sábado, 16 de junio de 2018

ALEMANES



(un río de western en España)
Western: Alemanes 1
Me gusta el western. El clásico, Hawks, Mann, Ford; el crepuscular, Eastwood, Peckinpah; el super moderno, Westworld. Si me gusta el cine del oeste por lo que tiene de icónico, reconocible, por las contantes de sus códigos, de sus personajes, de sus situaciones, de sus paisajes. Me gusta mucho el western por eso me gusta mucho Western, una película alemana que, curiosamente, no se va al oeste sino al este, a Bulgaria, pero en la que encontramos todos los elementos de ese cine de conquista (la del Oeste, la del Este); de enfrentamientos entre culturas (los ganaderos y los granjeros; los indios y los colonos; los obreros alemanes que van a construir un pantano en Bulgaria y los habitantes del pueblo cercano); de lucha por la posesión del agua (este tema dio origen a películas memorables como Horizontes de grandeza y aquí se convierte en uno de los conflictos más importantes); de saloones y bares, territorios de convivencia y de intercambio; de las chicas curiosas con los extranjeros; incluso de duelos entre rivales. Pero sobre todo me gusta el personaje central de este film, el hombre sin nombre (aunque lo tenga), ese ser solitario, callado, siempre con un cigarro en la boca, tan parecido en su comportamiento al James Stewart de Tierras lejanas, aunque su aspecto sea el de un Clint Eastwood envejecido. Ese hombre que huye de la violencia pero no rehúye la pelea, que busca un lugar donde quedarse después de no tener ninguno, veterano desencantado de mil guerras como Jeremías Johnson, ese hombre que vaga por las montañas en un caballo blanco es un personaje que me mantiene ligada a la historia. Hay muchas más cosas en este western europeo y contemporáneo. Cuando hablamos de grupos de inmigrantes que se van a trabajar a otro país, siempre pensamos en gentes que huyen de la miseria para buscar una vida mejor. Pero hay otro tipo de inmigrantes, como los que retrata este Western: los trabajadores ricos que van a países pobres a construir infraestructuras como este pantano que una cuadrilla de obreros alemanes está construyendo en un pueblo de Bulgaria. Ellos se sienten superiores en todos los sentidos, y ejercen esa superioridad desde su marginación. Es una Europa rica (no solo en dinero) frente a una Europa pobre (no solo en dinero). Un mundo, como el del oeste, desequilibrado en el que a pesar de los esfuerzos del hombre bueno y solitario, los indios acabarán en una reserva o convertidos en colonos como los conquistadores. Y para acabar un apunte que hace que este film me parezca uno de los mejores del año. El mundo masculino, me atrevo a decir viril, propio del western y propio de un grupo de hombres dedicados a la construcción con grandes maquinas que se comen el paisaje y destrozan el entorno, esta filmado por una mujer. La alemana Valeska Grisebach no es ni Kathryn Bigelow, ni Claire Denis, dos mujeres que filman como si fueran hombres. Valeska mira, observa y filma desde un punto de vista femenino (no feminista, no confundir) y eso produce una extraña sensación de contradicción que hace aun más apetecible este film inesperado.



(Tres jóvenes en tránsito: Anna Seguers, Georg K. Glaser y Albert Camus)

En tránsito: Alemanes 2
También produce una extraña sensación otra película alemana que se ha estrenado estos días. En tránsito, de Christian Petzold. Hay un rasgo común entre los dos films: ambos apelan a códigos de géneros muy bien establecidos (el cine del oeste en una, el melodrama en tiempos de guerra en el otro), y narrativas muy clásicas, pero descontextualizadas en el tiempo. En tránsito está basada en una novela de Anna Seguers escrita en el año 1942. Cuenta una historia de refugiados que intentan escapar de la ocupación alemana, de suplantación de personalidades, de amores imposibles. Una historia de gentes que no existen, que no pertenecen a ningún sitio. Tampoco a ninguna época. Por eso el director sitúa esta historia en una Marsella de ahora mismo, reconocible en sus calles, en sus coches y en sus bares. Una Marsella donde los personajes, neutros en su vestuario, se mueven como fantasmas en tránsito entre dos tiempos, dos realidades. Viven en medio de lo que Petzold llama, citando a Georg K. Glaser, otro escritor alemán de la misma época, “el silencio histórico”. Entre la metafísica propia de El extranjero de Camus (novela escrita en el año 1942, como la de Seguers) y la ciencia ficción de los universos paralelos, se desarrolla una historia de amor, un melodrama de pérdida que habla del ahora mismo. Igual que Western, este film alemán apela a la Europa de hoy, donde la crisis de los  refugiados que intentan llegar a un paraíso soñado mientras permanecen en un estado de tránsito en un mundo donde renacen los nacionalismos excluyentes y xenófobos, nos demuestra que por desgracia, Europa parece no haber aprendido mucho de su historia en el Siglo XX. El riesgo de Petzold es el de utilizar las imágenes de ahora para contar la historia de siempre. Cuesta aceptarlo, pero si se entra en su juego, resulta fascinante.



(Con Schlöndorff en Madrid, junto a Juanma Aragón y Jesús Monroy en el Festival de Cine de Madrid que organiza la Plataforma de Nuevos Realizadores)

Volker Schlöndorff: Alemanes 3
En paralelo a estas dos películas he estado leyendo la autobiografía de Volker Shlöndorff Tambour battant, que el director alemán me regaló cuando le conocí en Madrid en octubre del año pasado. Es apasionante, divertida y un repaso a la historia y el cine de más de cincuenta años. Schlöndorff nació en 1939, fue un niño durante la guerra, un adolescente en la posguerra, un joven alemán en la Francia de principios de los cincuenta, un joven entusiasta del cine que a los 21 años trabajaba con Louis Malle en Zazie dans le metro y desde entonces nunca ha dejado esta profesión. Tenía 26 años cuando su primera película, El joven Torless, deslumbró en Cannes. Alemán en tránsito permanente, ha vivido en Francia, Italia, Estados Unidos. Ha hecho películas de autor, Tambor de hojalata es quizás la más famosa, pero no ha dicho nunca que no a hacer películas de encargo. Para él, el cine es un metier entendido en el más amplio sentido de la palabra: un trabajo bien hecho. También Schlöndorff vivió su particular western cuando dirigió y puso en pie los ruinosos estudios Babelsberg de Postdam en el Berlín Oriental donde se habían rodado títulos míticos de la historia del cine: El ángel azul, Metrópolis, Fausto. Abandonados a su suerte, estos estudios eran una ruina cuando Schlöndorff aceptó el reto de reconstruirlos. Como los obreros de Western, fue recibido como un invasor, pero a diferencia de ellos, él consiguió integrarlos en el proyecto. Hoy son una de las mejores instalaciones de cine de Europa. Pero una autobiografía es también una historia personal y política. Leerla es repasar la historia de Europa y de Alemania del siglo XX. Mayo del 68 y lo que significó para una generación; la banda Baader-Meinhof y sus connotaciones revolucionarias, el entusiasmo y el desencanto; la caída del muro de Berlín y la pérdida de las ideologías. Contado en primera persona, sin dar lecciones, sin moralismo. Y la vida personal, tan agitada, tan vivida, tan emotiva. Los libros de memorias tienen algo de exhibicionismo, es evidente. Este, escrito en el año 2009 cuando Schlöndorff tenía setenta años, no escapa a esta norma. Pero lo hace con una dignidad y una sinceridad que conmueve. Y sobre todo lo hace con la inteligencia de quien sabe que está escribiendo para recordar.


(algunas perlas del libro)
“Todos querían saber qué opinaba yo como alemán. Cuanto más intentaba asimilarme, mas me veía obligado a preguntarme sobre mis orígenes alemanes. Poco a poco comprendí que la identidad -a diferencia de la virginidad- no es una cosa que se tiene y se puede perder, sino algo que se adquiere.”

