sábado, 1 de agosto de 2026

MALA(S) BESTIA(S)

 

No todas las bestias son malas, ni todas la malas bestias son iguales. Hay muchas clases de malas bestias, todas por cierto, bastante peligrosas. Esta semana se han juntado un estreno y una serie que habla de eso, de las malas bestias. Una en tono de fábula, la otra en un escalofriante realismo.

 


Mala bestia, Bárbara Farré

La bestia de este cuento fantástico no es muy visible, no es evidente. Y sin embargo existe y acecha. El miedo es una de las más terribles malas bestias que pueden acosar a una persona. El miedo hace aflorar lo peor (a veces lo mejor) de cada uno. La protagonista de esta historia, una adolescente de rostro hermoso e inquietante, tiene esa mala bestia dentro: el miedo a que nadie la adopte porque ya se  ha hecho mayor; el miedo a que una vez adoptada, su lugar lo ocupe un recién llegado. El miedo al bosque donde se esconde la mala bestia que se lleva a los niños y donde viven esos otros niños que le dan tanto miedo. Atenea vive presa de sus miedos y sus miedos sacan de ella su peor versión, su mala bestia. La primera película de ficción de Bárbara Farré es un cuento malvado, con un tono fantástico en un entorno muy naturalista. Desde el orfanato de niñas donde vive Atenea, de claras reminiscencias al Picnick en Hanging Rock de Peter Weir y la Innocence de Lucile Hadzihalilovic, hasta la serena belleza de la orilla del lago (o es un río) donde  pasa el verano con sus padres adoptivos, todo en este film suave como una zarpa en guante de terciopelo, se mueve en el terreno de la imaginería, de lo no real. Y al mismo tiempo, lo que siente Atenea, lo que hace Atenea, es algo totalmente físico. Mala bestia es un film inclasificable que se mueve entre géneros, con un atractivo adicional, el descubrimiento de una actriz ambigua y fascinante: María Schwinning.

 


El caso de Laura Stern, Akim Isker, miniserie Filmin

Estas si son malas bestias en el sentido pleno de la palabra. Bestias que dan miedo, que matan, bestias malvadas que hacen que desde lo más profundo de una mujer surja una fuerza imparable para hacerles frente. Estamos hablando de una serie de corte social, de un realismo de denuncia. Laura Stern es una mujer en la cuarentena, felizmente casada, con dos hijos. Es farmacéutica en una pequeña ciudad de provincia francesa. Pero Laura sabe que hay una lacra en la sociedad: la violencia machista contra las mujeres. Por eso ha fundado en la trastienda de su farmacia, un grupo de apoyo a mujeres maltratadas que se ayudan entre sí para salir adelante. Todo empieza en el 2019 cuando una de ellas, Audrey, es asesinada por su ex marido en plena calle, rodeada de todas sus compañeras, ante los ojos horrorizados de Laura que no ha sido capaz de impedirlo. A partir de ese momento, la vida cambia para Laura, salvar a las mujeres se convierte en su obsesión. Y cuando una serie de desgraciadas circunstancias la pone frente a un hecho consumado, su venganza latente empieza a tomar forma. La serie salta un año después (no hay ninguna referencia a la pandemia) cuando Laura conoce a Camille. Camille no es como las otras mujeres que buscan su ayuda. Camille es educada, culta, joven. Es profesora en la universidad y sufre un maltrato que no se ve: el psicológico, el desprecio, la humillación constante de un marido que es profesor y un conocido intelectual. ¿Qué debe hacer Laura? Si lo quieren saber vean la serie. Porque el caso de Camille no será el único. Hay más. En el camino Laura perderá muchas cosas, pero también ganará otras. Se puede decir que la serie de cuatro capítulos tiene dos partes: los dos primeros es Laura en acción; los dos últimos es Laura en manos de la justicia. La justicia que también puede tener una mala bestia dentro. El caso Laura Stern es completamente ficticio, pero bebe en una multitud de casos de feminicidios que se producen en Francia tanto como aquí.  Da qué pensar, no te deja indiferente. Si yo fuera la guionista de esta historia, probablemente la habría acabado de otra manera: más ambigua, menos contundente. Pero entiendo que en una obra que se plantea como ejemplarizante, los creadores deban tomar partido.

 


La última ronda en Venecia, Franceso Sossai

Me sabe mal poner esta película bajo el título de Mala(s) bestia(s). Porque en este film no hay ninguna mala bestia, a no ser que consideremos el alcoholismo (controlado) como una mala bestia. La película en italiano se llama La città di pianura, un título mucho más sugerente que el español, decididamente  elegido para relacionarla con la excelente Otra ronda de Thomas Vinterberg. Pero esta ronda veneciana que nunca pisa o navega por Venecia, no tiene nada que ver. Intentaré explicarla como si estuviera preparando un cóctel: un chorrito de los paisajes vacíos de Wim Wenders,  unas gotas de los personajes de I Vitelloni de Fellini, un trocito de limón del humor de Aki Kaurismaki, un buen vasito de vermut de la amistad de Entre copas de Alexander Payne. Se pone todo junto, se agita  y puede que nos salga este film  etílico-zarrapastroso (como los define Philipp Engel en su crítica en La Vanguardia) más cercano la novela de Blanco Amor, A Esmorga, que a un film neorrealista. Todo sucede en tres días en los que dos amigos cincuentones  van a Venecia a encontrarse con un tercer amigo que lleva muchos años en Argentina, desde que la crisis del 2008 les dejó a todos sin trabajo. En este viaje al fondo de la noche  en busca de la última ronda les acompaña, casi sin quererlo, un joven estudiante de arquitectura que hace que todo el film bascule de una comedia a la italiana a una comedia kaurismakiana. Es este estudiante el  centro de los dos momentos más interesantes del film de Sossai. Uno, el recorrido por la inquietante Tumba Brion donde está enterrado el arquitecto Carlo Scarpa (por cierto, esta secuencia me hizo pensar en el film de Isabel Coixet Ayer no termina nunca). El otro, la visita al palacete Villa Roberti, donde vive un conde digno de Visconti. Me doy cuenta de la cantidad de referencias que me ha sugerido este film de titulo horrible y pienso que el cine forma parte de una larga cadena que se va construyendo eslabón a eslabón. Después de esta, seguramente vendrán muchas más. ¡Quizás con una gran resaca¡

El regalo de esta semana es una hermosa flor solitaria como recuerdo de Manolo Solo, el jardinero fiel de la quinta portuguesa.






