sábado, 15 de septiembre de 2018

PENELOPES



(no se si Ramon pensaba en Penélope cuando hizo este cuadro magnifico, pero a mí me gusta imaginarme que podía serlo)
1
Últimamente he vuelto a ver varias películas antes de escribir de ellas: Yucatán, Las distancies, y ahora Penélope. Es muy interesante este volver a un films que ya has visto. La película es la misma, el que cambia eres tú. Cada vez que la ves eres distinto. Y eso, se proyecta en la pantalla de alguna manera. En el caso de la Penélope de Eva Vila, la vi hace casi un año. Entonces le escribí a Eva unas líneas que me parecían resumían la pelicula y eran sencillas para explicarla: “Una versión de La Odisea de Homero en la que Penélope es una mujer muy vieja que encarna la sabiduría, la tierra, los orígenes, lo perdurable y verdadero, y Ulises es un hombre perdido que vive en una ensoñación. Todo ello enmarcado en una Ítaca que es una Montaña Sagrada y mágica (Montserrat) y un palacio que es un pequeño pueblo de la Catalunya rural con sus tradiciones, sus fiestas y sus gentes entrevistas siempre desde la casa de esa Carmen/Penélope que lo llena todo con su humanidad.”
Volví a ver la película hace unos días en unas condiciones inmejorables. En el cine Phenomena de Barcelona, con una proyección y un sonido impresionantes que revalorizan el trabajo de Eva hasta casi convertirlo en otra cosa. Hay películas, muchas, que se pueden ver en un ordenador o una tele sin que pase nada. Pero hay otras que piden desean, necesitan, la pantalla grande. Penélope es de estas. Los paisajes invernales de esa Catalunya profunda y antigua, la montaña de Montserrat con sus caminos de piedra, provocan sensaciones románticas de brumas y melancolía. Pero también la casa de Carmen/Penélope desde la que vemos, a través de las ventanas, el mundo de fuera, la vida, la realidad en la que ella ya no participa. La profundidad de campo desde la oscuridad de la casa a la luz del paisaje es magnífica. Ya me había gustado la película, pero verla en estas condiciones me hizo disfrutarla mucho mas. La Odisea está presente en los versos que va desgranando una voz en off  que transmite la grandeza del texto. Pero lo mejor de todo es como el poema homérico se ajusta como un guante a una realidad cotidiana y casi documental, la de una mujer muy vieja que cose y escucha la radio y se ríe y espera en un pueblo al que llega ese Ulises desmemoriado que intenta recuperar su vida, su vieja casa, su pasado perdido. Penélope es una película especial, una historia de ahora mismo enraizada en el tiempo. Una mujer que espera, un hombre que vuelve, un paisaje…

2
Ver la película esta semana de la Diada me ha hecho pensar en una extraña similitud. De repente me he encontrado pensando que la Catalunya soberanista es una Penélope que teje y desteje manifestaciones año tras año, esperando que algún día vuelva a casa ese Ulises/Independencia que lleva años (por lo menos siete) viajando a Ítaca sin llegar nunca, y cuando parece que lo va a hacer, se esconde avergonzado para que no le vean ni le reconozcan y vuelve a salir huyendo.

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La tercera Penélope de la semana es , of course, Cruz. Penélope Cruz es Laura, la protagonista del melodrama rural irano/castellano que ha construido Ashgar Farhadi en nuestro país. Todos lo saben es una película coral que tiene como centro a Laura y a Paco, es decir Penélope Cruz y Javier Bardem. A su alrededor circulan una serie de personajes importantes para la historia: el apagado Darín, el sólido Eduard Fernández, la potente Elvira Minguz, la dura Bárbara Lenni o la dulce Inma Cuesta. Pero es Laura, la madre, la que polariza las miradas. Drama rural que a veces parece un culebrón y otras una tragedia griega, lo de menos es saber el quién y el porqué de lo que pasa. Hay que dejarse llevar por los sentimientos que van aflorando en ese pueblo atávico lleno de rencillas antiguas, en esa familia patriarcal donde mandan las mujeres, en esas relaciones ocultas que se arrastran durante años. Torrelaguna no está tan lejos de Irán aunque las mujeres no vayan cubiertas por un shador. Pero, si, tengo un pero. No es importante y es producto más de mi propia exigencia que de la propia película. Farhadi nos tiene acostumbrados a un nivel en su cine cotidiano y feroz que entiendo es difícil conseguir si ruedas en otro idioma, no en otra cultura, insisto, ese pueblo castellano no esta tan lejos de cualquier pueblo iraní. Pero, y reconduzco mi pero, la inseguridad del director la cubre con creces la fuerza de Penélope Cruz, una Actriz con mayúsculas. Por ella, aunque también por un par de secuencias estupendas de Bárbara Lenni y por escuchar la canción que canta Inma Cuesta al final, vale la pena no perderse esta película.



