinta de color de rosa, una casita de cuento en un mundo lleno de ogros. Ogros que descubre cuando un sacerdote amigo le pida ayuda para un joven herido, refugiado en su parroquia. Ahí surge la contradicción, Carmen no puede esconder la cabeza debajo del ala y pretender que no pasa nada. Porque sí pasa y ella no podrá dejar de ser lo que ha sido, lo que es y lo que será. Martelli cuenta esta historia centrándose en su protagonista, una extraordinaria Aline Küppenheim, a la que no deja en ningún momento. Casi sin tensión exterior, pero con mucha tensión interior, en un paisaje de playa invernal digno del Antonioni de La Aventura, pero sin los pesados componentes existenciales del italiano y con un toque de cierto suspense hitchcokiano, Martelli va dibujando un personaje que toma conciencia de su entorno, aunque esa conciencia no le sirva de nada. 1976 pone en escena los actores invisibles de la historia, los comparsas imprescindibles para que las primeras figuras diseñen el destino de la Historia, esas gentes anónimas que constituyen algo tan falto de forma y concreción como es el pueblo, la gente. En definitiva, los que sustentan a los poderosos. Sean del color que sean.

 


Sintiéndolo mucho Fernando León de Aranoa

Viendo el documental de Fernando León de Aranoa justo después de ver la película chilena, me hace preguntarme dónde estaba Joaquín Sabina ese año. El film no me lo aclara porque ni es una biografía, ni mucho menos una hagiografía. Así que recurro a su página web y averiguo que él también tenía 26 años y vivía en Londres y empezaba a escribir canciones. Un año después, se instalaba en Madrid donde se iba a convertir en un cantante y figura de referencia para varias generaciones.

Sintiéndolo mucho no es un documental musical (no se oye una canción de Sabina entera) no es un documental sobre un personaje (nadie opina de él ni hay entrevistas a nadie que no sea él) no es un documental histórico (el contexto de su trayectoria casi no existe). Entonces ¿Que es Sintiéndolo mucho? Yo creo que es un regalo mutuo. El que le hace Sabina a Fernando dejándole entrar en su vida cotidiana durante 13 años, abriéndole no solo su casa, su cuarto de baño, su camerino, también abriéndole su alma. Y el regalo que le hace Fernando a Joaquín convirtiendo esa vida en una memoria personal, ordenando el caos del cantante y mostrando las cosas que le gustan (los toros), las cosas que le importan (su gente), las cosas que le divierten (cantar y componer) y las cosas que no soporta (el puritanismo y el autoritarismo, vengan de dónde vengan) . Hay momentos de tensión, han momentos de pasión, hay momentos de aburrimiento, de miedo, de desconcierto, de humor y de risas. Hay vida. Una vida que te acaba interesando y atrapando incluso aunque no seas fan de Sabina, incluso aunque no te gusten sus canciones. Y si eres de los que te gusta Sabina, su música y lo que representa y ha representado el personaje, aun te gustara más.

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Una reflexión de Rossellini en 1955

Estos días estoy preparando un texto sobre Roberto Rossellini. Estoy leyendo muchas entrevistas con él. Fue así como me encontré con esta reflexión publicada en Cahiers du Cinéma en 1955. Al leerla, no pude menos que pensar que parecía escrita expresamente para explicar lo que ha pasado estos días en nuestro país:

“Los hombres de hoy tienen la costumbre de adoptar una opinión política o moral escogiéndola en el abanico de “verdades” que se les presentan. Esta elección no es el resultado de una convicción íntima, sino el fruto del azar donde entra la necesidad de mostrarse mejor de lo que son  y el deseo de vivir en paz. Una vez ganados a una causa, se ven obligados a defenderla y a mantenerla toda su vida. Es así como se forman generalmente los movimientos de opinión pública y se construyen los movimientos filosóficos, estéticos y morales. Todo se sacrifica a la coherencia  que, con este grado de obstinación maniaca, mata toda la libertad y la fantasía.”

El regalo de esta semana es un dibujo de plantas que supongo le puede gustar a la Carmen chilena y al Sabina madrileño.



 

 

 

 

sábado, 12 de noviembre de 2022

BESTIAS

  


As bestas

Es una de las mejores películas españolas del año. Sin ninguna duda. Es uno de los films más potentes y sólidos del cine español y creo que es un salto adelante en la filmografía de Rodrigo Sorogoyen y su fiel guionista Isabel Peña. Es, también, una prueba de que el cine puede denunciar situaciones de injusticia, de expolio, de insolidaridad y de abuso, sin dejar de ser entretenimiento con mayúsculas. Se puede ser políticamente muy claro sin ser ni aburrido ni doctrinario. Y eso no es fácil. Inspirado en un hecho real, As bestas sucede en una aldea gallega, de esas que nadie sabe como se llaman, donde dos urbanitas franceses se han instalado con la intención de cultivar la tierra con productos ecológicos. Pero igual que en Perros de paja, en esta versión hispana y actual, el engarce de esta pareja con sus vecinos y con el entorno no es nada fácil. Especialmente con dos hermanos de la finca colindante, espléndido Luis Zahera, que no soportan la superioridad moral de estos llegados de fuera. En ese sentido, la pareja que integran Antoine y Olga, encarnados en el poderoso Denis Ménochet, al que vimos hace poco como el Peter von Kant de François Ozon y la frágil Marina Fois, a pesar de su buena voluntad y su vocación ecológica, son tan ajenos al espacio donde pretenden vivir y casi tan destructivos del equilibrio natural del paisaje como los inmensos molinos de viento que quieren levantar en los terrenos comunales del pueblo. Hace unos días hablaba del impacto negativo del progreso en los medios rurales y citaba As bestas como uno de los mejores ejemplos de esta imparable destrucción. (1)

