sábado, 25 de abril de 2026

UN DESCUBRIMIENTO:PEDRO PINHO


La risa y la navaja, Pedro Pinho

Se estrena esta semana una película que me habría pasado completamente desapercibida si no fuera por el aviso de Alex Gorina. Fue él quien me dijo que valía la pena verla. Ni el título, La risa y la navaja, ni el director, Pedro Pinho, me decían nada. Y la duración de la película, 211 minutos, me echaba para atrás. Pero me rendí ante la recomendación y  empecé a verla. En seguida me di cuenta de una cosa: no debía verla como una película muy larga, sino como una serie de cuatro horas sin interrupciones. No porque tenga nada de serie, La risa y la navaja es una película 100%, pero sí porque mi cabeza se adaptaba mejor al ritmo y la cadencia del film. Y así fui descubriendo que estaba ante una película portuguesa rodada y ambientada en Bissau, la capital de Guinea Bissau, ex colonia africana de Portugal. La primera secuencia me intrigó: un coche en el desierto, un policía al que le gusta leer y hablando en castellano. ¿Dónde estamos y quiénes son estos dos personajes? Del policía nos olvidamos enseguida, pero del conductor no. El conductor es un ingeniero portugués destinado por una ONG para hacer un informe sobre la conveniencia de construir una carretera que una el desierto con la selva. Tiene que medir su impacto ambiental y humano. El ingeniero se llama Sergio, y parece un personaje escapado de una novela de Camus. Su primera noche la pasa en un hotel, sus vecinos de habitación hacen mucho ruido. Va a avisarles. Esa es la primera vez que se encuentra con Diara y Gui, dos personas que van a ser sus guías en el laberinto de una ciudad y un país que se va revelando poco a poco. Los dos son fascinantes y los dos forman una especie de dualidad, mujer-hombre-mujer casi digna de la cosmogonía africana. Los dos serán los vértices entorno a los que se mueva Sergio mientras se adentra en una ciudad africana moderna, de gente variopinta, económicamente corrupta, plurilingüe, con trabajadores extranjeros, los portugueses son los extranjeros en esa tierra, y con muchos problemas no resueltos con el colonialismo y sobre todo con el neocolonialismo. Todo ello trenzado con una banda sonora impresionante de músicas de todo tipo, con cambios de tono, incluso de género.. Me sorprendí pensando en Claire Denis y lo distinto que puede ser el cine hecho por los antiguos colonialistas según desde donde miren. Claire Denis no entiende África, la interpreta y la recuerda, por eso sus películas africanas son súper interesantes, pero profundamente francesas. El África de Pinho es mucho más real, no tiene nada de metafísico ni de intelectual. Es sensorial y económica, es presente sin deudas con el pasado, es queer y sexual. Es mucho más directa y cercana, sin dejar de ser crítica y política. Pero por encima de todo, es un gran musical nada ortodoxo.


La fábrica de nada Pedro Pinho Filmin

Después de ver La risa y la navaja, busqué algo más de este director, quién era y qué había hecho. Y así descubrí que Pedro Pinho es un director portugués de 49 años que forma parte de una productora de gestión colectiva fundada en el 2008 con seis socios llamada Terratreme, un colectivo de cine que recuerda el argentino El Pampero con el que tienen varias conexiones. Dentro de Terratreme, Pinho tenía otra película como director, La fábrica de nada  del 2017, y la encontré en Filmin. No estaba preparada para el impacto que me produjo este musical obrero que le habría encantado a Joaquín Jordá. Su título ya es estupendo: La fábrica de nada, una fábrica de ascensores en la que los obreros descubren una noche que les están robando las máquinas. Consiguen parar el robo, solo para enterarse de que los propietarios han decidido cerrarla y deslocalizarla en otro país. Así empieza esta aventura proletaria de autogestión. El mismo tema de Numax presenta que trata el mismo tema a través de la mirada de Jordá. En el film de Jordá de1980, los obreros de Numax le pidieron al director que hiciera un documental sobre el proceso de autogestión de su fábrica; en el caso portugués, lo que se plantea es la posibilidad de hacer un musical para sensibilizar a la gente (los franceses) de lo que está pasando. Durante casi tres horas (de nuevo hay que verla como una serie sin cortes) acompañamos a este grupo de trabajadores en sus dudas, sus encierros, sus discusiones políticas y económicas; pasamos por todos los géneros: cine militante, melodrama social, ficción-documental. Pinho reúne un grupo de actores estupendos, algunos de ellos los reencontramos en La risa y la navaja interpretando los trabajadores portugueses que deben construir la carretera. Uno de ellos, Ze, interpretado por José Smith Vargas, un polifacético artista, dibujante, escritor y músico, es la columna donde se apoya el film, el único que vemos en su vida privada y fuera del trabajo. Los demás están siempre en la fábrica: hablando, jugando, aburriéndose, pero manteniéndola ocupada mientras deciden cual será su futuro. Al final de la película un letrero nos dice: Dedicado a todos los trabajadores de Fateleva que entre 1975 y 2016 protagonizaron una experiencia única de autogestión con la antigua fábrica de ascensores Otis en Portugal. Otro letrero nos informa que los textos teóricos de las discusiones del film están extraídos del ensayo político A nuestros amigos, publicado en 2015 por el anónimo Comité Invisible.