 

sábado, 25 de julio de 2026

REFUGIOS

 

Empiezo a estar preocupada, cansada y harta. Preocupada de que se haga tan poco cine interesante: cansada de ver películas sin sentido; harta de perder el tiempo inútilmente. Esta semana se estrenan doce películas, doce son muchas. Ninguna de las que he visto tiene el más mínimo interés y de las que no he visto, solo una me llama la atención.  Siempre queda el refugio de las series, pero no todas las semanas hay series interesantes. Tampoco todos los estrenos en plataforma van mucho más allá que los estrenos en el cine.  No sé si es el calor, pero esta semana me cuesta encontrar un tema del que hablar en el blog. Por suerte hay otras cosas (relacionadas o no con el cine) que sirven de consuelo, mejor dicho de refugio. Los libros, por ejemplo.

 


(el azar ha hecho que el libro de Birkin este al lado de Peter Pan, curioso)

Un libro de cine: Jane Birkin, Marisa Meltzer, Editorial Circe

He leído el libro de un tirón. Aclaro que soy fan de esta chica de los sixties que consiguió llegar a los 77 años sin perder su aire de adolescente eterna, pero sabiendo envejecer. El texto es una biografía clásica: empieza cuando nace, se acaba cuando muere. Pero bueno, de eso se trata ¿no? De conocer un poco mejor los entresijos de una vida que fue pública desde que ella era muy pequeña. Marisa Meltzer es americana, Jane es inglesa; Marisa es afrancesada, Jane fue afrancesada. Es este amor por Francia lo que une a la autora con la biografiada. Francia, París, los franceses, el francés que Jane Birkin hablaba a la perfección con su peculiar acento inglés. Un marido británico, John Barry y dos hombres franceses con los que compartió su vida, Serge Gainsbourg y Jacques Doillon; tres hijas, una inglesa, Kate, dos francesas, Charlotte y Lou. La música, el cine,  la ropa llevada siempre con elegante descuido, el enorme bolso que tiene su nombre, su rebelde flequillo, los dientes separados. La desinhibición con el sexo desde que apareció con 19 años en Blow Up, o con la canción que la hizo famosa, Je t’aime, moi non plus. Jane era todo eso y mucho más. Marisa cuenta su vida pública, demasiado pública. Son innumerables las entrevistas, los reportajes, las sesiones de fotos, los chismes, las criticas. Seleccionar entre todo eso lo que vale y lo que no, es el trabajo de la autora, reconstruir con todo eso la vida privada, intima, de la figura pública, es lo que intenta. He tenido la suerte de entrevistar a Jane Birkin en uno de sus mejores momentos, cuando presentó en el Berlín de 1988  el díptico que hicieron juntas Agnés Varda y ella Jane B par Agnès V y Kung-fu Master! En el reportaje de Fotogramas de ese festival escribí: “Jane Birkin fue la única estrella de un festival sin estrellas. Derrotada en el palmarés al que optaba con la doble participación de Agnès Varda, Jane B per Agnès V y Kung-fu Master! fue en cambio la triunfadora en cuanto a simpatía y disponibilidad. Esta eterna adolescente, Peter Pan de cuarenta y un años, protagonizó junto con Agnès Varda la más divertida rueda de prensa del certamen.” Creo que este libro tiene dos lectores: los que recuerdan a Birkin y han visto sus película s o escuchado sus canciones, tendrán la sensación de revivir la propia vida: ¿Dónde estaba yo cuando escuché Je t’aime… por primera vez? ¿Dónde vi La bella mentirosa? ¿Por qué buscaba fotos y entrevistas de Jane Birkin desde que tenía quince años? Los que no la conocieron o no han visto sus películas, descubrirán una mujer del siglo XX con lo que eso significa de transgresión conservadora, de libertad individual y compromiso social, de feminismo sin exclusiones. Jane Birkin deja una herencia que su hija Charlotte ha recogido. en un hermoso documental Jane por Charlotte , del 2022. Poco más de un año después, Jane moría a los 77 años. Entonces escribí un texto que puede servir de coda final al libro de Marisa Meltzer. “Unas líneas, pocas, para recordar a Jane Birkin, una actriz maravillosa, una mujer estupenda, amable, cariñosa, respetuosa y feliz. Jane Birkin está en el paisaje de mi vida desde siempre. Tres años mayor que yo, Jane Birkin apareció en Blow Up y nunca más se fue. Había una Birkin de Gainsbourg, una de Doillon, una de Varda, una de Charlotte. Hubo muchas Janes, la que cantaba, la que actuaba, la que estaba comprometida con su tiempo. Jane Birkin era un símbolo de una época de libertad del pensamiento que echo mucho de menos. Un tiempo donde no había tanta autocensura, tanto miedo a decir según qué cosas, tantas cancelaciones por razones ideológicas. Je t’aime moi non plus, no se podría hacer ahora. No la permitiría ni una izquierda mojigata e intolerante, ni una derecha obtusa y entontecida. La censura es prohibir pensar en libertad, la censura es creer que solo hay una manera de ver o hacer las cosas. La censura es  un horror. Cualquier censura, no una sí y otra no. Jane Birkin lo sabía y por eso fue una figura incomoda pero icónica. Si quieren recuperarla, en Filmin hay varias películas suyas. Yo les recomiendo Kung Fu Master, El último veranoJane par Charlotte y sobre todo el delicioso mediometraje La femme et le TGV del 2016.”

