sábado, 19 de junio de 2021

AMERICANOS

 

Si tuviera que escoger un personaje clave de esta semana (no solo de cine) diría que es sin duda Joe Biden. El presidente de Estados Unidos ha estado en Europa para relanzar una idea que Trump había dejado por completo de lado. América is back, América ha vuelto. América está otra vez del lado de los aliados. Es una gran noticia para el mundo. Y tanto las conversaciones, fueran de 50 segundos o de cuatro horas, como las intenciones, han abierto un camino nuevo y esperanzador para todos. Al menos en nuestro contexto donde el Yanqui go home se ha transformado en Yanqui come home. Ven a nuestra casa y ayúdanos a protegernos de la doble amenaza que viene del otro lado del nuevo telón de acero: la Rusia de Putin, la China de Xi Jinping.

Biden como americano y Biden como persona mayor (que no vieja, ya he dicho varias veces que son dos concepto diferentes) me permite centrar esta entrada en tres ejemplos de americanos mayores: un documental político estupendo, una serie inteligente y divertida y un estreno on line que habla de un paraíso que es en realidad un infierno.

 


The Fog of War: Eleven Lessons from the Life of Robert S. McNamara. (Amazon)

La niebla de la guerra o Rumores de guerra como se ha traducido en España, es un documental de Errol Morris del año 2003 disponible en Amazon. Supongo que debí ver este trabajo de uno de los mejores documentalistas del mundo en el Festival de Cannes del 2003, pero en ese momento no tenía la capacidad de entenderlo en toda su profundidad política. En el 2003 estábamos a punto de entrar en la Guerra de Irak o ya habíamos entrado y no estaba el horno para políticos americanos. Veinte años después, ha sido un buen amigo el que nos ha descubierto que el documental estaba en Amazon. Su recomendación entusiasta nos llevó a buscarlo. Y la verdad es que vale mucho la pena. Ahora, en este 2021, escuchar las once lecciones del secretario de estado más odiado de la historia de Estados Unidos, es en sí misma una lección de Historia. Morris plantea el documental como una larga entrevista con McNamara que en ese momento tiene 85 años y una lucidez envidiable respecto a su papel en la evolución del mundo a lo largo de los 50 años que van del final de la II Guerra Mundial, hasta el encuentro que tuvo en 1995 con el ex ministro de asuntos exteriores de Vietnam. Entre esas dos fechas, McNamara hace un repaso de las guerras y conflictos en los que se vio envuelto sin falsas culpabilidades, con un cierto cinismo no carente de emoción y sensación de haberse equivocado, no una, sino muchas veces: los bombardeos sobre Japón en 1945; la crisis de los misiles de Cuba; la muerte de Kennedy; la guerra de Vietnam, sin duda la que le produce más pesadillas y de la que da una visión interesante y válida para ahora mismo, una lección que no está entre sus once propuestas pero que se puede resumir en una frase. “Conseguir que se entiendan tus intenciones al emprender una acción es tan importante o más que la propia acción”. Este hombre inteligente, protagonista privilegiado de la guerra fría, intenta desde el presente dar una explicación de la guerra de Vietnam que nos puede parecer cínica (lo es) pero que también se puede entender en su contexto. Morris filma a McNamara siempre en plano medio y le deja expresarse, emocionarse, regañarse, sin mover la cámara, sin intervenir en el rodaje de la entrevista. Es luego, en el montaje, donde su enorme talento como documentalista se pone al servicio de lo que está contando con el uso de un material de archivo impresionante que a veces ilustra, a veces contradice, el discurso del político. De las once lecciones de McNamara me quedo con dos que creo deberían aplicarse ahora mismo todos los políticos, desde los locales hasta los mundiales: Lección 1: Empatizar con el enemigo, algo fundamental para entender sus razones y con ello combatirlas más eficazmente. Lección 3: Hay algo más allá de uno mismo. Reconocer esto es darse cuenta de que el mundo es mucho más grande que los escasos límites mentales y políticos suelen marcar a los políticos. Un hombre de 85 años ofrece su inteligencia, su experiencia y su capacidad para que la escuchemos. Que nos la creamos o no, es cosa de cada uno. Como me dijo el amigo que me la recomendó: “Es un cínico y un narcisista, pero el fondo de dolor y sorda desesperación, creo que es sincero. Por eso se resquebraja tan a menudo la máscara y llora”.



 El método Kominsky (Netflix)

El 19 de noviembre del 2019 escribí sobre esta serie que entonces tenía dos temporadas y estaba protagonizada por Michael Douglas a sus 75 años y Alan Arkin a sus 85 años. Sandy y Norman eran amigos, con muchos años, mucha experiencia, mucha inteligencia y sentido del humor para reírse de sí mismos y de su profesión. Acababa ese texto diciendo: “La historia no termina, hay un continuará, pero si no continua no pasa nada.” Pues bien, ya tenemos la continuación en una tercera temporada. Alan Arkin dijo al final de la segunda que no quería seguir trabajando. Por eso esta tercera entrega de seis capítulos de 25 minutos empieza con el funeral de Norman. La desaparición de Norman, personaje y actor, se nota mucho, pero no por eso deja de ser ácida, divertida, inteligente. Douglas se ve obligado a asumir más protagonismo, al menos al principio. Porque a partir del segundo capítulo entra en escena un nuevo personaje que le da un giro inesperado a la historia. Ese nuevo personaje es Roz, la ex mujer de Sandy y madre de su hija Mindy, que regresa a la vida de su marido. Si la química con Arkin ya era buena, la que se produce con Roz, es espectacular. Porque Roz no es otra que una irreconocible Kathleen Turner, pareja inolvidable de Douglas en Tras el corazón verde y La guerra de los Rose. Este reencuentro después de 30 años, sirve para demostrar dos cosas: una, que siguen funcionando muy bien juntos; dos, que el tiempo no pasa igual para todos. Disfrútenla y si pueden recuperen las dos anteriores temporadas. Vale la pena.