sábado, 8 de septiembre de 2018

AMIGOS/AMIGAS


 (Berlín, una ciudad sin centro)
Cuando vi Les distancies en el BCN Film Fest, escribí estas líneas en el blog: “El Berlín de Les distàncies, es un Berlín de vida cotidiana donde aterrizan cuatro amigos para darle una sorpresa a un quinto que vive en la ciudad desde hace años. La segunda y esperada película de Elena Trapé es un retrato de la decepción, la sensación de fracaso de una generación, la que tiene entre 30 y 40 años, que ha visto como se iban derrumbando una a una sus ilusiones y esperanzas. Pero el que sus personajes se sientan acabados no quiere decir que la película sea pesimista. El solo hecho de existir es la prueba de que no hay derrotas posibles. Siempre se puede hacer frente a lo que no funciona. Volveré a ella cuando se estrene en otoño”.
Bien, no ha llegado aún el otoño, pero si toca volver a ella. Para empezar la ví de nuevo. Quería comprobar si la sensación de decepción profunda que me habían dejado los personajes seguía estando ahí. Y si, lo estaba, pero por suerte, compensada ya no solo por la propia película, sino por los actores y la directora a los que tuve ocasión de entrevistar para el programa La Cartellera de BTV. Su entusiasmo, su alegría, sus ilusiones y sus ganas de vivir y de trabajar eran el mejor antídoto ante el fracaso y el desencanto de sus personajes. En esta segunda visión entendí mucho mejor porque Berlín era el lugar ideal para contar esta historia descentrada de soledades compartidas. El Berlín de Elena no es el de Victoria, la película protagonizada por Laia Costa, ni el de la Julia de Elena Martí. Comparte con ellas paisaje, pero no atmósfera, tiene en común personajes (españoles de nueva generación que intentan construir sus vidas en una Europa que no debería ser sentida como ajena). Pero este Berlín es más triste, más gris, más impersonal, más duro. Es un Berlín de invierno, donde la falta de luz produce la falta de energía. En este contexto viven estos cinco personajes su desencuentro personal y colectivo. Hay otra cosa que distancia estas distancias de las otras dos pelis berlineso/catalanas. El momento en que fueron escritas (no rodadas). Elena Trape empezó a escribir el guión en el año 2011, en plena crisis económica, en plena crisis de valores, en plena crisis de todo. Sus cinco amigos nacen de esa crisis que siete años después, en el momento de su estreno, ya es otra. Por eso el film es tan interesante. El tiempo que ha pasado ha hecho que deje de ser un retrato generacional para convertirse en una lección moral. Lo que les pasa a los amigos en ese fin de semana berlinés y solitario donde deben enfrentarse a un pasado que ya no existe y afrontar un futuro que se adivina incierto, este arreglo de cuentas con tu propia vida para ver si “has hecho los deberes o no”, como dice uno de los actores, es algo que va más allá de la gente de 35 años y se puede aplicar a cualquier edad y a cualquier circunstancia. Y es esa pregunta, en la que nos sentimos interpelados todos, donde este film de silencios, miradas, paseos, ventanas cerradas y puertas que se entreabren, adquiere su grandeza y trasciende su historia.


( dos chicas de Ramon que, aunque son rubias, podrían ser Carmen y Lola)

