sábado, 10 de julio de 2021

DOS ESTRENOS Y UN TOUR

 

Los dos mejores estrenos de esta semana, siempre desde mi particular punto de vista son dos películas que podemos calificar de políticas. Una es rusa, Queridos camaradas, la otra es japonesa, La mujer del espía. Las dos están ambientadas en el pasado, pero hablan de entonces y de ahora.

 


Queridos camaradas

La última película del mas que veterano Andrei Konchalowski (tiene 84 años) es uno de los mejores retratos, no exento de crítica, de la Unión Soviética pos estalinista. En junio de1962, durante una huelga obrera en la ciudad de Novocherkassk, al sur de la URSS, el ejército y la KGB dispararon contra los huelguistas produciendo una treintena de muertos, y muchos más desaparecidos. Esta violenta represión y sus consecuencias, fue sepultada por el aparato de propaganda del régimen que obligó a todos los que la vivieron a firmar un acuerdo de confidencialidad de lo que había sucedido bajo pena de prisión. A finales de los años 80 se desclasificaron los documentos que Konchalovski ha investigado para escribir el guión de Queridos camaradas. El resultado es una película que denuncia un régimen corrupto y al mismo tiempo mentiroso, que se llenaba la boca con palabras de apoyo a la clase obrera mientras lo reprimía de la forma más miserable. Todo comenzó por la combinación del alza de los precios en los productos básicos y la bajada de los sueldos de los trabajadores. Lo mismo que pasaba en España por esa época en la que se produjeron las grandes huelgas en Asturias. No me canso de constatar las enormes semejanzas que había entre la gris, mediocre y represiva Unión Soviética y la gris, mediocre y represiva España de Franco. Para contar esta historia, el director ruso se fija en Ludmilla, una dura mujer, estalinista convencida, burócrata del Comité Central Partido Comunista que controla la ciudad y la fábrica con grandes privilegios. Ludmila añora abiertamente a Stalin y aboga por reprimir y encarcelar a los huelguistas y sus líderes. Pero su actitud se verá cuestionada cuando su propia hija adolescente desaparece en medio del caos. La hipocresía y el servilismo de los burócratas del partido, el miedo generalizado en toda la población, el férreo control de la información del Ministerio del Interior, planean sobre la lucha de esta mujer buscando a su hija. La protesta de los obreros aquel 2 de junio de 1962 fue violentamente reprimida por el ejército, pero lo que Ludmilla descubre mientras la busca, es que en realidad, la masacre la perpetraron francotiradores del KGB apostados en distintos edificios con la doble intención de acabar con la protesta y desprestigiar al ejército. Si Queridos camaradas fuera solo este documento político sería interesante, pero nada más. Hay dos cosas que hacen que este film ruso sea importante. La primera es la manera como Konchalovsky filma esta historia, con un blanco y negro matizado y usando el formato cuadrado, que deja parte de la acción fuera de campo. La planificación mantiene la tensión constante entre lo que pasa y como pasa y el miedo se hace palpable en los personajes que detectan el poder. La segunda es una lectura más profunda. Se trata de denunciar la tibia apertura de Kruschev y el anti estalinismo que se promovía desde Moscú, haciéndolos responsables de los problemas que padecía la fábrica y la gente. Esta postura queda muy clara en uno de los últimos diálogos de Ludmila cuando afirma: “con Stalin esto no habría pasado”. Es en este sentido que Queridos camaradas entronca con la actualidad de la Rusia de Putin (Konchalovski y su hermano Nikita Mijalkov están muy cerca del neozar ruso) donde la figura de Stalin está siendo reivindicada sutilmente desde hace mucho tiempo, mientras se desprestigia y se reprime cualquier asomo de critica al régimen. Queridos camaradas es una lección de cine, pero es sobre todo una inteligente lección de cómo se transmite la ideología dominante.

 


