sábado, 20 de mayo de 2017

POLÉMICAS


(La foto se la robo a Manu Yáñez que está en Cannes escribiendo estupendas crónicas/críticas para Otros Cines de Europa y que nos permite Vivir el festival con sus fotos y vídeos en facebook. Espero que no le importe.)
Esta semana ha empezado el festival de Cannes y lo ha hecho con una polémica que me parece muy interesante. ¿Pueden competir en el festival películas producidas por plataformas on line que no se podrán ver en los cines? La reacción ha sido violenta por parte de los distribuidores y los exhibidores franceses. También Pedro Almodóvar como presidente del jurado ha anunciado que, ni por asomo, las dos películas de la sección oficial producidas por Netflix podrán tener la Palma de Oro. Aunque sean las mejores.
Todo junto me parece muy reaccionario y sobre todo, conservador y viejo. 
Este empeño en que las películas se tienen que ver en las salas de cine me parece una cosa del pasado. A ver. Si hubiera salas de exhibición maravillosas, cómodas, con una proyección estupenda, un sonido magnifico, en todas las ciudades y pueblos de España (y quien dice España, dice Europa), quizás estaría de acuerdo en que películas como 2001 o El renacido, por poner dos ejemplos muy distintos, me gustaría más verlas en el cine que en casa. Pero la verdad es que el 90% de los cines de España (y me imagino que de Europa) tienen unas condiciones lamentables de exhibición y las películas se ven muchas veces en muy malas condiciones. Así que, ¿por qué esta insistencia en verlas en salas? Eso sin olvidarnos del precio. Por lo que vale una entrada de cine, 9 euros, tienes  un mes entero de películas y series en buena calidad. Me parece mucho más democrático. Y otra cosa, la mayor parte del cine que se ve en España es doblado y hay muchísimos lugares donde ni siquiera así llega.
Defender que las películas se vean en los cines es una postura egourbana que deja fuera a muchísima gente. Es una posición tremendamente reaccionaria frente a las plataformas que permiten ver las películas o las series dobladas o con subtítulos y además, y eso es lo más interesante, permite que la veas en un remoto y pequeño pueblo siempre y cuando haya cobertura, claro.
El cine del futuro está en esta manera de consumirlo. Las salas seguirán, seguro, pero tendrán que recuperar su función de acontecimiento, de espectáculo como el que tenían  hace cien años. Para ver la mayoría de las películas que se hacen y se consumen en el mundo, las plataformas son el vehículo ideal. Son baratas, son fáciles de utilizar, son variadas y en ellas cabe todo. Lo que hay que impulsar es que se puedan ver en buenas condiciones, en buenas televisiones o pantallas caseras.  O de una forma que me parece que podría ser muy interesante: en comunidad.  Ver películas con otra gente es una de las ventajas de las salas de cine. Pero eso no es incompatible con las plataformas.  Se pueden montar ciclos, charlas, presentaciones,  discusiones. Aquello tan antiguo del cine-club, compartiendo películas en una plataforma: tanto por separado como todos juntos. (Mientras escribía esto me he acordado de Las chicas Gilmore, una preciosa serie de hace diez o quince años. Las chicas Gilmore viven en un pueblecito de Connecticut llamado Stars Hollow. No hay sala de cine. Pero eso no quiere decir que no se vea cine. Cada semana se organiza en el salón de Miss Pathy una sesión para ver una película con un video (aun había videos) a la que acude todo el pueblo y sobre la que se charla, acaloradamente a veces.)
Acabo de darme cuenta de otra cosa: tanto quejarse de la piratería que está acabando con el cine y ahora que se ofrece la posibilidad de ver los productos audiovisuales (ese sería otro tema, la división entre cine, series, televisión es cada vez mas obsoleta) de una forma legal, que poco a poco está acabando con la piratería, salen en tromba para combatirlo.  
Leyendo los periódicos de la mañana del sábado donde se hace referencia al estreno en Cannes de una de las dos películas de Netflix, he pensado otra cosa. Cuando apareció el cine a principios del siglo XX, se dijo que el teatro había muerto. No, simplemente se tuvo que poner las pilas y reinventarse. Cuando apareció la tele después de la segunda guerra mundial, se dijo que el cine había muerto. No, lo que tuvo que hacer fue ponerse las pilas y reinventarse. Ahora se dice que el cine en las salas está en peligro (no muerto), es la oportunidad para que esta forma de exhibición se ponga las pilas y se reinvente.
Cerrarse a esta idea, bloquearla, es ir contra el futuro, es ir contra el progreso. Lo que ha sucedido en Cannes es una advertencia a varios niveles. A los exhibidores para que cuiden sus salas, las modernicen y las hagan confortables y atractivas; a los distribuidores, para que se planteen nuevas formas de vender el cine a través de las plataformas (Filmin es un ejemplo, seguramente muy mejorable en muchos aspectos, pero nadie le puede negar el valor de ser pionera); a los productores para que acepten nuevas reglas de funcionamiento en las que ya no serán los que decidan todo, pero eso no quiere decir que no sigan siendo indispensables. Y a los políticos para que reglamenten este inmenso territorio desconocido de manera que todos acabemos saliendo beneficiados.


