domingo, 27 de septiembre de 2026

DOS ESTRENOS QUE VIENEN DE SANSE Y...

 

He vuelto de san Sebastián y escribo esto el sábado por la noche. Estoy muy contenta del festival, ha sido muy bueno. He visto muchas películas que me han gustado, me han interesado y, sobre todo me han hecho pensar. Y he visto amigos y he conocidos nuevas directoras. En esta entrada solo voy a hablar de dos títulos, no porque sean los mejores, simplemente porque se estrenan y no los quiero dejar pasar. De las demás, resumen la semana que viene.


La bola negra, Javier Calvo, Javier Ambrossi

Es difícil decir algo de esta película tras el bombardeo informativo, aunque se ha hablado mucho de La bola negra, pero se ha contado poco de lo que tiene dentro. Reducirla a una película sobre García Lorca, o sobre la guerra civil, o sobre tres hombres homosexuales en tres momentos distintos, no es decir mucho. De entrada, yo creo que García Lorca es el macguffin, pero no el tema; la guerra civil está ahí, pero como escenario para vivir una historia muy privada y desde una perspectiva muy poco bélica; y de los tres hombres, creo que en realidad solo habla de un hombre, Sebastián, que recorre las tres historias como el dibujo de un puzle cuyas piezas se van acoplando hasta llegar ser una única bola negra y blanca. Sebastián el soldado sin ideología, obligado a servir donde le mandan y a amar a quien no puede salvar; Sebastián, el conservador de unas páginas escondidas de una obra maldita y perdida que vemos en paralelo; Sebastián el abuelo, que lega este pasado a un nieto que en 2017 intenta reconstruir el mapa de su vida. En esta historia de hombres hay algunas mujeres, pocas, une historiadora escéptica, una madre terrible y una mujer magnifica. El personaje que hace Penélope Cruz es uno de los mejores de la película y de su carrera. Con tan solo tres secuencias, Penélope consigue ser tres personas distintas; la picara cupletista Nené Romero, la mujer herida y rota por el dolor y la rebelde y valiente cantante de Batallón de Modistillas. Está estupenda, una bola blanca para ella.


Mis muertos tristes, Pablo Larraín, serie en Netflix

En el festival esta serie se vio como una película larga, ahora se estrena en Netflix en su formato original, una serie de cuatro episodios. Mis muertos tristes, una de las series más interesantes y perturbadoras del año, es la prueba de que las plataformas son importantísimas para poder hacer un cine ambicioso, experimental y arriesgado. Todo depende de quien lo haga y de lo bien que salga. Y estos muertos tristes de Pablo Larraín basaddos en un libro de cuentos de Mariana Enríquez, es muy bueno. Mucho. Emma, estupenda Mercedes  Morán, es una doctora obligada a jubilarse a los 60 años. Emma tiene un don que es una maldición, ve a los muertos y habla con ellos desde que era una niña. Nadie la cree y mucho menos su hermana o su hija, pero a ella no le importa. Emma consigue calmar a los muertos que sufren, en especial a su madre. Precisamente la muerte de su madre hace que su hermana y su familia vuelvan a Buenos Aires. Y llega Julie, su sobrina. Julie es rara, gorda, grande, tiene una sexualidad desatada. Julie es como Emma, ella no solo ve a los muertos, ella disfruta sexualmente de los muertos. Y, naturalmente, nadie la creen. El asesinato de tres adolescentes en ese barrio violento y peligroso, será el desencadenante de una serie de situaciones en las que Julie, Emma  y un tanque de agua, tienen mucho que decir. Con evocaciones del Hospital Kingdom  de Lars von Trier,  un color que recuerda las flores de plástico de los cementerios y un olor a cera en una iglesia cerrada, estos muertos tristes de Larraín/Enríquez/Moran consiguen mantenerte casi cuatro horas sin apartar los ojos. Porque además es una película política, Argentina está llena de muertos y de fantasmas, y es una serie con mucho humor soterrado, irónico, cruel.