Pero As bestas es una gran película no solo por lo que nos cuenta, lo es por el pulso cinematográfico que demuestra. Sorogoyen y Peña nos tienen acostumbrados a un cine adrenalínico, poderoso, con giros de guión y de tono inesperados. En este film eso lo llevan hasta los límites. El principio del film, con la secuencia de la rapa de los caballos, paisaje moral, donde se inscribe toda la historia, tiene una secuencia paralela en un bosque donde se consuma un crimen con la misma coreografía de lucha y acoso al caballo y un plano final casi igual entre los belfos del animal y los labios de asesinado. A partir de ese momento, la película cambia de tono, de ritmo, de centro. Incluso de manera de filmar. Si en las dos primeras partes la cámara ha sabido ser seca y distante, dejando crecer la tensión en el encuadre, en esta tercera parte se convierte en un ojo que sigue sin dejarlo nunca el personaje de Olga, dueña absoluta de este tercer acto en el que se inscriben dos secuencias antológicas: la conversación con su hija en la cocina y la conversación con la madre de sus vecinos. Cuando la vi la primera vez tuve la sensación de que esta tercera parte era demasiado larga, incluso repetitiva. Un segundo visionado me ha permitido apreciar mejor lo que Sorogoyen y Peña han querido transmitir con esta dilatación del tiempo en contraste con el ritmo y el tono de violencia y acoso de las dos primeras partes del film. As bestas es una gran película.

 (1)  Entre las muchas entrevistas que he leído con Sorogoyen he encontrado estas declaraciones del director que explica el impacto de los parques eólicos en el paisaje. “Cuando decidimos que íbamos a hablar del entorno rural gallego fuimos allí a empaparnos y nos dimos cuenta que el tema de las eólicas —igual que en otros sitios de España, pero allí más heavy— está cambiando mucho el paisaje. Está llevándose a cabo una implantación masiva de parques eólicos que desde la ciudad nos parecen bonitos y que ayudan a las energías renovables y todo muy bien, pero que, en cuanto te informas, descubres que es una salvajada, que ganan dinero los de siempre con la excusa de una energía verde, pero se están cargando el ecosistema, especies animales y provocando una gran contaminación visual y acústica. Hay una escena en la que Ménochet se acerca a los molinos y los ve gigantescos que no estaba en el guion. Lo añadimos cuando estuvimos allí, bajo uno de esos molinos, y no te puedes imaginar cómo suena uno de esos.” (Rodrigo Sorogoyen en una entrevista de Marta Medina en El Confidencial)

 

EL RINCÓN DE LAS SERIES


(Winton, en Queensland, de aquí sale Alex para ir a Canberra y Sidney) 


Total Control Filmin

Vuelvo a este rincón seriéfilo para recomendar una gran serie de Filmin, Total control. Es australiana, tiene dos temporadas y es magnífica. Creada por Rachel Perkins, Miranda Dear y Darren Dale, la serie está dirigida en su mayor parte por Rachel Perkins, directora australiana de raíces aborígenes y protagonizada por un autentico descubrimiento, la actriz Deborah Mailman, junto a la veterana Rachel Griffiths que ejerce también de productora. El contraste entre estas dos mujeres, Mailman como Alex Irving, la inesperada política de origen indígena, con un físico muy alejado de los cánones habituales pero tremendamente atractivo, con la fría y rubia Griffiths que encarna a Rachel Anderson, la política blanca, rica y bien situada en el stablishment, es una de las bazas principales de una serie que juega a la política en todos sus terrenos. Cuando Alex se convierte casi involuntariamente en una heroína, no sabe que su acto de valor (es la primera secuencia del primer capítulo) la va a arrastrar a una carrera política en la que su ingenuidad y creencia de que podrá cambiar las cosas se irá perdiendo a medida que se ve enredada en los sucios y feos trucos de la política gubernamental. Lo que le sucede a Alex es lo que les pasa a casi todos los que llegan al poder pensando que podrán hacer mil cosas y se dan cuenta que en realidad es el poder el que va hacer cosas con ellos: cambiarlos a peor en el mejor de los casos, destruirlos casi siempre. Si la política y sus entresijos de engaños, abusos y desprecios de todo tipo (en eso la serie es extrapolable a todas partes, basta con ver las noticias de este fin de semana en nuestro país, ejemplo perfecto de cinismo y manipulación) son el caldo de cultivo de la historia de amistad/odio de Alex y Rachel, hay en esta serie muchas más cosas interesantes. Sus diálogos son brillantes y los personajes secundarios potentes (el equipo de asesores de Alex en la segunda temporada no tiene desperdicio). El paisaje desértico y fascinante del interior de Australia es uno más de los elementos de la personalidad de Alex y las ciudades, Camberra y Sidney, lugares tan inhóspitos y ajenos a alguien como ella como el enjambre político en el que se ha metido casi sin querer, son lugares invivibles. En este sentido es brillante la oposición gran ciudad, Canberra, Sidney, donde Alex se aloja siempre en hoteles impersonales y fríos, con la pequeña ciudad de Winton en la que Alex tiene una casa acogedora compartida con su madre, con su hijo y con su hermano. En total son doce episodios en dos temporadas que se pueden ver como dos películas largas. En realidad, las series de pocos episodios empiezan a parecerse a películas largas. O quizás, las películas largas empiezan a parecer series de pocos episodios. 