 


Un libro que no es de cine. El joc del mentider, Lluís María Todó, LaBreu Ediciones

Lluís María Todó también está en mi paisaje desde siempre. Exactamente desde que empezamos la carrera juntos en el año 1968 en la vieja Facultad de Letras. Todó era muy guapo, rubio, atractivo. Era muy listo y me cayó bien desde el primer día. La vida a veces te separa de la gente que conoces en años de formación (he olvidado a muchos amigos), pero en cambio, te mantiene unida a otros casi sin darte cuenta. Con Todó ha pasado esto. A pesar de seguir caminos muy distintos, siempre seguimos en contacto. Y siempre seguimos respetando y aceptando las decisiones que a él le llevaron a la literatura y una vida plena asumiendo su sexualidad. Todó ha trasladado en sus libros, sus novelas, su propia vida, ha sabido traducirla en palabras que nos llegan a todos. En este blog de larga trayectoria he hablado varias veces de sus libros. Este último no iba a quedarse fuera. Último, pero no actual, El juego del mentiroso se publicó en castellano en 1995, lo que sale ahora es la versión catalana, que me parece mucho más rica y sobre todo, más oportuna. El tiempo ha jugado a su favor, evocar la Barcelona de 1977, ahora que casi han pasado 50 años, le da mucha mas fuerza al retrato de un tiempo en el que todo se vivía con mucha más libertad. El joc del mentider es un libro divertido, muy bien escrito y muy bien construido. Esta dividió en tres actos. En el Acto Primero, conocemos a los protagonistas en un relato en primera persona de uno de ellos. La amistad que surge entre los tres jóvenes unidos por el azar y la mentira se convierte en un hilo invisible entre ellos. En el Acto Segundo, el tono cambia, el juego se hace epistolar, las cartas entre los tres funciona como un diálogo a tres bandas sostenido por las esperas, las cartas tardaban en llegar a su destino. El Acto Tercero recupera la voz en primera persona de uno de ellos y sirve para contar el final de ese verano de libertad y de esperanzas fracturadas. Igual que en la biografía de Jane Birkin, hay en este juego del mentiroso un elemento evocador para los que somos de su generación. El libro te hace preguntarte ¿Qué hacía yo en 1977? ¿Coincidí en algún momento con Emili, Jaume y Oriol en Zeleste, en el Café de la Opera, en las Ramblas? Es un paisaje común, es una Barcelona compartida. Es un placer leerlo. Como Jane Birkin, Todó nos recuerda que hubo un tiempo donde se podía hablar, ser, pensar y actuar sin autocensuras y limitaciones. Un juego de mentiras que sirven para recordar una vida de verdades.

 


Un poema que viene del cine. Cavafis poemas

Una de las cosas que más me gustan de escribir este blog es el tener reacciones en uno u otro sentido. La entrada de La Odisea de Nolan de la semana pasada, hizo que un gran amigo me recordara un poema de Cavafis que tiene mucho que ver con la historia que cuenta el film. Se titula Itaca y sus dos primeras frases son toda una lección: “Si vas a emprender el viaje hacia Itaca, pide que tu camino sea largo, y rico en aventuras y experiencias”.

El regalo de esta semana es un amanecer del este mes de julio tropical



 

sábado, 18 de julio de 2026

ODISEA(S)


Viaje largo, en el que abundan las aventuras adversas y favorables al viajero.

Sucesión de peripecias, por lo general desagradables, que le ocurren a alguien.


La Odisea, Christopher Nolan

Todos hemos vivido alguna odisea en algún momento de nuestra vida. Todo el mundo sabe lo que significa una odisea. Quiero creer que también hay mucha gente que sabe que esa palabra que describe un viaje azaroso y complicado viene de un libro famoso, La Odisea de Homero. La Odisea toma su nombre de su héroe protagonista, Odiseo, nuestro Ulises de toda la vida. Fueron los romanos, Virgilio sobre todo, los que transformaron el Odiseo griego en el Ulises latino con el que ha llegado a nuestros días el héroe de la Guerra de Troya. El cine se ha ocupado muchas veces de contarnos su historia, pero hay una grabada en el recuerdo de los niños que tenían entre 10 y 15 años cuando se estrenó el Ulises de Kirk Douglas, un péplum legendario que no he vuelto a ver, pero recuerdo lleno de colorines y de hombres con faldita. Tengo otro recuerdo, este personal, de cuando en clase de griego –¡tiempos aquellos que se enseñaba griego y latín en el bachillerato!– nuestro profesor nos hacía traducir La Ilíada y La Odisea de Homero. No era muy buena traduciendo, pero si era muy buena soñando en un lejanísimo pasado. Ocho siglos antes de Cristo era algo que estimulaba mi capacidad de imaginar. ¿Cómo era ese mundo en el que los hombres luchaban en Troya por el rapto de una mujer? ¿Cómo eran sus dioses, sus historias? La Ilíada y La Odisea alimentaban mi fantasía. Y la idea del caballo que engaño a los troyanos y provocó el fin de una civilización, se ha quedado incrustada en mi memoria. ¡Cuántos caballos de Troya hemos sufrido en nuestras vidas sin tener conciencia de ello hasta que ya era demasiado tarde! Ulises fue el que se inventó el caballo y fue castigado por Poseidón a través de la maldición de Casandra a vagar perdido en los mares camino de Ítaca, viviendo la primera, la única, la auténtica odisea. Si el Ulises de Mario Camerini, con Kirk Douglas y Silvana Mangano, la bella Penélope, respondía a un tiempo de héroes y de aventuras a mediados de los cincuenta, el Odiseo de Nolan, se encarna en un atormentado Matt Damon, con conciencia de culpa por lo que hizo en Troya y por haber perdido a su tripulación. También por haber olvidado a Penélope, una Anne Hathaway que no consigue librarse del diablo de Prada, tejiendo y destejiendo frente a un Antinoo al que llena de mezquindad Robert Pattinson, Su hijo Telémaco/Tom Holland, parece escapado de las telas de araña de Spiderman para caer en las telas de araña de los pretendientes al trono de su reino y la cama de su madre. Por ahí andan Zendaya en el papel de Atenea, la diosa muda y protectora de Odiseo y Charlize Theron, tan hermosa como en un anuncio de perfumes en su papel de Calypso, la musa que retiene a Odiseo en su isla, o Samantha Morton como una Circe envejecida y malvada, o la inquietante Mia Goth, la desleal sirvienta de Penélope. Pero por encima de todos, está Nolan, el grandilocuente Nolan, el magnífico Nolan, el único director capaz de realizar un film como este, tan grande, tan caro, tan apabullante y tan entretenido. Porque aunque esta Odisea es oscura como los tiempos que retrata y los tiempos en que se realiza, es también un gran espectáculo que te envuelve y te hace sentir parte de esa historia no por conocida menos brillante. Dura tres horas y cuando se acaba quieres más aventuras, mas reflexiones. Desde la primera secuencia donde el joven soldado Sinon/Elliot Page, espera para hacer entrega del regalo del caballo de madera a los troyanos, sabemos que estamos en el terreno de lo fantástico. Ese caballo enterrado en la arena es un eco del último plano de El planeta de los simios, y como allí, simboliza el fin de una civilización, un mundo que quedó arrasado cuando cayó Troya ante los ojos asustados de Ulises horrorizado por la devastación que ha desatado. Hay más ecos de cine en La Odisea, del cine de Nolan, claro: de Memento toma la pérdida de memoria; de Origen o Tenet, dos odiseas en otro contexto, toma el laberinto; de Interstellar toma la vuelta del padre. Esta Odisea no será épica, pero es un gran tren eléctrico, como diría Orson Welles, con el que se pueda jugar este verano.

