sábado, 31 de agosto de 2024

VOLVER

 

Vuelvo al blog esta semana. Ale y Alex quizás volverán a estar juntos. Tatiana volvió. Tres tiempos del mismo verbo que me sirven de guía en esta vuelta.

 


Volveréis, de Jonás Trueba

Conocimos a Vito Sanz como Bruno en Los ilusos, del 2013. Vito era uno de los jóvenes ilusos que paseaban por la noche madrileña soñando con hacer cine, hablando, bebiendo, discutiendo, entre otros, con Francesco Carril. En definitiva, viviendo. Lo recuperamos como Vito en la preciosa Los exilados románticos (2015). Vito era uno de los tres amigos que a bordo de una camioneta emprenden un viaje entre Madrid y París buscando el amor. Vito, no lo encontrará aunque crea que sí, Francesco Carril tampoco lo encontrará, aunque también crea que sí.

Conocimos a Itsaso Arana como Manuela en La reconquista, (2016) un film de desamor en el que se encontraba con Olmo, Francesco Carril, para perderlo del todo. Itsaso se quedaba sola. Tres años después, el 2019, en La virgen de agosto, Itsaso, ahora como Eva, conoce una noche de calor madrileño a Agos, que no es otro que Vito Sanz. Por fin sus caminos se juntan. Han pasado tres años más, estamos en el 2022, Itsaso como Elena y Vito como Daniel, viven juntos en un Madrid que sigue siendo su hogar aunque sus amigos, Irene Escolar y Francesco Carril, se empeñen en que vayan a ver su casita en el campo. Su relación es muy firme y les gusta dónde y cómo viven.

Estamos en el 2024. Itsaso es Ale, Vito es Alex, ella es directora de cine, él es actor. Están bien como pareja, pero han decidido separarse y dar una fiesta para celebrarlo con sus amigos, Francesco Carril, antigua pareja de Itsaso, Sigfrid Monleon, siempre presente, Isabel Stoffel, un rostro recurrente y muchos colegas y compañeros: “Mi padre (Fernando Trueba) dice que hay que celebrar las separaciones no las uniones”. A lo largo de Volveréis asistimos a este tira y afloja entre seguir o cambiar, o cambiar para seguir, en un circulo de retornos constantes, siempre iguales y a la vez distintos. La película no lo aclara y deja en suspense que pasará. Lo decidirán Jonás, Itsaso y Vito cuando se sienten a escribir el siguiente capítulo de su biografía de cine.

El año 2015 escribí acerca de Los exilado románticos: “De todos modos yo creo que la película de Jonás en realidad no hace referencia a nadie más que a sí mismo y sus gentes: las gentes del cine, las que confunden el trabajo con la vida. Hay una conversación absolutamente tanneriana en el film. Un viejo americano que acoge en su casa a esa pandilla de adolescentes tardíos, reflexiona sobre el mal uso que se hace de la palabra trabajo entendida como una maldición, una condena. Trabajar, el trabajo, debería ser la vida, hacer lo que te gusta, hacer lo que sabes hacer. Disfrutar con ello y poder vivir. Rodar una película entre amigos, en el caso de Jonás Trueba.” Creo que estas palabras siguen siendo válidas nueve años después.

También creo que sigue siendo válido lo que escribí de La reconquista en 2016: “Lo que yo creo que se reconquista en esta historia y no tengo ni idea de si a Jonás Trueba le puede parecer una estupidez, es la fuerza para enfrentarse a una segunda etapa de la vida. Porque esta reconquista del tiempo pasado es la mejor preparación para el tiempo futuro.” En Volveréis también se cierra una etapa y se abre otra llena de incertidumbres y de esperanzas.

De La virgen de agosto recupero estas palabras que cuentan el principio de la relación entre Eva y Agos, entre Itsaso y Vito: “Eva encuentra en Agos, un hombre melancólico que mira el abismo del horizonte desde el viaducto, el pilar para empezar de nuevo. Agos, de Agostino, pero también de Agosto, ese agosto en el que Eva saldrá de su burbuja y cruzará el río.:”

Cuando se estrenó Tenéis que venir a verla, escribí. “Los urbanitas, Itsaso y Vito, pasean por un Madrid callado y nocturno camino de su casa y descubren que les gusta su ciudad. Seis meses después los cuatro se vuelven a encontrar esta vez en el campo, en el supuesto paraíso rural, en la casa que por fin han ido a ver. Comidas, paseos, lecturas, todo muy truebiano (nunca más usare el término rohmeriano, Trueba se ha ganado a pulso dar nombre a su estilo) tranquilo, sin estridencias, sin contrastes.” El estilo sigue siendo ese, pero en Volveréis introduce la complejidad de la mirada: la de la directora Ale mirando al actor Alex en la película que está rodando que no es otra que la misma película que estamos viendo: la vida, el trabajo, el cine, todo se confunde en una nueva realidad.

 Jonás Trueba no es Linklater, no escribe para la misma pareja, pero queriéndolo o sin quererlo ha construido un viaje vital con Itsaso y Vito de la mano. Un viaje que no concluye en Volveréis, simplemente da un paso más hacia un mundo adulto en el que todos, ellos, nosotros, da igual la edad, da igual la condición, seguimos viviendo en el desconcierto y la incertidumbre. Todos, menos Fernando, el padre, el que cree que hay que celebrar las separaciones y se presta a dejarse dirigir por su hijo en un ejercicio de generosidad sin límites. Su cine es el retrato de una generación que crece a su lado, que se hace adulta y sigue buscando una razón que explique su vida. Revisar las películas de Jonás permite reconstruir la vida de este país en los últimos años. Cada uno se reconocerá en uno u otro relato, en uno u otro personaje. Pero todos estamos o hemos estado por ahí.

