viernes, 28 de febrero de 2025

INTENSOS

 


(el primer disco de Bob Dylan que me compré)

A Complete  Unknown, James Mangold

Siempre me ha gustado Bob Dylan, sus clásicos Mr Tambourine Man, Blowing in the Wind, acompañaron mi adolescencia como fieles amigos. Más tarde le perdí un poco la pista (culpa mía, no de él) y lo volví a recuperar en el magnífico film de Scorsese, El último vals. Desde entonces lo he seguido escuchando, el joven Dylan se ha hecho viejo al mismo tiempo que yo, pero sigue ahí, inspirando films, inspirando músicas. En el 2007, Todd Haynes hizo una curiosa y muy interesante aproximación a Dylan en el experimento I’n Not There, donde seis interpretes (entre ellos Cate Blanchet) asumían la representación de Dylan en distintos momentos de su vida. Pero los documentales definitivos sobre Dylan los ha realizado Scorsese, uno en el 2005 No Direction Home: Bob Dylan - A Martin Scorsese Picture, donde retrata los primeros años de Dylan en Nueva York; el otro en el 2019, centrado en la gira de 1975, Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story by Martin Scorsese. Todo esto me sirve para explicar que iba a ver A Complete Unknown con una mezcla de ganas y temor. Ganas por escuchar y ver como miraban al joven Dylan, temor por si caían en todos los tópicos. Ambas cosas se cumplieron.  Los que conocen a James Mangold por sus últimos trabajos, Lobezno, Logan, la nueva Indiana Jones, pueden sentirse sorprendidos de ver su nombre en este biopic del exquisito Bon Dylan. Pero los que recuerden que hace veinte años hizo En la cuerda floja, un biopic de otro gran cantante, Johnny Cash, entenderán que le escogieran como realizador de este film que sigue a Dylan en sus cinco primeros años de cantante folk.  Aunque solo se limita a estos cinco años, el film de Mangold es un auténtico biopic con todo lo que esto significa de bueno y de malo. El protagonista absoluto es Dylan, los demás personajes están ahí para su servicio, desde Woody Guthrie, Pete Seeguer hasta Joan Baez y The Band. El guion es completamente convencional, casi rutinario, con muy pocos destellos de la genialidad del cantante de Minnesota. Los momentos escogidos son conocidos por todos aquellos que hayan seguido a Dylan alguna vez. En ese sentido es un film que se ve fácilmente. En cuanto al propio Dylan, no sé si la elección de Timothée Chalamet es la mejor que había. Yo no puedo dejar de ver al actor en el personaje, de manera que es a Timothé al que tengo delante y no a Dylan. Consciente de esto, quizás, Chalamet carga de una intensidad sesuda y un poco desagradable al personaje de Dylan. Que no era un dechado de alegría y que se caracterizaba por sus desplantes y prepotencia, es algo conocido, pero en una película que quiere contar sus inicios como un completo desconocido, esta intensidad está un poco fuera de lugar. Hace unos días hablando de María de Pablo Larrain, decía que era un buen retrato porque no se parecía, pero era. En este caso, a lo mejor se parece, pero no es, Dylan. De todos modos, bienvenida sea la película si permite que nuevas generaciones descubran quien fue este poeta de 83 años que sigue haciendo giras presenciales con su voz cascada y su inseparable armónica.  Si quieren conocer de verdad a Dylan (no a Timothée) en Filmin pueden ver No Direction Home: Bob Dylan - A Martin Scorsese Picture y en Netflix Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story by Martin Scorsese.

 



Mi única familia, Mike Leigh

Hace exactamente 30 años (o casi), vi una película de Mike Leigh que me impresionó, se llamaba Secretos y mentiras. Aunque el director llevaba mucho tiempo haciendo televisión, este era su segundo film. En Secretos y mentiras había un personaje muy potente, Hortense, una joven negra que al morir sus padres adoptivos intenta encontrar a su madre biológica. Esa fue la primera vez que vi a  Marianne Jean-Baptiste, entonces una joven actriz de color, guapa y con una gran presencia. Mi única familia se titula en versión original Hard Truths, es decir Verdades duras y en ella me he reencontrado con Marianne Jean-Baptiste, en lo que se puede ver como una especie de continuación de los secretos y mentiras devenidos en verdades insoportables. En realidad esto lo pienso, pero nada en el film da pie a creerlo. De hecho la Pansy de esta familia negra, de clase obrera baja que vive en los suburbios de Londres, no tiene nada que ver con la Hortense de  la otra. A no ser que pensemos que las cosas le han  ido francamente mal. Esta entrada la he colocado bajo la palabra Intenso y desde luego el film de Leigh lo es,  tan intenso como doloroso, porque no es fácil hacer el retrato de una patología, una depresión profunda y violenta, y no caer en ningún tópico del género, al contrario, mostrarla con una mirada que intenta comprenderla, incluso dando cabida al humor o las situaciones que hacen sonreír a pesar de su dureza. Pansy es una mujer de mediana edad, aburrida, deprimida, violenta, enfadada con todos y con todo. Es una mujer que está mal en el mundo y cree, está convencida, que todos se conjuran contra ella, todos la odian. Tiene un marido apocado que no sabe cómo afrontarla y comprenderla, un hijo gordo que solo pasea y come y a los 22 años es incapaz de hacer nada; y una hermana que es todo lo contrario de ella. Chantelle es su única familia y la única que intenta estar a su lado. Pero Pansy no lo pone fácil. La película es como una tetera que va subiendo el calor poco a poco mientras Pansy se pelea, grita, maltrata a todo el mundo, hasta que la tetera empieza a soltar vapor y en ese vapor, Pansy puede llorar y callar. El último tercio del film Pansy está callada. Y no sabes que produce más dolor si la Pansy gritona o la Pansy callada. Esta historia en manos de un director de melodramas sería un dramón, en manos de alguien como Ken Loach, sería una denuncia de la sociedad. En manos de Mike Leigh, es un film seco, cortante, duro, con rasgos de humor y de ironía, del que no puedes desprenderte porque de alguna manera, toca las fibras más sensibles del ser humano. Y porque, en definitiva, como dice el propio Mike Leigh: “Todos tenemos a alguien en la familia que siempre está de mala leche”.

