viernes, 17 de noviembre de 2017

LUCES



(en el jardín de casa)
Hacía la luz
Hace tiempo tenía un amigo guionista al que le gustaba hacer un experimento. Cuando podía (en la tele o con un video) veía una película sin sonido para ver  que historia le contaban las imágenes. A veces las imágenes le contaban la misma historia que con voz, pero casi siempre, las imágenes le sugerían historias diferentes. Algo así, pero con el sonido, es lo que plantea Naomi Kawase en su último trabajo Hacia la luz. Kawase nos propone cerrar los ojos y escuchar lo que nos dicen los diálogos de la película que narra una voz que nos describe el donde y el cómo de cada plano del film. Es lo que se hace para que los ciegos puedan “ver” películas y el resultado es muy interesante. Hagan la prueba de vez en cuando. Verán cuánta razón tienen los ciegos que le aconsejan a su narradora que no sea tan descriptiva: “no podemos ver, pero podemos imaginar”. Claro que si Hacia la luz fuera solo esto, quizás sería un cortometraje. Por eso Kawase introduce una historia en la historia. La de dos personas apagadas que en su encuentro mutuo alcanzan a ver la luz. Una guionista de audio descripciones y un fotógrafo que se está quedando ciego. Ella se siente opaca ante la vida, el quiere capturar el ultimo rayo de luz con sus fotos. Los dos se iluminan uno al otro y en su camino hacia la luz, nos enseñan que el cine es luz, que la vida es luz, que sin luz no hay nada, pero que la única luz que de verdad cuenta es la que tenemos dentro. Me gusta mucho esta película.




(esto es lo necesario para ser un autor, esto y alguna capacidad de creación)

El autor
Otra clase de luz es la que nos propone Martin Cuenca en su nuevo trabajo, El autor. ¿Dónde está la luz de la creación? ¿Existe realmente una bombilla que se enciende para hacer de alguien un escritor, un autor? Pero yo quiero hablar de otra cosa, de mi propio camino hacia la luz que ilumina esta película. Con El autor me ha pasado una cosa muy curiosa. Cuando la vi en un pase de prensa hace ya días, no me gustó. Salí un poco decepcionada. Martín Cuenca me ha interesado mucho desde siempre y en especial Caníbal me pareció un film extraordinario. Pero al pasar las horas y sobre todo, al pasar los días, no conseguía quitarme de la cabeza a ese personaje y su obsesión. Me venían constantemente imágenes de la película: el piso vacío, el juego de las ventanas con sus sombras chinas y sus reflejos, las calles de una Sevilla fría, las conversaciones robadas, el profesor (estupendo Antonio de la Torre en un registro diferente y sobre todo poniéndose las botas comiendo a costa de su pupilo). Pero por encima de todo, me venía a la cabeza el personaje de Álvaro, es decir Javier Gutiérrez, un actor capaz de mostrar la miseria y la grandeza de ese personaje mediocre y hacernos sentir el dolor de su incapacidad para crear. Álvaro iba creciendo cada vez que lo evocaba. Su impotencia para vivir, su manera de observar, la escritura que practica como ejercicio auto impuesto pero que nunca llega a ser creación, sus silencios y miradas. La manipulación que hace de sí mismo y de su entorno. Me di cuenta que cada vez me gustaba más esta película. Y pensé que una de las razones por la que no le dieron ningún premio en San Sebastián bien pudo ser porque a los jurados les pasó lo mismo que a mí. No les gustó de entrada, pero estoy segura que hoy, algunos de ellos, siguen pensando en este autor indiscreto que mira y escucha desde una ventana, que se arriesga desde la soledad.

viernes, 10 de noviembre de 2017

TRES PELÍCULAS

Tres películas ocupan el blog de hoy: dos españolas, una europea. 
Las tres son interesantes por distintos motivos.