Estamos de suerte porque esta semana se ha estrenado, además de Les distancies, otra película española  dirigida también por una mujer. Se trata del debut como directora de Arantxa Echevarría, Carmen y Lola. Reducir su importancia a un simple enunciado del argumento, dos adolescentes gitanas descubren su lesbianismo a través de su amor y se enfrentan a su comunidad con todas las consecuencias, es reducir mucho el interés del film. Es cierto, las protagonistas son dos chicas de 16 y 17 años que se enamoran casi sin darse cuenta, como lo hacen los adolescentes de cualquier edad, sexo o raza. El hecho de ser gitanas (o mercheras, como se ha encargado de aclarar una de ellas) las condiciona sin duda. Deberán enfrentarse a los tabúes normales de la sociedad agravados por los tabúes propios de su gente. Pero lo que hace que el film sea interesante no es la historia. A mí lo que me gusta de esta película es el uso de los espacios, del paisaje de ese Madrid de extrarradio que enmarca a estas dos chicas: los edificios donde viven, las calles, el mercadillo, los lugares secretos que buscan para sus encuentros, inocentes al principio, donde la única transgresión es fumar, cada vez más íntimos. Me gusta como visten y como hablan Carmen y Lola, la vitalidad que les dan Rosy Rodríguez y Zaira Morales. Me interesa ver cómo se comportan sus madres y sus padres, más allá de si son gitanos o no. Me aterra esa iglesia de evangelizadores exorcistas que tanto daño hace entre los sectores más vulnerables de la población. Me asusta la ignorancia respecto a la importancia de estudiar y formarse, actitud que no es solo patrimonio de los gitanos. Y me gusta ese final feliz que no lo es. Las chicas consiguen estar juntas, sí. No me importa desvelarlo. Y no me importa porque me parece muy importante darles una salida aunque en realidad sepamos que no será fácil que puedan seguir siendo mucho tiempo Camen y Lola y acabaran siendo Carmen, Lola y el mundo.
Al acabar de escribir estas líneas me doy cuenta de que hay un rasgo común entre estas dos películas tan distintas entre sí: las dos contradicen con su propia existencia las historias de fracaso o de intolerancia que cuentan. Estupendo.

sábado, 1 de septiembre de 2018

YUCATÁN


(este precioso barco podía albergar a los estafadores de Sturges o de Monzón)
He visto dos veces la última película de Daniel Monzón, Yucatán. La primera vez no conseguí hacer lo que el personaje de Clayderman, el pianista, pide nada más empezar el film: dejar atrás todo lo que me rodeaba, olvidarte del mundo durante el viaje en el barco (durante el tiempo que estás en el cine viendo la película). Este no dejar fuera todo el ruido ambiental hizo que no disfrutara de Yucatán, mejor dicho que no la viera en realidad. Por eso volví al cine, para comprobar si la decepción que me había producido era culpa mía o de la película. Esta vez sí hice caso a Clayderman y dejé fuera todo lo demás (y en este demás que cada uno ponga lo que más le molesta, desde las cosas personales hasta las colectivas, de las nacionales a las internacionales, de la fiebre amarilla a los episodios orwellianos). Y disfruté mucho. Si, lo reconozco.
Antes de seguir tengo que decir que me gustan mucho los directores como Daniel Monzón, capaces de enfrentarse a los géneros clásicos (la aventura medieval, el cine de prisiones, la ciencia ficción, el thriller, la comedia negra a la comedia sofisticada) y hacerlo todo dejando una huella personal en cada revisitación. Con Yucatan, Monzón y sus cómplices habituales se atreven con la gran comedia de enredo. Sin duda El golpe, film que todo el mundo recordará viendo a estos estafadores de pacotilla, es uno de los principales referentes. Pero hay más. A mí me ha recordado mucho Las tres noches de Eva, de Preston Sturges, una deliciosa comedia de estafadores que está tan presente en Yucatán como El Golpe. Y eso solo ya es un regalo. Pero hay mucho mas cine: hay números musicales, (impagable Tosar cantando), hay historias de amor desiguales, hay momentos chungos de comedia de los Farrelli, hay un personaje que crece y acaba robando la película (Joan Pera), hay paisajes grandiosos y hay muchas ganas de divertirse y de divertir. No le pidan nada más. Pero eso ya es bastante. Y si además acabas sacando alguna conclusión después de los dos últimos planos, pues mejor aun. Lo demás seguirá estando ahí cuando salgas del cine, pero nadie te habrá quitado haber pasado un rato estupendo si haces caso al pianista.

Escribí este texto el jueves, antes de que aparecieran las críticas del film el viernes. Y me sorprendió la virulencia con la que casi todos parecían haberse puesto de acuerdo para decir que era una película mala; deslavazada, sin ritmo, un naufragio, desequilibrada… no se que mas, pero casi todos los adjetivos se parecían mucho entre sí. Me pareció curiosa la falta de variedad en los criterios y en las apreciaciones. Yucatán no es la gran comedia sofisticada del siglo, tampoco es la comedia gamberra que tan buenos resultados da en taquilla (y en crítica), pero es una película que cumple con lo que te ofrece sin engaños ni aspavientos. Y eso para mí es lo primero que le pido a un film. Parece que se haya lanzado una consigna: "Todos contra Yucatán", No se muy bien de donde sale ni a quién beneficia. A no ser, que, utilizando el trabajo de Monzón se quiera cargar, una vez más, contra el cine que producen las dos grandes cadenas televisivas, Antena 3 y Tele5. Pero no creo que ese sea el camino para acabar con el monopolio del gusto. Sobre todo porque Monzón esquiva ese monopolio con bastante gracia.