 


De Donald a Donald

Esta mañana (escribo esto el miércoles 26 de febrero) mientras iba en el metro, me ha venido una imagen a la cabeza: El Pato Donald. Donald, Mickey, Daisy, Minnie, Goofie, pero también, Bugs Bunny y Elmer, o La pequeña Lulú, forman parte de mi educación infantil. Creo que aprendí a leer con los tebeos de Novaro que devoraba cada semana. Pero no era ese recuerdo el que me ha asaltado esta mañana. Ha sido otra cosa que solo he podido apreciar ahora, desde el presente. De repente he pensado que si el ratón Mickey era un personaje atento, educado, siempre pensando en los demás, y en cambio el pato Donald era un personaje irritable, maleducado y egoísta, era porque Disney de alguna manera había querido mostrar las dos Américas. Mickey era demócrata, Donald era republicano. Supongo que esta teoría puede hacer partirse de risa a mucha gente, pero la verdad es que hay algo de eso. El comportamiento de Donald y también de su rico Tio MacPato (o Tío Gilito en España) y de su presuntuoso primo, el ganso Narciso Bello, representan lo peor de la sociedad norteamericana. Donald siempre está sufriendo las trastadas de su tres traviesos sobrinos, pero su principal enemigo son las ardillas Chip y Dale, capaces de sacarle de sus casillas continuamente. Cuando Donald se enfada de verdad su blanca cara de pato de pone naranja y luego roja. Yo quería mucho a Donald, más que a Mickey, porque me parecía más divertido un personaje imperfecto y que siempre sale perdiendo. Además Donald era simpático y entrañable cuando quería. Lamentablemente no puedo decir lo mismo del Donald de nuestros días, tan rojo y naranja como el pato al que ha robado su nombre, pero que carece por completo de esa pizca de ternura que tenía el Donald de la chaqueta azul. Otra cosa que le ha robado el Donald de hoy al de ayer, su chaqueta azul. Y su mala leche, y su malhumor y su casi incomprensible manera de hablar Pero su necesidad de ser el único que manda en el mundo, de mandar sobre todos, eso es propiedad exclusiva del Donald naranja, no de mi pato Donald. Aun no he perdido la esperanza de que este Donald encuentre sus Chip y Dale que le hagan todas las trastadas posibles En cuanto a Tío Gilito y Narciso Bello, los ha condensado a los dos en uno solo, Elon Musk.

El regalo de esta semana es para bajar la intensidad



 

sábado, 22 de febrero de 2025

MUJERES QUE ARDEN

Esta semana se estrenan once películas. De esas once, algunas son importantes (pero no me interesan); otras son malas, y hay un tercer grupo que, simplemente, no conozco. Pero si hay dos que me llaman la atención. Mas una que otra, pero las dos están bastante por encima del resto de propuestas. Al menos bajo mi criterio.

 


Memorias de un cuerpo que arde, Antonella Sudasassi Furniss

Hace un par de años escribí de una película de Costa Rica que se llamaba El despertar de las hormigas. Me había gustado mucho, pero no había vuelto a saber nada de su directora hasta ahora. Hasta que me tropecé con un cartel que me llamó inmediatamente la atención. Una mujer mayor, desnuda, de espaldas, con el cabello gris flotando en llamas sobre un fondo azul. Supongo que lo que más me gustó fue la combinación de colores naranja y azul,  pero también el título: Memorias de un cuerpo que arde. Sin verla aún, pensé que se podría llamar Memorias de una mujer en llamas, como homenaje a Retrato de una mujer en llamas de Céline Sciamma. Luego, cuando la vi y descubrí que era de la misma directora que las hormigas, fui consciente que era mejor la idea de arder que la de la llama. Una llama se consume, se apaga, un cuerpo que arde es permanente, el ardor dura toda la vida. Y de eso va esta interesante película, de cómo el cuerpo arde a pesar del tiempo. Arde de deseo, arde de sexo. ¿Cómo contar esta historia  de un grupo de mujeres mayores, entre 60 y 80 años, que relatan con sinceridad su vida entera, desde que empezó a arder su cuerpo con los primeros amores infantiles hasta ahora mismo en que son adultas, o mejor dicho viejas, con deseos que no quieren reprimir? Antonella gravó sus voces respetando el anonimato visual: no había que verlas. Pero ¿entonces? Ahí entra la imaginación y el recurso a un mecanismo de juego entre lenguajes. El relato hablado de estas mujeres es la columna vertebral; el cuerpo lo pone una actriz que asume el rol de representarlas en un decorado; y hay un grupo de actores que se cruzan con ella en los distintos momentos de su vida. Con todos ellos se crea un Pentimento, un cuadro nuevo, una realidad nueva hecha de las voces, la imagen y la representación. El mecanismo funciona, y el juego se mantiene sin decaer en todo el metraje de  la película. Porque Memorias de un cuerpo que arde no es un documental, ni es una ficción, ni es un docudrama: es una película sobre la vida de Una y Muchas mujeres. Muchas porque en realidad, cualquier mujer puede reconocerse en ese relato vital. Ahora me doy cuenta, de que en el fondo, también es el retrato de una mujer en llamas. Una recomendación, fíjense en la última secuencia justo antes de los créditos. Vale la pena disfrutarla en toda su belleza.

 


La última reina Karim Aïnouz

En realidad esta no es la historia de una última reina, más bien el título debería ser La primera reina. Porque aunque Catalina Parr fue la sexta y última esposa del Enrique VIII, en realidad fue la primera en reinar con auténtico poder, la que abrió el camino para que Isabel I se convirtiera en la soberana más poderosa del mundo en el  siglo XVI y XVII. Catalina Parr es la protagonista de esta historia centrada en los tres meses que pasó Enrique VIII en Francia, y el tiempo que vivió en el castillo cuando volvió, enfermo de una ulcera en la pierna que le impedía caminar, pero no le impedía seguir mandando de una manera absoluta y sin control. Conocemos a Catalina en el momento en que flirtea con las nuevas ideas del protestantismo luterano, considerado una herejía en la Inglaterra de Enrique VIII, mientras educa a sus hijastros Isabel y Eduardo y se enfrenta al poder de la iglesia anglicana que ya ha roto con Roma y reconoce al Rey como su cabeza visible. La política, la religión, la traición, el amor, se entrecruzan en ese palacio lleno de sombras murmuradoras. Pero todo esto no es más que lo que se cuenta, cómo se cuenta es quizás lo más interesante. En todo caso porque su director, Karim Aïnouz, es un brasileño sin raigambre en Inglaterra lo que le permite acercase a los personajes como si fueran nuevos para él, sin el peso de la historia aprendida desde pequeño. Su reina Catalina en los rasgos de Alicia Vikander, es poderosa, moderna, inteligente, sí, pero también sabe ser furtiva y manipuladora. Enrique VIII encarnado por un Jude Law desconocido, es tan frágil como terrible, tan vulnerable en su podredumbre física (a veces sientes que lo hueles y arrugas la nariz) como malvado en su podredumbre moral. El oscuro castillo donde se ha refugiado la corte huyendo de la peste de Londres, es un laberinto de salas y estancias en los que todo el mundo susurra, conspira, miente. Karim Aïnouz consigue hacer un relato shakesperiano sin parecerse a Shakespeare. Quizás eso se deba al origen literario de la novela de Elizabeth Fremantle publicada en el 2013 con el título de Queen’s Gambit  y revisada con motivo de la adaptación al cine en el 2024. Sin ser una película que dejará un poso en la historia (del cine), esta última reina es un film que se disfruta, pasando del terror gótico (o pre isabelino), a la reivindicación feminista tamizada por la época que, como es habitual en el cine británico, cuenta con una ambientación y una fotografía espectaculares. 

