sábado, 27 de mayo de 2017

IDEAS



(hace años Ramon hizo una serie de acuarelas sobre El viaje de invierno de Schubert. Me ha parecido una buena elección escoger una de ellas para acompañar este texto.)
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Acabo de leer que el G7 está reunido en Sicilia. Me ha hecho gracia porque justamente esta semana se estrena una película que comienza con una reunión parecida: la de los ministros de economía de los ocho países más poderosos del mundo en un lujoso hotel de la costa alemana. Estas reuniones son siempre misteriosas, aunque no tanto como las del Club Bilderberg del que ya he hablado en otras ocasiones. De hecho, la reunión de los ministros de economía con el director del Fondo Monetario Internacional, tiene más que ver con las que seguramente llevan a cabo los miembros del selecto club de poderosos, que con las mas públicas del G7, que no dejan de ser meras representaciones teatrales. Todos sabemos que las grandes decisiones no se toman ahí, sino en los más secretos y ocultos encuentros entre las gentes que de verdad manejan el mundo: es decir el dinero que no tiene patria ni color.
Pero aun no he dicho que película es. Se titula Las confesiones, la dirige el italiano Roberto Andó y entre su lujoso reparto internacional destaca Toni Servillo, el inolvidable Jep Gambardella de La gran belleza. Servillo y Andó ya habían colaborado antes en un extraño film, Viva la libertad. Ahora el actor italiano se mete en la piel de un monje silencioso, invitado especial a esta reunión secreta por Daniel Roché, el director del Fondo Monetario Internacional, que quiere confesarse esa misma noche, antes de empezar las sesiones de trabajo. A partir de aquí, la película se abre en varias direcciones: thriller con un hombre muerto; suspense línea Agatha Christie; denuncia política; comedia de enredo; drama metafísico. ¿Qué le confesó Roché al monje Salus? ¿Le reveló el secreto de la decisión política que iban a tomar y que afectaría a la economía mundial de forma irreversible? ¿Podría el monje descifrar el enigma de la fórmula matemática, el algoritmo que lo cambiará todo? Misterios y bromas que dejan más preguntas que respuestas. Atención a la banda sonora: el canto de los pájaros que el monje silencioso graba para escuchar cuando está solo; El Viaje de Invierno de Schubert, con su melancolía y su aire romántico; Walk in the Wild Side, de Lou Reed, canción que define muy bien el lugar por donde caminan estos ministros. Sin olvidarnos de la música compuesta por Nicola Piovani.



(un autoretrato de Paula)
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Estamos de suerte, en dos semanas el cine nos ha permitido conocer a dos mujeres pintoras de las que casi nadie sabe nada. Hilma af Klint, en Personal Shopper y Paula en Paula. Paula es Paula Modersohn- Becker. Y Paula Modersohn-Becker es una pintora alemana, de corta vida, murió a los 31 años en 1906, dejando tras de sí una poderosa obra que se adelantaba al expresionismo alemán. La película de Christian Schochow no es exactamente un biopic de esta mujer, una de las pocas artistas (¿tendremos que distinguir a partir de ahora a las artistas de los artistos?) que tienen un museo dedicado a su trabajo. Lo cual no impide que sea casi desconocida y que permanezca en los márgenes de la historia, si no olvidada, si relegada a nota a pie de página. Descubrir la verdadera Paula, despertar la curiosidad por sus cuadros, por su vida, es lo mejor de este film. Más que la película en sí misma. Hay algo en el guión que no me gusta. Me parece un poco reduccionista pensar que la histeria de esta mujer, provocada por la impotencia y el miedo de su marido, sea la causa principal de su obra. Paula ve las cosas de otra manera, por eso las pinta de otra manera. Paula no quiere copiar la realidad, quiere interpretarla. Y no está dispuesta a encerrarse en el academicismo imperante en las escuelas de arte de principios de siglo. Pero su fuerza le viene de una necesidad de pintar irrefrenable. No de la insatisfacción sexual provocada por su dubitativo marido. Me habría gustado que se hablara más de la dificultad de la creación que del machismo. No porque no se tenga que hablar de machismo, pero convertirlo en el tema dominante en la vida de esta mujer, es dejar fuera muchas otras cosas. P.M.B., como firmaba sus cuadros, murió joven. Dejó una hija y 750 pinturas y dibujos. Aunque la película no me guste deasiado, me gusta mucho ella. Y por eso la traigo a este blog.