 


Una clase de cielo (Filmin)

Estoy segura que ni Joe Biden, ni Robert McNamara, ni Michael Douglas, ni Kathleen Turner acabarían nunca en un lugar como The Villages, ese cielo en la tierra que más parece un infierno de colores. El documental de Lance Oppenheim se adentra en esa Disneyandia de viejos en Florida, una ciudad ficticia como la del Show de Truman donde viven 130,000 jubilados al margen del mundo y de la sociedad. TheVillages es un gueto de lujo, una cárcel dorada a la que entras voluntariamente y de la que no quieres salir. Un horror. Es un refugio para gente de más de 70 años, con dinero, blancos y republicanos muy conservadores. Los votantes de Reagan en los ochenta, los fans de Trump ahora mismo, han encontrado en este falso cielo un lugar donde intentar detener el tiempo. Sus habitantes son lo que el director llama “joveviejos”. “The Villages, en Florida, es el cielo de los viejos: una ciudad diseñada especialmente para jubilados, donde cada mañana es igual, donde se suceden las clases de aquaerobic, golf, bailes de salón, bailes orientales, y cualquier tipo de actividad que uno pueda imaginar. Y todas las noches, viudas pudientes recorren los bares buscando a su alma gemela”, decía un excelente crítica de la serie.  En este micro universo de seres que han decidido voluntariamente apartarse del mundo, Oppenheim sigue en particular a cuatro personas. Anne y Reggie, un matrimonio que llevan juntos más de 50 años, Bárbara, una viuda reciente que no acaba de encontrar su lugar en el Village y Dennis un vividor de 80 años, sin casa propia, un intruso en el paraíso, en busca de viudas ricas que le dejen vivir en sus casas durante un tiempo. Los cuatro son la prueba de que ese cielo no es tan azul ni tan bucólico como se pretende. Aunque no hace falta que ellos lo pongan de manifiesto. Ver las caras de estos zombies y asistir a sus fiestas y sus reuniones, es más que suficiente para darse cuenta de que los Villages del mundo no son la solución al problema de envejecer. 

El regalo de esta semana es un cuadro que me sirve para llamar la atención sobre un estreno interesante que merecería no pasar desapercibido: Destello bravío de Ainhoa Rodríguez, retrato de las mujeres de un pueblo de la España vaciada, entre el documento y el realismo mágico, desinhibido y estremecedor, como ese destello bravío que pasa y de repente lo cambia todo, o no.

 


 

 

 

 

 

 

sábado, 12 de junio de 2021

CLÁSICOS

 

Hay semanas en la que los estrenos quedan relegados a un segundo plano porque hay otras cosas más importantes de las que tratar. Como en la política, o en la vida. Cuando tienes un problema de verdad, las otras cuestiones que te preocupan en el día a día pierden importancia. Eso me ha pasado estos días. No es que los estrenos sean malos o poco interesantes o no valgan la pena, es que el Centenario de Luis G. Berlanga y el reestreno con carácter de acontecimiento de 8 películas 8, de David Lynch, los coloca por encima de cualquier otra noticia.

 

(lo dos Berlangas, Luís y Jorge)

Berlanga

Se ha escrito mucho de Berlanga, se han dicho muchas cosas sobre él y su cine. No pretendo ser ni original ni descubrir nada que no se sepa, pero si me gustaría recordar en este 12 de junio en el que habría cumplido 100 años, algunas vivencias personales con él y con su cine. Yo conocí el cine de Berlanga de mayor, bueno mayor, 20 años más o menos y no fue con una de sus mejores películas, ¡Vivan los novios! me llamó la atención sobre todo porque pasaba en Sitges y eso me hacía gracia. Recuerdo también que Tamaño natural no me acabó de gustar. Berlanga no fue un referente para mí hasta que lo descubrí de verdad en la Filmoteca a principios de los años 70 Ver ¡Bienvenido Mr. Marshall!, El verdugo y Plácido en una misma semana, es una experiencia inolvidable. ¡Había un director que en pleno franquismo se atrevía a contar cosas imposibles y a hacerlo con humor (negro) y una increíble maestría en el movimiento de cámara! Sus planos secuencia empezaron a ser legendarios. Luego vino la trilogía Nacional, el final escalofriante de La vaquilla, el divertimento de Moros y cristianos; la visionaria Todos a la cárcel o la desencantada y melancólica París-Tombuctú. Una filmografía de oro. Entre las películas en la Filmo de la calle Mercaders y su muerte en Madrid a los 89 años, hubo dos experiencias con él importantes para mí. Una fue profesional. Berlanga asumió la Presidencia de la Filmoteca Nacional de España en 1978, cuando Ramon y yo trabajábamos en la sede en Barcelona y Florentino Soria, un gran amigo de Berlanga, y cameo de lujo en algunas de sus películas, era el director de la Filmo. De repente, Berlanga ya no era solo uno de los mejores directores españoles, era alguien con el que se hablaba normalmente para resolver problemas del funcionamiento diario en unos años trascendentales. Berlanga fue Presidente de la Filmoteca hasta el año 1983 cuando fue cesado por Javier Solana como Ministro de Cultura y Pilar Miro en la Dirección General de Cine. Berlanga no era una persona cómoda ni para la izquierda, ni para la derecha. Y esa incomodidad la pagó de muchas maneras. La otra razón es más personal y se llama. Jorge Berlanga, uno de sus hijos. Conocí a Jorge a través de un amigo muy querido y desde el primer momento, se convirtió en alguien que me importaba. De alguna manera, entendías al padre viendo al hijo. Jorge era inclasificable, tenía un humor sutil y muy complicado, era inteligente y autodestructivo, un dandy que encarnó como nadie los años de la transgresión cultural de los ochenta. Nunca podías saber que iba a pasar cuando te encontrabas con él, ni que iba a decir en sus ácidas y corrosivas columnas. Celebrar el centenario de Berlanga me ha dado ocasión de recordarlo. Jorge murió en el 2011, pocos meses después que su padre. Me gusta saber que le tengo en mi memoria.

(En Flixolé hay 16 películas de Berlanga disponibles)


David Lynch

Con motivo del 20 aniversario del estreno de Mullholand Drive en Cannes del 2001, se recuperan a partir de esta semana ocho películas de David Lynch en un ciclo llamado Universo Lynch. Se podrá ver durante un mes en pantalla grande y con carácter de evento: Cabeza borradora, El hombre elefante, Terciopelo azul, Corazón salvaje, Twin Peks: fuego camina conmigo, Carretera perdida, Una historia verdadera y Mullholand Drive. Un regalo para los que quieran recordar su cine y sobre todo, un regalo para los que lo descubran por primera vez. El anuncio de este ciclo me ha hecho acordarme de un texto que escribí en el año 2006 para un libro colectivo, que se llamaba precisamente Universo Lynch. Lo he releído y aunque es largo, me parece una guía ideal para ver sus películas tirando del Hilo Azul de Lynch. Espero que les guste.

 El invisible hilo azul de David Lynch


…una bola flotando en el espacio. Una cabeza en sobreimpresión a la bola, también flotando, con los ojos (azules aunque sea en blanco y negro) muy abiertos. La cabeza desaparece, la bola se acerca, es áspera. El espacio negro lo domina todo. La cámara resigue la superficie rugosa de la bola, hay cráteres y cañones. La cámara fija los pliegues y llega a un objeto ¿un monolito roto? Con un agujero negro. Nos metemos en el agujero. Un hombre lleno de pústulas maneja una extraña máquina al lado de una ventana. La cabeza, unida a un hombre tirado en el suelo, abre la boca y de ese agujero negro sale un extraño gusano, un espermatozoide gigantesco que flota en la pantalla hasta encontrar un lago. El espermatozoide que ha nacido de la cabeza cae al agua, se hunde en un agujero blanco, casi el negativo del otro, por el que salimos a la luz. La cabeza es la de Henry. La ventana es la de una fábrica abandonada. El lago es un charco que Henry pisa al caminar. El espermatozoide se ha convertido en un bebé monstruoso que no para de llorar. Una especie de alien pustulento y terrible en su indefensión. La cabeza acaba explotando en el espacio infinito lleno de agujeros negros que enlazan con….

