sábado, 10 de enero de 2026

VENEZUELA

 

Llevo varios días sumida en una contradicción tremenda. La alegría de ver caer a alguien como Maduro (no la voy a negar, es un personaje al que detesto desde hace años  y mucho más desde que he conocido a algunos venezolanos), se mezcla con la sensación de miedo que me produce ver a otro personaje que detesto, Donad Trump, alardeando de ser el amo del mundo, en el que todos tienen que hacer lo que él quiere. A esta contradicción se suma la sensación gatopardesca de que Todo cambia para que nada cambie. Debería releer El Gatopardo, pero en su lugar a llegado a mis manos, gracias a una amiga, un pequeño libro de una escritora venezolana. Una coincidencia, quizás. En todo caso, un coincidencia reveladora que me ha hecho alegrarme un poco más de que un dictadorzuelo analfabeto, ególatra y malvado  haya caído y preocuparme un poco más de que le suceda en el poder una dictadorzuela igualmente ególatra, pero nada analfabeta, que ha entendido que debe ponerse ella y su país al servicio del sheriff naranja. Tengo la impresión que Venezuela va a estar peor que antes: con la misma o más feroz represión y escasez, miedo y penurias, pero encima, regalando toda su riqueza a Trump y los poderosos lobbies que le rodean, a él y a la vicepresidenta no electa pero si sumisa que también irá acrecentando su fortunita. En fin,  de verdad que no apetece nada lo que está pasando, pero ahora mejor vamos al libro.

 


Viaje a la inversa, Mónica Montañés Kálathos ediciones

Viaje o viajes a la inversa, son los que recoge este librito que se lee como un café cortito, paladeándolo. Son cinco viajes, los de las abuelas de Mónica, Amparo y Helena, el de la tía de Mónica, Amparito, el de la madre de Mónica, Mónica, y el de ella misma Moniquita. Son viajes de ida y vuelta o ida sin vuelta entre España y Venezuela. Maletas donde se guarda lo que parece indispensable, ideas que se guardan en la memoria, separaciones y encuentros. Salir de un país para ir a otro, obligadas por la política, la represión, el hambre, el miedo. Las cinco mujeres que han hecho las maletas para irse de España a Venezuela y de Venezuela a España lo han hecho por las mismas razones: la imposibilidad de vivir en su país. Amparo, Helena, Amparito, Mónica y Moniquita, revelan con sus viajes a la inversa el dolor y la añoranza del desarraigo que sigue tan urgente ahora como lo estuvo en los años cuarenta. En la España franquista de la posguerra no se podía vivir, tampoco en la Venezuela de ahora mismo,  ni en la Nigeria de Ana, la protagonista del último relato de un libro que no es de cuentos. Porque la realidad no es un cuento. Seguramente Mónica pensó el sábado 3 de enero en la última frase de su historia: “La vida de pronto toma un rumbo inesperado y toca aceptarlo.” El rumbo inesperado fue el que se produjo este sábado. Pero me perdonará Mónica y los venezolanos, creo que todo ha cambiado para seguir igual o peor, para ellos y para todos los demás. Los matones del patio del colegio tienen abierto el camino para hacer lo que les de la gana.

 


(Edward G. Robinson, en plan pre Trump

Barbary Coast /La ciudad sin ley, Howar Hawks, 1935 Filmin

El viernes 2 de enero vimos una película de Howard Hawks que no recordaba. En castellano la titularon La ciudad sin ley, en inglés era Barbary Coast, la costa bárbara, salvaje, sin ley. Pasa en 1849, cuando una joven rubia y decidida llega a San Francisco, una ciudad donde impera el  caos y el oro, con intención de casarse con un rico minero. Mary (Miriam Hopkins) se entera nada más desembarcar que su futuro marido ha muerto, pero lejos de acobardarse (¡buenas son las mujeres en el cine de Hawks y más si el guión está escrito por Ben Hetch y Charles MacArthur!), la chica se dirige al saloon, restaurante, hotel, casino dirigido por Louis Chamalis, (Edward G. Robinson), auténtico amo absoluto de la ciudad donde nadie hace nada sin su consentimiento.  Todo lo que quiere lo consigue. Mary establece con él un pacto muy poco ético que le permitirá hacerse rica: robar desde la ruleta todo el oro de los mineros. Lo que pasa después es interesante, pero si hablo de esta película hoy y aquí es porque nada nos permitía pensar que solo 24 horas más tarde íbamos a ver una versión contemporánea, naranja y azul, del personaje de Louis Chamalis, ejerciendo de dueño de la ciudad, perdón de Venezuela, perdón del mundo. Como Chamalis, Trump no se mancha las manos, para eso tienen a los Marco Rubio i Delcy Rodríguez de turno que le hacen el trabajo sucio. Es el oro, diría Chamalis; es el petróleo, dice Trump. Es el poder absoluto sin ningún tipo de moral. Seguro que Trump no ha visto esta película, pero eso no quita que el modelo de poder de 1849 siga siendo muy parecido 175 años después.

(el regalo de esta entrada es una foto que hicimos mientras veíamos Barbary Coast)




 

 

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