El regalo de esta semana son unos lindos tomates, no sé si ecológicos que Ramon me ha dibujado en honor a los dos esforzados franceses de As bestas.



sábado, 5 de noviembre de 2022

DOS PELICULAS ESPAÑOLAS

 

El otoño es la temporada alta de los estrenos españoles. Después de San Sebastián y Valladolid, empiezan a llegar los títulos que pueden optar a los Premios Goya. Por eso hay tantas películas españolas estas semanas. Esta, en concreto, se estrenan dos que me gustan mucho. Por distintas razones. Las dos están dirigidas por mujeres, pero una es una historia de mujeres y la otra es una historia de hombres. Y sin embargo, en ambas se siente una mirada diferente sobre la realidad.

 


El agua, de Elena López Riera.

Los que siguen este blog saben de mi interés por el agua en todas sus formas. Son muchas las entradas referentes al agua y con el agua como protagonista. La verdad es que es un tema que me apasiona al que llevo años dándole vueltas para hacer algo con él. Un libro del agua en el cine, una exposición, una recopilación de secuencias comentadas… No lo sé, pero el agua es algo que me sumerge en pensamientos e ideas. Por eso, es fácil entender que una película que se llama El agua, me entusiasmara ya antes incluso de verla. La descubrí en San Sebastián cuando el film de Elena López Riera llevaba ya un largo camino de éxitos desde su estreno en la Quincena de Realizadores de Cannes. Y me enamoré de la película, de sus protagonistas, de su magia y su espíritu de ondinas. La historia empieza como algo que hemos visto mil veces, especialmente en los últimos tiempos: La vida en un pueblo y el tedio del verano, la industrialización del campo, amores adolescentes, crisis existencial. Pero muy pronto, este realismo naturalista se va impregnando de un realismo mágico. Aparece el misterio del agua y surge el cuento y la leyenda. Hay un rio que se desborda, hay tres mujeres de tres edades distintas y con tres aguas dentro. Porque de lo que habla esta preciosa película rodada en la Vega Baja del Segura en Alicante es de un río enamorado que rapta a su amada; del agua que las mujeres tenemos dentro y nos llena y nos desborda; de la confluencia como si de tres afluentes se tratara de tres vidas de mujeres solas, libres, felices en una historia mucho más antigua y engarzada en las viejas tradiciones. El agua es un film de ahora mismo, con gentes de ahora mismo. Está presente el desencanto de la vida aburrida de una pequeña ciudad, el progreso que destruye entornos sin crear nuevos, los deseos y anhelos de la que podemos llamar “generación de la pandemia”, esos adolescentes que llevan casi tres años desvinculados del mundo real. Todo eso está ahí, pero cubierto por la transparencia del agua, de su magia, de su fascinación. Somos seres de agua. Elena lo ha sabido contar muy bien.

(Si tienen ganas de saber más de esta directora en Filmin se pueden ver sus tres cortos anteriores: Pueblo, Las vísceras y Los que desean)

 


Vasil, de Avelina Prat

Curioso que este segundo film español también venga de Valencia, de la capital del Turia que es uno de los protagonistas del film, junto con Karra Elejalde y el búlgaro Iván Barnev, estupendos y merecidos premio ex aequo a la Mejor Interpretación en la Seminci de Valladolid. Esta es la historia de una amistad extraña y desigual tanto como de un proceso de humanización por ósmosis. Alfredo es un arquitecto jubilado, solitario, huraño, frío y poco empático. Le gusta jugar al ajedrez y comer con su hija todos los miércoles. También le gustaba jugar al bridge pero no soporta “la caspa” que había en el club de bridge que frecuentaba. A través de una excelente amiga, Alfredo se ve un poco forzado a dar cobijo en su casa a un hombre sorprendente. Vasil es búlgaro, excelente ajedrecista y jugador de bridge. Lleva tiempo en España pero sigue durmiendo en la calle. Cuando Alfredo le abra su casa, solo por un par de días, empezará entre ellos un doble proceso de aprendizaje sobre la vida. Antes he dicho que se notaba que esta historia de hombres estaba contada por una mujer. Intentare explicarlo. Hay en Vasil dos personajes femeninos muy importantes. Sin ser los protagonistas, son decisivos en lo que les sucede a estos dos hombres. Por un lado está Maureen, Sue Flack , una irlandesa progresista dispuesta a ayudar a Vasil y de paso espabilar a Alfredo; por otro lado está Luisa, Alexandra Jiménez, la hija de Alfredo que vive la aventura de su padre con ese extraño como una doble experiencia, la de acercarse de una forma mucho más profunda a un padre distante y el descubrimiento de un país y una sociedad de la que no sabe nada. Avelina Prat, de la que confieso que nunca había oído hablar, aunque tiene varios cortos premiados, trasciende la historia de Alfredo y Vasil para hablarnos de soledad y de relaciones padres/hijas. Pero también, y sin necesidad de cargar las tintas ni poner el acento, de las enormes dificultades que pone la administración para resolver los problemas de los ciudadanos. Coincidencia o no, justo el día que escribo estas líneas, el miércoles 2 de noviembre, he leído en La Vanguardia un artículo de Lluís Foix planteando el problema de cómo las administraciones públicas están ahí para hacernos la vida más difícil, más incómoda, más invivible. Él habla del campo y los agricultores, pero lo mismo se podría decir del ayuntamiento de Barcelona o el de Valencia o de cualquier administración del estado. Los burócratas nos ahogan: “La desconfianza es total. Los funcionarios, no necesariamente los consellers o los cargos políticos, no escuchan, sino que imponen. Tienen la verdad urbana que quieren aplicar a una realidad rural que desconocen. Las rentas de la agricultura y la ganadería están cayendo por la crisis global, pero también porque se hace la vida imposible a quienes cultivan tierras o tienen ganado con una hostilidad burocrática inútil e ineficaz.” Este es uno de los grandes males sociales que nos aquejan y en Vasil, están muy presentes. 

