Muchas veces, incluso sin
darme cuenta, encuentro algún tipo de relación entre las películas que comento.
Pero esta semana, lo único que puedo decir de los tres estrenos que me parecen
destacables (entre lo que he visto) es que No tienen nada en común.
Prime Crime: A True Story, Gus
Van Sant
Este 2025 Gus Van Sant celebra su cuarenta aniversario como
cineasta. Mala noche, su desconocido
y casi olvidado debut, es del año 1985. Desde entonces ha hecho veinte
películas, unas mejores que otras, otras realmente buenas. Yo lo descubrí con Drugstore Cowboy y desde entonces me
hice fan de este callado, serio y muy personal director. Hacía siete años que
no sabíamos nada de él. Por eso fue una agradable sorpresa ver que había
dirigido Dead Man’s Wire, literalmente Alambre del hombre muerto, (un título
lleno de sentido) que aquí se estrena como Prime
Crime: A True Story. La verdad es que es verdad lo de True Story, una
historia verdadera. Van Sant, vuelve a contar la historia de un hombre que ha
llegado al límite. Todo sucedió (de verdad) en 1977, Tony Kiritsis, un hombre
común, trabajador y emprendedor, secuestró una mañana al hijo de un agente
hipotecario encarnado en Al Pacino quien, con solo dos secuencia, se queda en la memoria como homenaje al cine
de los 70 que Van Sant evoca en este film. Pacino, su agencia de préstamos, le ha
estafado, engañado y robado su dinero y su idea de negocio. Toni no tiene nada
que perder y se lleva al asustado hijo de Pacino, Bill Hall, extraordinario
Dacre Montgomery (¿dónde estaba este actor antes?) secuestrado con un artilugio
mortal que justifica su título en inglés. La parte más importante de la película
sucede en el apartamento de Tony donde mantiene a Bill apuntándole con unas
escopeta, mientras la policía, la prensa y un popular locutor de radio, intentan
desde distintos puntos de vista, resolver el asunto. Y el asunto es más un
problema de dignidad que de otra cosa. Tony quiere que le devuelvan el dinero
estafado, pero sobre todo, Tony quiere una disculpa. Y eso es mucho más difícil
de conseguir. Van Sant ha vuelto en plena forma. Estupendo.
Un poeta, Simón Mesa Soto
Durante más de la mitad de
esta película, pensaba que no entendía por qué todo el mundo hablaba tan bien
de ella, por qué había ganado el premio Horizontes Latinos del Festival de San
Sebastián. Un personaje desagradable, bueno no solo el protagonista, todos son
desagradables en este film colombiano, una vida miserable y mediocre. Fracaso
absoluto de Oscar Restrepo, el poeta, marginado, desubicado. Un hombre al que
le duele el mundo y ahoga ese dolor en borracheras bukowskianas e infinitas.
Cuando aparece Yurlady todo empieza a bascular lentamente: Yurlady, la
adolescente poeta sin ambiciones, fascina a Oscar con su capacidad de crear de
la nada poesía de gran belleza. Pero a Yurlady no le interesa la poesía, su
mundo es otro: un barrio popular de Medellín, una familia llena de hermanos,
sobrinos y mujeres gordas, uñas pintadas y poco más. Oscar quiere convertirla
en lo que ella no quiere convertirse y acaba convertido él mismo en otra
persona. Un poeta empieza en la
sordidez de Oscar y acaba en la luminosidad de Oscar. Entre medio un desfile de
seres despreciables, el director del colegio, la familia de Yurlady, los
hermanos de Oscar, y sobre todo, los poetas. Es memorable la lección que le da
el Poeta más importante a la joven Yurlady: si quiere triunfar tiene que
escribir de lo que los europeos quieren oír, miseria, pobreza, explotación,
indigenismo, pornomiseria en definitiva. Un
poeta no cae nunca en esa pornomiseria de mucho cine latinoamericano hecho
precisamente para que los europeos puedan darles premios. Por eso es curioso
que esos europeos le hayan dado uno de sus premios más prestigiosos a esta
comedia negra y ácida. Es la excepción que confirma la regla.
Renoir, Chie Hayakawa
¿Por qué se llama Renoir una película japonesa que nada
tiene que ver con el pintor o el director de cine? Es algo que solo se descubre
viendo este dulce y triste film que, sin embargo, deja un poso de ilusión y de
esperanza. La ilusión de su pequeña protagonista Fuki, una niña de once años
con un padre enfermo de cáncer y una madre que intenta salir adelante en el
Tokio de 1987. Fuki desborda imaginación, es capaz de ver cosas que los demás
no ven, resuelve situaciones difíciles sin darse cuenta, encuentra amigas que
pierde y vuelve a encontrar. Fuki es un rayo de luz. Ah! ¿Una Marisol nipona?
No, de ninguna manera. Fuki no canta, pero si mira. Fuki sueña y espera la
muerte de su padre sin dramatismos en un verano en el que descubre un cuadro de
Renoir. Un cuadro de una niña que, como Fuki, está llena de luz. Chie Hayakawa
es una directora japonesa de una rara sensibilidad para captar matices en sus
personajes. Ya lo demostró en su conmovedor y al mismo tiempo terrible Plan 75, un film sobre la muerte y como
la sociedad se enfrenta a la vejez. Ahora se fija en la infancia a través de Fuki
y su curiosidad, alegría y manera de afrontar la muerte. “¿Por qué lloramos
cuando alguien muere?” Se pregunta la niña en un momento dado. Quizás el cuadro
de Renoir Retrato de Irène Cahen d’Anvers, nos dé la clave, si no la respuesta, a esa pregunta. Una niña francesa
del siglo XIX es el espejo donde se reconoce una niña japonesa del siglo XXI,
en su serenidad, en su ensoñación. Esas son las armas renoirianas (también del
Renoir cineasta) que tienen Fuki, la protagonista, y Chie, la directora, para asumir
al hecho ineludible de crecer y perder. Pero también ganar.
Como en esta entrada Nada
tiene que ver con Nada, el regalo de esta semana es una foto primaveral de los
paseos por Barcelona




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