(Bélgica dividida)
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El rey de los belgas es una película delirante. Parece una comedia de la Ealing, aquel legendario estudio inglés especializado en hacer un cine critico lleno de humor y de inteligencia. Casi podemos imaginar a Alec Guiness en el papel de este rey de los belgas, florero inútil en su país, que acaba encontrando un sentido a su vida. Pero vayamos por partes. La película está planteada como un falso documental sobre ese rey que no tiene papel en el reino. Su consorte, la reina, quiere que sus súbditos le conozcan. Para eso, le encarga a un director de documentales inglés que haga un retrato del monarca mientras lo acompaña en un viaje a Turquía. Esto es el principio del film, porque una vez en Turquía, el rey se entera de que los valones, es decir los belgas franceses, han decidido independizarse de los belgas flamencos, hartos de sus desplantes y sus exigencias. Algo así como que los españoles decidieran independizarse de los catalanes. La crisis es enorme. Pero se ve agravada por una tormenta solar que no deja que los aviones despeguen y además afecta a las comunicaciones. El rey decide, entonces, volver por carretera. Pero ahí empiezan los divertidos problemas para superar fronteras de todo tipo. El rey y su pequeño séquito, filmado sin descanso por el cineasta inglés, atraviesa los Balcanes y acaba en Albania. Durante este inesperado y absurdo viaje descubriremos que ese rey/florero tiene más personalidad de la que pensábamos. Y de paso, también quedará claro que Europa es una realidad mucho más compleja, variada y atractiva de lo que realmente nos pensamos. 