 



 el espacio que puede ser continuación del final infinito de Cabeza borradora.. El retrato de una mujer. Los ojos negros, el rostro de una mujer hermosa. Sobre la foto, imágenes de una manada de elefantes, los ojos de los elefantes, pesados, claros (¿azules?), amenazadores, premonición del ojo del navegante de la tercera generación de Dune, el gusano que llega encerrado en una urna de cristal, como el monstruo es encerrado en una carpa de circo. La mujer grita, los elefantes furiosos pasan por encima de ella. Se oye una respiración entrecortada y unos latidos como un tam tam. Hay nubes, humo, fuego y cuando se disipa la niebla estamos en una feria donde se anuncia el hombre elefante. Alguien explica lo que sucedió. La violación de la mujer hermosa por parte de los elefantes produjo un hijo monstruoso (igual que en Cabeza borradora), un fenómeno de feria con un ojo que mira desde la rugosidad de la piel, como la de los elefantes. La respiración entrecortada es la suya, los latidos son los suyos. Después de vivir la pesadilla de creerse humano, el hombre elefante alcanza su muerte y se incorpora al espacio, al cielo a la inmensidad del infinito donde brillan los ojos negros de su madre que enlazan con…


 …los ojos verdes de la narradora de Dune. Otra cabeza flotando en el espacio. La voz y el infinito vienen del final de El hombre elefante. La voz y el infinito se sobreponen al desierto que lo domina todo. Un desierto vivo donde se produce la especie. La melange. El viento dibuja rayas en la arena como el campo labrado de Una historia verdadera, paisajes en los que la vida se desarrolla en forma de energía oculta. El infinito, el universo, la descripción de este espacio con sus cuatro planetas. Arrakis-Dune, hogar de los fremen, Caladan, dónde reina la Casa de los Atreides, Giedi Prime dominada por los Harkonen y Kaitain, sede de la casa del emperador a la que llega el navegante de la tercera generación, versión gigante del espermatozoide de Cabeza borradora, con el ojo de El hombre elefante. El barón con sus pústulas podría ser el bebé mutante hijo de Henry y Mary crecido hasta convertirse en globo asqueroso. El gusano encerrado en la caja (¿azul?) de Cabeza borradora ha adquirido dimensiones monstruosas y vive en el desierto dónde se encuentra la especie. En el desierto tiene lugar la prueba del agua sagrada. Los ojos azules de Paul traen el agua, la lluvia, la vida. Primera aparición del color azul que irá tejiendo un hilo conductor en su cine a partir de este momento: azul del terciopelo, azul del cielo, azul del agua, azul de las luces del teatro… ojos azules que enlazan con…

 


… la tela azul de terciopelo, posible imagen sólida del agua convertida en tejido azul que se mueve como el mar de Dune. La canción que será el leit motiv pasa de la tela al cielo azul y desciende hasta mostrar unas flores rojas y otras amarillas, inquietante normalidad donde los bomberos saludan en la placidez de una mañana de verano: tulipanes amarillos, niños cruzando la calle, la casita blanca, un hombre regando. Una mujer mirando la televisión y tomando té. El agua se corta, la normalidad se acaba. El hombre sufre un ataque. El perro bebe de la manguera sin ningún respeto. El hombre cae sobre la hierba. La hierba esta llena de animales terribles, de insectos y gusanos, el mundo subterráneo huele a podrido, los insectos se matan entre si, como en la pesadilla que va a vivir Jeffrey. Ahí está la película. La normalidad esconde un mundo subterráneo putrefacto dónde los insectos se destruyen entre si. La puerta de entrada a ese mundo será una oreja cortada encontrada en un campo abandonado mientras suena una canción que nos permite pensar en Twin Peaks, el aserradero, el bosque y el mundo de los árboles. Lumberton es una primera versión de Twin Peaks, un mundo extraño, como afirma Sandy al final, cuando la normalidad vuelve a aparecer. Entre una y otra normalidad el terciopelo y la oreja cortada son las puertas para entrar y salir de ese mundo extraño que acaba con Jeffrey durmiendo en el jardín en una imagen que se repetirá en Carretera perdida, mientras Sandy contempla un petirrojo comiéndose un gusano, un petirrojo que ha vuelto para quedarse de forma inquietante en los créditos de la serie Twin Peaks. La mirada se pierde más allá del pájaro haciendo un recorrido al revés que culmina en el azul del cielo que es el azul del terciopelo y que en cierta forma enlaza con....

 


… el fuego y las cerillas que son el leitmotiv, de Corazón salvaje. Una cerilla que se enciende, un fuego que destruye una casa, cada vez hay más fuego, el fuego del corazón salvaje de Sailor enamorado de Lula que empieza su historia en Cape Fear, el cabo del miedo. Todo comienza en un salón de baile, en unas grandes escaleras por las que bajan Sailor y Lula, un hombre negro les ataca, Sailor lo mata de una forma violenta. En la escalera están Sailor, Lula y Marietta, la madre de Lula, la bruja mala empeñada en que no consigan vivir su amor. Sailor señala con el dedo a Marietta, acusándola, ella es el mal. Lula es una versión perversa de Sandy, como Sandy era una versión ingenua de Mary. La escena de la escalera se irá completando en sus antecedentes a lo largo de la historia. Vemos a Marietta intentando seducir a Sailor, su rechazo, la venganza de Marietta, la huida, la pesadilla. Pero el camino de Oz siempre acaba bien y al final, Sailor y Lula formarán un trío distinto con su hijo Peace, después de que Sailor muera y resucite tras ver a la bruja buena (que no es otra que Laura Palmer) y comprenda que ya puede cantarle Love Me Tender a Lula en una imagen que cierra el paréntesis entre Terciopelo azul y Twin Peaks que comienza con…

 


… el petirrojo de la ventana de Terciopelo azul cantando en una rama del bosque de Twin Peaks. La serrería es el escenario donde Pete (Jack Nance, el Henry de Cabeza borradora, actor fetiche de Lynch hasta su muerte en 1996) encuentra el cuerpo en el agua. Agua de las cataratas, agua azul del lago donde flota el cuerpo de Laura Palmer, una cabeza de ojos cerrados. El misterio de su muerte se irá desgranando poco a poco en una serie de acontecimientos cada vez más disparatados en los que renace el teatrito escondido detrás del radiador de Cabeza borradora, el terciopelo imaginado en color rojo de los salones de El hombre elefante, los seres monstruosos que pueblan el subsuelo de la mente como los insectos del jardín de Terciopelo azul y los sicomoros que son un desarrollo acartonado del montón de tierra con un árbol que Henry tiene en su habitación en Cabeza borradora. Entre la pasión por los donuts, la tarta de cereza y los bosques, el agente Cooper desenredará un misterio de tintes azules que deja todas las puertas abiertas, sobre todo a una precuela que no sólo no explicará nada, sino que aun complicará más la historia a partir de la frase Fuego camina conmigo, que enlaza con…

