Yo tenia un amigo silencioso,
siempre lo tuve. Mi amigo era en realidad una amiga, una jacaranda que mi padre
plantó cuando yo nací y que creció conmigo, ella mucho más alta y hermosa con
sus flores de color violeta. Esa jacaranda era mi hermana y mi amiga. Me
gustaba sentarme apoyada en su tronco y dormitar sintiéndola; me gustaba leer
un libro bajo su sombra; me gustaba contarle lo que me pasaba cuando estaba
sola. Todo eso forma parte de mi infancia, la que viví en México hasta los 12
años. Cuando vinimos a España, me dolió dejar mi jacaranda. No la volví a ver,
porque cuando regresé a la ciudad muchos años después, ya no estaba. En el
jardín de casa tenemos una jacaranda preciosa, pero no es mi amiga como lo fue
la otra. Nos acompaña y nos regala su hermosa floración en mayo y junio, me
gusta mirarla y tocarla, pero no es lo mismo. Tampoco yo soy la misma. En todo
caso, toda esta mini confesión viene a cuento de una película que se estrena
esta semana que me ha conmovido y me ha hecho emocionar: El amigo silencioso de la cineasta húngara Ildiko Enyedi.
El amigo silencioso es, en
este caso, un majestuoso y espléndido ginko biloba que se eleva hacia el cielo
en el jardín de una universidad alemana. Ese ginko de más de 200 años, es el
testigo de tres experiencias vitales: la
de Grete en 1908, la de Hannes en 1972, y la de Toni en 2020. Tres momentos de
la historia que la directora entrelaza en una única historia: entender,
comprender, comunicarse y acabar siendo amigos silenciosos del amigo
silencioso. Del misterio de la fotografía en 1908, al misterio de la ciencia en
2020, pasando por el experimento de 1972, los tres protagonistas conectan con
el árbol, con las plantas, con estos seres vivos a los que les prestamos menos
atención de la que merecen. Porque las plantas están vivas, se comunican y nos
hablan si queremos escucharlas. Pero para oírlas y sentirlas a veces es
necesario el silencio, la soledad, el aislamiento.
Los tres protagonistas Grete,
Hannes y Tony, están solos: Grete porque su condición de ser la única mujer
estudiante de biología en 1908, la hace estar aislada de su entorno y la
conduce a la fotografía como campo de experimentación y descubrimiento del
mundo de las plantas, no solo del ginko bajo cuyas ramas se refugia, sobre todo
de las flores y las hojas a las que ve por primera vez a través de la lente
como si fueran seres de otro planeta. Hannes, estudiante de literatura en los
convulsos años 70 de rebeldía universitaria, se queda solo un verano al cuidado
de un jardín, pero sobre todo, al cuidado de un geranio con el que su compañera
de piso está realizando un experimento. Lo que Hannes descubre en esa pequeña
planta con una flor que mira al ginko desde una ventana, cambiará su manera de
relacionarse con el mundo. Tony es un neurólogo especializado en estudiar el
cerebro de los niños, invitado por la universidad alemana a dar un curso. La
pandemia le deja solo en esa universidad con el único acompañamiento de un taciturno
guardián y la única compañía de una científica francesa con la que habla on
line y le despierta la curiosidad de entender a las plantas. Tony es el que más
se relaciona con el ginko, auténtico amigo silencioso con el que desea
comunicarse, conectar.
Las tres historias, la de
Grete rodada en blanco y negro y 35 mm, la de Hannes filmada en 16 mm de
colores saturados y la de Tony, en un digital exquisito, avanzan juntas hacia
una comunión con las plantas que transformarán su vida y su manera de percibir
la naturaleza. La directora ha dicho en varias entrevistas, que su deseo sería
que el público saliera de la proyección viendo a las plantas de otra manera,
sintiéndolas como amigas calladas que nos acompañan. Todo esto que he contado
hasta aquí es el argumento, la historia, porque es cierto que se sale transformado
de ver esta película. La belleza del ginko, el misterio de las fotos y los
sueños de Grete, la alegría del geranio, no se pueden contar, hay que verlas y
sentirlas. Ramon es un pintor de árboles y de flores y de plantas, los que
conocer su obra lo saben muy bien. Sus cuadros de árboles es lo más cercano que
conozco a esa verdad silenciosa de que las plantas tienen alma y sentimientos.
El arte, como la ciencia, son caminos para llegar hasta ellos. La pintura de
Ramon, las fotos de Grete, las ondas del geranio, la belleza del cerebro del
ginko, todo está unido en esta hermosa e inesperada película. Me asomo al
balcón y veo el magnolio, la jacaranda, el limonero, el mirto, la mimosa y
pienso que en mi jardín y los de mis vecinos, tenemos una auténtica comunidad
de amigos silenciosos. Es un privilegio que tenemos que apreciar. Pero
cualquiera, si cualquiera, puede tener un geranio en su ventana. Y lo mejor de
esta historia es eso: un hermoso ginko es tan importante como un pequeño
geranio.
Una pequeña coda, hay otra
razón por la que me gusta mucho esta película: está dedicada a Baumi, Karl Baumgartner, gran productor,
gran persona, gran amigo, que nos dejó hace ya doce largos años.
Dies d’estiu i de pluja,
Colectiu Espurnes
No
quiero dejar pasar el estreno de una película que me gusta mucho, y además me parece importante. También va de
amigos, también va de naturaleza. Se llama Dies
d’estiu i de pluja, la firma un grupo de amigos y cuenta la historia de
tres amigos; dos chicos y una chica, curiosamente bastante silenciosos, que
llegan a un pueblo del Pirineo de Huesca con la intención de pasar unos días en
la montaña. Cada uno tiene su propio problema. Como Grete, Hannes y Tony, Biel,
Gerard y Abril están solos aunque estén juntos esos días de verano y lluvia en
los que la amistad y la complicidad entre ellos es la mejor medicina para sus
estados de ánimo. A través de sus ojos vemos la naturaleza y la sentimos y en
eso también conecta con el amigo silencioso: basta pararse a mirar alrededor
para descubrir que hay muchas cosas que ver, muchas plantas y árboles que
sentir. Incluso en una ciudad. Hagan la prueba.



