sábado, 25 de agosto de 2018

ARTISTAS



(La casa del escultor es uno de los cuadros más impresionantes de Ramon. 
La casa es la de Auguste Rodin en París)
Por  fin se estrena una película de la que vale la pena hablar, Rodin, de Jaques Doillon. Es un film importante, interesante, pero nada complaciente. El Rodin de Doillon es seco, duro, sobrio, austero, físico, sobre todo físico. Si alguien podía entender la obra y la personalidad de Rodin era Doillon, sin duda, junto con Bruno Dumont, el cineasta más físico, más terrenal que hay en este momento.
La película no es un biopic ni mucho menos. Comienza cuando Rodin, a los cuarenta años, recibe su primer gran encargo: La Puerta del Infierno de Dante. Casi al mismo tiempo conoce a Camille Claudel, una jovencita de 19 años que entra a trabajar en su taller primero como discípula, luego como amante, mas tarde como rival y al final como pesadilla. Doillon se plantea seguir a su personaje en una doble lucha, la que mantuvo con Camille durante casi veinte años y la que emprendió con la figura de Balzac, la obra que inaugura la modernidad en la escultura del siglo XX.
Contada a grandes saltos en el tiempo, sin dar ninguna referencia temporal ni casi espacial, Doillon consigue con sus elipsis entre secuencias de enfrentamiento pasional hacer un retrato no de la vida de un hombre, sino de las emociones que le dominaron, sin miedo a mostrarlo como un ser destructivo y conflictivo en sus relaciones con las mujeres, especialmente Camille y Rose, pero también sus distintas modelos, y en su lucha constante con los materiales de la creación. Rodin fue una persona incómoda para su tiempo. Los muy conservadores burgueses no le aceptaban, sus esculturas no se entendían,  escapaban por todas partes de lo políticamente correcto en el arte. Pero él nunca cedió a las presiones y siguió haciendo la obra que quería hacer.
Una de las cosas que más me interesan en este Rodin es la valentía de Doillon al plantear  la figura de Camille Claudel. Frente a una corriente que quiere reivindicarla como la auténtica genio de la pareja, el film –y la propia obra, como es fácil comprobar viendo lo que hicieron uno y otra– desmiente esta utilización o apropiación de Camille por parte de Rodin y no duda en describirla como una persona inestable, celosa, posesiva, que nunca aceptó que Rodin fuera realmente el maestro. Si la figura de Rodin se describe en toda su crudeza, la de Camille también se retrata sin concesiones.
Toda la película gira en torno a la escultura, pero hay una secuencia, casi al final, donde Rodin aparece dibujando. El escultor, ya mayor, piensa: “toda la vida les dije a mis modelos como tenían que colocarse, por primera vez las dejo a ellas que hagan lo que quieran, que me sorprendan”. Y lo que hacen las dos chicas que posan para él, es lo que vemos en  los preciosos dibujos y acuarelas eróticos llenos de vida, de movimiento, de sensualidad, que el artista traza sin dejar de mirar a las modelos, dejando que su mano actúe prácticamente sola.
Si quieren disfrutar de verdad con esta película, les recomiendo que antes de ir repasen sus obras: El beso, El pensador, Los burgueses de Calais,  Monumento a Balzac, pero sobre todo, sus dibujos eróticos.



Orejas
La vida de un artista está regida por elementos que no siempre controla, pero que sabe utilizar y convertir en obra de arte. Eso es lo que ha hecho Ramon con una dolencia que desde hace once años le martiriza y le tortura: los acufenos que le impiden oír el silencio. Pero, con todo y ser insoportables en muchos momentos, no solo no le han impedido seguir trabajando, sino que hace poco, quizás como exorcismo, quizás como aceptación, ha decidido plantarles cara. El resultado es un cuaderno de acuarelas de orejas tan sorprendente como hermoso, tan inquietante, como atractivo. Son dibujos de orejas convertidas por su mirada en una abstracción sugerente de formas e incluso de sonidos. Estos dibujos se ven y se oyen. Ramon ha querido compartir algunos de ellos en su blog. Yo le he pedido prestado uno para esta entrada, pero si quieren ver más pueden hacerlo en su blog.
 http://ramonherreros.blogspot.com/