El regalo de esta semana es el retrato de una mujer naranja y azul




 

 

 

 

 

sábado, 15 de febrero de 2025

DOS ESTRENOS Y UNA REFLEXIÓN

 


Vermiglio, Maura Delpero

He de confesar mi confusión antes que nada: estaba convencida que la película de Maura Delpero pasaba a finales de la Primera Guerra Mundial. Seguramente esta idea surgía de una acierta atemporalidad en el film, en lo que respecta a vestuario, ambientación, formas de vida en ese pequeño pueblo de montaña alejado del mundo donde se esconde un soldado desertor. Pero también se me sobreponían a sus imágenes las del impresionante y clásico film de Ermanno Olmi, El árbol de los zuecos, ambientado a finales del XIX en el campo lombardo, junto con la enorme modernidad del film de Robert Rossellini Paisà, rodado en 1946 en pequeños pueblos italianos recién liberados. Todo contribuyó a mi confusión hasta que una buena amiga me envió la información de la productora (que yo no había leído) en la que se dejaba muy claro que la película pasaba a finales de la Segunda Guerra Mundial, es decir, al mismo tiempo que Paisà y muy lejos de El árbol de los zuecos. Todo esto me ha hecho pensar mucho en el poder del cine y en el poder de la propia memoria. El cine tiene el poder de evocar tiempos pasados desde el presente, es decir, modelándolos a su propio tiempo. Es lo que ha hecho la joven directora italiana con Vermiglio, una historia que en realidad no tiene tiempo, porque lo que les pasa a esta familia en esa pequeña comunidad rural podría pasar en cualquier lugar de Europa después de cualquiera de las muchas guerras que ha sufrido. En realidad, que suceda en los estertores de la segunda guerra mundial da igual porque lo que hace interesante y hermosa esta película, es la historia de sus mujeres. De las tres hermanas, Lucía, Ada y Flavia, las tres con una potente carga metafórica. Lucía, la mayor, es, según Maura Delpero, “La primera en abrir las puertas a una nueva sociedad y tiene la responsabilidad de la mayor trama que subyace en la historia: la transición del conflicto a la reconstrucción, del mundo antiguo al moderno, del campo a la ciudad, de la colectividad al individualismo”. Ada, la mediana, es la más olvidada de las tres, Ada es todo aquello que no vemos pero necesitamos, Ada es el espíritu y al mismo tiempo es la raíz en la tierra. Flavia, la pequeña, es la inteligencia, la curiosidad, el futuro ya sin ataduras. Entre las tres crean una nueva sociedad, de la que su madre, Adela, está excluida y en la que la rebelde Virginia aun no tiene cabida. Delpero reconoce como influencia en su cine a Ermanno Olmi (eso me consuela un poco) en su realismo no realista de un mundo campesino que ya no existe. Pero sobre todo reivindica a su padre, nacido en ese Vermiglio del film donde se rodó la película desde el mes de agosto a diciembre del 2023, como la auténtica inspiración de la historia. Su padre, de la misma edad de Olmi,  podía ser ese Pietrin descarado y divertido que es el primero en acercarse al soldado desertor. Vermiglio es en palabras de su directora, “un paisaje del alma que vive dentro de mí, en el umbral del inconsciente, un acto de amor por mi padre, su familia y su pequeño pueblo. Al atravesar un período personal, quiero rendir homenaje a una memoria colectiva.”. Un paisaje de una gran belleza, silencioso, sutil; una luz tamizada; el ritmo de la naturaleza; tres rostros de mujeres compartiendo una misma cama y muchos secretos. Un film precioso.

(si alguien tiene curiosidad y ganas, en Filmin se pueden ver El árbol de los zuecos de Ermanno Olmi y Paisà de Roberto Rossellini)

 


La tutoría, Halfdan Ullmann Tondel

En realidad este film noruego se llama Armand, un título mucho más representativo de lo que nos cuenta. Pero antes de hablar de Armand, de la ausencia de Armand, dos apuntes sobre el director, porque no se lleva el apellido Ullmann siendo sueco sin despertar alguna curiosidad. Halfdan es hijo de Linn Ullman que a su vez es hija de Ingmar Bergman y Liv Ullmann. !Uf! Menudo peso sobre los hombros de este joven realizador que ha decidido arriesgarse en el mismo terreno donde sus ilustres abuelos son figuras intocables. ¿Cómo ser fiel a esa herencia y al mismo tiempo aportar algo nuevo, personal, propio? Difícil planteamiento al que se ha enfrentado en su primer largometraje recompensado con la Cámara de Oro del Festival de Cannes del 2024. Armand es una película muy controlada. Un único escenario, la escuela, pocos personajes, los padres y los maestros y una situación insostenible. Todo gira en torno a Armand, un niño de seis años al que un compañero, Jon, acusa de haberle hecho insinuaciones y haberle agredido verbalmente e incluso físicamente. Nunca veremos a los niños (como en Un Dios Salvaje), todo pasa a través de los padres. Mejor dicho las madres y el padre de uno de ellos. Porque Armand es hijo de una célebre actriz y su padre ha muerto, mientras que Jon es hijo de un joven y muy convencional matrimonio. La escuela convoca a los tres a un reunión en la que estarán presentes una joven y un tanto ingenia profesora, la enfermera del centro a la que no para de salirle sangre de la nariz y el pusilánime director del colegio. Más de la mitad de la película sucede entre la clase donde se reúnen los padres y los maestros y los pasillos y escaleras de la escuela que funcionan como una inmensa jaula de hámsteres en la que unos y otros suben, bajan, se esconden en salas vacías, se encuentran y se desencuentran. La sombra de Bergman es muy alargada en esta primera mitad sin que por ello se sienta pesada o impostada. Son personajes que a Bergman le habrían gustado. Pero en la segunda mitad, parece que el nieto sea consciente de que se está pareciendo demasiado a su abuelo y decide marcar territorio introduciendo unos números musicales de danza contemporánea que la verdad no acaban de funcionar. Yo creo que no hacían ninguna falta. A mí me encantan las películas en las que de repente se ponen a cantar o a bailar, pero tiene que responder a algo. Y aquí no responde a nada. Es algo arbitrario. A pesar de esta pega que yo le pongo, y que otros pueden considerar estupenda, el film del último de la saga Ullmann/Bergman me parece importante y muy interesante. Como en La calumnia de William Wyler, no somos conscientes del mal que un niño puede hacer diciendo una simple mentira.

