sábado, 22 de septiembre de 2018

CUATRO HOMBRES



(un caballo de Ramon para Brady)
Brady (el cowboy)
The rider es una película de piel, de emociones, de paisajes, de ocaso de una forma de vida que desaparece. Es la historia de un jinete de rodeos que ha nacido para eso, para montar a caballo, recorrer las praderas. Es la vida del personaje de ficción y el personaje real que son uno. Porque el The rider cuenta la historia del Brady real, con su hermana Lily, su padre, su amigo Lane Scott. Es una documental convertido en ficción o una ficción que nace de la realidad. Brady Jandreau es Brady Blackburn, y su historia es la del accidente que le alejó para siempre de los rodeos y su imposibilidad de vivir lejos de ese mundo. No es una película nostálgica ni melancólica, pero si es profundamente romántica. Brady, el de verdad y el de la ficción, es un joven indio nacido y criado en la reserva de Pine Ridge en Dakota del Sur, donde viven los indios de la tribu de los Lakotas. “Hay cosas que no se hacen por el dinero que se puede ganar, hay cosas que se hacen solo por las ganas de divertirse…he salido de esos corrales muchas veces entre los gritos de la gente montando un toro o un caballo enloquecido que se retorcía debajo de mi, y siempre he sentido lo mismo. Durante unos segundos eres mucho más que cuando paseas por la calle o comes o duermes. Quizás sea algo que no se puede explicar a una mujer.” Son palabras que dice Robert Mitchum en un film de 1952 que se ha citado mucho en las críticas a The rider, Hombres errantes, de Nicholas Ray. Pero en este caso si ha sido una mujer la que ha entendido lo que le sucede a este jinete. La joven china Chloe Zhao ha sabido captar esa mezcla de tristeza y orgullo, de amor y deseo, de vínculo con un paisaje, con una tierra, con un horizonte. Le copio a Marta Medina el titular de su estupenda critica El confidencial, aunque con un ligero cambio: “Si solo puede ver una película esta semana (ella dice este año) … que sea esta maravilla”.

 (el auténtico Willi Herold, tenía 21 años cuando fue ejecutado en 1946)

Willi Herold (el capitán)
Me resulta difícil hablar de este personaje, de esta película. Pero creo que tengo que hacerlo. No solo porque pienso que es una buena película, sino porque me parece importante conocer a Willi Herold, un soldado alemán desertor que los últimos días de la guerra, huyendo de sus perseguidores, encuentra un uniforme de capitán del ejército y al ponérselo no solo asume una nueva identidad sino que con la máscara puesta construye un personaje que es compendio de lo peor que generó el nazismo: la crueldad gratuita, la arbitrariedad del poder, la manipulación de los que considera inferiores. El horror en estado puro. Saber que está basado en un personaje que existió y cometió esas barbaridades, es aun más espeluznante porque nos pone frente a una idea terrible: cualquiera puede dejar aflorar al monstruo que se esconde detrás de una máscara y lo que es peor, la banalidad del mal de la que hablaba Hanna Arendt no era exclusiva de los mandos militares y políticos. Hubo mucha más complicidad en el horror entre la población civil de la que a muchos alemanes les gusta reconocer en la revisión de la historia. La película está rodada en blanco y negro porque en colores sería insoportable, fue tan dura de filmar (algunos actores rompían a llorar durante el rodaje) como de ver. Pero es hermosa, si, lo es en su maldad y en su frialdad y sobre todo es necesaria. Si van a verla, quédense a los títulos de crédito, donde vemos al joven Willi al frente de su tropa de depredadores circulando por una ciudad alemana de ahora mismo sembrando el terror entre los ciudadanos. Una lección de historia.


(un icono de Ramon)
Jacques (el periodista) 
¿Una película sobre apariciones de la virgen? ¿Mande? ¿A estas alturas? Pues si una película sobre la aparición de la virgen, pero… y ahí está lo interesante, contada desde la mirada de un hombre que no cree, pero respeta. Jacques viene de sufrir una pérdida terrible, su mejor amigo ha muerto mientras los dos cubrían una de esas guerras que pasan lejos y que desgraciadamente de tan cotidianas ya ni salen en los telediarios. Jacques está herido en el alma. Y eso le lleva a aceptar presidir una comisión de investigación del Vaticano sobre la supuesta aparición de la virgen que una chica de 18 años afirma haber visto en un pueblecito del sur de Francia. Jaques llega sin ideas preconcebidas en ningún sentido. Es un periodista y lo que quiere saber no es la verdad, eso es muy difícil, sino los porqués. La película le sigue en este viaje de investigación donde vemos como Anna, la chica que ha visto a la virgen, se consume ante sus ojos y los nuestros víctima inocente de sus propia ingenuidad, de su propia historia y del abuso de los que la rodean. Hay tres cosas que no es La aparición: no es maniquea, no es mística, no es previsible. Y hay una que si es: una curiosidad.




(una estrella de Ramon)
Juan (el gaucho/guaraní)
Testigo de otro mundo se estrenó la semana pasada, pero la recupero esta porque también es una historia de un hombre, Juan Pérez, protagonista de un encuentro (aparición) con seres extraterrestres cuando era un niño de doce años en medio de la Pampa argentina. Este hecho marcó toda su vida y llamó la atención del documentalista Alan Stivelman que decidió averiguar qué había pasado con Juan cuarenta años después. Desde el punto de vista cinematográfico no deja de ser un documental muy convencional, casi televisivo, pero desde el punto de vista del personaje, ese Juan de cincuenta años, que aun no es capaz de entender que le pasó entonces, es muy interesante. Stivelman se sitúa en segundo plano y busca no solo entender, sino ayudar a Juan. Y ello les lleva a los dos a conocer una comunidad de indios guaraníes, de donde viene la familia de Juan, en la que el hombre acabar por aceptar lo que le sucedió al enmarcarlo en una creencia más amplia, mas colectiva, que le ayuda acerrar el círculo de su soledad y su diferencia, en definitiva de su vida. Testigo de otro mundo es un documental sencillo en su forma y complejo en su contenido. Abre puertas y no solo las de la ciencia ficción.




sábado, 15 de septiembre de 2018

PENELOPES



(no se si Ramon pensaba en Penélope cuando hizo este cuadro magnifico, pero a mí me gusta imaginarme que podía serlo)
1
Últimamente he vuelto a ver varias películas antes de escribir de ellas: Yucatán, Las distancies, y ahora Penélope. Es muy interesante este volver a un films que ya has visto. La película es la misma, el que cambia eres tú. Cada vez que la ves eres distinto. Y eso, se proyecta en la pantalla de alguna manera. En el caso de la Penélope de Eva Vila, la vi hace casi un año. Entonces le escribí a Eva unas líneas que me parecían resumían la pelicula y eran sencillas para explicarla: “Una versión de La Odisea de Homero en la que Penélope es una mujer muy vieja que encarna la sabiduría, la tierra, los orígenes, lo perdurable y verdadero, y Ulises es un hombre perdido que vive en una ensoñación. Todo ello enmarcado en una Ítaca que es una Montaña Sagrada y mágica (Montserrat) y un palacio que es un pequeño pueblo de la Catalunya rural con sus tradiciones, sus fiestas y sus gentes entrevistas siempre desde la casa de esa Carmen/Penélope que lo llena todo con su humanidad.”
Volví a ver la película hace unos días en unas condiciones inmejorables. En el cine Phenomena de Barcelona, con una proyección y un sonido impresionantes que revalorizan el trabajo de Eva hasta casi convertirlo en otra cosa. Hay películas, muchas, que se pueden ver en un ordenador o una tele sin que pase nada. Pero hay otras que piden desean, necesitan, la pantalla grande. Penélope es de estas. Los paisajes invernales de esa Catalunya profunda y antigua, la montaña de Montserrat con sus caminos de piedra, provocan sensaciones románticas de brumas y melancolía. Pero también la casa de Carmen/Penélope desde la que vemos, a través de las ventanas, el mundo de fuera, la vida, la realidad en la que ella ya no participa. La profundidad de campo desde la oscuridad de la casa a la luz del paisaje es magnífica. Ya me había gustado la película, pero verla en estas condiciones me hizo disfrutarla mucho mas. La Odisea está presente en los versos que va desgranando una voz en off  que transmite la grandeza del texto. Pero lo mejor de todo es como el poema homérico se ajusta como un guante a una realidad cotidiana y casi documental, la de una mujer muy vieja que cose y escucha la radio y se ríe y espera en un pueblo al que llega ese Ulises desmemoriado que intenta recuperar su vida, su vieja casa, su pasado perdido. Penélope es una película especial, una historia de ahora mismo enraizada en el tiempo. Una mujer que espera, un hombre que vuelve, un paisaje…

2
Ver la película esta semana de la Diada me ha hecho pensar en una extraña similitud. De repente me he encontrado pensando que la Catalunya soberanista es una Penélope que teje y desteje manifestaciones año tras año, esperando que algún día vuelva a casa ese Ulises/Independencia que lleva años (por lo menos siete) viajando a Ítaca sin llegar nunca, y cuando parece que lo va a hacer, se esconde avergonzado para que no le vean ni le reconozcan y vuelve a salir huyendo.

