Lo que más me gusta de una
película es no saber que me va a contar a los pocos minutos de verla. Esa
expectación sobre por dónde irá, es algo que agradezco mucho. Casi es lo que
más agradezco. Si, además, la película tiene una buena historia y está bien contada,
miel sobre hojuelas. Si la historia es banal, pero cargada de emociones, miel
sobre hojuelas. La frase “miel sobre hojuelas” es estupenda para definir esta
sensación de estar ante algo bueno que se convierte en muy bueno. Esta semana
he encontrados films que son hojuelas con una gran cucharada de miel. Pero,
ojo, no son en absoluto azucaradas o empalagosas. Al contrario, son dos
películas extrañas que te estimulan a pensar. Y son muy distintas.
El síndrome Rembrandt, Pierre Schoeller
A ver como lo explico. Esta
película no va de Rembrandt (o sí); no trata un síndrome psicológico como el de
Stendhal (pero el síndrome Rembrandt produce un trastorno emocional, eso
seguro); no va de misterios tipo dan Brown (pero hay un misterio); no es un
film ecologista (aunque es evidente que la naturaleza es importante). Si han
leído hasta aquí, se estarán preguntando de qué va esta película. Pues va de
ciencia y de arte, va de belleza y de destrucción de la belleza, va de
mutaciones, cambios. Va, sobre todo, de humildad y de clarividencia. Su
protagonista es Claire. Claire es francesa, es física nuclear, está casada con
otro científico, tiene una hija adolescente y la certeza de que está donde debe
estar, trabajando porque la energía nuclear no solo sea segura y limpia, sea
también mejor que lo que es ahora mismo. Hasta que Claire se tropieza con
Rembrandt, concretamente con dos cuadros de la National Gallery de Londres: el Retrato de Hendricke Stoffels y Un viejo en un sillón. Algo le pasa,
mejor dicho la traspasa, mientras los mira. Siente una enorme necesidad de
tocarlos, de acercar su rostro a ellos. Nadie, ni ella misma, entienden lo que
le pasa ni porqué. Pero todo cambia. Claire descubre una sensación que
desconocía: la de sentir más allá. Es científica, física, así que busca una
explicación para lo que empieza intuir. Al conocer a una experta en clima descubre
lo que se llama fenómenos del cisne negro.
(1) Cuando decide unir su conocimiento con ella, Claire traza una curva de
probabilidad que lleva directamente a la catástrofe nuclear por falta de agua.
Es un descubrimiento importante porque esa proyección de futuro les puede
permitir prevenirla. Pero, como es de suponer, nadie la cree, ni su marido, ni
sus superiores, ni mucho menos los políticos. ¿Y Rembrandt? Rembrandt ha sido
quien le ha dado a Claire la punta para tirar del hilo de su investigación: los
cuadros de Rembradt sufren una extraña y nueva enfermedad. Pasan más cosas y
sigo sin saber cómo acabará este film de ciencia y de arte, de futuro y de
pasado. Sin duda una película extraña que despierta las ganas de saber más,
aunque solo sea para estar preparados.
Casualidad o no, el hecho es
que al día siguiente de ver esta película salió en La Vanguardia un artículo de Sara Cariñana que se titulaba: El bajo caudal de los ríos de Europa
compromete a las nucleares. “En Francia, donde la energía nuclear genera
aproximadamente dos tercios de la electricidad del país, también ha sido
necesario recortar la producción, ya que los ríos no pueden suministrar
suficiente agua para la refrigeración. La combinación de las altas temperaturas
y la escasez de precipitaciones han incrementado la evaporación, reducido la
humedad del suelo y limitado el agua que alimenta los ríos, según un análisis
de World Weather Attribution, que destaca que el cambio climático ha
intensificado este proceso.”
(1) Según
la definición de la IA, un fenómeno cisne
negro es un suceso sorpresivo, de alto impacto y difícil de prever que, una
vez ocurrido, se intenta racionalizar y explicar como si fuera previsible. El
concepto fue popularizado por el autor Nassim Nicholas Taleb y toma su nombre
de la creencia histórica europea de que todos los cisnes eran blancos hasta que
se descubrieron ejemplares negros en Australia. (Estos días vivimos los efectos
de un cisne negro: el asalto de 70.000 jóvenes marroquíes a Ceuta, no lo vio
venir nadie (¿?) o al menos eso dicen.
El amor que permanece, Hlynur Pálmason
Esta es otro tipo de historia,
de película, de cine. Pero como El
síndrome de Rembradt, es imprevisible. Nada en sus primeros minutos permite
pensar por donde irá esta historia de (des)amor, de familia, de arte, de
paisajes. Pasa en Islandia, a lo largo de las cuatro estaciones. Sus
protagonistas son una familia, pero no una familia cualquiera. Los padres están
separados aunque mantienen una buena relación. La madre es pintora, artista,
utiliza el paisaje y la naturaleza para crear obras de arte llenas de texturas
y sugerencias, usando la oxidación de la tierra y del aire. El padre es
pescador en un barco de los que se pasan meses en alta mar (si no fuera por
ellos no tendríamos pescados en nuestra mesa). Tienen tres hijos, una chica
adolescente y dos gemelos que construyen en un acantilado una especie de
guerrero vikingo. No hay mucho más, pero esto es más que suficiente para
tenerte atrapada todo su metraje. La primera secuencia no se olvida fácilmente:
una grúa arranca el techo de un edificio y se lo lleva por el aire. Una mujer
lo ve con el rostro entristecido. A partir de aquí, hay que dejarse llevar por
el ritmo de las comidas, los encuentros, os trabajos en la granja, la creación de las
obras de arte, la pesca en el mar. Hay un componente documental en la
descripción de estos procesos que fascina al espectador. También hay comedia,
drama, un toque fantástico (¿el final?) una perra que roba escenas y la
naturaleza en todo su esplendor. Islandia es un lugar donde se puede imaginar
cualquier cosa, cualquier historia. Incluso la de un amor que permanece a pesar
de la ruptura.
El regalo de esta semana es un
cuadro lleno de belleza.

