Fritz Lang citado por él: “Sobre este tema te voy a decir algo francamente. Siempre me he mantenido en la siguiente posición: en los momentos de mi vida en que me he visto obligado a escoger entre alguna cosa que habría sido buena para mi personalmente en detrimento de mi trabajo – y digo trabajo, no dinero- siempre he optado por el trabajo. He hecho las películas como tenía que hacerlas.”

Louis Malle frente a los frescos de Mantegna, citado por él: “Es un gran pintor, porque puedes ver que tiene una moral, una ética, no en los temas, sino en los medios que escoge para pintarlos. El tema no es realmente lo importante.”

Sobre los actores: “Yo no hago las películas con ellos sino sobre ellos. La personalidad del actor en el cine es más importante que la del papel que interpreta. Una película de ficción es siempre un documental.”

“Quien se detiene una vez no se pone en marcha nunca más, dicen los nómadas. ¿Quiere decir que solo sobrevive el que sigue siempre en el camino?”

Me acaba de indicar Volker Schlöndorff que hay una traducción de sus memorias al castellano publicada en México

Luz, sombra y movimiento. Mi vida y mis películas.
Volker Schlöndorff

Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial














sábado, 9 de junio de 2018

NOMBRES PROPIOS



(una calle de música y cine)
PETITET
Lo primero es explicar el nombre propio de Petitet, apodo por el que se conoce a José Ximénez, gitano rumbero catalán, hijo de un palmero de Peret. Lo segundo es citar el nombre propio de quien lo ha convertido en centro de un documental tan rumbero y catalán como él, Carles Bosch. Petitet hizo una promesa a su madre en su lecho de muerte: llevaré la rumba hasta lo más alto. Y una promesa es una promesa, así que se puso manos a la obra. Y no era una obra fácil, entre otras cosas, porque Petitet está enfermo, muy enfermo con una enfermedad rara que le resta fuerzas y le obliga a refugiarse en el hospital de forma regular. Pero eso no fue un obstáculo, como tampoco lo fue la casi imposibilidad de  conseguir una cierta disciplina entre los músicos gitanos que fue reuniendo para construir un gran grupo rumbero. Para este hombre tenaz y lleno de energía a pesar de su enfermedad, era importante que todo el proceso de ese sueño quedara documentado. Por eso buscó a Carles Bosch y le pidió que le acompañara en este viaje.  Durante un año, la cámara de Carles Bosch sigue al rumbero  y lo filma todo: los momentos de alegría, de cansancio, de risas cuando todo parece encaminarse, de miedo cuando todo se tuerce. La gente que le va acompañando, la música, la familia. Y así nace este documental feliz y con suspense, privado  y colectivo, musical y social. La historia avanza, el grupo se va consolidando, las canciones fluyen y poco a poco se perfila una aventura de convivencia, de tolerancia, de confluencia de culturas, músicas, barrios, en una Barcelona plural y abierta en la que caben todos: gitanos, payos, rumberos, músicos de orquesta sinfónica y médicos. Porque también es una historia que habla sobre la extraña enfermedad de Petitet. Seguramente por eso el personaje de Petitet me recuerda mucho a Joaquín Jordá. No solo por que los dos vivían en la misma calle, sino porque los dos supieron transformar su enfermedad en energía creativa. No se lo pierdan.




(mi particular homenaje a Blue, el dibujo es mío)
J.A BAYONA
En una entrevista publicada esta semana Bayona decía hablando de su primer corto, Mis vacaciones. “¿En serio, ¿20 años? (guarda silencio unos segundos). Es verdad, es de 1999… ¡Vaya vértigo! (ríe a carcajadas).” Veinte años, si.  Y veinticuatro de la primera vez que apareció en el Festival de Sitges ya apuntando maneras. Pero no es del pasado, de ese pasado en todo caso, de lo que hay que hablar viendo Jurassic World: el reino caído, sino de presente y de futuro. Un presente brillante que se ha ido construyendo paso a paso, sin miedo a los dinosaurios de ningún tipo, pero también con la convicción de que nunca hay que olvidarse de dónde vienes. Un presente con proyección de futuro. Porque el futuro es de Blue, la dinosauria buena e inteligente. Pero sobre todo, el futuro es de Bayona: el director inteligente  y bueno. Aunque no les guste el cine de monstruos, aunque no sean fans de la saga Jurassic, aunque piensen que eso es “cine de Hollywood”, vayan a ver esta película. Es más de lo mismo siendo muy diferente. No es necesario inventar nada si uno sabe reinventar lo que ya existe. King Kong sigue en la memoria, reconvertido ahora en una dinosauria entrañable. Y la cuestión ética de Frankenstein vuelve a aparecer en toda su grandeza: ¿Podemos crear vida? ¿Ésta vida creada artificialmente tiene los mismos derechos que la que no ha sido creada? ¿Qué debemos hacer? Todo ello servido con emoción, intensidad, ritmo, en un castillo encantado con princesa y dragón. Sí, hay Bayona para rato. Aquí y allí. Da igual donde, porque en realidad tanto sea aquí o allí, lo que cuenta es recoger el testigo de un maestro, Spielberg, y tener la capacidad de transformarlo en algo propio, reconocible, convertirlo en algo tuyo. Bayona es un autor en el mejor sentido de la palabra. Felicidades Jota.






(Aixalà en estado puro)
AIXALÀ
Hay personas que forman parte de tu paisaje. No las ves mucho, no sabes mucho de ellas, no son amigos de cada día, pero están ahí. Son como esos árboles al  borde de un camino que reconoces cada vez que pasas y te dan seguridad. No es necesario acercarse, tocarlos o sentarte a su sombra. Están y ya es suficiente. Algo así era Aixalà para mí. En los lejanos tiempos del principio de TV3 en la década de los 80, cuando esa televisión era distinta y arriesgada, divertida y heterodoxa y se hacían programas tan estimulantes como Estoc de Pop, Arsenal, el primer Cinema 3, Aixalà se ganó un lugar de honor como uno de los montadores más imaginativos y brillantes que había en la casa. De aquella tele se fueron yendo casi todos, unos antes y otros después, Aixalà también. Pero su trabajo innovador siguió dando frutos en dos productoras,  Ovideo y después en Mediapro.  Nos veíamos poco, en un estreno, un festival, un restaurante, pero siempre se establecía  rápidamente una corriente de entendimiento, de simpatía. Era una alegría encontrártelo y charlar un rato con él. La última vez que le vi fue en un pase en Mediapro. Ya estaba enfermo, pero no había perdido la sonrisa y las ganas de hablar. Marta Esteban una de sus (mis) mejores amigas, me iba contando como estaba. La foto que ilustra este texto me la ha dado ella. Me gusta mucho esa foto porque se ve a Aixalà tal como era, siempre vestido de negro, con sus gafas de pasta y el sombrero. Y la sonrisa, siempre la sonrisa. Voy a echar de menos no encontrarme con él de vez en cuando.




sábado, 2 de junio de 2018

PAISAJES (2)



Dede
La historia: En un remoto pueblo de Georgia perdido entre las montañas del Cáucaso y las nieblas de la Edad Media, una mujer intenta que la dejen ser ella misma. Estamos en 1992, pero la vida en estos remotos paisajes no ha cambiado mucho y Dina, la joven obligada por su familia a casarse con un hombre al que no quiere, se rebela contra la tradición que se impone sobre ella. Aunque no será  Dina la que desencadenará la tragedia, sino los tres hombres que la rodean en una especie de Bodas de sangre  caucásicas y apasionadas donde las elipsis juegan un papel importantísimo.
El paisaje: Las enormes y nevadas montañas del Cáucaso son un elemento fundamental en esta historia. Separan los pueblos, distancian las rivalidades, pero unen las secuencias. Las elipsis de la narración, se cuentan  con panorámicas sobre estos lugares extraordinarios que conservan la esencia de lo más antiguo.
Por qué hay que verla: Porque es un ejemplo de una cinematografía poco habitual, la georgiana; porque es la historia de una mujer contada por otra mujer, pero no cae en ningún cliché feminista. Porque podía ser un film folklórico o costumbrista y en cambio es un melodrama en toda regla, casi una tragedia. O simplemente, porque es muy hermosa.