Del mail de Alex recomendándome La risa y la navaja hasta los textos del Comité Invisible, se ha ido desarrollando una espiral que se abría a nuevas propuesta, a nuevas ideas, a nuevos caminos. Casi como hacen las dos películas de Pinho, espirales en formación constante desde un punto de partida: la llegada de un ingeniero portugués a Bissau; el desmantelamiento de una fábrica en Póvoa de Santa Iria, cerca de Lisboa. Una espiral que nos lleva del colonialismo y sus huellas visibles hasta el neocolonialismo de los nuevos poderosos que actualmente dominan África; de una fábrica en lucha en los años 70 a la actual recesión y crisis mundial. Dos lecciones de historia y de cine. Y además entretenidas, alegres, musicales y sin miedo a romper ningún tabú.

Acabo de darme cuenta que hoy, cuando escribo este blog, es 25 de abril, el día que se cumplen 52 años de la Revolución de los Claveles en Portugal, una curiosa coincidencia de fecha que tiene mucho que ver con estas dos películas. 

Sigo con regalos de fotos, la de esta semana es una foto de Ramon del amanecer  en Barcelona el día de Sant Jordi.

 


 

sábado, 18 de abril de 2026

NADA EN COMÚN

 

Muchas veces, incluso sin darme cuenta, encuentro algún tipo de relación entre las películas que comento. Pero esta semana, lo único que puedo decir de los tres estrenos que me parecen destacables (entre lo que he visto) es que No tienen nada en común.


Prime Crime: A True Story, Gus Van Sant

Este 2025 Gus Van Sant  celebra su cuarenta aniversario como cineasta. Mala noche, su desconocido y casi olvidado debut, es del año 1985. Desde entonces ha hecho veinte películas, unas mejores que otras, otras realmente buenas. Yo lo descubrí con Drugstore Cowboy y desde entonces me hice fan de este callado, serio y muy personal director. Hacía siete años que no sabíamos nada de él. Por eso fue una agradable sorpresa ver que había dirigido Dead  Man’s Wire, literalmente Alambre del hombre muerto, (un título lleno de sentido) que aquí se estrena como Prime Crime: A True Story. La verdad es que es verdad lo de True Story, una historia verdadera. Van Sant, vuelve a contar la historia de un hombre que ha llegado al límite. Todo sucedió (de verdad) en 1977, Tony Kiritsis, un hombre común, trabajador y emprendedor, secuestró una mañana al hijo de un agente hipotecario encarnado en Al Pacino quien, con solo dos secuencia,  se queda en la memoria como homenaje al cine de los 70 que Van Sant evoca en este film. Pacino, su agencia de préstamos, le ha estafado, engañado y robado su dinero y su idea de negocio. Toni no tiene nada que perder y se lleva al asustado hijo de Pacino, Bill Hall, extraordinario Dacre Montgomery (¿dónde estaba este actor antes?) secuestrado con un artilugio mortal que justifica su título en inglés. La parte más importante de la película sucede en el apartamento de Tony donde mantiene a Bill apuntándole con unas escopeta, mientras la policía, la prensa y un popular locutor de radio, intentan desde distintos puntos de vista, resolver el asunto. Y el asunto es más un problema de dignidad que de otra cosa. Tony quiere que le devuelvan el dinero estafado, pero sobre todo, Tony quiere una disculpa. Y eso es mucho más difícil de conseguir. Van Sant ha vuelto en plena forma. Estupendo.