 


… las ondas estáticas y casi aterciopeladas del azul de una televisión que acaba explotando para fundirse en el agua azul de un lago en el que flota un cadáver, el de Teresa Banks, que a su vez se funde con el azul de un lago en un cuadro ante el que el agente Gordon grita sus órdenes al agente Chet, que está en Dakota del Norte, (paisaje que ya anuncia un cambio de registro que se confirmará en Una historia verdadera). El mundo extraño de Sandy sigue estando ahí en forma de una sorpresa para Chet, la mujer de rojo convertida en señal humana, un telegrama sólo descifrable para quién conoce las claves. Cooper las conoce pero no le servirá de nada porque ya sabemos cómo acabó su aventura en Twin Peaks, poseído por Bob, el hombre fantasma que asesinará a Laura Palmer en una secuencia de pesadilla y de fuego (camina conmigo) y la dejará envuelta en un plástico en las ondas azules del lago que la arrastrarán hasta la playa del aserradero donde la encontrará Pete y dará comienzo el Twin Peaks del petirrojo. Pero antes, Cooper sabrá que la televisión de ondas azules encierra cosas que no existen y Laura entrará en el reino de los sueños, en el salón rojo con el enano y el gigante y allí encontrará al agente Cooper y el ángel azul, que como la bruja buena de Corazón salvaje la dejará reír y llorar esperando…

 


…despertar en una carretera de noche, una carretera perdida iluminada por los faros que conducen a la nada. O no. De momento estamos en una casa. Un hombre fuma, suena un timbre, llaman a la puerta, alguien susurra Dick Laurent is dead. Mira por la ventana y contempla la calle vacía. Poco después su mujer René encuentra un sobre con un video. Empieza la pesadilla: se ven a sí mismos durmiendo, más tarde verá a René muerta. El hombre que ríe, el de la cara blanca, es la puerta hacia lo que aun no ha pasado. La realidad desdoblada por primera vez (Mulholland Drive ahondará en esta vía). Una casa ardiendo, de nuevo el fuego. El cambio. Fred Madison se convierte en Peter Raymon Dayton. La cotidianidad de un jardín sacado del barrio de Terciopelo azul, un barrio de Los Ángeles (como los de Mullholand Drive) un taller, un hombre misterioso, Mr Eddie y una mujer, Alice, René en rubio. La muerte en la carretera perdida que conduce a la casa en llamas. Fred en un hotel, en la habitación 26, la misma que Henry ocupaba en Cabeza borradora. Allí está Alice o René, con Mr Eddie. Fred huye, llega a la casa. Llama al timbre. Dice: Dick Laurent is dead. Escapa mientras el otro Fred, el de antes del loop del tiempo, contempla la calle vacía, perdida en el infinito…

 


…el infinito oscuro y lleno de estrellas, la noche que abre y cierra una historia verdadera. Una historia que empieza en un paisaje dibujado en el campo, como las arenas de Dune, un paisaje atravesado por una máquina, no infernal, sino amiga, un paisaje que se transforma en un pueblo, versión amable de Twin Peaks, con una calle principal cruzada por un camión de leña y por varios perros que corren. La mirada en zoom nos lleva hasta un jardín hermano del de Terciopelo azul, donde una mujer gorda y vestida de rosa toma el sol al lado de una casa de paredes blancas y ventanas azules.  Detrás de la casa pasa algo, mejor dicho, dentro. Un ruido nos alerta de ello. La negrura de la ventana enmarcada de azul encierra un misterio. Cercano, cotidiano. De un café rojo, tan rojo como las cortinas de Twin Peaks, sale un hombre viejo, va a buscar a Alvin. Llega a la casa, la cotidianidad rosa de la mujer gorda contrasta con el fulgor azul de la casa. La rodea, abre la puerta azul y le encuentra. En el suelo. Enfermo. Pero no derrotado. Sus pantalones azules y su camisa roja destacan en el suelo de la cocina. Poco antes de que Alvin emprenda su viaje de reconciliación Rose, su hija, contempla el jardín: una manguera abierta, una pelota azul, un niño que corre, la noche en todo su esplendor. Es un momento de paz. Alvin puede marchar. Y marcha. Y en su camino se encuentra con una versión amable de la casa en llamas de Corazón salvaje, con la casa ardiendo de Carretera perdida, una casa en llamas que es un simulacro. La realidad está en otra parte. Y sigue su camino. Y cuando está a punto de llegar, la máquina, el verde cortacésped que le ha servido para cumplir su anhelo, se para. Por poco tiempo. Una hermana mayor, un tractor verde, le da ánimos para seguir. Alvin llega a ver a su hermano Lyle. Y en ese momento echamos de menos a Jack Nance, el actor que desde Henry acompañó a Lynch y al que en cierto modo se evoca en el último plano, el que dirige la mirada azul de Alvin hacia el cielo negro y lleno de estrellas, el mismo cielo negro y lleno de estrellas con el que comienza…

 


…la noche de Mulholand Drive, no sin antes haber visto sombras bailando un rock and roll en un espacio azul de croma, de falsedad, de invención, bailarines sumidos en el vértigo del rock sobre los que vemos a una chica rubia preciosa flanqueada por dos ancianos. Sin transición el azul se convierte en el rojo de una colcha sobre una cama y la cámara desaparece entre sus pliegues para emerger en la noche en la carretera perdida de Mulholland Drive. Un coche silencioso, una mujer morena vestida de negro, las luces de la ciudad al fondo como estrellas en el cielo. Una amenaza de muerte, un accidente. La mujer escapa. Baja a la ciudad, baja a la pesadilla de palmeras enmarcando una calle, una casa, un refugio. Su alter ego, Betty, la rubia preciosa está a punto de llegar a Los Ángeles flanqueada por dos ancianos extraños. Sus vidas están a punto de cruzarse, de mezclarse en Hollywood, la ciudad de los sueños. Betty y Rita o Diana rubia y morena, en una historia de dobles y de repeticiones, de muertes y de llaves azules que abren cajas azules capaces de desdoblar el tiempo. Mientras los viejos que acompañaban a Betty parecen salir de debajo del radiador de Cabeza borradora, del teatrito donde cantaba la mujer elefante con sus cortinas rojas, ampliado hasta convertirse en el escenario del Club El Silencio, donde No hay Orquesta y la Llorona de los Ángeles llora sus lágrimas pintadas. Un teatrito en el que una figura de pelo azul contempla el escenario esperando…

 …lo que sea la próxima película de Lynch, la que todavía no existe, la que seguirá el camino que se va haciendo a través del hilo azul que une todo su cine. 