 Camarón, flamenco y revolución
La historia: 25 años después de su temprana muerte a los 41 años, la figura de Camarón sigue siendo un referente para la música del último tercio del siglo pasado. Su vigencia es evidente, pero su historia, contada desde la ficción hace unos años, se iba desdibujando. Este documental que lleva el subtitulo de Flamenco y Revolución, quiere recordar quien era Camarón desde dentro. Utilizando las canciones como relato paralelo de su vida y usando materiales inéditos que no se conocían, el documental nos devuelve al gitano rubio y su voz rota en una narración que desgrana otra voz rota, la de Juan Diego, que a veces parece poseído por el propio Camarón.
El paisaje: La Isla de San Fernando, Cádiz, las marismas donde viven libres los caballos vistos desde el aire, imágenes que convierten el paisaje en un tapiz de colores y movimiento. Estas planos sirven de transición entre los tiempos de una vida que se fue haciendo a golpe de canción, de guitarra, de desgarro. Un paisaje sin el que no se entiende a Camarón y su influencia.
Por qué hay que verla: A pesar de que abusa un poco de los efectos estéticos de los propios paisajes o de unas animaciones que sobre el papel funcionan, pero en la pantalla rompen el ritmo y la emoción de las canciones, vale la pena ver este documental para recuperar un fragmento de la vida y la cultura de España. Una vida y una cultura que va mas allá de las marismas gaditanas y se hace universal cuando Camarón canta.


El hombre que mató a Don Quijote
La historia: Pretender contar la historia de esta película es casi tan imposible como vencer a los molinos. Cine en el cine, cine sobre el cine, cine y literatura, cine y sueño, cine y megalomanía, cine y folklore, cine y desmesura y barroquismo y caos. Y humor, aunque no siempre compartido. Y pasión, y locura. En definitiva Terry Gilliam luchando contra todos como Don Quijote, y acabando derrotado por la realidad, como Don Quijote.
El paisaje: El de la Mancha, of course. Los molinos, los campos de trigo, los pueblos perdidos, un lugar de la Mancha de cuyo nombre seguramente Gilliam querrá acordarse, porque conseguir acabar esta monstruosa versión del ingenioso hidalgo es  una proeza que no se olvida fácilmente. En blanco y negro y en color, con imágenes más turísticas que literarias, y usando el horizonte como línea divisoria del plano, el paisaje de La Mancha vuelve a ser protagonista de una aventura contra todo.
Por qué hay que verla: No es una película fácil, no es nada complaciente. Es barroca, desmesurada, larga. Es confusa y a veces irritante. Pero se ha de ver porque en estos tiempos de irritación y confusión en que vivimos, donde los gigantes no son molinos sino gigantes de verdad a los que hay que combatir, este Quijote de los Monty Phyton (se sienten en todos los poros del film) es el que nos merecemos.



Basada en hechos reales
La historia: Una escritora de éxito se siente bloqueada ante la página en blanco. En un momento de su vida en que está completamente desprotegida conoce a una misteriosa mujer que poco a poco se va apoderando de ella en una vampirizarían mimética y destructiva. Pero ¿es real o no es real este fantasma que la impulsa a volver a escribir?
El paisaje: En este caso es un paisaje mental más que físico. La mente de la escritora que interpreta Emmanuelle Seignier, es el paisaje que explora Polanski metiéndose en los últimos recovecos, sin dejar que nada se esconda. Es una autentica exploración de miedos, deseos, inseguridades  y sobre todo incapacidad de crear. No siempre es un paisaje agradable de ver. Es más bien austero, seco, y solo tiene un accidente en el horizonte: la figura de Elle, la mujer inventada o no, que interpreta una fría Eva Green.
Por qué hay que verla: No es el mejor Polanski, aunque si hay muchos elementos reconocibles de su universo creador.  Nos hace pensar en el Misery de Stephen King, aunque a veces recuerda el horror de la página en blanco de El resplandor. Las dos actrices se crecen una frente a la otra. No son suficientes elementos para hacer de la película un film importante, pero si para descubrir una autora, la escritora francesa Delphine de Vigan, sugerente y muy inquietante.

sábado, 26 de mayo de 2018

VARDA Y LUCAS



(Ramon podría hacer una exposición o un libro de caras y lugares)
Agnès Varda
¡Como me gusta Agnès Varda!. Como me gusta lo bien que ha envejecido. ¡90 años dentro de unos días! Me gusta su aspecto de viejecita de cuento o, mejor aún, de duende travieso del bosque. Me gusta la forma que ha ido creciendo en humanidad, curiosidad y tolerancia a medida que iba decreciendo en tamaño. Y me gusta como ha roto las costuras de hacer cine atreviéndose con todo, experimentando con nuevos formatos, con nuevas narrativas, con nuevas historias. Varda no hace documentales, tampoco hace ficciones. Varda, como Joaquín Jordá (¡que hermosa pareja harían!) construye imágenes y con ellas construye relatos. De vida real, de seres reales, de Caras y Lugares. Hace un par de semanas tome prestado a Varda el titulo de este film para hacer una entrada en el blog. Ahora, se lo devuelvo aprovechando el estreno de la película.  
Caras y lugares es un trabajo a cuatro manos y a cuatro ojos. La pequeña viejecita que hace películas imposibles se pone al lado del joven fotógrafo que hace fotos imposibles. De las dos imposibilidades sale un proyecto común: recorrer Francia con un camión de photomaton haciendo fotos gigantes de las caras de la gente y colocándolas en grandes superficies de las casas, las fabricas, las estaciones, las rocas. Mientras JR hace sus enormes fotografías, AV le filma y filma a los que los miran. Todo junto se convierte en una fiesta de la imagen vista de otra manera. De las caras se pasa a los espacios y las figuras gigantescas  van llenando de vida lugares inesperados. Y mientras tanto AV y JR hablan, discuten, disfrutan. Y nos hacen disfrutar a los demás. No sé si es una obra maestra, no sé si pasará a la historia, pero si sé que es uno de los films que me han hecho sentir más feliz  en mucho tiempo. Y eso, de verdad, ya es mucho.