3
La tercera Penélope de la semana es , of course, Cruz. Penélope Cruz es Laura, la protagonista del melodrama rural irano/castellano que ha construido Ashgar Farhadi en nuestro país. Todos lo saben es una película coral que tiene como centro a Laura y a Paco, es decir Penélope Cruz y Javier Bardem. A su alrededor circulan una serie de personajes importantes para la historia: el apagado Darín, el sólido Eduard Fernández, la potente Elvira Minguz, la dura Bárbara Lenni o la dulce Inma Cuesta. Pero es Laura, la madre, la que polariza las miradas. Drama rural que a veces parece un culebrón y otras una tragedia griega, lo de menos es saber el quién y el porqué de lo que pasa. Hay que dejarse llevar por los sentimientos que van aflorando en ese pueblo atávico lleno de rencillas antiguas, en esa familia patriarcal donde mandan las mujeres, en esas relaciones ocultas que se arrastran durante años. Torrelaguna no está tan lejos de Irán aunque las mujeres no vayan cubiertas por un shador. Pero, si, tengo un pero. No es importante y es producto más de mi propia exigencia que de la propia película. Farhadi nos tiene acostumbrados a un nivel en su cine cotidiano y feroz que entiendo es difícil conseguir si ruedas en otro idioma, no en otra cultura, insisto, ese pueblo castellano no esta tan lejos de cualquier pueblo iraní. Pero, y reconduzco mi pero, la inseguridad del director la cubre con creces la fuerza de Penélope Cruz, una Actriz con mayúsculas. Por ella, aunque también por un par de secuencias estupendas de Bárbara Lenni y por escuchar la canción que canta Inma Cuesta al final, vale la pena no perderse esta película.



sábado, 8 de septiembre de 2018

AMIGOS/AMIGAS


 (Berlín, una ciudad sin centro)
Cuando vi Les distancies en el BCN Film Fest, escribí estas líneas en el blog: “El Berlín de Les distàncies, es un Berlín de vida cotidiana donde aterrizan cuatro amigos para darle una sorpresa a un quinto que vive en la ciudad desde hace años. La segunda y esperada película de Elena Trapé es un retrato de la decepción, la sensación de fracaso de una generación, la que tiene entre 30 y 40 años, que ha visto como se iban derrumbando una a una sus ilusiones y esperanzas. Pero el que sus personajes se sientan acabados no quiere decir que la película sea pesimista. El solo hecho de existir es la prueba de que no hay derrotas posibles. Siempre se puede hacer frente a lo que no funciona. Volveré a ella cuando se estrene en otoño”.
Bien, no ha llegado aún el otoño, pero si toca volver a ella. Para empezar la ví de nuevo. Quería comprobar si la sensación de decepción profunda que me habían dejado los personajes seguía estando ahí. Y si, lo estaba, pero por suerte, compensada ya no solo por la propia película, sino por los actores y la directora a los que tuve ocasión de entrevistar para el programa La Cartellera de BTV. Su entusiasmo, su alegría, sus ilusiones y sus ganas de vivir y de trabajar eran el mejor antídoto ante el fracaso y el desencanto de sus personajes. En esta segunda visión entendí mucho mejor porque Berlín era el lugar ideal para contar esta historia descentrada de soledades compartidas. El Berlín de Elena no es el de Victoria, la película protagonizada por Laia Costa, ni el de la Julia de Elena Martí. Comparte con ellas paisaje, pero no atmósfera, tiene en común personajes (españoles de nueva generación que intentan construir sus vidas en una Europa que no debería ser sentida como ajena). Pero este Berlín es más triste, más gris, más impersonal, más duro. Es un Berlín de invierno, donde la falta de luz produce la falta de energía. En este contexto viven estos cinco personajes su desencuentro personal y colectivo. Hay otra cosa que distancia estas distancias de las otras dos pelis berlineso/catalanas. El momento en que fueron escritas (no rodadas). Elena Trape empezó a escribir el guión en el año 2011, en plena crisis económica, en plena crisis de valores, en plena crisis de todo. Sus cinco amigos nacen de esa crisis que siete años después, en el momento de su estreno, ya es otra. Por eso el film es tan interesante. El tiempo que ha pasado ha hecho que deje de ser un retrato generacional para convertirse en una lección moral. Lo que les pasa a los amigos en ese fin de semana berlinés y solitario donde deben enfrentarse a un pasado que ya no existe y afrontar un futuro que se adivina incierto, este arreglo de cuentas con tu propia vida para ver si “has hecho los deberes o no”, como dice uno de los actores, es algo que va más allá de la gente de 35 años y se puede aplicar a cualquier edad y a cualquier circunstancia. Y es esa pregunta, en la que nos sentimos interpelados todos, donde este film de silencios, miradas, paseos, ventanas cerradas y puertas que se entreabren, adquiere su grandeza y trasciende su historia.


( dos chicas de Ramon que, aunque son rubias, podrían ser Carmen y Lola)

Estamos de suerte porque esta semana se ha estrenado, además de Les distancies, otra película española  dirigida también por una mujer. Se trata del debut como directora de Arantxa Echevarría, Carmen y Lola. Reducir su importancia a un simple enunciado del argumento, dos adolescentes gitanas descubren su lesbianismo a través de su amor y se enfrentan a su comunidad con todas las consecuencias, es reducir mucho el interés del film. Es cierto, las protagonistas son dos chicas de 16 y 17 años que se enamoran casi sin darse cuenta, como lo hacen los adolescentes de cualquier edad, sexo o raza. El hecho de ser gitanas (o mercheras, como se ha encargado de aclarar una de ellas) las condiciona sin duda. Deberán enfrentarse a los tabúes normales de la sociedad agravados por los tabúes propios de su gente. Pero lo que hace que el film sea interesante no es la historia. A mí lo que me gusta de esta película es el uso de los espacios, del paisaje de ese Madrid de extrarradio que enmarca a estas dos chicas: los edificios donde viven, las calles, el mercadillo, los lugares secretos que buscan para sus encuentros, inocentes al principio, donde la única transgresión es fumar, cada vez más íntimos. Me gusta como visten y como hablan Carmen y Lola, la vitalidad que les dan Rosy Rodríguez y Zaira Morales. Me interesa ver cómo se comportan sus madres y sus padres, más allá de si son gitanos o no. Me aterra esa iglesia de evangelizadores exorcistas que tanto daño hace entre los sectores más vulnerables de la población. Me asusta la ignorancia respecto a la importancia de estudiar y formarse, actitud que no es solo patrimonio de los gitanos. Y me gusta ese final feliz que no lo es. Las chicas consiguen estar juntas, sí. No me importa desvelarlo. Y no me importa porque me parece muy importante darles una salida aunque en realidad sepamos que no será fácil que puedan seguir siendo mucho tiempo Camen y Lola y acabaran siendo Carmen, Lola y el mundo.
Al acabar de escribir estas líneas me doy cuenta de que hay un rasgo común entre estas dos películas tan distintas entre sí: las dos contradicen con su propia existencia las historias de fracaso o de intolerancia que cuentan. Estupendo.

sábado, 1 de septiembre de 2018

YUCATÁN


(este precioso barco podía albergar a los estafadores de Sturges o de Monzón)
He visto dos veces la última película de Daniel Monzón, Yucatán. La primera vez no conseguí hacer lo que el personaje de Clayderman, el pianista, pide nada más empezar el film: dejar atrás todo lo que me rodeaba, olvidarte del mundo durante el viaje en el barco (durante el tiempo que estás en el cine viendo la película). Este no dejar fuera todo el ruido ambiental hizo que no disfrutara de Yucatán, mejor dicho que no la viera en realidad. Por eso volví al cine, para comprobar si la decepción que me había producido era culpa mía o de la película. Esta vez sí hice caso a Clayderman y dejé fuera todo lo demás (y en este demás que cada uno ponga lo que más le molesta, desde las cosas personales hasta las colectivas, de las nacionales a las internacionales, de la fiebre amarilla a los episodios orwellianos). Y disfruté mucho. Si, lo reconozco.
Antes de seguir tengo que decir que me gustan mucho los directores como Daniel Monzón, capaces de enfrentarse a los géneros clásicos (la aventura medieval, el cine de prisiones, la ciencia ficción, el thriller, la comedia negra a la comedia sofisticada) y hacerlo todo dejando una huella personal en cada revisitación. Con Yucatan, Monzón y sus cómplices habituales se atreven con la gran comedia de enredo. Sin duda El golpe, film que todo el mundo recordará viendo a estos estafadores de pacotilla, es uno de los principales referentes. Pero hay más. A mí me ha recordado mucho Las tres noches de Eva, de Preston Sturges, una deliciosa comedia de estafadores que está tan presente en Yucatán como El Golpe. Y eso solo ya es un regalo. Pero hay mucho mas cine: hay números musicales, (impagable Tosar cantando), hay historias de amor desiguales, hay momentos chungos de comedia de los Farrelli, hay un personaje que crece y acaba robando la película (Joan Pera), hay paisajes grandiosos y hay muchas ganas de divertirse y de divertir. No le pidan nada más. Pero eso ya es bastante. Y si además acabas sacando alguna conclusión después de los dos últimos planos, pues mejor aun. Lo demás seguirá estando ahí cuando salgas del cine, pero nadie te habrá quitado haber pasado un rato estupendo si haces caso al pianista.