(Maureen y los fantasmas versión Ramon Herreros)
Se estrena esta semana la última película de Olivier Assayas que se vio en el Cannes del año pasado. Esa es otra de las rémoras de la exhibición tal como la entendemos. Las películas tardan muchísimo en llegar a los cines y a veces no llegan nunca o lo hacen en malas condiciones. Personal Shopper, film que provocó una agria polémica en Cannes 2016, se estrena coincidiendo con Cannes 2017. Y menos mal porque es una película excelente.
No soy fan absoluta de Olivier Assayas, hay películas suyas que me gustan y hay otras que no me gustan. Pero ésta sí. Esta es de las que me gustan. Assayas se parece cada vez más a Truffaut, y no solo físicamente ni tampoco en trayectoria. Su cine es muy personal y único pero comparte con el añorado François el gusto por el eclecticismo, la mezcla de géneros, no tener miedo a adentrase en terrenos muy codificados para transgredirlos. En este caso el fantástico.
Dos tramas se entrelazan en el film: Maureen, una joven americana en París, vive la tristeza de la muerte de su hermano gemelo, buscando una señal del más allá que le reconcilie con su pérdida. Maureen y su hermano Lewis comparten un don, son médiums. Los fantasmas de la casa donde murió Lewis se manifiestan a Maureen, pero no el fantasma que ella busca. Para ganarse la vida, Maureen  es la personal shopper de una celebrity, una mujer tan ocupada que no puede ir a comprar su propia ropa o complementos. Esto le permite a la protagonista, y de paso a los espectadores, entrar en unos territorios mucho más fantásticos e inaccesibles que los de los fantasmas: las tiendas de lujo, Cartier, Chanel, Dior. Lugares de maravilla a los que Maureen accede como intermediaria, ya que ella, por si misma, jamás podría comprarse nada en esos templos del esplendor.
Las dos tramas se mezclan en la vida de Maureen donde irrumpen Víctor Hugo y sus Conversaciones con la Eternidad o la pintora sueca Hilma af Klint y sus cuadros abstractos inspirados por los espíritus. Pasado y futuro en los mensajes en el móvil que la hacen sentirse acosada, vigilada, mientras circula en moto por Paris o en un tren a Londres. La visualización  de los mensajes en los móviles se ha convertido en un elemento indispensable del cine moderno, a veces de una forma abusiva. Pero la manera como lo utiliza Assayas en este contexto de cine de fantasmas con asesinato incluido, recuerda a los letreros del cine mudo.
Me doy cuenta que en todo lo que llevo escrito no he hablado de quién es Maureen. Es decir de la actriz Kristen Stewart que colabora por segunda vez con Assayas, después de Viaje a Sils Maria. Stewart es sin duda una de las jóvenes actrices americanas que mejor está encarrilando su carrera. Elige con cuidado a los directores y los proyectos, no le da miedo el cine de autor, pero tampoco le hace ascos a una película de Hollywood si el film le interesa. Maureen es ella. El misterio, la sensibilidad, la ternura y al mismo tiempo la fuerza que desprende el personaje, le vienen de ella, de saber llevar con igual atractivo un amplio jersey y el pelo sucio, o un vestido de Chanel y un elegante collar. Kristen Stewart es sin duda una digna heredera  (sin parecerse) de Audrey Hepburn.


(un cuadro de esta desconocida pintora sueca que se avanzó al arte abstracto del siglo XX)


sábado, 13 de mayo de 2017

ELECTRICIDAD Y CINE


(una foto de la época en que estudiaba Geografía)

Esta semana he tenido ocasión de volver al pasado, o mejor dicho de ver que podía haber sido mi vida si no hubiera tomado una decisión en un momento determinado. Como en La vida en un hilo de Edgar Neville. He vuelto a la Universidad de Barcelona para participar en un Simposio Internacional sobre La electrificación y el territorio, organizado por la Facultat de Geografia i Història. Esto merece una breve explicación. Yo estudié geografía, fui de la primera promoción licenciada en esa especialidad en el año 1972. Tenía profesores estupendos a los que recuerdo con mucho cariño: Tomás Vidal, Albentosa, Horacio Capel. Capel nos daba clases de Geografía humana y de Geografía urbana. Eran las que más me gustaban. De hecho, estuve tentada de quedarme en la universidad como otros de mis compañeros, trabajando con él. Pero se metió por medio el cine y tiró de mí con más fuerza. Ha sido Horacio Capel el que me ha devuelto a este momento ya que ha sido uno de los organizadores del Simposio, y fue él quien me llamó para participar en estas jornadas organizando una sesión de cine y electricidad, concretamente la electricidad y la ciudad. Escogí la película Berlín, sinfonía de una gran ciudad, de Walter Ruttman, del año 1927. Fue una proyección muy interesante, ya que los que la veían, casi todos por primera vez, lo hacían con ojos de geógrafos, no de espectadores de cine y mucho menos de críticos. Fue curioso y yo me encontré pensando que estaba en un lado de la mesa explicando cosas de la película, mientras en el otro lado estaban los profes y catedráticos, pero que según como hubiera sido mi vida, bien podría ser al revés y estar allí sentada escuchando a alguien que me contara cosas de la película.
Si alguien tiene curiosidad de leer el artículo El cine es electricidad, lo cuelgo en el otro blog, el de los textos, que tengo un poco abandonado.

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En cuanto a los estrenos de esta semana, hay algunas películas interesantes de las que doy algunos apuntes.
Paraíso, de A. Konchalovski, es la prueba de que el tema del Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial sigue teniendo maneras nuevas de aproximación. En este caso, con un riguroso y hermoso blanco y negro, el director ruso cuenta una extraña historia de amor entre un oficial de la SS, responsable de un campo de concentración y una aristócrata rusa, miembro de la resistencia francesa, detenida por un policía colaboracionista del Gobierno de Vichy. Los tres hablan a cámara en una especia de confesionario donde relatan las circunstancias que les han llevado a estar en ese lugar, un purgatorio camino, o no, del paraíso. Sin caer en el sensacionalismo, sin abusar de las tintas negras, sin juzgar duramente a sus personajes, Konchalovski deja que sean sus acciones las que conduzcan al espectador a tomar partido en ese juego de tres. Un film útil, una película polémica, una historia para seguir pensando.