(mi Ewok particular también lee el libro de Lucas)
George Lucas
No quiero hablar de Han Solo, no. Pero si quiero hablar de George Lucas aprovechando el estreno del, por ahora, último eslabón de la gran mitología del siglo XX y XXI. Porque eso es La guerra de las galaxias, la creación de una mitología en una época en la que la épica ha desaperecido del mundo. Y hacerlo con un relato que entronca con las canciones de gesta y los cuentos de caballería que encantaban al Quijote, con princesas revolucionarias, emperadores malvados y héroes que no lo quieren ser. Y desde luego, con la Fuerza. Lo siento, pero soy una fan total de la saga. No solo de las tres primeras que son las tres segundas, también de las tres segundas que son las tres primeras y de las dos que han venido después y de Rogue One, que es un intermedio. Incluso de esta insulsa aventura de juventud de Han Solo que no llega a estar a la altura del gran fresco galáctico que ideo un joven de 30 años que quería recuperar la ilusión de ver películas como las de antes. Lucas, sin quererlo se convirtió el mismo en un guía de los cambios que iban a revolucionar el cine del último cuarto del siglo pasado. Un visionario, un iluminado, un hombre impredecible y solitario.
Hace unos meses se editó un libro sobre George Lucas, escrito por Brian Jay Jones. Reproduzco algunas frases de un texto que escribí para el programa La Cartellera de BTV hablando sobre el libro:
“Hombre reservado, callado, controlador y poco dado a compartir nada, escribir una biografía sobre George Lucas era todo un reto ya que no se podía contar con su colaboración. …El libro empieza con un curioso prólogo que bien podía ser la primera frase de La Divina Comedia de Dante. “A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba…”  El catastrófico y difícil rodaje de La guerra de las Galaxias en 1976 fue para Lucas su selva oscura, la mitad del camino de su vida. Lucas tenía en ese momento 33 años, la mitad de su vida. Una vida que iba a cambiar radicalmente gracias al éxito inesperado de la nueva mitología que estaba creando…Jones articula la biografía bajo los epígrafes de las tres primeras entregas de la saga: La esperanza, comienza con su nacimiento en 1944 y va hasta el estreno de American Graffiti en 1973. El Imperio, se centra en los diez años cruciales de su carrera, de 1973 a 1983, es decir desde el origen de la guerra de las galaxias hasta el  estreno de El imperio contraataca. La tercera parte, El retorno es la que abarca el periodo más largo de su vida, de 1983 a 2016, es decir los años en los que se dedicó a construir un imperio industrial basado en la tecnología digital y los efectos especiales…Cada una de las partes tiene un tono distinto: más cálido en la descripción de una infancia no demasiado feliz y una adolescencia marcada por un accidente de coche que casi acaba con su vida y que, de forma indirecta, le llevó a dedicarse al cine. Apasionado y difícil en el segundo en el que se narran las enormes dificultades de la escritura y se consolida su afán de controlarlo todo. Frio y calculador en la tercera donde se puede establecer en paralelo a su propia vida una crónica de la tecnología y la industria que iba a cambiar el cine del siglo XXI… Apasionante para todos los que han crecido con Luke Skywalker, la princesa Leia y Han Solo y los que han soñado con ser Indiana Jones alguna vez. Pero también para todos aquellos que piensan que Lucas infantilizó el cine con sus cuentos de hadas del espacio. Estos últimos especialmente deberían leer el libro para descubrir un hombre de una gran cultura y complejidad con el que quizás no te irías a cenar, pero al que hay que agradecerle que revolucionara de forma radical el cine contemporáneo.”


sábado, 19 de mayo de 2018

LECCIONES


La vida se aprende con lecciones de eso: de vida. Es importante prestar atención a lo que te puedAN enseñar los maestros; es fundamental aprender a respetar a los demás, leer libros, ver películas, hablar con la gente, todo es necesario para aprender a vivir. Pero lo más importante es vivir experiencias que te hagan crecer como persona.
Dos películas de las muchas que se han estrenado esta semana, hablan de estas lecciones de vida: Borg vs McEnroe y El taller de escritura. Las dos nos ofrecen lecciones, pero muy distintas.


                           (los auténticos Borg y McEnroe antes de empezar el histórico partido)
Borg vs McEnroe se centra en los  días que duró el torneo de tenis de Wimbledon el mes de julio de 1980 donde se enfrentaron dos maneras de jugar al tenis, la del sueco Björn Borg y la del norteamericano John McEnroe. El film los sigue durante llas semanas previas al torneo con repetidos flashbacks hacia su infancia y su formación como deportistas. Pero lo que hace interesante este no biopic, es el acento que pone en mostrar dos conceptos de entender el juego, de entender el mundo. Y en poner de manifiesto los cambios importantes que se estaban produciendo en los deportes considerados de élites con la llegada de jugadores que venían de medios sociales de clase media o incluso baja y se convertían casi sin quererlo en estrellas mediáticas. Cada uno de los dos tenistas tiene sus propios fantasmas, sus inseguridades, sus manías, algunas rayando la psicopatía. Pero los dos viven el juego y la competición hasta el último aliento. No es ningún misterio el resultado de ese torneo: cualquier visita en Google nos da todos los detalles. Pero en el supuesto que no se recuerde el resultado, o que no se sea aficionado al tenis, mejor no buscarlo y acercarse al film como si fuera un western, un duelo en Ok Corral de Wimbledon, donde lo que acaba ganando es la vida. Tras un enfrentamiento épico, con siete  math points perdidos uno detrás de otro, el que acaba ganando lo hace en el momento que acepta que no es importante ganar, que ya no tiene que demostrar nada. Es en ese instante, cuando el match point decisivo marca el final del partido. Moraleja: no te agobies, no te obsesiones con ganar, disfruta de lo que haces en el momento que lo haces.



(no recuerdo que Laurent Cantet me hablara de este film cuando coincidimos como jurados en el Festival de Nantes de 2016, aunque si recuerdo que estaba lleno de proyectos)
El taller de escritura es un poco diferente. Aquí, de lo que se trata es de dar sentido a la vida, de encauzarla de alguna manera. El puerto marsellés de La Ciotat, con sus astilleros cerrados y su pasado de lucha obrera, olvidado por las nuevas generaciones que ya no recuerdan lo que era trabajar allí, era el escenario ideal para contar esta historia.que necesitaba de ese paisaje industrial tanto como necesitaba del mar, ese mar azul, de rocas y agua transparente donde uno se puede perder y sentirse libre de verdad, sin ataduras, sin miedos, sin desesperanza. La Ciotat es un personaje mas en la construcción de la novela negra que un taller de escritura de jóvenes desarraigados mantiene durante un verano dirigido por una novelista de éxito. Entre los alumnos, hay uno que no encaja, que vive en el desaliento, en la extranjeridad. Un auténtico “extranjero” aunque nunca se haya movido de allí. Esta cualidad camusiana es lo mas inquietante del personaje que flirtea con la extrema derecha, que busca respuestas a preguntas que ni siquiera sabe que se ha planteado, que encuentra en ese taller y en su profesora un posible camino para salir del laberinto donde está perdido y que solo en el mar consigue olvidar. Cantet no repite el modelo de La Clase, pero nos da otra lección de vida: escuchar a los demás, no olvidar el pasado sin dejarse apabullar por él, respetar que haya otros que piensan distinto, que son distintos, aceptar que la gente más joven no tiene porque comportarse como los adultos creen que deben hacerlo. Eso y muchas más cosas se aprenden en este taller de escritura.
Por una vez, voy a recuperar un pequeño fragmento de la entrevista a Laurent Cantet en el programa de cine de La Cartellera de BTV. Es una respuesta que explica muy bien el sentimiento de respeto a los demás. Apelando a Camus, como ejemplo.
“Una de las cosas que más me ha gustado fue una proyección que hice en un barrio de París. Una chica muy joven muy tímida, pidió el micrófono al final, me dijo que le había gustado mucho la película y que le había recordado mucho El extranjero de Camus. Fue en ese momento cuando comprendí que la mirada que los adultos tenemos sobre los jóvenes era el tema del film y de pronto me di cuenta que la manera como estigmatizamos a estos jóvenes por su cultura, acusándolos de que nunca han leído un libro, que viven en la superficialidad, se veía completamente contradicha por esta chica que con sus reflexión me hizo llorar”.