 


El eco, de Tatiana Huezo

En cierto modo también la directora mexicana ha vuelto a sus orígenes, al documental. Pero nunca se vuelve igual que se partió y en este retorno, Tatiana vuelve con una mirada distinta. Pasar por la ficción de Noche de fuego, historia de tres niñas que en una perdida aldea de la sierra se ven obligas a vivir una doble vida en un pueblo que vive atemorizado por la llegada inesperada de los grandes todoterrenos que roban a las adolescentes, con el pelo corto y pantalones pasan por niños, con los vestidos de sus madres y los pintalabios, intentan recuperar su feminidad a escondidas, le ha dado a Tatiana la fuerza para enfrentarse a la realidad de el Eco, una perdida comunidad en la sierra de Puebla, con los ojos de quién sabe ver lo cristalino en la oscuridad, lo feliz en la cotidianidad, el valor en la lucha diaria de un grupo humano (mujeres la mayoría) que saca fuerzas de su solidaridad y su convivencia para seguir adelante. Tatiana sigue la vida de cuatro familias de una comunidad en el valle de Puebla durante un año bajo el ritmo de los ciclos de la naturaleza, las relaciones entre los miembros de la familia. Las niñas y los niños con sus miradas son los auténticos guías de este viaje que se va tejiendo con alegría, con dolor, con ternura y con realismo. El eco es muchas cosas a la vez. Un documento y un cuento, una historia real transformada por la mirada y el montaje. Todo lo que sucede en la película paso de verdad, pero la manera como lo muestra la directora lo convierte en una narración cinematográfica nueva. Cuatro años tardó en rodar este film en distintos momentos del año, cuatro años desde que escuchó a una viejita decirle: “Cuando sopla el viento, agarra las palabras de la gente y se las lleva a pasear por los cerros.” Tatiana las ha capturado en una película hermosa en sus paisajes humanos y combativo en su denuncia de un mundo que desaparece.

El regalo de esta semana es una jarra que podría estar igual en la casa de Ale y Alex como en la aldea de El Eco.







sábado, 17 de agosto de 2024

LUGARES

 

Un lugar común de Celia Giraldo

Todos tenemos nuestro lugar. De hecho, creo que vivir es precisamente eso, encontrar tu lugar. Hay quién lo consigue muy pronto, otros se pasan la vida buscándolo. Tener un lugar en el mundo,  es indispensable para vivir bien. Cómo sea ese lugar, depende de cada uno. Lo que para alguien puede ser el sitio ideal, para otros puede representar un infierno. Por suerte, objetivamente no hay lugares buenos, ni lugares malos. A mí me parece que el lugar que tiene Pilar, la protagonista de la estupenda Un lugar común, debut de Celia Giraldo, no es precisamente envidiable. Pero es el suyo. Madre invisible, esposa olvidada, enfermera prescindible. Ese es su equilibrio y su equilibrio es la pieza que permite el equilibrio de los demás miembros de su familia: un marido indolente, una hija rebelde, a la que da vida Mia Sala-Patau, en un papel que la coloca en la primera linea de las jóvenes actrices catalanas y un hijo ausente. Todo ese engranaje se va al traste nada más empezar la película cuando Pilar, con poco más de cincuenta años, es fulminantemente prejubilada de su trabajo. ¿Qué hacer entonces? Ser madre y esposa no le sirve porque los otros están acostumbrados a su (no) presencia. La casa se le cae encima, se aburre, cuida una planta, busca su nuevo lugar. Lo que hace Pilar para encontrarlo y cómo eso repercute en los miembros de su familia es lo que cuenta Un lugar común. Sorprende un poco que una chica de veintipocos años se plantee una historia como esta. Celia lo justifica muy bien: “primero, no quería retratarme a mí y mi generación; segundo un coming-of-age se puede tener a cualquier edad.” ¿En dónde está escrito que solo los adolescentes sufren problemas de ubicación en el mundo? La complicidad entre Celia Giraldo y Eva Llorach su magnífica protagonista, es total. Juntas trazan el retrato de una mujer madura que tiene que aprender a vivir de nuevo. Sin miedo a nada, Eva Llorach se mete en este personaje y lo llena de energía y de música. Celia Giraldo es, de momento, la última aportación al cine de la larga lista de directoras surgidas de la ESCAC en el siglo XXI: Roser Aguilar, Mar Coll, Elena Trapé, Nelly Reguera, Marta Díaz de Lope Díaz, Liliana Torres, Andrea Jaurretia, Diana Toucedo, Ana Cornudella, Laura Ferrés, Julia de Paz, Belén Funes, Lucía Alemany, Patricia Font, Estibaliz Urresola….

 


