No todas las bestias son
malas, ni todas la malas bestias son iguales. Hay muchas clases de malas
bestias, todas por cierto, bastante peligrosas. Esta semana se han juntado un
estreno y una serie que habla de eso, de las malas bestias. Una en tono de
fábula, la otra en un escalofriante realismo.
Mala bestia, Bárbara Farré
La bestia de este cuento
fantástico no es muy visible, no es evidente. Y sin embargo existe y acecha. El
miedo es una de las más terribles malas bestias que pueden acosar a una
persona. El miedo hace aflorar lo peor (a veces lo mejor) de cada uno. La
protagonista de esta historia, una adolescente de rostro hermoso e inquietante,
tiene esa mala bestia dentro: el miedo a que nadie la adopte porque ya se ha hecho mayor; el miedo a que una vez
adoptada, su lugar lo ocupe un recién llegado. El miedo al bosque donde se
esconde la mala bestia que se lleva a los niños y donde viven esos otros niños
que le dan tanto miedo. Atenea vive presa de sus miedos y sus miedos sacan de
ella su peor versión, su mala bestia. La primera película de ficción de Bárbara
Farré es un cuento malvado, con un tono fantástico en un entorno muy
naturalista. Desde el orfanato de niñas donde vive Atenea, de claras
reminiscencias al Picnick en Hanging Rock
de Peter Weir y la Innocence de Lucile
Hadzihalilovic, hasta la serena belleza de la orilla del lago (o es un río)
donde pasa el verano con sus padres
adoptivos, todo en este film suave como una zarpa en guante de terciopelo, se
mueve en el terreno de la imaginería, de lo no real. Y al mismo tiempo, lo que
siente Atenea, lo que hace Atenea, es algo totalmente físico. Mala bestia es un film inclasificable
que se mueve entre géneros, con un atractivo adicional, el descubrimiento de
una actriz ambigua y fascinante: María Schwinning.
El caso de Laura Stern, Akim Isker, miniserie Filmin
Estas si son malas bestias en
el sentido pleno de la palabra. Bestias que dan miedo, que matan, bestias
malvadas que hacen que desde lo más profundo de una mujer surja una fuerza
imparable para hacerles frente. Estamos hablando de una serie de corte social,
de un realismo de denuncia. Laura Stern es una mujer en la cuarentena,
felizmente casada, con dos hijos. Es farmacéutica en una pequeña ciudad de
provincia francesa. Pero Laura sabe que hay una lacra en la sociedad: la
violencia machista contra las mujeres. Por eso ha fundado en la trastienda de
su farmacia, un grupo de apoyo a mujeres maltratadas que se ayudan entre sí
para salir adelante. Todo empieza en el 2019 cuando una de ellas, Audrey, es
asesinada por su ex marido en plena calle, rodeada de todas sus compañeras,
ante los ojos horrorizados de Laura que no ha sido capaz de impedirlo. A partir
de ese momento, la vida cambia para Laura, salvar a las mujeres se convierte en
su obsesión. Y cuando una serie de desgraciadas circunstancias la pone frente a
un hecho consumado, su venganza latente empieza a tomar forma. La serie salta
un año después (no hay ninguna referencia a la pandemia) cuando Laura conoce a
Camille. Camille no es como las otras mujeres que buscan su ayuda. Camille es
educada, culta, joven. Es profesora en la universidad y sufre un maltrato que
no se ve: el psicológico, el desprecio, la humillación constante de un marido
que es profesor y un conocido intelectual. ¿Qué debe hacer Laura? Si lo quieren
saber vean la serie. Porque el caso de Camille no será el único. Hay más. En el
camino Laura perderá muchas cosas, pero también ganará otras. Se puede decir
que la serie de cuatro capítulos tiene dos partes: los dos primeros es Laura en
acción; los dos últimos es Laura en manos de la justicia. La justicia que
también puede tener una mala bestia dentro. El
caso Laura Stern es completamente ficticio, pero bebe en una multitud de
casos de feminicidios que se producen en Francia tanto como aquí. Da qué pensar, no te deja indiferente. Si yo
fuera la guionista de esta historia, probablemente la habría acabado de otra
manera: más ambigua, menos contundente. Pero entiendo que en una obra que se
plantea como ejemplarizante, los creadores deban tomar partido.
La última ronda en Venecia, Franceso Sossai
Me sabe mal poner esta
película bajo el título de Mala(s) bestia(s). Porque en este film no hay
ninguna mala bestia, a no ser que consideremos el alcoholismo (controlado) como
una mala bestia. La película en italiano se llama La città di pianura, un título mucho más sugerente que el español,
decididamente elegido para relacionarla
con la excelente Otra ronda de Thomas
Vinterberg. Pero esta ronda veneciana que nunca pisa o navega por Venecia, no
tiene nada que ver. Intentaré explicarla como si estuviera preparando un
cóctel: un chorrito de los paisajes vacíos de Wim Wenders, unas gotas de los personajes de I Vitelloni de Fellini, un trocito de
limón del humor de Aki Kaurismaki, un buen vasito de vermut de la amistad de Entre copas de Alexander Payne. Se pone
todo junto, se agita y puede que nos
salga este film etílico-zarrapastroso
(como los define Philipp Engel en su crítica en La Vanguardia) más cercano la novela de Blanco Amor, A Esmorga, que a un film neorrealista.
Todo sucede en tres días en los que dos amigos cincuentones van a Venecia a encontrarse con un tercer
amigo que lleva muchos años en Argentina, desde que la crisis del 2008 les dejó
a todos sin trabajo. En este viaje al fondo de la noche en busca de la última ronda les acompaña,
casi sin quererlo, un joven estudiante de arquitectura que hace que todo el
film bascule de una comedia a la italiana a una comedia kaurismakiana. Es este
estudiante el centro de los dos momentos
más interesantes del film de Sossai. Uno, el recorrido por la inquietante Tumba
Brion donde está enterrado el arquitecto Carlo Scarpa (por cierto, esta
secuencia me hizo pensar en el film de Isabel Coixet Ayer no termina nunca). El otro, la visita al palacete Villa
Roberti, donde vive un conde digno de Visconti. Me doy cuenta de la cantidad de
referencias que me ha sugerido este film de titulo horrible y pienso que el
cine forma parte de una larga cadena que se va construyendo eslabón a eslabón.
Después de esta, seguramente vendrán muchas más. ¡Quizás con una gran resaca¡
El regalo de esta semana es una hermosa flor solitaria como recuerdo de Manolo Solo, el jardinero fiel de la quinta portuguesa.


