Y hablando de males y mentiras

No voy a entrar en las polémicas sobre Karla Sofía Gascón. Pero si quiero dejar claro lo que pienso de las redes sociales. Es el mejor caldo de cultivo de la manipulación, cualquier manipulación. Es la herramienta de control que Goebbels hubiera deseado tener a mano y que, por desgracia, tienen a mano todos los poderosos encargados de construir relatos, ya sean de una ideología o de otra, creando estados de opinión entre una audiencia cautiva y muy poco formada. Creo que las redes sociales son la mayor desgracia que ha ocurrido este siglo (y mira que llevamos unas cuantas). Es un Gran Hermano orwelliamo a nivel planetario.

El regalo de esta semana no tiene nada que ver con las películas, pero es un dibujo que me gusta mucho y me tranquiliza.



 

 

sábado, 8 de febrero de 2025

UNA DIVA Y DOS RAREZAS

 


La diva: María, Pablo Larraín

No soy una gran entendida en opera, pero La Callas me gusta. No sé gran cosa de su vida, (Onassis aparte), pero no me importa. Tampoco sé gran cosa de ella después de ver el misterioso film que ha construido Pablo Larráin. María se puede considerar el tercero de sus grandes retratos de mujeres célebres. Primero fue Jackie, luego Spencer y ahora María, La Callas. Hablo de retrato y no de biografía, porque estas tres películas no cuentan la historia de estas mujeres, la evocan, la reescriben desde la mirada del cineasta. Estos tres esbozos en profundidad de Larraín me recuerdan los retratos de Ramon. Nunca son iguales al modelo, pero todas las modelos se han reconocido en ellos, han sentido algo intimo, escondido, algo que a veces ni ellas mismas sabían que tenían, En el catálogo de la exposición del 2006 en la Fundación Vilacasas, una exposición solo de retratos,  Marga Perera escribió un texto que describe muy bien el trabajo del pintor:

“... La atmósfera que respiran sus modelos es la propia realidad del cuadro, un espacio donde aparentemente, sólo aparentemente, no hay referentes: la modelo es la protagonista y a partir de ella Herreros va construyendo el entorno, creando un fondo de color puramente pictórico, un fondo que le pertenece de manera íntima porque, en realidad, evoca todo el mundo de su época abstracta, dando así unidad a toda su trayectoria. Y en estos cuadros, con estas figuras y estos fondos coloreados, es dónde aparece la historia moral y física del taller, y por tanto del pintor...”

Podríamos decir lo mismo de los retratos de Larraín que son en sí mismos, más allá de la figura que representan. Larraín se fija en un tiempo muy preciso, unos días concretos en la vida de sus mujeres retratadas y las aísla del mundo, las pinta, las construye. En el caso de María Callas, es la última semana de su vida en un París fantasmagórico en el que la diva concede una última entrevista al pintor, al narrador, al cineasta, a si misma, mientras deambula por una casa/marco en el que hay dos figuras imprescindibles: el mayordomo y la sirvienta, sin las cuales, como si fueran los elementos que acompañan y complementan el retrato, no se entendería el conjunto. No quiero acabar este texto sin citar el excelente trabajo de Angelina Jolie metida en la piel de esa mujer inacabada. Angelina no se parece a la Callas, pero ES la Callas, como los retratos de Ramon no se parecen a sus modelos, pero SON sus modelos.

 


Rareza 1 Following Christopher Nolan

No tengo ni idea de a quién se le ha ocurrido estrenar ahora esta película, la primera que dirigió Christopher Nolan en 1998. Un film de 70 minutos en blanco y negro, rodado en 16 mm durante los fines de semana con un coste declarado de 6.000 dólares. No creo que se llegara a estrenar nunca. Pero si los que descubrimos Memento dos años después hubiéramos visto Following, la habríamos entendido mucho mejor. Porque Memento ya está en este film extraño y fascinante. Hay, además, algo que a mi particularmente me gusta mucho. La idea de seguir a un desconocido por la calle simplemente para saber dónde va, imaginar su vida, es algo que me habría gustado hacer alguna vez. Lo de seguir a la gente no lo he hecho por cobarde, pero lo de imaginar vidas me gusta mucho, sobre todo en un viaje largo en tren o mientras espero en un aeropuerto. Por eso, el punto de partida de Following me encantó. Un hombre joven de pelo corto y con un traje, le cuenta a un hombre mayor una historia. Es escritor y en una de las crisis creativas, decidió seguir a la gente por la calle de una manera aleatoria. Por una serie de circunstancias, acaba por entablar una relación con dos de sus seguidos, un hombre y una mujer. La narración no es lineal, (por eso digo lo de Memento) avanza y retrocede y la única pista que tenemos para seguirla es la forma de vestir del escritor, mas andrajoso y dejado a veces, bien vestido otros, a veces con la cara dañada por una paliza. Poco a poco descubrimos la historia de un engaño y de una traición que se sigue como se sigue un camino, porque queremos saber donde nos lleva. Following es un gran debut y ya anuncia al enorme director de títulos como Origen o Interstellar.