La chica salvaje, de Olivia Newman, Netflix

El lugar donde encontré esta película es Netflix. En rigor, fue Ramon el que la encontró. Nos llamó la atención el título y fue una sorpresa. Su protagonista no necesita moverse mucho para saber cuál es su lugar: las marismas del sur profundo de Carolina del Norte, un espacio lacustre donde las botes a motor son mucho más útiles que los coches y donde la vida transcurre a otro ritmo. El ritmo que le impone Kia, la protagonista de esta historia de amor, asesinato, soledad, abandono y supervivencia. Kia vive en los pantanos con una familia que poco a poco se va desintegrando. Su joven madre escapa un día de la violencia de su marido. Luego son sus hermanos, uno a uno, los que se van. Con nueve años, Kia se queda sola con su padre, que también se irá. Solitaria, más fuerte de lo que se puede imaginar, la niña sobrevive en los pantanos haciendo de ese lugar inhóspito su hogar, su lugar. Pero no todos en el pueblo lo entienden o la aceptan. Y cuando un hombre joven aparece muerto, aparentemente asesinado, las miradas se dirigen hacia ella, Kia, la rara, Kia, la bruja, Kia, la diferente. La película es irregular, arranca muy bien, y te mantiene atento y pendiente de Kia, la niña, Kia la adolescente, Kia la joven. Hay un pequeño bache con la aparición de un personaje masculino muy desagradable ¿Qué hace Kia con él? Pero vuelve a tomar vuelo en su tercio final. Basada en una novela de Delia Owens, todo sucede entre 1962 y 1969 en un mundo que permanece al margen de la historia, tanto como Kia permanece al margen del pueblo. Con este melodrama sureño, Minnelli habría hecho un film de una intensa pasión. Olivia Newman no llega a la densidad minnelliana, pero Daisy Edgar-Jones consigue transmitir la emoción escondida de una mujer que no confía en nada ni en nadie.  

EL RINCÓN DE LA SERIE


El Día, Gilles Coulier y Dries Vos, Filmin

Esta semana si hay una serie, El Día, una serie belga de doce capítulos. El día es el día de un atraco con rehenes a un banco en una pequeña ciudad flamenca. Los doce capítulos abarcan desde las 8 de la mañana de ese día hasta, las 12 de la mañana del día siguiente. Seguimos la acción en paralelo desde el punto de vista de la policía que intenta resolver el atraco con el menor número de víctimas, y de los atracadores encerrados en el banco. Los medios de comunicación, en especial un equipo de televisión que busca la notica por encima de todo, son el tercer elemento en juego. Con estas piezas, la serie nos va contando como buscan su lugar todos los implicados fuera y dentro de este robo casero, chapucero y al mismo tiempo con mucho dinero en juego. Mientras que los policías parecen saber cuál es su lugar, o al menos que pueden y deben hacer, los secuestradores y los secuestrados van cambiando de lugar en una serie de giros inesperados. La tensión no se pierde nunca en estas poco más de 24 horas. Perfectamente escrita, mejor que realizada me atrevo a decir, recomiendo que si la quieren ver lo hagan de dos en dos capítulos. En uno, vemos a los policías y sus avances y desconcierto, en otro vemos en el mismo período de tiempo a los atracadores y los secuestrados. Al final, te das cuenta de que en realidad todo ha sucedido precisamente porque hay un personaje fundamental que no ha sabido encontrar su lugar. 

El regalo de esta semana son dos cuadros de Ramon que han encontrado su lugar


Aprovecho para avisar que la semana que viene no habrá blog. Nos volvemos a encontrar el 1 de septiembre

 

viernes, 9 de agosto de 2024

DEPORTES Y PELICULAS

 


Llevo unos días pensando de que hablar en el blog de esta semana. Ninguna de las películas que se estrenan me han despertado el interés (no quiere decir que no lo tengan). Tampoco he visto recientemente ninguna serie digna de ser recomendada. Son entretenidas, están bien hechas, pero la sensación de ser más de lo mismo flota como una nube por encima de ellas, quizás es que no he sabido buscar los tesoros escondidos. La verdad es que hace demasiado calor para hacer nada, ni siquiera eso. He de confesar que las Olimpiadas de París han ocupado buena parte de mis ratos de no ser capaz de moverme. Y las he disfrutado más de lo que imaginaba.

Si le quitan la voz a los comentaristas, da igual de la cadena que sean, todo son muy parecidos, es bonito ver a los atletas y a los deportistas. Las chicas de la natación sincronizada, que ahora se llama de otra manera, han sido preciosas y aunque solo fuera por ver sus trajes de baño, a veces más parecía un concurso de trajes de baño que otra cosa, ya valía la pena. También los saltos de trampolín. Y desde luego las carreras, la de 100 metros espectacular y las de 400 también. Me ha sorprendido que prácticamente cada vez que ponía un canal deportivo olímpico me encontraba con competiciones de mujeres: futbol, atletismo, lucha, natación, hasta una cosa absurda que ni siquiera sabía que existía, Baloncesto 3x3. Se trata de una incorporación del clásico basket de barrio de las calles de Nueva York, la primera vez que lo vi fue en West Side Story, donde solo hay una canasta y los equipos son de tres contra tres. Es divertido porque es muy corto, cuando empiezas a aburrirte, ya se ha acabado. Una de las reflexiones que hemos hecho Ramon y yo viendo desde cierta distancia estos juegos es lo tremendamente raro que resulta ver a gente haciendo cosas tan aparentemente inútiles como lanzar un disco o saltar con una pértiga. Hay gente para todo, eso está claro y respeto que la haya, pero no deja ser extraño. La otra reflexión, esa me la he hecho yo para mí, es lo rápido que se consume todo. Estos chicos y chicas, estos hombres y mujeres, llevan todo el año, o varios años, trabajando, entrenando, dejándose la piel y la vida personal para un acto que en algunos casos apenas dura ¡30 segundos! No me negarán que esto del deporte es bastante incomprensible. Pero me gusta y me saca del tedio.