Nota. Este artículo sólo se ha podido escribir desde el presente partiendo de la ventaja de conocer las películas de David Lynch. Cuando hace veinticinco años, el 13 de mayo de 1981, vi por primera vez Cabeza borradora, no podía imaginarme los frutos que iba a producir aquel deslumbrante y al mismo tiempo terrible film. Este artículo está escrito Á rebours (al revés, a contrapelo, como se quiera traducir) y no es una coincidencia que en el inquietante libro de Huysman, que tanto tiene que ver con el universo de Lynch, con sus enfermedades, sus monstruosidades, pero también su belleza oculta en los lugares más inesperados, se hable de los distintos tonos de azul en una frase que seguro agradaría al propio Lynch: “el azul de las llamas tiene un tono de falso verde; si se  asocia al cobalto y al índigo, se vuelve negro; si se aclara, se transforma en gris; si es sincero y suave como la turquesa, se puede convertir en hielo…”

Barcelona, octubre 2006. (Publicado en Universo Lynch. Calamar Ediciones, 2006)

(Para los que no puedan verlas en el cine, en Filmin hay 9 títulos de Lynch disponibles) 

El regalo de esta semana es un cuadro lynchiano, por sus colores y su misterio.. 


 

 

 

 

 

 

 


sábado, 5 de junio de 2021

POLICÍAS


La policía siempre está en el punto de mira de la sociedad. La necesitamos, pero no nos gusta. Queremos que nos defiendan y nos cuiden, pero cuanto más lejos estén de nosotros, mejor. En realidad somos muy hipócritas. Sobre todo en sociedades democráticas. Es evidente que el papel de la policía durante las dictaduras (la franquista sin ir más lejos) cumple una función represora al margen de su trabajo como protección contra el delito. Eso justifica que durante esos años intentáramos mantenernos lo más lejos posible de los grises y procuráramos evitar pasar cerca de Vía Layetana en Barcelona o La Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol en Madrid. Con la consolidación de la democracia, la presencia de la policía en nuestras vidas se fue normalizando, aunque aún nos quedan resquemores muy profundos que yo, al menos, intento olvidar. La primera vez que fui consciente de que la policía era otra cosa fue cuando vi una manifestación de policías, mossos y guardias civiles reivindicando sus derechos y cantando La Estaca de Lluis Llach. No sé qué pensaría el independentista cantautor de esto, pero a ´mí me puso de pronto frente a la realidad: la policía había cambiado. Como debe ser. A esa normalización ha contribuido y mucho, la ficción tanto en cine como en televisión o en literatura, que ha encontrado en el colectivo uniformado una de las fuentes más fructíferas de argumentos.

Todo esto viene a cuento porque esta semana se estrena una importante película danesa de policías que ahonda en uno de los temas claves de  la realidad y la narrativa de este género: la brutalidad policial, tan presente en las primeras páginas de los diarios, sobre todo en Estados Unidos, donde se entremezcla de manera malsana y conflictiva con un racismo rampante y un enfrentamiento de clases entre ricos y pobres, no siempre asociados a blancos/ricos y negros/pobres, aunque esa sea la simplificación más repetida.


 


Shorta. El peso de la ley

La película se titula Shorta. El peso de la ley y es la opera prima de dos jóvenes directores daneses. El film se abre con una secuencia que recuerda el caso de George Floyd; un detenido, Talib Ben Hassi, gritando que no puede respirar. A partir de aquí, el protagonismo recae en dos policías que tendrán que pasar un día juntos. Uno de ellos es racista y prepotente, un claro ejemplo de un policía de derechas; el otro es callado, reservado, idealista. El primero es fiel al cuerpo: hay que protegerse entre compañeros; el segundo, testigo de la detención ilegal del joven negro que muere en prisión, se debate entre la lealtad al cuerpo y la honestidad de su conciencia. Juntos integran una bomba de relojería que explotará cuando se metan imprudentemente en un barrio marginal, un gueto de inmigración musulmana.  La historia arranca de verdad cuando entran en ese laberinto no solo de calles también de sensaciones y de emociones, donde quedarán irremediablemente atrapados. Porque en ese viaje al fondo de esa noche de pesadilla, Hoyer, el más decente y Andersen, el más brutal, se van a ver arrastrados a una experiencia que les cambiará para siempre. Todo empieza cuando detienen injustificadamente a Amos, un chico sospechoso, coincidiendo con la noticia de la muerte de Talib en la comisaria que desata una ola de violencia en las calles. Los tres, juntos o separados, transitarán de un punto a otro físico intentando salir de esa ratonera, y emocional, pasando de la confianza al miedo, de la certeza a la duda. Y es ahí donde Shorta deja de ser solo una película sobre la policía para convertirse en una reflexión sobre los prejuicios (de la policía respecto a los jóvenes sin futuro que viven en esas zonas marginadas; de los habitantes de los guetos respecto a la policía) y convertirse en un film que nos obliga a pensar en nuestro propio comportamiento. Los directores lo resumen muy bien cuando dicen: “Para nosotros, Shorta. El peso de la ley no es una película política, sino que habla sobre la gente. Nuestro objetivo no es defender ni criticar, sino intentar comprender qué hay detrás de los actos y de la visión del mundo que tienen las personas. Hablamos de unos jóvenes desfavorecidos y enfurecidos, privados de su derecho de acceso a la vivienda, jóvenes que se sienten demonizados e incomprendidos, así como de policías con exceso de trabajo y mal pagados que también viven una situación difícil.” Una combinación explosiva que se repite en cualquier ciudad de Europa, incluidas las nuestras. Lo mejor de todo es que, además, Shorta es una película de género que juega muy bien sus giros narrativos y que mantiene la expectación hasta el final.

 


Line of Duty
(Movistar y Netflix)

Si hablamos de policías, tenemos que hablar de Line of Duty, una de las mejores series sobre la policía que se han hecho nunca. La verdad es que me ha sorprendido comprobar que no había hablado de ella en el blog, cuando es una de las que más me gustan y lleva nada menos que 6 temporadas y 36 episodios desde su estreno en el 2012. Line of Duty, término que significa literalmente Cumplimiento del Deber, es una serie inglesa, ambientada en una ciudad no identificada. Sus protagonistas forman parte de una unidad policial dedicada al control de asuntos internos, es decir la policía de la policía. Los tres personajes principales son los investigadores Steve Arnott y Kate Fleming y el jefe Ted Hastings. Su trabajo es ingrato; vigilar a sus compañeros, acusarlos si es necesario y luchar contra la corrupción que se extiende por todo el cuerpo de policía como una lacra. Un caso sin resolver recorre las seis temporadas avanzando de una a otra al mismo tiempo que en cada una de ellas se enfrentan a un nuevo problema. Basada en investigaciones sobre el trabajo de la AC-12, la unidad anticorrupción de la policía británica, Line of Duty combina la ficción y la realidad con una gran dosis de verosimilitud. No podemos imaginar la serie sin su trío protagonista, pero al mismo tiempo hay que reconocer que es imposible sentir empatía por ellos. Ni Steve ni Kate ni el jefe Hastings son perfectos y transparentes, los tres esconden muchas cosas que lastran su trabajo irremediablemente, Pero juntos son implacables y aunque no te caen bien, no puedes dejar de seguirlos y querer saber más de ellos, sus relaciones, su vida y su trabajo. Line of Duty se puede ver entera en Movistar y en Netflix están  cinco de las seis temporadas.