Un poeta, Simón Mesa Soto

Durante más de la mitad de esta película, pensaba que no entendía por qué todo el mundo hablaba tan bien de ella, por qué había ganado el premio Horizontes Latinos del Festival de San Sebastián. Un personaje desagradable, bueno no solo el protagonista, todos son desagradables en este film colombiano, una vida miserable y mediocre. Fracaso absoluto de Oscar Restrepo, el poeta, marginado, desubicado. Un hombre al que le duele el mundo y ahoga ese dolor en borracheras bukowskianas e infinitas. Cuando aparece Yurlady todo empieza a bascular lentamente: Yurlady, la adolescente poeta sin ambiciones, fascina a Oscar con su capacidad de crear de la nada poesía de gran belleza. Pero a Yurlady no le interesa la poesía, su mundo es otro: un barrio popular de Medellín, una familia llena de hermanos, sobrinos y mujeres gordas, uñas pintadas y poco más. Oscar quiere convertirla en lo que ella no quiere convertirse y acaba convertido él mismo en otra persona. Un poeta empieza en la sordidez de Oscar y acaba en la luminosidad de Oscar. Entre medio un desfile de seres despreciables, el director del colegio, la familia de Yurlady, los hermanos de Oscar, y sobre todo, los poetas. Es memorable la lección que le da el Poeta más importante a la joven Yurlady: si quiere triunfar tiene que escribir de lo que los europeos quieren oír, miseria, pobreza, explotación, indigenismo, pornomiseria en definitiva. Un poeta no cae nunca en esa pornomiseria de mucho cine latinoamericano hecho precisamente para que los europeos puedan darles premios. Por eso es curioso que esos europeos le hayan dado uno de sus premios más prestigiosos a esta comedia negra y ácida. Es la excepción que confirma la regla.


Renoir, Chie Hayakawa

¿Por qué se llama Renoir una película japonesa que nada tiene que ver con el pintor o el director de cine? Es algo que solo se descubre viendo este dulce y triste film que, sin embargo, deja un poso de ilusión y de esperanza. La ilusión de su pequeña protagonista Fuki, una niña de once años con un padre enfermo de cáncer y una madre que intenta salir adelante en el Tokio de 1987. Fuki desborda imaginación, es capaz de ver cosas que los demás no ven, resuelve situaciones difíciles sin darse cuenta, encuentra amigas que pierde y vuelve a encontrar. Fuki es un rayo de luz. Ah! ¿Una Marisol nipona? No, de ninguna manera. Fuki no canta, pero si mira. Fuki sueña y espera la muerte de su padre sin dramatismos en un verano en el que descubre un cuadro de Renoir. Un cuadro de una niña que, como Fuki, está llena de luz. Chie Hayakawa es una directora japonesa de una rara sensibilidad para captar matices en sus personajes. Ya lo demostró en su conmovedor y al mismo tiempo terrible Plan 75, un film sobre la muerte y como la sociedad se enfrenta a la vejez. Ahora se fija en la infancia a través de Fuki y su curiosidad, alegría y manera de afrontar la muerte. “¿Por qué lloramos cuando alguien muere?” Se pregunta la niña en un momento dado. Quizás el cuadro de Renoir Retrato de Irène Cahen d’Anvers, nos dé la clave, si no la respuesta, a esa pregunta. Una niña francesa del siglo XIX es el espejo donde se reconoce una niña japonesa del siglo XXI, en su serenidad, en su ensoñación. Esas son las armas renoirianas (también del Renoir cineasta) que tienen Fuki, la protagonista, y Chie, la directora, para asumir al hecho ineludible de crecer y perder. Pero también ganar.

Como en esta entrada Nada tiene que ver con Nada, el regalo de esta semana es una foto primaveral de los paseos por Barcelona

 


 

 

sábado, 11 de abril de 2026

ORION

 