sábado, 18 de agosto de 2018

SEMANA RARA





Esta semana es la más rara del año. En medio del mes de agosto, se crea una sensación de paréntesis. Todo se detiene. Hay una calma chicha como la que aparecía en el océano y mantenía a los barcos varados días y días. Lo que no quiere decir que fuera (sea) una calma chicha tranquila. No. En este barco estancado y sin viento, pasan muchas cosas. Algunas buenas, muchas malas, o simplemente raras. En el barco de esta semana ha habido de todo.
Acababa la anterior semana con una imagen de comedia rosa: los paseos de Sánchez y Merkel por Doñana como si fueran personajes de Dallas (seguramente las nuevas generaciones no sepan que era Dallas, pero los mayores lo entenderán).
El lunes fue un día de película de terror de serie B: nos enteramos del hundimiento en el puerto de Vigo que fue como un preludio del terrible desastre de Génova que convirtió la ciudad en un escenario de auténtica película de catástrofes hecha realidad. Uno y otro producto, entre otras cosas, de la corrupción (la de los materiales por el tiempo y la otra que no cesa).
Como nota a pie de página, un kamikaze sudanés decidió tener sus quince minutos de gloria lanzando su coche a toda velocidad en Westminster. Afortunadamente sin consecuencias demasiado graves
El jueves nos subían los colores con las fotos de las alegres comadres de Waterloo en viaje de fin de curso para visitar al Líder Supremo, en plan “tú a Waterloo, yo a Cadaqués”. En contrapartida leíamos que 350 diarios norteamericanos habían plantado cara a Donald Trump dando una muestra de salud democrática en un país que tiene una enorme enfermedad en forma de presidente.

(las nubes en Barcelona, la tarde del 17 de agosto)

Y el viernes, el viernes debía ser un día de recogimiento, silencio, recuerdo y homenaje. Y lo fue en parte. Primó el respeto a las víctimas y sus familiares sobre otros criterios y se les dio protagonismo. Pero viendo el acto oficial en la Plaza Catalunya no pude menos que sentir que era algo falso, teatral. Estaba todo escenificado en un espacio donde cada actor sabía lo que tenía que hacer. No es que fuera frío, es que no era sincero. Pero de todos modos, mejor esto que nada y mucho mejor esto que convertirlo en un bochorno colectivo.
Leyendo diversos artículos de prensa la mañana del sábado me di cuenta de que no era la única que había tenido esa sensación de falsedad. Pero también me di cuenta de otra cosa. Si todo fue tan poco espontáneo, tan comedido, fue por miedo. Miedo de unos a que se convirtiera en un acto soberanista; miedo de otros al ridículo inmenso que eso acarrearía. Miedo. En la plaza Catalunya “hi havia molta por”. Quizás por eso fue tan breve el acto, tan insustancial, tan falto de todo. Quizás por eso ninguna autoridad despidió al rey, quizás por eso el rey no hizo caso de ninguna provocación. Pero en definitiva, lo que me queda hoy es la sensación de que  ayer ,en Plaza Catalunya, hubo una enorme muestra de desprecio de la ciudad hacía las familias de las víctimas a las que se dejó solas. Barcelona no estuvo con ellas.
La semana que viene volveré a hablar de cine, que ya toca.

sábado, 11 de agosto de 2018

SERIES


Sigo en modo “cueva”. Es decir, sin salir de casa. Estoy haciendo una especie de vacaciones interiores en las que desconecto casi tanto como si estuviera en la otra punta del mundo. En este autoexilio vacacional leo, escribo y veo series. No películas. Curioso fenómeno. Me he dado cuenta de que las películas, el cine, es para el invierno. Al menos para mí. Ahora, en medio de este extraño verano que convierte Barcelona en un horno, me refugio en casa y veo series españolas.
Si, españolas. Porque estos días he estado poniéndome al día de dos series españolas recientes que no había visto: El día de mañana, en Movistar y Fariña en Netflix. Y me he dado cuenta de que sin quererlo estoy haciendo una revisión cronológica de un fragmento de la reciente historia de España. Empezando con El día de mañana que va del año 1966 al 1977; enlazando con el año 1981 cuando empieza Fariña que se prolonga hasta 1990.
Son dos series muy diferentes en todos los sentidos. Las dos son muy interesantes, ambas son muy buenas. Vamos una por una


