viernes, 19 de marzo de 2021

TRADUCTORES

 

Los traductores

Esta semana de terremotos políticos en lo que una buen amiga denomina “el montepío mesetario”, me ha llamado la atención una noticia que demuestra el grado de estupidez al que puede llevar la mal llamada “corrección política”. Supongo que recuerdan la jovencita negra vestida de amarillo que en la toma de posesión de Joe Biden recitó un poema (precioso por cierto) y se hizo famosa de la noche a la mañana. Pues bien, los representantes de esta chica, (ignoro si con su consentimiento) a instancias de una activista holandesa, han decidido que solo pueden traducir sus poemas a otro idioma una artista joven, mujer y, sin duda, negra”. Por lo visto, solo una chica de pocos años y además negra, será capaz de entender la sensibilidad de su poesía. Perfecto, si eres hombre, mayor y blanco, vetado. ¿Eres el mejor preparado para hacer una traducción fiel y hermosa? No importa. En fin, no sé si merece la pena hacer más comentarios a esta nueva muestra de hacia dónde va una sociedad ensimismada en problemas que no son reales. Pero me ha venido a la cabeza para comentar una película que se estrena esta semana y que tiene mucho que ver. Se titula simple y sencillamente Los traductores, es francesa y está cuajada de actores y actrices conocidos. En este caso, el editor de un best seller mundial no tiene el problema de la poetisa americana. Entre otras cosas, porque nadie conoce al autor que se esconde detrás de un pseudónimo y puede ser blanco, negro, amarillo, joven, viejo, hombre o mujer. Al editor, por tanto, le da igual quién lo traduce, lo que le interesa es el negocio que produce el libro que se espera sea un nuevo best seller. Y para conseguir aun más publicidad y de paso garantizar que no se filtra nada del nuevo libro en las redes, encierra en un bunker a nueve traductores de distintas lenguas para que traduzcan el libro simultáneamente y sin acceso a internet. A partir de aquí, la historia se mueve entre Agatha Christie, un cadáver a los postres y un juego de muñecas rusas, con giros de guión inesperados y muy entretenidos. Los traductores, entre los que está Eduardo Noriega como traductor al español, (lo siento, a los guionistas no se les ha ocurrido incluir un traductor al catalán, al euskera y al gallego), son el cuerpo de la historia. Sus relaciones, sus complicidades, sus rivalidades, mantienen la intriga sin que decaiga en casi ningún momento. No es una gran película, pero se agradece que deje en evidencia el negocio sin alma de los fabricantes de best sellers y que de la voz a un colectivo del que casi nadie se acuerda nunca y gracias a los cuales hemos podido leer a Marcel Proust, a Richard Ford, a Tolstoi, a Henning Mankell y tantos escritores que de otra forma mucha gente no habría podido conocer jamás. Brindo por ellos.

 

El agente topo

Entre las nominaciones al Oscar al Mejor Documental de este año, está El agente topo, una película chilena de Maite Alberdi. Me alegro mucho por ella. La película me gusta, me parece muy original y divertida. He releído lo que escribí de ella cuando se presentó en el Festival de San Sebastián del año pasado, y sigo estando de acuerdo. Lo reproduzco con la idea de despertar la curiosidad por esta extraña, necesaria  y amable película.