 


Omaha, Cole Webley

Este film pequeño, intimo, emocionante, es también una odisea y puede servir de contrapunto al apabullante Nolan. Omaha es una road movie  encadenada a películas sobre desarraigos como la reciente Rebuilding o Nomadland hace un tiempo. Empieza una mañana en la que un hombre recoge  lo que puede de su casa y empuja a sus hijos pequeños, una niña de nueve años y un niño de seis, a subir al coche. Tienen que irse, se han quedado sin casa. Los niños no entienden que pasa, él tampoco se lo explica. Solo saben que van a Nebraska, ¿Por qué? Tampoco el espectador lo sabe. Durante tres días en la carretera, seguimos a esta familia sin madre en una huida hacia adelante, con risas y tristezas, con momentos duros y momentos alegres, con complicidades y separaciones desgarradoras. Es una pequeña odisea por las carreteras de un país en crisis. Como cualquier odisea, esta también tiene un final que no quiero desvelar. Me quedo con la sensación de haber ido en ese coche durante muchos kilómetros acompañando a Ella, Charlie y su asustado padre. Las odiseas acaban pero a veces el héroe no vuelve a casa.

El regalo de esta semana es un paisaje, un refugio para los odiseos y las odiseas. 



viernes, 10 de julio de 2026

CHICAS PARA UNAS VACACIONES

 

Esta semana hay varios estrenos, pero no me apetece hablar de ninguno. El calor es agobiante y la cabeza se cansa solo de pensar en pensar. Por eso me he refugiado en tres series de chicas. Tres series que son recomendables como unas vacaciones, o para unas vacaciones. Una es larga, como esos veraneos que transcurrían perezosos y llenos de posibles aventuras; otra es como una semana en un balneario, tranquila y relajante, reconfortante; la tercera es ideal para un fin de semana loco. Las tres están protagonizadas por chicas y las tres son atractivas para todos: ellos, ellas y todos los demás.

 


El largo veraneo con Hacks, Lucia Aniello, Paul W. Downs y Jen Statsky HBO

Hacks tiene cinco temporadas, 47 episodios, a uno por día, da para llegar a finales de agosto. Descubrí Hacks muy tarde, cuando ya llevaba cuatro temporadas y se anunciaba la quinta. Durante un par de meses ha sido un refugio frente al agobio del trabajo, de la situación política o simplemente del clima. Hacks es una Buddy serie en versión femenina. Está protagonizada por dos mujeres muy distintas, pero que acaban queriéndose mucho. Es una comedia en toda regla que trata sobre el mundo de la comedia. Deborah Vance, maravillosa Jane Smart, es una estrella de la comedia, lleva cincuenta años trabajando en los escenarios y no sabe hacer otra cosa. Deborah es un genio del humor sarcástico, vive en una gran mansión en Las Vegas, tiene una hija, dos perros horribles y una pequeña corte de acompañantes: Markus, su hombre de confianza en los negocios, Josefina, su ama de llaves y Damien su asistente personal. Deborah triunfa cada noche en un casino de la ciudad, pero necesita renovar su repertorio y para eso llega a su vida Ava Daniels, Hanna Einvinder, un descubrimiento, una joven guionista de 25 años, lesbiana, políticamente correcta, sabelotodo, ejemplar perfecto de la Generación Z, supuestamente con un gran sentido del humor que la lleva a ser “cancelada” en Hollywood  por un tuit desafortunado. Las pone en contacto Jimmy Lusaque Jr, interpretado por uno de los creadores de la serie Paul W, Downs, agente de ambas en la Agencia Schaefer donde trabaja con Kayla, la increíble Megan Stalter, una fuerza de la naturaleza. Estos son los personajes que sigues a lo largo de cinco años. El humor nace del contraste sobre cómo ven el mundo la inteligente y curtida veterana y la intransigente y un poco descarada jovencita. Pero es precisamente ese contraste y todos los conflictos que acarrea, lo que llena la serie de momentos inolvidables. Viéndola te das cuenta de que no solo Deborah aprende de Ava y Ava aprende de Deborah, percibes que la actriz de 70 años al empezar la serie y 74 al acabar y la actriz de 25 al empezar y 29 al acabar, han crecido juntas, se han alimentado una a la otra, se han enriquecido como personas y como intérpretes. Deborah y sus pelucas y, Ava y sus falsas seguridades son inolvidables. Las querrías de amigas para toda la vida.

 


El relajante balneario de La otra hermana Bennet, Jennifer Sheridan, Movistar+

Hablar de balneario no está fuera de lugar porque esta serie invita a pasear por la montaña, a leer en una cómoda hamaca en la terraza de una mansión. O simplemente a visitarla durante diez días, un episodio cada día. Al principio no caí en el juego de palabras: ¿Por qué la otra hermana Bennet? ¿Quiénes eran las otras hermanas Bennet? Hasta que  vi el primer capítulo y descubrí a Lizzie y al Señor Darcy y pensé en Jane Austen y en Orgullo y prejuicio. Paré la serie un momento, busqué Orgullo y prejuicio y efectivamente, allí estaban las hermanas Bennet y como es natural, la otra hermana Bennet. Mary, la única que en el libro se queda sin marido, la menos atractiva, la marginada por todos, la que encuentra refugio en los libros y en aprender. No la recordaba, como creo que le pasará al 90 % de la gente que haya leído el libro de Austen. Pero después de esta serie, seguro que no se nos olvida. La serie adapta una novela de gran éxito de Janice Hadlow, una escritora que tuvo la idea de coger un personaje secundario y oscuro de la novela original y darle una historia propia. Publicado en el 2020, el libro se debe tanto al tiempo que retrata, la regencia en Inglaterra a caballo del siglo XVIII al XIX, como a su propio tiempo, el del auge del Me Too. Por eso este patito feo no acaba convertido en un hermoso cisne, sino en una hermosa Pata Adulta, capaz de quererse a sí misma y de despertar el respeto, el cariño, la amistad, la admiración y en definitiva el amor, –no nos olvidemos que esta es una serie romántica– en una sociedad donde no acaba de encajar una mujer libre y que no quiere depender de nadie. Mary Bennet es un personaje difícil, a veces desagradable, pedante, pero Ella Bruccoleri le da una dosis de ternura, encanto e ingenuidad que acaban cautivando al espectador, tanto como odiamos a su espantosa madre o adoramos a su querido Mr. Hayward. Los ingleses tienen un don para hacer naturales los escenarios, los decorados, el vestuario de época de tal manera que se te olvida que estás viendo una historia de hace dos siglos. No sé si me apetece leer la novela, creo que no. Pero desde luego me apetece releer Orgullo y prejuicio para fijarme en Mary y descubrir en Austen las huellas que nos llevan a la Mary de la serie. La otra hermana Bennet es relajante, tranquila, suave pero no superficial. Una buena compañía. (He encontrado esta declaración de Ella Bruccoleri y me ha parecido que valía la pena añadirla: “Puede sonar un poco cursi, pero me encantaría que la gente viera la serie y pensara: ‘Yo también soy increíble y merezco ser querida tanto como cualquiera’. Si Mary puede hacer ese viaje, intentando aceptar quién es de verdad, entonces cualquiera puede hacerlo. Me gustaría que el público sintiera eso cuando la vea.”.

