sábado, 18 de abril de 2026

NADA EN COMÚN

 

Muchas veces, incluso sin darme cuenta, encuentro algún tipo de relación entre las películas que comento. Pero esta semana, lo único que puedo decir de los tres estrenos que me parecen destacables (entre lo que he visto) es que No tienen nada en común.


Prime Crime: A True Story, Gus Van Sant

Este 2025 Gus Van Sant  celebra su cuarenta aniversario como cineasta. Mala noche, su desconocido y casi olvidado debut, es del año 1985. Desde entonces ha hecho veinte películas, unas mejores que otras, otras realmente buenas. Yo lo descubrí con Drugstore Cowboy y desde entonces me hice fan de este callado, serio y muy personal director. Hacía siete años que no sabíamos nada de él. Por eso fue una agradable sorpresa ver que había dirigido Dead  Man’s Wire, literalmente Alambre del hombre muerto, (un título lleno de sentido) que aquí se estrena como Prime Crime: A True Story. La verdad es que es verdad lo de True Story, una historia verdadera. Van Sant, vuelve a contar la historia de un hombre que ha llegado al límite. Todo sucedió (de verdad) en 1977, Tony Kiritsis, un hombre común, trabajador y emprendedor, secuestró una mañana al hijo de un agente hipotecario encarnado en Al Pacino quien, con solo dos secuencia,  se queda en la memoria como homenaje al cine de los 70 que Van Sant evoca en este film. Pacino, su agencia de préstamos, le ha estafado, engañado y robado su dinero y su idea de negocio. Toni no tiene nada que perder y se lleva al asustado hijo de Pacino, Bill Hall, extraordinario Dacre Montgomery (¿dónde estaba este actor antes?) secuestrado con un artilugio mortal que justifica su título en inglés. La parte más importante de la película sucede en el apartamento de Tony donde mantiene a Bill apuntándole con unas escopeta, mientras la policía, la prensa y un popular locutor de radio, intentan desde distintos puntos de vista, resolver el asunto. Y el asunto es más un problema de dignidad que de otra cosa. Tony quiere que le devuelvan el dinero estafado, pero sobre todo, Tony quiere una disculpa. Y eso es mucho más difícil de conseguir. Van Sant ha vuelto en plena forma. Estupendo.


Un poeta, Simón Mesa Soto

Durante más de la mitad de esta película, pensaba que no entendía por qué todo el mundo hablaba tan bien de ella, por qué había ganado el premio Horizontes Latinos del Festival de San Sebastián. Un personaje desagradable, bueno no solo el protagonista, todos son desagradables en este film colombiano, una vida miserable y mediocre. Fracaso absoluto de Oscar Restrepo, el poeta, marginado, desubicado. Un hombre al que le duele el mundo y ahoga ese dolor en borracheras bukowskianas e infinitas. Cuando aparece Yurlady todo empieza a bascular lentamente: Yurlady, la adolescente poeta sin ambiciones, fascina a Oscar con su capacidad de crear de la nada poesía de gran belleza. Pero a Yurlady no le interesa la poesía, su mundo es otro: un barrio popular de Medellín, una familia llena de hermanos, sobrinos y mujeres gordas, uñas pintadas y poco más. Oscar quiere convertirla en lo que ella no quiere convertirse y acaba convertido él mismo en otra persona. Un poeta empieza en la sordidez de Oscar y acaba en la luminosidad de Oscar. Entre medio un desfile de seres despreciables, el director del colegio, la familia de Yurlady, los hermanos de Oscar, y sobre todo, los poetas. Es memorable la lección que le da el Poeta más importante a la joven Yurlady: si quiere triunfar tiene que escribir de lo que los europeos quieren oír, miseria, pobreza, explotación, indigenismo, pornomiseria en definitiva. Un poeta no cae nunca en esa pornomiseria de mucho cine latinoamericano hecho precisamente para que los europeos puedan darles premios. Por eso es curioso que esos europeos le hayan dado uno de sus premios más prestigiosos a esta comedia negra y ácida. Es la excepción que confirma la regla.


Renoir, Chie Hayakawa

¿Por qué se llama Renoir una película japonesa que nada tiene que ver con el pintor o el director de cine? Es algo que solo se descubre viendo este dulce y triste film que, sin embargo, deja un poso de ilusión y de esperanza. La ilusión de su pequeña protagonista Fuki, una niña de once años con un padre enfermo de cáncer y una madre que intenta salir adelante en el Tokio de 1987. Fuki desborda imaginación, es capaz de ver cosas que los demás no ven, resuelve situaciones difíciles sin darse cuenta, encuentra amigas que pierde y vuelve a encontrar. Fuki es un rayo de luz. Ah! ¿Una Marisol nipona? No, de ninguna manera. Fuki no canta, pero si mira. Fuki sueña y espera la muerte de su padre sin dramatismos en un verano en el que descubre un cuadro de Renoir. Un cuadro de una niña que, como Fuki, está llena de luz. Chie Hayakawa es una directora japonesa de una rara sensibilidad para captar matices en sus personajes. Ya lo demostró en su conmovedor y al mismo tiempo terrible Plan 75, un film sobre la muerte y como la sociedad se enfrenta a la vejez. Ahora se fija en la infancia a través de Fuki y su curiosidad, alegría y manera de afrontar la muerte. “¿Por qué lloramos cuando alguien muere?” Se pregunta la niña en un momento dado. Quizás el cuadro de Renoir Retrato de Irène Cahen d’Anvers, nos dé la clave, si no la respuesta, a esa pregunta. Una niña francesa del siglo XIX es el espejo donde se reconoce una niña japonesa del siglo XXI, en su serenidad, en su ensoñación. Esas son las armas renoirianas (también del Renoir cineasta) que tienen Fuki, la protagonista, y Chie, la directora, para asumir al hecho ineludible de crecer y perder. Pero también ganar.

Como en esta entrada Nada tiene que ver con Nada, el regalo de esta semana es una foto primaveral de los paseos por Barcelona

 


 

 

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