sábado, 20 de mayo de 2017

POLÉMICAS


(La foto se la robo a Manu Yáñez que está en Cannes escribiendo estupendas crónicas/críticas para Otros Cines de Europa y que nos permite Vivir el festival con sus fotos y vídeos en facebook. Espero que no le importe.)
Esta semana ha empezado el festival de Cannes y lo ha hecho con una polémica que me parece muy interesante. ¿Pueden competir en el festival películas producidas por plataformas on line que no se podrán ver en los cines? La reacción ha sido violenta por parte de los distribuidores y los exhibidores franceses. También Pedro Almodóvar como presidente del jurado ha anunciado que, ni por asomo, las dos películas de la sección oficial producidas por Netflix podrán tener la Palma de Oro. Aunque sean las mejores.
Todo junto me parece muy reaccionario y sobre todo, conservador y viejo. 
Este empeño en que las películas se tienen que ver en las salas de cine me parece una cosa del pasado. A ver. Si hubiera salas de exhibición maravillosas, cómodas, con una proyección estupenda, un sonido magnifico, en todas las ciudades y pueblos de España (y quien dice España, dice Europa), quizás estaría de acuerdo en que películas como 2001 o El renacido, por poner dos ejemplos muy distintos, me gustaría más verlas en el cine que en casa. Pero la verdad es que el 90% de los cines de España (y me imagino que de Europa) tienen unas condiciones lamentables de exhibición y las películas se ven muchas veces en muy malas condiciones. Así que, ¿por qué esta insistencia en verlas en salas? Eso sin olvidarnos del precio. Por lo que vale una entrada de cine, 9 euros, tienes  un mes entero de películas y series en buena calidad. Me parece mucho más democrático. Y otra cosa, la mayor parte del cine que se ve en España es doblado y hay muchísimos lugares donde ni siquiera así llega.
Defender que las películas se vean en los cines es una postura egourbana que deja fuera a muchísima gente. Es una posición tremendamente reaccionaria frente a las plataformas que permiten ver las películas o las series dobladas o con subtítulos y además, y eso es lo más interesante, permite que la veas en un remoto y pequeño pueblo siempre y cuando haya cobertura, claro.
El cine del futuro está en esta manera de consumirlo. Las salas seguirán, seguro, pero tendrán que recuperar su función de acontecimiento, de espectáculo como el que tenían  hace cien años. Para ver la mayoría de las películas que se hacen y se consumen en el mundo, las plataformas son el vehículo ideal. Son baratas, son fáciles de utilizar, son variadas y en ellas cabe todo. Lo que hay que impulsar es que se puedan ver en buenas condiciones, en buenas televisiones o pantallas caseras.  O de una forma que me parece que podría ser muy interesante: en comunidad.  Ver películas con otra gente es una de las ventajas de las salas de cine. Pero eso no es incompatible con las plataformas.  Se pueden montar ciclos, charlas, presentaciones,  discusiones. Aquello tan antiguo del cine-club, compartiendo películas en una plataforma: tanto por separado como todos juntos. (Mientras escribía esto me he acordado de Las chicas Gilmore, una preciosa serie de hace diez o quince años. Las chicas Gilmore viven en un pueblecito de Connecticut llamado Stars Hollow. No hay sala de cine. Pero eso no quiere decir que no se vea cine. Cada semana se organiza en el salón de Miss Pathy una sesión para ver una película con un video (aun había videos) a la que acude todo el pueblo y sobre la que se charla, acaloradamente a veces.)
Acabo de darme cuenta de otra cosa: tanto quejarse de la piratería que está acabando con el cine y ahora que se ofrece la posibilidad de ver los productos audiovisuales (ese sería otro tema, la división entre cine, series, televisión es cada vez mas obsoleta) de una forma legal, que poco a poco está acabando con la piratería, salen en tromba para combatirlo.  
Leyendo los periódicos de la mañana del sábado donde se hace referencia al estreno en Cannes de una de las dos películas de Netflix, he pensado otra cosa. Cuando apareció el cine a principios del siglo XX, se dijo que el teatro había muerto. No, simplemente se tuvo que poner las pilas y reinventarse. Cuando apareció la tele después de la segunda guerra mundial, se dijo que el cine había muerto. No, lo que tuvo que hacer fue ponerse las pilas y reinventarse. Ahora se dice que el cine en las salas está en peligro (no muerto), es la oportunidad para que esta forma de exhibición se ponga las pilas y se reinvente.
Cerrarse a esta idea, bloquearla, es ir contra el futuro, es ir contra el progreso. Lo que ha sucedido en Cannes es una advertencia a varios niveles. A los exhibidores para que cuiden sus salas, las modernicen y las hagan confortables y atractivas; a los distribuidores, para que se planteen nuevas formas de vender el cine a través de las plataformas (Filmin es un ejemplo, seguramente muy mejorable en muchos aspectos, pero nadie le puede negar el valor de ser pionera); a los productores para que acepten nuevas reglas de funcionamiento en las que ya no serán los que decidan todo, pero eso no quiere decir que no sigan siendo indispensables. Y a los políticos para que reglamenten este inmenso territorio desconocido de manera que todos acabemos saliendo beneficiados.