Maravillosa familia de Tokio, de Yoji Yamada. El veterano director japonés, que a sus 87 años rueda su película número 84 (me doy cuenta cómo ha cambiado el mundo al comprobar cuántos directores de más de ochenta años siguen trabajando activamente, hecho insólito hace un tiempo en que a los setenta años ya era complicado que les permitieran dirigir). Volviendo a la familia de Yamada, solo decir que sigue la estela de Ozu, como ya hizo en Una familia de Tokio, pero con más sentido del humor, con más ironía. Ya desde su planteamiento: la abuela de la familia cumple años y cuando su marido le pregunta que quiere que le regale, le dice con total naturalidad: el divorcio. Este hecho conmociona los cimientos de toda la familia que de pronto se replantea los roles de cada uno de ellos en  el conjunto.

Sicixia, de Ignacio Vilar. El 3 de diciembre del año pasado escribí de esta película en el blog. Entonces decía que no sabía muy bien donde se podía ver. Ahora tampoco lo tengo muy claro, pero como me gusta la propuesta del cineasta gallego, recupero el texto: “No sé muy bien donde se puede ver esta película. Una de tantas que se estrenan estos días para poder entrar en la competición de las nominaciones a los Goya y que a menudo se pierden entre la vorágine de la semana. Estoy hablando de Sicixia, de Ignacio Vilar, un nuevo ejemplo de la cinematografía gallega que intenta abrirse camino más allá de sus fronteras naturales. Y de fronteras habla este interesante trabajo. Frontera entre el documental y la ficción,  frontera entre la ciudad y el campo, frontera entre el hombre y la mujer. Con la excusa de un técnico de sonido encargado de recoger los murmullos de la naturaleza y el susurro de las voces de la Costa da Morte, Vilar nos acerca a las formas de vida más ancestrales que aún perviven en una Galicia que se mueve ella misma en la frontera entre la modernidad y la tradición. Pero no es solo eso. El hombre urbanita se siente fascinado por la naturaleza, por el mar y su fuerza, las montañas y su poder, las cuevas y sus misterios, el rio y sus ondinas. De todos ellos extrae el sonido que va poco a poco componiendo la banda sonora del film. Y en ese viaje le acompaña una mujer que le sirve de guía, no solo en los caminos del mar y la montaña, sino en el de sus propios sentimientos. Me gusta mucho esta película, me provoca (y esa es una de sus funciones, me imagino) muchas ganas de volver a Galicia. Búsquenla en la cartelera o en las plataformas. O simplemente imagínenla si no la encuentran”.







sábado, 6 de mayo de 2017

JURA D'A





Esta semana he tenido la suerte de estar de jurado(a) en el D’A Film Festival de Barcelona. Digo que he tenido la suerte, porque como muy bien saben todos los críticos y espectadores de la ciudad, seguir un festival de cine que sucede en el mismo sitio donde vives y trabajas requiere un esfuerzo de voluntad y de ganas. Y a veces la voluntad está pero las ganas, después de un día de trabajo y vida cotidiana, fallan. Claro que si eres jurado, no puedes fallar. Así que gracias a este agradable deber he podido ver no solo las 17 películas que me tocaban por sección, sino unas cuantas más. Si ya sales de casa para ver una, da lo mismo ver dos o incluso tres.
De las películas de la sección Talents que era la que yo tenía que juzgar, no voy  a hablar, al menos de momento. Simplemente por una cuestión de ética. Pero si me gustaría llamar la atención sobre cinco películas españolas que he podido descubrir. Unas se estrenarán pronto, otras quizás las tengan que rastrear en festivales, plataformas o circuitos alternativos. A mi me han interesado todas.



(en un paisaje como el de este cuadro de Ramon aparece el inglés desmemoriado)

ANALISIS DE SANGRE AZUL, de Blanca Torres y Gabriel Velázquez
Hace tiempo que sigo a Gabriel Velázquez, un director que ha sabido captar el aliento de la adolescencia en un espacio y un tiempo poco habituales, con un cine que se respira como el aire puro de su Salamanca natal o como el aire frío de los títulos de sus dos películas Iceberg y Ärtico. Por eso me sorprendió tanto encontrarme con este experimento visual que conecta con los otros solo por el frío, en este caso de las nieves de las cumbres de los Pirineos de Huesca. La historia es la de un cuento gótico: un inglés que ha perdido la memoria, aparece desnudo en las montañas. El médico de un sanatorio de enfermos mentales, lo acoge y se propone curarlo. Estamos en 1933 y toda la película está filmada como si se tratara de un documental médico de la época, lo que la emparenta con el cine de Guy Maddin, pero no lo hace mimético de la manera de hacer del canadiense. Las explicaciones técnicas del proceso de curación y la interrelación con los otros pacientes y el médico, nos va descubriendo a este aristócrata convertido en un fantasma de largos cabellos. Análisis de sangre azul es un film fantástico que pide calma para verlo.