Esta semana se estrenan además tres películas interesantes de las que hablé hace unos días en la entrada de Caras y lugares:
Las estrellas de cine no mueren en Liverpool, cuenta la historia de amor entre una de las actrices más hermosas y perturbadoras del Hollywood clásico con un joven actor británico del que la separaban casi treinta años. Los últimos días de su vida, Gloria Grahame decidió pasarlos al lado de Peter Turner en su casa de Liverpool, junto a su familia. Fue una buena decisión que la ayudó a morir en paz.
Hanna. Un film casi mudo, que explora la piel no solo del rostro, de todo el cuerpo, de una actriz, Charlotte Rampling, que transmite desolación, soledad, pero no miedo. No es importante saber qué es lo que ha llevado a Hanna a esa soledad, a esa marginación. Lo que cuenta es su mirada, su caminar, su manera de dejar que la vida salga por los intersticios menos esperados. Es una película dolorosa, pero no es una película pesimista.
Lean on Pete, un film que se puede definir como una horse road movie. Un viaje con un caballo, no a caballo, que no es nunca un western. Retrato de un adolescente desorientado que crece ante nuestros ojos a medida que adelgaza su cara y su vida se va simplificando en los problemas. Nunca melodramática, nunca miserable, solo eso: un adolescente que se ha quedado solo, un caballo que le sigue y el paisaje de Wyoming.


sábado, 12 de mayo de 2018

TRES EMES



(mientras leía el libro, pensaba todo el tiempo en este dibujo de Ramon, me parece que es una buena interpretación del sentimiento que produce su lectura)
M de Muñoz Molina
En este blog he hablado en varias ocasiones de los libros de Antonio Muñoz Molina. La verdad es que me gusta mucho como escribe. Pero sobre todo, me gusta mucho de lo que escribe. Muñoz Molina está inventando un género: el biográfico-narrativo-colectivo. ¡Menudo nombre me ha salido! Este último libro Un andar solitario entre la gente, es un walk book, un libro de paseante urbano que entremezcla vida privada con miradas pausadas al mundo y con el relato de vidas ajenas, las de cuatro o cinco escritores que también caminaban. Todo ello servido en forma de pequeños textos que casi se pueden leer al azar. Este es un libro para llevarse de viaje, o mejor aún, para llevarse en un paseo tranquilo por la ciudad. Quizás me ha gustado tanto porque yo también soy una paseante habitual. Me encanta caminar por Barcelona,  mirar las tiendas, a la gente con la que me cruzo. Me gusta detenerme en una parada de autobús y escuchar la gente que habla de sus cosas. No me gusta ver como no miran los demás, casi siempre con los ojos puestos en el teléfono móvil, incluso caminando. Andar, pasear, es descubrir. Y de la mano de Muñoz Molina descubres un Madrid veraniego, un Nueva York invernal, un Londres del siglo XIX, un Paris de principios de siglo. Descubres desde una perspectiva nueva a Edgar Allan Poe, Walter Benjamin, Charles Baudelaire, Thomas de Quincey, eslabones de un paseo imaginario al que se suma Muñoz Molina y sus alter egos. Y al que se suma el lector que sabe mirar. Para acabar solo quiero contar una anécdota. En la estación de metro Maragall de la Línea 4, vi a un chico leyendo un libro. Me acerqué a ver que leía y cuando me di cuenta que era Un andar solitario entre la gente, sonreí, saqué mi libro, se lo enseñé y le dije: “Yo también”. Me miró y sonrió.


(Xavier Valls pintó varias veces el barrio barcelonés de Horta donde nació su hijo Manuel Valls. 
Este cuadro se llama: Horta 1968)
M de Manuel Valls
Me gusta mucho la idea de que Manuel Valls pueda ser alcalde Barcelona. Me gusta, independientemente de que lo haya propuesto Ciudadanos. Me gustaría igual si lo hubieran propuestos los chicos de la CUP, cosa inverosímil y altamente improbable, pero no imposible; no los veo proponiendo como cabeza de lista a un europeísta del sistema. Me gusta Manuel Valls por lo que significa: romper barreras, fronteras, límites, naciones, exclusiones. Me gusta porque es una bocanada de aire fresco que me impulsa a pensar que no está todo perdido y que los hombres y mujeres (no nos olvidemos de ellas) de Europa pueden postularse en cualquier sitio superando el hecho de ser español, catalán, barcelonés, para ser simplemente EUROPEO, así, con todas las letras, en mayúsculas. Quien lea este blog sabe que soy una europeísta convencida, que creo en la abolición de los estados/nación para ir a una unidad política (no solo económica) cultural y social que nos fortalezca a todos. Una Europa que todavía no existe, y que hay muchos que no quisieran que existiera nunca. Populismos y nacionalismos de derechas e izquierdas se unen contra la idea de una Europa fuerte. Lo ha demostrado estos días la amenaza en Italia de la unión contra natura entre los populistas (de izquierdas) del Movimiento 5 estrellas y los populistas (de derechas) de la Liga Norte. Esto es algo que me preocupa y mucho. Porque yo defiendo para el futuro una Europa que nos pueda garantizar una cierta estabilidad frente a tiranuelos de cualquier color y tamaño a los que esta idea les produce sarpullidos. Manuel Valls es un hombre nacido en Barcelona, criado en Francia, formado en Europa. Tiene todo el derecho del mundo a postularse como alcalde de una ciudad europea A mi no me pareció ni mal ni raro que un argentino kirchneriano de vocación peronista que nunca ha entendido esta ciudad, fuera primer teniente de alcalde. ¿Por qué no? Tampoco me parece mal que un partido alemán, residual, católico, nacionalista y de un pasado dudoso le haya ofrecido a Carles Puigdemont encabezar sus listas para el Parlamento Europeo. ¿Por qué no? ¿Por qué no aspirar a que un hombre como Manuel Valls, con ideas y con experiencia política, gobierne Barcelona? Mas personas como él debería haber en las listas de todos los partidos.


(no me resisto a poner esta foto histórica. Cuando Ramon hizo una exposición en París en el año 1985, Xavier Valls vino a verla y  le hizo mucha gracia saber que éramos casi vecinos)

M de Mayo 68
Quería hablar del Mayo del 68 ahora que se cumplen cincuenta años de su toma de las calles. Pero me da pereza. Me parece muy lejano. Han pasado tantas cosas desde entonces, en mi vida, en el mundo, en la sociedad. Lo dejo para los historiadores y los nostálgicos. Prefiero recordar unas frases de Goethe mucho más antiguas, que sin embargo me parecen más actuales y necesarias que todas las consignas del famoso mayo francés.
•Donde se pierde el interés, también se pierde la memoria.
•El único hombre que no se equivoca es el que nunca hace nada.
•Es peligroso aquel que no tiene nada que perder.
•Hay libros que no parecen escritos para que la gente aprenda, sino para que se enteren de que el autor ha aprendido algo.
•Lo importante no es hacer cosas nuevas sino hacerlas como si nunca nadie las hubieras hecho antes.
•Los sabios y los tontos son igualmente inofensivos; los que más son de temer son los sabios a medias y los medio tontos.
•Si cada uno limpia su vereda, la calle estará limpia.
•Lo que puedas hacer, o sueñes que puedes hacer, empiézalo.
•Actuar es fácil, pensar es difícil; actuar según se piensa es aún más difícil.
 

(Goethe también estuvo en París)




jueves, 10 de mayo de 2018

CARRETERA DE DOS DIRECCIONES: EL CINE Y LA CARRETERA



Hace unos días participé en un Seminario sobre La carretera en el paisaje, organizado en Barcelona por El Observatori del Paisatge de Catalunya. Fue muy interesante y sugerente escuchar las ponencias de ingenieros, arquitectos, paisajistas, historiadores y biólogos sobre un tema aparentemente con tan poco glamour como puede parecer habla de carreteras . A mí me invitaron para hablar de Carreteras y cine, o Carreteras en el cine, o Cine y carreteras. Cualquier enunciado era bueno. Por eso titule mi charla Carretera de dos direcciones: el cine y la carretera.  La cuelgo aquí, en lugar de hacerlo en el otro blog. Es larga, como corresponde a una conferencia de media hora. Pero espero que quien quiera, la disfrute.