 


Un libro: Concepción de Álvaro del Amo

No todo han sido saltos y carreras, en estos largos días me ha quedado tiempo para leer una novela muy curiosa. Se llama Concepción y está escrita por Álvaro del Amo. Álvaro del Amo tiene ya 82 años. Su nombre quizás no diga mucho a las gentes más jóvenes, pero para los que éramos fans de Fila 7, el mejor programa de cine que ha habido nunca en la televisión (o televisiones), Álvaro del Amo está unido a algunos reportajes legendarios. Le llegué a conocer un poco gracias a Mercedes Juste, la productora del programa. Recuerdo en especial un Berlín pre-muro nevado y frío, cuando volvíamos hacia nuestros hoteles en la Kudam. Nunca fue un crítico convencional ni muy ortodoxo. Y mucho menos un director previsible. Tan solo tres películas en cuarenta años, tres rarezas invisibles, menos una El caso Dreyer que se encuentra en Flixolé. Ni Dos, de 1980, ni Una preciosa puesta de sol, son accesibles o al menos yo no las he encontrado. Autor de teatro, crítico de ópera, también es un novelista escondido. El cine, de una u otra manera, siempre ha estado presente en su trabajo, ya fuera en la tele, obviamente, en el teatro o en las novelas. El cine es el protagonista principal de Concepción (una novela cinematográfica). El cine y Concepción, Concha, y Juan Jacobo, el crítico. Dividida en dos partes que parecen distintas, el hilo sutil que las une es el de los seminarios de cine comparado que da el veterano crítico de cine, en la primera parte en el Escorial, en la segunda parte, en un pueblo de la costa norte. En la primera parte, Juan Jacobo compara secuencias ante un público de una sola persona, Concepción. Y mientras él habla, asistimos a un doble relato, el de un niño rubito y de ojos azules y una niña de pelo rizado, que coinciden en la calle sin hablarse, se tropiezan de adolescentes, se cruzan de jóvenes y se reconocen de mayores, como si el destino, que es el mejor guionista, hubiera decidido que así fuera. En la segunda, Juan Jacobo imparte un seminario en un encuentro al que también ha sido invitado Abelardo. Su única alumna es Leonor que ha vuelto al pueblo y allí se reencuentra con Martín. Las vidas de estos personajes narradas en primera persona, trenzan una novela de amor y de amistad que desemboca en una estación de tren, donde descubrimos el hilo invisible que une las dos partes de Concepción.

Leer esta novela ha tenido un efecto secundario muy interesante y muy entretenido. Como Álvaro del Amo, transmutado en Juan Jacobo, describe y compara secuencias de films clásicos que están en mi memoria, me he puesto a recordar y comparar escenas de películas que aparentemente no se parecen en nada. Y me han salido algunos ejemplos muy curiosos.

Solo voy a contar uno: los descensos por un río.


Bajar el rio, la acción es la misma, la situación muy distinta, el objetivo diferente:

Alcanzar una nueva tierra

En 1830 encontramos a la familia de colonos Prescott bajando por un río de rápidos y aguas turbulentas en el que perderán gran parte de sus pertenencias y marcará el final de su viaje de conquista al oeste.

Salvar la vida

En 1870, una rubia hermosa y solitaria, acompaña a un padre y su hijo cuando se ven obligados a bajar en un río sin retorno escapando de una muerte segura.

Destruir al enemigo

En 1914, una misionera puritana y valiente y un borrachín capitán de un barco que se cae a pedazos, arriesgan sus vidas en un río de África en un viaje que les conducirá al amor y al heroísmo.

Cumplir una misión

En 1969, el capitán Willard se embarca con una tripulación de jóvenes marines en un viaje al corazón de las tinieblas en el que las turbulencias del río no serán acuáticas, sino emocionales.

Arriesgarse inutilmente

En 1972 cuatro amigos esperan pasar un fin de semana de aventuras y pesca bajando un río que no conocen en el que se enfrentarán tanto a los peligros de la naturaleza, como a los peligros de los humanos.

Seguro que han adivinado las películas. Y si no, da igual. Le agradezco a Álvaro del Amo haberme descubierto este tranquilo pasatiempo mental.

El regalo de esta semana es uno de los pocos ríos que Ramon ha pintado

 


 

 

 

 

viernes, 2 de agosto de 2024

RETORNAR O REGRESAR

Una película y una serie me han hecho pensar en los verbos retornar y regresar. Suelen usarse como sinónimos, y sin embargo, no quieren decir lo mismo. No es lo mismo retornar que regresar. Según la RAE, “Retornar es volver a un lugar o una situación en la que se estuvo alguna vez.” Regresar, en cambio, “implica volver a un lugar de donde se ha partido.” Uno regresa a casa, pero retorna al pasado. Uno regresa a su país, pero retorna a la vida familiar. Uno regresa al barrio, pero retorna a los amigos. Hay matices, sutiles, pero matices. Regresar o retornar. 

Justo estos días, concretamente el 1 de agosto, se cumplieron años desde que llegué (ni volví, ni retorné, ni regresé, llegué por primera vez) a España. El que sí regresaba era mi padre. Salió de España a principios de 1939, al acabar la guerra civil y vivió en México durante 23 años. Él si regresaba, como había regresado mi madre unos meses antes. Regresaban, pero no retornaban, porque ni uno ni otra eran los mismos que se fueron, ni la España a la que volvieron era la misma de la que salieron.

Regresar es más fácil que retornar.

 

Regreso a Córcega, Catherine Corsini.

El título que me ha provocado esta reflexión es Regreso a Córcega, de la francesa Catherine Corsini, una película que invita a reflexionar sobre muchas cosas. La primera, la forma que ha escogido la directora al enfrentarse a este melodrama sin eludir el lenguaje del culebrón. Porque en realidad Regreso a Córcega es un culebrón en el que se cuenta una historia de racismo y explotación, de engaños y secretos, de vidas que se descubren. La protagonista, una mujer negra con dos hijas adolescentes, regresa a Córcega de donde salió cuando las chicas eran pequeñas. Ella regresa, las niñas no porque casi no tienen memoria de su vida en la isla. Pero si Khédidja, la madre, regresa, las dos chicas retornan. A ver si me explico. Ella, la madre, regresa a Córcega para vivir una situación nueva. Jessica y Farha, retornan a un pasado que no conocían, que van descubriendo poco a poco en ese verano en el que sus vidas darán un salto en sus emociones. Es una película pequeña, de sentimientos, de reivindicaciones calladas, de paisajes que se viven. Pero para mí, ha sido una película que me ha despertado memorias de regresos a México. Porque yo también regresé alguna vez al lugar del que partí, al que retorno muchas veces con mis pensamientos. 