(Maureen y los fantasmas versión Ramon Herreros)
Se estrena esta semana la última película de Olivier Assayas que se vio en el Cannes del año pasado. Esa es otra de las rémoras de la exhibición tal como la entendemos. Las películas tardan muchísimo en llegar a los cines y a veces no llegan nunca o lo hacen en malas condiciones. Personal Shopper, film que provocó una agria polémica en Cannes 2016, se estrena coincidiendo con Cannes 2017. Y menos mal porque es una película excelente.
No soy fan absoluta de Olivier Assayas, hay películas suyas que me gustan y hay otras que no me gustan. Pero ésta sí. Esta es de las que me gustan. Assayas se parece cada vez más a Truffaut, y no solo físicamente ni tampoco en trayectoria. Su cine es muy personal y único pero comparte con el añorado François el gusto por el eclecticismo, la mezcla de géneros, no tener miedo a adentrase en terrenos muy codificados para transgredirlos. En este caso el fantástico.
Dos tramas se entrelazan en el film: Maureen, una joven americana en París, vive la tristeza de la muerte de su hermano gemelo, buscando una señal del más allá que le reconcilie con su pérdida. Maureen y su hermano Lewis comparten un don, son médiums. Los fantasmas de la casa donde murió Lewis se manifiestan a Maureen, pero no el fantasma que ella busca. Para ganarse la vida, Maureen  es la personal shopper de una celebrity, una mujer tan ocupada que no puede ir a comprar su propia ropa o complementos. Esto le permite a la protagonista, y de paso a los espectadores, entrar en unos territorios mucho más fantásticos e inaccesibles que los de los fantasmas: las tiendas de lujo, Cartier, Chanel, Dior. Lugares de maravilla a los que Maureen accede como intermediaria, ya que ella, por si misma, jamás podría comprarse nada en esos templos del esplendor.
Las dos tramas se mezclan en la vida de Maureen donde irrumpen Víctor Hugo y sus Conversaciones con la Eternidad o la pintora sueca Hilma af Klint y sus cuadros abstractos inspirados por los espíritus. Pasado y futuro en los mensajes en el móvil que la hacen sentirse acosada, vigilada, mientras circula en moto por Paris o en un tren a Londres. La visualización  de los mensajes en los móviles se ha convertido en un elemento indispensable del cine moderno, a veces de una forma abusiva. Pero la manera como lo utiliza Assayas en este contexto de cine de fantasmas con asesinato incluido, recuerda a los letreros del cine mudo.
Me doy cuenta que en todo lo que llevo escrito no he hablado de quién es Maureen. Es decir de la actriz Kristen Stewart que colabora por segunda vez con Assayas, después de Viaje a Sils Maria. Stewart es sin duda una de las jóvenes actrices americanas que mejor está encarrilando su carrera. Elige con cuidado a los directores y los proyectos, no le da miedo el cine de autor, pero tampoco le hace ascos a una película de Hollywood si el film le interesa. Maureen es ella. El misterio, la sensibilidad, la ternura y al mismo tiempo la fuerza que desprende el personaje, le vienen de ella, de saber llevar con igual atractivo un amplio jersey y el pelo sucio, o un vestido de Chanel y un elegante collar. Kristen Stewart es sin duda una digna heredera  (sin parecerse) de Audrey Hepburn.


(un cuadro de esta desconocida pintora sueca que se avanzó al arte abstracto del siglo XX)


sábado, 13 de mayo de 2017

ELECTRICIDAD Y CINE


(una foto de la época en que estudiaba Geografía)

Esta semana he tenido ocasión de volver al pasado, o mejor dicho de ver que podía haber sido mi vida si no hubiera tomado una decisión en un momento determinado. Como en La vida en un hilo de Edgar Neville. He vuelto a la Universidad de Barcelona para participar en un Simposio Internacional sobre La electrificación y el territorio, organizado por la Facultat de Geografia i Història. Esto merece una breve explicación. Yo estudié geografía, fui de la primera promoción licenciada en esa especialidad en el año 1972. Tenía profesores estupendos a los que recuerdo con mucho cariño: Tomás Vidal, Albentosa, Horacio Capel. Capel nos daba clases de Geografía humana y de Geografía urbana. Eran las que más me gustaban. De hecho, estuve tentada de quedarme en la universidad como otros de mis compañeros, trabajando con él. Pero se metió por medio el cine y tiró de mí con más fuerza. Ha sido Horacio Capel el que me ha devuelto a este momento ya que ha sido uno de los organizadores del Simposio, y fue él quien me llamó para participar en estas jornadas organizando una sesión de cine y electricidad, concretamente la electricidad y la ciudad. Escogí la película Berlín, sinfonía de una gran ciudad, de Walter Ruttman, del año 1927. Fue una proyección muy interesante, ya que los que la veían, casi todos por primera vez, lo hacían con ojos de geógrafos, no de espectadores de cine y mucho menos de críticos. Fue curioso y yo me encontré pensando que estaba en un lado de la mesa explicando cosas de la película, mientras en el otro lado estaban los profes y catedráticos, pero que según como hubiera sido mi vida, bien podría ser al revés y estar allí sentada escuchando a alguien que me contara cosas de la película.
Si alguien tiene curiosidad de leer el artículo El cine es electricidad, lo cuelgo en el otro blog, el de los textos, que tengo un poco abandonado.