 


Un día muy especial

Todo empezó con un paseo con Idoia, una  vieja amiga de san Sebastián. Idoia lleva 30 años trabajando en el festival donde empezó cuando era poco más que una adolescente. Cada año nos vemos y damos un paseo, esa mañana el día era precioso y no hacía demasiado calor. Mirando la Concha y el mar, Idoia recordó los últimos versos de Antonio Machado: “Estos días azules y este sol de la infancia”.  El cielo azul, el sol y dos amigas caminando. 

Al mediodía, viví otro momento emocionante. José Luis Rebordinos se despedía de su cargo de director del festival tomando una copa con unos pocos amigos. Rebor y Lucía, porque Lucía también se despedía. Rebor se jubila y tras 16 años como director y 30 en el festival, se retira, dudo que a descansar. Lucia, la columna sobre la que se apoyaba Rebordinos y que a su vez le protegía, no se jubila, pero no quiere seguir. Con ellos se cierra una etapa magnífica, una época de crecimiento, de consolidación, de risas y de amistad. Escuchando a Rebor, no a Lucía que nunca habla, viéndoles juntos con todos nosotros, sentí que algo en mi también se cerraba. Llevo 41 años yendo al Festival de San Sebastián, he pasado por todo, periodista, responsable en su comité de dirección, para volver a ser periodista. He vivido todas las transformaciones de un festival que era pequeño y provinciano y ahora es grande y universal. En aquella pequeña sala, recordé todos los momentos que he pasado con Rebor en los diez años que compartimos comité de dirección y viajes y discusiones y alegrías y alguna lágrima. Fueron extraordinarios, fueron importantes y sobre todo fueron nuestros: los atentados del 2001, el cambio al Kursal, las esperas a la salida de las proyecciones para saber que pensaban los críticos. Los viajes con Alfredo a Alemania, Suiza, Austria, con sus maratonianas sesiones de cine y sus chupitos de shnaps, las charlas tranquilas, la complicidad. Porque siempre tuve complicidad con Rebor y la sigo teniendo. Allí,tomando una copa, conocí a su mujer, a su hijo Y me di cuenta de que mi Rebor era solo uno de los Rebor que hay en Rebor. Con ese me quedo.

Por si no era suficiente tormenta emocional y de recuerdos, al atardecer, viendo ese sol de la infancia y los cielos azules y naranjas desde Tabakalera, viví otro momento especial. La Academia de Cine le otorgaba el Premio Elías Querejeta al productor Gerardo Herrero. Se reunió en esa celebración gran número de amigos y compañeros. Fue muy bonito ver un recorrido de su trayectoria y escuchar lo que todos decían de él. Pero lo mejor fue  una emocionada Mariela, la mujer con la que ha compartido más de 30 años de vida, de cine. Gerardo está unidos a Mariela por casi 200 películas juntos, por dos hijos estupendos, por una vida de complicidad y amistad tanto como amor y discusión. Y cuando Gerardo subió a recoger el premio con los ojos enrojecidos pero sabiendo muy bien lo que quería decir, me di cuenta, como con Rebor, que yo también tenía mi Gerardo. Le conocí con su primera película como director, Al acecho, poco después estuve en el jurado que le dio el premio a Mientras haya luz, su primera producción importante. Y desde entonces, de esto hace cuarenta años, hemos sido amigos: vi nacer la saga de Tin Tin, Tornasol, Milou, Castafiore, que ya estaban en su mesa como figuritas totémicas. Le presente a Marta Esteban que se convirtió en su coproductora y amiga. Hice un libro sobre él y con él. Viví los momentos de dolor y de alegría que han trufado su vida. Estaba con Gerardo y Mariela en el primer Berlín que pasaron juntos y he visto crecer a Emilio, su hijo mayor, a Martín y a María, sus hijos más pequeños. Tengo mi Gerardo, pero esa tarde dorada me di cuenta de que , como con Rebor, había muchos otros Gerardos.  El mío era ese, el de Locarno, el de  Cannes, el de Taormina, el de Almería, el de los libros compartidos, el del trabajo en común. El amigo.

El regalo de esta semana es para Rebor y para Gerardo



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