Esta semana en la que el mundo
ha contenido el aliento mirando al cielo a ver si se desencadenaba el Armagedón
Trumpiano sobre nuestras cabezas, yo he preferido mirar al cielo buscando en la
oscuridad un puntito lejano llamado Orión, que viajaba al otro lado de la Luna
con cuatro aventureros en su interior. ¡Qué envidia me daban! Las matemáticas y
mi claustrofobia se interpusieron entre mi deseo de ser astronauta y la cruda
realidad. Pero eso no me impide soñar y mirar a las estrellas y pensar que
ellos han visto lo que nunca se ve. Es tan extraño lo de la Luna. Si gira sobre
sí misma y gira alrededor de la Tierra, ¿por qué no vemos nunca la otra cara?
Hay una explicación, pero se me escapa y prefiero el misterio de la oscuridad
lunar. Las fotos que han enviado los astronautas de la cápsula Orión desde el
otro lado revelan un paisaje que no podía imaginar: la Tierra azul y blanca
amaneciendo detrás del horizonte lunar en un espejo de la Luna saliendo en un
horizonte terrestre. Una maravilla que me permite confiar en la humanidad, sean
americanos, chinos o rusos. Si miráramos más el cielo y trabajáramos más en
comunidad, el mundo sería mucho mejor. Sin religiones excluyentes y
aniquiladoras, sin ideologías imperialistas, sin nacionalismos selectivos. Sin
Putin, sin Trump, sin Netanhayu, sin ayatolás, sin tecnoligarcas. Pero eso es
soñar despierto, por eso prefiero mirar al cielo y pensar en los que están ya
volviendo a este hermoso y desgraciado planeta. Me gusta pensar que las
palabras de uno de los exploradores del espacio pueden servir para algo: “Ustedes
están en otra nave espacial llamada Tierra, creada para darnos un lugar donde
vivir en el universo, en el cosmos. Es un oasis en medio de la nada. Esto es
una oportunidad para recordar quiénes somos y que estamos en esto juntos.”
Buena suerte, pásalo bien, no
mueras, Gore
Verbinski
El protagonista de esta
delirante (y profética) película no tiene tiempo de mirar al cielo. Es un
hombre estrafalario, entre un sin techo
y un soldado rambesco. Viene del futuro donde no hay mucho cielo que
mirar y en el presente, donde aparece en su 117 viaje en el tiempo, no puede
perder un minuto si quiere librar al mundo de un destino infernal. No porque
Trump haya conseguido volarnos por los aires, tampoco porque Putin haya logrado
conquistar Europa o los chinos por fin lo controlen todo. No. De lo que nos
tiene que salvar esta mezcla de Robinson y Robin Hood es de un niño que está a
punto de crear la Inteligencia Artificial que acabará con todo sumergiéndonos
en un paisaje de zombies tecnológicos manipulados y controlados por no se sabe
muy bien quién. Aunque el tono es de comedia absurda, con golpes de humor y
situaciones extravagantes, lo que cuenta Buena
suerte, pásalo bien, no mueras, es muy, muy serio. El hombre irrumpe en una
cafetería típica americana. Entre los alienados clientes debe encontrar un
pequeño grupo (la Compañía del Anillo versión 2.0) que le acompañe en su
intento de llegar al niño antes de que se desencadene el Imperio de la IA.
Hasta ahora no los ha encontrado, pero esta vez ¿lo conseguirá? El film de
Verbinski, el director de la saga Piratas
del Caribe, monta un espectáculo con estas premisas: adolescentes
idiotizados que son incapaces de pensar, pendientes del móvil donde todos ven
lo mismo y al mismo tiempo; una madre con un hijo asesinado en los habituales
tiroteos en los colegios, que encuentra un club de padres en la que la IA le
ofrece la posibilidad de revivir a su hijo como si no hubiera pasado nada, claro
que con un detalle, la réplica no tiene sentimientos; o una chica vestida de
princesa con una extraña alergia los
dispositivos electrónicos. Con ellos, y alguno más, nuestro viajero del futuro atraviesa
una noche llena de peligros y llega hasta el niño (¿será Peter Thiel el pequeño
malvado que crea la IA más destructiva imaginable) . Hay muchas maneras de
advertirnos de lo que está pasando y lo que puede pasar: la tiranía y
manipulación de las redes sociales, la gente que vive pegada al móvil día y
noche, la posibilidad de evasión de los universos paralelos de la realidad
virtual, la alienación absoluta de la humanidad. La vía que escoge Verbinski es
la del humor de la comedia negra apocalíptica. Nos podemos reír con ella, pero
también podemos llorar con ella. Si los
fáusticos semidioses que sueñan con una IA invencible, miraran un poco más al
cielo, quizás lograrían que el hombre del futuro no tuviera que volver una y
otra vez.
El regalo de esta semana no
podía ser otro que Orión, uno de los cuadros más bonitos de Ramon



No hay comentarios:
Publicar un comentario