(este cuadro lo hizo Ramon en el monasterio de Leire, un lugar para la conversación y la conversión)

CONVERSO, de David Arratibel
Este es un documental familiar. Quiero decir que es un documental que habla de la familia del director en primera persona. Él incluido. El título ya es una pista de lo que vamos a ver: Converso, de conversar, que es lo que hace David Arratibel con sus hermanas María y Paula, su cuñado, Raúl y su madre. Converso de conversión, porque las conversaciones van de la conversión de María al catolicismo y de cómo arrastró casi sin quererlo a su hermana pequeña y a su madre hacia ese mundo de la Iglesia Católica del que su hermano siempre quedó excluido. Conversión que necesitaba una conversación. Viendo este film emocionante y despojado, donde la intimidad de las entrevistas se ve violentada (con su permiso) por la mirada del espectador, se me ocurrieron muchas ideas. La primera es el derecho que tiene cada uno a elegir creer en lo que quiera: en Dios o en las estrellas, me da igual. En un Dios o en otro, también me da igual. Hay un momento en que María cuenta como había veces en que sentía que despertaba la curiosidad de sus amigos que, sin embargo, no se atrevían a preguntarle por qué se había convertido. Y entonces pensé en el daño tan grande que hacen algunas ideas políticas que se apoderan de los conceptos como propios, los instrumentalizan y los utilizan contra los demás. El franquismo se apropió de la Iglesia Católica, del cristianismo, de la religión y se identificó tanto con ella, que expulsó a mucha gente de la idea simplemente de creer o practicar. Algo parecido a lo que está haciendo el fundamentalismo islámico con el Islam, religión tan válida como la católica, identificada con el mal por culpa de su usurpación malsana. Converso me parece una película muy estimulante y me merece el mayor de los respetos. Palabra de no católica, pero si de alguien convencido de que el mundo no se acaba en estas cuatro paredes.



(la edición en catalán de Picwick que tenemos en casa es, curiosamente, de color naranja)

DIAS COLOR NARANJA, de Pablo Llorca
Ha sido una alegría encontrarme con un nuevo film de Pablo Llorca. Vengo siguiendo su cine desde hace casi veinte años y siempre me ha parecido interesante, aunque a veces algo críptico. En todo caso, hay algo en sus historias que consigue atraparme. Pero esta es distinta. Al menos a las últimas que yo había visto. Días color naranja cuenta un viaje, una Tren-Movie, en la que un chico español que se queda colgado en Atenas por culpa de la erupción del volcán islandés del 2010, decide volver a Madrid cruzando en tren media Europa. En el camino se encuentra con cinco estudiantes entre ellos una chica sueca que habla castellano. Su timidez le lleva a refugiarse en la lectura de Los papeles póstumos de El club Picwick  de Dickens y será este libro el que le abra la puerta a una relación de amor y de descubrimiento, de luz y de felicidad. Bajo la apariencia naturalista de un viaje de vacaciones, Pablo hace un film de pensamiento sobre el amor, el arte, la vida, la felicidad. Es la mirada de alguien que ya no es joven pero es capaz de recordar y sentir lo que significaba serlo y proyectarlo a los jóvenes de ahora mismo que, quizás no sean como Álvaro y Berta, pero seguro que reconocen sus sentimientos y sus deseos. Rodada con total libertad en todos los sentidos, esta es una película sensual que entra por los poros. Un regalo.


(Julia está tan desconcertada en Berlín como esta imagen de la ciudad desde el metro)

JULIA ITS, de Elena Martín
Las amigas de Ágata, proyecto colectivo de un grupo de estudiantes (chicas) de la Universitat Pompeu Fabra, ya dejaba ver que había ahí mucho talento en proceso de formación. Elena Martí era la Ágata del título, y es ella también la protagonista de su primera película como directora, Julia Its. Ella es Julia, ella es Elena. Julia se pone delante de la cámara y expresa sus dudas sobre qué hacer con su vida. Ha decidió irse a Berlín con un Erasmus, pero eso significa romper con su confortable mundo barcelonés. Julia descubrirá en Berlín una ciudad donde sus ideas sobre urbanismo se consolidan y toman cuerpo y descubrirá también que no es necesario quedarse en un sitio para que su influencia te dure toda la vida. Quizás si Julia se quedara en Berlín no llegaría a hacer lo que seguramente hará en Barcelona al volver. Elena está detrás de la cámara y ella no duda. En ningún momento. O al menos eso parece por la seguridad con que mueve la cámara, decide los encuadres, dialoga con sus personajes. No parece una primera película, y sin embargo lo es. Y lo es en su frescura y su falta de pretensiones, y en la ligereza con la que se acerca a un tema tan importante como: ¿Qué hago con mi vida?  Le agradezco mucho a Julia y a Elena que no hayan caído en el discurso del que se tiene que ir fuera. Julia se va a Berlín a aprender, Elena se va a Alemania a aprender. De eso trata el irse fuera. No solo de tener un trabajo. Una pregunta me rondaba la cabeza al salir de la proyección. ¿Por qué no la seleccionaron en el Festival de Berlín? Quizás por eso mismo. Porque no habla de la crisis directamente, porque no es abiertamente política.