 


Rareza 2 Bodegón con fantasmas de Enrique Buleo

Esta rareza es muy distinta. Es una rareza manchega. Viéndola, me vienen a la cabeza algunos films “rurales/fantásticos” del cine español con el que se podría hacer un ciclo estupendo y sorprendente. Espíritu sagrado de Chema García Ibarra, Destello bravío de Ainhoa Rodríguez, Tierra de nuestras madres, de Liz Lobato. Pero la película que se evoca en este cuento manchego de fantasmas es Finisterrae de Sergio Caballero. Júntenlo todo, agreguen unas gotas de Kaurismaki, y el Bodegón está servido. Los cinco elementos del bodegón son cinco historias que suceden todas en el mismo pueblo de la Mancha, impersonal, aburrido, feo. Todos se conocen, los vivos y los muertos. Es a ese pueblo donde vuelven los fantasmas: un padre que quiere cumplir un deseo, dos fantasmas expulsados del limbo por que el Vaticano lo ha suprimido, un fantasma verde y juguetón. Hay dos historias de fantasmas sin presencia. La cámara encuadra ese espacio convirtiéndolo en cuadros de tienda de muebles. Y la gente camina por su calle principal sin saber bien a donde van. Hay arquitecturas con palillos, champiñones, botellas de Palinka (bebida alcohólica rumana, muñecos que hablan. Y soledad, mucha soledad. Y humor muy negro y subterráneo. Bodegón con fantasmas mezcla el esperpento y el costumbrismo heredero de El extraño viaje con unas historias minimalistas sobre esos pueblos olvidados en los que nunca se detiene nadie. Para acabar, me he acordado de unas palabras de Chema García Ibarra, director de Espíritu sagrado, que creo resumen muy bien este tipo de cine único en el mundo: “Me gusta el contraste entre drama y comedia y entre fantasía y realismo. Me gusta el humor a la vez negro y tierno. Me gusta explorar la belleza de lo que el cine suele marginar”.

El regalo de esta semana es un bodegón. Los fantasmas los ponemos cada uno



 

viernes, 31 de enero de 2025

ENCERRADOS

 

Entre las cuatro películas que me parecen más interesantes de este fin de semana no hay un nexo común aparente. Pero sí un poco más oculto. Las cuatro son historias de encierros. En una sala de control de una TV, en una masía en medio del campo, en una casa señorial y en uno mismo. Son películas que nacen de la pandemia aunque no tengan nada que ver con la pandemia. Nacen de unos meses en los que en todo el mundo vivimos encerrados en un único espacio donde nos vimos obligados a crear un universo propio. Son films de supervivencia, con pocos personajes, y un solo o casi, escenario. Pero por suerte, muy distintos entre sí.

 

Septiembre 5 de Tim Fehlbaum

Lo mejor de Septiembre 5 es su guion. Es perfecto, funciona como un mecanismo de relojería. Todo encaja donde tiene que encajar. Los actores convierten este guion en algo emocional y moral,y la cámara lo dota de una electricidad y agilidad casi imposibles de conseguir en un espacio cerrado y pequeño donde se apelotonan técnicos y realizadores frente a un conjunto de pantallas con las que tienen que jugar para contar la noticia. La noticia que el equipo de la ABC norteamericana se preparaba a dar el 5 de septiembre de 1972 era la de las competiciones del día en las Olimpiadas de Munich. Pero la noticia que se vieron obligados a dar fue la del secuestro del equipo olímpico israelí por parte del movimiento islamista Septiembre Negro. Era una situación inesperada para ellos, un grupo de profesionales de la redacción de deportes, que por su privilegiada posición fueron los primeros y los únicos que transmitieron el terrible secuestro en directo. Tuvieron que luchar para convencer a la emisora que estaban capacitados para hacerlo, inventar nuevas formas de filmar y acercarse a la noticia que se estaba produciendo en la Villa Olímpica. Lo que hicieron aquel día cambió para siempre la manera de dar noticias en directo. En ese sentido, el film es casi un documental de cómo funciona una sala de control y los diferentes enfoques que utiliza: cámara desde el tejado, cámara y retransmisión desde un punto cercano, documentación, presentador en estudio, entrevistas. Fue un día  muy largo. Pero la película no tendría el valor y la importancia que tiene solo por esto. Lo que hace de Septiembre 5 un film que debería enseñarse en todas las facultades de comunicación y pasarse en sesiones de trabajo en las redacciones de los medios de comunicación, es el dilema moral al que se enfrenta este equipo y su director: ¿deben informar de algo sin haberlo contrastado debidamente, o deben dar la noticia para no perder la oportunidad de ser los primeros? Ninguno de los que nos dedicamos al periodismo, aunque sea el de cine o el de cultura, nos podíamos sentir ajenos a este dilema. ¿Qué hacer? Recuerdo una situación muy alejada en dramatismo y en consecuencias a la de los profesionales de la ABC, pero que para mí fue determinante en mi manera de entender esta profesión. Fue en un festival, en Berlín concretamente. Mi amistad con un miembro del jurado, me permitió saber cuáles eran los premios varias horas antes de que se anunciaran. En ese tiempo en que no había twiter, ni teléfonos móviles, llamar a la redacción y decir los premios antes que nadie, era una tentación. ¿Qué debía hacer? ¿Traicionar a mi amigo que me lo había contado? ¿Arriesgarme a que otro se enterara y lo publicara antes? Reconozco que dudé. Al final no lo hice, no llamé a la redacción y como era de suponer, alguien de la competencia que también se había enterado, lo publicó. Pero yo me sentí bien conmigo misma. Fue ese día el que descubrí que no tenía madera de periodista. Lo que a mí me gustaba y me gusta, es escribir de cine. Por eso entendí muy bien el dilema al que se enfrentó este grupo humano que cambió la televisión. Un film ejemplar.

 

Tierra Baja de Miguel Santemases

El encierro de Carmen es hasta cierto punto envidiable. Carmen es Aitana Sánchez Gijón en todo su esplendor de mujer de cincuenta años. Carmen es guionista, pero ha dejado la profesión, “el cine me ha dejado a mí”, y se ha retirado a vivir en la casa de sus abuelos cerca del pueblo de Teruel Belmonte de San José, en el Bajo Aragón. Carmen es feliz sola, aunque todo el mundo se empeña en intentar ayudarla. Tiene pocos amigos, pero conoce a todo el pueblo. Un día, Carmen recibe una postal y hace una llamada de teléfono. Poco después, recibe una visita. La llamada nos da una pista de lo que pasa, pero hay que estar atento; la visita es la de un antiguo amor, un hombre al que quiso mucho, pero del que se separó hace veinte años. Él es director de cine, quiere que Carmen lea y corrija un guión que va a dirigir. A pesar de sus reticencias, Carmen acepta. No solo leer el guión, acepta que él vuelva a su vida. Y se pone a escribir. Esto es todo, pero es mucho. Lo mucho lo pone el paisaje, la casa, el pueblo, el cielo, los olivo, el gran árbol refugio. Lo mucho lo pone un perro al que Carmen acaba queriendo. Lo mucho lo pone la noche y la imaginación. Todo transcurre bajo la luz de un sol tardío, los tonos marrones de la tierra, el color verde de los olivos. Y una mujer que renace, que vuelve a vivir. Que toma una decisión y supera su encierro. Me gusta mucho esta película aragonesa, me gusta mucho que reivindique paisajes y espacios que no se han visto en el cine, Alcañiz es precioso, y la historia, en su sencillez, te conmueve. Un gran fresco de esa España vaciada y un buen reclamo para el eslogan “Teruel existe”. Existe y es realmente hermoso.