El regalo de esta semana es una gran Mujer de Agua



sábado, 29 de octubre de 2022

PERIFERIAS


Esta semana se estrenan un montón de películas olvidables. Pero entre ellas hay cuatro que merecerían no pasar desapercibidas. Son cuatro películas pequeñas, marginales, periféricas. No solo por sus lugares de procedencia, también por el tipo de cine que proponen y la manera de enfrentarse a la imagen y a la narración. Me he fijado en ellas porque siempre he creído que el cine es una ventana a otros espacios, otras miradas y otros ritmos.



PERIFERIA 1 MONGOLIA

Queso de cabra y té con sal, Byambasuren Davaa

La historia pasa en la estepa mongola ahora mismo. Amra es un niño de 11 años, vive con su madre Zaya, su padre Erdene y su hermana pequeña. La madre se ocupa de las ovejas en medio de la estepa, el padre es mecánico y vende el queso casero en la vecina ciudad donde Amra estudia en un colegio y se prepara para un concurso de canto que llevará al ganador a la televisión estatal. Hay una amenaza sobre la vida de estos nómadas contemporáneos. Una multinacional está destruyendo el paisaje, el entorno en el que los nómadas mongoles han vivido toda su vida. Buscan oro y para ello no dudan en excavar la tierra sin piedad. Junto a la multinacional y sus máquinas, hay otra amenaza más cercana, los buscadores de oro artesanos que destruyen el paisaje tanto como los otros. Frente a ellos, Erdene intenta mantener a sus vecinos unidos para que no los expulsen de sus tierras. Cuando Erdene muere inesperadamente, la vida de Amra da un cambio radical. Producida con capital alemán, el film de Davaa enlaza de forma muy indirecta con el precioso documental La historia del camello que llora que la dio a conocer en el 2003. Enmarcada como cine infantil, el queso de cabra mongol podría ser una película casi de Joselito o Marisol, niños cantores protagonistas de historias sentimentales y llenas de buenas intenciones. Si el film escapa a esta simplificación, es gracias a una mirada serena sobre el paisaje, una forma de narrar sin estridencias ni golpes de efecto innecesarios. Queso de cabra es un film que habla de un presente que se destruye, un pasado que hay que conservar, un futuro por construir. Y lo hace con una sencillez tan suave y tan dulce como el queso que Zaya prepara y Erdene vende. Lo del té con sal se explica en la película, pero no lo voy a contar.

 


PERIFERIA 2 BOLIVIA

Utama de Alejandro Loayza Grisi

La historia pasa en el altiplano boliviano ahora mismo. Los protagonistas son Virginio y su mujer Sisa, dos viejos quechuas que viven en una casita en medio de la nada con su rebaño de llamas de orejas rosadas. La sequía los ha dejado sin agua, hace casi un año que no llueve y en el pueblo cercano los pozos se han secado. Pero Virginio sigue saliendo cada día con sus llamas a recorrer el altiplano para que pasten mientras Sisa va al pueblo y luego al río a buscar la poca agua que puede conseguir. En este caso, el elemento destructor de su equilibrio natural es el clima. Cuando hablamos de cambio climático visualizamos nuestro entorno cotidiano. Estos días de octubre caluroso y veraniego en Barcelona nos lo recuerda constantemente. Pero el cambio climático significa algo mucho peor en otros lugares del mundo: significa morir. Mucha gente del pueblo ha decidido irse a la ciudad. Virginio y Sisa no quieren. Ni siquiera cuando su nieto viene a verlos para convencerlos de dejar la casita y el campo seco y yermo y marcharse a vivir con ellos en la ciudad. Lo que cuenta Utama no es nuevo, ni nos descubre nada, podría ser incluso un documental. Con producción de Uruguay y Francia, el director Loayza Grisi trasciende el naturalismo tan solo fijando su mirada en el rostro surcado de arrugas de Virginio, en las trenzas largas y grises de Sisa, en las ágiles y ligeras llamas de orejas rosadas. Son esas pequeñas cosas las que hacen de este film un documento y no un documental. Ver cómo viven Virginio y Sisa, compartir con ellos la cotidianidad de su lenta e inevitable desaparición, seguir el ritmo de las caminatas de Virginio al paso de las llamas, nos va llevando hacia un estado de ánimo en el que sentimos con ellos el miedo a que no haya futuro, pero también la certeza de que ya no hay pasado.

 


PERIFERIA 3 ECUADOR

Al Oriente, de José María Avilés

Realizada gracias a las ayudas a la creación de la Bienal de Venecia, este film ecuatoriano se centra en Atahualpa, un joven trabajador de una empresa de construcción que está construyendo una carretera en medio de la selva. De nuevo el progreso que destruye el paisaje, pero en este caso visto desde la perspectiva de uno de los que lo destruye por mandato de una multinacional china que es la que paga la obra. Cuando su novia decide dejar la ciudad, Atahualpa empieza a soñar con irse al Oriente, ese oriente que es como el oeste americano, una tierra de promesas y de aventuras, la tierra que esconde en su seno el Tesoro de Atahualpa desaparecido desde el siglo XVI. Una noche que Atahualpa deja vagar su mirada sobre un largo puente, se produce el salto al pasado. Lo recuperamos en medio de la montaña con un grupo de indígenas encabezados por dos hombres blancos. Estamos en 1921. Pero no es un salto en el tiempo del Atahualpa del 2021 al Atahualpa del 1921, no hay nada de fantástico en este cambio. La que da el salto es la película para contarnos la historia de este otro Atahualpa embarcado en una expedición metafísica en busca de un tesoro. Aunque el auténtico motivo del viaje de John, el americano que manda el grupo, no es otro que encontrar una vía para construir un ferrocarril. Vuelve a aparecer el progreso rompiendo el equilibrio de la naturaleza. La inteligencia de Avilés es la de contarnos estas dos historias de una manera muy seca, sin enfatizar ningún elemento, con un punto de vista casi documental sobre la vida de este hombre en dos tiempos históricos muy concretos, en dos espacios físicos muy distintos. El hecho que sea el mismo actor el que de vida a los dos Atahualpas establece un hilo invisible entre ambos, entre el que anhela encontrar un futuro en ese oriente mítico y el que busca un tesoro escondido en las montañas.