Escribí este texto el jueves, antes de que aparecieran las críticas del film el viernes. Y me sorprendió la virulencia con la que casi todos parecían haberse puesto de acuerdo para decir que era una película mala; deslavazada, sin ritmo, un naufragio, desequilibrada… no se que mas, pero casi todos los adjetivos se parecían mucho entre sí. Me pareció curiosa la falta de variedad en los criterios y en las apreciaciones. Yucatán no es la gran comedia sofisticada del siglo, tampoco es la comedia gamberra que tan buenos resultados da en taquilla (y en crítica), pero es una película que cumple con lo que te ofrece sin engaños ni aspavientos. Y eso para mí es lo primero que le pido a un film. Parece que se haya lanzado una consigna: "Todos contra Yucatán", No se muy bien de donde sale ni a quién beneficia. A no ser, que, utilizando el trabajo de Monzón se quiera cargar, una vez más, contra el cine que producen las dos grandes cadenas televisivas, Antena 3 y Tele5. Pero no creo que ese sea el camino para acabar con el monopolio del gusto. Sobre todo porque Monzón esquiva ese monopolio con bastante gracia.


sábado, 25 de agosto de 2018

ARTISTAS



(La casa del escultor es uno de los cuadros más impresionantes de Ramon. 
La casa es la de Auguste Rodin en París)
Por  fin se estrena una película de la que vale la pena hablar, Rodin, de Jaques Doillon. Es un film importante, interesante, pero nada complaciente. El Rodin de Doillon es seco, duro, sobrio, austero, físico, sobre todo físico. Si alguien podía entender la obra y la personalidad de Rodin era Doillon, sin duda, junto con Bruno Dumont, el cineasta más físico, más terrenal que hay en este momento.
La película no es un biopic ni mucho menos. Comienza cuando Rodin, a los cuarenta años, recibe su primer gran encargo: La Puerta del Infierno de Dante. Casi al mismo tiempo conoce a Camille Claudel, una jovencita de 19 años que entra a trabajar en su taller primero como discípula, luego como amante, mas tarde como rival y al final como pesadilla. Doillon se plantea seguir a su personaje en una doble lucha, la que mantuvo con Camille durante casi veinte años y la que emprendió con la figura de Balzac, la obra que inaugura la modernidad en la escultura del siglo XX.
Contada a grandes saltos en el tiempo, sin dar ninguna referencia temporal ni casi espacial, Doillon consigue con sus elipsis entre secuencias de enfrentamiento pasional hacer un retrato no de la vida de un hombre, sino de las emociones que le dominaron, sin miedo a mostrarlo como un ser destructivo y conflictivo en sus relaciones con las mujeres, especialmente Camille y Rose, pero también sus distintas modelos, y en su lucha constante con los materiales de la creación. Rodin fue una persona incómoda para su tiempo. Los muy conservadores burgueses no le aceptaban, sus esculturas no se entendían,  escapaban por todas partes de lo políticamente correcto en el arte. Pero él nunca cedió a las presiones y siguió haciendo la obra que quería hacer.
Una de las cosas que más me interesan en este Rodin es la valentía de Doillon al plantear  la figura de Camille Claudel. Frente a una corriente que quiere reivindicarla como la auténtica genio de la pareja, el film –y la propia obra, como es fácil comprobar viendo lo que hicieron uno y otra– desmiente esta utilización o apropiación de Camille por parte de Rodin y no duda en describirla como una persona inestable, celosa, posesiva, que nunca aceptó que Rodin fuera realmente el maestro. Si la figura de Rodin se describe en toda su crudeza, la de Camille también se retrata sin concesiones.
Toda la película gira en torno a la escultura, pero hay una secuencia, casi al final, donde Rodin aparece dibujando. El escultor, ya mayor, piensa: “toda la vida les dije a mis modelos como tenían que colocarse, por primera vez las dejo a ellas que hagan lo que quieran, que me sorprendan”. Y lo que hacen las dos chicas que posan para él, es lo que vemos en  los preciosos dibujos y acuarelas eróticos llenos de vida, de movimiento, de sensualidad, que el artista traza sin dejar de mirar a las modelos, dejando que su mano actúe prácticamente sola.
Si quieren disfrutar de verdad con esta película, les recomiendo que antes de ir repasen sus obras: El beso, El pensador, Los burgueses de Calais,  Monumento a Balzac, pero sobre todo, sus dibujos eróticos.



Orejas
La vida de un artista está regida por elementos que no siempre controla, pero que sabe utilizar y convertir en obra de arte. Eso es lo que ha hecho Ramon con una dolencia que desde hace once años le martiriza y le tortura: los acufenos que le impiden oír el silencio. Pero, con todo y ser insoportables en muchos momentos, no solo no le han impedido seguir trabajando, sino que hace poco, quizás como exorcismo, quizás como aceptación, ha decidido plantarles cara. El resultado es un cuaderno de acuarelas de orejas tan sorprendente como hermoso, tan inquietante, como atractivo. Son dibujos de orejas convertidas por su mirada en una abstracción sugerente de formas e incluso de sonidos. Estos dibujos se ven y se oyen. Ramon ha querido compartir algunos de ellos en su blog. Yo le he pedido prestado uno para esta entrada, pero si quieren ver más pueden hacerlo en su blog.
 http://ramonherreros.blogspot.com/

sábado, 18 de agosto de 2018

SEMANA RARA





Esta semana es la más rara del año. En medio del mes de agosto, se crea una sensación de paréntesis. Todo se detiene. Hay una calma chicha como la que aparecía en el océano y mantenía a los barcos varados días y días. Lo que no quiere decir que fuera (sea) una calma chicha tranquila. No. En este barco estancado y sin viento, pasan muchas cosas. Algunas buenas, muchas malas, o simplemente raras. En el barco de esta semana ha habido de todo.
Acababa la anterior semana con una imagen de comedia rosa: los paseos de Sánchez y Merkel por Doñana como si fueran personajes de Dallas (seguramente las nuevas generaciones no sepan que era Dallas, pero los mayores lo entenderán).
El lunes fue un día de película de terror de serie B: nos enteramos del hundimiento en el puerto de Vigo que fue como un preludio del terrible desastre de Génova que convirtió la ciudad en un escenario de auténtica película de catástrofes hecha realidad. Uno y otro producto, entre otras cosas, de la corrupción (la de los materiales por el tiempo y la otra que no cesa).
Como nota a pie de página, un kamikaze sudanés decidió tener sus quince minutos de gloria lanzando su coche a toda velocidad en Westminster. Afortunadamente sin consecuencias demasiado graves
El jueves nos subían los colores con las fotos de las alegres comadres de Waterloo en viaje de fin de curso para visitar al Líder Supremo, en plan “tú a Waterloo, yo a Cadaqués”. En contrapartida leíamos que 350 diarios norteamericanos habían plantado cara a Donald Trump dando una muestra de salud democrática en un país que tiene una enorme enfermedad en forma de presidente.