 


El fin de semana loco de Milennial Mal, Lorena Iglesias Filmin

Estos cinco episodios, se ven de un tirón si uno tiene una tarde/noche libre. Son como un chute de energía, de sabiduría, de aprendizaje. En cierto modo tiene un punto de conexión con Hacks: aquí también tienen que aprende a convivir dos generaciones de mujeres, una que pasa los cuarenta, dos que están en los veinte. La primera es la protagonista, Judith, tiene 42 años, vive con un gato y se ha quedado sin trabajo, cuando recibe una extraña noticia. Por un error burocrático le han concedió una beca que pidió hace veinte años. Judith decide aceptarla, pero hay un problema, la beca solo es válida para personas menores de treinta años. ¿Qué hacer? Judith necesita el dinero de la beca y acepta el reto de pasar por más joven. Conoce a dos estudiantes de la universidad donde tiene que presentarse y con ellas de guía, comienza a sentirse rejuvenecer. Como si se hubiera bebido la pócima mágica de la película de Howard Hawks, Judith empieza a comportarse como una adolescente hasta creerse su personaje. Me parece muy interesante lo que ha escrito en Filmtopia Daniela Urzola, una mujer de 30 años, justo en medio de las dos generaciones retratadas en la serie:Aunque a veces lo parezca, Millennial Mal no es una burla sino una celebración de la generación Z, en quienes ve cumplida la promesa de juventud que nunca llegó para los primeros miembros de la generación millennial, que tuvieron una adolescencia marcada, entre otras circunstancias, por la rápida aceleración tecnológica y el colapso económico. De ese lugar, que la propia directora ha catalogado como "envidia a la generación Z", surge la representación naturalista de un deseo a menudo explorado a través de la fantasía: el escapar de uno mismo o una misma y convertirse en otra persona. O, en este caso, volver atrás el tiempo y mantenerse eternamente joven, como Peter Pan y sus criaturas perdidas.” Creo que Daniela señala el punto justo. La gente que tenía 20 años en el año 2000, vio como todo su mundo se derrumbaba como las Torres Gemelas y la promesa de una vida feliz y próspera desaparecía como un espejismo en medio de una crisis perpetua. La Generación Z, la que ha cumplido veinte años entre la pandemia del COVID y las guerras interminables que azotan el mundo, la que nunca ha podido irse de casa aunque sea para vivir con un gato, y no consigue un trabajo estable más que en sueños, está, a pesar de todo, mucho mejor preparada para soportar las adversidades que la milennial. Por eso Judith/Lorena quiere tener 20 años: no para vestirse de manera extravagante o cometer tonterías, lo quiere para ver si así consigue contagiarse de un poco de su fortaleza. Pero todo esto suena muy serio y Millenial Mal es una serie divertida, jugosa, burlesca, cruel a veces, entrañable en algunos momentos. Ideal para un fin de semana.

El regalo de esta semana son dos amigas.



 

sábado, 4 de julio de 2026

PIALAT


Estamos tan acostumbrados a ver series de una manera indiscriminada y constante, que se nos ha olvidado que hubo en tiempo en que ver series era otra cosa. Podías estar años siendo fiel a una serie, recuerdo Expediente X que duró ¡quince años! o más atrás, en la tele en blanco y negro Perry Mason o Bonanza. También hubo series míticas británicas, Retorno a Brideshide en 1981, o la divertida Sí, ministro de 1980 a 1984. En nuestra tele, una de las mejores fue El olivar de Atocha, basada en el libro de Lola Salvador, o la impresionante Los gozos y las sombras, sobre el libro de Gonzalo Torrente Ballester. En Francia también había series, pero las conocíamos menos o yo las recuerdo menos, Belphegor, el fantasma del Louvre, de 1965 es una de las que me quedó grabada. Los protagonistas de estas series se convertían en amigos a los que veiís semanalmente, o te estimulaban a leer novelas que no conocías. Me gustaba esta manera de ver las series, que echo de menos frente al deglutir miniseries una tras otra. Por eso me alegro de haber descubierto, en realidad no la he descubierto yo sino la distribuidora Atalante, una serie francesa de 1971, dirigida por Maurice Pialat y que ahora se estrena en algunos cines con categoría de evento, esperando que no tarde mucho en llegar a Filmin donde se pueden ver 13 de sus películas restauradas.


