La mujer sin nombre, Haifaa Al-Mansour, Arabia Saudí
Haifaa Al-Mansour sí tiene
nombre, el de la primera mujer directora (hay varias en este momento) en Arabia
Saudí. Cuando rodó la primera entrega de su Trilogía Saudí, La bicicleta verde, en el 2012, las
mujeres aun no podían conducir y ella tuvo que dirigir el film desde una
camioneta en clandestinidad. Ya en ese film pequeño y revelador, Haifaa dejaba
claras sus intenciones: hablar de (y denunciar) la situación de la mujer en su
país y hacerlo con ironía, con humor, con muchas dosis de inteligencia para que
no se note a primera vista. Y de paso, hacer cine de género, femenino y
cinematográfico. Con la segunda película de la Trilogía Saudí, La candidata perfecta, Al-Mansour
incidía en otro aspecto marginador de la sociedad saudí: las mujeres
profesionales y su difícil camino en un país moderno y viejo a la vez, que mira
adelante, pero está anclado en una tradición muy reaccionaria. En este film,
que se puede ver en Filmin, surgía otra temática que iba a ser importante para
la directora en su tercer trabajo: la reivindicación de una parte de la
población masculina, los hombres vaya, que no está de acuerdo con la manera
como se trata a las mujeres en su mundo. En La
candidata perfecta, era el padre de Maryam, la protagonista, un músico con
dos cosas claras: dejar que sus hijas hagan lo que crean que tienen que hacer,
y conseguir que la música se pueda escuchar en público y por todo el mundo. Con
estos antecedentes llegamos a La mujer
sin nombre, el tercer capítulo de su Trilogía. Una joven aparece asesinada en
el desierto; una policía novata que no se resigna a ser simple oficinista, se
empeña en descubrir su identidad y quién y por qué la mataron; su jefe en la
comisaria la apoya, las familias se oponen, especialmente la de la chica que
intenta por todos los medios que no se sepa quién es. Un thriller en un
contexto donde las mujeres ya pueden conducir y hacer algunos trabajos, pero en
el que las familias siguen siendo reductos de la tradición mas oscurantista.
Contado con gran agilidad, salpicado de gotas de humor, podría ser el piloto de
una serie con Nawal, la policía, como protagonista, si no fuera por… (no sigo,
si ven la peli, sabrán porque).
Pálida luz en las colinas, Kei Ishikawa, Japón
El cine sirve para muchas
cosas. Por ejemplo, para recordarme el nombre de Kazuo Ishiguro, Premio Nobel
de Literatura en el 2017. Recordarme no es la palabra exacta, porque no he
leído nada de él. Pero si obligarme a buscar algo más y descubrir, por ejemplo,
que su novela Lo que queda del día,
se convirtió en un clásico de los 90 con Emma Thomson y Anthony Hopkins.
Ishiguro escribe en inglés y vive en Inglaterra, pero conserva su alma
japonesa, sus raíces, su pasado heredado. Ishiguro nació en Nagasaki nueve años
después de la bomba que arrasó la ciudad. Tenía cinco años cuando llegó a
Inglaterra con sus padres. Y allí se quedó en cuerpo, pero no en alma, ya que
una buena parte de su pensamiento seguía en Japón. De esta añoranza nace Pálida luz en las colinas, su primera
novela, publicada en 1982, llevada al cine ahora por Kei Ishikawa. No he leído
la novela, pero me han entrado ganas porque la historia es muy bonita, y está
llena de recovecos y de trampantojos. Me ciño a la película. Una mujer duerme
en la oscuridad de una sala. La acción propiamente dicha empieza en una cocina
japonesa en los años cincuenta, la ambientación, la luz, la fotografía, la
ropa, todo indica ese tiempo con un tono ozuciano muy marcado. Conocemos a
Etsuko, una joven embarazada de pocos meses, estamos en Nagasaki. Cuando se
queda sola, Etsuko mira por la ventana y ve a una mujer en una casita cerca del
rio. Es entonces cuando volvemos a la mujer dormida y descubrimos que es Etsuko
mayor, viviendo en Inglaterra en una casa donde está de visita su hija Niki. A
partir de ese momento, Etsuko le va contando a Niki una historia del pasado, de
cuando vivía en Nagasaki y la hermana mayor de Niki, Keiko, aun no había
nacido. Le cuenta como conoció a Sachiko, la mujer que vive en la casita del
río y a su hija Mariko. La amistad que creció entre ellas y el dolor de
separarse cuando Sachiko decide irse a Estados Unidos con un americano y
llevarse a su hija. Igual que hizo ella con Keiko cuando conoció a un inglés,
el padre de Niki, y abandonó Japón para siempre. El film alterna el presente de
Niki y Etsuko con sus tensiones, y el pasado cuando florece la amistad entre
las dos mujeres que viven al borde de la zona prohibida por la radiación. Es
una historia muy bonita, quizás confusa en algunos momentos y un poco larga,
pero la belleza del pasado recreado y la sutileza de la narración, la hace
perfecta para olvidarse un rato de todo lo que nos rodea. Además de estimular a
leer a Ishiguro.
Nino, Pauline Loqués, Francia
Nino es joven, pero no tiene
toda la vida por delante. En realidad, Nino tiene tres días por delante para
encontrar a alguien que le acompañe a una prueba médica decisiva que le
anuncian un viernes y le harán el lunes. En esos tres días y sus noches, Nino
deambula por París como una Cléo vardadiana, buscando reconciliarse con su
entorno, su madre, sus amigos, una compañera de instituto, la ciudad, la noche,
el día. Nosotros acompañamos a Nino de la mano de Pauline Loqués y del cuerpo
frágil y el rostro expresivo de Thèodore Pellerin en una walk-movie emocional
donde la ciudad adquiere rango de protagonista.
Morir no siempre sale bien, Claudia Pinto, Valencia
Después de la experiencia
dolorosa de Mientras seas tú, Claudia
Pinto necesitaba hacer algo relajante, divertido, una comedia. Pero una comedia
negra que le habría encantado a Rafael Azcona. Su novela Los muertos no se tocan, nene parece haber servido de inspiración
para esta comedia de enredo con un cadáver muy vivo y con dos familias, una
rica y burguesa, otra de origen humilde y proletario, que parecen sacadas de un
Parásitos fallero. A ratos me hizo
pensar en Ripstein y La perdición de los
hombres, aunque sin el vitriolismo feroz del mexicano. Que el film está
dirigido por una mujer queda claro entre otras cosas por el papel relevante de
las dos madres, Tamara Casellas y Ana Wagener, y las dos hijas, Carmen Arrufat
y Paula Muñoz, mientras que los hombres, vivos o muertos, no son precisamente
dechados de inteligencia. El que esté hablada en valenciano le da a la película
un plus de autenticidad que se agradece, pero se echa en falta un poco más de
mordacidad, un punto más de la “maldad”, que queda insinuada en el gesto del
último plano de la película, escondido entre los títulos de crédito. Claudia no
es Ripstein ni Bong Joon.-ho, Claudia es Claudia y se nota que quiere a sus
chicas, por eso las deja que se salgan con la suya. Amoral, si, cruel, no.
El regalo de esta semana es una mujer con nombre.





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