viernes, 10 de marzo de 2017

PATRIAS


(en las playas cerca de casa no hay minas, pero si ¡cosas muy raras!)
Bajo la arena. Quizás no les suene este título ya que la película se ha estrenado como Land of Mine. Algo así como Tierra de minas o Mi tierra. Las dos traducciones son válidas para este film que encierra la muerte bajo la arena. Es danés, pasa en 1945, cuenta como los prisioneros de guerra alemanes, la mayoría adolescentes reclutados en el último año de la guerra, fueron obligados a desactivar las dos mil minas que los nazis plantaron en las costas del mar del norte. Murieron mas de la mitad. Tenían menos de 18 años. Es un episodio poco conocido y bastante bochornoso de la historia de la segunda guerra mundial. Los daneses lo intentaron ocultar durante mucho tiempo. Ahora un director joven lo saca a la luz. El film es inteligente, seco, de una belleza deslumbrante en sus paisajes, en su luz, sus encuadres. Una belleza que te remueve por dentro. Y no por lo que les obligan a hacer a estos chicos en las playas de arenas blancas, cosas más terribles se perpetraron durante esos años oscuros para el mundo. Lo que te revuelve por dentro es el odio que destilan los daneses contra los alemanes. Un odio tan grande que les impide darles lo mínimo indispensable, un odio profundamente arraigado.



Y este odio me permite enlazar con una novela que acabo de leer y que me ha impresionado mucho. No soy ni la primera ni la única que habla bien de ella. Se trata de Patria de Fernando Aramburu. La novela me gusta por su construcción. Un puzle de distintas piezas que poco a poco van encajando entre si hasta ir dibujando un paisaje de miedo y de odio. Personajes y acciones avanzan y retroceden en el tiempo delimitando los contornos de un mundo que durante años alimentó el huevo de la serpiente de la intolerancia, la supremacía, el desprecio, el odio en definitiva, en nombre de una Patria que había que salvar de los invasores. Odio que viene acompañado del miedo y la cobardía, del mirar a otro lado, del pensar “algo habrá hecho”. La historia pasa en San Sebastián y un pueblo cercano; los años son los que van del 1985 al 2011; los personajes, dos familias vascas cien por cien, una con un asesinado, la otra con un asesino. Lo que me ha impresionado de esta novela es ver reflejada una sociedad que he vivido en primera persona en los años que estuve trabajando en el Festival de San Sebastián y que coinciden con los de la novela. De hecho, la primera manifa y quema de autobuses que viví en Donosti es también la primera que aparece en el libro. Y a partir de ahí, reconocí atentados, momentos, espacios. Y sobre todo actitudes. Quizás lo único que echo en falta en este libro ejemplar es algún apunte sobre el hecho de que también había vascos en contra de ETA, gente que no le tenía miedo. Los he conocido, los he escuchado condenar sus atentados, denunciar una situación emponzoñada. No eran muchos, pero haberlos los había.
Hay dos  ideas que me genera esta novela:
Una: los escritores vascos, con honrosas excepciones (los cineastas se arriesgaban un poco mas), no estuvieron a la altura del clima de odio y venganza que se engendraba en sus calles. Un personaje lo dice en el libro: “Le parecía que, hasta la fecha, a las víctimas del terrorismo se les ha prestado poca atención por parte de los escritores vascos. Interesan más los victimarios, sus problemas de conciencia, su trastienda sentimental y todo eso. Además, el terrorismo de ETA no sirve para atacar a la derecha. Para eso es mucho mejor la guerra civil.”
Dos: el discurso del odio, de la superioridad, del sentirse diferente y por lo tanto con derecho a expulsar del “paraíso de la Patria” a los que no son dignos de disfrutarlo, en Euskadi ha empezado a remitir (aunque el penoso episodio del programa de ETB sobre España y la lamentable reacción de una parte de esa otra Patria, tan intolerante como la primera, dejan claro que los rescoldos siguen ahí). Pero si en Euskadi va a la baja, en Catalunya va al alza. El sentimiento de “yo soy diferente”, del "nosotros" y "los otros", se extiende como una mancha de aceite, lo contamina todo poco a poco y hace crecer ese otro huevo de la serpiente que en Catalunya ha incubado un nacionalismo excluyente y con tintes cada vez más nacional/populistas. Aquí todavía no hay violencia y espero que no la haya nunca, aquí el discurso del miedo no funciona igual, hay mas pluralismo, mas puntos de vista, pero hay un peligro real de que la situación se envenene y acabe por afectarnos a todos. 


(la mujer embarazada dibujada por Ramon no tuvo nunca dudas)
Cambio de tema
Esta semana se estrena una película belga. Se llama 9 meses. Con ella me pasa una cosa muy curiosa, me parece interesante, pero detesto a uno de sus personajes. Es una película sobre un embarazo adolescente. Una chica y un chico de quince años se encuentran con un bebe de camino. ¿Qué hacer? Dudan, es lógico. Toman su decisión juntos, es lógico. Buscan apoyo en los padres, en unos encuentran comprensión, en otros, rechazo. Todo lógico. Pero al final, la chica actúa por su cuenta. Es esa reacción la que me molestó profundamente. Y no solo en la historia que nos cuenta el film. Me molesta porque es algo que se hace (hacemos) muchas veces. Hay un problema provocado por dos partes al 50%. Hay varias soluciones, se barajan, se estudian, y se escoge una entre los dos. Se asumen las consecuencias. Y cuando llega el momento, una de las dos partes toma una decisión sin consultar al otro y sin pensar en lo que puede afectar a todos. Tiene quince años, decían para justificar lo que hace la niña. Yo pienso que no importa la edad para ser responsable de tus actos. 

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