De esta directora chilena recuerdo con gran cariño una película sobre las amigas de su abuela que se llamaba La once (hablé de ella en una entrada del 9 de julio del 2016). En La once ya se podía ver que Maite Alberdi no hacía documentales muy convencionales hecho que viene a confirmar este Agente Topo en el que prosigue su aproximación a las personas mayores, muy mayores, a través de una historia entre divertida, inverosímil y sobre todo inesperada. El resumen del Festival de San Sebastián dice: “Rómulo es un detective privado. Cuando una clienta le encarga investigar la residencia de ancianos donde vive su madre, Rómulo decide entrenar a Sergio, un hombre de 83 años que jamás ha trabajado como detective, para vivir una temporada como agente encubierto en el hogar.”. No tengo muy claro que este trabajo sea un documental, tampoco es una ficción preparada. Más bien creo que la idea es provocar una situación, Sergio infiltrado en una residencia de ancianas (hay cuarenta mujeres por cuatro hombres) y ver qué pasa. Con la complicidad de la dirección del centro y sobre todo del entrañable Sergio, la cámara de Alberdi se adentra en esa residencia de provincias y mira a sus habitantes con cariño y sin condescendencia. El Macguffin de la trama, encontrar las cosas malas que hacen contra los pobres ancianos, funciona solo como punto de partida. Es evidente que si la película se hizo con la colaboración de la institución, no iban a mostrar nada malo. Pero lo importante no es lo que hagan bien o mal las residencias para ancianos en todo el mundo, pasto de muerte y desolación de esta maldita pandemia, sino el poner en evidencia el abandono emocional por parte de sus familiares que padecen los viejitos recluidos en ellas, obligados a tejer complicidades entre ellos mismos y con sus cuidadores como refugio para su soledad. Como ejemplo, la clienta tan preocupada por su madre, no la ha visitado nunca ni ha puesto los pies en la residencia más que para dejarla allí. El agente topo llega en un momento especialmente delicado en el que la sensibilidad sobre qué hacer con los mayores se ha visto potenciada por la mortalidad provocada por el bicho de nombre de mascota. Hace pocos días leí en LaVanguardia un artículo que hablaba de “la campaña Old lives matter, Las Vidas Viejas Importan, impulsada por más de 40 organizaciones científicas, sanitarias y sociales de todo el mundo para sensibilizar a la población y luchar contra el edadismo, la discriminación contra la gente mayor basada en falsos prejuicios instalada en todas las sociedades.” Esta película se inscribe en este camino, con humor, elegancia, respeto y sensibilidad. Para acabar con este tema me gustaría recordar una frase de Ingmar Bergman, que he leído en alguna parte: “Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada se hace más libre y la vista se vuelve más amplia y serena”.


The Assistant
(Filmin)

Este film estrenado en Filmin, es lo más parecido a una película de Chantal Akerman que he visto nunca. Se presenta como “El thriller definitivo sobre el Me Too”. Es un buen reclamo para despertar la curiosidad de los espectadores. Pero en realidad no es ni un thriller, ni creo que su tema principal sea la reivindicación del Me Too. Encerrarlo en esta idea es reducir su carga corrosiva y de profundidad a una simple denuncia, no por necesaria, menos mediáticamente utilizada. La asistente del título es una joven recién licenciada, interpretada por Julia Garner, con una sobriedad y una enorme capacidad de transmitir en silencio estados de ánimo, impresiones y emociones. Jane lleva dos meses trabajando en una gran productora de cine en Nueva York, se supone que como asistente de un productor al que no vemos nunca y que todo el mundo ha identificado con Harvey Weinstein. Pero en realidad, ese jefe invisible es una figura  mucho mas generalizable y no solo en la industria del cine. Conocemos a Jane cuando sale de su casa antes de amanecer. Es la primera en llegar a la oficina y la última en irse. Su primer trabajo es encender todas las luces. A partir de ahí la acompañamos durante un día entero en sus tareas cotidianas que van desde limpiar el despacho de su jefe a fotocopiar guiones, de preparar café a dar explicaciones a la esposa del jefe, de organizar su agenda a atender y cuidar a las chicas que llegan a la oficina para verle. Casi sin hablar, con escasas interrelaciones con sus compañeros de oficina, testigos vergonzantes y cobardes de lo que sucede, obligada a callar si quiere continuar en su trabajo y sobre todo, ignorada por todos, Jane va poco a poco asumiendo su humillación. Es en esta descripción donde Kitty Green se muestra una alumna aventajada de Chantal Akerman. Jane, como Jeanne Dielman, realiza sus tareas cotidianas de una manera ordenada y metódica. Ella no se prostituye por las tardes, en realidad no se prostituye nunca “no te preocupes, no eres su tipo” le dice cruelmente el jefe de personal, pero si es humillada, violada de muchas pequeñas formas y relegada a ejercer unas funciones que no son las que ella esperaba tener al acceder a este trabajo. Pero igual que Jeanne Dielman en el 23 Quai du Commerce de Bruselas, Jane en este gran edificio del barrio de Tribeca en Nueva York, tiene claro su papel y lo representa bajo la cámara casi documental de una directora que demuestra ser mucho más efectiva con este film que muchas películas más evidentes.  

 El regalo de esta semana es un paisaje ideal para sentarse a leer un libro bien traducido.



 

 

 

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