 


PERIFERIA 4 RUSIA

Tolyatti a la deriva, de Laura Sisteró

Este sí es un documental claro. Un gran documental. Un documental observacional producido y dirigido desde Barcelona, con una clara intención de descubrir, partiendo de la curiosidad y la ignorancia, que sucede en esa Rusia en decadencia desde hace muchos años. Laura Sisteró es fotógrafa y muy curiosa. Cuando descubrió casi por casualidad la existencia de Tolyatti, la ciudad pobre más grande de Rusia, situada a 1000 km al norte de Moscú, sintió la necesidad de ir a conocerla. Tolyatti está considerada el Detroit soviético porque allí se fabricaba el famoso coche Lada, orgullo industrial de la URSS y prácticamente el único coche que hubo en el país durante muchos años. La desaparición de la URSS, la llegada de coches internacionales y la decadencia progresiva de la sociedad llevó al cierre de la fabrica y al inclemente deterioro de la vida en la ciudad. Cuando Sisteró llegó a Tolyatti le sorprendió encontrarse con un movimiento de rebeldía juvenil inesperado, el llamado Boyevaya Klassika, grupos de jóvenes desencantados que se dedican a reparar y tunear los viejos Ladas de sus padres para hacer de ellos instrumentos de “Drift”, deporte que consiste en derrapar peligrosamente, en su caso sobre el hielo. Estos chicos, como los rebeldes con causa de Nicholas Ray, encuentran en este deporte de riesgo una manera de sacar toda su frustración. El documental se centra en Slava, Misha y Lera, dos chicos y una chica nacidos en la era de Putin a quien han tenido encima toda su vida. Los tres están viviendo un momento en que deben tomar decisiones importantes para su futuro. El horizonte de un trabajo estable y especializado, el horizonte de un trabajo mal pagado en Moscú, el más que tenebroso horizonte del ejército, se ciernen sobre ellos mientras viven su último año de adolescencia. El hecho de que Laura Sisteró sea fotógrafa hace que su mirada sobre la ciudad tenga una textura y una calidad pictórica muy especial. La música y las líneas rectas de los enormes edificios soviéticos, enmarcan la vida de estos jóvenes encerrados en un círculo infernal del que es casi imposible salir y que el destartalado coche dando vueltas en redondo sobre sí mismo muestra de una manera muy gráfica. Rodado en el 2019, ver este film ahora, cuando sabemos que Misha y Slava, no Lera, Putin sigue siendo muy patriarcal y y las chicas de momento no van a la guerra, pueden estar en medio de los combates en Ucrania, le da al film una pátina especial, estremecedora. Y ver a Putin en la televisión dando un discurso de Navidad simplemente pone los pelos de punta. 

Una acotación a los cuatro títulos. Para verlos hay que dejar fuera todas las ideas preconcebidas que tengamos sobre el cine. El ritmo, la estructura, la narración, el lenguaje, son otros y por eso para disfrutarlos hay que ponerse ante ellos con una actitud receptiva a lo que nos ofrecen. Queso de cabra,,, no es una película infantil con niño; Utama no es una película de denuncia con indios; Al Oriente no es un western ecuatoriano; y Tolyatti no retrata una ciudad como las nuestras. Por eso es por lo que son apetecibles. 

El regalo de esta semana es una paleta de colores tan variada como el mundo.



 

viernes, 21 de octubre de 2022

APAGONES



 Un año, una noche, de Isaki Lacuesta

El año es 2015, la noche la del viernes 13 de noviembre. Falta añadir el lugar: París. París esa noche de ese año vivió una auténtica Noche del Terror provocado no por los zombis de Halloween, sino por los zombis del fundamentalismo islámico, tan carentes de alma como los de La noche de los muertos vivientes de George Romero. Fue una noche terrible. Todo empezó en el estadio de futbol de Saint Denis, el más grande de la ciudad, donde se jugaba un partido amistoso entre Francia y Alemania. Los terroristas suicidas no pudieron acceder al campo, pero eso no les impidió inmolarse causando las primeras víctimas en la calle. Poco después, en una acción coordinada por los zombis asesinos, se desplazaron a distintos cafés de la ciudad sembrando el terror, la muerte y el miedo entre la gente que disfrutaba de una noche de viernes. La culminación de este viaje mortal fue la sala Bataclan donde tres terroristas consiguieron masacrar a una masa de gente que bailaba al ritmo de la banda de heavy metal Eagles of Death Metal mientras cantaban la canción Kiss the Devil. El diablo en persona llegó a darles un beso mortal a más de 80 personas asesinadas fríamente en la sala. En total hubo en Paris casi 140 muertos esa noche revivida en 13 de noviembre. Atentados en París, un documental estremecedor del 2018 que se puede ver en Netflix, donde bomberos, policías, políticos y sobre todo víctimas, recuerdan esas horas con emoción, con dolor, con rabia.