(una imagen de esta película que lleva el cine a todas partes)

EL ÚLTIMO VERANO de Leire Apellaniz
Hace un par de años vi un corto que se llamaba FIN. Fue una sorpresa doble. La primera su directora, Leire Apellaniz, a quién conozco desde hace muchos años, primero formando parte del equipo que dirigía Daniel Pérez en el departamento de copias del Festival de San Sebastián. Después como responsable ella misma de ese imprescindible y fundamental departamento en el buen funcionamiento de  un festival. La segunda sorpresa fue ver que el corto hablaba precisamente de Daniel, Roberto, Álvaro, los proyeccionistas del festival. Pero no en ese contexto sino en uno mucho más aventurero y romántico al que han dedicado sus vacaciones desde hace mucho tiempo: llevar el cine en 35 mm y en buenas copias y buena proyección a los pueblos y ciudades donde ya no hay ni sala de cine. Es un trabajo apasionante y con un fondo quijotesco que siempre me produjo cierta envidia cuando me lo contaban. De ese corto sorpresa, Leire ha dado un salto a un largo sorpresa, aunque en otra dirección. El último verano es una prolongación de Fin, en ese sentido reencontrarse con Miguel Ángel, el alma y motor del negocio de llevar los sueños a los pueblos, con Daniel, Roberto  y los demás ha sido como volver a cenar a casa de unos amigos. Pero la sorpresa es que la cena está muy bien preparada porque Leire no hace un documental al uso, construye un western con una camioneta blanca en lugar de caballos y el teléfono móvil en lugar de una pistola. Es un documento, eso seguro. Porque documenta un oficio y un mundo que está condenado a desaparecer. Pero también es una ficción sobre la realidad de estos modernos juglares que van de plaza en plaza esperando que los señores del lugar (los alcaldes y concejales de cultura) les dejen contar sus leyendas y poemas.





sábado, 29 de abril de 2017

LADY MACBETH



¿El mal se lleva dentro o se genera como reacción ante la maldad de los demás? La pregunta me la hago viendo la película Lady Macbeth de William Oldroyd que inauguró el D’A Film Festival de Barcelona, un día antes de estrenarse en los cines. ¿Es Karherine mala o la han hecho mala? No es una pregunta tonta ni irrelevante. La respuesta tampoco es sencilla. Hay otra pregunta que nos podemos hacer. ¿Por qué este film busca como referente el personaje femenino más terrible de la obra de Shakespeare, en lugar de llamarse, por ejemplo, Lady Bovary, ya que la similitud con Emma Bovary es mucho más clara que la vinculación de Katherine con la reina escocesa? La respuesta a esta pregunta es más sencilla. Aunque Madame Bovary se publicó en 1856, casi diez años antes que Lady Macbeth Of Mtsensk District, de Nikolai Leskov, que aparece en 1865, es casi seguro que el escritor ruso no debía conocer la novela francesa cuando escribió la historia de esta joven inocente que poco a poco se convierte en una mujer vengativa y malvada. Con toda la razón, por cierto. En cambio, el referente inglés, seguro que flotaba en la cabeza del escritor y periodista de San Petersburgo cuando, desde su casi rutinaria vida como abogado, hizo el retrato de esta mujer vestida de azul.
La película de Oldroyd se basa en la novela rusa, pero el guión de Alice Birch traslada el personaje a la Inglaterra rural de 1865, con lo que se introduce en el relato un nuevo referente literario. Lady Macbeth podía ser Lady Bovary y también Lady Catherine, la cruel protagonista de Cumbres borrascosas de Emily Brontë, con la que comparte nombre. Quizás estos tres antecedentes literarios nos den la respuesta a la pregunta del principio. El mal se lleva dentro, pero se contagia del mal de fuera. El mal es como un virus latente en la mente de Katherine. Al principio no lo sabe, pero cuando empieza a sufrir las humillaciones contantes y el desprecio de los hombres de la familia en la que el destino la ha hecho caer, el mal se despierta y poco a poco se va apoderando de ella convirtiéndola en un personaje que algunos han emparentado, no sin cierta razón, con La novia de Kill Bill.
Sorprende que esta  Lady Macbeth sea una primera película para su director, para su guionista y para su actriz protagonista. William Oldroyd sabe crear atmósferas con una cámara frontal, de  planos despojados de cualquier artificio. Imágenes de preciosas naturalezas muertas en las que Katherine con su vestido azul es una pieza indiscutible. No hay música de adorno, no hay nada que estorbe la mirada que se concentra en esta mujer casi siempre en el centro de un cuadro encuadrado, si es que se puede definir así la fotografía de Ari Wegner, una directora de fotografía australiana con una mirada propia. En cuanto a Alice Birch, autora teatral conocida por su feminismo poco ortodoxo, hay que agradecerle que este primer guión no caiga nunca en la tentación Jane Austen (con todos mis respetos y cariño a Jane Austen) y en cambio deje aflorar poco a poco ese mal incubado en el corazón de un rostro angelical. Y con esto llegamos al gran descubrimiento de esta película, Florence Plugh, que con su mirada acerada, su cabello bien peinado y su vestido azul (lleva otros vestidos, pero el azul es el que la identifica) llena de pasión y tensión el personaje, proyectando un helado fuego interior que atraviesa la pantalla.



Excelente pórtico para el D’A que se inauguró el viernes y del que comentaré alguna cosa en el próximo blog. Aunque no sé si podré hablar mucho, la verdad porque tengo la suerte de estar en el Jurado de la Competición Talents lo que me obliga, por honestidad, a no hablar de las películas que tengo que juzgar y me deja poco tiempo para ver el resto de la excelente programación. A ver como lo soluciono. En todo caso, recomiendo a todos los que estén en Barcelona o puedan venir aprovechando este largo puente, a que descubran títulos y directores que son difíciles de ver en nuestras pantallas. 