(mi padre también pensaba que los libros ayudaban a vivir, por eso abrió una librería que era un refugio en un barrio de México)
La librería, de Isabel Coixet.
La librería es una película muy bonita, eso lo primero. También es una película muy oportuna, eso lo segundo. La librería es una película que habla de libertad, algo muy necesario en estos tiempos cada vez más oscuros que nos acechan. Isabel tiene una carrera muy interesante. Alterna encargos que resuelve con mayor o menor entusiasmo, con documentales de denuncia, proyectos inventivos y sobre todo, con algunas películas muy personales. La librería es uno de estos proyectos personales. He dicho que era bonita. Y lo es. Los paisajes, las casas, esa librería cálida y acogedora, la ropa que se oye crujir cuando unas manos crispadas la arrugan y que se imagina suave al tacto en un pañuelo abandonado. Son cosas que se sienten en un film. No hace falta verlas para que creen atmosfera. Oportuna, me explico. En un momento en que estamos sumergidos en un monotema agobiante que no nos deja ver más allá de su agotador y angustiante determinismo, donde la cultura ha desaparecido de la vida pública y en la que la inteligencia y la sensibilidad brillan por su ausencia, este film nos devuelve a un mundo donde los libros, la lectura, la cultura son importantes, incluso diría que fundamentales, para luchar contra la intolerancia. Y ahí entra la libertad. La libertad de pensar lo que se quiera, de decir lo que se piense, de hacer lo que uno cree que tiene que hacer. En este caso, pensar que los libros ayudan, decir que la cultura es necesaria, abrir una librería en un pueblo dominado por una elite que no respeta a las personas, acostumbrada a imponer un pensamiento único frente al que es imposible mostrar una disidencia .La libertad de hacer el cine que uno quiere, como hace Coixet. La librería es un film que vale la pena ver.



(un croma verde, póngase usted delante, imagine lo que quiera detrás)
Algo muy gordo,  de Carlo Padial
La segunda película española es Algo muy gordo, de Carlo Padial, uno de los directores surgidos de los novísimos del cine low cost. Con la colaboración impagable de Berto Romero, Padial ha conseguido hacer un film inclasificable. ¿Es un making of de un film que nunca se hará? ¿Es un documental sobre cómo se hace una película con muchos efectos especiales? ¿Es una comedia de enredo? ¿Es un drama sobre la imposibilidad de la creación? ¿Es…? ¿Qué es, Algo muy gordo? Pues eso, algo muy gordo porque pone sobre la mesa, con humor, con autocritica, sin miedo a tocar algunos clichés, las dificultades de hacer cine en estos momentos. No solo las económicas, que también están ahí, sino algo mucho más importante: el concepto mismo del cine. Esta es una película para ver sin ideas preconcebidas, sin prejuicios previos, una película para reírse con y de sus protagonistas, llena de momentos hilarantes y desconcertantes. Copio una frase del director que me parece que resume muy bien la película: “El mensaje de este proyecto es que hay que hacer lo que nos dé la gana. No hay que tener miedo a la libertad”. Frase por cierto, que podría servir también para La librería.
(Una pequeña acotación: para mi el mejor momento de Algo muy gordo puede pasar casi desapercibido. Carlos Areces se prestó a colaborar en este proyecto marciano con una condición: que le dejaran ver los originales del Gran Vázquez guardados en los archivos del Grupo Zeta, productora del film. Casi al final, Areces logra su deseo y puede tener en sus manos los originales de Mortadelo y Anacleto. La cara de felicidad del actor merece verse).



(la propaganda del film en un lugar inesperado: el cuarto de baño de un cine de Barcelona)
The Square, de Ruben Östlund,
Este film sueco ganó la Palma de Oro de Cannes y se perfila como la triunfadora de los premios europeos de cine que se entregarán en diciembre. Hay motivo para ambas cosas. Es una película que habla de arte contemporáneo, de los todo poderosos directores de museos de arte contemporáneo, de campañas publicitarias que “fabrican” el arte contemporáneo. Arte contemporáneo. Ese es el tema de este film: poner en evidencia el engaño, la manipulación, la burla, el márketing, las ventas millonarias de basura envuelta en el celofán de la palabrería mas vacía e inocua. The Square habla de eso con humor y utilizando como guía a un personaje odioso que sin embargo despierta simpatía. Un poco como el Toni Erdmann del año pasado. Christian no se cree nada de lo que hace, desprecia a sus colaboradores y al público. También a las mujeres y sobre todo a los “otros”. Esos que viven en barrios pobres y que son diferentes. Tres líneas narrativas se trazan en este film sin que acaben de confluir. Una: la campaña publicitaria de una obra que acaba de comprar el museo por una cifra millonaria, The Square, en la que se utiliza a una niña rubia para denunciar la incomunicación de la sociedad. Atención, lo que molesta en la campaña no es lo que el pasa a esa niña en ese cuadrado, sino que sea rubia. Dos: Christian es víctima de un robo en la calle lo que le lleva a maquinar una absurda venganza contra los habitantes del edificio donde se ha localizado su móvil robado. Lo que no imagina Christian es que su irresponsable acción tendrá unas consecuencias inesperadas. Tres: una performance provocativa en una cena de gala para recaudar fondos para el museo desembocará en una insoportable situación que enfrenta a los comensales, pero también a los espectadores, frente a la inmoralidad de todo lo que se muestra en esta película. Y todo, con humor, con ligereza, con una imagen fría seductora como un buen schnaps que te quema al beberlo, pero te deja una sensación inolvidable de lo que has bebido, en este caso, lo que has visto.

