Viva, Aina Clotet
Aina Clotet está viva, muy
viva. Aina no solo está viva, ejerce de viva. Y lo hace con una pasión y una
energía desbordante. Aina lleva muchos años trabajando, tenía solo once años
cuando apareció por primera vez en una serie como actriz. Ha aprendido mucho
observando, preguntando. Pero sobre todo, ha vivido mucho. Hace un par de años
nos deslumbró como creadora, directora y actriz en Això no és Suècia. Pero quería más, quería hacer una película. Y la
ha hecho. Oh Nora¡, rebautizada Viva, es su estreno como directora y su
consagración como actriz. Desde su primera escena, la impactante mamografía que
tantas mujeres sufrimos periódicamente, más parecida a una tortura medieval que
a otra cosa, seguida del plano de su pecho cortado tras padecer un cáncer del
que está recuperándose, nos colocan en el tono que quiere tener la película:
una tragicomedia, un drama con comedia, una manera de acercarse a un tema
terrible sin dramatismo. Pero sobre todo, un film físico. Es esta cualidad
física la que más me ha impresionado de este film inclasificable. Aina es hija
de científicos, se formó en el mundo de la ciencia antes de descubrir que lo
suyo era actuar y escribir. Ese fondo materialista, en el buen sentido de la
palabra, aflora en Viva de muchas
maneras: en la profesión de Nora, bióloga especializada en estudiar la vida de
las células; en la valentía con la que muestra sin miedo un cuerpo mutilado; en
la sequía que asola el paisaje como contrapunto de su desbordante deseo; en la
destrucción a golpes de martillo de una pared que simboliza sin quererlo sus
propias paredes internas; en la forma como vive el sexo sin límites; en sus
constantes carreras. Lejos de ser un melodrama sobre el cáncer, Viva es un canto a la vida, a disfrutar
el momento, a buscar en cada situación lo mejor que haya. Sin trascendencias,
sin falsas promesas, sin marcarse metas imposibles. Viva es vivir. Y Aina lo vive dentro y fuera de la pantalla,
delante y detrás de la cámara. Con cómplices que la acompañan. Valentina Viso,
su coguionista, la primera, pero también un conjunto de actores que se ponen a
su lado, no a sus órdenes, para ofrecer un retrato distópico en el tiempo, pero
absolutamente contemporáneo.
El príncipe de Nanawa, Clarisa Navas
Vivir es lo que hace Ángel Omar Stegmayer. Vivir ante nuestros ojos, crecer delante de nuestra
mirada. El príncipe de Nanawa es un niño de 9 años que la directora argentina
conoció en el año 2015 mientras filmaba un documental en el puente que separa
Argentina de Paraguay, atravesado cada día por miles de personas cargadas de
mercancías. Clarisa preguntaba a las gente que pasan por allí sobre su vidas,
cuando su productora le dijo que había un niño que quería salir en la película
porque “tenía algo que decir”. Ángel era rubio, inteligente, vivía en Nanawa,
en Paraguay, pero estudiaba en Clorinda, en Argentina. Pasaba el puente todos
los días y tenía muy claro que quería reivindicar que en la escuela le dejaran
hablar su lengua, el guaraní y quería que todo el mundo le oyera. Clarisa y su
pequeño equipo quedaron cautivados con ese niño y decidieron no perderlo de
vista. Durante los diez años siguientes, Clarisa, su productora Eugenia y
Lucas, su director de fotografía visitaron periódicamente a Ángel en su casa en
Nanawa, conocieron a su familia, su madre Lucy, su padre, sus hermanos, sus
amigos. Le regalaron una cámara y le pidieron que filmara su vida como un
diario, una vida anónima, una vida de nadie. Es fascinante seguir a ese niño viendo
como se convierte en un adolescente y muy pronto en un adulto. Ángel tiene
sueños, pero los va perdiendo a medida que la vida le va poniendo retos: la
precariedad laboral, la falta de estímulos, la muerte del padre, los escarceos
con la droga y la delincuencia, el trabajo para salir adelante, las novias Todo
eso lo registra Ángel cuando está solo y lo graba Clarisa cuando están juntos, mientras
se teje entre ellos una relación indestructible, con momentos de tensión, con
tiempo para las confesiones, con momentos de aburrimiento, de dudas y de felicidad.
