Viaje largo, en el que abundan las aventuras adversas y favorables al viajero.
Sucesión de peripecias, por lo general desagradables, que le ocurren a alguien.
La Odisea, Christopher Nolan
Todos hemos vivido alguna
odisea en algún momento de nuestra vida. Todo el mundo sabe lo que significa
una odisea. Quiero creer que también hay mucha gente que sabe que esa palabra
que describe un viaje azaroso y complicado viene de un libro famoso, La Odisea de Homero. La Odisea toma su
nombre de su héroe protagonista, Odiseo, nuestro Ulises de toda la vida. Fueron
los romanos, Virgilio sobre todo, los que transformaron el Odiseo griego en el
Ulises latino con el que ha llegado a nuestros días el héroe de la Guerra de
Troya. El cine se ha ocupado muchas veces de contarnos su historia, pero hay
una grabada en el recuerdo de los niños que tenían entre 10 y 15 años cuando se
estrenó el Ulises de Kirk Douglas, un
péplum legendario que no he vuelto a ver, pero recuerdo lleno de colorines y de
hombres con faldita. Tengo otro recuerdo, este personal, de cuando en clase de
griego –¡tiempos aquellos que se enseñaba griego y latín en el bachillerato!–
nuestro profesor nos hacía traducir La
Ilíada y La Odisea de Homero. No
era muy buena traduciendo, pero si era muy buena soñando en un lejanísimo
pasado. Ocho siglos antes de Cristo era algo que estimulaba mi capacidad de
imaginar. ¿Cómo era ese mundo en el que los hombres luchaban en Troya por el
rapto de una mujer? ¿Cómo eran sus dioses, sus historias? La Ilíada y La Odisea alimentaban
mi fantasía. Y la idea del caballo que engaño a los troyanos y provocó el fin
de una civilización, se ha quedado incrustada en mi memoria. ¡Cuántos caballos
de Troya hemos sufrido en nuestras vidas sin tener conciencia de ello hasta que
ya era demasiado tarde! Ulises fue el que se inventó el caballo y fue castigado
por Poseidón a través de la maldición de Casandra a vagar perdido en los mares
camino de Ítaca, viviendo la primera, la única, la auténtica odisea. Si el
Ulises de Mario Camerini, con Kirk Douglas y Silvana Mangano, la bella
Penélope, respondía a un tiempo de héroes y de aventuras a mediados de los
cincuenta, el Odiseo de Nolan, se encarna en un atormentado Matt Damon, con
conciencia de culpa por lo que hizo en Troya y por haber perdido a su tripulación.
También por haber olvidado a Penélope, una Anne Hathaway que no consigue
librarse del diablo de Prada, tejiendo y destejiendo frente a un Antinoo al que
llena de mezquindad Robert Pattinson, Su hijo Telémaco/Tom Holland, parece
escapado de las telas de araña de Spiderman para caer en las telas de araña de
los pretendientes al trono de su reino y la cama de su madre. Por ahí andan
Zendaya en el papel de Atenea, la diosa muda y protectora de Odiseo y Charlize
Theron, tan hermosa como en un anuncio de perfumes en su papel de Calypso, la
musa que retiene a Odiseo en su isla, o Samantha Morton como una Circe
envejecida y malvada, o la inquietante Mia Goth, la desleal sirvienta de
Penélope. Pero por encima de todos, está Nolan, el grandilocuente Nolan, el
magnífico Nolan, el único director capaz de realizar un film como este, tan
grande, tan caro, tan apabullante y tan entretenido. Porque aunque esta Odisea
es oscura como los tiempos que retrata y los tiempos en que se realiza, es
también un gran espectáculo que te envuelve y te hace sentir parte de esa
historia no por conocida menos brillante. Dura tres horas y cuando se acaba
quieres más aventuras, mas reflexiones. Desde la primera secuencia donde el
joven soldado Sinon/Elliot Page, espera para hacer entrega del regalo del
caballo de madera a los troyanos, sabemos que estamos en el terreno de lo
fantástico. Ese caballo enterrado en la arena es un eco del último plano de El planeta de los simios, y como allí,
simboliza el fin de una civilización, un mundo que quedó arrasado cuando cayó
Troya ante los ojos asustados de Ulises horrorizado por la devastación que ha
desatado. Hay más ecos de cine en La
Odisea, del cine de Nolan, claro: de Memento
toma la pérdida de memoria; de Origen
o Tenet, dos odiseas en otro
contexto, toma el laberinto; de Interstellar
toma la vuelta del padre. Esta Odisea no será épica, pero es un gran tren
eléctrico, como diría Orson Welles, con el que se pueda jugar este verano.
Omaha, Cole Webley
Este film pequeño, intimo,
emocionante, es también una odisea y puede servir de contrapunto al apabullante
Nolan. Omaha es una road movie encadenada a películas sobre desarraigos como
la reciente Rebuilding o Nomadland hace un tiempo. Empieza una
mañana en la que un hombre recoge lo que
puede de su casa y empuja a sus hijos pequeños, una niña de nueve años y un
niño de seis, a subir al coche. Tienen que irse, se han quedado sin casa. Los
niños no entienden que pasa, él tampoco se lo explica. Solo saben que van a
Nebraska, ¿Por qué? Tampoco el espectador lo sabe. Durante tres días en la
carretera, seguimos a esta familia sin madre en una huida hacia adelante, con
risas y tristezas, con momentos duros y momentos alegres, con complicidades y
separaciones desgarradoras. Es una pequeña odisea por las carreteras de un país
en crisis. Como cualquier odisea, esta también tiene un final que no quiero
desvelar. Me quedo con la sensación de haber ido en ese coche durante muchos
kilómetros acompañando a Ella, Charlie y su asustado padre. Las odiseas acaban
pero a veces el héroe no vuelve a casa.
El regalo de esta semana es un paisaje, un refugio para los odiseos y las odiseas.



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