Llevo varios días sumida en
una contradicción tremenda. La alegría de ver caer a alguien como Maduro (no la
voy a negar, es un personaje al que detesto desde hace años y mucho más desde que he conocido a algunos
venezolanos), se mezcla con la sensación de miedo que me produce ver a otro personaje
que detesto, Donad Trump, alardeando de ser el amo del mundo, en el que todos tienen
que hacer lo que él quiere. A esta contradicción se suma la sensación gatopardesca de que Todo cambia para que nada cambie. Debería releer El Gatopardo, pero en su lugar a llegado
a mis manos, gracias a una amiga, un pequeño libro de una escritora venezolana.
Una coincidencia, quizás. En todo caso, un coincidencia reveladora que me ha
hecho alegrarme un poco más de que un dictadorzuelo analfabeto, ególatra y
malvado haya caído y preocuparme un poco
más de que le suceda en el poder una dictadorzuela igualmente ególatra, pero
nada analfabeta, que ha entendido que debe ponerse ella y su país al servicio
del sheriff naranja. Tengo la impresión que Venezuela va a estar peor que
antes: con la misma o más feroz represión y escasez, miedo y penurias, pero
encima, regalando toda su riqueza a Trump y los poderosos lobbies que le
rodean, a él y a la vicepresidenta no electa pero si sumisa que también irá
acrecentando su fortunita. En fin, de
verdad que no apetece nada lo que está pasando, pero ahora mejor vamos al
libro.
Viaje a la inversa, Mónica Montañés Kálathos ediciones
Viaje o viajes a la inversa,
son los que recoge este librito que se lee como un café cortito, paladeándolo.
Son cinco viajes, los de las abuelas de Mónica, Amparo y Helena, el de la tía
de Mónica, Amparito, el de la madre de Mónica, Mónica, y el de ella misma
Moniquita. Son viajes de ida y vuelta o ida sin vuelta entre España y
Venezuela. Maletas donde se guarda lo que parece indispensable, ideas que se
guardan en la memoria, separaciones y encuentros. Salir de un país para ir a
otro, obligadas por la política, la represión, el hambre, el miedo. Las cinco
mujeres que han hecho las maletas para irse de España a Venezuela y de
Venezuela a España lo han hecho por las mismas razones: la imposibilidad de
vivir en su país. Amparo, Helena, Amparito, Mónica y Moniquita, revelan con sus
viajes a la inversa el dolor y la añoranza del desarraigo que sigue tan urgente
ahora como lo estuvo en los años cuarenta. En la España franquista de la
posguerra no se podía vivir, tampoco en la Venezuela de ahora mismo, ni en la Nigeria de Ana, la protagonista del
último relato de un libro que no es de cuentos. Porque la realidad no es un
cuento. Seguramente Mónica pensó el sábado 3 de enero en la última frase de su
historia: “La vida de pronto toma un rumbo inesperado y toca aceptarlo.” El
rumbo inesperado fue el que se produjo este sábado. Pero me perdonará Mónica y
los venezolanos, creo que todo ha cambiado para seguir igual o peor, para ellos
y para todos los demás. Los matones del patio del colegio tienen abierto el
camino para hacer lo que les de la gana.
(Edward
G. Robinson, en plan pre Trump
Barbary Coast /La ciudad sin
ley,
Howar Hawks, 1935 Filmin
El viernes 2 de enero vimos
una película de Howard Hawks que no recordaba. En castellano la titularon La ciudad sin ley, en inglés era Barbary Coast, la costa bárbara,
salvaje, sin ley. Pasa en 1849, cuando una joven rubia y decidida llega a San
Francisco, una ciudad donde impera el
caos y el oro, con intención de casarse con un rico minero. Mary (Miriam
Hopkins) se entera nada más desembarcar que su futuro marido ha muerto, pero
lejos de acobardarse (¡buenas son las mujeres en el cine de Hawks y más si el
guión está escrito por Ben Hetch y Charles MacArthur!), la chica se dirige al
saloon, restaurante, hotel, casino dirigido por Louis Chamalis, (Edward G.
Robinson), auténtico amo absoluto de la ciudad donde nadie hace nada sin su
consentimiento. Todo lo que quiere lo
consigue. Mary establece con él un pacto muy poco ético que le permitirá
hacerse rica: robar desde la ruleta todo el oro de los mineros. Lo que pasa
después es interesante, pero si hablo de esta película hoy y aquí es porque
nada nos permitía pensar que solo 24 horas más tarde íbamos a ver una versión
contemporánea, naranja y azul, del personaje de Louis Chamalis, ejerciendo de dueño
de la ciudad, perdón de Venezuela, perdón del mundo. Como Chamalis, Trump no se
mancha las manos, para eso tienen a los Marco Rubio i Delcy Rodríguez de turno
que le hacen el trabajo sucio. Es el oro, diría Chamalis; es el petróleo, dice
Trump. Es el poder absoluto sin ningún tipo de moral. Seguro que Trump no ha
visto esta película, pero eso no quita que el modelo de poder de 1849 siga siendo
muy parecido 175 años después.
(el regalo de esta entrada es una foto que hicimos mientras veíamos Barbary Coast)



No hay comentarios:
Publicar un comentario