 

Fin de fiesta de Elena Manrique

Por muy bonito que sea el lugar, y lo es, no apetece nada estar encerrado entre los muros de ese gran jardín y las paredes de esa casa señorial andaluza. Lo que hace que no apetezca es su propietaria Carmina, una mujer rica, muy rica, poderosa, muy poderosa, heredera de una familia de terratenientes que domina el pueblo desde siempre. En esa casa trabaja Lupe, una criada para todo, explotada sin ninguna consideración por Carmina, que sabe que sin ella no podría vivir, pero es incapaz de agradecérselo. A esa casa llega Bilal, un inmigrante senegalés, recién desembarcado de una patera, que en su huida de la guardia civil acaba refugiándose en el cobertizo del jardín. Descubierto por Carmina y una vez superado el susto de encontrarse un adolescente negro en su propia casa, Carmina decide ayudarle porque ella es muy comprensiva y “un poco roja”. La única condición que le pone es que Lupe no se entere y para eso lo encierra en el cobertizo con libros y comida. Un Bilal agradecido acepta esta ayuda y el disfrute de la casa, la piscina, pero insiste en que él lo que quiere es ir a Marsella. Carmina le disuade continuamente, “ahora no, es muy peligroso” y mientras tanto se dedica a usarlo como un juguete nuevo, una muñeca de tamaño natural, hasta el punto de casi esclavizarlo. Cuando Lupe lo encuentra, el film da un giro, entre Bilal y Lupe se establece una complicidad de clase contra Carmina, Lupe si quiere ayudarlo. Lo que pasa cuando los tres personajes se encuentran y la señora se da cuenta que Lupe sabe que Bilal está en la casa es lo que cuenta la segunda parte del film que dedica su último tercio a relatar una delirante fiesta de señoritos andaluces, auténticos parásitos, hasta llegar a ese fin de fiesta anunciado en el titulo. Ejemplo del nuevo cine andaluz, Fin de fiesta se mueve en un terreno más propio de la comedia negra o el cine social, sin ser ni una cosa ni otra. Su cinismo convierte su sequedad en frescura y las tres actrices que componen este triángulo emocional son realmente estupendas.

 

Memorias de un caracol, de Adam Elliot

En rigor esta película, la más encerrada de las cuatro, debería llamarse, Memorias de una mujer caracol. Porque eso es esta triste y hermosa fábula en stop motion, que empieza con una anciana gritando “Patatas”. La anciana es Pinky, la única amiga de Grace. Y es Grace, una mujer triste y solitaria, la que le cuenta su vida a Sylvia, una caracol que forma parte de su colección. Porque Grace colecciona caracoles de todo tipo y sabe todo lo que hay que saber de los caracoles. Incluso lleva un sombrero de caracol y ella misma se siente un caracol. El día que Grace y su hermano mellizo Gilbert nacen, muere su madre y ellos se quedan al cuidado de su padre. Durante unos años son felices, los niños leen, se ayudan, están juntos. Papa los adora aunque no se pueda mover de una silla de ruedas. Y Grace empieza coleccionar caracoles. Pero cuando el padre muere, a Grace y Gilbert los separan para ir a distintos hogares de acogida. No cuento mas, solo decir que Grace se hace cada vez más caracol aunque no todos los caracoles acaban mal. La vida puede ser dura, de tonos apagados, agobiante, pero siempre deja una salida. Y aunque sucedan cosas terribles, y suceden en la vida y en la memoria del caracol Grace, como decía Sisa, Qualsevol nit pot sortir el sol. Cualquier noche puede salir el sol y Grace, cualquier día podrá salir de su concha. Cine de animación para adultos, inteligente, con humor negro y tierno. Y un personaje adorable, la vieja e imprevisible Pinky que le roba la película a Grace y Grace se la cede encantada. 

El regalo de esta semana es un caracol que Ramon me ha dibujado y que estoy segura le encantaría a Grace

 


 

 

 

sábado, 25 de enero de 2025

SOBREVIVIR

 

Vivir después de la muerte de otra persona o después de un determinado suceso.

Vivir con escasos medios o en condiciones adversas.

Permanecer en el tiempo, perdurar.

(de los diccionarios)

 

A veces me cuesta encontrar un nexo común entre películas muy distintas, pero esta semana me ha venido casi sin darme cuenta: Sobrevivir. Eso es lo que relaciona tres films tan diferentes que tienen como protagonistas un gato dibujado, un escritor fracasado y un arquitecto imaginado. 

 


Flow, un mundo que salvar, Gints Zilbadolis

Gints Zilbadolis tiene un nombre difícil, lógico si pensamos que es un joven director de cine letón. Aunque sea difícil no deberíamos olvidarnos de él. Mejor dicho, no deberíamos, ni yo creo que pudiera, olvidarnos de la(s) maravillosa(s) criatura que ha dibujado: un gato negro, pequeño, listo, solitario. Un gato que sobrevive en un mundo anegado por las aguas. Flow, un mundo que salvar no es una película hablada, es una película maullada, y ladrada y cantada. En esa aventura casi bíblica, los animales son animales, no están humanizados como en Walt Disney o en los cuentos. Son animales y se comportan como tales. El protagonista absoluto es un gato de grandes ojos dorados. En el mundo post apocalíptico en el que vive, los humanos han desaparecido y un gigantesco tsunami inunda poco a poco la tierra. Cuando su casa acaba sumergida bajo las aguas, el gato encuentra la salvación en un barquito de vela. Superando su miedo al agua, el gato salta a la embarcación donde se encuentra con un capibara, extraño animal brasileño de la familia de los roedores bonachón y dormilón. Poco a poco, esa pequeña barquita sin Noé, se va llenando de animales, una imponente ave secretario que se hace cargo del barco, un lémur de cola anillada, especie de urraca peluda que recoge toda clase de objetos. A ellos se sumará un perro labrador todo cariño y docilidad y algunos otros perros menos amables. Juntos emprenden un viaje siguiendo el curso del agua,  una aventura no exenta de peligros, en la que las alianzas serán imprescindibles para poder sobrevivir. Un fondo boscoso de enormes columnas y espacios urbanos misteriosos, de líneas bien definidas y colores brillantes, es el escenario donde este gato inolvidable corre, nada, trepa, duerme y come. Cosas que hacen los gatos porque son gatos. La historia es sencilla y la moraleja fácil; frente a la adversidad, mejor unidos aunque seamos distintos, que peleados cada uno por su lado. Haríamos bien los europeos en aprender de este grupito de animales si queremos sobrevivir al tsumani que se nos viene encima. Que cada uno escoja quién quiere ser: yo me pido el gato.