(tan solo una nota para recordar que de Lady Macbeth hablé cuando se estrenó en el Festival de San Sebastiàn del año pasado donde fue una de las grandes sorpresas)

sábado, 22 de abril de 2017

STEFAN ZWEIG EN BUENA COMPAÑIA


(libros en buena compañía)

Stefan Zweig. Seguro que han visto este nombre repetido estos días en los diarios. No tanto como debería, pero más de lo normal. La razón, el estreno de una película que se titula Stefan Zweig: Adiós a Europa, un título que no podía ser más oportuno en esta Europa que parece decidida a decir adiós a todo lo que se ha construido desde hace sesenta años. En 1936, Zweig soñaba con una Europa sin fronteras, sin pasaportes, común. Y afirmaba: yo no lo veré. Y no lo vio, pero si sucedió. Lo tenemos y lo disfrutamos nosotros, aunque hay tantas fuerzas oscuras, azules, rojas, negras y multicolores, intentando que dejemos de tenerlo, que asusta pensar lo que diría Zweig si pudiera ver lo conseguido y como se desperdicia en aras de naciones, estados, y separaciones de todo tipo. Pero vuelvo a este film que merece verse. No es un biopic ni mucho menos. Maria Schrader y Jan Schomburg han escrito un guión que recupera una de las muchas formas literarias que utilizó el gran autor austríaco. Podían haber hecho una biografía, Zweig escribió algunas de las mejores de la historia, pero han preferido fijarse en Momentos estelares de la humanidad, aplicándolo a su personaje. Vemos a Stefan Zweig en cinco momentos, no todos estelares: en Río de Janerio durante un banquete en su honor en agosto de 1936; en Buenos Aires, participando en un congreso internacional de escritores en septiembre de 1936 donde expuso sus ideas de Europa. Durante este congreso Zweig se negó a condenar en público al régimen nazi que le había obligado a exilarse. Los motivos para no hacerlo me han dado mucho que pensar. Argumenta el escritor que decir lo que quiere oír la audiencia que te escucha, no tiene ningún valor, es propaganda: Cada gesto de resistencia carente de riesgo no es más que afán de protagonismo. Me parece una verdad que deberían aplicarse los políticos cuando se lanzan a hacer mítines o presidir manifestaciones o hacer actos mesiánicos. Reencontramos a  Zweig y su mujer Lotte en Brasil, a principios de 1941, cuando estaba escribiendo el libro sobre ese país en el que avanzaba la idea de que Brasil era el futuro. El cuarto momento sucede en Nueva York, en febrero de 1941. Es uno de los mejores del film. La larga conversación con su primera mujer, Fritzi, una excelente Barbara Sukova, es reveladora de sus debilidades, de su cansancio, de su impotencia. Zweig y  Lotte vuelven a Brasil a finales de 1941, a Petrópolis. Allí, le acompañamos en una conversación con otro exilado alemán en la que el sentimiento de culpa y de dolor se hace más fuerte aún. Es el preludio al suicidio compartido con su mujer en febrero de 1942 en Petrópolis, un delicado momento que vemos solo a través de un espejo que divide la pantalla.
Me gusta mucho esta película. No solo por Zweig, que ya me gustaba antes, me gusta cómo se acerca la directora al personaje, calladamente, buscando no los momentos de gloria, sino los más cotidianos, sin sentimentalismo, sin subrayados. Me gusta como plantea las dos secuencias corales, la del banquete y la del congreso, para luego encerrarse en secuencias de pocos personajes. Me gusta como utiliza los idiomas, –éste es  un film que debe verse en versión original, doblado será insoportable– donde se habla con fluidez alemán, inglés, francés, portugués, español. Me gusta que Nueva York sea solo una esquina nevada. Me gusta como retrata el encuentro de las dos esposas de Zweig, las dos amigas, las dos cómplices de su trabajo. Me gusta el color y el tono de la fotografía y el uso del sonido, de los murmullos. Me gusta Josef Hader como Stefan Zweig. Hay algunas cosas que no me gustan, pero no vale la pena que las señale. Esto no es una crítica, es una reflexión. Si no conocen la obra de Zweig, aprovechen este Sant Jordi para buscar sus libros y para ver la película. Si ya lo conocen, aprovechen para releerlo y para ver la película. Pero no busquen en el cine una apología. No lo encontraran. El film de Schrader es un retrato de instantes, no una hagiografía.

Y ya que ha salido Sant Jordi, aprovecho para hablar de dos libros que me gustan. El indiferente azul del cielo, de Emilio Aragón; Tierra de campos, de David Trueba. No se parecen en nada, uno son relatos, el otro una novela de vida. Pero los dos tienen en común sus autores: gente de cine, de música, de televisión y de literatura. Tanto Aragón como Trueba, combinan todo lo que les interesa y lo aplican en una película, un libro, una canción o una serie de televisión. Son ejemplos de personajes renacentistas (solo les falta pintar¡¡) en un mundo en el que se tiende a la súper especialización.

Cuando leí el libro de relatos de Emilio Aragón, le escribí un mail comentándolo. Lo que le decía a él lo puedo compartir con todos. “Hay algunos cuentos que me han gustado mucho, que para mi son los mejores: La Huella de Alejandría,  San Emiliano y La violinista de la estación de Shinjuku, son preciosos. Todos son interesantes y te provocan sensaciones, algunas de desasosiego (Diabolus in música) o de inquietud (Morgantier) o de miedo (De Port Hedland a Broome), nunca te dejan indiferente. Mientras lo leía me preguntaba el por qué del título.Y cuando lo acabé, me pareció entenderlo. En todos los cuentos el cielo está presente (por presencia o por ausencia) pero siempre es indiferente a lo que sucede bajo su bóveda. El cielo azul, como el cuadro de la portada, como algunos cuadros de Ramon, acoge y protege a todos estos personajes. También he pensado otra cosa leyéndolos. Me gustaría verlos convertidos en cortos que todos juntos hicieran un largo. Un largo azul.” Ahí queda el reto, transformarlos en imágenes.