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En cuanto a los estrenos de esta semana, hay algunas películas interesantes de las que doy algunos apuntes.
Paraíso, de A. Konchalovski, es la prueba de que el tema del Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial sigue teniendo maneras nuevas de aproximación. En este caso, con un riguroso y hermoso blanco y negro, el director ruso cuenta una extraña historia de amor entre un oficial de la SS, responsable de un campo de concentración y una aristócrata rusa, miembro de la resistencia francesa, detenida por un policía colaboracionista del Gobierno de Vichy. Los tres hablan a cámara en una especia de confesionario donde relatan las circunstancias que les han llevado a estar en ese lugar, un purgatorio camino, o no, del paraíso. Sin caer en el sensacionalismo, sin abusar de las tintas negras, sin juzgar duramente a sus personajes, Konchalovski deja que sean sus acciones las que conduzcan al espectador a tomar partido en ese juego de tres. Un film útil, una película polémica, una historia para seguir pensando.

Maravillosa familia de Tokio, de Yoji Yamada. El veterano director japonés, que a sus 87 años rueda su película número 84 (me doy cuenta cómo ha cambiado el mundo al comprobar cuántos directores de más de ochenta años siguen trabajando activamente, hecho insólito hace un tiempo en que a los setenta años ya era complicado que les permitieran dirigir). Volviendo a la familia de Yamada, solo decir que sigue la estela de Ozu, como ya hizo en Una familia de Tokio, pero con más sentido del humor, con más ironía. Ya desde su planteamiento: la abuela de la familia cumple años y cuando su marido le pregunta que quiere que le regale, le dice con total naturalidad: el divorcio. Este hecho conmociona los cimientos de toda la familia que de pronto se replantea los roles de cada uno de ellos en  el conjunto.

Sicixia, de Ignacio Vilar. El 3 de diciembre del año pasado escribí de esta película en el blog. Entonces decía que no sabía muy bien donde se podía ver. Ahora tampoco lo tengo muy claro, pero como me gusta la propuesta del cineasta gallego, recupero el texto: “No sé muy bien donde se puede ver esta película. Una de tantas que se estrenan estos días para poder entrar en la competición de las nominaciones a los Goya y que a menudo se pierden entre la vorágine de la semana. Estoy hablando de Sicixia, de Ignacio Vilar, un nuevo ejemplo de la cinematografía gallega que intenta abrirse camino más allá de sus fronteras naturales. Y de fronteras habla este interesante trabajo. Frontera entre el documental y la ficción,  frontera entre la ciudad y el campo, frontera entre el hombre y la mujer. Con la excusa de un técnico de sonido encargado de recoger los murmullos de la naturaleza y el susurro de las voces de la Costa da Morte, Vilar nos acerca a las formas de vida más ancestrales que aún perviven en una Galicia que se mueve ella misma en la frontera entre la modernidad y la tradición. Pero no es solo eso. El hombre urbanita se siente fascinado por la naturaleza, por el mar y su fuerza, las montañas y su poder, las cuevas y sus misterios, el rio y sus ondinas. De todos ellos extrae el sonido que va poco a poco componiendo la banda sonora del film. Y en ese viaje le acompaña una mujer que le sirve de guía, no solo en los caminos del mar y la montaña, sino en el de sus propios sentimientos. Me gusta mucho esta película, me provoca (y esa es una de sus funciones, me imagino) muchas ganas de volver a Galicia. Búsquenla en la cartelera o en las plataformas. O simplemente imagínenla si no la encuentran”.







sábado, 6 de mayo de 2017

JURA D'A





Esta semana he tenido la suerte de estar de jurado(a) en el D’A Film Festival de Barcelona. Digo que he tenido la suerte, porque como muy bien saben todos los críticos y espectadores de la ciudad, seguir un festival de cine que sucede en el mismo sitio donde vives y trabajas requiere un esfuerzo de voluntad y de ganas. Y a veces la voluntad está pero las ganas, después de un día de trabajo y vida cotidiana, fallan. Claro que si eres jurado, no puedes fallar. Así que gracias a este agradable deber he podido ver no solo las 17 películas que me tocaban por sección, sino unas cuantas más. Si ya sales de casa para ver una, da lo mismo ver dos o incluso tres.
De las películas de la sección Talents que era la que yo tenía que juzgar, no voy  a hablar, al menos de momento. Simplemente por una cuestión de ética. Pero si me gustaría llamar la atención sobre cinco películas españolas que he podido descubrir. Unas se estrenarán pronto, otras quizás las tengan que rastrear en festivales, plataformas o circuitos alternativos. A mi me han interesado todas.