(las nubes en Barcelona, la tarde del 17 de agosto)

Y el viernes, el viernes debía ser un día de recogimiento, silencio, recuerdo y homenaje. Y lo fue en parte. Primó el respeto a las víctimas y sus familiares sobre otros criterios y se les dio protagonismo. Pero viendo el acto oficial en la Plaza Catalunya no pude menos que sentir que era algo falso, teatral. Estaba todo escenificado en un espacio donde cada actor sabía lo que tenía que hacer. No es que fuera frío, es que no era sincero. Pero de todos modos, mejor esto que nada y mucho mejor esto que convertirlo en un bochorno colectivo.
Leyendo diversos artículos de prensa la mañana del sábado me di cuenta de que no era la única que había tenido esa sensación de falsedad. Pero también me di cuenta de otra cosa. Si todo fue tan poco espontáneo, tan comedido, fue por miedo. Miedo de unos a que se convirtiera en un acto soberanista; miedo de otros al ridículo inmenso que eso acarrearía. Miedo. En la plaza Catalunya “hi havia molta por”. Quizás por eso fue tan breve el acto, tan insustancial, tan falto de todo. Quizás por eso ninguna autoridad despidió al rey, quizás por eso el rey no hizo caso de ninguna provocación. Pero en definitiva, lo que me queda hoy es la sensación de que  ayer ,en Plaza Catalunya, hubo una enorme muestra de desprecio de la ciudad hacía las familias de las víctimas a las que se dejó solas. Barcelona no estuvo con ellas.
La semana que viene volveré a hablar de cine, que ya toca.

sábado, 11 de agosto de 2018

SERIES


Sigo en modo “cueva”. Es decir, sin salir de casa. Estoy haciendo una especie de vacaciones interiores en las que desconecto casi tanto como si estuviera en la otra punta del mundo. En este autoexilio vacacional leo, escribo y veo series. No películas. Curioso fenómeno. Me he dado cuenta de que las películas, el cine, es para el invierno. Al menos para mí. Ahora, en medio de este extraño verano que convierte Barcelona en un horno, me refugio en casa y veo series españolas.
Si, españolas. Porque estos días he estado poniéndome al día de dos series españolas recientes que no había visto: El día de mañana, en Movistar y Fariña en Netflix. Y me he dado cuenta de que sin quererlo estoy haciendo una revisión cronológica de un fragmento de la reciente historia de España. Empezando con El día de mañana que va del año 1966 al 1977; enlazando con el año 1981 cuando empieza Fariña que se prolonga hasta 1990.
Son dos series muy diferentes en todos los sentidos. Las dos son muy interesantes, ambas son muy buenas. Vamos una por una


(en una playa como ésta me pude cruzar con Justo y Carme en 1966)
El día de mañana,
Basada en una novela de Ignacio Martínez de Pisón que no conozco, es una de las mejores series españolas en mucho tiempo. Por tema, por actores, por ambientación, por la dirección y los espacios. Para los que vivíamos en Barcelona en esos años, es un viaje en el tiempo. Yo recuerdo muy bien esa Barcelona de 1966, el año de la Capuchinada, o la de 1969, el año del estado de excepción. Recuerdo el año 1970 con la fuga de El Lute y los juicios de Burgos y el 73 cuando saltó por los aires Carrero Blanco y el 74 cuando el peso del franquismo moribundo nos aplastaba contra la pared. También recuerdo el año 1975 y su mezcla de miedo y esperanza y el 76 con los neonazis desatados y el 77 con la llegada de aire fresco. Todo eso se ve en esta serie reflejado en el rostro de Justo Gil, es decir de Oriol Pla, un actor capaz de dotar a sus ojos azules del candor, el cinismo, el miedo, la venganza, y el dolor en cada episodio. El día de mañana sirve para revivir nuestra propia memoria, pero lo más importante, sirve para recordar a los que no habían nacido aun que Barcelona era una ciudad compleja y diversa, que acogía distintas capas y que devolvía una vitalidad que ahora parece haber perdido. Hay una declaración de Mariano Barroso sobre la serie que me dejó pensando en lo relativo de la historia. Cuenta Mariano que paseando con el guionista de la serie Alejandro Hernández por la Vía Laietana, pasaron delante de la comisaría central y le pidieron al guardia de la puerta si les dejaba entrar. Esa comisaria daba tanto miedo en los años sesenta, yo lo sé porque estuve ahí tres días en un calabozo, que durante años cruzábamos la acera para no pasar por delante y si podíamos, ni siquiera por la acera de enfrente. Pero en cambio la reacción de Alejandro fue muy distinta. “A Alejandro le impresionó el edificio de Vía Laietana. “Nunca he visto una comisaría tan bonita”. Alejandro, que viene de Cuba y ha conocido muchas comisarías, me hizo pensar: ¡cómo pueden ocurrir cosas tan horribles en un lugar tan bello! Es uno de los enigmas de nuestra historia. Uno de los enigmas de nuestro país y de la serie.” Y de esta ciudad, Barcelona, donde pueden pasar cosas horribles en un lugar muy hermoso. No se la pierdan, de verdad.


(años 80, en esta costa gallega se empezaba a desembarcar la fariña mientras Ramon y
 yo la mirábamos inocentemente)
Fariña
Sabía que era buena. Sabía que era importante, pero no la había visto hasta ahora. Estoy de acuerdo, es buena y es importante. Basada también en un libro que no he leído, Fariña de Nacho Carretero protagonista de una estúpida acusación que obligó a su retirada del mercado donde por suerte ha vuelto, esta serie es una de las mejores que se han realizado en España en muchísimo tiempo. Sobre todo por su historia. No es normal ver en la televisión  la historia reciente de España contada con tanta valentía, con tanta crudeza, con tanta seguridad. La conversión de Galicia en el paraíso del narcotráfico europeo en los años 80 se relata sin dejar cabos sueltos, con todas sus vinculaciones políticas, judiciales y policiales. Es una historia ejemplar. Pero con todo y ser eso importante, la serie no sería tan buena si no contara con unos actores espléndidos y perfectamente ajustados a sus personajes, con unos escenarios privilegiados, un guión bien construido que nunca cae en el sensacionalismo y un ritmo sostenido en todo momento. Dividida en diez capítulos, cada uno centrado en un año entre 1981 y 1990, Fariña es un repaso a la historia reciente de España. Muchas cosas se entienden viéndola. Y muchas más se echan de menos. Me encantaría ver una serie como ésta que contara los años del pujolismo en Catalunya, con sus tramas de corrupción institucional y los laberinticos caminos que se siguieron para sembrar la semilla del procés. Me gustaría que alguien hiciera un trabajo de investigación tan minucioso como el de Nacho Carretero sobre las implicaciones del 3%, en la manipulación de los medios de comunicación y sus ramificaciones en todos los terrenos. Una serie con la misma valentía de este libro y esta producción que desde aquí les invito a no perderse. Es una lección de historia y de cine. (Al margen de su excelente reparto casi todo compuesto por actores gallegos poco conocidos fuera de la comunidad, quiero destacar el trabajo de los directores Carlos Sedes y Jorge Torregrossa, que han sido los responsables de la dirección de los diez capítulos).

La actualidad de las dos series es absoluta. El día de mañana anuncia de alguna manera esta Barcelona que sufre una degradación imparable si no lo remediamos pronto; la detención el miércoles pasado de Manuel Charlín, capo de unos de los clanes de mafiosos protagonistas de Fariña que a sus 85 años sigue controlando el tráfico de droga, demuestra que la serie no es solo reciente pasado. Y eso me da pie a comentar algunas noticias de la semana.

Tirar de las noticias
No veo mucho la televisión normal a pesar de estar en “modo cueva”. Pero estos días nos ha llamado la atención, a Ramon a y mi, como se dan algunas noticias. ¿Por qué nadie tira del hilo que nos ofrecen para investigar algo más, para ver que hay detrás de lo que se cuenta, en lugar de quedarse en la mera superficie de la historia? Esto vale para varios temas:

-El famoso máster de Pablo Casado. Ya sabemos que se lo regalaron, que es un aprovechado, etc. Pero ¿Por qué ningún periodista se plantea ver qué pasa con el negocio de los másters en España? Hacer un máster es carísimo y su utilidad no siempre está clara. Pero todo el mundo los quiere hacer. ¿Qué hay detrás del trapicheo mastergeneralizado en nuestro país? ¿Qué beneficios obtienen las universidades con ellos? ¿Cuáles son los auténticos máster de prestigio y los que solo sirven para ganar dinero? ¿Quién se puede pagar un máster? Hay muchas cosas a investigar junto al fraude y la corrupción y los regalos interesados.

-Los manteros. Ponerse a favor o en contra parece que es lo único que se puede hacer con este problema, inmenso problema, no solo en Barcelona. Están los que los defienden, están los que los acusan, pero no he visto (perdón si lo hay y no lo conozco) ningún artículo que investigue las mafias industriales de productos falsificados que son los auténticos malos de la función, los que no pagan impuestos y roban los productos copiándolos y poniendo a los manteros en la línea de fuego, abandonados a su suerte, siempre violenta. Tanto contra ellos, como desde ellos. ¿Quién les proporciona la mercancía, de dónde la sacan, cuánto les pagan, que les exigen a cambio a los manteros? Si no se ataca la raíz del problema no se arreglará nunca.

