He vuelto de san Sebastián y
escribo esto el sábado por la noche. Estoy muy contenta del festival, ha sido
muy bueno. He visto muchas películas que me han gustado, me han interesado y,
sobre todo me han hecho pensar. Y he visto amigos y he conocidos nuevas
directoras. En esta entrada solo voy a hablar de dos títulos, no porque sean
los mejores, simplemente porque se estrenan y no los quiero dejar pasar. De las
demás, resumen la semana que viene.
La bola negra, Javier Calvo, Javier Ambrossi
Es difícil decir algo de esta película
tras el bombardeo informativo, aunque se ha hablado mucho de La bola negra, pero se ha contado poco
de lo que tiene dentro. Reducirla a una película sobre García Lorca, o sobre la
guerra civil, o sobre tres hombres homosexuales en tres momentos distintos, no
es decir mucho. De entrada, yo creo que García Lorca es el macguffin, pero no el tema; la guerra civil está ahí, pero como
escenario para vivir una historia muy privada y desde una perspectiva muy poco
bélica; y de los tres hombres, creo que en realidad solo habla de un hombre, Sebastián,
que recorre las tres historias como el dibujo de un puzle cuyas piezas se van
acoplando hasta llegar ser una única bola negra y blanca. Sebastián el soldado
sin ideología, obligado a servir donde le mandan y a amar a quien no puede
salvar; Sebastián, el conservador de unas páginas escondidas de una obra
maldita y perdida que vemos en paralelo; Sebastián el abuelo, que lega este
pasado a un nieto que en 2017 intenta reconstruir el mapa de su vida. En esta
historia de hombres hay algunas mujeres, pocas, une historiadora escéptica, una
madre terrible y una mujer magnifica. El personaje que hace Penélope Cruz es
uno de los mejores de la película y de su carrera. Con tan solo tres
secuencias, Penélope consigue ser tres personas distintas; la picara cupletista
Nené Romero, la mujer herida y rota por el dolor y la rebelde y valiente
cantante de Batallón de Modistillas. Está estupenda, una bola blanca para ella.
Mis muertos tristes, Pablo Larraín, serie en Netflix
En el festival esta serie se
vio como una película larga, ahora se estrena en Netflix en su formato
original, una serie de cuatro episodios. Mis
muertos tristes, una de las series más interesantes y perturbadoras del año,
es la prueba de que las plataformas son importantísimas para poder hacer un
cine ambicioso, experimental y arriesgado. Todo depende de quien lo haga y de
lo bien que salga. Y estos muertos tristes de Pablo Larraín basaddos en un
libro de cuentos de Mariana Enríquez, es muy bueno. Mucho. Emma, estupenda
Mercedes Morán, es una doctora obligada
a jubilarse a los 60 años. Emma tiene un don que es una maldición, ve a los
muertos y habla con ellos desde que era una niña. Nadie la cree y mucho menos
su hermana o su hija, pero a ella no le importa. Emma consigue calmar a los
muertos que sufren, en especial a su madre. Precisamente la muerte de su madre
hace que su hermana y su familia vuelvan a Buenos Aires. Y llega Julie, su
sobrina. Julie es rara, gorda, grande, tiene una sexualidad desatada. Julie es
como Emma, ella no solo ve a los muertos, ella disfruta sexualmente de los
muertos. Y, naturalmente, nadie la creen. El asesinato de tres adolescentes en
ese barrio violento y peligroso, será el desencadenante de una serie de situaciones
en las que Julie, Emma y un tanque de
agua, tienen mucho que decir. Con evocaciones del Hospital Kingdom de Lars von
Trier, un color que recuerda las flores
de plástico de los cementerios y un olor a cera en una iglesia cerrada, estos
muertos tristes de Larraín/Enríquez/Moran consiguen mantenerte casi cuatro
horas sin apartar los ojos. Porque además es una película política, Argentina
está llena de muertos y de fantasmas, y es una serie con mucho humor soterrado,
irónico, cruel.