La Maison des Bois, Maurice Pialat, Francia 1971

Pialat siempre dijo que esta no era una serie de televisión, sino una película en siete fragmentos. Da igual como la definamos, el hecho es que son siete capítulos de casi una hora que se pueden ver en dos sesiones, así es como se estrena en cines puntuales de toda España, un sesión con tres capítulos, otra al día siguiente con cuatro capítulos. Yo también la vi en dos sesiones: la primera con los capítulos 1 y 2; la segunda al día siguiente, con los cinco restantes. Me costó un poco entrar en el primer capítulo porque no tenía ni idea que iba a ver. Pero a partir del tercer, ya no podía parar. Quería saber más de esos personajes, de sus vidas. La historia se cuenta con muy pocas líneas. Estamos en la Primera Guerra Mundial. En un pequeño pueblo de la retaguardia, en una granja al lado del bosque, viven acogidos tres niños de París, que sus padres han enviado al campo durante la contienda. Mama Jeanne y Papa Albert tienen un hijo, Marcel,  y una hija Marguerite, y tienen acogidos a Michel, Hervé y Bébert. En el primer episodio no queda muy claro, pero el auténtico protagonista de la serie es Hervé. Cada capítulo empieza con una referencia a la guerra que pasa lejos, pero no tan lejos que no sufran sus consecuencias. Los soldados son el telón de fondo de las aventuras de estos tres niños, su vida en la escuela del pueblo, donde el propio Pialat ejerce de maestro, las correrías por el bosque, los animales, el amor de Mama Jeanne, las enseñanzas de Papa Albert, la protección que le ofrece a Hervé el Marqués, la taberna donde se reúne todo el pueblo. Jacques Rivette escribió después de verla que era “hermosa como un Renoir”. O dos Renoir, porque tanto el pintor como el cineasta se reconocen en las escenas en el campo, al lado del rio, las fiestas populares. Pero también hay algo de La guerra de los botones, de 1962 y mucho del Jean Vigo de Cero en conducta, de 1933. Todas estas referencias, tanto la pictórica como las de cine, no son evidentes en La Maison des Bois, están ahí, ocultas, como una red invisible que sostiene la historia de Hervé. Hay momentos de mucha emoción; hay secuencias divertidas; hay tristeza y dolor; hay de todo porque en la vida hay de todo. No quiero contar mucho más, tan solo decir que la serie acaba en 1918, cuando acaba la guerra y con ella acaban las largas vacaciones de Hervé en la granja. Ojala la estrenen pronto en Filmin, mientras tanto, si están en Barcelona, la serie se proyecta en el Zumzeig el sábado 4 y el domingo 5 de julio.




Amor, apocalipsis, Anne Émond, Canadá

Tiene un título espantoso, un cartel que te tira para atrás de cualquier deseo de verla, pero a pesar de eso, vale la pena no dejarla pasar escondida entre los estrenos olvidables de la semana. No es una obra maestra, pero es un soplo de aire fresco. Está dirigida por Anne Émond y protagonizada por dos estrellas del cine canadiense. Es una comedia romántica, pero no es lo que te esperas de una comedia romántica. De entrada, tiene un protagonista masculino  muy poco convencional. Un hombre de 45 años, taciturno y bondadoso, cuidador de perros, con una ayudante adolescente a la que no entiende, un padre estrafalario y un pequeño grupo de amigos. Adam, tiene, además, una profunda angustia ecoexistencial que no le deja vivir. Para solucionarlo se compra por internet una especie de lámpara mágica supuestamente terapéutica. Pero lo verdaderamente terapéutico es la voz de Tina, la persona que atiende el teléfono para resolver las dudas que tiene Adam con su lámpara de Aladino. Enamorarse de una voz es algo poco habitual, pero no raro, que esa voz no sea de una IA sino de una mujer muy carnal y comprensiva, es lo que lleva a Adam a salir de su espacio de confort/angustia para vivir un amor en medio de un apocalipsis. Lo peor de la película es la deriva romántica de algunos momentos; lo mejor es como los supera y asume una relación en la que los  accidentes climatológicos y los terremotos forman parte de la historia. Una película bonita, que además pone el dedo en una llaga muy extendida aunque se hable poco de ella; la angustia ecoexistencial que provoca el cambio climático y sus consecuencias (las estamos viviendo estos días en toda Europa y muy cerca de casa con los incendios) en la salud mental y física de las personas. Refugiarse en un cine es una posibilidad que no hay que desdeñar.

El regalo de esta semana es una acuarela muy bonita y relajante



sábado, 27 de junio de 2026

4 ESTRENOS


La mujer sin nombre, Haifaa Al-Mansour, Arabia Saudí

Haifaa Al-Mansour sí tiene nombre, el de la primera mujer directora (hay varias en este momento) en Arabia Saudí. Cuando rodó la primera entrega de su Trilogía Saudí, La bicicleta verde, en el 2012, las mujeres aun no podían conducir y ella tuvo que dirigir el film desde una camioneta en clandestinidad. Ya en ese film pequeño y revelador, Haifaa dejaba claras sus intenciones: hablar de (y denunciar) la situación de la mujer en su país y hacerlo con ironía, con humor, con muchas dosis de inteligencia para que no se note a primera vista. Y de paso, hacer cine de género, femenino y cinematográfico. Con la segunda película de la Trilogía Saudí, La candidata perfecta, Al-Mansour incidía en otro aspecto marginador de la sociedad saudí: las mujeres profesionales y su difícil camino en un país moderno y viejo a la vez, que mira adelante, pero está anclado en una tradición muy reaccionaria. En este film, que se puede ver en Filmin, surgía otra temática que iba a ser importante para la directora en su tercer trabajo: la reivindicación de una parte de la población masculina, los hombres vaya, que no está de acuerdo con la manera como se trata a las mujeres en su mundo. En La candidata perfecta, era el padre de Maryam, la protagonista, un músico con dos cosas claras: dejar que sus hijas hagan lo que crean que tienen que hacer, y conseguir que la música se pueda escuchar en público y por todo el mundo. Con estos antecedentes llegamos a La mujer sin nombre, el tercer capítulo de su Trilogía. Una joven aparece asesinada en el desierto; una policía novata que no se resigna a ser simple oficinista, se empeña en descubrir su identidad y quién y por qué la mataron; su jefe en la comisaria la apoya, las familias se oponen, especialmente la de la chica que intenta por todos los medios que no se sepa quién es. Un thriller en un contexto donde las mujeres ya pueden conducir y hacer algunos trabajos, pero en el que las familias siguen siendo reductos de la tradición mas oscurantista. Contado con gran agilidad, salpicado de gotas de humor, podría ser el piloto de una serie con Nawal, la policía, como protagonista, si no fuera por… (no sigo, si ven la peli, sabrán porque).