EL RINCÓN DE LA SERIE

 

Homecoming, Eli Horowitz, Micah Bllomberg, Sam Esmail Prime Video

No conocía esta serie de Prime estrenada en el 2018, con dos temporadas, por lo menos. Tampoco tengo muy claro como fui a parar a ella. Supongo que leí algo. La verdad es que es raro que se me haya pasado porque una serie con Julia Roberts como protagonista debería haberme llamado la atención. En todo caso, más vale tarde. Homecoming quiere decir Regreso a casa. En realidad, los soldados que se acogen a este programa de reinserción, no regresan a “su” casa (eso es lo que ellos quieren) si o a “casa” entendida como Estados Unidos, la casa de todos. Y no regresan a su casa, porque ya se encarga Julia Roberts en el papel de Heidi Bergman de que no lo hagan. Pero me adelanto y no debo. Porque Homecoming es un thriller conspiratorio, en el que se plantea un programa a gran escala de lo que ya hablaba hace muchos años un film estupendo de John Frankenheimer, El mensajero del miedo. La primera temporada se centra en Heidi y uno de los veteranos que vive en esa especie de cárcel de puertas abiertas que es Homecoming, Walter Cruz. La historia se desarrolla en dos planos temporales, diferenciados por el formato: el pasado ocupa toda la pantalla, el presente, cuatro años después, ocupa una parte de la pantalla más pequeña. A medida que nos vamos adentrando en ese mundo atemporal, casi del Show de Truman, donde viven los soldados bajo el control de Heidi, vemos como contraste el  mundo deteriorado y sórdido donde vive la Heidi de cuatro años después. La serie empieza muy alto, engancha, luego se estanca un poco, quizás son demasiados diez episodios, pero en los dos últimos vuelve a tomar altura. Y se cierra. Por eso me sorprendió ver que había una segunda temporada, que, además, empezaba de una manera completamente distinta con personajes distintos y con una situación que nada tenía que ver. O si, porque eso es lo que explica Homecoming dos, en una historia que sucede en pocos días y enlaza con la primera de una manera inesperada. Entre las dos temporadas suman 17 episodios de media hora que se ven casi sin darte cuenta. No creo que pase a la historia de las series de televisión, pero si es sin duda una apuesta interesante para tardes/noches de un verano sofocante. Una advertencia sobre la veracidad de la memoria y los recuerdos. ¿Son nuestros realmente? 

El regalo de esta semana es una foto del sol naciente en la ciudad. El sol siempre regresa, siempre retorna, siempre vuelve. ¡Por suerte!



 

sábado, 27 de julio de 2024

UN BARRIO Y UN PUEBLO

 


(Norberta y Samantha en el Parque del Guinardó)

Norberta, Sonia Escolano, Belén López Albert

Estoy muy contenta con uno de los estrenos de esta semana, Norberta. Si este no fuera un blog personal (e intransferible), no hablaría de la película porque he estado involucrada en su proceso de gestación, aunque de una manera indirecta. Pero aquí me lo puedo permitir y por eso estoy contenta. Norberta es una película pequeña, discreta, divertida, sin ninguna íntención de salvar el mundo. Se ve y se disfruta. Norberta pasa en mi barrio, el Guinardo y El Carmelo. Es una historia simple, de gentes sencillas, de personas normales de mediana edad, jubiladas. Pero Norberta es sobre todo una gran historia de amor. Para mí esa es su principal cualidad. Norberta en realidad ha sido toda su vida Norberto, un hombre felizmente casado con María, con una hija, Natalia madre soltera de Paula. Norberto tiene un grupo de amigos con los que juega a la petanca (en uno de los lugares más emblemáticos del barrio), María tiene un grupo de amigas con las que juega al bingo, Natalia está corriendo todo el día entre varios trabajos, Paula se mueve entre dos amores, un chico y una chica porque es de “género fluido”. Todo muy cotidiano, salvo que Norberto y María se dedican a atracar gasolineras disfrazados y el dinero que roban lo destinan a cuidar a la abuela y repartirlo entre sus amigos. A María le sirve esta vida, a Norberto no. Norberto tiene un deseo, Norberto quiere ser Norberta. Lo que cuenta la película escrita por Sonia Escolano, es su transformación, con la ayuda de una prostituta que es una bellísima persona, y de todos sus amigos y amigas. Pero sobre todo lo que cuenta es su amor por María, porque Norberta solo la quiere a ella y a nadie más. Lo más interesante no es el cambio de Norberto a Norberta, esa es la anécdota. Lo más importante es el cambio de María en su proceso de aceptación de la nueva situación de su vida conyugal. Comprensión, complicidad, amor en definitiva. Todo esto lo cuenta la película con un tono festivo, divertido, tan popular como los personajes y sus fiestas. Nadie quiere dar lecciones de nada, ni reivindicar ninguna opción sexual. Pero, precisamente por eso, acaba siendo mucho más valiente que títulos abiertamente militantes. Norberta habla de precariedad laboral (Natalia) de desconcierto adolescente (Paula), de prostitución (Samantha), de adicción al juego (Rosa), de un ama de casa un poco agobiada (María) y un hombre que quiere ser mujer (Norberto-a). Temas duros si se enumeran así. Pero convertidos en comedia disparatada (Atraco a las tres de José María Forqué no está lejos) llegan mucho más adentro. En fin, se me nota que le tengo cariño a esta película. Ya decidirá cada uno si le gusta o no lo que ha conseguido un maravilloso grupo de actores: Luis Bermejo, un adorable Norberto, una encantadora Norberta, Adriana Ozores, preciosa en su vestido rojo, Mariona Terés como la Natalia que no entiende nada, pero está dispuesta ayudar y la estupenda María Romanillos como una tierna Paula. 