-La inmigración. Es imposible no sentirse cerca de los pobres hombres y mujeres que arriesgan sus vidas en el mar. Es imposible no pedir que se les ayude y se les acoja. Pero ¿no sería interesante preguntarse a quien se está enriqueciendo con este trato de esclavos del siglo XXI? Subirse en una patera no es gratis, cuesta mucho dinero. ¿De dónde lo sacan? ¿Por qué no lo invierten en sus países? ¿Por qué se endeudan de por vida para conseguirlo, quién se lo presta, con qué intereses, a cambio de qué? Entiendo perfectamente que quieran huir de países donde impera la miseria o el terror o las dos cosas juntas, pero entonces, ¿por qué no se organiza una inmigración ordenada, legal, controlada desde los consulados y las embajadas, como se hacía en España en los años cincuenta cuando tantos españoles se iban a trabajar a Alemania? ¿Saben cuántos inmigrantes legales se podrían canalizar desde cada país subsahariano hacia todos los países europeos? Muchos y los queremos porque Europa está vieja y necesita la sangre nueva y la energía y la diversidad cultural que nos pueden aportar. Pero no necesita esclavos sin papeles. No creo en la eficacia de un Plan Marshall. A los países africanos se los está ayudando desde hace muchos años y el dinero nunca llega a la gente, se queda en la enorme corrupción política, militar y religiosa que controla el continente, mejor dicho que está matando el continente. Pero canalizar la salida de una forma lógica, con  un destino asegurado, no creo que fuera tan difícil. Claro que así se acabaría con un suculento negocio que deja miles y miles de euros a mucha gente. Allí, aquí, y entre medio.
(Que conste que no quiero dar lecciones de nada, me imagino que solucionar estos problemas es tan complejo como difícil y para mi es muy sencillo decir lo que pienso desde la cueva. Pero hacerse preguntas es humano ¿o no?)


sábado, 4 de agosto de 2018

MALAUSSÈNIANAS


Esta primera semana de calor sahariano invita a no salir de casa (si se puede). Tampoco las películas de estreno en las salas de cine provocan la tentación de ir al cine Tan solo la idea de sumergirte dos horas y media en la montaña rusa de Misión imposible compensa del esfuerzo de cruzar la ciudad sin taxis y con la Gran Vía de Barcelona convertida en un zoco medieval. El lunes quise ir andando por la Gran Vía para ver en directo el espectáculo y la imagen que me vino a la cabeza fue una superposición de intolerancias al progreso. Quizás por efecto del calor agobiante tuve la visión de la Gran Vía ocupada por coches de caballos en la calzada, con los cocheros tumbados a su lado comiendo bocadillos de chorizo y bebiendo en porrón para protestar contra la terrible invasión de los “taxis” motorizados que amenazaban su negocio de tracción animal con la desaparición. Barcelona pudo vivir un momento así. O Madrid, tan ensimismado en sus capas y embozados que le costaron el puesto al Marqués de Esquilache. El progreso siempre se ve como una amenaza para lo que consideramos “nuestro” y “eterno”.
No sé si el paralelismo producido por el calentamiento general es comparable. Pero tengo la sensación de que en este conflicto (del que no entro a valorar nada porque no tengo datos) se oponen dos maneras de entender el mundo: una que considera que la calle es suya (es de tanta gente la calle que casi no nos queda espacio para andar) y otra que considera que la calle es de quien la sepa utilizar. El progreso es imparable y los taxis tienen que adaptarse a las nuevas formas de uso de este servicio público. Cada vez vale menos el viejo sistema de parar un taxi  haciendo aspavientos en la calle, siempre al albur de que se quieran parar o no, te vean o no. ¿Por qué simplemente los taxistas no se adecuan al nuevo orden como hicieron los cocheros de coches de caballos con los vehículos a motor? Misterios dignos de Malaussène.





¿Y quien es Malaussène? Pues Benjamín, Ben el hermano mayor de la tribu Malaussène de Daniel Pennac con la que he convivido estos días en que nada me obligaba a salir de casa. El primer libro, La felicidad de los ogros, se publicó en 1985. En cuanto lo leí, me convertí en maulaussèniana para siempre. Luego fui leyendo los demás, hasta cinco, que fueron apareciendo. Pero la publicación hace poco de un sexto volumen, El caso Malaussène , me llevó a releer los libros desde el primero. Fue un placer encontrarse con Ben, Clara, Thérèse, Jérémy, el Pequeño, Julius el perro, Julie, y toda la tribu, Verdún, Esunangel, Señor Malaussène, Maracuyá, por supuesto Mama, y el comisario Coudrier y Gervaise y … todos los demás que  desde La felicidad de los ogros, pasando por El hada carabina, La pequeña vendedora de prosa, El Señor Malaussène, Los frutos de la pasión y ahora este El caso  Malaussène, hacen una radiografía de la sociedad (la francesa y la europea) desde una perspectiva insólita, divertida, surreal,  negra, multicultural y políticamente incorrecta en todos los sentidos más positivos.
Creo que se podría aplicar el malaussènianismo  a muchas situaciones que vivimos cada día: la intolerancia de los que sienten que solo ellos tienen el derecho a existir; la frustración de los mediocres que no soportan que los demás sobresalgan; la credibilidad en los hechos lógicos cuando la lógica no es precisamente la que mejor funciona en algunos hechos. La idea del  chivo expiatorio (para saber lo que es deberán leer los libros, cosa que recomiendo encarecidamente) sería muy útil en nuestros días. Alguien que asuma las culpas de todo para liberarnos de tener que decidir por nosotros mismos.
El conflicto del taxi enquistado en una forma de negocio y transporte del siglo XX cuando se impone una forma de negocio y transporte del siglo XXI, le habría encantado a Malaussène. También el tercermundismo de los aeropuertos con sus cancelaciones y huelgas. O la invasión amarilla de las calles y ciudades de Catalunya. O los personajes casi más de Tin Tin que de Malaussène (por la conexión belga of course) que habitan nuestro paisaje político local y nacional.
Hay mucho donde escoger.
Entre todo esto hay una idea que me gustaría recalcar. Se acusa a los negocios de VTC de que no pagan impuestos en España. A parte de que creo que es una verdad a medias (no pongo la mano en el fuego) me parece que esto responde al nacionalismo rampante que nos corroe en todos los ámbitos. Si estas empresas cotizan en Holanda, porque no empezamos a pensar en Europa como un todo y que da igual pagar en Berga que en Sevilla, en Mataró que en Waterloo. O empezamos a ser un poco mas malaussènianos en nuestra idea del mundo o vamos directos a una realidad que ningún miembro de la tribu estaría dispuesto a tolerar.
Un último apunte. Una frase de Pennac sobre Europa que comparto al cien por cien:
“Pensemos cómo sería Europa hoy si en la época en la que empecé a escribir Malaussène, hubiéramos enviado a niños de sexto a pasar un mes en otro país, y no hubiésemos dejado de hacerlo desde entonces. Esos niños hoy sentirían que existe algo que les une, habría una identidad europea que se superpondría a su identidad nacional y regional. Pero no lo hicimos, y hoy no sabemos lo que es Europa” (Daniel Pennac, el padre de la tribu)

sábado, 28 de julio de 2018

TIEMPO DE AMAR, TIEMPO DE RECORDAR. MARIO CAMUS


(una imagen del aula de los cursos de El Escorial)


He estado estos días en uno de los cursos de la Universidad de Verano de El Escorial. Manuel Hidalgo me invitó a participar en el que organizaba sobre Mario Camus. Ha sido, como en otras ocasiones, una experiencia estupenda. Escuchar a otros ponente, conocer a Mario Camus, hablar con él, son de esas cosas que no se olvidan. En esta nueva entrada del blog, la ultima del mes de julio, me atrevo a colgar la ponencia que hice para el curso. Es larga, lo se, pero espero que pueda interesar. El tema que me dio Manuel fue el del amor y el tiempo. Esto es lo que escribí.



TIEMPO DE AMAR, TIEMPO DE RECORDAR
Antes de empezar a hablar de amor, tiempo, amor en el tiempo o tiempo para el amor, en el cine de Mario Camus, me gustaría decir dos cosas 
La primera, es citar una frase de Volker Schlöndorff que leí en su biografía, Tambour Battant, mientras preparaba este texto: “Desgraciadamente no compré a tiempo el billete para ese viaje; lo  que hoy me desgarra es el lamento, los remordimientos, el sentimiento de una pérdida irreparable”.
Schlöndorff se refiere a una vieja y muy profunda historia de amor que tuvo en los años ochenta y que, por cobardía, miedo, o por anteponer su trabajo a los sentimientos, dejó pasar. Perdió la ocasión para siempre. Me pareció, cuando lo leí, que esta historia de la vida real, la podía haber contado Mario Camus. Mejor dicho, me di cuenta de que Mario Camus la había contado en varias ocasiones.

La segunda advertencia previa es más personal y es un agradecimiento. Quiero dar las gracias a Mario Camus por haberme descubierto dos poetas de los que no sabía absolutamente nada. Claudio Rodríguez y Macedonio Fernández. Uno español y otro argentino. Ambos están íntimamente unidos a su cine, incluso, creo, que a su vida, o en todo caso, a su vida literaria/sentimental. Aunque en realidad citar estos dos nombres es empezar a hablar del tema central de esta charla: el amor, el tiempo, la pérdida, los recuerdos. En definitiva, hablar del cine de Mario Camus porque sus películas de amor y tiempo se entienden mucho mejor después de leer a estos dos escritores.