Una carretera es una vía de transporte de dominio y uso público, proyectada y construida fundamentalmente para la circulación de vehículos automóviles. Coloquialmente se usa el término carretera para definir a la vía convencional conectada a través de accesos a las propiedades colindantes, diferenciándolas de otro tipo de carreteras, las autovías y autopistas, que no pueden tener pasos y cruces al mismo nivel. Las carreteras se distinguen de un simple camino porque están especialmente concebidas para la circulación de vehículos de transporte.

Esta es la definición de carretera que se puede encontrar en un diccionario. Pero a mí me gusta más definirlas de otra manera: las carreteras, desde las grandes autopistas hasta las más pequeñas vías rurales, son no lugares. Mejor dicho, son los no lugares por excelencia. La idea del No Lugar se aplica en antropología y en urbanismo a esos espacios que no forman parte de la historia, que están fuera, al margen. ¿Y qué hay más al margen, fuera de todo, que una larga cinta de asfalto donde cada vehículo es un mundo aislado que se mueve sobre ella como si fuera una nave espacial perdida en la inmensidad del universo? Una inmensidad a veces muy concurrida, es cierto, no siempre amable, con momentos de tensión, de miedo, de abandono, de libertad.


 Libertad es otra de las palabras claves para definir una carretera. Circular por una carretera es siempre una esperanza de algo nuevo, diferente. Es la urgencia de la huida, de lo desconocido. Es también la libertad de no estar obligado a nada durante el tiempo que pasamos en ella. Si la hemos definido como un no lugar, creo que también podemos definirla como un no tiempo. El tiempo se dilata, se expande, se alarga o se contrae según la vivencia que tenemos en la carretera.

Me doy cuenta releyendo esto que estoy hablando mas de las carreteras en la ficción que en la realidad. La realidad es una y la imaginación es otra. No siempre se corresponda una con la otra. Probablemente es cierto que son no espacios, no lugares, no tiempos. Pero el factor humano las devuelve al tiempo y al espacio, las acota. Y el paisaje las delimita.



Pero yo aquí quiero hablar de carreteras y cine tanto como carreteras en el cine. Hay algo muy sutil que une estas dos ideas: carretera/cine. El cine es movimiento, la carretera es un lugar para el movimiento. El cine se consume en solitario aunque se vea acompañado; los viajes en carretera se hacen en solitario, aunque se hagan en compañía. El tiempo se detiene cuando vemos una película: la historia, el mundo, la realidad queda fuera de nuestra vida; el tiempo también se detiene cuando nos sumergimos en una carretera y dejamos fuera todo el contexto,  todo lo que nos preocupa. Durante la película, durante el viaje, no existe nada más que eso: la película, el viaje.

Si nos paramos a pensar un poco en las carreteras en el cine nos daremos cuenta de que los paisajes atravesados por el asfalto de una, dos, tres o múltiples direcciones, aparecen en el 99% de las películas contemporáneas que podemos ver. Entendiendo por contemporáneo el momento en que se hizo la película, no solo nuestro presente. Y eso me lleva a otra reflexión curiosa de la relación de ambas cosas. El cine nació a finales del siglo XIX casi al mismo tiempo que los automóviles a motor. El cine reflejó el mundo moderno de los coches y las carreteras desde el primer momento. Ambos inventos eran coetáneos, ambos significaron una liberación. El cine, liberaba la imaginación, el coche liberaba las ataduras sedentarias y facilitaba el cambio. El movimiento.

Una vez dicho esto que más o menos sitúa al cine y las carreteras en una doble dirección paralela, está claro que no todas las películas han utilizado el espacio y el paisaje de la misma manera. Si en las carreteras podemos establecer una especie de gradación que va de las autopistas y las autovías, pasando por las carreteras nacionales, las secundarias, las rurales o las de montaña, en el cine podemos hablar de road movies, films que tienen la carretera como protagonista principal cuando no único; o de películas que yo definiría de road secuencias, es decir historias donde la carretera solo aparece una vez pero lo que sucede en ella es fundamental para el argumento. Por último encontramos las no road movies, films donde la carretera es un escenario más, un simple decorado por el que circula la acción como circula el coche, el camión o el autobús.



Las tres categorías son interesantes para esta charla porque yo no quiero hablar solo de argumentos, sino de paisajes, de espacios, de no lugares, no tiempos. Por eso las fotos que están pasando en estos momentos no están ordenadas por películas sino por el tipo de información sobre las carretera que dan, los puntos de vista que plantean, los elementos que se encuentran en ellas y sobre todo, el factor humano que condiciona todo lo demás. Porque si hay un coche es que alguien lo conduce. Y ese alguien ve y es mirado y contempla lo que se va encontrando. Unas veces más, otras veces menos, pero siempre con una visión panorámica que comparte con el espectador.

De las tres categorías de películas que he enunciado, a mi la que me resulta más fascinante es la de las películas que no son de carretera, ni tienen una secuencia importante en la carretera. El cine normal, el que vemos cada día. Les animo a que durante unos días se fijen en cuantas carreteras salen en películas que no tienen nada que ver con ellas. Hay montones. Porque una carretera y más si es secundaria, mas si es local o comarcal o rural, es siempre un hilo de conexión que se utiliza contantemente. En un momento u otro, un personaje cogerá un coche y saldrá a la carretera para ir a comprar, a buscar a los niños, a pasear, a ver a su amante, a matar o a robar. Para escapar un rato de su cotidianidad, para estar solo, para estar acompañado. Para lo que sea. Pero se lanzará a una carretera. Y si no tiene coche, lo hará en autobús. Y en esos trayectos banales, que no son fundamentales para la historia que nos estén contando, habrá muchísima información y pasarán muchas cosas.

Por ejemplo, los cruces y letreros de la autopista por la que sale de su ciudad nos dirán donde estamos; donde vamos. No por qué vamos, no hace falta. Solo que estamos ahí. En esa autopista nos encontramos con camiones a los que hay que adelantar, otros coches, cada uno con su historia privada dentro, autobuses de línea que unen dos ciudades. Pero nada de eso nos interesa. La carretera es un decorado por el que pasa sin dejar rastro la historia que es otra. Hay carreteras muy bonitas que nos cuentan que estamos en un paisaje de paz, en una película tranquila, quizás una comedia o un melodrama agridulce, hay carreteras pequeñas que nos dicen mucho de los personajes solo con un par de planos. Hay algunas carreteras vacías, de hecho hay muchas carreteras vacías en el cine, que provocan en el espectador la sensación de soledad, de peligro, de aislamiento. Las hay que cruzan desiertos o que atraviesan bosques. Las que se adentran en campos labrados o en zonas semi urbanas. Los personajes las transitan con cierta indiferencia. Puede que miren ese paisaje precioso de olivos, o que fijen la mirada en el mar que se divisa al fondo. O simplemente circulan pensando en que en la siguiente curva empieza una nueva secuencia que los sacara para siempre de esa carretera donde por un instante han estado en un no lugar. Son muy interesantes estos planos no funcionales de carreteras secundarias, solitarias, polvorientas, con lluvia o con nieve, con túneles y puentes, con historias por imaginar.


 Si, estas son las que más me gustan. Pero también me gustan las carreteras que tienen un papel determinante en la acción de la película. Hasta ahora no he citado ningún título, pero ahora debo hacerlo. Y para empezar hay que hablar de Alfred Hitchcock. El mago del suspense nunca hizo una road movie, pero era muy consciente del enorme encanto visual que puede tener una carretera. Hay secuencias antológicas en su cine: la carrera enloquecida de Grace Kelly y Cary Grant por la Grand Corniche de la Costa Azul en Atrapa un ladrón, escena premonitoria de la propia muerte de la princesa unos años mas tarde. La inolvidable secuencia del avión fumigador en la carretera desierta de Con la muerte en los talones. El momento de mayor peligro para los personajes en la huida de la Alemania Oriental en un falso autobús en Cortina rasgada, con su tensión añadida por la amenaza que viene de fuera. El largo viaje mental y físico de Marion con el dinero robado en Psicosis en el que la acompañamos en su monologo interior hasta el motel de Norman Bates. Son solo cuatro ejemplos de su cine, podría haber más. Los hermanos Coen son también muy aficionados a montar una secuencia fundamental en una carretera, recordemos Sangre fácil, Fargo, No es país para viejos, que tienen momentos de carreteras sin los que no se entendería la historia. Y hay muchos más, pero no voy a enumerarlos todos aquí. Sería interminable.