 


Miocardio, José Manuel Carrasco

En esta película claustrofóbica estamos ante un auténtico naufrago urbano que sobrevive con casi nada, mejor dicho sin nada, porque ha perdido toda su autoestima. La película empieza con una entrevista a un hombre mayor, un poco calvo, tristón (Luis Calleja). La entrevistadora le pregunta cómo empezó todo y él le cuenta. Le cuenta como una mañana, Pablo (únicamente Vito Sanz podía decir esos diálogos y poner esa cara de bebé viejo) se despierta y se da cuenta que ha tocado fondo, solo le queda suicidarse. Pero suena el teléfono. Corre a buscarlo, es Ana, una antigua novia que le anuncia que va a ir a verle. Y ahí está Ana, (Marina Salas) tan guapa como siempre. A partir de aquí, el narrador va contando la misma situación hasta cuatro veces, alterando las posiciones de los dos protagonistas. Y a través de esas cuatro repeticiones, vamos descubriendo su historia de amor y de desamor. Casi el mismo tema que Los años nuevos o Volveréis (Vito hace la conexión con Trueba), pero sin salir nunca de esa casa/prisión/salvación. Hay varias cosas curiosas en este pequeño y sencillo film. Una es la aparente base teatral en un solo espacio, que sin embargo no es nada teatral. La manera como se mueven en la escena los dos personajes y la forma de mirarse que dice tanto como las palabras, es algo difícil de ver en un escenario. Otra es la coincidencia de contar historias de parejas que se juntan, se rompen y se vuelven a juntar. Debe ser la crisis de los 40 años. La tercera es la profesión de cada uno de ellos. Pablo es un escritor de una sola novela, joven promesa que nunca llegó a escribir la segunda novela: un fracasado. Ana es actriz, la joven promesa que no superó nunca sus miedos: una fracasada. Cuando dos fracasos creativos se juntan, puede que surja la chispa y alguno de ellos consiga salir adelante. Una última cosa. Los efectos de la pandemia de hace ya ¡cuatro años! siguen viéndose en el cine. Esta es una película claramente de pandemia aunque nunca se diga esa terrible palabra. Si por desgracia nos vuelve a caer otra catástrofe del tipo que sea, siempre nos podremos refugiar en casa y recordar amores pasados.

 


The Brutalist, Brady Corbet

Es una de las películas del año. Sin duda. Aunque solo sea por su duración, casi cuatro horas, con un intermedio para estirar las piernas, por estar filmada en celuloide y en formato 70 mm. The Brutalist es CINE, una ópera, la ópera de un superviviente nato. László Tóth es judío, húngaro, arquitecto e intelectual. Cuatro cosas muy mal vistas en los oscuros años treinta y los terribles años cuarenta. László sobrevive al nazismo, a los campos de exterminio, a la larga travesía hasta la tierra prometida que le recibe con una imagen del revés, anunciado que no será fácil alcanzar la libertad. Sobrevive incluso a la mediocridad del American Way of Life y a la miseria que le lleva a tocar fondo. Ante las adversidades de la historia y de la sociedad, László es capaz de rearmarse. Pero en cambio, sucumbe ante el éxito que no esperaba, o sería mejor decir, ante el arrollador poder del dinero y lo que lleva como control y dominio de su voluntad, de su obra. La tentación es grande; construir un gran edificio brutalista a la gloria de la madre del gran capitalista Harrison Lee Van Buren, es decir, a su propia gloria. Todo parece irle bien. László consigue que su mujer y su sobrina se reúnan con él en América para vivir el sueño americano. Parece que puede dejar de sobrevivir y ponerse a vivir y a crear. Hasta que se encuentra frente a frente con la auténtica realidad de lo que quiere el dinero: poseerlo. Totalmente. Y de paso, destruirlo. El escenario de pesadilla donde se consuma la posesión de László no podía ser más espectacular ni más hermoso, las canteras de mármol de Carrara, imponente túmulo funerario para un arquitecto acabado. László Tóth es un personaje inventado (reconozco que en algún momento dudé si era real o no) al que llena de vida y de dolor creativo Adrian Brody. Su némesis, el rico capitalista sin escrúpulos, el Ciudadano Van Buren que lo quiere todo, es un creíble y ambiguo Guy Pearce. Tanto uno como otro tienen modelos a los que parecerse. De hecho, el personaje de Tóth parece inspirado en Ernő Goldfinger, un arquitecto húngaro que encontró refugio en Gran Bretaña en los años treinta. Goldfinger (una leyenda urbana dice que Ian Flening llamó así a uno de sus villanos por culpa de Ernő) fue uno de los representantes del movimiento arquitectónico conocido como Brutalismo, de donde toma el nombre la película. Esta arquitectura surgida en los años 50 como respuesta a la arquitectura de los años treinta y cuarenta, utilizaba materiales no manipulados, ladrillo y hormigón, en bloques de construcción de líneas rectas y colores monocromes. Herederos de La Bauhaus y de Le Corbusier, la arquitectura brutalista tuvo una deriva de gran utilidad en la construcción de viviendas sociales y tuvo una deriva perversa en el colosalismo soviético. Algunos de los grandes edificios construidos en esos años se encuentran entre los más famosos y reconocidos de la arquitectura de posguerra. La película de Brady Corbet no solo toma de ellos su título y la inspiración de su personaje principal. Como los brutalistas, Corbet deja ver los materiales que utiliza, construye un film de líneas cortante y en ángulo, frío y totalitario. Pero nada de eso impide que sea una gran película. Un monumento a la memoria de un tiempo que creíamos desaparecido pero sigue ahí, como una nube negra que nos amenaza.

El regalo de esta semana no podía ser otro que nuestra gata, la Negrita, excelente compañera para el gato negro de Flow.