Y ahora sí, ahora puedo entrar en un tema que centra muy bien una frase de Mario Camus: “Hay que remontar el río del tiempo y asomarse a aquellos territorios que una vez frecuentamos y donde nos fuimos aprovisionando para hacer frente al largo recorrido.”

El tema del amor perdido y a veces, casi nunca, recuperado, es una constante en una filmografía que abarca casi cincuenta años y toda clase de géneros. Es muy curioso, pero en las películas que son guiones originales, sean escritos en solitario o en colaboración, sean obras de encargo o proyectos personales, el tema sale casi siempre de una u otra manera.

Si pensamos en tiempo y amor perdido en el cine de Camus, los primeros títulos que nos vienen a la cabeza son los de su última y más personal etapa. Está muy claro. Desde Los días del pasado hasta El prado de las estrellas, es algo que aparece de una u otra manera, con mayor o menor presencia, con más o menos peso en la historia.
Pero lo interesante es darse cuenta de que esta idea ya estaba mucho antes. En un antes que es casi una prehistoria de su propia filmografía. En años tan lejanos en el tiempo como 1966, 1967 y 1968; en títulos tan lejanos en sus intereses como Cuando tú no estás de 1966, Al ponerse el sol, de 1967 o Digan lo que digan de 1968. En las tres películas que hizo con Raphael, mejor dicho, al servicio de Raphael, aparece un amor perdido y buscado. En la primera película hay una mujer misteriosa que oculta un secreto que arrastra al protagonista a una desesperación por haberla conocido y haberla perdido. O por no haberla conocido porque se esconde en las brumas del misterio en el segundo film. Deliberadamente dejo fuera la tercera película porque en Digan lo que digan, la perdida y la búsqueda es la de un hermano (el tema del hermano volverá a salir más adelante) y aquí, al menos en esta primera parte, de lo que hablamos es de amor entre un hombre y una mujer.

En Cuando tu no estás las canciones se incorporan a la historia como un hilo narrativo que nos lleva del pasado al presente, o del presente al pasado para contar como Raphael conoció a Laura, la perdió, la recuperó y la volvió a perder. Es una historia que sucede en pocos años, los protagonistas son muy jóvenes por eso el drama de la pérdida se vive desde un presente cercano. No hay en esta historia posibilidad de redención en el futuro: Laura muere, es la separación definitiva e irreversible. Aquí Camus está más cerca del romanticismo que del humanismo.


El romanticismo también está muy presente en la segunda película con Raphael, Al ponerse el sol. Paisajes del norte, lluvia, el mar embravecido, una casa abandonada, Comillas. Fantasmas. Las canciones vuelven a ser importantes, pero ya no son tan narrativas como en la anterior. El guión, sin perder de vista que está al servicio de la estrella, se hace un poco más complejo mezclando la historia de amor de los padres de Marina, el fantasma que el cantante busca entre la niebla, y la suya propia con Ana que no es otra que la Marina soñada. Se nota en la escritura una mayor sutileza. Vértigo flota sin que sea evidente: recrear una imagen de una mujer que no existe en una que si existe. Es una película muy curiosa que merece algo más que clasificarla como “una de Raphael”.

Habrá que esperar hasta 1974 para volver a encontrar una película romántica en su filmografía. En realidad Los pájaros de Baden Baden no es una película de amor y tiempo. Y tampoco es exactamente una película romántica. Camus deja ver ya su mirada humanista sobre la historia de amor que escribe a partir de un texto de Ignacio Aldecoa. Pero si la cito en este contexto es porque este amor de verano, podría ser el pasado de una futura historia de amor perdido y recuperado. Con una salvedad fundamental que lo impide. Uno de los personajes se suicida. “Todos los que han conocido el amor, cuando el amor se aleja de ellos, llevan una huella de muerte…” escribe Camus citando a Hemingway y esa memoria, esa huella, permanece para siempre y podría ser el principio de una historia rememorada en un futuro que nunca veremos.


Tres años después, en 1977, Mario Camus rueda Los días del pasado, una de sus películas más personales, quizás, una de las más importantes aunque no fuera tan famosa como otras que realizó en los años 80. Con este film, el director vuelve al norte, a su Cantabria natal, a su pasado, a su memoria. Vuelve a los paisajes de lluvia, invernales. El norte es un territorio que se presta a la melancolía, a las historias de perdedores, a la pérdida en sí misma. En medio del sol luminoso del sur es mucho más difícil contar una historia como la de Los días del pasado. Por eso Juana, cuando ya no puede más, vuelve a ese sur amable donde al menos el paisaje no es hostil. El de Los días del pasado es un paisaje de cuadro romántico de Kaspar Friedrich, pero, curiosamente, la historia es muy poco romántica. El humanismo se ha impuesto y Camus pone por encima de la melancolía la urgencia de la supervivencia.

Hay tres frases de Camus de esas extrañas no memorias que son Apuntes del natural escritas en el 2007, que me parecen muy útiles para entender este giro en sus historias: Una la he citado al principio de estas líneas:
“Hay que remontar el rio del tiempo y asomarse a aquellos territorios que una vez frecuentamos y donde nos fuimos aprovisionando para hacer frente al largo recorrido.”
Las otras dos dicen
“Intento recuperar momentos especiales que tuvieron lugar en aquel tiempo: paisajes, amigos, profesores, casas, sensaciones y cualquier otra cosa que se haya quedado prendida en el recuerdo.”
“En algún pliegue o en cualquier recoveco medio oculto encontraremos la clave o, a lo peor, solo borrosas señales que marcan una vaga tendencia.”

Estas tres frases encierran las líneas maestras de Los días del pasado. La escuela, dibujada a partir de su recuerdo, la maestra que convierte en mujer a David, el profesor de su infancia, los maquis como duendes en la montaña. En este sentido, este film fundamental cuenta los días del pasado de la pareja protagonista, Juana y Antonio y los días del pasado del propio Camus.

Esta es la historia de un reencuentro. Siete años separan a Juana de Antonio. Siete años, y dos guerras o tres, porque Antonio sigue metido en una guerra de la que Juana ya no quiere saber nada. Siete años rotos por una carta que pone en marcha un posible reencuentro que no se produce hasta el minuto cuarenta y cinco. Los amantes solo tienen tres secuencias juntos: en la primera, casi no se tocan, solo se miran, se reconocen: “que flaco estás”, le dice Juana a Antonio; en la segunda hacen el amor pero no los vemos; en la tercera, derrotados ya por la vida, él se queda dormido y ella recuerda ese único momento de felicidad que tuvieron en su segundo encuentro. Nada más. El pasado y sus días es más fuerte que ellos y la separación es inevitable. Juana se va a ese sur de luz y de sol, Antonio se queda en ese norte de lluvia y de muerte. ¿Existe la posibilidad de un reencuentro cuando los dos sean viejos? “No creo en la muerte de los que aman, ni en la vida de los que no aman” dice Macedonio Fernández citado en el film. Nunca lo sabremos.


 En 1985, tras los éxitos de La Colmena y Los Santos inocentes, Camus siente la necesidad de volver a contar una historia pequeña, propia, personal. El resultado es La vieja música. En este film ambientado en Lugo, una ciudad que es todo pasado, Camus recupera historia y personajes de Volver a vivir, un film de su prehistoria, del año 1967. En lugar de fútbol, aprovecha para incorporar un deporte que le gusta mucho y que conoce bien, el baloncesto. Y en lugar de una historia de amor (imposible y desgraciado) en presente, cuenta una historia (imposible y desgraciada), en pasado. Martín, este es su primer Martin, es un personaje que sale de su pluma y de la de Joaquín Jordá que le aporta un pasado montonero en el Uruguay convulso del tiempo de las dictaduras.

Camus se siente libre para utilizar todos sus recuerdos: los del baloncesto sin duda, pero también ese tiempo que pasó en Santander viviendo solo con su padre, como Paloma vive sola con el suyo. Paloma que lee Los hechos del Rey Arturo, un libro del pasado, Paloma con la que ve en un cine (hay muchos cines en el cine de Camus, pero eso es otro tema) El Sur de Víctor Erice, historia de padres e hijas, de amores perdidos y nunca recuperados.
El hecho de utilizar el baloncesto como contexto es muy interesante. Se trata de un deporte muy rápido con una pelota en continuo movimiento y sin embargo, es un deporte donde el tiempo se dilata, se suspende, se alarga hasta límites a veces insospechados. Nunca sabes lo que van a durar los veinte minutos de un tiempo de baloncesto, como nunca sabes lo que va a durar una historia vieja, una herida no cerrada.