(en un paisaje como el de este cuadro de Ramon aparece el inglés desmemoriado)

ANALISIS DE SANGRE AZUL, de Blanca Torres y Gabriel Velázquez
Hace tiempo que sigo a Gabriel Velázquez, un director que ha sabido captar el aliento de la adolescencia en un espacio y un tiempo poco habituales, con un cine que se respira como el aire puro de su Salamanca natal o como el aire frío de los títulos de sus dos películas Iceberg y Ärtico. Por eso me sorprendió tanto encontrarme con este experimento visual que conecta con los otros solo por el frío, en este caso de las nieves de las cumbres de los Pirineos de Huesca. La historia es la de un cuento gótico: un inglés que ha perdido la memoria, aparece desnudo en las montañas. El médico de un sanatorio de enfermos mentales, lo acoge y se propone curarlo. Estamos en 1933 y toda la película está filmada como si se tratara de un documental médico de la época, lo que la emparenta con el cine de Guy Maddin, pero no lo hace mimético de la manera de hacer del canadiense. Las explicaciones técnicas del proceso de curación y la interrelación con los otros pacientes y el médico, nos va descubriendo a este aristócrata convertido en un fantasma de largos cabellos. Análisis de sangre azul es un film fantástico que pide calma para verlo.


(este cuadro lo hizo Ramon en el monasterio de Leire, un lugar para la conversación y la conversión)

CONVERSO, de David Arratibel
Este es un documental familiar. Quiero decir que es un documental que habla de la familia del director en primera persona. Él incluido. El título ya es una pista de lo que vamos a ver: Converso, de conversar, que es lo que hace David Arratibel con sus hermanas María y Paula, su cuñado, Raúl y su madre. Converso de conversión, porque las conversaciones van de la conversión de María al catolicismo y de cómo arrastró casi sin quererlo a su hermana pequeña y a su madre hacia ese mundo de la Iglesia Católica del que su hermano siempre quedó excluido. Conversión que necesitaba una conversación. Viendo este film emocionante y despojado, donde la intimidad de las entrevistas se ve violentada (con su permiso) por la mirada del espectador, se me ocurrieron muchas ideas. La primera es el derecho que tiene cada uno a elegir creer en lo que quiera: en Dios o en las estrellas, me da igual. En un Dios o en otro, también me da igual. Hay un momento en que María cuenta como había veces en que sentía que despertaba la curiosidad de sus amigos que, sin embargo, no se atrevían a preguntarle por qué se había convertido. Y entonces pensé en el daño tan grande que hacen algunas ideas políticas que se apoderan de los conceptos como propios, los instrumentalizan y los utilizan contra los demás. El franquismo se apropió de la Iglesia Católica, del cristianismo, de la religión y se identificó tanto con ella, que expulsó a mucha gente de la idea simplemente de creer o practicar. Algo parecido a lo que está haciendo el fundamentalismo islámico con el Islam, religión tan válida como la católica, identificada con el mal por culpa de su usurpación malsana. Converso me parece una película muy estimulante y me merece el mayor de los respetos. Palabra de no católica, pero si de alguien convencido de que el mundo no se acaba en estas cuatro paredes.



(la edición en catalán de Picwick que tenemos en casa es, curiosamente, de color naranja)

DIAS COLOR NARANJA, de Pablo Llorca
Ha sido una alegría encontrarme con un nuevo film de Pablo Llorca. Vengo siguiendo su cine desde hace casi veinte años y siempre me ha parecido interesante, aunque a veces algo críptico. En todo caso, hay algo en sus historias que consigue atraparme. Pero esta es distinta. Al menos a las últimas que yo había visto. Días color naranja cuenta un viaje, una Tren-Movie, en la que un chico español que se queda colgado en Atenas por culpa de la erupción del volcán islandés del 2010, decide volver a Madrid cruzando en tren media Europa. En el camino se encuentra con cinco estudiantes entre ellos una chica sueca que habla castellano. Su timidez le lleva a refugiarse en la lectura de Los papeles póstumos de El club Picwick  de Dickens y será este libro el que le abra la puerta a una relación de amor y de descubrimiento, de luz y de felicidad. Bajo la apariencia naturalista de un viaje de vacaciones, Pablo hace un film de pensamiento sobre el amor, el arte, la vida, la felicidad. Es la mirada de alguien que ya no es joven pero es capaz de recordar y sentir lo que significaba serlo y proyectarlo a los jóvenes de ahora mismo que, quizás no sean como Álvaro y Berta, pero seguro que reconocen sus sentimientos y sus deseos. Rodada con total libertad en todos los sentidos, esta es una película sensual que entra por los poros. Un regalo.


