viernes, 19 de octubre de 2018

PETRA



Solo unas líneas para esta película. No tengo mucho tiempo, pero no quiero que pase la semana sin por lo menos decir algunas cosas de este nuevo experimento de Jaime Rosales.
Primero. No hay en este momento (y creo que en ninguno) un director de cine que haya sabido transformar en imágenes el vacio geométrico de la obra de Mondrian. Las líneas rectas del espacio acotado, enmarcan las líneas rectas del vacío emocional de unos personajes abstractos.
Segundo. A pesar de esto, la historia nos sumerge en un melodrama, casi un culebrón con adulterios, padres escondidos, hijas que buscan un padre y mujeres que ocultan su pasado.
Tercero. La película mas vacía de emociones habla sin embargo de cuatro muertes, siempre en of nunca visualizadas. Tres muertes violentas físicamente, una violenta emocionalmente.
Cuarto. Y en medio de todo esto, el arte. Dos conceptos del arte, de la creación. El que solo piensa en el mercado, en el dinero, tan vacio como todo lo demás Y el que busca alcanzar a llenar ese vacío con la vida.
Quinto. Historia compleja en su ordenamiento narrativo, aunque nunca confusa, es en sus actores donde encuentra el mejor elemento del cuadro. Barbara Lennie estupenda, Marisa Paredes, brillante, Alex Brendemühl, imponente y Joan Botey odioso. Y junto a ellos, Oriol Pla y Carme Pla, víctimas del vacío.

sábado, 13 de octubre de 2018

DESCUBRIMIENTOS




(Colón también dio un pequeño paso para un hombre que fue un gran salto para la humanidad)
No sé si es casualidad o no, pero el hecho de que First Man se estrene el 12 de octubre no deja de tener su gracia. La llegada del hombre a la Luna se estrena el día que de una manera artificial y absurda, pero convencionalmente aceptada, se celebra lo que se ha dado en llamar el “descubrimiento” de América. Es una bonita coincidencia que me ha llevado a pensar en una película que me gustó mucho en su momento, aunque me produjo algunas discusiones. Un film que este interesante retrato/relato de Neil Armstrong me ha traído a la memoria, 1492, La conquista del Paraíso, de Ridley Scott estrenada en octubre de 1992 coincidiendo con los 500 años del evento. Recuerdo que escribí entonces que el Colón de Scott, con rasgos de un Depardieu aún capaz de moverse, parecía en su llegada a tierra americana un astronauta pisando la luna por primera vez. Viendo Fisrt Man me he acordado de esa película y de esas palabras. Hay en la figura de Armstrong algo de ese Colón obsesionado. Por distintos motivos seguramente, pero los dos están movidos por una urgencia: la de ir más allá. Hay un diálogo muy importante en el film de Damien Chazelle. Cuando Armstrong es entrevistado en la NASA, le preguntan más o menos esto.
–¿Por qué cree usted que hay que ir al espacio?
–Para explorar
–Explorar ¿para qué?
–Para ver las cosas como no las hemos visto nunca.
Creo que este diálogo lo suscribiría Colón cuando le preguntaran porque quería ir al otro lado del mar. Explorar, ver más allá de nuestro pequeño entorno, abrir el horizonte. Darnos cuenta de que somos pequeños y necesitamos ir más lejos. Como Armstrong necesita ir a la Luna para reencontrar la paz interior que ha perdido por una historia dolorosa que Chazelle y Ryan Gosling nos cuentan sin sentimentalismo, pero con mucha emoción. Explorar es algo que el hombre necesita desde los albores de la humanidad. Si no hubiera habido exploradores, del pensamiento, de la ciencia, de la geografía, del espacio, de la historia, aun estaríamos moviéndonos en las cavernas. Nunca fueron muy bien entendidos y menos aceptados. Colón lo sufrió en su vida y la carrera espacial lo sufre en su ralentización, en las demoras que hacen que no se avance tan rápido como haría falta. El argumento que Chazelle también muestra en el film sin demonizarlo ni convertirlo en reaccionario, aunque lo es, de que se gasta mucho dinero en el espacio cuando en la tierra hay gente que pasa hambre y frio, es una idea de atraso que casi siempre esconde la conservación de los privilegios de unos sobre otros. Porque la mayor parte de las comodidades que nos permiten vivir mejor ahora que hace cien años, por ejemplo yo misma escribiendo en este ordenador estas palabras, son resultado de la investigación en este caso espacial que abrió nuevos caminos para el progreso. Que ese progreso sea bien utilizado y bien repartido es otra cuestión que también debe preocuparnos. Pero nunca pararnos como humanidad que avanza.
Bueno, me he ido un poco por las ramas. Yo lo que quería era dejar claro que First Man me ha gustado mucho. Es una película que habla de sentimientos sin sentimentalismo, de aventura sin épica, de amor sin azúcar, de pérdidas sin parálisis. Y aunque sepamos ya como acaba la historia, nos mantiene en vilo toda la narración, con el alma en un puño viendo esa chatarra espacial casi tan endeble como las carabelas de Colón que navega en el espacio infinito. Además le agradezco a Chazelle que me explique cómo se filmó ese “pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad” que tanta tinta hizo correr. Y también le agradezco, que como hizo Scott con su Colón, nos ahorre la bandera puesta en la Luna (o en San Salvador) dejando los patriotismos fuera de campo. First Man es una película importante. Al menos para mi.