 En el cine español puedo citar algunos directores a los que les gusta mucho ambientar una o dos secuencias en la carretera. Almodóvar, el más urbano de todos nuestros cineastas, acaba Átame en una preciosa secuencia en una carretera perdida de Extremadura; en Volver, sus tres chicas vuelven del pueblo sin saber lo que les espera en casa; Julieta va a buscar a su hija en las montañas de Suiza. Estas carreteras no son circunstanciales, son fundamentales. Iciar Bollain no hace exactamente road movies, pero tanto Hola, estás sola como El Olivo tienen en el viaje, en el no lugar y por tanto en la carretera, un espacio argumental fundamental. En Hola, estás sola, el momento emocional más importante de las dos amigas se produce en una carretera secundaria donde una enfrente de la otra se separan, se juntan, discuten, se reconcilian. Es un momento muy bonito, muy simple, muy directo y sin artificios. Tan sencillo como ese paisaje donde se localiza. En El Olivo, en cambio, la carretera es sustancial. Gran parte de la película cuenta el largo viaje entre España y Alemania para recuperar el olivo centenario del abuelo. Pero en rigor no es una road movie: lo que les pasa tiene más que ver con su propio viaje interior que con el exterior. A Cesc Gai también le gustan las carreteras. El principio de Ficción es un catálogo muy interesante: la autopista da paso a una carretera nacional que a su vez se convierte en una carretera de montaña. Sin palabras y solo con el paisaje que Eduard Fernández ve desde el interior del coche, el director nos está colocando emocionalmente en un personaje que escapa de su rutina y busca un nuevo mundo mental. Y si hablamos de secuencias iníciales, la más espectacular es la de El resplandor de Stanley Kubrick. Un coche circula por una carretera de montaña. No habrá más carreteras en toda la película, solo esa, cada vez más alta, cada vez más solitaria, cada vez mas nevada. Una carretera que nos introduce en el miedo, en el misterio, en el horror que se va a vivir en el hotel Overlook.

Aunque no me extienda mucho, es evidente que tengo que citar aquí las road movies. Una road movie siempre tiene un componente de huida, de búsqueda de libertad, de cambio. Las hay que sirven para resolver conflictos familiares, como Dos en la carretera, o Pequeña Miss Sunshine; otras, en cambio, sirven para afianzar la propia libertad, incluso la libertad de morir, como Thelma y Louise. Hay road movies que son diarios de carretera filmados, el caso de Días de agost de Marc Recha o En la carretera de Walter Salles, son ejemplares en este sentido. Una road movie puede ser un film de terror, El diablo sobre ruedas o Kalifornia lo prueban perfectamente, o puede ser la excusa para conseguir un reto personal, es el caso de Vanishing Point de Richard Sarafian o la emocionante Una historia verdadera de Lynch. Pero si hay un director contemporáneo que ha hecho de la carretera su principal escenario ese es Alexander Payne. A propósito de Schmidt, Entre copas y Nebraska, integran una trilogía que simboliza lo mejor de las road movies, lo que tienen de catalizador de emociones. Y no querría olvidarme de otro realizador que ha utilizado los caminos de su país como escenario privilegiado para sus historias: Abbas Kiarostami. Todos sus personajes están siempre en continuo movimiento en busca de algo o de alguien, cruzando esos no lugares polvorientos que son las carreteras de los alrededores de Teherán.



Bien, ahora ya sabemos que las carreteras son no lugares. Pero eso no quiere decir que estén deshabitados ni mucho menos. En la jungla de los caminos cohabitan varias familias de vehículos, de animales mecánicos. Los más grandes, los machos alfa de la carretera, son sin duda los camiones de gran tonelaje siempre agresivos, siempre mirando desde su altura al resto de vehículos que circulan cerca de ellos. Los camiones dan miedo. Spielberg lo entendió muy bien en su primera película, Duel, El diablo sobre ruedas, donde un enorme y peligroso camión acosa y destruye a un automóvil que se atreve a plantarle cara.


Después de los camiones, nos encontramos con los autobuses, si los camiones son gorilas, los autobuses son elefantes, pesados, tranquilos, de movimientos lentos. Circulan a su aire, sin meterse con nadie. Es muy curioso que los personajes que viajan en un autobús son los únicos que pueden disfrutar del paisaje. Los pasajeros miran por las ventanas, soñolientos, perdidos en sus pensamientos. Tienen la enorme ventaja de no tener que estar atentos a la carretera desde el volante de un coche, pero también están liberados de tener que entretener sin distraer al conductor, labor que hace de los copilotos unos personajes siempre cansados.

Pero los auténticos reyes de la carretera son los automóviles. Casi siempre habitados por una sola persona aislada en su interior, protegida tras las ventanas de su coche, mirando el mundo de forma parcial. Un conductor de coche ve solo lo que tiene delante, lo que hay alrededor lo intuye, pero no lo ve. Un personaje encerrado en su coche tiene claro que el resto de islas que circulan a su lado son enemigos a batir, a conquistar, a dejar en ridículo, en el mejor de los casos, a ignorar. Los adelantamientos y los piques entre conductores suelen tener nefastas consecuencias. Los coches van en grupos como los animales salvajes que van juntos pero no son solidarios entre sí, al contrario. Se vigilan, se acosan, se persiguen. Se protegen de los animales más grandes, los camiones, pero desprecian a los más pequeños. Cuando estos grupos se convierten en manada, es decir en una acumulación de individuos, se produce el colapso, el atasco. Todo se paraliza. No se puede avanzar ni retroceder: la carretera se convierte en una prisión. Los atascos son muy cinematográficos. Hay algunas películas memorables que suceden en atascos. Un dia de furia, por ejemplo o la inclasificable Weeek-endde Godard.



En esta jungla de tráfico en el cine, quedan por lo menos dos animales más: son pequeños, molestos, estorban y nadie sabe qué hacer con ellos. Las motos serian las desagradables moscas y las bicicletas los odiados mosquitos. Las motos en el cine tuvieron su momento de esplendor en los años sesenta y setenta, cuando eran símbolo de libertad y de rebeldía. Luego, el uso obligatorio del casco, las domesticó. La bicicleta, tan peligrosa y tan irresponsable, es por ahora el único vehículo de los que circulan en las carreteras que permite ver el paisaje, disfrutarlo. A costa a veces de poner en peligro a todos los demás.



 Más cinematográfico porque es imposible de reproducir en la realidad, es el contra plano desde fuera. El que coloca la cámara frente al conductor y lo observa en su comportamiento dentro del vehículo. Lo vemos hablar, mirar, pensar, reír, enfadarse, escuchar música. Es un contra plano que tiene una función muy importante porque convierte al espectador en observador del que observa. Si la visión de dentro afuera es la del tiempo que pasa, la del fuera adentro es la visión del tiempo suspendido: siempre es igual.