La mujer del espía

Esta es una película completamente distinta. Para empezar es un melodrama disfrazado de thriller de suspense. Ambientado en la ciudad de Kobe en el Japón de 1940, cuenta la historia de un triángulo entre una mujer, Satoko, su marido, Yusaku y un oficial del ejército del emperador encargado de la represión en la ciudad. Cuando Yusaku descubre en Manchuria las atrocidades que el ejército japonés está cometiendo y vuelve a Kobe con una película que lo documenta, se convierte en un enemigo público, un espía. Su conciencia lleva a Yusaku a querer denunciar lo que ha visto, y con la ayuda de su mujer intenta que la película que ha filmado llegue a las cancillerías extranjeras para que sepan lo que está sucediendo. El suspense viene por la forma como la pareja se las ingenia para conseguirlo usando una película muda casera que sirve de señuelo para ocultar la verdadera. Kioshi Kurosawa, uno de los directores japoneses más importantes de los últimos veinte años hace un cine muy ecléctico, pero siempre con historias cercanas al fantástico y muy actuales. Con La mujer del espía da un giro a su filmografía, no solo por ser un film de época, sino por el clasicismo que le lleva a fijarse en los maestros japoneses, Mizoguchi y Naruse, sobre todo. La ambientación, el vestuario, los actores, parecen sacados de un film de los años cuarenta, pero la realización es absolutamente contemporánea. Como lo es el hecho de que los gobiernos, sean del color que sean, siguen empeñados en ocultar las situaciones que no les son favorables. Y no hace falta irse muy lejos. La actitud de China respecto al COVID 19 es todo menos transparente y no estoy segura de que alguna vez lleguemos a saber exactamente cuantos muertos ha provocado en el mundo esta epidemia. En todo caso, y al margen de valoraciones políticas, La mujer del espía es un estupendo melodrama hitchcokiano.

 


El Tour de Francia

Llevo dos semanas sumergida en el Tour de Francia. Este año he vuelto a meterme de lleno en la carrera más fascinante del mundo. Desde julio del 2017 no había vuelto a hacerlo. Por un lado el trabajo, por otro la situación política y para acabarlo de arreglar el año del bicho, me habían privado de este espectáculo estupendo. Porque a mí me gusta el Tour. Todo, no solo las llegadas o los resúmenes. En una entrada del 20 de julio del 2017 intentaba explicar que era lo que me atraía del Tour. Decía allí que había tres razones para justificarme: la dilatación del tiempo, los paisajes y el trabajo de equipo. 

Estas razones siguen siendo válidas en este Tour del 2021. Cada vez que me siento delante de la tele para ver las cuatro horas o más de la etapa, constato como el tiempo transcurre de otra manera. Los segundos que separan a veces el pelotón de los escapados, la aceleración de las llegadas a meta, la diferente manera en que un minuto se percibe viendo la carrera, no tiene nada que ver con el normal concepto del tiempo. Muchas veces  me recuerda a la sensación de estar en esos “tiempos suspendidos” que son los viajes en tren, cuando tienes por delante tres, cuatro horas de inmovilidad viendo el paisaje a través de una ventanilla.  

Y eso me hace enlazar con la otra razón que daba pare ver el Tour: los paisajes. Siempre ha sido interesante el Tour por lo que mostraba, pero este año, después de año y medio en que prácticamente no he salido de Barcelona, la ventana a los ríos, montañas, abadías, castillos y sobre todo hermosos pueblos franceses, es un soplo de aire fresco que me ayuda a respirar. No sé si la Vuelta a España o el Giro de Italia me producirían la misma impresión. Quizás sí en cuanto a grandeza de los paisajes. Pero seguro que no en lo que respecta a los pueblos. Es un hecho incontestable que Francia ha preservado su geografía y su urbanismo rural sin maltratarlo como se ha hecho en España. Una pena porque una vez destruido un paisaje humano, es muy difícil recuperarlo.

En cuanto al trabajo de equipo, es una de las características más importantes de este deporte de esfuerzo individual, pero de resultados colectivos. Todos los deportes de equipo son parecidos, seguramente. Pero en el ciclismo no existe el asamblearismo, está claro que hay un líder y todos los demás tienen que trabajar para él. No todos son iguales en este trabajo, pero todos son indispensables. Un líder sin equipo difícilmente podrá ganar la carrera. Los gregarios saben cuál es su papel, y como deben comportarse. Y lo asumen porque es la manera de llegar a un buen puerto, de ganar todos. Por eso, si su líder les exige fidelidad y sacrificio, ellos le exigen a él ganar y saber por dónde hay que ir. Un líder enloquecido, megalómano y que vive en un mundo desconectado de la realidad, es decir del equipo, nunca conseguirá nada más que llevar a los suyos al precipicio. Muchos políticos deberían aprender de esta norma del ciclismo.

Cuatro años más tarde, y precisamente por las muchas cosas que han pasado desde el 2017, no solo me sigue gustando ente Tour donde l combinación de una naturaleza que no perdona, con lluvia, frio y calor, con el gusto por el riesgo y la falta de conformismo en sus corredores, está dando un auténtico espectáculo. Aún queda una semana entera de Tour, con los Pirineos por en medio. Yo pienso disfrutarlo.

(el Tour se puede ver en Eurosport y Teledeporte)

El regalo de esta semana no tiene nada que ver ni con el Tour ni con nada, pero este dibujo de un paisaje humano me gusta mucho.

 


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