sábado, 29 de noviembre de 2025

LE (S) DOLIA EL MUNDO

 

Coinciden esta semana tres estrenos que tienen en común una cosa muy importante: mostrar el dolor y el placer de la creación musical. No se parecen en nada, no se pueden comparar, pero desprenden una especie de halo que las hermana. Y otra cosa, ninguna es un biopic.

 


Blue Moon, Richard Linklater

Blue Moon es una de esas canciones eternas, que nunca pasan de moda, que se tararean, sin darte cuenta. Nunca me ha preocupado saber quién escribe o compone las canciones, mi ignorancia en ese terreno es enorme. Pero ahora sé quién escribió y quién compuso Blue Moon. Lo sé gracias a Richard Linklater y Ethan Hawke, director y actor de Blue Moon, un film que es la antítesis del biopic, una aproximación al alma y al personaje de Lorenz  Hart, este hombre bajito, inteligente, alcohólico y solitario. Blue Moon es una canción  escrita en 1934 por Lorenz Hart, con música de Richard Rodgers, una de las más de 1000 que compusieron juntos en musicales históricos. Hart y Rodgers trabajaron juntos durante 28 años, hasta la noche en que se estrenaba en Broadway Oklahoma!, el primer musical que Rodgers escribía con Oscar Hammerstein II, el primero que no hacía con Hart. Esa noche se  rompió una amistad, una colaboración y un corazón. Una secuencia nocturna en la que  vemos morir a un hombre en la calle, da paso a un letrero, “Siete meses antes, el 31 de marzo de 1943”. Hart está en el teatro en el estreno de Oklahoma! Asqueado de la cursilería que ve y escucha, Lorenz Hart se marcha y busca refugio en el mítico Sardi’s de Broadway. A partir de ese momento acompañamos a Hart durante la hora y media que pasa en ese bar donde comparte barra con un camarero que es más que un barman, evoca los amores gais de Casablanca, suspira por la hermosa Elisabeth y monologa tanto consigo mismo como con los distintos personajes que se cruzan con  él en ese espacio, en ese tiempo. Y tú, sentada en tu butaca, sientes que te gustaría estar ahí, a su lado, escucharle, consolarlo, cantar su canción aunque a él no le guste. Sientes que en ese bar y en esa hora y media, estás asistiendo a un doloroso proceso de destrucción, lleno de tristeza y de  melancolía, de alcohol y, porque no, de humor. No sé si Blue Moon es una película para todo el mundo, pero sí sé que a mí me ha llegado a lo más profundo.

 


Flores para Antonio, Isaki Lacuesta y Elena Molina

Tampoco este es un biopic, ni nada parecido. Flores para Antonio es un ajuste, no de cuentas, pero sí de memoria, que Alba Flores se debía a si misma para entender al que fuera su padre, Antonio Flores. De la mano de sus tías, Lolita y Rosario y con las presencias intangibles, pero sentidas de Antonio, La  Faraona y El Pescadilla, Alba se sumerge en sus recuerdos y poco a poco va descubriendo quién era su padre para ella, pero también para el público que lo convirtió en un icono de la transición. Isaki Lacuesta y Elena Molina tuvieron acceso a imágenes familiares inéditas, nunca vistas, de la infancia y la adolescencia de los Flores. A eso se sumaba la voz y la persona de Alba, que desde su edad adulta, parece que les guía por ese laberinto, cuando en realidad ella está guiada por alguien invisible que la coge de la mano con emoción y alegría, con dolor y reconciliación. Antonio tenía 33 años cuando murió en 1995, tan solo catorce días después de la muerte de su madre, Lola Flores. Su hija Alba tenía nueve años. Su muerte dejó un vacío enorme que la  niña no supo comprender. Alba creció en medio de silencios voluntarios y medias verdades, de leyendas y recuerdos borrados. Hasta que encontró la fuerzas y la seguridad para hacer las preguntas que nunca había hecho. Preguntas que desencadenan un torrente de emociones contrastadas entre las personas que lo conocieron. Todo comienza con la idea de un concierto homenaje a Antonio impulsado por Ana Villa, su mujer y madre de Alba. El encargo de hacer un film sobre ese concierto se fue convirtiendo en manos de Isaki, Elena y Alba en algo mucho más personal, más íntimo, más verdadero. Más profundo y humano.

 


Ruido, Ingride Santos

Aquí estamos ante un dolor distinto, pero igualmente intenso de una persona que vive por su música, para su música. No es un biopic, imposible hacerlo cuando la figura retratada es la protagonista, ni es un documental, no es la vida de Latifa Drade La Tiniebla, la que vemos en pantalla. Pero si es un retrato del proceso de creación musical con todo lo que eso acarrea de emoción y de salvación. Estamos muy lejos de Broadway, pero no tan lejos de la música urbana de Antonio. Ruido es un film que habla de Rap, que habla de las Batallas de Gallos entre raperos, del espectáculo del Freestyle urbano. Un mundo que en Barcelona, y supongo en otras ciudades españolas, existe mucho más allá del centro de la ciudad, en los barrios periféricos, en los suburbios donde florece la rabia de sus letras crueles, violentas, oscuras, llenas de una extraña poesía. No hace falta que te guste el rap  para disfrutar de esta película irregular y valiente que se ofrece como una “barra” de la que tirar para contar un rap con imágenes. Primera película de Ingride Santos, Ruido es lo que es gracias a la presencia de Latifa Drade, una rapera de Barcelona, tan transgresora en sus letras como en su propia personalidad. Lati, en la película, es una adolescente africana que acaba de perder a su padre. Criada en una familia musulmana muy tradicional, Latifa canaliza su rabia y su tristeza en las letras que improvisa casi sin darse cuenta. A través de la lucha de La Tiniebla por triunfar en ese terreno tan violentamente masculino, el film roza tema candentes: el racismo, el peso de la religión, el machismo, la gordofobia y lo hace sin cargar las tintas, dejándole a Lati un resquicio para encontrar luz entre sus tinieblas.

“Le dolía el mundo” dice Rosario de su hermano Antonio, también lo podemos decir de Lorenz Hart y hasta cierto punto de La Tiniebla. Aunque, por suerte, para ella (y para Latifa Drade) ella aun tiene posibilidad de escapar a ese dolor.

El regalo de esta semana son flores, para Antonio, para Lorenz Hart, para La Tiniebla.



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