 

EL RINCÓN DE LA RAREZA


Karen

No tiene nada que ver con policías, ni con problemas de actualidad. Pero no quería dejar pasar la oportunidad de hablar de Karen, sugerente película de María Pérez Sanz. La Karen del título es Karen Blixen, es decir la escritora Isak Dinesen, en sus últimos días en África. Esta Karen que habla en castellano, se mueve por un paisaje extremeño poblado de vacas, acompañada siempre de su fiel criado y amigo Farah Aden, es una figura casi abstracta, volátil, ligera, encarnada en una Christina Rosenvigen poseída por el espíritu de la escritora sin dejar de ser ella misma. Karen dura solo 65 minutos en los que acompañamos a esta mujer y su criado en un deambular por los campos de los que se está despidiendo, reflexionando sobre el fracaso de su empresa africana que sin embargo será la matriz de su éxito como escritora. La cotidianidad de los gestos, la belleza inesperada del lugar, la creciente complicidad entre los dos únicos personajes, se van colando poco a poco en el espectador, llevándole hacia un terreno muy alejado de cualquier realidad. Karen es un experimento delicado, minimalista que sentimos como un soplo de aire fresco. Para mi ha sido un pequeño descubrimiento que, además, me ha despertado el deseo de volver a leer a Isak Dinesen desde la imagen de Christina Rosenvigen.

 

El regalo de esta semana es un dibujo feliz y lleno de luz, que le gustaría a Karen y nos compensa de tanta policía.

 


 

 

 

 

 


sábado, 29 de mayo de 2021

SERVIDUMBRES

 

Todos tenemos servidumbres, todos nos plegamos a hacer y decir cosas que hacemos o decimos porque hay que hacerlas o decirlas (esta semana ha habido varias ejemplos de servidumbres políticas ocupando las primeras páginas de los diarios). Hay servidumbres necesarias, hay servidumbres humillantes, hay servidumbres lúdicas. De estas tres servidumbres tratan dos estrenos en salas y uno on line, de los que quiero hablar hoy.



 ARMUGÁN, EL ÚLTIMO ACABADOR

La servidumbre necesaria en este hermoso film de Jo Sol, es la de Armugán, “el ángel del abismo al que nadie desea encomendarse, pero resulta necesario cuando la decadencia arrasa la fantasía de eternidad con que los hombres esconden la implacable realidad. Sin embargo, Armugán no mata, no es un asesino. Posee una radical sabiduría que le permite ayudar a desprenderse del mayor de los sufrimientos, el miedo a morir”. Armugán, siempre a lomos de su fiel y necesario Anchel, vive en las montañas del Pirineo aragonés, en medio del silencio, entre el cielo y la tierra. A él acuden en busca de ayuda los que tienen seres queridos en el trance de la muerte. Porque Armugán, el último Acabador, tiene el don de ayudar a morir, de aceptar la muerte como parte de la vida que forma un círculo infinito. Armugán, el último acabador es una película difícil, no apta para gentes aceleradas, pero es un film que te da mucho más de los que te puedas imaginar. La belleza de la extraordinaria fotografía de Daniel Vergara, en un increíble blanco y negro que hace resaltar las rocas y las piedras de las montañas; sus silencios llenos de sonidos de la naturaleza, y su infinita serenidad en momentos de enorme dureza, son regalos poco habituales en el cine. Aunque aparentemente este nuevo trabajo de Jo Sol está muy lejos de su primigenia El Taxista Ful, en realidad no es tan diferente. También el taxista era en cierto modo un acabador, obligado a aceptar que su forma de entender la vida se había terminado. Pero lo que diferencia estas dos películas separadas por 15 años, es la madurez belatarriana de Jo Sol. Seguro que al director húngaro Bela Tarr le habría encantado este acabador con sus potentes imágenes, su ritmo poético, la belleza de sus paisajes y el deseo que despierta de que, cuando llegue el momento, tengas al lado un acabador que te ayude a dar el último paso.

 


SIERVOS

La servidumbre en el caso de esta película eslovaca es humillante. Por eso se llama Siervos. Una servidumbre moral, política, personal, que lleva a dos jóvenes seminaristas en la Checoslovaquia de 1980 a vivir en un mundo donde no cabe la discrepancia. Tampoco esta película es apta para los que tienen prisa y no soportan ritmos de narración mas pausados; ni para los que no aguantan el blanco y negro; ni para los progres que todavía levantan el puño y llevan banderas con hoces y martillos. Ninguno de ellos entenderá a estos siervos eslovacos. El ritmo está marcado por el sordo tañido de las campanas del seminario al que llegan Juraj y Michael para estudiar y llegar a ser sacerdotes. Pero ojo, porque la película ya nos coloca en situación desde su primer plano, de una construcción geométrica perfecta y de una ambigüedad moral evidente. Un coche se detiene debajo de un puente por donde pasa un tren, dos hombres sacan un cadáver del maletero y lo abandonan en la carretera. El misterio está ahí y la narración que comienza con la campana sorda se encargará de contarnos los porqués de esa situación. En ese plano ya están las bases estilísticas de una película muy construida formalmente. Cada plano está pensado, jugando con la geometría de los círculos, los cuadrados, los triángulos, las líneas paralelas en la que se enmarcan, como piezas de un juego terrible, los seminaristas, los que dirigen el seminario y la policía política de un régimen que, como ese comisario que lo representa, está cada vez mas podrido y lleno de pústulas. Y es aquí donde los progres se sentirán ofendidos, o más bien humillados. Sobre todo los que tengan memoria (histórica o no). La Checoslovaquia comunista de 1980, no es muy diferente de la España franquista de 1960. La lucha clandestina de los vaticanistas, enfrentados a la iglesia oficial aliada del Poder, es decir sierva del Partido Comunista, no es tan diferente de la lucha clandestina de los prosoviéticos enfrentados al régimen franquista. En realidad este paralelismo es lo más sangrante de todo: la lucha contra las dictaduras se parecen mucho.En España combatíamos para alcanzar la democracia, en Checoslovaquia combatían para alcanzar la democracia. Enorme y terrible paradoja que pone de manifiesto que la lucha más importante es la de conseguir que te dejen ser tú mismo. La represión comunista y la represión franquista alimentaban un deseo de ser simplemente… libres. No importa lo equivocados que estuvieran unos y otros en los caminos escogidos, lo importante es que se consiguiera la libertad de escoger, de ser, sin que nadie te castigara por no querer escoger lo que te obligaban a ser. Al margen de su belleza formal, (hay planos que parecen cuadros constructivistas en blanco y negro) y de su sórdida historia, estos Siervos de Ivan Ostrochovský son un recordatorio de que la historia y la vida se lee y se vive según tus circunstancias. Servidumbres en definitiva.

