Coinciden esta semana tres
estrenos que tienen en común una cosa muy importante: mostrar el dolor y el
placer de la creación musical. No se parecen en nada, no se pueden comparar,
pero desprenden una especie de halo que las hermana. Y otra cosa, ninguna es un
biopic.
Blue Moon, Richard Linklater
Blue
Moon
es una de esas canciones eternas, que nunca pasan de moda, que se tararean, sin
darte cuenta. Nunca me ha preocupado saber quién escribe o compone las
canciones, mi ignorancia en ese terreno es enorme. Pero ahora sé quién escribió
y quién compuso Blue Moon. Lo sé
gracias a Richard Linklater y Ethan Hawke, director y actor de Blue Moon, un film que es la antítesis
del biopic, una aproximación al alma y al personaje de Lorenz Hart, este hombre bajito, inteligente,
alcohólico y solitario. Blue Moon es
una canción escrita en 1934 por Lorenz
Hart, con música de Richard Rodgers, una de las más de 1000 que compusieron
juntos en musicales históricos. Hart y Rodgers trabajaron juntos durante 28
años, hasta la noche en que se estrenaba en Broadway Oklahoma!, el primer musical que Rodgers escribía con Oscar
Hammerstein II, el primero que no hacía con Hart. Esa noche se rompió una amistad, una colaboración y un
corazón. Una secuencia nocturna en la que
vemos morir a un hombre en la calle, da paso a un letrero, “Siete meses
antes, el 31 de marzo de 1943”. Hart está en el teatro en el estreno de Oklahoma! Asqueado de la cursilería que
ve y escucha, Lorenz Hart se marcha y busca refugio en el mítico Sardi’s de
Broadway. A partir de ese momento acompañamos a Hart durante la hora y media que
pasa en ese bar donde comparte barra con un camarero que es más que un barman,
evoca los amores gais de Casablanca,
suspira por la hermosa Elisabeth y monologa tanto consigo mismo como con los
distintos personajes que se cruzan con
él en ese espacio, en ese tiempo. Y tú, sentada en tu butaca, sientes
que te gustaría estar ahí, a su lado, escucharle, consolarlo, cantar su canción
aunque a él no le guste. Sientes que en ese bar y en esa hora y media, estás
asistiendo a un doloroso proceso de destrucción, lleno de tristeza y de melancolía, de alcohol y, porque no, de humor.
No sé si Blue Moon es una película
para todo el mundo, pero sí sé que a mí me ha llegado a lo más profundo.
Flores para Antonio, Isaki Lacuesta y Elena Molina
Tampoco este es un biopic, ni
nada parecido. Flores para Antonio es
un ajuste, no de cuentas, pero sí de memoria, que Alba Flores se debía a si
misma para entender al que fuera su padre, Antonio Flores. De la mano de sus
tías, Lolita y Rosario y con las presencias intangibles, pero sentidas de
Antonio, La Faraona y El Pescadilla,
Alba se sumerge en sus recuerdos y poco a poco va descubriendo quién era su
padre para ella, pero también para el público que lo convirtió en un icono de
la transición. Isaki Lacuesta y Elena Molina tuvieron acceso a imágenes familiares
inéditas, nunca vistas, de la infancia y la adolescencia de los Flores. A eso
se sumaba la voz y la persona de Alba, que desde su edad adulta, parece que les
guía por ese laberinto, cuando en realidad ella está guiada por alguien
invisible que la coge de la mano con emoción y alegría, con dolor y
reconciliación. Antonio tenía 33 años cuando murió en 1995, tan solo catorce
días después de la muerte de su madre, Lola Flores. Su hija Alba tenía nueve
años. Su muerte dejó un vacío enorme que la
niña no supo comprender. Alba creció en medio de silencios voluntarios y
medias verdades, de leyendas y recuerdos borrados. Hasta que encontró la
fuerzas y la seguridad para hacer las preguntas que nunca había hecho.
Preguntas que desencadenan un torrente de emociones contrastadas entre las
personas que lo conocieron. Todo comienza con la idea de un concierto homenaje
a Antonio impulsado por Ana Villa, su mujer y madre de Alba. El encargo de
hacer un film sobre ese concierto se fue convirtiendo en manos de Isaki, Elena
y Alba en algo mucho más personal, más íntimo, más verdadero. Más profundo y
humano.
Ruido, Ingride Santos
Aquí estamos ante un dolor
distinto, pero igualmente intenso de una persona que vive por su música, para
su música. No es un biopic, imposible hacerlo cuando la figura retratada es la
protagonista, ni es un documental, no es la vida de Latifa Drade La Tiniebla,
la que vemos en pantalla. Pero si es un retrato del proceso de creación musical
con todo lo que eso acarrea de emoción y de salvación. Estamos muy lejos de
Broadway, pero no tan lejos de la música urbana de Antonio. Ruido es un film que habla de Rap, que
habla de las Batallas de Gallos entre raperos, del espectáculo del Freestyle urbano. Un mundo que en
Barcelona, y supongo en otras ciudades españolas, existe mucho más allá del
centro de la ciudad, en los barrios periféricos, en los suburbios donde florece
la rabia de sus letras crueles, violentas, oscuras, llenas de una extraña
poesía. No hace falta que te guste el rap
para disfrutar de esta película irregular y valiente que se ofrece como
una “barra” de la que tirar para contar un rap con imágenes. Primera película
de Ingride Santos, Ruido es lo que es
gracias a la presencia de Latifa Drade, una rapera de Barcelona, tan
transgresora en sus letras como en su propia personalidad. Lati, en la
película, es una adolescente africana que acaba de perder a su padre. Criada en
una familia musulmana muy tradicional, Latifa canaliza su rabia y su tristeza
en las letras que improvisa casi sin darse cuenta. A través de la lucha de La
Tiniebla por triunfar en ese terreno tan violentamente masculino, el film roza
tema candentes: el racismo, el peso de la religión, el machismo, la gordofobia
y lo hace sin cargar las tintas, dejándole a Lati un resquicio para encontrar
luz entre sus tinieblas.
“Le dolía el mundo” dice
Rosario de su hermano Antonio, también lo podemos decir de Lorenz Hart y hasta
cierto punto de La Tiniebla. Aunque, por suerte, para ella (y para Latifa
Drade) ella aun tiene posibilidad de escapar a ese dolor.
El regalo de esta semana son
flores, para Antonio, para Lorenz Hart, para La Tiniebla.




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