Clarisa, Lucas y Eugenia filmaron cientos de horas, sumadas a las que grabó
Ángel, a lo largo de diez años que al final han quedado condensados en 212
minutos que se pueden ver seguidos, o con pausas, porque en la vida también hay
pausas. El planteamiento recuerda el Boyhood
de Linklater, pero en realidad es muy distinto. Linklater tenía un plan
preconcebido, seguir a su boy durante doce años. Cuando escribí de Boyhood en el blog dije: “En el cine
siempre pasan cosas, acciones, hechos, pensamientos, lo que sea. Siempre tiene
que suceder algo que haga avanzar la historia. Si no, se corre el
peligro de caer en el tedio. En cambio, en la vida no siempre pasan cosas. No
siempre estamos viviendo hechos que determinan nuestra existencia. Al
contrario. La mayor parte de nuestra vida la vivimos sin que haya nada
importante. Eso es vivir. Los grandes acontecimientos que marcan un antes y un
después suceden de vez en cuando. El resto es discurrir.”. Clarisa ha tomado
nota de esto y por eso no predetermina lo que va a filmar (sí lo que va a
montar). Sus encuentros con Ángel, al margen de los cumpleaños, son aleatorios,
cuando pueden, Clarisa, Lucas y Eugenia suben a Nanawa a ver a su príncipe y
cada vez lo encuentran cambiado, más alto, con granos, indolente, con novia,
triste, trabajando, viviendo. Nunca se cansan unos de otros, se necesitan y se
apoyan. Pero había que ponerle un final a esta aventura compartida. Y ese final
se lo brinda la propia vida. A los 19 años, Ángel es padre de un bebé. Ese es
un buen momento para concluir la película de la vida de Ángel, ahora empieza la
película de la vida de Noah. (El príncipe
de Nanawa tiene un estreno muy especial. Se podrá ver en varias ciudades de
España en días concretos. En Barcelona el sábado 27 a las 19.15 en el Zumzeig.
En el resto de ciudades, tendrán que buscarla o esperar a que la pongan en
Filmin donde está la anterior película de Clarisa Navas, Las mil y una).
La quinta, Silvina Schnicer
No tenía muy claro si quería hablar de esta película argentina, o no quería. Su estreno es también muy restrictivo (un apunte al margen, ver determinado cine en los cines se ha convertido en una tarea casi imposible de buscador de tesoros. Pero no por eso dejaré de hablar de estas películas especiales). Tampoco es que me entusiasmara mucho cuando la vi. Y sin embargo, no se me iba de la cabeza. Me volvían una y otra vez sus imágenes, sus personajes, su atmósfera. Me preguntaba ¿por qué? Formalmente el film de Schnicer está muy cerca de Lucrecia Martel, con sus fuera de campo y sus silencios cotidianos, aunque sin la profundidad del cine de Lucrecia. Entonces, por qué seguía pensando en esos tres hermanos viviendo unas vacaciones en una quinta con piscina, en sus padres de clase media alta, en sus vecinos. Hasta que me di cuenta de que era lo que me tenía enganchada con Martín, Fede y Silvina. El mal. Normalmente se habla de lo que Hanna Arendt definió como La banalidad del mal, aplicándola a políticos, o criminales. Casi nunca se habla de esta banalidad del mal en el territorio de la familia, entre el mundo de los niños. Pero eso es precisamente lo que hay en La quinta, una banalidad del mal capaz de todo sin despeinarse. Al menos en un personaje, Martín, el hijo mayor, un pre adolescente con ciertas tendencias pirómanas, y un poco menos en su hermana pequeña Silvina a la que le gusta recoger animales del bosque como si fueran regalos. El único que no participa de esta banalidad del mal, más bien la sufre, es Fede, el hermano mediano. Y luego están los padres, banalmente malvados en sus miedos y en su superioridad de clase. La quinta pinta un microcosmos humano bastante despreciable pero muy reconocible, heredero argentino de los Funny Games de Michael Haneke, el director que mejor ha contado el Mal en el cine. Es eso lo que la hace inquietante y que no consiga olvidarme de ella.
El regalo de esta semana es
para Aina, un retrato que Ramon le hizo cuando preparaban el cartel de Elisa K.




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