Es esa noche la que Isaki Lacuesta, con la complicidad de Isa Campo y Fran Araujo en el guión, ha escogido para hacer una película que es más que una ficción. Basado en el libro Paz, amor y Deatrh Metal que escribió Ramón González, superviviente de la masacre de Bataclan, Isaki ha construido una película sobre las heridas que deja en el cuerpo y en el alma una situación como esa. Hay momentos que parece un documental, género que Lacuesta domina como pocos; hay momentos que evocan un film de terror; hay momentos que es una historia de amor; hay momentos que transmiten el dolor, la culpa, la sensación de que nunca serás como antes. Todo eso está en Un año, una noche. Pero hay más y por eso me gusta esta película tan diferente y al mismo tiempo tan cercana al resto de su filmografía. El relato comienza con dos figuras envueltas en una manta dorada de papel térmico caminando abrazadas y en silencio por la calle. Son Ramón y Céline. Han sobrevivido a la muerte y vuelven a casa juntos. A partir de la mañana del día después, esa imagen de unidad bajo la manta dorada de papel térmico se irá desvaneciendo a medida que Ramón y Céline vayan enfrentándose a lo que ha pasado de maneras muy distinta: Ramón no puede soportarlo, lo revive una y otra vez; Céline, en cambio, no quiere hablar de ello, ni siquiera se lo dice a sus padres, ella proyecta al futuro, mira adelante, intenta que no la transforme, no la cambie. Pero Céline también recuerda, no lo puede remediar. Bataclán acabará por separarlos tanto como los unió esa noche del 13 de noviembre. Isaki y sus guionistas se enfrentan a ese desamor provocado por la barbarie dejando que sus dos protagonistas vayan avanzando en solitario frente a sus fantasmas. En una primera parte de la historia Ramón, su rabia, su desconcierto, su frustración, es el centro de la narración. Hasta un instante decisivo en el recuerdo de ambos, un instante que decanta el relato hacia Céline y el film cambia de tono y se vuelve más reflexivo, más emocionante. Es esta basculación la que me gusta más de la película, ese cambio de tono que la saca del espacio del dolor físico para llevarla al dolor emocional. Es probable que en otros rostros que no fueran los de Nahuel Pérez Biscayart como Ramón y Noémie Merlant como Céline, el film fuera diferente. Los dos acaban por fundirse con sus personajes de una manera natural, no interpretan: son. Y en eso probablemente influye el hecho de que ambos vieron como su mundo era destruido en una noche por la intolerancia y el fanatismo.

De todos modos no quiero acabar este texto sin compartir una idea que me sobrevolaba todo el tiempo mientras veía la película. Han pasado tantas cosas desde ese 2015, incluso desde ese 2018 en el que Gédéon y Jules Naudet filmaron su documental y Ramón González publicó su libro, que la película de Isaki me produjo la sensación de estar viendo algo muy lejano, como si fuera una historia de algo que pasó hace mucho tiempo. El año 2020 con la pandemia global que nos hirió a todos, marca un punto y aparte. La Guerra de Ucrania que nos tiene sumidos en el miedo, marca otro punto y aparte. El fundamentalismo islámico sigue ahí, no se han ido, pero han dejado de ser “la amenaza” que primero se desvió hacia un virus chino y ahora se concentra en un dictador enloquecido. Es curioso cómo funciona la mente y las emociones. Yo creo que me ha emocionado más la película precisamente por poder verla como si fuera una historia del siglo XIX o de la segunda guerra mundial. Desligándola de la contemporaneidad, ganan los sentimientos de los personajes. Para mi es la prueba de que estamos en otro momento histórico. El siglo XXI empezó con un trauma colectivo, los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York. Veinte años después empezó la segunda entrega de la serie siglo XXI con la crisis climática y energética en el centro de un huracán que parece querer llevarnos directos al Apagón.

 


APAGÓN , Movistar

Y aquí enlazo con la serie de cinco capítulos de Movistar Apagón en la que están implicados tanto Isaki Lacuesta como Isa Campo y Fran Araujo. Araujo como productor y guionista, Isaki como director de un episodio, Isa como guionista y directora de otro episodio. Los tres restantes los dirigen Rodrigo Sorogoyen, Raúl Arévalo y Alberto Rodríguez. El conjunto es una imagen fijada de los miedos que nos rodean ante la amenaza de quedarnos sin luz, sin energía. Son episodios autónomos integrados en una única historia en la que un personaje o un espacio da paso al siguiente. Son muy diferentes, como diferentes son los directores. Empieza con el adrenalínico Negación de Rodrigo Sorogoyen donde se nos plantea la amenaza: una tormenta solar, el clima como nueva espada flamígera de destrucción. Los trabajadores de Protección Civil no pueden hacer nada para prevenir a la población. Uno de ellos, Ernesto (Luís Callejo) intenta salvar a su mujer Alicia (María Vázquez) y a su padre postrado en un hospital. Ese hospital es el centro del segundo episodio Emergencia, dirigido por Raúl Arévalo con un tono de desesperación. Uno de los médicos de ese hospital, Raúl (Miquel Fernández) no puede seguir sin ver a su familia y ahí comienza el tercer episodio, Confrontación, de Isa Campo. Más realista y sobre todo más social y colectivo, tiene como protagonista a la mujer de Raúl, (Patricia López Arnáiz) y su hija. Mientras la mujer intenta que la urbanización en la que están viviendo se organice de manera solidaria, la hija encuentra en un grupo de niños salvajes el refugio frente a un futuro para el que sus padres son incapaces de prepararla. Supervivencia de Alberto Rodríguez nos muestra el impacto negativo que tienen las gentes que han huido de la ciudad en el extraño equilibrio que ha construido un pastor aislado en la montaña (Jesús Carroza). Para mí éste es el mejor episodio. Narrativamente es el más potente con dos personajes y el paisaje como únicos elementos. Pero también porque a pesar de todo, es el que empieza a abrir el camino hacia la esperanza. Una esperanza que ya está en el quinto y último episodio Equilibrio, de Isaki Lacuesta en el que recuperamos a Alicia y Ernesto desde que salieron de Madrid por separado. Isaki consigue darle a este episodio una luz que no es precisamente la de la electricidad, sino algo mas interno que nace de los personajes transformados después del Apagón.