(en una playa como ésta me pude cruzar con Justo y Carme en 1966)
El día de mañana,
Basada en una novela de Ignacio Martínez de Pisón que no conozco, es una de las mejores series españolas en mucho tiempo. Por tema, por actores, por ambientación, por la dirección y los espacios. Para los que vivíamos en Barcelona en esos años, es un viaje en el tiempo. Yo recuerdo muy bien esa Barcelona de 1966, el año de la Capuchinada, o la de 1969, el año del estado de excepción. Recuerdo el año 1970 con la fuga de El Lute y los juicios de Burgos y el 73 cuando saltó por los aires Carrero Blanco y el 74 cuando el peso del franquismo moribundo nos aplastaba contra la pared. También recuerdo el año 1975 y su mezcla de miedo y esperanza y el 76 con los neonazis desatados y el 77 con la llegada de aire fresco. Todo eso se ve en esta serie reflejado en el rostro de Justo Gil, es decir de Oriol Pla, un actor capaz de dotar a sus ojos azules del candor, el cinismo, el miedo, la venganza, y el dolor en cada episodio. El día de mañana sirve para revivir nuestra propia memoria, pero lo más importante, sirve para recordar a los que no habían nacido aun que Barcelona era una ciudad compleja y diversa, que acogía distintas capas y que devolvía una vitalidad que ahora parece haber perdido. Hay una declaración de Mariano Barroso sobre la serie que me dejó pensando en lo relativo de la historia. Cuenta Mariano que paseando con el guionista de la serie Alejandro Hernández por la Vía Laietana, pasaron delante de la comisaría central y le pidieron al guardia de la puerta si les dejaba entrar. Esa comisaria daba tanto miedo en los años sesenta, yo lo sé porque estuve ahí tres días en un calabozo, que durante años cruzábamos la acera para no pasar por delante y si podíamos, ni siquiera por la acera de enfrente. Pero en cambio la reacción de Alejandro fue muy distinta. “A Alejandro le impresionó el edificio de Vía Laietana. “Nunca he visto una comisaría tan bonita”. Alejandro, que viene de Cuba y ha conocido muchas comisarías, me hizo pensar: ¡cómo pueden ocurrir cosas tan horribles en un lugar tan bello! Es uno de los enigmas de nuestra historia. Uno de los enigmas de nuestro país y de la serie.” Y de esta ciudad, Barcelona, donde pueden pasar cosas horribles en un lugar muy hermoso. No se la pierdan, de verdad.


(años 80, en esta costa gallega se empezaba a desembarcar la fariña mientras Ramon y
 yo la mirábamos inocentemente)
Fariña
Sabía que era buena. Sabía que era importante, pero no la había visto hasta ahora. Estoy de acuerdo, es buena y es importante. Basada también en un libro que no he leído, Fariña de Nacho Carretero protagonista de una estúpida acusación que obligó a su retirada del mercado donde por suerte ha vuelto, esta serie es una de las mejores que se han realizado en España en muchísimo tiempo. Sobre todo por su historia. No es normal ver en la televisión  la historia reciente de España contada con tanta valentía, con tanta crudeza, con tanta seguridad. La conversión de Galicia en el paraíso del narcotráfico europeo en los años 80 se relata sin dejar cabos sueltos, con todas sus vinculaciones políticas, judiciales y policiales. Es una historia ejemplar. Pero con todo y ser eso importante, la serie no sería tan buena si no contara con unos actores espléndidos y perfectamente ajustados a sus personajes, con unos escenarios privilegiados, un guión bien construido que nunca cae en el sensacionalismo y un ritmo sostenido en todo momento. Dividida en diez capítulos, cada uno centrado en un año entre 1981 y 1990, Fariña es un repaso a la historia reciente de España. Muchas cosas se entienden viéndola. Y muchas más se echan de menos. Me encantaría ver una serie como ésta que contara los años del pujolismo en Catalunya, con sus tramas de corrupción institucional y los laberinticos caminos que se siguieron para sembrar la semilla del procés. Me gustaría que alguien hiciera un trabajo de investigación tan minucioso como el de Nacho Carretero sobre las implicaciones del 3%, en la manipulación de los medios de comunicación y sus ramificaciones en todos los terrenos. Una serie con la misma valentía de este libro y esta producción que desde aquí les invito a no perderse. Es una lección de historia y de cine. (Al margen de su excelente reparto casi todo compuesto por actores gallegos poco conocidos fuera de la comunidad, quiero destacar el trabajo de los directores Carlos Sedes y Jorge Torregrossa, que han sido los responsables de la dirección de los diez capítulos).

La actualidad de las dos series es absoluta. El día de mañana anuncia de alguna manera esta Barcelona que sufre una degradación imparable si no lo remediamos pronto; la detención el miércoles pasado de Manuel Charlín, capo de unos de los clanes de mafiosos protagonistas de Fariña que a sus 85 años sigue controlando el tráfico de droga, demuestra que la serie no es solo reciente pasado. Y eso me da pie a comentar algunas noticias de la semana.