Esta semana en la que el mundo ha contenido el aliento mirando al cielo a ver si se desencadenaba el Armagedón Trumpiano sobre nuestras cabezas, yo he preferido mirar al cielo buscando en la oscuridad un puntito lejano llamado Orión, que viajaba al otro lado de la Luna con cuatro aventureros en su interior. ¡Qué envidia me daban! Las matemáticas y mi claustrofobia se interpusieron entre mi deseo de ser astronauta y la cruda realidad. Pero eso no me impide soñar y mirar a las estrellas y pensar que ellos han visto lo que nunca se ve. Es tan extraño lo de la Luna. Si gira sobre sí misma y gira alrededor de la Tierra, ¿por qué no vemos nunca la otra cara? Hay una explicación, pero se me escapa y prefiero el misterio de la oscuridad lunar. Las fotos que han enviado los astronautas de la cápsula Orión desde el otro lado revelan un paisaje que no podía imaginar: la Tierra azul y blanca amaneciendo detrás del horizonte lunar en un espejo de la Luna saliendo en un horizonte terrestre. Una maravilla que me permite confiar en la humanidad, sean americanos, chinos o rusos. Si miráramos más el cielo y trabajáramos más en comunidad, el mundo sería mucho mejor. Sin religiones excluyentes y aniquiladoras, sin ideologías imperialistas, sin nacionalismos selectivos. Sin Putin, sin Trump, sin Netanhayu, sin ayatolás, sin tecnoligarcas. Pero eso es soñar despierto, por eso prefiero mirar al cielo y pensar en los que están ya volviendo a este hermoso y desgraciado planeta. Me gusta pensar que las palabras de uno de los exploradores del espacio pueden servir para algo: “Ustedes están en otra nave espacial llamada Tierra, creada para darnos un lugar donde vivir en el universo, en el cosmos. Es un oasis en medio de la nada. Esto es una oportunidad para recordar quiénes somos y que estamos en esto juntos.”

 


Buena suerte, pásalo bien, no mueras, Gore Verbinski

El protagonista de esta delirante (y profética) película no tiene tiempo de mirar al cielo. Es un hombre estrafalario, entre un sin techo  y un soldado rambesco. Viene del futuro donde no hay mucho cielo que mirar y en el presente, donde aparece en su 117 viaje en el tiempo, no puede perder un minuto si quiere librar al mundo de un destino infernal. No porque Trump haya conseguido volarnos por los aires, tampoco porque Putin haya logrado conquistar Europa o los chinos por fin lo controlen todo. No. De lo que nos tiene que salvar esta mezcla de Robinson y Robin Hood es de un niño que está a punto de crear la Inteligencia Artificial que acabará con todo sumergiéndonos en un paisaje de zombies tecnológicos manipulados y controlados por no se sabe muy bien quién. Aunque el tono es de comedia absurda, con golpes de humor y situaciones extravagantes, lo que cuenta Buena suerte, pásalo bien, no mueras, es muy, muy serio. El hombre irrumpe en una cafetería típica americana. Entre los alienados clientes debe encontrar un pequeño grupo (la Compañía del Anillo versión 2.0) que le acompañe en su intento de llegar al niño antes de que se desencadene el Imperio de la IA. Hasta ahora no los ha encontrado, pero esta vez ¿lo conseguirá? El film de Verbinski, el director de la saga Piratas del Caribe, monta un espectáculo con estas premisas: adolescentes idiotizados que son incapaces de pensar, pendientes del móvil donde todos ven lo mismo y al mismo tiempo; una madre con un hijo asesinado en los habituales tiroteos en los colegios, que encuentra un club de padres en la que la IA le ofrece la posibilidad de revivir a su hijo como si no hubiera pasado nada, claro que con un detalle, la réplica no tiene sentimientos; o una chica vestida de princesa con una extraña alergia  los dispositivos electrónicos. Con ellos, y alguno más, nuestro viajero del futuro atraviesa una noche llena de peligros y llega hasta el niño (¿será Peter Thiel el pequeño malvado que crea la IA más destructiva imaginable) . Hay muchas maneras de advertirnos de lo que está pasando y lo que puede pasar: la tiranía y manipulación de las redes sociales, la gente que vive pegada al móvil día y noche, la posibilidad de evasión de los universos paralelos de la realidad virtual, la alienación absoluta de la humanidad. La vía que escoge Verbinski es la del humor de la comedia negra apocalíptica. Nos podemos reír con ella, pero también podemos llorar con ella.  Si los fáusticos semidioses que sueñan con una IA invencible, miraran un poco más al cielo, quizás lograrían que el hombre del futuro no tuviera que volver una y otra vez.

El regalo de esta semana no podía ser otro que Orión, uno de los cuadros más bonitos de Ramon



sábado, 4 de abril de 2026

GRACIA

 

 

Gracia

Cualidad o conjunto de cualidades que hacen agradable a la persona o cosa que las tiene. Usado también en sentido figurado.

Perdón o indulto.

Estas dos definiciones de la palabra Gracia nos sirven para resumir en una palabra las dos películas más interesantes de la semana, La Grazia de Paolo Sorrentino; la gracia de Carmen Maura en Calle Málaga.

