La vida está hecha de
reconstrucciones. Todo lo que nos pasa, lo bueno, pero sobre todo lo malo, nos
obliga a reconstruirnos, a buscar nuevas fórmulas para seguir adelante. Y
seguimos adelante, a veces mejor, otras veces dejando por el camino sueños,
esperanzas y muchos compañeros y amigos. Dos estrenos de esta semana hablan de
esto. También una pequeña película estrenada en
Netflix.
Rebuilding,
Max Walker-Silverman
En el 2022 vi en el D’A una película que me gustó mucho, A love song. Empezaba la crónica del
blog diciendo “Creo que esta
es la película más bonita que he visto en el D’A Film Festival. En todo caso,
la que más me ha emocionado y me ha hecho pensar que no todo está perdido.”
Tres años despué,s su director Max Walker-Silverman nos regala otra canción de
amor: a la tierra, a un mundo que desaparece, que se ha perdido. A veces cuando
veo en las noticias las desgracias que produce un fuego, una inundación, un
terremoto, me pregunto cómo será la vida de esa gente que lo ha perdido todo
irremediablemente. Supongo que es inevitable que las noticias insistan una y
otra vez en hablar y enseñarnos a los seres humanos que viven la desgracia en
ese momento. Después, se olvidan de ellos, nos olvidamos de ellos. Dejan de ser
noticia. Pero sus vidas siguen como pueden, se reconstruyen. Eso es lo que nos
cuenta esta preciosa película. Tras un devastador incendio que ha destruido
miles de hectáreas de bosque, ranchos y pueblos, Dusty, un vaquero taciturno se
ha quedado sin nada. El rancho que levantaron sus abuelos en Colorado ha
desaparecido. Dusty no tiene casa, no tiene trabajo, por suerte tiene una
exmujer comprensiva y una hija de nueve años que le adora. Pero que puede
hacer. Dusty acepta vivir en un pequeño campamento de casas rodante que ha
montado el gobierno para acoger a las familias que lo han perdido todo. En ese
lugar, en medio de la nada, Dusty se va a reconstruir. Con ayuda de su hija,
con ayuda de sus compañeros de desgracias, con su propia ayuda. Rebuilding es un film teñido de una
tristeza reconfortante, porque no es una tristeza destructiva. Intentar mostrar
a un Dusty feliz sería engañar al público, pero acompañar a un Dusty que
consigue ver una salida, es algo muy bonito. Es una historia que podría haber
escrito Richard Ford, una película que me hace pensar más en Rider que en Nomadland. Espero que todos los que han perdido sus vidas en
fuegos, inundaciones, volcanes, tengan la misma suerte de Dusty de encontrar un
espacio donde reconstruirse. Incluso con ayudas que no llegan nunca, incluso en
la invivible Norteamérica de Trump.
La luz, Fernando
Franco
Fernando
Franco tiene una de las filmografías más sólidas y más personales del cine
español. Una filmografía extraña, de temas, inusuales, casi siempre dolorosos: Herida, Morir, La consagración de la
primavera o Subsuelo son films
inclasificables que se encadenan unos a otros a través de la capacidad de este
director de contar lo que no se suele contar. Con La luz, añade un eslabón más a esa cadena. El protagonista es un
sacerdote, el Padre Manuel. La primera vez que lo vemos está hablando con un
superior. Quiere dejar el sacerdocio, quiere reconstruirse, hace meses que lo
ha solicitado, pero no tiene respuesta. Paciencia, le dice su superior. Paciencia
le dice él a su joven amigo Víctor, el motivo por el que quiere dejar la
iglesia. Manuel averigua que están investigando su pasado antes de darle una
repuesta. Manuel se asusta. En ese pasado hay cosas de las que se arrepiente,
cosas que querría olvidar. Pero no es fácil que te dejen reconstruirte cuando
tu caso afecta a la credibilidad de una institución como la iglesia católica.
Estos días en el Papa nos visita, es un
buen momento para estrenar este film. El Papa es la cúspide de una institución
jerarquizada a la que no le gusta que se sepan sus interioridades. Están
dispuestos a callar a Manuel, pero no están dispuestos a escucharle. Franco es
nuestro Paul Schrader personal, su cine es seco, como una oración dicha sin
sentimiento, sus historias son trascendentales sin espiritualidad. Alberto San
Juan en uno de sus mejores papeles, se mete en la piel de este cura arrepentido
y tenaz, mientras la cámara no se separa de él prácticamente en ningún momento.
Un excelente contrapunto al empacho papal que nos espera.
Criaturas
luminosas, Olivia Newman Netflix
Hace poco
acabé de ver en Apple una serie de Olivia Newman. Se titula Lo
último que me dijo. No estaba nada mal. Curiosamente también hablaba
de reconstruirse. Es una serie negra que trata muchos temas y acaba haciendo un retrato feroz de Estados
Unidos. La recomiendo si tienen ganas de ver algo un poco diferente dentro del
thriller de desaparecidos, tiene dos temporadas. Pero en esta entrada, lo que me
gustaría es comentar una película pequeña que seguro pasará desapercibida
en el marasmo de las plataformas. Se
titula Criaturas luminosas. Hay tres
criaturas luminosas en esta un poco edulcorada historia: Sally Field a sus 80
años, es Tova, una mujer que limpia por las noches el acuario de su ciudad;
Lewis Pullman es Cameron, un joven que busca a su padre tras la muerte de su
madre en esa remota población costera. La tercera criatura luminosa es un gran
pulpo que vive en el acuario. Es el pulpo el narrador de esta historia de
amistad, de cariño, de reconstrucción. Tova es amiga del pulpo, el pulpo es
amigo de Tova. Tova consigue que el pulpo sea amigo de Cameron y Cameron
aprende que los amigos se encuentran donde menos te lo esperas. Es una película
muy pequeña, muy sencilla, con una historia luminosa y feliz. Incluso para el
viejo pulpo al que uno querría tener por amigo. Este dulce (quizás le sobra un
poquito de azúcar) y suave film me recordó el documental Lo que el pulpo me enseñó, que aun se puede ver en Netflix. Los dos
juntos hacen un luminoso programa doble.
(la foto es
de Rosa Feliu)
Daria Esteva
El viernes me
enteré por casualidad que Daria había muerto en febrero. No lo sabía. Y me
dolió. Me dolió mucho. Fuimos amigas y compartimos un proyecto muy bonito.
Daria se prestó a colaborar en el libro que yo estaba preparando (y que nunca
se hizo), que se iba a llamar El cuadro
en la pared, donde quería contar como vivía la gente con un cuadro de Ramon.
Daria tenía uno precioso, La corona de un
re donatore, del año 1988. Fue una charla entre amigas de la que Rosa Feliu
dejó memoria en sus fotos. Después nos vimos varias veces y hablamos bastante.
La última vez a finales del 2024 cuando le pregunté si quería aparecer en la
serie documental La gran ilusión. No
sé si ya estaba enferma, en todo caso no me lo dijo. Su mail era muy cariñoso: “Te
agradezco mucho la propuesta, de verdad, pero no creo ser la persona adecuada
para esto, más allá de contar anécdotas y cosas así. O quizás siento que ya es
tarde para esto, que ya he cumplido con Jacinto y que hay momentos para todo. Lo siento. Es que no paro de darte
disgustos. Te envío un abrazo. Daria”. En su infinita elegancia y discreción,
Daria no quiso darme un último disgusto. Por eso me entero de su muerte ahora,
cuatro meses después. Y la lloro.
El regalo de
esta semana es un recuerdo de Daria Esteva, el cuadro que tenía en su estudio




