(un
río de western en España)
Western: Alemanes 1
Me
gusta el western. El clásico, Hawks, Mann, Ford; el crepuscular, Eastwood,
Peckinpah; el super moderno, Westworld.
Si me gusta el cine del oeste por lo que tiene de icónico, reconocible, por las
contantes de sus códigos, de sus personajes, de sus situaciones, de sus
paisajes. Me gusta mucho el western por eso me gusta mucho Western, una película alemana que, curiosamente, no se va al oeste
sino al este, a Bulgaria, pero en la que encontramos todos los elementos de ese
cine de conquista (la del Oeste, la del Este); de enfrentamientos entre
culturas (los ganaderos y los granjeros; los indios y los colonos; los obreros alemanes
que van a construir un pantano en Bulgaria y los habitantes del pueblo cercano);
de lucha por la posesión del agua (este tema dio origen a películas memorables
como Horizontes de grandeza y aquí se
convierte en uno de los conflictos más importantes); de saloones y bares,
territorios de convivencia y de intercambio; de las chicas curiosas con los
extranjeros; incluso de duelos entre rivales. Pero sobre todo me gusta el
personaje central de este film, el hombre sin nombre (aunque lo tenga), ese ser
solitario, callado, siempre con un cigarro en la boca, tan parecido en su
comportamiento al James Stewart de Tierras
lejanas, aunque su aspecto sea el de un Clint Eastwood envejecido. Ese
hombre que huye de la violencia pero no rehúye la pelea, que busca un lugar
donde quedarse después de no tener ninguno, veterano desencantado de mil
guerras como Jeremías Johnson, ese hombre que vaga por las montañas en un
caballo blanco es un personaje que me mantiene ligada a la historia. Hay muchas
más cosas en este western europeo y contemporáneo. Cuando hablamos de grupos de
inmigrantes que se van a trabajar a otro país, siempre pensamos en gentes que
huyen de la miseria para buscar una vida mejor. Pero hay otro tipo de
inmigrantes, como los que retrata este Western:
los trabajadores ricos que van a países pobres a construir infraestructuras
como este pantano que una cuadrilla de obreros alemanes está construyendo en un
pueblo de Bulgaria. Ellos se sienten superiores en todos los sentidos, y
ejercen esa superioridad desde su marginación. Es una Europa rica (no solo en
dinero) frente a una Europa pobre (no solo en dinero). Un mundo, como el del
oeste, desequilibrado en el que a pesar de los esfuerzos del hombre bueno y
solitario, los indios acabarán en una reserva o convertidos en colonos como los
conquistadores. Y para acabar un apunte que hace que este film me parezca uno
de los mejores del año. El mundo masculino, me atrevo a decir viril, propio del
western y propio de un grupo de hombres dedicados a la construcción con grandes
maquinas que se comen el paisaje y destrozan el entorno, esta filmado por una
mujer. La alemana Valeska Grisebach no es ni Kathryn Bigelow, ni Claire Denis,
dos mujeres que filman como si fueran hombres. Valeska mira,
observa y filma desde un punto de vista femenino (no feminista, no confundir) y
eso produce una extraña sensación de contradicción que hace aun más apetecible
este film inesperado.
(Tres
jóvenes en tránsito: Anna Seguers, Georg K. Glaser y Albert Camus)
En tránsito: Alemanes 2
También
produce una extraña sensación otra película alemana que se ha estrenado estos
días. En tránsito, de Christian
Petzold. Hay un rasgo común entre los dos films: ambos apelan a códigos de
géneros muy bien establecidos (el cine del oeste en una, el melodrama en tiempos
de guerra en el otro), y narrativas muy clásicas, pero descontextualizadas en
el tiempo. En tránsito está basada en
una novela de Anna Seguers escrita en el año 1942. Cuenta una historia de refugiados
que intentan escapar de la ocupación alemana, de suplantación de
personalidades, de amores imposibles. Una historia de gentes que no existen,
que no pertenecen a ningún sitio. Tampoco a ninguna época. Por eso el director sitúa
esta historia en una Marsella de ahora mismo, reconocible en sus calles, en sus
coches y en sus bares. Una Marsella donde los personajes, neutros en su
vestuario, se mueven como fantasmas en tránsito entre dos tiempos, dos
realidades. Viven en medio de lo que Petzold llama, citando a Georg K. Glaser, otro escritor alemán de la misma época, “el silencio
histórico”. Entre la metafísica propia de El
extranjero de Camus (novela escrita en el año 1942, como la de Seguers) y la
ciencia ficción de los universos paralelos, se desarrolla una historia de amor,
un melodrama de pérdida que habla del ahora mismo. Igual que Western, este film alemán apela a la
Europa de hoy, donde la crisis de los refugiados que intentan
llegar a un paraíso soñado mientras permanecen en un estado de tránsito en un
mundo donde renacen los nacionalismos excluyentes y xenófobos, nos demuestra
que por desgracia, Europa parece no haber aprendido mucho de su historia en el
Siglo XX. El riesgo de Petzold es el de utilizar las imágenes de ahora para
contar la historia de siempre. Cuesta aceptarlo, pero si se entra en su juego,
resulta fascinante.