Hay varias memorias en esta película: la del empresario empeñado en reconstruir el palacio donde sirvieron sus padres, la de Gabriela dedicada a restaurar frescos en iglesias en ruinas. Pero hay dos muy importantes: la de Martin es una memoria emocional, sentimental, de amor perdido; la del viejo que interpreta Paco Rabal es una memoria física, de cartas y recuerdos, de vidas perdidas. Aún hay otra memoria: la de la vieja música del bandoneón que evoca un tiempo que nunca volverá. Cuando Paloma, la mujer amada, reaparezca para confirmar que nada podrá ser igual, el bandoneón será el único refugio de Martin para aceptar que no puede seguir pensando en ella; que los dos fallaron, el uno al otro y a sí mismos; para ser consciente de las decisiones equivocadas que tomaron; del no futuro que nunca tuvieron; de la necesidad de verse para perdonarse y poder seguir adelante; de la tristeza de una vida vacía y de cómo los rompieron en mil pedazos. Cuando Paloma se vaya de nuevo, Martin podrá empezar otra vez. Pero ya sin su hija. Porque también a la Paloma niña la pierde cuando su búsqueda acaba y concluye. Ahí se abre una posibilidad de un reencuentro en el futuro: el de Paloma y su padre. Me gusta la idea de que las películas de Camus son en realidad primeros capítulos de una historia que me permito imaginar.



Pasan seis años entre La vieja música y el siguiente titulo de esta canción de amor, nostálgica y melancólica que Camus va escribiendo poco a poco. Después del sueño es una estrofa atípica en su particular poema. ¿Por qué atípica? Porque no hay en ella exactamente una historia de amor desgraciado y triste, pero si hay en ella pérdidas, viejas heridas sin cerrar, tesoros por buscar y sobre todo una presencia obsesiva del pasado en el presente. La historia vieja es de hermanos (no de amores) un hermano bueno y un hermano malo. Uno exilado, el otro enriquecido. Uno con un tesoro, el otro con un rencor. Esa vieja historia se proyecta en el presente en Amos, un personaje nuevo en su filmografía: un hombre tranquilo que vive de la pesca y que sueña con un tío imaginado pero nunca visto y con un amor que tiene cerca aunque no lo sepa. Y en medio, el tesoro, el cuadro que como un macguffin picassiano hace rodar los personajes, los enreda, los conduce hacia un territorio nuevo.

Después del sueño es un verso suelto. Empieza en el norte brumoso y cantábrico, pero casi toda la historia sucede en Madrid. No hay en ella una sola línea narrativa. Como los sueños que se abren en distintos caminos inesperados, así se abren las vías de este film: la de Salud y el detective; la de Pepita y el viejo Roces, la de Antonio y Angélica, la de Antonio y la investigación; y la de Amos con el pasado de su familia que le lleva hasta Salud para cerrar el círculo y concluir el sueño. Una película rara.



En 1993 Mario Camus realiza otra de las películas claves de su filmografía del tiempo. Quizás, junto con Los días del pasado, la más política aunque más arriesgada. Porque en Sombras en una batalla se atreve a hablar de un pasado reciente en la memoria de todos. De personajes y hechos que han marcado la vida política del país. Pero lo hace desde abajo, desde la letra pequeña, desde las victimas y sin necesidad de verbalizar en ningún momento de quién o de que está hablando. Esta no verbalización es una de las cosas más interesantes de este interesante film porque lo convierte en clásico. “Yo me limito a contar historias, Antes, era un mercenario y me las encargaban. Ahora, como no me las encargan, las escribo yo y busco los elementos para escribirlas entre las cosas que ocurren cada día”, decía Camus al hablar de la película.

En el momento de su estreno, el cada día era muy evidente, no hacía falta hablar de ETA, de Pertur, de Yoyes, del GAL. Todos los espectadores llenaban con su propia memoria los huecos que dejaban los no nombrados. Pero hoy, seguramente los espectadores más jóvenes, los que vean el film por primera vez, no llenarán esos huecos con nada porque esa historia no forma parte de su historia. No nombrar ayuda a olvidar, dice uno de los personajes del film. Y ese olvido hace del film un clásico, ya que deja todo el protagonismo a la historia de amor rota por la tragedia en el pasado y la historia de amor rota en el presente por la imposibilidad de olvidarla.

El destino siempre juega sus cartas y en este caso sienta a Ana y José juntos en un autobús. Su primer diálogo, cuando no saben nada uno del otro, es muy significativo: “El pasado de los tiempos felices no se puede recuperar, Los días buenos quedaron atrás para siempre, no se pueden atrapar otra vez. Nada puede ser igual a como fue.” Pero podría ser diferente, nuevo, si fueran capaces de superar ese peso inaguantable en el alma que va dejando huellas imborrables. Las de José, apenas esbozadas en la historia que le cuenta su ex mujer a Ana. La de Ana, que solo conoce su hija y que Darío, el amigo fiel intuye pero no pregunta. Volvemos a estar en un territorio de melancolía, un norte otoñal, sin mar, pero con nieblas, con lluvia, con una naturaleza en libertad representada por los pájaros, donde la vida de Ana intenta abrirse camino entre las sombras del pasado. Un paisaje árido, un espacio de frontera: frontera entre Portugal y España, frontera entre el pasado doloroso y el futuro incierto, frontera entre el amor perdido y el que nunca se tendrá. Por debajo de los silencios de Ana, de las miradas de Darío, por debajo del dolor de José y la dureza de los que no perdonan, corre un rio de recuerdos de un pasado que no se quiere o no se debe o no se puede recuperar, un pasado del que al final Ana conseguirá liberarse precisamente cuando consiga salir de su exilio interior, cuando deje de sentirse acosada física y moralmente, perseguida por las sombras de una batalla perdida hace mucho tiempo, cuando deje de tener miedo y deje de esconderse de sus sentimientos, cuando se enfrente a ellos, a los que la dejaron sola hace años, y los que la dejan sola ahora. No sola no. Ana en su redención encontrará el refugio de Darío. Preciosa historia de amor tardío que se cierra con una frase de Borges: “Yo no hablo de venganza ni de perdones; el olvido es la única venganza y el único perdón”.

Un apunte curioso que solo se puede apreciar cuando se revisan las películas seguidas como he hecho yo para escribir este texto. El síndrome del minuto 40. Sombras en una batalla es la primera de las películas de memoria donde el pasado, la historia que todo lo rige y lo condiciona, se explica entre el minuto 40 y el 45. Prácticamente en la mitad de la película. Ya en Los días del pasado el encuentro entre Juana y Antonio pasaba en el minuto 45. Pero a partir de ahora, ese punto central será el que explique, justifique todo lo que ha sucedido, todo lo que sucederá.


Cuatro años después, en 1997, Camus dirige la que para mí es su película más bonita, más personal, más cercana: El color de las nubes. Quizás me gustan tanto porque es una película de aventuras, de cuento de hadas y lobos feroces, de tesoros escondidos, de piratas y de amor. Un amor que se prolonga en el tiempo desde la infancia de Lola, una mujer de una dignidad y una ternura tan grande que llena con su abrazo la vida de los dos niños que la ayudan a no perder el color de las nubes.

No es extraño que la película se abra con una cita de R.L. Stevenson que dice: “Y así ocurre que aunque los caminos de los niños se entrecruzan con los de los mayores en cien lugares cada día, no van nunca en la misma dirección, ni siquiera descansan en los mismos fundamentos”. Esta vez volvemos al norte, al mar, al Cantábrico, la lluvia, el invierno. Como los cuentos, la historia se sitúa hace unos años, el presente ya es pasado. El presente lo representan los niños abandonados que podrían ser de Dickens pero son de Stevenson: Bartolomé, víctima de unos padres egoístas y odiosos y Mirsad, el niño bosnio, víctima de una guerra injusta y terrible. También forman parte del presente Tina y Valerio, los dos jóvenes que encuentran su camino en el color de las nubes.

Lola comparte el pasado feliz con Colo, el amigo fiel, y el pasado doloroso con su casa, recuerdo y memoria de su amor por Mateo, el hombre al que quiso toda su vida: “Él llenó mi vida y dejó la casa para que viviera hasta mi muerte”. Lola nunca quiso papeles. Le bastaba la palabra de Mateo. Eran felices. “Pero la vida, afirma Lola, es una complicación muy grande que cada uno debe resolver como pueda.” Lo sabe Colo, lo sabe Tina, que vive sola en la montaña junto a las abejas y las plantas del bosque; lo saben Bartolomé y Misrad que acaban encontrándose uno al otro. Todas estas soledades consiguen tejer una familia nueva, seguramente sin futuro, pero feliz en ese presente en el que Lola y los niños miran el cielo y el mar sentados en un acantilado.

Y llegamos al minuto 40, cuando Tina le cuenta a Valerio la historia de Lola, de su familia, de su amor por Mateo. El eje sobre el que todo lo demás se va construyendo. El padre de Lola, un indiano que vuelve rico, construye una casa con palmeras, esa casa. Rodeada de hermanos, Lola era la mayor. A los 14 años se hizo cargo de la familia. Conoció a Mateo de pequeños, se querían, pero él se fue a Australia y se casó. Cuando volvió recuperaron su amor de juventud y no se volvieron a separar nunca. Mateo compró la casa para Lola, pero su hijo se la quiere quitar. “Tu padre me quiso y yo a él”, le dice Lola al joven Mateo, el lobo, justo antes de que los niños consigan liberarla de su acoso.