Luz es lo que necesitamos frente a las amenazas, ya sean los zombis de una noche de terror, o la tormenta solar de un universo enfadado. Por eso quiero recuperar la frase de la serie de Sánchez Arévalo ESTO TAMBIÉN PASARÁ, que una buena amiga me contó viene de un precioso cuento sufí. Sí, esto también pasará y volverá la luz de la inteligencia. Al menos yo lo espero.

El regalo de esta semana es un cuadro de una mujer preparada para el apagón.



sábado, 15 de octubre de 2022

RURAL


Viendo cine me he dado cuenta que hay una corriente transversal, global, universal, en la sociedad. He encontrado ejemplos en distintas películas de un tema que aparece en paisajes muy alejados entre sí, en contextos muy diversos. Son películas que comparten una misma preocupación: la desaparición de una forma de vida rural en aras de un progreso colectivo. El problema es el mismo en los tres films que este año se han acercado a este resbaladizo asunto, lo que es distinto es el enfoque que se hace en cada uno de ellos (hay un cuarto, pero es ligeramente diferente y ya hablaré de él cuando se estrene). La corriente de pensamiento o de actuación mejor dicho, que reflejan estos trabajos es la que contrapone el bienestar colectivo con el sacrificio de unos pocos, el progreso general a costa de la pérdida de raíces, de tradiciones, de formas de vida. La pregunta que me hago, y se hacen muchos sociólogos, es la de si tenemos derecho a que el progreso se construya a costa de la tradición. O más sencillamente; nuestra necesidad de tener luz, de abrir un grifo y que salga agua corriente, de encender la calefacción o el aire acondicionado, en definitiva, nuestra urgencia vital nos lleva a utilizar recursos naturales que destruyen la naturaleza. No voy a entrar en las consecuencias de la guerra de Putin porque ese no es el tema en este caso, (aunque en realidad ESE ES EL TEMA). Aquí de lo que se trata o de lo que tratan estos films, es de algo que viene de antes, la transformación del espacio rural en espacio productor de energía para todos. Ya sucedió cuando se construían pantanos y vuelve a platearse ahora con las renovables. Es una polémica que desde ese campo expoliado se vive como una transformación al servicio de las ciudades. No importa que sea injusto verlo así: también en el campo y en los pueblos quieren luz, quieren agua, quieren calefacción, quieren internet, quieren gasoil para sus máquinas, quieren regadíos…. Además, lo queremos sin destruir, si es posible, todo el planeta. Eso nos lleva a intentar implantar las energías renovables, eso nos lleva a los horribles y monstruosos molinos de viento que afean y destrozan el paisaje rompiendo la armonía de las líneas, o las grandes “plantaciones” de placas solares que sustituyen los campos de árboles frutales arrancados, o las enormes torres eléctricas que parecen marcianos de la guerra de los mundos. El conflicto es serio, las soluciones difíciles. El cine lo ha encarado este año en por lo menos tres películas. Alcarrás, de Carla Simon, donde el progreso se ve como una agresión dolorosa; As bestas, de Rodrigo Sorogoyen, en el que el progreso viene acompañado de la violencia y la película turca que se estrena esta semana. La promesa de Hasan.

 


La promesa de Hasan, Semih Kaplanoglu

La trilogía Huevo, Leche y Miel, (aprovecho para recordar que se puede ver integra en Filmin) ya nos había demostrado que el director turco Kaplanoglu tenía un don especial para filmar la vida rural siguiendo los ritmos de la naturaleza, el tiempo, las estaciones. Su cine es contemplativo, en absoluto aburrido, un cine sin prisas, con un aliento en el que el realismo se entremezcla con la ensoñación sin que ninguno de los dos salga perjudicado. Con esta última película, Kaplanoglu va un poco más allá al introducir en su fórmula un elemento religioso con una doble cara. El puro materialismo de la esposa de Hasan, que lo único que quiere es ir de peregrinación a la Meca como si fuera a Benidorm, y el extraño espiritualismo de Hasan encarnado en un árbol centenario. Pero el director no se queda en esta simple idea y se atreve a colocar en el centro de la historia a estos dos personajes con los que es casi imposible empatizar. Casi se puede definir La promesa de Hasan como un Anti-Alcarras. Si allí la familia era adorable y su lucha era por salvar una forma de vida, aquí, Hasan y su mujer son odiosamente egoístas y avaros. De dinero y de sentimientos. Cuando el progreso llama a la puerta de Hasan en forma de ingenieros que quieren instalar una enorme torre eléctrica en el centro de sus tomateras, el hombre solo pretende que no lo hagan en sus contaminados y llenos de pesticida tomates. Para conseguirlo maniobra y manipula y logra que la torre se instale en un campo yermo cercano al suyo. Un campo donde se levanta majestuoso un árbol centenario y hermoso. Para Kaplanoglu, el campesino no es un ser bueno, inocente y lleno de virtudes que los malvados capitalistas destruyen, en eso se parece más a la excelente cinta de Sorogoyen. Hasan también es un capitalista simple y sencillamente. Si algo le hace dudar, si algo le lleva a intentar cumplir esa promesa del título, es la sensación de haberse traicionado a sí mismo y no ser capaz de perdonarse. Kaplanoglu filma con una luz exquisita, una fotografía que saca partido del más mínimo detalle, un ritmo que late suavemente dejando pasar el tiempo. La promesa de Hasan es una película larga, si, pero no se hace larga. Si Alcarrás era un paseo nostálgico por un paisaje lleno de olores y As bestas es un escarpado camino a través de un campo lleno de piedras, La promesa de Hasan se parece más a un todoterreno atravesando un sembrado sin contemplaciones. Tres miradas distintas de una misma realidad.