El libro de David Trueba es muy distinto. Tierra de campos es una novela que se expande. Sin parecerse, me ha recordado la forma de narrar de Richard Ford. Todo pasa en un día en el que el protagonista, Dani Mosca, acompaña el féretro de su padre al pueblo para enterrarlo. Pero ese día se dilata hasta comprender toda la vida de Dani Mosca de una forma orgánica. No es un relato biográfico, mas bien una canción de muchas estrofas. Porque Dani Mosca es compositor y cantante de un grupo que se llama Las Moscas y es su vida la que va desfilando antes nuestros ojos mientras él viaja con su padre muerto. Es una novela que te engancha y que te deja tarareando músicas que no existen.

sábado, 15 de abril de 2017

NEGACIONES


NO NO NO NO NO NO

“En comportamiento humano, el negacionismo es exhibido por individuos que eligen negar la realidad para evadir una verdad incómoda”. Esta frase viene a cuento del estreno esta semana de una película que se llama Negación. Rachel Weisz interpreta el papel de la historiadora norteamericana Deborah Lipstad que en el año 2000 tuvo que hacer frente a un juicio por difamación en Londres. La denuncia la puso David Irving, un supuesto historiador negacionista del holocausto judío y apologista de Adolf Hitler, que se sintió difamado por lo que Lipstad escribía en su libro Negando el Holocausto: El creciente asalto sobre la verdad y la memoria. La película no deja de ser un interesante film de juicios, pero vale la pena no dejarla pasar inadvertida gracias a las excelentes interpretaciones de Weisz como la historiadora y  de Timothy Spall como David Irving. Recuerdo a Spall en su personaje de Rata en Harry Potter y el prisionero de Azkaban. Estaba claro que solo una rata podía hacer este personaje de rata.
Pero si me interesa la película es también por la actualidad de su discurso. El negacionismo no es una idea superada ni mucho menos. Y no me refiero solo a Marine Lepen o cualquier adulador de Donald Trump. El negacionismo, como las ratas, está entre nosotros. Y muy cerca. A veces se confunde con el revisionismo. Pero no es lo mismo. Revisar la historia desde parámetros distintos es una cosa, negarla, deformarla, utilizarla en favor de una idea exclusiva, mentir, en definitiva, es otra cosa. De estos negacionistas, o simplemente de estos mentirosos, hay muchos y no muy lejos. Por desgracia.






 (no se si ya he usado este cuadro alguna vez, es posible, pero me gusta mucho para ilustrar la idea de las dos chicas que son una, o ninguna)
La negación en este caso es muy diferente. Mucho más entretenida, y mucho más estimulante. Que una chica se empeñe en decir que no es ella sino otra, provocando una serie de equívocos entre sus amigos, su novio y los distintos caballeros con que se cruza, es una premisa como mínimo sorprendente. Hong Sang-soo es el más francés de los directores coreanos contemporáneos. También el más prolífico porque sus películas son muy sencillas de hacer: pocos actores, lugares que conoce, historias que pasan tanto en la cabeza de sus personajes como en el paisaje donde se mueven, diálogos divertidos y nada trascendentes, comida y bebida, mucha bebida. Y amor. Casi siempre en su cine hay curiosas e inesperadas historias de amor. Y de arte, entendiendo arte en su sentido más amplio. Directores de cine, escritores, pintores, son algunos de sus protagonistas. Explicar el argumento de Lo tuyo y tu es fácil: un hombre y una mujer viven juntos; los amigos de él le cuentan que han visto a la chica bebiendo en bares con otros hombres; él se enfada, se pelean y ella se va. El hombre decide buscarla pero a pesar de que el barrio es muy pequeño, no da con ella. Mientras tanto ella, efectivamente, se encuentra en bares con otros hombres que dicen conocerla. Pero ella sostiene que no es quien dicen que es, que es otra. Nadie sabe cuando está diciendo la verdad y cuando está mintiendo. No importa, lo que importa es la ligereza de la historia, el misterio de tintes rivettianos (de Jacques Rivette) de lo que sucede y la felicidad que acaba dejando flotando en el ambiente. Pero nada es tan sencillo si Hong Sang-soo está detrás de la cámara y la sensación de profunda extrañeza que provoca es un reto para  los espectadores. Me encanta.




sábado, 8 de abril de 2017

EXTRAÑOS AMIGOS


Siempre he lamentado no haber sido (y seguir no siéndolo) un poco mas mitómana. De haber tenido ese vicio ahora podría presumir de tener fotos con todos los directores, actores y gentes del cine que he conocido a lo largo de mi vida. Como por ejemplo Aki Kaurismaki. ¡Cómo me gustaría tener una foto de la primera entrevista que le hice! Fue hace exactamente treinta años. En Barcelona donde presentaba Hamlet Goes Business. Estábamos en un hotel y el director, que entonces tenía 29 años, se tumbó en un sillón y contestó todas las preguntas con los ojos cerrados. La segunda vez que le encontré fue en Glasgow, en 1990, durante la entrega de los Premios Félix, prehistoria de los Premios de la Academia de Cine Europea. A Kaurismaki, nominado creo recordar por La chica de la fábrica de cerillas, no le dejaron entrar a la ceremonia por no llevar corbata. Poco le importaba al finlandés que sentado en el suelo y apoyado en una columna, ofrecía vodka a todo el que quisiera acompañarlos, a él y a su mujer. Tampoco tengo otra foto posible, la que me pude hacer en Berlín con Fernando Pérez y José María Morales cuando se estrenó en el festival la película Madrigal.
Todo esto viene a cuento de la foto que encabeza esta entrada que promete ser más larga de lo que yo pensaba. Es una foto en la que yo no estoy, pero si hice yo. Es una foto de Ana Torrent y Raoul Peck en Valladolid en 2013,el año que los tres formábamos parte del Jurado de la Seminci. Conocer a Raoul Peck fue una experiencia estupenda por su inteligencia y por su enorme humanidad.
¿Por qué recuerdo estas tres fotos? Porque esta semana, entre los ¡quince estrenos! que llenan la cartelera, estos directores figuran entre lo más apetecible. Así que vayamos a las películas.

