sábado, 4 de julio de 2026

PIALAT


Estamos tan acostumbrados a ver series de una manera indiscriminada y constante, que se nos ha olvidado que hubo en tiempo en que ver series era otra cosa. Podías estar años siendo fiel a una serie, recuerdo Expediente X que duró ¡quince años! o más atrás, en la tele en blanco y negro Perry Mason o Bonanza. También hubo series míticas británicas, Retorno a Brideshide en 1981, o la divertida Sí, ministro de 1980 a 1984. En nuestra tele, una de las mejores fue El olivar de Atocha, basada en el libro de Lola Salvador, o la impresionante Los gozos y las sombras, sobre el libro de Gonzalo Torrente Ballester. En Francia también había series, pero las conocíamos menos o yo las recuerdo menos, Belphegor, el fantasma del Louvre, de 1965 es una de las que me quedó grabada. Los protagonistas de estas series se convertían en amigos a los que veiís semanalmente, o te estimulaban a leer novelas que no conocías. Me gustaba esta manera de ver las series, que echo de menos frente al deglutir miniseries una tras otra. Por eso me alegro de haber descubierto, en realidad no la he descubierto yo sino la distribuidora Atalante, una serie francesa de 1971, dirigida por Maurice Pialat y que ahora se estrena en algunos cines con categoría de evento, esperando que no tarde mucho en llegar a Filmin donde se pueden ver 13 de sus películas restauradas.


La Maison des Bois, Maurice Pialat, Francia 1971

Pialat siempre dijo que esta no era una serie de televisión, sino una película en siete fragmentos. Da igual como la definamos, el hecho es que son siete capítulos de casi una hora que se pueden ver en dos sesiones, así es como se estrena en cines puntuales de toda España, un sesión con tres capítulos, otra al día siguiente con cuatro capítulos. Yo también la vi en dos sesiones: la primera con los capítulos 1 y 2; la segunda al día siguiente, con los cinco restantes. Me costó un poco entrar en el primer capítulo porque no tenía ni idea que iba a ver. Pero a partir del tercer, ya no podía parar. Quería saber más de esos personajes, de sus vidas. La historia se cuenta con muy pocas líneas. Estamos en la Primera Guerra Mundial. En un pequeño pueblo de la retaguardia, en una granja al lado del bosque, viven acogidos tres niños de París, que sus padres han enviado al campo durante la contienda. Mama Jeanne y Papa Albert tienen un hijo, Marcel,  y una hija Marguerite, y tienen acogidos a Michel, Hervé y Bébert. En el primer episodio no queda muy claro, pero el auténtico protagonista de la serie es Hervé. Cada capítulo empieza con una referencia a la guerra que pasa lejos, pero no tan lejos que no sufran sus consecuencias. Los soldados son el telón de fondo de las aventuras de estos tres niños, su vida en la escuela del pueblo, donde el propio Pialat ejerce de maestro, las correrías por el bosque, los animales, el amor de Mama Jeanne, las enseñanzas de Papa Albert, la protección que le ofrece a Hervé el Marqués, la taberna donde se reúne todo el pueblo. Jacques Rivette escribió después de verla que era “hermosa como un Renoir”. O dos Renoir, porque tanto el pintor como el cineasta se reconocen en las escenas en el campo, al lado del rio, las fiestas populares. Pero también hay algo de La guerra de los botones, de 1962 y mucho del Jean Vigo de Cero en conducta, de 1933. Todas estas referencias, tanto la pictórica como las de cine, no son evidentes en La Maison des Bois, están ahí, ocultas, como una red invisible que sostiene la historia de Hervé. Hay momentos de mucha emoción; hay secuencias divertidas; hay tristeza y dolor; hay de todo porque en la vida hay de todo. No quiero contar mucho más, tan solo decir que la serie acaba en 1918, cuando acaba la guerra y con ella acaban las largas vacaciones de Hervé en la granja. Ojala la estrenen pronto en Filmin, mientras tanto, si están en Barcelona, la serie se proyecta en el Zumzeig el sábado 4 y el domingo 5 de julio.




Amor, apocalipsis, Anne Émond, Canadá

Tiene un título espantoso, un cartel que te tira para atrás de cualquier deseo de verla, pero a pesar de eso, vale la pena no dejarla pasar escondida entre los estrenos olvidables de la semana. No es una obra maestra, pero es un soplo de aire fresco. Está dirigida por Anne Émond y protagonizada por dos estrellas del cine canadiense. Es una comedia romántica, pero no es lo que te esperas de una comedia romántica. De entrada, tiene un protagonista masculino  muy poco convencional. Un hombre de 45 años, taciturno y bondadoso, cuidador de perros, con una ayudante adolescente a la que no entiende, un padre estrafalario y un pequeño grupo de amigos. Adam, tiene, además, una profunda angustia ecoexistencial que no le deja vivir. Para solucionarlo se compra por internet una especie de lámpara mágica supuestamente terapéutica. Pero lo verdaderamente terapéutico es la voz de Tina, la persona que atiende el teléfono para resolver las dudas que tiene Adam con su lámpara de Aladino. Enamorarse de una voz es algo poco habitual, pero no raro, que esa voz no sea de una IA sino de una mujer muy carnal y comprensiva, es lo que lleva a Adam a salir de su espacio de confort/angustia para vivir un amor en medio de un apocalipsis. Lo peor de la película es la deriva romántica de algunos momentos; lo mejor es como los supera y asume una relación en la que los  accidentes climatológicos y los terremotos forman parte de la historia. Una película bonita, que además pone el dedo en una llaga muy extendida aunque se hable poco de ella; la angustia ecoexistencial que provoca el cambio climático y sus consecuencias (las estamos viviendo estos días en toda Europa y muy cerca de casa con los incendios) en la salud mental y física de las personas. Refugiarse en un cine es una posibilidad que no hay que desdeñar.

El regalo de esta semana es una acuarela muy bonita y relajante



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