El neoruralismo es una corriente social relativamente nueva que
implica una emigración al revés: de la ciudad al campo. Un remigración en
muchos casos. Hay una idea un poco utópica de que en el campo se vive mejor que
en la ciudad, que la calidad de vida, sobre todo si se tienen niños, es mucho
más alta que en un barrio urbano. En parte es verdad, pero el neoruralismo
entendido solo en este sentido es un fenómeno muy burgués (sin que esto
implique nada peyorativo) cuando lo que el campo necesita no es solo
repoblarse, es también y mucho, revalorizarse. Vivir en un pueblo o en el campo
puede ser muy bonito, pero vivir del campo, es decir de la explotación agraria
o ganadera, es mucho más complicado. Una nube de burocracias y normas restrictivas
no ayuda a desarrollar el trabajo agrícola, tampoco los precios que no
compensan entre el agricultor (o ganadero, o pescador) y el consumidor:
demasiados intermediarios encarecen de forma abusiva los productos. Tampoco
ayuda los horarios y la dureza del trabajo regido por ciclos de siembra, cosecha;
o en caso del ganado, de ordeña y pastoreo. Hay mucho que hacer en este terreno
si queremos que la España vaciada no esté más vaciada todavía y si queremos
seguir comiendo tomates que sepan a tomate y no a plástico. Uno de los temas
principales es el de revalorizar socialmente estas profesiones. La directora de
El olor a la leche quemada, se
quejaba en una entrevista de que los jóvenes actores alemanes no querían hacer
de campesinos, de agricultores, consideraban que eran personajes con poco
estilo. Es un síntoma de una buena parte de la juventud española y europea.
Esta mañana hablando con mi pescadero, que se jubila, me comentaba que no había
encontrado a ningún joven a quién traspasarle un negocio indispensable para el
barrio. Y me decía que en Mercabarna, no hay prácticamente trabajadores
españoles o catalanes, son todos latinoamericanos. Algo estamos haciendo mal al
no dar el valor que tienen estos trabajos indispensables.
Perdón por esta perorata
provocada por dos estrenos: El olor a
leche quemada, una película neorural, no de neorurales, donde sus protagonistas
son agricultores desde hace generaciones, que habla de eso precisamente: de la
necesidad de continuar, valorar, y ayudar a los que aun quieren dedicarse al campo. Y una película, Cinco segundos, de auténticos neorurales aunque no sean los verdaderos protagonistas
El olor a leche quemada, de Justine Bauer
“Viendo cine me he dado cuenta
que hay una corriente transversal, global, universal, en la sociedad. He
encontrado ejemplos en distintas películas de un tema que aparece en paisajes
muy alejados entre sí, en contextos muy diversos. Son películas que comparten
una misma preocupación: la desaparición de una forma de vida rural en aras de
un progreso colectivo.”. Escribía esto en el blog el 15 de octubre del 2022 con
motivo de los estrenos de Alcarrás,
de Carla Simón y As bestas de Rodrigo
Sorogoyen. Lo recupero ahora, aunque en este caso, la película de la que trato
habla de otro problema, mejor dicho de otra cara del problema.
Justine Bauer es alemana, es
hija y nieta de granjeros, pero ella no ha sido granjera nunca. Es cineasta.
Sin embargo, Justine sabe que hay algo en el trabajo de su familia que hay que
preservar y de ahí nace esta película, realizada con poquísimos medios, rodada
con actores no profesionales y en un entorno rural donde la crisis está muy
presente. El olor a leche quemada, me
encanta el título y no sé muy bien porqué, es un film de mujeres de campo y en
el campo. La protagonista es una chica de 18 años que vive en una granja con
vacas y terrenos cultivables junto a su abuela, su madre, dos hermanas y un
hermano. Ella quiere continuar el trabajo de su familia, le gusta ser granjera,
y sin embargo, tropieza con dos graves
obstáculos: su madre que quiere para ella “una vida mejor”, que no siga en la
granja, que estudie en la ciudad; y el derecho tradicional de herencia que hace
que sea su hermano, le guste o no, el que se quede al frente de la granja. Con
un tono tranquilo, suave, sin ruidos, compartimos con esta familia un verano en
el que se tendrán que tomar decisiones importantes. Un verano en el que la
tragedia también ronda como un ave de mal agüero y en el que la vida se abre
camino a pesar de todo. El olor a leche
quemada es una película muy bonita, pero nada complaciente, y al mismo tiempo muy lúcida en su
retrato de un mundo que desaparece. La crisis climática, la crisis económica, las
crisis sociales, demasiadas crisis para salir adelante. El cine puede ayudar un
poco y lo está haciendo con películas como esta y como algunas otras. Nosotros
solo podemos cruzar los dedos para que podamos seguir comprando tomates que
sepan a tomate.
Cinco segundos, Paolo Virzi
Esta sí es una película de neorurales en el sentido estricto del término: gente de la ciudad que se instala en el campo. En este caso, un grupo de profesionales “no somos hippies” afirman con toda seriedad, que intenta recuperar las viñas abandonadas de una gran casa solariega, también abandonada, de la Toscana (creo que es la Toscana). Pero estos neorurales con sus guitarras y sus trabajos, serios y hechos a conciencia, no son los protagonistas de la historia, son el paisaje dentro del paisaje de Adriano, un hombre solitario, roto, encerrado en sí mismo al que conocemos nada más empezar la película en una casa llena de platos sucios. No sabemos quién es, lo iremos descubriendo poco a poco, tampoco que le pasa, eso lo sabremos aun más poco a poco, pero nos inquieta su presencia, su fuerza escondida, su dolor latente. A esa casa llega una mañana una mujer rubia que intenta sacarle de su mutismo, de su aislamiento. Esta mujer, aparentemente secundaria y periférica, acabará siendo uno de los personajes más interesantes de la película. Una película en la que la recuperación de Adriano corre en paralelo con la recuperación de las viñas; una historia donde la vida se abre camino sobre la pérdida. Una reflexión de lo que puede pasar en cinco segundos decisivos en la vida de una persona. Solo cinco segundos que se hacen muy largos. Rurales, neorurales, el campo reclama atención con todo tipo de historias.
El regalo de esta semana es un
cuadro que evoca el campo en otoño.