Un
día muy especial
Todo empezó con un paseo con Idoia, una vieja amiga de san Sebastián. Idoia lleva 30 años trabajando en el festival donde empezó cuando era poco más que una adolescente. Cada año nos vemos y damos un paseo, esa mañana el día era precioso y no hacía demasiado calor. Mirando la Concha y el mar, Idoia recordó los últimos versos de Antonio Machado: “Estos días azules y este sol de la infancia”. El cielo azul, el sol y dos amigas caminando.
Al mediodía, viví otro momento emocionante. José Luis Rebordinos se despedía de su cargo de director del festival tomando una copa con unos pocos amigos. Rebor y Lucía, porque Lucía también se despedía. Rebor se jubila y tras 16 años como director y 30 en el festival, se retira, dudo que a descansar. Lucia, la columna sobre la que se apoyaba Rebordinos y que a su vez le protegía, no se jubila, pero no quiere seguir. Con ellos se cierra una etapa magnífica, una época de crecimiento, de consolidación, de risas y de amistad. Escuchando a Rebor, no a Lucía que nunca habla, viéndoles juntos con todos nosotros, sentí que algo en mi también se cerraba. Llevo 41 años yendo al Festival de San Sebastián, he pasado por todo, periodista, responsable en su comité de dirección, para volver a ser periodista. He vivido todas las transformaciones de un festival que era pequeño y provinciano y ahora es grande y universal. En aquella pequeña sala, recordé todos los momentos que he pasado con Rebor en los diez años que compartimos comité de dirección y viajes y discusiones y alegrías y alguna lágrima. Fueron extraordinarios, fueron importantes y sobre todo fueron nuestros: los atentados del 2001, el cambio al Kursal, las esperas a la salida de las proyecciones para saber que pensaban los críticos. Los viajes con Alfredo a Alemania, Suiza, Austria, con sus maratonianas sesiones de cine y sus chupitos de shnaps, las charlas tranquilas, la complicidad. Porque siempre tuve complicidad con Rebor y la sigo teniendo. Allí,tomando una copa, conocí a su mujer, a su hijo Y me di cuenta de que mi Rebor era solo uno de los Rebor que hay en Rebor. Con ese me quedo.
Por si no era suficiente
tormenta emocional y de recuerdos, al atardecer, viendo ese sol de la infancia
y los cielos azules y naranjas desde Tabakalera, viví otro momento especial. La
Academia de Cine le otorgaba el Premio Elías Querejeta al productor Gerardo Herrero. Se reunió en esa
celebración gran número de amigos y compañeros. Fue muy bonito ver un recorrido
de su trayectoria y escuchar lo que todos decían de él. Pero lo mejor fue una emocionada Mariela, la mujer con la que
ha compartido más de 30 años de vida, de cine. Gerardo está unidos a Mariela
por casi 200 películas juntos, por dos hijos estupendos, por una vida de complicidad
y amistad tanto como amor y discusión. Y cuando Gerardo subió a recoger el
premio con los ojos enrojecidos pero sabiendo muy bien lo que quería decir, me
di cuenta, como con Rebor, que yo también tenía mi Gerardo. Le conocí con su
primera película como director, Al acecho,
poco después estuve en el jurado que le dio el premio a Mientras haya luz, su primera producción importante. Y desde
entonces, de esto hace cuarenta años, hemos sido amigos: vi nacer la saga de Tin Tin, Tornasol, Milou, Castafiore, que
ya estaban en su mesa como figuritas totémicas. Le presente a Marta Esteban que
se convirtió en su coproductora y amiga. Hice un libro sobre él y con él. Viví
los momentos de dolor y de alegría que han trufado su vida. Estaba con Gerardo
y Mariela en el primer Berlín que pasaron juntos y he visto crecer a Emilio, su
hijo mayor, a Martín y a María, sus hijos más pequeños. Tengo mi Gerardo, pero
esa tarde dorada me di cuenta de que , como con Rebor, había muchos otros
Gerardos. El mío era ese, el de Locarno,
el de Cannes, el de Taormina, el de Almería,
el de los libros compartidos, el del trabajo en común. El amigo.
El regalo de esta semana es
para Rebor y para Gerardo