 


SHIVA BABY (Filmin)

En este delicioso estreno de Filmin (que recomiendo para aligerar la dureza de las otras dos propuestas) la servidumbre es absolutamente lúdica y consentida entre una Sugar Baby y su Sugar Daddy. Lo primero que tengo que agradecerle a esta primera película de una chica de 26 años canadiense que se llama Emma Seligman, es haberme descubierto un término que desconocía (lo siento, pero hay muchas palabras y costumbres de los más jóvenes que no conozco, como por ejemplo el Ghosting, pero eso se lo contaré otro día). Shiva Baby me ha familiarizado con el concepto de la Sugar Baby, literalmente “una chica que está dispuesta a intimar con alguien de forma permanente para que le pague sus estudios universitarios u otras necesidades materiales, con la idea de una relación basada en intereses mutuos entre adultos”. Naturalmente, para que haya una Sugar Baby tiene que haber un Sugar Daddy “la persona que paga las necesidades convenidas, y que disfruta de la sugar baby”. Normalmente son hombres mayores, con alta capacidad económica, que mantienen relaciones con una chica joven. No se puede decir que sea exactamente prostitución, es más un acuerdo consentido entre dos adultos. Bien, ya sabemos quién es la protagonista, una Sugar Baby. Pero la película se llama Shiva Baby y ¿qué es una Shiva, mejor dicho una Shiv’ah? Descubro que una Shiv’ah es un funeral judío, una tradición que reúne a los familiares y amigos de un fallecido en una especie de fiesta de celebración social donde se come, se bebe, se habla y se supone que se recuerda al desaparecido acompañando a la familia. Ya tenemos la protagonista, Danielle, la Sugar Baby, una estudiante a la que conocemos practicando sexo con su Daddy, Max, un hombre veinte años mayor que ella que la ayuda en su carrera. Tenemos también la situación, una Shiva a la que acude Danielle, joven judía, con sus neuróticos padres. Seligman conoce muy bien cómo funcionan las sugar babys y sabe por experiencia lo que es una Shiva. Sumando dos y dos le sale esta Shiva Baby en la que durante 70 minutos seguimos a la pobre Danielle por los rincones de la casa del funeral, intentando esquivar preguntas inconvenientes, conversaciones estúpidas y situaciones embarazosas. Pero sobre todo intentando esconderse de su Daddy, al que descubre entre los invitados acompañado de su guapa esposa y padre de una preciosa niña. Y por si esto no fuera suficiente, Danielle tiene que evitar encontrarse con Maya, una novia que tuvo cuando tenía 15 años y que ahora pretende volver con ella. Ágil, divertida, inteligente, mordaz, critica, Shiva Baby está muy lejos de las neurosis de Woody Allen y más cerca del humor lúdico de un Lubitsch contemporáneo, con puertas, equívocos, diálogos veloces y con dobles y triples sentidos. Es seguro que Danielle nunca olvidará esta Shiva y también es seguro que yo, al menos, no olvidaré el nombre de Emma Seligman.

 El regalo de esta semana es una montaña del Pirineo Aragonés, donde podrían esconderse Armugán y su inseparable Anchel.



 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 22 de mayo de 2021

UNA VACA, UN RODAJE Y UNA REINA

 

En estos días en los que están pasando tantas cosas, unas buenas (parece que la pandemia mejora de verdad), otras malas (todo lo sucedido en Ceuta), y algunas directamente olvidables por inviables (¿habrá un gobierno de verdad en Catalunya?) me he planteado un menú cinematográfico muy variado. Hay un primer plato delicado y sutil, con una enorme emoción, protagonizado por una vaca; un segundo plato, que se lee de un tirón en un libro evocador y sugerente y un postre en forma de serie africana de chocolate y muchas guindas.


(una vaquita de Ramon tan feliz como la de la película)

Primer plato: First Cow, de Kelly Reichardt

First Cow es un western. Es también una historia de amistad, entre dos hombres que se ayudan uno a otro y entre un hombre y una vaca. First Cow, La Primera Vaca, es la nueva película de Kelly Reichardt una de las directoras americanas más interesantes del siglo XXI. Todo empieza con un prólogo ahora mismo: una chica que pasea por el campo con su perro descubre unos esqueletos enterrados, huella de un pasado lejano, el que Reichardt evocará en una historia ambientada en el Oregón de 1820, donde Cookie, un cocinero ingenuo y King-lu, un chino inteligente, construirán una historia de amistad y de colaboración entorno a una vaca, la primera vaca que llega al territorio, propiedad de un rico granjero del lugar. Entre silencios y miradas, estos dos seres perdidos encuentran en la vaca una fuente de riqueza. Robar su leche cada noche hace que Cookie el cocinero, haga unas deliciosas galletas que King-lu se dedica a vender en el mercado de ese poblado primitivo donde conviven indios, tramperos y buscadores de oro. Mientras crece la amistad de los dos hombres, en la que no hay ningún atisbo de sexualidad y si mucho sentimiento, se va tejiendo una relación de Cookie con el animal al que visita cada noche para ordeñarlo. Historia de hombres, donde no hay prácticamente ninguna mujer, la sensibilidad de la directora se hace patente en la absoluta ausencia de violencia, en la serenidad del paisaje, en la mirada  más allá de lo inmediato. Reichardt coloca su cámara a la altura de los ojos, busca el equilibrio perdido con la naturaleza y deja un final abierto que conecta la historia de Cookie y King-lu con el principio de la película. First cow te deja con una sensación de paz, como cuando contemplas las aguas de un rio que fluye mansamente. Aunque sepas que más adelante puede haber rápidos que lo violenten, en ese punto donde tú estás, todo es serenidad. Sus dos horas pasan sin darte cuenta, pero su recuerdo se queda en la memoria mucho tiempo. Para acabar no puedo resistirme a copiar una frase de la mejor critica que he leído del film: “He aquí la historia de dos amigos que, en plena fiebre del oro, en vez de encontrar pepitas, se esmeran en hacer pastelitos de efectos proustianos. El cine como refugio y utopía.” (Víctor Esquirol en Otros Cines).

Nota 1: Un misterio que queda abierto ¿de quién es el tercer esqueleto?