(Con
Schlöndorff en Madrid, junto a Juanma Aragón y Jesús Monroy en el Festival de
Cine de Madrid que organiza la Plataforma de Nuevos Realizadores)
Volker
Schlöndorff: Alemanes 3
En
paralelo a estas dos películas he estado leyendo la autobiografía de Volker
Shlöndorff Tambour battant, que el
director alemán me regaló cuando le conocí en Madrid en octubre del año pasado.
Es apasionante, divertida y un repaso a la historia y el cine de más de
cincuenta años. Schlöndorff nació en 1939, fue un niño durante la guerra, un
adolescente en la posguerra, un joven alemán en la Francia de principios de los
cincuenta, un joven entusiasta del cine que a los 21 años trabajaba con Louis
Malle en Zazie dans le metro y desde
entonces nunca ha dejado esta profesión. Tenía 26 años cuando su primera película, El joven Torless, deslumbró en Cannes.
Alemán en tránsito permanente, ha vivido en Francia, Italia, Estados Unidos. Ha
hecho películas de autor, Tambor de hojalata es quizás la más famosa, pero
no ha dicho nunca que no a hacer películas de encargo. Para él, el cine es un metier entendido en el más amplio
sentido de la palabra: un trabajo bien hecho. También Schlöndorff vivió su
particular western cuando dirigió y puso en pie los ruinosos estudios
Babelsberg de Postdam en el Berlín Oriental donde se habían rodado títulos
míticos de la historia del cine: El ángel
azul, Metrópolis, Fausto. Abandonados a su suerte, estos estudios eran una
ruina cuando Schlöndorff aceptó el reto de reconstruirlos. Como los obreros de Western, fue recibido como un invasor,
pero a diferencia de ellos, él consiguió integrarlos en el proyecto. Hoy son
una de las mejores instalaciones de cine de Europa. Pero una autobiografía es
también una historia personal y política. Leerla es repasar la historia de
Europa y de Alemania del siglo XX. Mayo del 68 y lo que significó para una
generación; la banda Baader-Meinhof y sus connotaciones revolucionarias, el entusiasmo
y el desencanto; la caída del muro de Berlín y la pérdida de las ideologías.
Contado en primera persona, sin dar lecciones, sin moralismo. Y la vida
personal, tan agitada, tan vivida, tan emotiva. Los libros de memorias tienen
algo de exhibicionismo, es evidente. Este, escrito en el año 2009 cuando
Schlöndorff tenía setenta años, no escapa a esta norma. Pero lo hace con una
dignidad y una sinceridad que conmueve. Y sobre todo lo hace con la
inteligencia de quien sabe que está escribiendo para recordar.
(algunas
perlas del libro)
“Todos
querían saber qué opinaba yo como alemán. Cuanto más intentaba asimilarme, mas
me veía obligado a preguntarme sobre mis orígenes alemanes. Poco a poco
comprendí que la identidad -a diferencia de la virginidad- no es una cosa que
se tiene y se puede perder, sino algo que se adquiere.”
Fritz
Lang citado por él: “Sobre este tema te voy a decir algo francamente. Siempre
me he mantenido en la siguiente posición: en los momentos de mi vida en que me
he visto obligado a escoger entre alguna cosa que habría sido buena para mi
personalmente en detrimento de mi trabajo – y digo trabajo, no dinero- siempre
he optado por el trabajo. He hecho las películas como tenía que hacerlas.”
Louis
Malle frente a los frescos de Mantegna, citado por él: “Es un gran pintor,
porque puedes ver que tiene una moral, una ética, no en los temas, sino en los
medios que escoge para pintarlos. El tema no es realmente lo importante.”
Sobre
los actores: “Yo no hago las películas con ellos sino sobre ellos. La
personalidad del actor en el cine es más importante que la del papel que
interpreta. Una película de ficción es siempre un documental.”
“Quien
se detiene una vez no se pone en marcha nunca más, dicen los nómadas. ¿Quiere
decir que solo sobrevive el que sigue siempre en el camino?”
Me acaba de indicar Volker Schlöndorff que hay una traducción de sus memorias al castellano publicada en México
Luz, sombra
y movimiento. Mi vida y mis películas.
Volker Schlöndorff
Dirección General de Publicaciones y
Fomento Editorial
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