(la filósofa Lea Olczak, encarnación de la dignidad)

¿Quién teme al pueblo de Hitler? Günter Schwaiger

Si con Norberta estoy contenta, con este documental austriaco estoy estremecida. No se ve todos los días un retrato tan nítido de la mezquindad de los que miran para otro lado cuando la situación es insostenible. Todo empezó cuando el documentalista austríaco Günter Schwaiger, que vive en España desde hace más de treinta años, se enteró que el ayuntamiento de Braunau am Inn, un pueblo del norte de Austria cerca de Salzburgo donde él nació, muy cerca de la frontera alemana, decidió expropiar la casa natal de Hitler en 2016. Su hermano vivía allí y decidió ir a verle y averiguar qué pasaba con la casa. Así empezó un trabajo de seguimiento de los distintos destinos que se pensaba dar a la casa durante los cinco años que van del 2018 al 2023. Günter empezó a descubrir que en ese idílico pueblo aun quedan algunos habitantes que glorifican su memoria, pero la mayoría la ha escondida debajo de la alfombra. Una alfombra moral y de vergüenza por el comportamiento de sus habitantes (y de tantos otros) durante las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial. La primera parte del documental sucede en la calle, frente a la casa a la que está prohibido entrar. Cuando por fin Günter consigue entrar en la casa, se da cuenta de la banalidad del espacio, de la vacuidad de sus estancias. Y se sorprende de no sentir el mal. Porque en realidad esa casa es tan banal  como lo era el propio Hitler, sin ninguna personalidad, sin ninguna cosa que la distinga. Es una casa fea que se tenía que haber derruido hace mucho tiempo, a la que el ayuntamiento, tras renunciar a darle un uso social, ha decidió convertir en comisaría de policía. Ironía de la historia, eso es precisamente lo que Hitler quería. Pero es la segunda parte, la que me estremece. Günter nació en Salzburgo en 1965. Sus padres eran niños durante la guerra, ambos formaban parte de las Juventudes Hitlerianas. En esta segunda parte, Günter recupera una grabación de sus padres hecha hece unos años y que no había querido volver a ver hasta ahora. El silencio de sus padres durante años, su falta de sentimiento de culpa (o su ocultación del sentimiento de culpa), son mucho más hirientes en contraste con las declaraciones de una mujer de cien años, perfectamente lúcida, inteligente, la filósofa Lea Olczak, encarnación de la dignidad entonces y ahora. La conclusión del film es doble: Hitler no pudo hacer lo que hizo solo, necesitó el concurso, y sobre todo el apoyo, de muchos alemanes y muchos austríacos; cambiar la fachada a la casa de Hitler no sirve de nada para ocultar su terrible historia. Austria pretende que lo que pasó no iba con ellos, han cambiado su fachada, nada más. Pero hay suficientes síntomas en el mundo (y en Austria, Alemania, Hungría…) para darse cuenta de que las cosas pueden ir a peor muy rápidamente. En ningún conflicto, en ninguna situación histórica se puede mirara a otro lado. El mal está ahí, presente. 

El regalo de esta semana es un cuadro muy bonito de un rincón del barrio de Norberta



sábado, 20 de julio de 2024

AGNÈS VARDA

 


(sin quererlo me ha salido una foto muy Varda, con elementos raros que se mezclan, ¡incluidos mis pies!)