 

 

 

 

 

 

sábado, 18 de enero de 2025

UN LIBRO, UNA OREJA

 

Esta semana que acaba con la muerte inesperada y casi inaceptable de David Lynch, aprovecho para hablar de un libro en el que he colaborado y rescatar una serie que me ha gustado.

 


El libro: Clásicas, modernas y extrañas. Historias feministas del cine. Colección Nosferatu

Elisa McCausland y Diego Salgado me pidieron el año pasado colaborar en un libro colectivo que iban a coordinar ellos. Se trataba de hacer una relectura de la presencia de las mujeres en la historia del cine, pero no desde un punto de vista ni historicista, ni académico. Ni siquiera cinéfilo. Para conseguir este objetivo, hacer un libro ecléctico pero riguroso, diverso pero con un eje central, contaron con diez colaboradores que, junto con ellos, escribimos los doce capítulos que lo componen. A mí me encargaron el primero, el que abre el libro. Toda una responsabilidad. Bajo el título de Las autoras polimorfas del cine mudo, se encuadraban las pioneras que en una época en la que el cine no era una industria ni una cultura, un tiempo en el que hacer películas era una aventura tanto física como del pensamiento, estas mujeres tuvieron un enorme protagonismo en las creación de los fundamentos de un lenguaje y un arte. He pensado mucho en estas pioneras viendo los devastadores incendios de Los Ángeles que han devorado una buena parte de la fábrica de los sueños que ellas contribuyeron a crear. Estos incendios son terribles no solo por la pérdida de casas, bosques y vidas, lo son, al menos para mí, porque de alguna manera destruyen un legado de imaginación, destruyen la idea de un cine que alimentó el imaginario de la gente desde hace mas de cien años. No sé que habrían sentido Alice Guy o Lois Weber viendo como su querido Hollywood ardía sin piedad. 


Pero bueno, vuelvo al libro coordinado por Elisa y Diego, Clásicas, modernas y extrañas. Estructurado en tres partes, cada una de ellas consta de cuatro capítulos en los que se avanza de forma transversal en el tiempo. En Clásicas, tras las pioneras, aparecen las estrellas como autoras en el cine clásico, y las técnicas, montadoras y otros oficios, como parte fundamental de la formación de un lenguaje. Casa, ciudad, paisaje es un texto sugerente que sitúa la mirada femenina como urbana en el cine de los años cuarenta y cincuenta. Modernas abarca los años sesenta a ochenta con aproximaciones desde el cine de autor y el cine de estudio. En este grupo de artículos el más interesante es el que escribe Elisa Mc Causland sobre Madres e hijas, un tema que daría para hacer una tesis doctoral; y la reivindicación del cine comercial que hace Elsa Fernández-Santos. Extrañas era el fragmento más complicado ¿Qué es ser extraña? A esto intentan dar respuesta los cuatro capítulos entre los que me ha gustado mucho el escrito por Desirée de Fez sobre la lo que ella llama Las edades de frontera, la adolescencia y la tercera edad. Pero si hay un texto realmente innovador y revelador, es el que cierra el libro, Ríos de sangre en el ojo del huracán, escrito por Diego Salgado donde, desde una perspectiva en los márgenes, traza una completa contrahistoria, en la que recoge todas aquellas creadoras, autoras, o simplemente outsiders, que desde el cine más marginal, el weird, el trash y el underground, sin tener en cuenta la industria o la crítica y sin necesidad de nadie, hicieron un cine completamente desprejuiciado. Estas contra autoras, presentes desde el cine mudo hasta ahora mismo, querían ganarse la vida haciendo lo que les gustaba sin aceptar ningún control, Para mí este artículo ha sido una auténtica sorpresa en el que he reconocido algunos nombres, pero he descubierto muchos otros. Y me ha encantado ver que el espíritu que impulsaba a las pioneras, de alguna manera sigue vivo en estas mujeres, las más olvidadas de las olvidadas. 


La serie: The Listeners. Filmin

The Listeners es una serie extraña (no es clásica, ni moderna) solo extraña. Está dirigida en sus cinco episodios por Janicza Bravo, un nombre habitual en las series; el guión es de Jordan Tannahill sobre su propia novela y está protagonizada por Rebeca Hall. The Listeners significa literalmente Los que oyen. Pero ¿qué oyen estos oyentes? Oyen un zumbido, lo que ellos llaman The Hum. Es un leve sonido que solo captan algunas personas. Como los misteriosos acufenos que nadie sabe explicar que son. Me imagino que el novelista y guionista debe tener acufenos y ha escrito esta novela que roza el horror como exorcismo contra ellos. Igual que a los que oyen estos ruidos permanentemente, los médicos son incapaces de darle una explicación a Claire de que es lo que oye y la perturba tanto. Este es el planteamiento de la serie, un misterioso ruido, una mujer que poco a poco se va desequilibrando, y una sombría comunidad de listeners en la que Claire encuentra refugio. No es una serie redonda, y como tantas otras, no saben acabarla bien. En todo caso no la saben acabar a la altura de la propuesta inicial. Pero vale la pena verla para intentar entender lo que les pasa y lo que viven los auténticos y reales listeners: todas las personas que padecen acufenos.

 

(una imagen lynchiana del propio Lynch)

La oreja de David Lynch

Nos ha cogido por sorpresa a casi todos. Lynch ha muerto. Pero ¿puede morir alguien como David Lynch? Yo creo que no. Puede desaparecer el cuerpo Lynch, pero el mundo Lynch, lo lynchiano, su universo hecho de girones de azul, no desaparecerá, como no ha desaparecido lo fordiano, del John Ford al que Lynch prestó su cuerpo en una última aparición memorable. Lynch siempre me gustó. Aun recuerdo las peleas siempre estimulantes, pero peleas al fin y al cabo, con José Luis Guarner por su postura frente a Terciopelo azul. De Lynch he escrito mucho, en distintos formatos y espacios, pero de lo que estoy más contenta es de un texto que reproduje en el blog hace años. Se trata de un texto que escribí en el 2006 para un libro colectivo que se llamaba Universo Lynch. El texto seguía su trayectoria (hasta ese momento) tirando de un invisible hilo azul que unía todas sus películas. Ahora que el Lynch cuerpo ha muerto, recuperar el Lynch azul de su cine puede ser un pequeño consuelo. Si alguien tiene ganas y tiempo de buscar El invisible hilo azul de David Lynch está en la entrada del 12 de junio del 2021.

El regalo de esta semana es una oreja lynchiana, una oreja que escucha.