Pero, ¿que observa el personaje que conduce un coche, un camión, una furgoneta? En primer lugar, la carretera con sus líneas pintadas en el suelo, sus curvas, sus límites, el horizonte lejano, el paisaje que lo rodea y lo enmarca. En segundo lugar, lo que ve son los demás vehículos: los que tiene delante, los que vienen en dirección contraria, los que suponen una amenaza, los que son un estorbo, los que le persiguen. Pero hay un tercer y muy importante elemento que hay que tener en cuenta: el conductor observa y se detiene, en los no lugares del no lugar que es la carretera. La definición que dábamos del no lugar como una zona fuera del tiempo y del espacio, se puede aplicar aun con más sentido a esos sitios que no pertenecen a nadie, que son ajenos al contexto: gasolineras, áreas de servicio, áreas de descanso en la autopista, bares de carretera, moteles.


En una película, pararse en una gasolinera puede significar muchas cosas: poner gasolina en el coche es la más evidente; pero hay más: puede que lo que busque el personaje sea información si está perdido o simplemente necesita descansar y estirar las piernas. Una gasolinera es en sí misma un territorio neutro, que puede anunciar un peligro inminente, el final del camino o un encuentro inesperado. La gasolinera pasa, se deja atrás, es un escenario volátil, una figura en el paisaje que se olvida rápidamente.

Las áreas de descanso de las autopistas, son como oasis en el desierto. El personaje se detiene en ellas a reponer fuerzas, a descansar, a ir al baño. Las áreas de descanso son todas iguales: no pertenecen a ningún país, son parte de una geografía internacional intercambiable. En estas áreas no suele suceder nada relevante para las historias que se cuentan. Pero son fundamentales para que transite la narración.

Muy diferentes son los bares de carretera, esos lugares donde se suelen parar los camioneros y que si son, al contrario que las áreas de servicio de las autopistas, completamente distintos de un país a otro. Si vemos una carretera en una película y vemos un bar, un restaurante donde los personajes se detienen, sabremos ya antes de que hablen si estamos en España, en Francia, en Inglaterra o donde sea. En los bares de carretera si que pasan cosas importantes. Un personaje no se detiene en ellos solo a comer o beber. Se detiene allí por algo. Y ese algo es casi siempre relevante.

Los moteles son muy interesantes. Un motel tiene su propia historia que a veces se impone a la de los personajes: recuerden el tenebroso motel de Norman Bates en Psicosis. En un motel pueden pasar muchas cosas: desde la más simple de dormir y reponer fuerzas para continuar el camino, hasta ser un buen lugar donde esconderse, tener una aventura, sentir que no estás en ningún sitio. Un motel permite el anonimato mas absoluto. No lugar, no tiempo, no existencia.
Una carretera necesita una cartografía. Una señalización que ordene el tráfico, que transmita códigos que todos los que circulan por ella sepan distinguir. Las señales de tráfico son los símbolos del lenguaje de la selva de la carretera. Todo el mundo los entiende, o al menos debería entenderlos. Es un código de comunicación internacional.


En cuanto a carteles que indican destinos son en sí mismos una contradicción: son señales que señalan lugares desde el no lugar. Indicadores de destinos que se quedan al margen de la historia, lugares donde seguramente nuestros personajes no quieren ir, no tienen que ir, no les sirven mas que para situar en el espacio y en el paisaje al espectador que mira la película.

Junto a las señales, en la carretera encontramos otro tipo de imágenes: los anuncios que puntean los caminos. Los anuncios son muy importantes en una película: distraen al conductor y al espectador, obligan a fijar la mirada en un punto. Informan de la época y del lugar. Poca gente dudará donde está si ve el Toro de Osborne recortándose en la lejanía de los Monegros. Los anuncios nos informan de donde estamos y en qué tiempo vivimos. Los anuncios son como pequeñas pantallas en la pantalla. Eso es algo que entendió muy bien el director Martin McDonagh en una película que está en la memoria reciente de todos: Tres anuncios en las afueras. La carretera secundaria que conduce al pueblo, se convierte con estos anuncios en una pieza indispensable para comunicar una indignación: este es un buen ejemplo de road secuencia de un tipo muy diferente.

Todos sabemos que las carreteras no son territorios neutros. El que sean no lugares no quiere decir que no pasen cosas en ellas. Algunas muy trágicas, los accidentes, por ejemplo. Hay muchos accidentes en el cine que desencadenan historias. Puede que no vuelva a salir otra carretera, otro accidente, en toda la película, pero ese habrá sido fundamental. Solo un ejemplo para demostrarlo. En Azul, la primera película de la trilogía de Kieslowski, Tres colores, un accidente inesperado deja a Juliette Binoche sin su hija y sin su marido. Todo lo demás sucede porque ha pasado eso. Los accidentes despiertan la solidaridad de los isleños del tráfico que se paran a ver qué pasa, unas veces para ayudar, otras, solo para mirar. Los accidentes son anuncios de dramas y entre ellos una variante del accidente es el atropello. No es tan común como se podría pensar. En las carreteras no se atropella tanto como en las calles de una ciudad. Pero si, hay atropellos que dejan huella: el de Muerte de un ciclista, de Juan Antonio Bardem, es quizás uno de los más interesantes.



Otro tipo de incidente en las carreteras son las averías También despiertan la solidaridad de los demás, pero es una solidaridad interesada que se suele plantear desde la superioridad del que no está averiado, el que se sabe con capacidad de ayudar al que ha sufrido un percance mecánico. En estas situaciones, el no lugar pasa a ser un lugar: el lugar donde hubo un accidente se recordará siempre; el lugar donde alguien ayuda a alguien a cambiar una rueda, puede ser el inicio de una bonita historia de amor o de una amistad. El acontecimiento singulariza el espacio. El factor humano humaniza nunca mejor dicho el no lugar.


Hasta aquí he hablado de la carretera en su contexto: el no lugar que cruza el paisaje con una línea gris de asfalto sobre la que circulan vehículos. Pero hay algo que si hablamos de carreteras en el cine no podemos dejar de lado: el factor humano. Las personas, los personajes que se mueven en esa carretera fuera de los vehículos. Porque también son importantes y también tienen un papel en las historias. Son los hombres y mujeres que caminan por la carretera, a veces sin saber dónde van. Hay un matiz que me parece importante: la gente que anda por las carreteras no pasea. Pasear según el diccionario es “Andar por placer o para hacer ejercicio por un lugar, generalmente al aire libre, despacio y sin un destino determinado”. La gente que camina por las carreteras en el cine suele tener un destino determinado, va a algún sitio y por alguna razón. No lo hace por ejercicio, lo hace para conseguir algo: ir a comprar gasolina porque se ha quedado tirado en la carretera; llegar a una parada de autobús; alejarse de un lugar que no le gusta; volver a casa tras un día de trabajo; buscar un horizonte nuevo donde empezar una historia de amor, de vida. Caminar por una carretera es contar una historia.

Podemos encontrar otro tipo de personas en la carretera. Los que están parados. En general son personajes que esperan algo, que alguien los recoja, que pase un autobús, que pase algo en el horizonte que miran. Son personajes estáticos en un paisaje en movimiento, personajes que miran a su alrededor. Entre los personajes que esperan los autoestopistas ocupan un lugar privilegiado. Ellos esperan a que alguien les lleve a otro sitio, un autoestopista anuncia una aventura o un peligro. En todo caso un encuentro.

Los encuentros pueden ser de muchos tipos, pero hay uno que el cine ha mostrado en muchísimas ocasiones, desde el humor, hasta el horror, desde el realismo hasta la ciencia ficción: el encuentro con la policía que pone la sirena a tope, persigue el vehículo, lo detiene e infunde un miedo inconsciente en los pasajeros del coche, incluso aunque no se haya hecho nada.

No sé si estas líneas han ayudado a vislumbrar las múltiples posibilidades de las carreteras en el cine. Pero espero que la selección de fotos que han acompañado mis palabras haya servido para estimularles a fijarse en las carreteras que aparecen una y otra vez en las películas. Gracias