Agnès Varda

Si tuviera que definir esta semana de alguna manera no tendría dudas: ha sido la Semana Agnès Varda. Una inmersión en toda regla en el mundo de una cineasta que adoro, y lo digo en presente aunque hace ya cinco años que murió. La gran exposición que el CCCB ha inaugurado esta semana Agnès Varda, Fotografiar, filmar, reciclar, merece un viaje a Barcelona para sumergirse con ella en sus playas y lugares, en sus rostros y gatos. Cada vez que se habla con una joven directora, cita invariablemente dos referentes: Chantal Akerman y Agnès Varda. Son figuras inviolables en el horizonte de la creación de un universo propio con nombre de mujer. Pero Agnès es mucho más, al menos para mí. Quizás no le interese a nadie, pero mi relación con ella es curiosa. En realidad, la descubrí muy tarde. No tengo conciencia de haber visto su cine en la época. No era solo culpa mía, se estrenaban muy pocos films suyos en España en los años 60. Sé que vi Cleo de 5 a 7 en algún momento sin saber que era de ella, porque me impresionó que contara una historia que de algún modo me afectaba personalmente. Pero como tantos otros y otras, la descubrí de verdad con Sin techo ni ley. Fue una revelación acompañada de regalo: una entrevista bajo un puente con ella y su vagabunda, Sandrine Bonnaire, para el programa de Jaume Figueras Cinema 3. Fue una delicia, Varda estaba encantada. Era una entrevista vardadiana. Creo que esa fue la primera vez que pensé en este adjetivo. Vardadiano. La volví a entrevistar en otro contexto distinto, un Berlín invernal y nevado donde presentaba el díptico Kung Fu Master y Jane B par Agnès V, las dos con Jane Birkin. Estábamos en un hotel, no recuerdo cual, pero la entrevista tampoco fue muy convencional, la hicimos en la cafetería mientras tomaban un café. Jaume Figueras siempre fue muy vardadiano y buscaba espacios especiales para cada entrevista. En ese momento, 1988, yo ya era una conversa al mundo Varda. Cuando se estrenó Los espigadores y la espigadora, en el año 2000, pensé que aquel film era un antes y un después en su filmografía. Pocos años más tarde, en las clases que daba en la ESCAC, era una de las películas fijas del curso: les dejaba atónitos. Los alumnos de 20 o 22 años no habían visto antes esa libertad de hacer y de decir. Fue precioso leer sus críticas. Desde entonces sus films me han acompañado, o yo a ellos, hasta el último Varda por Agnès. En estos cinco años, su nombre era recurrente en conversaciones, en artículos, pero esta semana, gracias a la exposición Agnès Varda, Fotografiar, filmar, reciclar y al ciclo Agnès Varda Esencial que le dedica la Filmoteca de Catalunya con 17 películas “esenciales” (y desconocidas casi todas) Agnès Varda vuelve a primera página. Una de las cosas que he descubierto con esta exposición es como Varda cambió muy poco físicamente. Se hizo mayor, claro, se fue encogiendo, claro, pero conservó de las primeras fotos de los veinte años la luz en los ojos y el peinado casco tan característico hasta ser una seña de identidad. Es sorprendente como alguien que fue capaz de transitar setenta años de historia del cine y del mundo, de envejecer delante de nuestros ojos, de cambiar de registros, de tono, de instrumentos, consiguió mantener su imagen casi invariable. Otras de las cosas que me ha enseñado esta muestra son sus instalaciones. Siempre estuvo innovando, buscando, creando lenguaje y por eso no tuvo reparo en montar tres instalaciones que iluminan la última parte de su vida. El CCCB es este verano un refugio climático y un refugio humano. Si se quedan en la ciudad, o vienen de visita, aprovechen las horas de calor para esconderse en sus salas y caminar de la mano de Agnès.

Vardadiano No soy la única que utiliza esta palabra para definir una situación cotidiana pero con alguna cosa especial. Quizás sea esta la mejor manera de explicarlo: lo vardadiano es todo lo que vemos, hacemos y decimos todos los días, pero con una dosis de azar, de inesperado, algo que hace que eso tan normal pase a ser algo único. Por ejemplo, en la parada del autobús, bajo un sol de justicia, yo estaba sentada en una esquinita del banco con un poco de sombra. Llegó una adolescente con pantalones cortos, se sentó a mi lado y pegó un brinco vardadiano: el banco ardía. Eso propicio que nos pusiéramos a hablar. Sin ese brinco, seguramente nunca habríamos cambiado ni una palabra.

 

EL RINCÓN DE LAS SERIES



El simpatizante de Park Chan-wook HBO y Movistar+

Llegué a esta serie por descarte, como tantas otras. Empiezas una y te das cuenta que no te interesa, empiezas otra y piensas, esto ya lo he visto. Y vas probando, es la única manera (aparte de las recomendaciones que te puedan hacer). El simpatizante no me decía gran cosa. En Filmaffinity se puede leer: “Miniserie de TV (2024). 7 episodios. Un thriller de espionaje y una sátira intercultural sobre las luchas de un espía comunista mitad francés, mitad vietnamita durante los últimos días de la Guerra de Vietnam y su exilio resultante en los Estados Unidos. Adaptación de la novela ganadora del Pulitzer.” Como mínimo era una sinopsis distinta., pero lo que me acabó de decidir es que estaba dirigida por el coreano Par Chan-wook, uno de los más interesantes directores de los últimos años. Y empecé a verla. Y me enganché. No solo a su historia, que también (en algunos momentos parece el contraplano mordaz de Apocalipsis Now), me enganché al tono de la narración, al humor soterrado y la ironía que destila, al hecho de que no hay personajes buenos ni malos, a la inocencia y la ingenuidad del protagonista, a los cambios de ritmo en el lenguaje, a la aparición deslumbrante de Sandra Oh… podría seguir mucho más. La serie es, además, un auténtico festival Robert Downey Jr, productor pero sobre todo multiactor asumiendo cuatro personajes dispares y disparatados. Aviso, si no les gusta este actor, abstenerse. Aunque, lo mejor es que la vean. Enseguida se darán cuenta si es una serie de “las suyas” o no lo es. En todo caso, es una rareza estupenda. 

El regalo de esta semana está dedicado a Agnès Varda. La Negrita en una actitud vardadiana.



sábado, 13 de julio de 2024

PLACERES

Los cines veraniegos han encontrado el gusto a los estrenos seriados: la semana pasada hablaba de los tres Kieslowskis. Esta toca hablar de los dos Hong Sang-soo que estrena la distribuidora Atalante. Parece que la costumbre que las plataformas están creando en el consumo de sus productos, se extienda a las salas de cine con un capítulo semanal.

Nuestro día, In Water, Hong Sang-soo

Nuestro día se estrenó el 12 de julio; In Water se estrena el próximo 17 de julio. Son las dos última películas del director coreano. La primera se presentó en La Quincena de Cineastas de Cannes, la segunda en el Festival de Berlín. Ahora, su estreno casi simultáneo, permite verlas juntas. Un chute de Sang-soo en toda regla. Advierto de entrada que mi recomendación (y devoción) por Sang-soo, no es en absoluto exportable. El director coreano o gusta o no gusta. Pero nada de lo que se diga hará cambiar de opinión a los que lo adoran y a los que lo odian. A mí siempre me ha gustado. Y en estas dos películas me convenzo de que soy una adepta a la secta sangsooniana.