(Julia está tan desconcertada en Berlín como esta imagen de la ciudad desde el metro)

JULIA ITS, de Elena Martín
Las amigas de Ágata, proyecto colectivo de un grupo de estudiantes (chicas) de la Universitat Pompeu Fabra, ya dejaba ver que había ahí mucho talento en proceso de formación. Elena Martí era la Ágata del título, y es ella también la protagonista de su primera película como directora, Julia Its. Ella es Julia, ella es Elena. Julia se pone delante de la cámara y expresa sus dudas sobre qué hacer con su vida. Ha decidió irse a Berlín con un Erasmus, pero eso significa romper con su confortable mundo barcelonés. Julia descubrirá en Berlín una ciudad donde sus ideas sobre urbanismo se consolidan y toman cuerpo y descubrirá también que no es necesario quedarse en un sitio para que su influencia te dure toda la vida. Quizás si Julia se quedara en Berlín no llegaría a hacer lo que seguramente hará en Barcelona al volver. Elena está detrás de la cámara y ella no duda. En ningún momento. O al menos eso parece por la seguridad con que mueve la cámara, decide los encuadres, dialoga con sus personajes. No parece una primera película, y sin embargo lo es. Y lo es en su frescura y su falta de pretensiones, y en la ligereza con la que se acerca a un tema tan importante como: ¿Qué hago con mi vida?  Le agradezco mucho a Julia y a Elena que no hayan caído en el discurso del que se tiene que ir fuera. Julia se va a Berlín a aprender, Elena se va a Alemania a aprender. De eso trata el irse fuera. No solo de tener un trabajo. Una pregunta me rondaba la cabeza al salir de la proyección. ¿Por qué no la seleccionaron en el Festival de Berlín? Quizás por eso mismo. Porque no habla de la crisis directamente, porque no es abiertamente política.


(una imagen de esta película que lleva el cine a todas partes)

EL ÚLTIMO VERANO de Leire Apellaniz
Hace un par de años vi un corto que se llamaba FIN. Fue una sorpresa doble. La primera su directora, Leire Apellaniz, a quién conozco desde hace muchos años, primero formando parte del equipo que dirigía Daniel Pérez en el departamento de copias del Festival de San Sebastián. Después como responsable ella misma de ese imprescindible y fundamental departamento en el buen funcionamiento de  un festival. La segunda sorpresa fue ver que el corto hablaba precisamente de Daniel, Roberto, Álvaro, los proyeccionistas del festival. Pero no en ese contexto sino en uno mucho más aventurero y romántico al que han dedicado sus vacaciones desde hace mucho tiempo: llevar el cine en 35 mm y en buenas copias y buena proyección a los pueblos y ciudades donde ya no hay ni sala de cine. Es un trabajo apasionante y con un fondo quijotesco que siempre me produjo cierta envidia cuando me lo contaban. De ese corto sorpresa, Leire ha dado un salto a un largo sorpresa, aunque en otra dirección. El último verano es una prolongación de Fin, en ese sentido reencontrarse con Miguel Ángel, el alma y motor del negocio de llevar los sueños a los pueblos, con Daniel, Roberto  y los demás ha sido como volver a cenar a casa de unos amigos. Pero la sorpresa es que la cena está muy bien preparada porque Leire no hace un documental al uso, construye un western con una camioneta blanca en lugar de caballos y el teléfono móvil en lugar de una pistola. Es un documento, eso seguro. Porque documenta un oficio y un mundo que está condenado a desaparecer. Pero también es una ficción sobre la realidad de estos modernos juglares que van de plaza en plaza esperando que los señores del lugar (los alcaldes y concejales de cultura) les dejen contar sus leyendas y poemas.