Tirar de las noticias
No veo mucho la televisión normal a pesar de estar en “modo cueva”. Pero estos días nos ha llamado la atención, a Ramon a y mi, como se dan algunas noticias. ¿Por qué nadie tira del hilo que nos ofrecen para investigar algo más, para ver que hay detrás de lo que se cuenta, en lugar de quedarse en la mera superficie de la historia? Esto vale para varios temas:

-El famoso máster de Pablo Casado. Ya sabemos que se lo regalaron, que es un aprovechado, etc. Pero ¿Por qué ningún periodista se plantea ver qué pasa con el negocio de los másters en España? Hacer un máster es carísimo y su utilidad no siempre está clara. Pero todo el mundo los quiere hacer. ¿Qué hay detrás del trapicheo mastergeneralizado en nuestro país? ¿Qué beneficios obtienen las universidades con ellos? ¿Cuáles son los auténticos máster de prestigio y los que solo sirven para ganar dinero? ¿Quién se puede pagar un máster? Hay muchas cosas a investigar junto al fraude y la corrupción y los regalos interesados.

-Los manteros. Ponerse a favor o en contra parece que es lo único que se puede hacer con este problema, inmenso problema, no solo en Barcelona. Están los que los defienden, están los que los acusan, pero no he visto (perdón si lo hay y no lo conozco) ningún artículo que investigue las mafias industriales de productos falsificados que son los auténticos malos de la función, los que no pagan impuestos y roban los productos copiándolos y poniendo a los manteros en la línea de fuego, abandonados a su suerte, siempre violenta. Tanto contra ellos, como desde ellos. ¿Quién les proporciona la mercancía, de dónde la sacan, cuánto les pagan, que les exigen a cambio a los manteros? Si no se ataca la raíz del problema no se arreglará nunca.

-La inmigración. Es imposible no sentirse cerca de los pobres hombres y mujeres que arriesgan sus vidas en el mar. Es imposible no pedir que se les ayude y se les acoja. Pero ¿no sería interesante preguntarse a quien se está enriqueciendo con este trato de esclavos del siglo XXI? Subirse en una patera no es gratis, cuesta mucho dinero. ¿De dónde lo sacan? ¿Por qué no lo invierten en sus países? ¿Por qué se endeudan de por vida para conseguirlo, quién se lo presta, con qué intereses, a cambio de qué? Entiendo perfectamente que quieran huir de países donde impera la miseria o el terror o las dos cosas juntas, pero entonces, ¿por qué no se organiza una inmigración ordenada, legal, controlada desde los consulados y las embajadas, como se hacía en España en los años cincuenta cuando tantos españoles se iban a trabajar a Alemania? ¿Saben cuántos inmigrantes legales se podrían canalizar desde cada país subsahariano hacia todos los países europeos? Muchos y los queremos porque Europa está vieja y necesita la sangre nueva y la energía y la diversidad cultural que nos pueden aportar. Pero no necesita esclavos sin papeles. No creo en la eficacia de un Plan Marshall. A los países africanos se los está ayudando desde hace muchos años y el dinero nunca llega a la gente, se queda en la enorme corrupción política, militar y religiosa que controla el continente, mejor dicho que está matando el continente. Pero canalizar la salida de una forma lógica, con  un destino asegurado, no creo que fuera tan difícil. Claro que así se acabaría con un suculento negocio que deja miles y miles de euros a mucha gente. Allí, aquí, y entre medio.
(Que conste que no quiero dar lecciones de nada, me imagino que solucionar estos problemas es tan complejo como difícil y para mi es muy sencillo decir lo que pienso desde la cueva. Pero hacerse preguntas es humano ¿o no?)