 


La Grazia, Paolo Sorrentino

La filmografía de Paolo Sorrentino, sin duda el más importante director italiano en estos momentos, tiene dos líneas maestras: Nápoles y la revisión de la memoria histórico/política italiana. Poco a poco Paolo Sorrentino se está convirtiendo en el cronista de la historia de Italia  (y del Vaticano que no deja de ser Italia). Ya sea con personajes reales, Berlusconi en Silvio (y los otros) o Andreotti en Il Divo, ya sea con personaje ficticios trasuntos de otros reales (su serie sobre El Papa) o esta última entrega de sus repaso político/histórico, La Grazia, con un imaginado presidente de la República. Mariano De Santis es un presidente democristiano, inteligente, tranquilo y seguro. Con la colaboración imprescindible de Toni Servillo, Sorrentino es capaz de acercarse a los delirios kitsch de Berlusconi, a la rigidez sectaria de Andreotti, o a la serena reflexión de este presidente en los últimos seis meses de su mandato. La pregunta que domina todo el film es muy clara ¿De quién son nuestros días? La Grazia toma su nombre de una de las decisiones que debe tomar Mariano De Santis como presidente: indultar a una mujer que mató a su marido maltratador y a un profesor que mató a su mujer enferma de Alzheimer. ¿Son suyos los días de estos dos asesinos? Mientras piensa si debe indultarlos, otro tema le provoca dudas y reflexiones: ¿debe firmar una nueva ley de eutanasia? ¿De quién son los días de alguien que quiere morir dignamente? Servillo/Mariano se mueve por los inmensos salones del Quirinal, entre muebles y salones que parecen decorados y por pasillos y almenas en los que se refugia para fumar (nadie fuma como Servillo) con la ayuda de un guardaespaldas que es el único que está siempre a su lado. Pero Sorrentino es italiano, mediterráneo, latino y no quiere ni puede dejar a su personaje sumido solo en estas Grandes Cavilaciones. Por eso se inventa para él una trama privada, que nadie conoce (solo su fiel guardaespaldas y Coco, su mejor amiga de la infancia, una especie de Jep Gambardella en mujer). Mariano quiere descubrir quién fue el amante de su mujer a la que sigue adorando después de dos años de su muerte. Esta trama tan napolitana de celos retrospectivos, quizás es lo que menos funciona en el conjunto, pero le sirve a Sorrentino, y a Toni Servillo, para humanizar el personaje y darle una cierta ironía. La ironía, incluso el ridículo, están muy presentes en toda la narración; el Papa negro que se marcha en un motorino escapado de Caro diario; la recepción de un mandatario extranjero bajo la lluvia; la cena con su amiga Coco. Sorrentino no me gusta siempre, hay películas que me arrebatan, otras me dejan un poco fría o incluso alguna me irrita. Pero La Grazia me enganchó desde la primera secuencia y ya no me separé de Mariano De Santis en sus reflexiones y en sus obsesiones.

 


Calle Málaga, Maryam Touzani

La gracia de este film luminoso, colorido, que rebosa olores de especies es Cramen Maura. Ella es la gracia del film. La crítica de la película que he escrito para Filmtopia la titulaba Calle Maura. Lo repito aquí porque en realidad así debía llamarse Calle Málaga. Carmen Maura tenía 79 años (ya tiene 80)  cuando rodó en Tánger la historia de María Ángeles, una mujer española nacida y criada en Tánger donde quiere acabar sus días. Tánger es otra de las gracias de este film. Una ciudad multicultural, en la que se habla francés, español árabe. Un barrio y una calle de tiendas en las que todos se conocen y se ayudan, donde el futbol de la liga española es una pasión (cosa que aprovechará muy bien nuestra heroína), en la que cuando menos se lo espera encuentra un amor inesperado que a sus 79 años le devuelve las ganas de vivir que había perdido por culpa de algo intangible: la crisis económica y sentimental de su hija Clara, obligada a vender la casa donde vive María Ángeles a la que obliga a decidir, o se va a Madrid con ella o se queda en una residencia en Tánger. Carmen es mucha Carmen y María Ángeles es mucha María Ángeles. Y donde esté Tánger y su vitalidad que se quite un Madrid gris y hosco. Pero la vida no es siempre como uno quiere y a veces obliga a tomar decisiones que no nos gustan. Al escribir esto me doy cuenta de otro punto de contacto entre estas dos películas tan diferentes: ¿de quién son los días de María Ángeles, de su hija o de ella? Carmen ha tomado una decisión trabajar un poco menos; María Ángeles debe tomar otra, Clara, su hija debe asumir el coste de la que ha tomado. Hagan lo que hagan la gracia seguirá ahí.

El regalo de esta semana es una foto primaveral de Ramon que me gusta mucho