sábado, 23 de mayo de 2026

PERIFERIAS

 

Cada vez hay más películas que hablan de periferias. No solo urbanas, o geográficas, sobre todo, sociales y económicas. Los tres ejemplos de esta semana son de este segundo tipo: la periferia del centro gentrificado y sus gentes expulsadas; la periferia de la vejez en una familia, la periferia de las gentes del campo y sus desconocidos problemas. Una serie y dos estrenos. Aquí están.

 


La serie: Ravalear, Pol Rodríguez, Isaki Lacuesta. HBO

Antes de nada el título: Ravalear es un título ambiguo, inclina a pensar en paseos, en fiesta, en algo lúdico. Ravalear como antes se decía Ramblear. Pero no. Ravalear en este caso no tiene nada de paseo, de fiesta, ni de lúdico. Ravalear, del barrio del Raval de Barcelona, es un grito de socorro de una de las zonas más maltratadas de la ciudad. El maltrato viene de lejos, ya lo contó Guerín en el documental fundacional En la ciudad, o lo reflejó Jordá en la aún más fundacional De nens. El Raval estaba llamada a ser la joya de la corona de la Barcelona post olímpica y ha acabado siendo una especie de Ravalistán, degradado por un lado, explotado por otro. En medio de este caos en transformación y degradación, aun perviven pequeñas islas de solidaridad, de tradición, de cultura en definitiva. Como el restaurante Can Mosques que es el centro vital de esta serie. Lo que pasa con Can Mosques, restaurante familiar, refugio de las gentes del barrio de toda la vida, pero también referencia de una clase política y sobre todo cultural de Barcelona, está inspirado (no diría que basado) en la auténtica historia de Can Lluis, un restaurante de la calle de la Cera donde Jordá solía comer y Guerin frecuentaba a menudo. Ese restaurante fue para mí, para nosotros los que trabajábamos en la Filmoteca cuando estaba en el Cine Padró, un lugar indispensable de reunión. Can Lluis era can nostra. Reconozco que desde que murió Joaquín, hace ya casi 20 años, no he vuelto por allí, pero sigo teniendo un rincón en mi memoria para sus platos y su acogedora atención. Todo esto está en Ravalear, homenaje nada encubierto de Pol Rodríguez, hijo de los dueños de Can Lluis. Pero Pol no olvida que está haciendo una ficción y que esta ficción tiene que ir más allá de la memoria personal. Si no habría hecho un documental y Ravalear no es un documental. La historia se resume bastante rápido. Un fondo buitre internacional decide “limpiar” el Raval para construir un Hotel y apartamentos de lujo. Las expropiaciones y expulsiones se suceden. También la de Can Mosques. Ante la amenaza de desahucio, el hijo mayor decide impedirlo poniendo en marcha un negocio de okupación ilegal de pisos. La inmigración que llena las calles del Raval no tiene techo sobre sus cabezas y él se la proporciona por un precio módico a costa de okupar los pisos del fondo buitre. Poco a poco la ilegalidad y la explotación encubierta van corroyendo al personaje de Alex y su relación con la familia, mientras el especulador Cristóbal (¡qué bien hace de malo Sergi López!) mueve los hilos y las tramas mas ruines para echarlos. Ese es el planteamiento, pero lo mejor es la manera como se cuenta, como se retrata el restaurante, el barrio, sus gentes. Pol Rodríguez prosigue su colaboración con Isaki Lacuesta en esta serie que se puede ver como una película muy larga. No se la pierdan: si les preocupa lo social, ahí está la gentrificación, la expulsión de la gente del barrio, los fondos buitres (rusos en la realidad, en la serie multinacionales), la inmigración; si lo que buscan es una buena historia con personajes sólidos, ahí la tienen. Can Lluís forever¡¡¡¡

 


Un estreno gallego: Dos días, Gonzaga Manso

Esta película pequeña y gallega corre el peligro de pasar desapercibida en el maremágnum de estrenos potentes y menos potentes de la semana. Por eso quiero hablar de ella. No es un film espectacular, ni siquiera sé si es una gran película, pero tiene alma, tiene sentido y sobre todo, tiene un protagonista inolvidable. Hace muchos años que Saturnino García, actor de más de 90 años, es un referente indiscutible de un cine marginal, distinto, arriesgado, fuera de los circuitos. Lo descubrimos en 1994, con sesenta años, en Justino un asesino de la tercera edad  y desde entonces no ha dejado de aparecer con su rostro serio e imperturbable (a veces parece un Buster Keaton español) en películas inclasificables. Un poco como esta. No tanto por lo que cuenta: José Antonio tiene 89 años y un principio de Alzheimer, su familia lo sobreprotege demasiado y él ansia recuperar un poco de libertad. Hasta aquí, una historia que hemos visto muchas veces. Lo que hace que Dos días sea un poco diferente es que, para escapar de su familia y su encierro mental, José Antonio se sube a una barquita para ir a pescar acompañado de un amigo/enemigo de toda la vida, Mindo, encarnado por el desconocido Jesús Outes, un percebeiro gallego que nunca antes había trabajado en el cine. El núcleo de la película es la larga conversación entre los dos hombres en medio del mar cuando se quedan sin gasóleo para volver. No hay dramatismo, no hay conflicto: hay una sólida amistad recuperada en esas horas, una camaradería que no se pierde y una reivindicación latente: dejar a los viejos en paz que no por viejos son tontos.  Me olvidaba, también el paisaje gallego de las rías, la costa, el mar, tiene su lugar en esta película hablada en gallego y castellano.

 


(por una vez el dibujo no es de Ramon, es mío, lo hice en Galicia en 1969, de esta manera se unen los dos estrenos casi por casualidad)

Un estreno valenciano: Cowgirl, Cristina Fernández Pintado, Miguel Llorens

En Valencia se está haciendo buen cine. Cine de huerta, podríamos llamarlo. Cine no urbano. Como esta Cowgirl, Chica de las vacas o Xica de les vaques en valenciano. Esta chica es una mujer de 60 años, Empar, que tiene una vaca, solo una, Tona. Empar vive sola en su granja con la vaca, pero quiere que Tona se quede preñada antes de que sea demasiado tarde. Empar es seca, dura, poco sociable, arisca. Extraña. Como Tona, su vaca. Cuando consigue que la vaca se quede preñada, Empar empieza  cambiar. A medida que el vientre de Tona va creciendo, Empar se va abriendo a los sentimientos, a las emociones, a vivir en definitiva.  En este camino la acompañan un viejo amor recuperado cuando los dos son ya mayores (lo que no impide que se quieran  como cualquiera) y un joven delincuente al que acoge como un hijo. Entre los tres, mas Tona claro, forman una pequeña nueva familia en ese entorno rural donde no todo es idílico. Para los que buscan siempre algo más, el papel de malo de la función lo cumple un alcalde ambicioso que quiere convertir el pueblo y sus alrededores en una atracción turística. Naturalmente, como en un auténtico western clásico, el malo acabará mal y la cowgirl se irá, como una Lucky Luke valenciana, cabalgando hacia el horizonte. Bonita. 

El regalo de esta semana es una vaca feliz que Ramon dibujó para el blog hace un tiempo



 

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