Nota 2: Justo hoy, sábado 22 de mayo, leo una noticia: Cinco condados de Oregón quieren separarse de su demócrata estado para unirse al más conservador y republicano Idaho. Los herederos de Cookie y King-lu dejaron una sociedad progresista; los del granjero una sociedad reaccionaria.

 



(Berlanga y Azcona en el rodaje de El verdugo)

Segundo plato: Rodaje, de Gutiérrez Aragón.

Gutiérrez Aragón dirigió su última película en el 2008. Pero un narrador nato como él, no podía dejar de contar historias. Y así comenzó su carrera como escritor en el 2009 con la novela La vida después de marzo. Desde entonces, ha publicado tres novelas más, a las que suma este Rodaje que ya desde su titulo nos remite a sus dos amores: el cine y la literatura. Cuando empiezas a leer la novela, te das cuenta de que estás ante un texto inesperado: “¿Qué se necesita para hacer una película? Se necesitan unos actores, una cámara, dinero y cierto talento. Lo último no es absolutamente imprescindible.” A partir de aquí, Rodaje nos arrastra por un tiempo y una ciudad tan lejanos como el Oregón de Kelly, de la mano de un escritor que lo único que necesita es un personaje, un ordenador y mucho talento. El tiempo es el de abril de 1963, la ciudad, un Madrid primaveral y oscuro. El personaje, un joven guionista en busca de un productor en un contexto político teñido de miedo y de humor negro, de tragedia y de ensueño. Toda la historia sucede los seis días en los que el mundo se movilizó para impedir la muerte de Julián Grimau, militante del Partido Comunista fusilado por Franco el 20 de abril de 1963. En esos días, nuestro guionista se mueve entre las reuniones del partido comunista en casa de Juan Bardem y el rodaje de El verdugo de Berlanga en los Estudios CEA, siempre intentado escapar de la policía mientras vive un amor no correspondido que le sume en la melancolía. La gracia de Rodaje es que todo está contado como un cuento. Más que de neorrealismo, que podría ser el caldo de estilo de una historia como ésta, Gutiérrez Aragón inventa una especie de neoirrealismo, fantásticamente fantasmagórico, especialmente en el capítulo del cine. Si tuviera que definir este libro diría que es un road city book por ese Madrid donde el pobre Pelayo carga con su guión inacabado durante seis días y seis noches, sin poder quedarse nunca en ningún sitio, al mismo tiempo que vive su particular película de amor con una Laura idealizada y se sumerge en submundos misteriosos, escondidos tras las fachadas de los cines. No hay muchas novelas o películas que transcurran en  esos años en los que España empezaba a salir del agujero negro de la alargada posguerra de los cincuenta. Pelayo no es exactamente el autor, un joven santanderino que llegó a Madrid a mediados de los años sesenta, pero en cierta manera es él y muchos más, de antes e incluso de después. Rodaje me hizo recordar una frase de David Lynch que encontré en el estupendo libro Espacio para soñar. Lynch dice: “Yo creo que las cosas ocurren como se supone que tienen que ocurrir. Cuando te haces viejo te acuerdas de cuando te dedicabas a lo tuyo, lo comparas con lo de ahora y ni siquiera puedes explicarles a los jóvenes como eran entonces las cosas, porque les importa una mierda. La vida sigue. Un día, los tiempos de ahora serán sus recuerdos y ellos tampoco podrán contárselo a nadie. La vida es así”. Sí, la vida es así, pero está bien que alguien comparta la memoria personal y colectiva, aunque sea tamizada por la irrealidad.

Nota 1: A punto de cumplirse el centenario de Luis G. Berlanga, se reestrenan algunas de sus películas. En Flixolé se pueden ver casi todas y también las de Manuel Gutiérrez Aragón. Disfrútenlas.

 



Postre: Queen Sono Netflix

Este es un postre de chocolate, con guindas, ya lo he dicho al principio. La reina del título es la protagonista de la primera gran serie africana producida por Netflix. En el marasmo infinito del catálogo de la plataforma, puede pasar desapercibida. Yo la he descubierto gracias a  una amiga que está muy al tanto de todo lo que pasa en la cultura africana. La verdad es que Queen Sono me ha interesado mucho, a pesar de que no es una serie redonda. Resulta muy estimulante ver personajes tópicos y reconocibles de un género muy codificado, el cine de espías, en un contexto tan distinto como el de esta serie. La explico muy rápidamente: Queen Sono es una espía sudafricana de treinta años que trabaja con el invisible Grupo de Operaciones Especiales de su país, en misiones peligrosas en toda África. Su base está en Johannesburgo, pero Queen y su pequeño equipo se mueve por todo el continente. De hecho, esta serie tiene un mensaje sutil y subliminal. África es una unidad ,aunque haya muchos países: todos son África. Queen es muy hermosa, decidida, inteligente, pero arrastra un dolor: su madre, una activista que luchó contra el Apartheid, fue asesinada delante de ella cuando tenía cinco años. La trama que sostiene la serie y que, lamentablemente ha quedado inconclusa porque Netflix ha cancelado la segunda temporada, es la búsqueda de los responsables de la muerte de su madre. Esa es su particular investigación, la del Grupo de espionaje es la de combatir la corrupción del gobierno sudafricano, que alcanza las más altas esferas y la de desenmascarar a una inquietante compañía de seguridad privada rusa con base en Nairobi y una mujer al frente, la terrible Ekaterina, una especie de mezcla entre el Dr No y Putin, que no duda en financiar y proporcionar armas a grupos guerrilleros para después acudir a ofrecer  sus servicios a los gobiernos corruptos para acabar con los atentados de los movimientos supuestamente de liberación. En realidad nada demasiado nuevo en sus tramas ni en sus personajes, pero si atractivo en sus espacios y situaciones que nos demuestran que hay un África viva, rica y diversa de la que no sabemos casi nada. Ojala Netflix, y otras plataformas tan potentes como ella, sigan apostando por producir en países de todo el mundo. Queen Sono es la primera que hacen en Sudáfrica. No debería ser la única.

Nota 1: Lo que ha sucedido esta semana en Ceuta nos alerta de que África es un polvorín y nos obliga a pensar en ese continente olvidado y explotado. En realidad hay tres Áfricas: la sahariana, de la que forman parte Marruecos, Túnez, Libia, Argelia, Egipto, de origen árabe y religión musulmana; la subsahariana, con Mauritania, Mali, Níger, Chad, Sudán y Etiopia, de raza negra dominada por el yihadismo mas feroz e intolerante y de una gran pobreza; y el África negra propiamente dicha, la que va desde Senegal a Kenia y baja hasta Sudáfrica, una de las zonas más ricas del planeta, también de las mas explotadas, con múltiples idiomas y una espiritualidad mas animista que musulmana. La serie Queen Sono reivindica sobre todo esta África negra en un Panafricanismo histórico y cultural.

 El regalo de esta semana es un paisaje donde podrían vivir Cookie y King-lu.