(esto es lo que escribí cuando se estrenó 1492)
 Un proyecto con futuro
Cuando se supo, hace meses, que uno de los Colones que nos iban a invadir lo dirigiría Ridley Scott, la pregunta que se planteaba era “¿Scott?, el mismo de Blade Runner, el de Thelma y Louise?” Pero un momento de reflexión permitía exclamar: “!Scott¡ , claro”. En realidad sólo había cuatro directores de cine capaces de enfrentarse –y salir airosos– a la figura de Colón y al hecho del descubrimiento de América sin caer ni en la apología, ni “en la Historia vista por Hollywood”. Uno es Francis Ford Coppola que habría podido hacer un Apocalipsis colombino; otro es Werner Herzog que habría convertido a Colón en un héroe romántico, atormentado por el destino; el tercero es Manuel de Oliveira que se habría acercado a Colón con una mirada seca, sin adornos, pero rigurosamente histórica. El cuarto era Ridley Scott. ¿Por qué? Sencillamente porque Scott es el único director capaz de dar una visión futurista, capaz de convertir al navegante del siglo XV en un héroe del siglo XXI. Scott es el mejor preparado para conferir una dimensión épica y de gran espectáculo a una vida y una historia que se presten a ello como pocas.
Ridley Scott es un descubridor, como lo era Colón, no un creador, que es algo distinto. Scott, como Colón, sabe que hay un sitio donde quiere ir –las Indias o el cine del futuro– y hacía allí va convencido de lo que hace. Por eso su Colón será un Colón importante. No sé si será respetuoso con la realidad histórica o si se ajustará a las ideologías imperantes, lo que es seguro es que será una película grande.
(El Observador, 10 de octubre, 1992)




sábado, 6 de octubre de 2018

QUERER/AMAR


Esta semana se estrenan dos películas estupendas, de esas que se quedan en la memoria y se recordaran entre las mejores del año (o de años). Una es española, la otra polaca. Una la dirige una mujer joven, la otra la dirige un hombre joven. Vamos por partes. 

(mi madre también  cosía a máquina cuando vivíamos en México)

La española se titula Viaje al cuarto de una madre, precioso titulo que evoca todo tipo de sensaciones, porque ¿qué hay de mas intimo y secreto, que el cuarto de una madre? La dirige Celia Rico, una chica sevillana que vive  en Barcelona desde hace mucho tiempo y ha trabajado en algunas de las productoras mas interesantes de la ciudad: Oberon y Arcadia. Celia se dio a conocer con un corto precioso que protagonizaba Asunción Balaguer. Y ahora nos regala este cuento tierno y callado de una madre y una hija que son una sola figura y que poco a poco se van separando para ser dos, pero igualmente unidas, igualmente respetuosas. Lola Dueñas y Anna Castillo son la madre y la hija. Lola no sale nunca de casa y es en ese piso minúsculo donde vive todo su viaje a su propio cuarto que acabará por devolverla al mundo del que se había sentido excluida al perder a su marido. Anna es la hija que sabe que tiene que salir del piso sin dejar de viajar al cuarto de su madre y buscar fuera el aire que les permitirá respirar. Las dos hablan, se quieren, están unidas por hilos: el de la costura, tan importante, el del teléfono tan definitivo. Y las dos  sin ningún tipo de melodrama, sin perder la sonrisa, sin miedos ni revueltas, nos invitan a viajar a ese cuarto de su mano y de paso, a recordar cómo fueron nuestros propios viajes a los cuartos de nuestras madres. 



 (coros y danzas soviético/franquistas)

La polaca la dirige Pawel Pawiloswki y se titula Cold war, guerra fría. Es una historia de amor en blanco y negro; una historia de amor con la música como tercer personaje; una historia de amor entre dos personas, un pianista y una joven que canta y baila, condenados a amarse y a perderse continuamente. Empieza en la Polonia soviética de 1949 y acaba en la Polonia soviética de 1964. Entre medio, Berlín y Paris, son los escenarios de sus encuentros y desencuentros. Es un film contado con elipsis, lo que sucede fuera de campo es tan importante como lo que vemos, lo que les pasa a estos dos seres que se buscan, se encuentran, se pierden, a lo largo del tiempo es lo que no vemos pero vivimos a través de sus diálogos, sus enfrentamientos, sus tristezas e incluso sus momentos de plenitud. No puedes dejar de mirarla y no puedes dejar de darte cuenta con que inteligencia el director (recuerden la delicadeza de Ida y su carga de crítica política sin necesidad de levantar la voz) nos va metiendo en el alma de estos dos amantes usando la música como vehículo: la música popular primero, el jazz después, el rock and roll, en un momento de liberación y la canción que nace del alma al final. Dura muy poco, no solo porque es corta, sino porque esas vidas pasan sin darnos cuenta. Desde las primeras imágenes de recogida de canciones populares en el campo hasta el melancólico e impresionante plano final, desfila ante nuestros ojos no solo la imposible historia de amor de Viktor y Zula  sino la terrible tragedia de unos países castrados en lo mejor de su juventud durante muchos, muchos años. Como decía en una entrada anterior. Si solo han de ver una película este año, que sea esta.
(Hay un efecto colateral de la película que no me resisto  a destacar. Viktor y Zula se conocen en una escuela de formación de una compañía de bailes y danzas populares estatales promovida por el gobierno comunista para reivindicar la cultura del pueblo por encima de todo. Viendo estos espectáculos no he podido dejar de recordar los famosos Coros y Danzas del franquismo que eran exactamente lo mismo y estaban concebidos con el mismo propósito. Si en la terrible imagen de los coros cantando con el retrato gigantesco de Stalin detrás lo sustituimos mentalmente por el de Franco veremos que las similitudes son mucho mas que formales. Las dos eran dictaduras brutales. Harían bien todos los que levantan el puño y enarbolan banderas con hoces y martillos en informarse un poco de que es lo que están reivindicando. No sea que se encuentren de golpe con un nuevo stalfranquismo o incluso, en clave local, un stalcarlismo).