sábado, 4 de agosto de 2018

MALAUSSÈNIANAS


Esta primera semana de calor sahariano invita a no salir de casa (si se puede). Tampoco las películas de estreno en las salas de cine provocan la tentación de ir al cine Tan solo la idea de sumergirte dos horas y media en la montaña rusa de Misión imposible compensa del esfuerzo de cruzar la ciudad sin taxis y con la Gran Vía de Barcelona convertida en un zoco medieval. El lunes quise ir andando por la Gran Vía para ver en directo el espectáculo y la imagen que me vino a la cabeza fue una superposición de intolerancias al progreso. Quizás por efecto del calor agobiante tuve la visión de la Gran Vía ocupada por coches de caballos en la calzada, con los cocheros tumbados a su lado comiendo bocadillos de chorizo y bebiendo en porrón para protestar contra la terrible invasión de los “taxis” motorizados que amenazaban su negocio de tracción animal con la desaparición. Barcelona pudo vivir un momento así. O Madrid, tan ensimismado en sus capas y embozados que le costaron el puesto al Marqués de Esquilache. El progreso siempre se ve como una amenaza para lo que consideramos “nuestro” y “eterno”.
No sé si el paralelismo producido por el calentamiento general es comparable. Pero tengo la sensación de que en este conflicto (del que no entro a valorar nada porque no tengo datos) se oponen dos maneras de entender el mundo: una que considera que la calle es suya (es de tanta gente la calle que casi no nos queda espacio para andar) y otra que considera que la calle es de quien la sepa utilizar. El progreso es imparable y los taxis tienen que adaptarse a las nuevas formas de uso de este servicio público. Cada vez vale menos el viejo sistema de parar un taxi  haciendo aspavientos en la calle, siempre al albur de que se quieran parar o no, te vean o no. ¿Por qué simplemente los taxistas no se adecuan al nuevo orden como hicieron los cocheros de coches de caballos con los vehículos a motor? Misterios dignos de Malaussène.





¿Y quien es Malaussène? Pues Benjamín, Ben el hermano mayor de la tribu Malaussène de Daniel Pennac con la que he convivido estos días en que nada me obligaba a salir de casa. El primer libro, La felicidad de los ogros, se publicó en 1985. En cuanto lo leí, me convertí en maulaussèniana para siempre. Luego fui leyendo los demás, hasta cinco, que fueron apareciendo. Pero la publicación hace poco de un sexto volumen, El caso Malaussène , me llevó a releer los libros desde el primero. Fue un placer encontrarse con Ben, Clara, Thérèse, Jérémy, el Pequeño, Julius el perro, Julie, y toda la tribu, Verdún, Esunangel, Señor Malaussène, Maracuyá, por supuesto Mama, y el comisario Coudrier y Gervaise y … todos los demás que  desde La felicidad de los ogros, pasando por El hada carabina, La pequeña vendedora de prosa, El Señor Malaussène, Los frutos de la pasión y ahora este El caso  Malaussène, hacen una radiografía de la sociedad (la francesa y la europea) desde una perspectiva insólita, divertida, surreal,  negra, multicultural y políticamente incorrecta en todos los sentidos más positivos.
Creo que se podría aplicar el malaussènianismo  a muchas situaciones que vivimos cada día: la intolerancia de los que sienten que solo ellos tienen el derecho a existir; la frustración de los mediocres que no soportan que los demás sobresalgan; la credibilidad en los hechos lógicos cuando la lógica no es precisamente la que mejor funciona en algunos hechos. La idea del  chivo expiatorio (para saber lo que es deberán leer los libros, cosa que recomiendo encarecidamente) sería muy útil en nuestros días. Alguien que asuma las culpas de todo para liberarnos de tener que decidir por nosotros mismos.
El conflicto del taxi enquistado en una forma de negocio y transporte del siglo XX cuando se impone una forma de negocio y transporte del siglo XXI, le habría encantado a Malaussène. También el tercermundismo de los aeropuertos con sus cancelaciones y huelgas. O la invasión amarilla de las calles y ciudades de Catalunya. O los personajes casi más de Tin Tin que de Malaussène (por la conexión belga of course) que habitan nuestro paisaje político local y nacional.
Hay mucho donde escoger.
Entre todo esto hay una idea que me gustaría recalcar. Se acusa a los negocios de VTC de que no pagan impuestos en España. A parte de que creo que es una verdad a medias (no pongo la mano en el fuego) me parece que esto responde al nacionalismo rampante que nos corroe en todos los ámbitos. Si estas empresas cotizan en Holanda, porque no empezamos a pensar en Europa como un todo y que da igual pagar en Berga que en Sevilla, en Mataró que en Waterloo. O empezamos a ser un poco mas malaussènianos en nuestra idea del mundo o vamos directos a una realidad que ningún miembro de la tribu estaría dispuesto a tolerar.
Un último apunte. Una frase de Pennac sobre Europa que comparto al cien por cien:
“Pensemos cómo sería Europa hoy si en la época en la que empecé a escribir Malaussène, hubiéramos enviado a niños de sexto a pasar un mes en otro país, y no hubiésemos dejado de hacerlo desde entonces. Esos niños hoy sentirían que existe algo que les une, habría una identidad europea que se superpondría a su identidad nacional y regional. Pero no lo hicimos, y hoy no sabemos lo que es Europa” (Daniel Pennac, el padre de la tribu)