 

EL RINCÓN DE LA DECEPCIÓN



Blonde de Andrew Dominik Netflix

He tardado un poco en escribir de esta película de Netflix. He tardado porque me daba mucha pereza. Intenté verla dos veces y las dos veces se me resistía, la dejaba a los diez minutos sin conseguir engancharme. A la tercera me dije que aguantaría sus tres horas. Y las aguanté, por militancia, por profesionalidad. Puedo entender las dos reacciones de los espectadores: los que caen hipnotizados bajo su modernidad y los que sienten un profundo rechazo por la historia. Pero la verdad me cuesta un poco más entender las críticas super elogiosas y casi extasiadas que ha provocado el film de Andrew Dominik. Antes de seguir quiero dejar claro una cosa: Ana de Armas hace un trabajo muy difícil, muy arriesgado y lo afronta con una fuerza y una seguridad que son de admirar. Vaya esto por delante. Pero ella sola no es capaz de salvar el desastre de Blonde. Al menos para mí y por lo que he visto estos últimos días, para mucha más gente que ha levantado su voz para criticar este injusto retrato de una estrella.

Blonde no es un biopic sobre Marilyn Monroe. Creo que eso empieza a explicar el rechazo de los espectadores a los que se les ha vendido una cosa y se les da otra. El problema se complica aun mas cuando esa otra cosa es la adaptación de una novela, no una biografía, no un ensayo, Una Novela, de Joyce Carol Oates sobre una imagen, la suya, de la figura de Norma Jean. No he leído la novela y desde luego ver el film de Dominik no me despierta ningunas ganas de hacerlo. El psicologismo fácil de mostrar a Norma Jean como una mujer frustrada en busca de un padre (por favor llamar “daddy” a Joe DiMaggio es de vergüenza ajena) me parece tan viejo y trasnochado, como esa visión de la mujer victimizada por un mundo de hombres que se aprovecha de ella sin piedad, convirtiendo su vida en un vía crucis de dolor, humillación y sufrimiento constante, sin un resquicio no digo ya de luz o de esperanza, sino de valor y capacidad para enfrentarse a esa situación. Yo no sé que le pasaba a Marilyn por la cabeza en su corta pero intensa vida, parece que Carol Oates si lo sabe. Aunque tengo la impresión que lo que le sucede a la desgraciada Norma Jean es más una proyección de las frustraciones de la autora del libro que de la estrella de Hollywood. Reducir el personaje a una mujer en busca de un padre y con el deseo de tener un hijo, es muy pobre. Si a este material de base le sumamos una puesta en escena completamente equivocada, con la intención de hacer una película europea (¡que daño hace el recuerdo del cine europeo de los años sesenta!) sobre uno de los mitos del cine americano, el abismo se abre a sus pies. Dominik quiere ser super moderno cuando en realidad su estética es muy vieja. Los directores tienen todo el derecho del mundo a releer el pasado y actualizarlo, llevarlo a su terreno, la Nouvelle Vague lo hizo con el cine americano, Tarantino no para de hacerlo, pero lo que no se puede es ser simplemente mimético con una estética que ha quedado ampliamente superada en el tiempo sin aportar nada nuevo. Utilizar cambios de color y de formato de una manera arbitraria y sin demasiada coherencia para intentar reflejar un ambiente de pesadilla, produce un coctel insoportable para el espectador. Mostrar situaciones de una sordidez lamentable que nunca sabemos si son reales o solo pasan en la perturbada mente de la protagonista como si fueran ensoñaciones poéticas (las conversaciones con los fetos rozan el insulto) o recuerdos de humillaciones que nunca sabremos si sucedieron o no, acaba por ser tan reiterativo como inútil. Pero si hay algo que a mi particularmente me ha provocado un rechazo frontal al film de Dominik es el desprecio prepotente hacia el cine americano y en concreto hacia algunas de las películas icónicas de la historia del cine. No sé si Marilyn sufría o disfrutaba con su trabajo la verdad a estas alturas no me importa, pero mostrar estos rodajes como si fueran auténticos potros de tortura para una mujer tan insegura y tan incapaz, me parece uno de los mayores despropósitos de Blonde. Mirarla siempre como un mujer desvalida y reducir a los hombres de su vida a simples explotadores sexuales o depredadores intelectuales, es de verdad hacerle un flaco favor a una mujer que consiguió convertirse en icono y llegó a ser un personaje mucho más poderoso de lo que esta película pretende hacernos creer. Pero hay algo, además del insulto al cine americano que me parece inaguantable. Reducir su relación con el presidente Kennedy a una escena de mal porno y pasar de puntillas por las implicaciones políticas de esa relación, para acabar explicando el suicidio de Marilyn con una excusa tan estúpida como la que le produce descubrir quién está detrás de las amorosas y moralizante cartas de su supuesto padre, es superior a mis fuerzas. Lo siento pero la pornografía del dolor siempre me ha desagradado profundamente.

Para acabar con Blonde y sobre todo para reconciliarme con Marilyn, reproduzco un fragmento del texto que leyó Lee Strasberg el día de su funeral y que ni Carol Oates ni Dominik han sabido reflejar: “Otros eran físicamente tan hermosos como ella, pero obviamente en ella había algo más, algo que la gente vio y reconoció en sus actuaciones y con lo cual se identificaban. Tenía una cualidad luminosa, una combinación de ansiedad, esplendor y ternura que la marginaba, y sin embargo la gente quería ser parte de ella, para compartir la infantil ingenuidad que era al mismo tiempo tan retraída y no obstante tan vibrante:”

 El regalo de esta semana es un árbol poderoso que le habría gustado a Hasan (y a lo mejor a Marilyn).