 


Pálida luz en las colinas, Kei Ishikawa, Japón

El cine sirve para muchas cosas. Por ejemplo, para recordarme el nombre de Kazuo Ishiguro, Premio Nobel de Literatura en el 2017. Recordarme no es la palabra exacta, porque no he leído nada de él. Pero si obligarme a buscar algo más y descubrir, por ejemplo, que su novela Lo que queda del día, se convirtió en un clásico de los 90 con Emma Thomson y Anthony Hopkins. Ishiguro escribe en inglés y vive en Inglaterra, pero conserva su alma japonesa, sus raíces, su pasado heredado. Ishiguro nació en Nagasaki nueve años después de la bomba que arrasó la ciudad. Tenía cinco años cuando llegó a Inglaterra con sus padres. Y allí se quedó en cuerpo, pero no en alma, ya que una buena parte de su pensamiento seguía en Japón. De esta añoranza nace Pálida luz en las colinas, su primera novela, publicada en 1982, llevada al cine ahora por Kei Ishikawa. No he leído la novela, pero me han entrado ganas porque la historia es muy bonita, y está llena de recovecos y de trampantojos. Me ciño a la película. Una mujer duerme en la oscuridad de una sala. La acción propiamente dicha empieza en una cocina japonesa en los años cincuenta, la ambientación, la luz, la fotografía, la ropa, todo indica ese tiempo con un tono ozuciano muy marcado. Conocemos a Etsuko, una joven embarazada de pocos meses, estamos en Nagasaki. Cuando se queda sola, Etsuko mira por la ventana y ve a una mujer en una casita cerca del rio. Es entonces cuando volvemos a la mujer dormida y descubrimos que es Etsuko mayor, viviendo en Inglaterra en una casa donde está de visita su hija Niki. A partir de ese momento, Etsuko le va contando a Niki una historia del pasado, de cuando vivía en Nagasaki y la hermana mayor de Niki, Keiko, aun no había nacido. Le cuenta como conoció a Sachiko, la mujer que vive en la casita del río y a su hija Mariko. La amistad que creció entre ellas y el dolor de separarse cuando Sachiko decide irse a Estados Unidos con un americano y llevarse a su hija. Igual que hizo ella con Keiko cuando conoció a un inglés, el padre de Niki, y abandonó Japón para siempre. El film alterna el presente de Niki y Etsuko con sus tensiones, y el pasado cuando florece la amistad entre las dos mujeres que viven al borde de la zona prohibida por la radiación. Es una historia muy bonita, quizás confusa en algunos momentos y un poco larga, pero la belleza del pasado recreado y la sutileza de la narración, la hace perfecta para olvidarse un rato de todo lo que nos rodea. Además de estimular a leer a Ishiguro.

 


Nino, Pauline Loqués, Francia

Nino es joven, pero no tiene toda la vida por delante. En realidad, Nino tiene tres días por delante para encontrar a alguien que le acompañe a una prueba médica decisiva que le anuncian un viernes y le harán el lunes. En esos tres días y sus noches, Nino deambula por París como una Cléo vardadiana, buscando reconciliarse con su entorno, su madre, sus amigos, una compañera de instituto, la ciudad, la noche, el día. Nosotros acompañamos a Nino de la mano de Pauline Loqués y del cuerpo frágil y el rostro expresivo de Thèodore Pellerin en una walk-movie emocional donde la ciudad adquiere rango de protagonista.

 


Morir no siempre sale bien, Claudia Pinto, Valencia

Después de la experiencia dolorosa de Mientras seas tú, Claudia Pinto necesitaba hacer algo relajante, divertido, una comedia. Pero una comedia negra que le habría encantado a Rafael Azcona. Su novela Los muertos no se tocan, nene parece haber servido de inspiración para esta comedia de enredo con un cadáver muy vivo y con dos familias, una rica y burguesa, otra de origen humilde y proletario, que parecen sacadas de un Parásitos fallero. A ratos me hizo pensar en Ripstein y La perdición de los hombres, aunque sin el vitriolismo feroz del mexicano. Que el film está dirigido por una mujer queda claro entre otras cosas por el papel relevante de las dos madres, Tamara Casellas y Ana Wagener, y las dos hijas, Carmen Arrufat y Paula Muñoz, mientras que los hombres, vivos o muertos, no son precisamente dechados de inteligencia. El que esté hablada en valenciano le da a la película un plus de autenticidad que se agradece, pero se echa en falta un poco más de mordacidad, un punto más de la “maldad”, que queda insinuada en el gesto del último plano de la película, escondido entre los títulos de crédito. Claudia no es Ripstein ni Bong Joon.-ho, Claudia es Claudia y se nota que quiere a sus chicas, por eso las deja que se salgan con la suya. Amoral, si, cruel, no.

El regalo de esta semana  es una mujer con nombre.



sábado, 20 de junio de 2026

VIV(O/A)S

 


Viva, Aina Clotet

Aina Clotet está viva, muy viva. Aina no solo está viva, ejerce de viva. Y lo hace con una pasión y una energía desbordante. Aina lleva muchos años trabajando, tenía solo once años cuando apareció por primera vez en una serie como actriz. Ha aprendido mucho observando, preguntando. Pero sobre todo, ha vivido mucho. Hace un par de años nos deslumbró como creadora, directora y actriz en Això no és Suècia. Pero quería más, quería hacer una película. Y la ha hecho. Oh Nora¡, rebautizada Viva, es su estreno como directora y su consagración como actriz. Desde su primera escena, la impactante mamografía que tantas mujeres sufrimos periódicamente, más parecida a una tortura medieval que a otra cosa, seguida del plano de su pecho cortado tras padecer un cáncer del que está recuperándose, nos colocan en el tono que quiere tener la película: una tragicomedia, un drama con comedia, una manera de acercarse a un tema terrible sin dramatismo. Pero sobre todo, un film físico. Es esta cualidad física la que más me ha impresionado de este film inclasificable. Aina es hija de científicos, se formó en el mundo de la ciencia antes de descubrir que lo suyo era actuar y escribir. Ese fondo materialista, en el buen sentido de la palabra, aflora en Viva de muchas maneras: en la profesión de Nora, bióloga especializada en estudiar la vida de las células; en la valentía con la que muestra sin miedo un cuerpo mutilado; en la sequía que asola el paisaje como contrapunto de su desbordante deseo; en la destrucción a golpes de martillo de una pared que simboliza sin quererlo sus propias paredes internas; en la forma como vive el sexo sin límites; en sus constantes carreras. Lejos de ser un melodrama sobre el cáncer, Viva es un canto a la vida, a disfrutar el momento, a buscar en cada situación lo mejor que haya. Sin trascendencias, sin falsas promesas, sin marcarse metas imposibles. Viva es vivir. Y Aina lo vive dentro y fuera de la pantalla, delante y detrás de la cámara. Con cómplices que la acompañan. Valentina Viso, su coguionista, la primera, pero también un conjunto de actores que se ponen a su lado, no a sus órdenes, para ofrecer un retrato distópico en el tiempo, pero absolutamente contemporáneo.