viernes, 3 de noviembre de 2017

MEMORIA(S)


La memoria es una cosa muy extraña. Funciona hacia adelante y hacia atrás sin que en realidad se la pueda controlar. Una feliz coincidencia, de esas que pasan a  veces o que yo busco y encuentro, ha unido en este blog un libro y una película que hablan de memoria(s).
Las dos experiencias creativas parten de la realidad de sus autores, las dos se adentran en los recovecos de la memoria, pero lo bonito de ambas es que lo hacen en sentido inversos.
La película es Saura(s), de Félix Viscarret; el libro es Gramática dels noms propis, de Lluis Maria Todó. La película funciona en memoria dirección futuro; el libro funciona en memoria dirección pasado. Las dos son estupendos retratos no solo de los autores, sino de su tiempo y de sus gentes.



Empiezo por la película
Saura(s) es un “supuesto” documental sobre el cineasta Carlos Saura realizado en primera persona por Félix Viscarret. Lo de la primera persona es importante porque explica la posición del director de la docuvida frente al protagonista de esa docuvida. Ante la incapacidad de conseguir que Saura evoque el pasado, Félix Viscarret busca la complicidad de sus hijos para entenderlo. Eso es lo más bonito de este trabajo. No habla de la vida de un hombre mirando hacia atrás, como es lo habitual en este tipo de reflexiones; sino de un hombre que mira el futuro. Saura afirma en las charlas con sus hijos su aversión a la nostalgia, a mirar el pasado, a la melancolía. No le gusta ver sus películas ni le gusta revisar las fotos que ha hecho. A no ser para convertirlas, unas y otras, en un nuevo proyecto: descubrir en un plano de Elisa vida mía, un hilo que le une a hoy mismo; transformar sus fotos en lo que su hija Anna llama Fotosaurios. Para Carlos Saura, lo importante es lo que está por hacer. Y en ese futuro están sin duda sus hijos, siete, nacidos de cuatro relaciones sentimentales importantes. La memoria en este caso funciona hacia el horizonte de esos hijos que son proyectos de futuro: desde los dos mayores, Carlos y Antonio, hijos de su primera mujer Adela, hasta la última, Anna, nacida de su unión con Lali Ramón. En medio, Shane, el hijo de Geraldine Chaplin y los tres hijos que tuvo con Mercedes Pérez, Manuel, Adrían, Diego. ¿Qué mejor libro de memorias que esos hijos? ¿Qué mejor autobiografía que la que ellos representan?
Escucharles hablar sin acritud y con respeto, pero sobre todo con cariño y admiración, es el mejor regalo para celebrar sus 85 años. Eso, y pensar en el siguiente proyecto que ya tiene en mente mientras mira un paisaje tranquilo junto a su única hija, Anna.




Gramàtica dels noms propis, de Lluis Maria Todó, es muy diferente. Si Saura mira hacia abajo, es decir a sus hijos que son el futuro, Todó mira hacia arriba, a sus ancestros directos, remontando esta autobiografía sentimental de la palabra hasta sus abuelos, pasando por sus padres y acabando en él y sus hermanos, dejando fuera de la historia a sus hijos. La palabra, el idioma, es el eje sobre el que Todó teje su memoria. Las formas de hablar características de personas que traían a Barcelona su acento tortosí, o un catalán teñido en positivo de un castellano de origen. A la riqueza de ser educado en estas dos lenguas, se añade, ya adolescente, la pasión por el francés. Tres idiomas, tres pensamientos, tres memorias que son privadas y colectivas. Que evocan la Barcelona de principios de siglo, la republicana, la de la posguerra, la de la lucha contra la dictadura, la de los aires de libertad. Todó mira hacia atrás para entender su ahora, para asumirlo con naturalidad, para reivindicar el mestizaje de las lenguas sin contaminarse unas a otras. Leyendo este libro escrito en un catalán magnifico, se tiene la sensación de estar asistiendo a un relato de casi cien años de historia de Barcelona, de Catalunya, de España. El pasado construye el futuro. Es la lección que sale involuntaria de sus páginas.




