sábado, 20 de enero de 2018

PAPELES


Los archivos del Pentágono
Esta mañana me he dedicado a destruir papeles viejos que no sé porqué guardaba desde hace mucho tiempo. Hacerlo me ha provocado una doble sensación. Por un lado una especie de liberación, de dejar atrás el pasado, quitarme un peso de encima. Pero por otro, una cierta nostalgia, la impresión de que se perdía la memoria. Ha sido raro, pero muy interesante.
Sirva esta extraña introducción para hablar de una película de papeles. Muchas clases de papeles, Los archivos del Pentágono de Steven Spielberg. La mejor película de Spielberg y una de las mejores que he visto en los últimos tiempos.
En esta historia hay un papel fundamental, el del periódico recién impreso, apenas salido de las máquinas, aun con el olor a tinta fresco impregnándolo todo. Es algo mágico. No sé si ahora las imprentas digitales huelen a plomo y a tinta como las de los años setenta. Pero esta te lo transmite. Y ese olor no es banal. Porque detrás de la linotipia y de la rotativa hay un periodismo de investigación serio y riguroso que tiene las ideas muy claras: los medios de comunicación están para servir a los gobernados NUNCA a los gobernantes. Esa es una de las bases de la democracia y de la libertad. Una idea que desgraciadamente se olvida demasiadas veces poniendo los medios de comunicación (y no piensen que quiero eludir citar directamente a TV3 o a TVE) al servicio de un partido, un gobierno, casi siempre traicionando a los ciudadanos. Este respeto a la libertad no tiene nada que ver con defender una determinada forma de pensar. Si no hubiera diversidad en la información, no serviría de nada. Hay periódicos de derechas y conservadores, de izquierdas y liberales; hay medios de comunicación que investigan y exponen de manera deshonesta, sin calcular las consecuencias, solo pensando en ganar lectores con el amarillismo; hay otros que nunca investigan y hay algunos que investigan y valoran que hacer con la información que consiguen.
Spielberg habla de esta duda entre saber y contar, entre intereses económicos y libertad de expresión, entre arriesgarse o acobardarse. Entre el servicio a los gobernados o la sumisión a los gobernantes. Y lo hace a partir de un hecho histórico real: los papeles del Pentágono que demostraban las mentiras y manipulaciones de distintas administraciones en torno a la guerra del Vietnam. Papeles que desveló primero el New York Times pero que en realidad fueron estudiados, analizados y denunciados en su totalidad por el Washington Post poniendo en jaque a Richard Nixon un año antes de descubrirse el escándalo de las escuchas del Watergate. Pero lo mejor de la película no es que nos ponga frente a un escándalo político de enormes consecuencias. Lo mejor es como lo hace. La cámara fluye, escribe sin que la veas como un buen periodista que no necesita artificios literarios para contar lo que quiere. Los actores (incluso siendo tan conocidos como Meryl Streep y Tom Hanks), desaparecen tras los personajes. Todo encaja en esta filigrana de puesta en escena en la que no hay una sola nota discordante. Los ambientes se respiran, la música acompaña, la historia se narra. Kay Graham, la propietaria del diario, va creciendo ante nuestros ojos, gracias una Meryl Streep que pasa de ser ignorada por el poder y el dinero, a tomar las riendas de la situación ante el asombro de los hombres que la rodean y siempre la han menospreciado. Ben Bradlee, el editor que interpreta Tom Hanks, evoluciona de una simple rivalidad y competencia con otro diario a una postura donde la conciencia se erige en única norma a seguir. Y todos, absolutamente todos los demás actores funcionan como una orquesta bien conjuntada. Cine político, cine militante, cine necesario. Simplemente CINE.

La peste
Curiosidades y casualidades me llevan de pronto (y digo de pronto, porque no fue al momento, sino días después, pensando la película de Spielberg) a darme cuenta de las tres interesantes coincidencias entre La peste, la serie de Alberto Rodríguez que se puede ver en Movistar y Los archivos del Pentágono. ¿Qué puede haber en común entre estos dos excelentes productos, cada uno en su género? Pues mucho más de lo que parece. Por ejemplo, los papeles. También en La peste son los papeles impresos los que desatan la investigación y es un editor/impresor el que se entrega a desentrañar el misterio de los asesinatos misteriosos en medio de la epidemia de peste que asola Sevilla en el siglo XVI. Pero la coincidencia más notable es la del personaje de Teresa Pinelo con la Kate Graham del Washington Post. Como Kate, Teresa ha heredado un negocio después del suicidio de su marido; como Kate, Teresa no tiene derecho a hablar por si misma y debe hacerlo por persona, masculina, interpuesta; como Kate, Teresa acaba tomando las riendas de la situación. La relación de Teresa y Mateo (excelentes Patricia López Arnaiz y Pablo Molinero) tiene un componente de amor que no tienen nunca Kate y Ben, pero su amistad y respeto es uno de los elementos que hacen que la trama avance. Si la película de Spielberg es CINE en estado puro, no tengo ningún reparo en decir que La peste de Alberto Rodríguez es TELEVISIÒN en estado puro. Esta sería la tercera coincidencia.


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