 


El príncipe de Nanawa, Clarisa Navas

Vivir es lo que hace Ángel Omar Stegmayer. Vivir ante nuestros ojos, crecer delante de nuestra mirada. El príncipe de Nanawa es un niño de 9 años que la directora argentina conoció en el año 2015 mientras filmaba un documental en el puente que separa Argentina de Paraguay, atravesado cada día por miles de personas cargadas de mercancías. Clarisa preguntaba a las gente que pasan por allí sobre su vidas, cuando su productora le dijo que había un niño que quería salir en la película porque “tenía algo que decir”. Ángel era rubio, inteligente, vivía en Nanawa, en Paraguay, pero estudiaba en Clorinda, en Argentina. Pasaba el puente todos los días y tenía muy claro que quería reivindicar que en la escuela le dejaran hablar su lengua, el guaraní y quería que todo el mundo le oyera. Clarisa y su pequeño equipo quedaron cautivados con ese niño y decidieron no perderlo de vista. Durante los diez años siguientes, Clarisa, su productora Eugenia y Lucas, su director de fotografía visitaron periódicamente a Ángel en su casa en Nanawa, conocieron a su familia, su madre Lucy, su padre, sus hermanos, sus amigos. Le regalaron una cámara y le pidieron que filmara su vida como un diario, una vida anónima, una vida de nadie. Es fascinante seguir a ese niño viendo como se convierte en un adolescente y muy pronto en un adulto. Ángel tiene sueños, pero los va perdiendo a medida que la vida le va poniendo retos: la precariedad laboral, la falta de estímulos, la muerte del padre, los escarceos con la droga y la delincuencia, el trabajo para salir adelante, las novias Todo eso lo registra Ángel cuando está solo y lo graba Clarisa cuando están juntos, mientras se teje entre ellos una relación indestructible, con momentos de tensión, con tiempo para las confesiones, con momentos de aburrimiento, de dudas y de felicidad. Clarisa, Lucas y Eugenia filmaron cientos de horas, sumadas a las que grabó Ángel, a lo largo de diez años que al final han quedado condensados en 212 minutos que se pueden ver seguidos, o con pausas, porque en la vida también hay pausas. El planteamiento recuerda el Boyhood de Linklater, pero en realidad es muy distinto. Linklater tenía un plan preconcebido, seguir a su boy durante doce años. Cuando escribí de Boyhood en el blog dije: “En el cine siempre pasan cosas, acciones, hechos, pensamientos, lo que sea. Siempre tiene que suceder algo que haga avanzar la historia. Si no, se corre el peligro de caer en el tedio. En cambio, en la vida no siempre pasan cosas. No siempre estamos viviendo hechos que determinan nuestra existencia. Al contrario. La mayor parte de nuestra vida la vivimos sin que haya nada importante. Eso es vivir. Los grandes acontecimientos que marcan un antes y un después suceden de vez en cuando. El resto es discurrir.”. Clarisa ha tomado nota de esto y por eso no predetermina lo que va a filmar (sí lo que va a montar). Sus encuentros con Ángel, al margen de los cumpleaños, son aleatorios, cuando pueden, Clarisa, Lucas y Eugenia suben a Nanawa a ver a su príncipe y cada vez lo encuentran cambiado, más alto, con granos, indolente, con novia, triste, trabajando, viviendo. Nunca se cansan unos de otros, se necesitan y se apoyan. Pero había que ponerle un final a esta aventura compartida. Y ese final se lo brinda la propia vida. A los 19 años, Ángel es padre de un bebé. Ese es un buen momento para concluir la película de la vida de Ángel, ahora empieza la película de la vida de Noah. (El príncipe de Nanawa tiene un estreno muy especial. Se podrá ver en varias ciudades de España en días concretos. En Barcelona el sábado 27 a las 19.15 en el Zumzeig. En el resto de ciudades, tendrán que buscarla o esperar a que la pongan en Filmin donde está la anterior película de Clarisa Navas, Las mil y una).

 


La quinta, Silvina Schnicer

No tenía muy claro si quería hablar de esta película argentina, o no quería. Su estreno es también muy restrictivo (un apunte al margen, ver determinado cine en los cines se ha convertido en una tarea casi imposible de buscador de tesoros. Pero no por eso dejaré de hablar de estas películas especiales). Tampoco es que me entusiasmara mucho cuando la vi. Y sin embargo, no se me iba de la cabeza. Me volvían una y otra vez sus imágenes, sus personajes, su atmósfera. Me preguntaba ¿por qué? Formalmente el film de Schnicer está muy cerca de Lucrecia Martel, con sus fuera de campo y sus silencios cotidianos, aunque sin la profundidad del cine de Lucrecia. Entonces, por qué seguía pensando en esos tres hermanos viviendo unas vacaciones en una quinta con piscina, en sus padres de clase media alta, en sus vecinos. Hasta que me di cuenta de que era lo que me tenía enganchada con Martín, Fede y Silvina. El mal. Normalmente se habla de lo que Hanna Arendt definió como La banalidad del mal, aplicándola a políticos, o criminales. Casi nunca se habla de esta banalidad del mal en el territorio de la familia, entre el mundo de los niños. Pero eso es precisamente lo que hay en La quinta, una banalidad del mal capaz de todo sin despeinarse. Al menos en un personaje, Martín, el hijo mayor, un pre adolescente con ciertas tendencias pirómanas, y un poco menos en su hermana pequeña Silvina a la que le gusta recoger animales del bosque como si fueran regalos. El único que no participa de esta banalidad del mal, más bien la sufre, es Fede, el hermano mediano. Y luego están los padres, banalmente malvados en sus miedos y en su superioridad de clase. La quinta pinta un microcosmos humano bastante despreciable pero muy reconocible, heredero argentino de los Funny Games de Michael Haneke, el director que mejor ha contado el Mal en el cine. Es eso lo que la hace inquietante y que no consiga olvidarme de ella. 

El regalo de esta semana es para Aina, un retrato que Ramon le hizo cuando preparaban el cartel de Elisa K.