(este es el momento decisivo en el que Sergio decide quedarse muy lejos)
Muy Lejos, Gerard Oms
Muy lejos queríamos estar
todos en algún momento de nuestra vida. Incluso en éste, el problema es que
cualquier lejos que se te ocurra, está tan mal como el cerca en el que vives.
Así que mejor quedarse y marcharse lejos solo mentalmente, desconectar como
hacían los personajes de la las películas de la semana pasada. Eso es lo que
hace el protagonista de Muy lejos,
desconectar física, mentalmente e incluso geográficamente. Sergio es un
personaje no clasificable, como tampoco lo es Mario Casas que de peli en peli
va demostrando el actor que lleva dentro. Estamos en el año 2008, la fecha es
importante porque aun no ha estallado la primera gran crisis económica. Sergio
es catalán, de Barcelona, pero no del Barcelona. Sergio es hincha del Español.
La película empieza con un partido de futbol en Utrech. Sergio ha ido con un
grupo de amigos. Pero Sergio ya está lejos en su cabeza, y en ese viaje ve la
oportunidad de estar lejos en todos los sentidos. Sergio se queda. Solo, sin
documentación, sin dinero, sin conocer el idioma. Pero consigo mismo. Lo que
cuenta este cuidadoso debut de Gerard Oms es el camino que hace este personaje
para ir quitándose las capas que la sociedad le ha ido poniendo a lo largo de
su vida. Descubre no solo quién es sexualmente, eso sería lo menos relevante,
descubre quién puede ser en relación con un mundo que antes despreciaba y sobre
todo desconocía. Rodada en catalán, castellano, inglés y holandés, el film
tiene un aroma de verosimilitud, de credibilidad, de armonía. No hay melodrama,
casi ni hay drama, hay vida y la vida está llena de luces y sombras sea donde
sea que estés.
The White Lotus, tercera temporada, Mike White, Max
Muy lejos se han ido los ricos
turistas que en esta tercera temporada de la indispensable White Lotus se han marchado a Tailandia. El inicio de la serie es
como en todas, –si es cierto que el músico Cristóbal Tapia de Veer y el creador
Mike White han partido peras, me temo que la cuarta temporada no será igual–.
Un hecho trágico abre la caja de los misterios, mejor dicho las puertas del
hotel. Después de los deliciosos títulos de crédito, –recomiendo verlos cada
vez que empieza un capítulo, están llenos de pista–-, la historia retrocede
siete días antes. En el barco que lleva a los nuevos clientes al paradisíaco
resort tailandés, conocemos a los nuevos ricos que llegan a una playa donde los
recibe la gentil servidumbre del hotel. A partir de aquí, esta temporada se
aleja un poco de las anteriores. Es cierto que estos súper turistas son tan
estúpidos y odiosos como lo eran los de las dos temporadas anteriores; es
cierto que se odian entre si y que nada de sus aparentemente felices vidas es
real. Pero algo cambia. No hay en esta temporada tanto humor ni tanta burla
directa de unos comportamientos típicamente de nuevo rico, sobre todo de nuevo
rico americano. El ritmo es más lento, más pausado, como si se hubiera
contagiado de esas sesiones de parque temático de masajes y meditación que han
venido a hacer, los diálogos son menos mordaces y los personajes están menos
definidos, de nuevo como si esa selva que les rodea, los camuflara en sus
sentimientos. Cuesta un poco entrar en este White
Lotus tailandés porque no hay un solo personaje al que agarrarse. Ni
siquiera en la trama un poco al margen que protagonizan los dos tailandeses que
trabajan en el lujoso hotel, Mook, la masajista y Gatok, el guarda de
seguridad, escapa a la cruda disección de los comportamientos. Lejos de la
pureza que se les podría suponer, Mook es una mujer interesada y Gatok es un
hombre pusilánime. Todo lo que pasa en esa semana de estar muy lejos, es algo
que como dicen las tres amigas “lo que pasa en Tailandia, se queda en
Tailandia”. Y lo que pasa es que, una vez más, las series, más que las
películas, nos ponen frente a frente con esa América que incomprensiblemente ha
votado a Trump masivamente. Los Ratflix son un buen ejemplo. Una curiosidad al
margen, vi la serie mientras Trump lanzaba su guerra arancelaria mundial y en
algún momento pensé que White se había adelantado visionariamente al momento de
crisis y que lo que le cuentan a Timothy, y le deja literalmente catatónico,
era la ruina de su empresa por culpa de la bola naranja, que, por cierto, podría ser cliente de cualquier White Lotus
del mundo. Solo un apunte para los actores. Me encantó ver que el hijo de
Arnold Schwarzeneger es igual que él, me gustó recuperar a Parkey Posey a la
que había perdido la pista, y sobre todo me he quedado prendada de los dientes
de conejo de Aimee Lou Wood, una Chelsea adorable, quizás el único personaje
sincero de todos los White Lotus.
El regalo de esta semana es una foto de unos white lotus muy cerca
de casa.
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