A veces apetece ir al cine,
otras veces lo que quieres es quedarte en casa viendo una serie o leyendo un libro. Esta semana triste en la
que hemos vivido una tragedia inexplicable, y que nunca debió suceder, las tres
cosas pueden ser un refugio.
Un estreno: Wicker, Alex Huston Fisher, Eleanor Wilson
Wicker
quiere decir mimbre, la película se podía haber titulado así, Mimbre, o mejor, Hombre de mimbre. Pero ya se sabe que los títulos en inglés parecen
más atractivos. Nunca entenderé los criterios de titulación de las pelis. Se llame
Wicker, Mimbre, Hombre de mimbre, el
film nos coloca en el terreno de la leyenda, del cuento de hadas, de lo
fantástico. Una pequeña aldea cerca del mar y con un bosque. Una mujer
pescadera que ahuyenta a los hombres y a las mujeres por su olor; gentes
sencillas de pueblo, el hombre que hace cestas (wikerman), la mujer del sastre, la mujer del panadero… Nadie tiene
nombre, a ellos se les conoce por su oficio, a ellas por ser la mujer de. Solo
ella tiene su propia definición, ella es la “fisherwoman”, vive feliz con su
trabajo y en su vieja cabaña. Hasta que un día, un curioso ritual folklórico en
una boda, la señala como la próxima novia. Todos se ríen ¿quién se casará con
ella? La pescadora encuentra la solución: le encarga al wickerman, al hombre de las cestas, que le haga un marido de
mimbre. Y él se lo hace. Y resulta que es alto, guapo en su extrañeza,
cariñoso, trabajador, un gran amante y estupendo bailarín. Lo tiene todo, es el
marido perfecto. En el pueblo se despiertan los celos, las envidias, las
mujeres sueñan con el hombre de mimbre y desprecian a sus maridos; los hombres
tienen miedo de lo que representa. Y se desencadena una tragedia. Pero no se
preocupen, porque estamos en el mundo de los cuentos y los cuentos suelen
acabar con un “vivieron felices y comieron perdices”. Oliva Colman está
encantadora como la pescadora enamorada, Alexander Skarsgard se esconde detrás
de su máscara de mimbre pero se le reconoce, y el inolvidable Tyrion Lanister
de Juego de Tronos se acaba llevado
el pez a la cesta. Divertida, irónica, tierna, esta comedia romántica en forma
de fábula es una agradable sorpresa.
Una
serie: El Castillo, Isabel Peña,
Eduardo Villanueva, Elena Martín
Por desgracia esta serie no es
romántica, ni irónica, ni divertida. Pero si se puede leer como un cuento. El
título, El castillo, evoca los
cuentos de hadas. Hay un ogro malvado y princesas encerradas en la torre, un
apuesto príncipe que intenta salvarlas y un hada que las protege. Y una bruja
odiosa y algunos enanitos no demasiado amigables. Quizás Mabel Lozano, la
autora del libro El Proxeneta sobre
el que Isabel Peña y Eduardo Villanueva han escrito el guión, no estará muy de
acuerdo con esta lectura, o sí, quién sabe. El
castillo es un cuento cruel basado en hechos reales: la explotación de
mujeres jóvenes que se traen de Latinoamérica para prostituirlas en castillos
tenebrosos y cutres de carretera, clubs nocturnos que mejor no ver a la luz del
día y habitaciones que no tienen nada que ver con la de Irma la dulce. En esta historia hay cuatro grandes protagonistas.
El ogro es Suizo y Suizo es un Raúl Arévalo desconocido y
perfecto en su ambigüedad de protector/explotador/confidente. La princesa entre
las princesas es Claudia, la actriz colombiana Valentina Vidal, una joven
vendida por su madre, la primera que la explota, un hijo enfermo y muy poca
suerte en la vida. Claudia llega al Edén y descubre que el castillo no es más
que un cuchitril. El príncipe, Omar Ayuso, es un joven policía que aun no ha
perdido los ideales y cree que podrá vencer a los enanitos proxenetas, al ogro,
y a su poderosa organización que crece y se enriquece con la ayuda de un
mago/abogado, listo y muy malo. El hada se encarna en una enfurruñada y tenaz
Laia Marull, policía entregada en cuerpo y alma a combatir la trata de mujeres
que son la mercancía más valiosa en las carreteras de la España vaciada. El
paisaje es el desolado y plano horizonte de la meseta de Ciudad Real. No hay
bosques ni refugios. Los personajes están bien dibujados, los objetivos claros
no se esconden ni se disimulan: esta es una serie de denuncia de una lacra
social que dura y perdura en nuestro país en parte por las brujas que lo
sostienes. Brujas en plural porque en este cuento contemporáneo este rol se lo
reparten a partes iguales una abogada desalmada y una juez demasiado rigurosa.
Por todo esto vale la pena ver El
castillo. Aunque la puesta en escena y el guión no se arriesguen, el riesgo
ya lo corren las pobres princesas/prostitutas.
Un
libro: Notas sobre una vida, Eleanor
Coppola, Circe
Acaba de publicarse una nueva edición de las memorias de Eleanor Coppola, revisada y con un prólogo escrito por mí. Cuando las editoras de Circe me preguntaron si me apetecía hacer el prólogo a esta nueva edición, dije enseguida que sí. Eleanor Coppola me ha parecido desde siempre una mujer potente, alguien con una enorme personalidad que ha sabido ponerse en un segundo plano de apoyo a su famoso marido, Francis Ford, a sus famosos hijos, Sofía y Roman, y a su nieta Gia. Siempre estaba ahí para ellos, pero eso no quiere decir que no estuviera también ahí para ella. El prólogo que he escrito para las memorias se llama La mujer fuera de campo. Y eso es lo que fue Eleanor Coppola, la mujer que nunca sale en la foto, pero la foto no existiría sin ella fuera de campo. El último párrafo del prologo dice. “Notas sobre una vida acaban en junio del 2005. Francis está trabajando en el rodaje de Juventud sin juventud en Rumania, Sofía monta María Antonieta en Nueva York, Román está en Los Ángeles preparando una retrospectiva de su obra en el Teatro Egipcio de Hollywood, Gia está haciendo prácticas en una revista. “La familia está bien” escribe Eleanor. Y ella, ella está en Napa en la nueva casa. Sí, la familia está bien, y ella también.” Leer estas notas es revivir sesenta años de historia del cine, de Dementia 13 a Megalópolis, de Las vírgenes suicidas a María Antonieta, sin olvidarnos del loco rodaje de Apocalypse Now o de los tres Padrinos. Reconozco que no soy objetiva, pero a mí me engancharon y no pude parar hasta acabarlas con el sentimiento de que quería más.
El regalo de esta semana, por una vez, es una foto mía de un precioso Wickerbird, que me acompaña desde hace mucho años.




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