Como estamos en el terreno del cuento, la aventura del tesoro, las drogas que Colo encuentra en el mar, acabará bien. Como estamos en el terreno del cuento, la aventura de Bartolomé, que vuelve a escapar de sus horribles padres, acabará bien. Como estamos en el terreno del cuento, Lola, el hada buena, acabará quedándose en su casa y ahuyentando para siempre al lobo feroz. Como estamos en el terreno del cuento, Tina y Valerio vivirán felices y comerán miel de tomillo. Esta es una película feliz en su melancolía. Un cuento que él mismo definía como un homenaje a una película que también es una de mis favoritas: Los contrabandistas de Moonfleet, de Fritz Lang.

Después de El color de las nubes Camus no está ocioso, pero lo que hace en ese tiempo no entra en este poema. La siguiente estrofa en su canción de amor es La playa de los galgosdel 2001. Un film que, como Después del sueño, se puede considerar un verso libre. No es exactamente una historia de amor y tiempo, pero el amor y el tiempo son fundamentales en ella. Vuelve a ser una historia de hermanos perdidos y buscados, como Digan lo que digan, como Después del sueño. Pero en este caso, en un contexto de violencia injustificada, absurda. Una violencia que arrastra a los personajes desde un pasado cercano hasta un presente sin futuro posible.

El film tiene tres partes muy definidas. En la primera, vemos como se comete un asesinato a sangre fría. Un hecho terrible que persigue en sus pesadillas al autor material del tiro en la nuca sin dejarle vivir. Es Pablo, el hermano perdido de Martin. Estamos en los años ochenta, los años de plomo del terrorismo de ETA a la que de nuevo no se nombra pero a la que todo el mundo evoca sin necesidad de decir nada. Años de violencia, de muerte, de dolor.

Siete años después, Martin, este es su segundo Martin, otro hombre bueno, sencillo, recibe noticias de su hermano. Hay un psiquiatra que le puede decir dónde está. Aquí la historia empieza a complicarse, intenta abarcar demasiadas cosas, demasiados pasados. En cierto modo se pierde el hilo principal, el que lleva a Martin hasta Pablo y el que acerca Martín a Berta, la mujer misteriosa que se convierte en su sombra y en su obsesión. Esta primera parte donde los galgos corren libres por la playa, acaba con un viaje a Dinamarca, no sin que antes, Martin, en el minuto 40, le cuente a Berta la historia de su hermano Pablo. Una batalla que Berta conoce muy bien aunque Martin no lo sepa todavía.
La segunda parte sucede toda en un territorio desconocido. Como si salir de su espacio natural y adentrarse en una ciudad nueva, Copenhage, le cortara un poco las alas, el film se estanca y le cuesta avanzar en los vericuetos de la memoria del psiquiatra y su hija traumatizada por la violencia argentina de la dictadura, en Berta y sus misterios y en un encuentro entre los dos hermanos que les conducirá a la tragedia.

De alguna manera la película debería haber acabado ahí, pero Camus decide proyectarla hacia adelante. No quiere dejar a sus personajes perdidos en las sombras de esa batalla, de ese dolor. Y les ofrece una posible redención en una tercera parte donde Martin perdona a Berta, encarcelada por el asesinato de su hermano y el psiquiatra recupera a su hija de las brumas de la memoria. Pero Camus sabe que es un sueño que no sucederá. Martin se queda en la playa con un único galgo superviviente que como él, se ha quedado solo frente al mar.

La playa de los galgos no podía, no debía ser el último de los films de Mario Camus. Faltaba una última estrofa que cerrara su canción de amor y del tiempo: El prado de las estrellas.


Muchas cosas se recuperan y se viven en este film melancólico, pero no triste, invernal pero no sombrío, donde el paisaje de Comillas, del mar, de las montañas, de los pasiegos, se convierte en el telón de fondo para contar una historia de amor distinta y prolongada en el tiempo: la de un niño, Alfonso, con una mujer, Nanda, que le recoge de pequeño, le cuida, y le quiere en un amor que el hombre le devuelve a lo largo de su vida hasta su último aliento.
Son los paisajes de la infancia de Camus, son personajes que podían estar en su biografía, es un regalo que el director se hace a sí mismo y a su tierra a ese prado cuajado de estrellas alrededor de un roble centenario al que salvan de la especulación y la destrucción para preservarlo. El amor y el tiempo tienen ese objetivo: salvar el paisaje que es lo que nos contiene, lo que encierra la memoria, donde se guardan los recuerdos. Cuando los conocemos, el niño Alfonso es un hombre casi viejo y la mujer Nanda es una anciana en una residencia donde Alfonso la visita regularmente para recordar y para vivir juntos, para disfrutar de la sabiduría de la humildad, del cariño mas profundo.

Pero Camus no vive solo en el pasado. El presente es importante y el presente lo representan Luisa, una mujer de ahora mismo que no quiere atarse a un hombre, quiere vivir, quiere ser libre y como la Juana de Los días del pasado, conseguirá librarse del peso de la tradición en un sur levantino y luminoso. Mauri, el compañero fiel, simboliza lo que no se mueve, no solo la tradición, sino algo mas importante, las raíces. Mauri es el hombre fuerte enraizado en la tierra. Ramiro... Ramiro, es otra cosa. Ramiro es el hombre moderno, no pertenece a ningún sitio, arregla y reconstruye motos, frente a la bicicleta artesanal de Martin. He dejado para el final a Martin, el ciclista. Su tercer Martín, es hermano de Luisa, es el personaje más joven, el más dispuesto a encarar el futuro. El ciclismo, junto con el baloncesto, han sido dos pasiones de Camus. Y en este film a través de la figura del joven Martin, el ciclismo se inserta en la historia.

La primera vez que Alfonso ve a Martin saliendo de la niebla, sabe que ha encontrado un propósito en su vida: convertir a ese chico en un campeón. Este trabajo se va desarrollando en paralelo de la historia de Alfonso y Nanda, de la historia de Luisa con Mauri y con Ramiro y acaba por dominar todo el relato.

Hay dos finales en El prado de las estrellas: uno es feliz: el prado, el roble, el paisaje, el mundo antiguo, el que vale la pena preservar, se salva de la especulación y la destrucción. El prado seguirá estando libre de alimañas. El otro final es más triste y nos deja con un regusto amargo. Martin tiene un accidente absurdo y nunca sabremos si conseguirá salir adelante. En todo caso, Camus le deja una esperanza: tanto si vuelve a montar en bicicleta, como si acaba dedicado al campo, Martín será un campeón.
El final de la obra de Camus, al menos de momento, nos deja con una doble reflexión que me parece importante: la de quién ha vivido y mira su pasado con serenidad y la del que sabe que el futuro es de los jóvenes a los que no solo no acusa, ni estigmatiza, sino en los que confía. La doble pareja Alfonso, Nanda, Luisa, Martín, representan lo mejor de su historia, lo mejor de este país: la dignidad, la honestidad y el valor del esfuerzo y el trabajo bien hecho.

Unas pequeñas consideraciones antes de acabar. He dejado fuera toda referencia a los actores que han dado cuerpo y vida a los personajes de sus historias. Se trataba de contar lo que les pasaba a ellos sin referentes posibles, aunque en realidad es muy difícil imaginárselos sin los rostros de Marisol, Antonio Gades, Federico Luppi, Carmelo Gómez, Antonio Valero, Carmen Maura, Joaquím de Almeida Julia Gutiérrez Caba, o Álvaro Luna.

También he dejado fuera toda consideración crítica o cinematográfica. Desde el principio me coloqué en el terreno de la narración, del espacio y el tiempo. Para que ese relato funcionara tengo que citar aunque sea solo un apunte, a los coguionistas con los que ha trabajado Mario Camus en estas películas: Miguel Rubio, Antonio Betancor, Manolo Matji. Y no querría dejar de hablar de la música de Sebastián Mariné que acompaña sus historias del pasado con una armonía absoluta, una nostalgia evocada y emocionante.
También quiero aclarar que he mirado estas películas desde la perspectiva del amor y del tiempo. Pero su cine, como todo buen cine, se puede ver de muchas maneras. Y de ellas se podría hacer, de hecho se han hecho en estos días, muchas lecturas desde otros puntos de vista.

Y una última cosa. Ver las películas ahora, revisarlas, vivirlas, no deja de ser también una manera de recordar la propia historia: cuando las viste por primera vez, donde, con quién. El cine es siempre una historia de amor y tiempo.
Julio 2018 San Lorenzo de El Escorial