Nuestro día es un díptico protagonizado por tres personajes cada uno: en uno, encontramos a una actriz que ha vuelto a Seúl y vive en casa de una amiga suya y su hermoso y gordo gato. El tercer personaje es su prima, una joven que quiere ser actriz y va a verla a la casa. En el segundo fragmento, un viejo poeta comparte con una joven cineasta su día a día en un documental que ella está filmando en su casa. El tercer personaje en este caso es un joven que viene a visitar al poeta porque le quiere preguntar algo importante. Alrededor de estas dos situaciones, sin salir nunca de los espacios interiores,  sentados casi siempre entorno a una mesa de comida y bebida, los protagonistas hablan de la vida, de la muerte, del arte, de la responsabilidad, del amor, de la sinceridad. En la primera, el gato es el centro emocional; en la segunda, una guitarra es el objeto que canaliza las relaciones.

In Water, es un poco distinta. Primero es más corta, apenas 61 minutos. Segundo, los protagonistas son dos chicos y una chica. Están en un pueblo de la costa, en la paradisiaca isla de Jeou, preparando el rodaje de un corto. Uno de los chicos es el director, el otro el cámara, ella es la actriz. Los tres hablan, comen, beben y se pasean por la costa. El futuro director busca la inspiración mientras los otros le siguen dócilmente. Su bloqueo creativo se rompe cuando ve a una mujer en la playa. Esa imagen y el recuerdo de una canción que compuso hace años, provocan que el corto se haga realidad.

La descripción de lo que cuentan las películas de Hong Sang-soo es siempre muy pobre. Es muy difícil transmitir la sensación de cotidianidad extraordinaria que destilan sus imágenes. Planos fijos que respiran con los actores, con el gato, con las plantas. Su cine no es minimal, es mínimo. Y sin embargo, es de una pureza y una transparencia que te acaricia. Creo que eso es lo que más me gusta de este director único.

 


Los tonos mayores, de Ingrid Pokropek

Ha sido una sorpresa encontrarme este estreno inesperado. Una película argentina, debut como directora de Ingrid Pokropek, de la que no sabía absolutamente nada. Empecé a ver la película sin ninguna esperanza. Y poco a poco, me fue enganchando la historia de Ana, una adolescente de 14 años con una placa metálica en un brazo que empieza a sentir unos extraños latidos. Su mejor amiga los traduce en notas musicales y compone una canción La canción del latido, pero Ana quiere saber más, quiere saber quién y por qué le manda esas extrañas señales. Es invierno en Buenos Aires, el cielo es gris, el mundo es oscuro, nocturno, inquietante, misterioso. Ana deambula solitaria por las calles de la ciudad, se aleja de sus amigos, de su padre. Busca. Los tonos mayores es una película envolvente, pequeña y honesta, sabe jugar sus bazas sin afectación. Es un coming of age contado desde un punto de vista muy original. Mientras la veía, pensaba en Trenque Lauquen, el estupendo film de Laura Citarella con el que sentía que estos tonos tenían algo que ver. Fue después, buscando información sobre la directora cuando descubrí que Ingrid trabajaba en El Pampero y había sido una de las productoras de Trenque Lauquen. El círculo se cerraba perfectamente dejando claro que hay en Argentina un caldo de cultivo de nuevas miradas. A pesar de la crisis, o precisamente por culpa de la crisis, está naciendo una nueva ola de cineastas imprescindibles.

 

EL RINCÓN DE LA EXPOSICIÓN

 

El tiempo se detiene, Sarah Moon Fundación Foto Colectania

Me gusta la sección La Contra de La Vanguardia. No siempre la leo, pero siempre la miro. Allí he descubierto figuras (sobre todo de ciencia) muy estimulantes que han despertado mi curiosidad. Una de ellas apareció en La Contra del 10 de julio firmada por Imma Sanchís. Era la fotógrafa francesa de 83 años Sarah Moon. Confieso que no sabía nada de ella, aunque en su presentación la periodista destacaba su trabajo como cineasta. Lo que decía esta mujer con una larga vida detrás, me llamó la atención y vi que el motivo de La Contra era porque se había inaugurado una exposición de sus fotografías en la Fundación Foto Colectania, un espacio expositivo dedicado a la fotografía en el que nunca había estado. Una prueba más de lo compartimentadas y dirigidas que están nuestras vidas, arrastrados por lo que nos afecta profesionalmente o personalmente. Reconozco que si no hubiera sido por las palabras de Imma Sanchis: “A partir de los ochenta abandonó los trabajos comerciales y se dedicó a la fotografía artística y al cine, siempre misterioso y onírico”, quizás no habría ido a ver la exposición. Pero por suerte, me quité la pereza de encima y fui. Y me maravilló la belleza de sus fotos, la capacidad alquímica de transformar una imagen en otra cosa. Su mirada a los animales, el elefante, la jirafa, a los paisajes, ¡esas palmeras!, sus retratos femeninos, muchos de ellos compañeras suyas en la pasarela de modelos donde ella trabajó muchos años. Y su cine, onírico, poético, fantástico y al mismo tiempo casi tangible. En la exposición se pueden ver tres películas suyas junto a un conjunto de fotos expresamente seleccionadas por la autora. A sus 83 años, Sarah Moon nos regala un mundo de imágenes. Vale la pena detenerse en ellas, ver como El tiempo de detiene. La exposición estará en Barcelona hasta diciembre. Si pueden, no dejen de ir a verla y si no viven en Barcelona, busquen sus fotos en Internet.

El regalo de esta semana estaba cantado desde que vi Nuestro día.