Otro tipo de memoria
Dentro de unos días, concretamente el 7 de noviembre, se conmemoran los cien años de la revolución de octubre del 1917. En esta entrada que habla de memorias no está de más que recordemos como influyó este hecho, uno de los más importantes y decisivos del siglo XX, en la historia de todos, incluido Carlos Saura, Lluis Marìa Todó y yo misma.
La primera reflexión que me hago es la de constatar lo imprescindible y positivo que es la necesidad de cuestionarse las cosas continuamente: la situación política, la vida personal, la sociedad, la forma de relacionarnos. Es importantísimo pensar por uno mismo, no aceptar que las cosas son como son y no hay que tocarlas, saber darse cuenta que el mundo cambia y por tanto cambian las necesidades, las costumbres, las relaciones personales, políticas, morales. Las leyes no son inmutables, saber adecuarlas a los tiempos, es algo no solo sano, sino necesario para el buen funcionamiento de un país. Las relaciones personales tampoco son inmutables, y hay que saber avanzar, cambiándolas tanto en la familia, como en uno mismo.
¿Qué tiene que ver esto con la Revolución de Octubre? Mucho.
El problema de los cambios, sobre todo si son radicales, aparece cuando estos cambios que se plantean para mejorar la vida (la privada, la colectiva), se convierten en instrumentos de poder autoritario, de poder absoluto y lo que en principio era positivo, en el caso de la Rusia zarista, acabar con el régimen de los zares y conquistar un régimen más igualitario y solidario, se pervierte enseguida, convirtiéndose en un nuevo régimen de terror y de control aún más feroz amparado en una supuesta aura de progreso. La revolución de octubre, el comunismo, condenó a su pueblo a setenta años de engaños, miseria y dominación que aun no conocemos del todo. Y eso pasó muy pronto.
La historia acostumbra a decir que Lenin era el bueno y Stalin el malo. La verdad es que Lenin era tan malo o más que Stalin porque era más inteligente, pero tuvo la suerte de morirse pronto y eso le preservó se la critica histórica durante mucho tiempo. Poco a poco se ha ido sabiendo como Lenin ejerció su reino del terror en los escasos años en que controló con mano de hierro el destino de la Unión Soviética, sentando las bases de una manera de pensar, actuar y contaminar al mundo que desgraciadamente sigue aún vigente (no puedo soportar ver puños en alto y cantos de la Internacional, lo siento).
Esto viene a cuento de una constatación: las revoluciones son buenas si sirven para avanzar, para ir de A a B, si es posible sin violencia y sin pérdidas; pero no son buenas si sirven para ir de A a menos A, involucionando la historia y negando el valor de la capacidad del hombre de mejorar sus condiciones de vida. La sociedad tiene el deber de cuestionar a sus gobernantes, de exigirles que miren por los intereses colectivos, que busquen soluciones a sus problemas, que  acaben con las desigualdades, que rompan las fronteras entre países, entre personas, entre clases. Son objetivos revolucionarios que no debemos dejar que caigan en manos de los que, manipulándolos, nos devuelven a una casilla de salida de hace sesenta años. Ya sabemos lo que sucede cuando los nacionalismos se imponen sobre la razón crítica.
Aprendamos algo de la gran tragedia de la revolución rusa que nos engañó durante tanto tiempo (1). Aprendamos a luchar por lo que nos hace avanzar, no lo que nos hace retroceder. No abonemos el camino para que los salvadores de la patria (odio la palabra patria) de cualquier patria, nos digan lo que hemos de hacer, lo que hemos de pensar, como debemos actuar. La memoria funciona en las dos direcciones. Miremos al futuro como hace Saura con sus hijos; miremos al pasado como hace Todó con sus abuelos. Y de esas dos miradas, saquemos la conclusión de que no hay revoluciones buenas si no vienen acompañadas de respeto a los individuos que las protagonizan.

(1)   Los que siguen este blog saben de dónde vengo: padres republicanos, comunistas los dos, exiliados en México donde nací i crecí. Justamente a ellos les debo una capacidad de cuestionar las cosas, de no aceptarlas tal y como parecen que son. Mi madre no tuvo tiempo de ver como se derrumbaba su sueño de igualdad, murió muy pronto. Mi padre lo vio y supo reconocer sus errores sin renunciar a su propia historia.