El otro lado de la esperanza, de Aki Kaurismaki es una de esas películas que recomiendo totalmente. No se la pierdan. Por su extrañísimo sentido del humor; por los encuadres de colores inesperados; por unos actores estupendos que nuca se salen de la línea. Pero sobre todo, porque es la prueba de que las personas son (somos) mucho mejores que los gobiernos. Kaurismaki ya exploraba el descubrimiento del “otro” en su anterior película El Havre donde un viejo europeo ayudaba a un inmigrante clandestino. En esta segunda entrega de lo que él llama La trilogía de los puertos, "el otro" ya está entre nosotros. Es un refugiado sirio que llega a Helsinki donde pide asilo político. Las autoridades se lo niegan: Alepo no está suficientemente destruida como para que no pueda volver a su patria. Pero la gente se lo da. Desde un amigo iraquí que le enseña a moverse por la burocracia, pasando por una funcionaria comprensiva e incluso una chica que le ayuda a escapar, Khaled va encontrando aliados. Hasta que llega a su extraño amigo, un finlandés cincuentón y desencantado que ha decidido cambiar de vida y poner un restaurante extravagante y absurdo donde acoge y protege a Khaled. Kaurismaki se coloca al otro lado de la esperanza en un horizonte humano que vale mucho más que todas las palabrerías huecas de los que se llenan la boca con reclamos de ayuda a los refugiados en abstracto, pero le vuelven la espalda al que se encuentran en la calle. Me encanta esta película.

Últimos días en La Habana de Fernando Pérez, también habla de una extraña amistad, la que tienen Diego, el homosexual que se muere de SIDA y Miguel, el heterosexual que lo cuida y le ayuda. El film de Pérez es casi el reverso luminoso de la película de Villaronga El rey de la Habana. El mismo espacio, una casa en ruinas en la Habana vieja, parecidos personajes, homosexuales, putas, chaperos, gente que intenta sobrevivir como puede. Pero distinta mirada. Lo que en Villaronga, fiel al libro en el que se basa, era sucio y sórdido, en Pérez es luminoso y esperanzado. A pesar de lo trágico, el humor está muy presente, junto con una crítica nada velada a una situación insostenible para los habaneros que intentan salir adelante con lo poco que tienen. Pero sobre todo y eso es lo que más las distingue, lo que prima en estos últimos días es el amor a La Habana y a sus habitantes que demuestra Fernando Pérez y que es la razón por la que nunca ha querido abandonar la isla. Estupenda.

En  I Am Not Your Negro, de Raoul Peck encontramos otro tipo de extrañas amistades. Este documental imprescindible es el primero que se estrena comercialmente de este director haitiano. ¿Por qué pienso que es imprescindible hoy y, quizás no hace ocho años? Porque lo que cuenta vuelve a estar muy presente en la política y en la vida de Estados Unidos. El punto de partida de este documental es el texto inacabado Remember this house del escritor de color James Baldwin, desaparecido hace justo ahora treinta años. La potente voz de Samuel J Jackson va desgranando las palabras de Baldwin que acompañan imágenes inéditas y poderosas de los tres “amigos” de los que habla: Medgar Evers, Malcom X y Martin Luther King. Recordar su propia historia con sus apariciones en televisión o en distintos actos políticos junto con la de de estos tres hombres asesinados en los años sesenta, Evers en 1963, Malcom X en 1965 y Luther King en 1968, por luchar por el fin del racismo y del segregacionismo desde distintos ángulos, es el cuerpo principal del documental en el que Peck ha reunido documentos sorprendentes de la época.  El film va mas allá de la pura reivindicación gracias a un montaje y un ritmo muy personal. Pero lo más importante es lo que implica. Baldwin dijo en una ocasión: “El futuro de los negros en este país es tan brillante o tan oscuro como el del propio país”. Si James Baldwin hubiera visto a Barak Obama como presidente habría pensado que, quizás, el futuro era brillante; pero si hubiera seguido viviendo hasta ver a Donald Trump en la Casa Blanca, seguramente pensaría que es un futuro muy negro para los negros. Y los asiáticos y los latinos y todos los diferentes. Por eso este documental es necesario. Incluso si se le acusa de tendencioso o previsible. Es necesario porque pone en la pantalla un grave problema (mundial) no resuelto.



(no se si es el mar o un lago, pero en todo caso este cuadro de Ramon evoca los sentimientos de la película)
Solo unas palabras para destacar otro de los muchos estrenos de la semana. La idea de un lago de la argentina Milagros Mumenthaler, basado en el libro de fotografías Pozo de aire de Guadalupe Gaona. La omnipresente dictadura de los años setenta aflora en este precioso film por el camino de la memoria. Una foto, la única que la protagonista tiene con su padre desaparecido en 1976 cuando ella tenía tres años, es el punto de partida para construir un rompecabezas de recuerdos callados, conflictos sin resolver, urgencias por aclarar. Todo alrededor de un lago que puede recrear imágenes tan divertidas como una niña nadando al lado de un coche Mini verde que baila con ella en el agua; como tristes, el fantasma de un padre que nunca se conoció. La idea de un lago es un film evocador, un precioso ejercicio de construcción poética de la memoria.