jueves, 10 de mayo de 2018

CARRETERA DE DOS DIRECCIONES: EL CINE Y LA CARRETERA



Hace unos días participé en un Seminario sobre La carretera en el paisaje, organizado en Barcelona por El Observatori del Paisatge de Catalunya. Fue muy interesante y sugerente escuchar las ponencias de ingenieros, arquitectos, paisajistas, historiadores y biólogos sobre un tema aparentemente con tan poco glamour como puede parecer habla de carreteras . A mí me invitaron para hablar de Carreteras y cine, o Carreteras en el cine, o Cine y carreteras. Cualquier enunciado era bueno. Por eso titule mi charla Carretera de dos direcciones: el cine y la carretera.  La cuelgo aquí, en lugar de hacerlo en el otro blog. Es larga, como corresponde a una conferencia de media hora. Pero espero que quien quiera, la disfrute.


Una carretera es una vía de transporte de dominio y uso público, proyectada y construida fundamentalmente para la circulación de vehículos automóviles. Coloquialmente se usa el término carretera para definir a la vía convencional conectada a través de accesos a las propiedades colindantes, diferenciándolas de otro tipo de carreteras, las autovías y autopistas, que no pueden tener pasos y cruces al mismo nivel. Las carreteras se distinguen de un simple camino porque están especialmente concebidas para la circulación de vehículos de transporte.

Esta es la definición de carretera que se puede encontrar en un diccionario. Pero a mí me gusta más definirlas de otra manera: las carreteras, desde las grandes autopistas hasta las más pequeñas vías rurales, son no lugares. Mejor dicho, son los no lugares por excelencia. La idea del No Lugar se aplica en antropología y en urbanismo a esos espacios que no forman parte de la historia, que están fuera, al margen. ¿Y qué hay más al margen, fuera de todo, que una larga cinta de asfalto donde cada vehículo es un mundo aislado que se mueve sobre ella como si fuera una nave espacial perdida en la inmensidad del universo? Una inmensidad a veces muy concurrida, es cierto, no siempre amable, con momentos de tensión, de miedo, de abandono, de libertad.


 Libertad es otra de las palabras claves para definir una carretera. Circular por una carretera es siempre una esperanza de algo nuevo, diferente. Es la urgencia de la huida, de lo desconocido. Es también la libertad de no estar obligado a nada durante el tiempo que pasamos en ella. Si la hemos definido como un no lugar, creo que también podemos definirla como un no tiempo. El tiempo se dilata, se expande, se alarga o se contrae según la vivencia que tenemos en la carretera.

Me doy cuenta releyendo esto que estoy hablando mas de las carreteras en la ficción que en la realidad. La realidad es una y la imaginación es otra. No siempre se corresponda una con la otra. Probablemente es cierto que son no espacios, no lugares, no tiempos. Pero el factor humano las devuelve al tiempo y al espacio, las acota. Y el paisaje las delimita.



Pero yo aquí quiero hablar de carreteras y cine tanto como carreteras en el cine. Hay algo muy sutil que une estas dos ideas: carretera/cine. El cine es movimiento, la carretera es un lugar para el movimiento. El cine se consume en solitario aunque se vea acompañado; los viajes en carretera se hacen en solitario, aunque se hagan en compañía. El tiempo se detiene cuando vemos una película: la historia, el mundo, la realidad queda fuera de nuestra vida; el tiempo también se detiene cuando nos sumergimos en una carretera y dejamos fuera todo el contexto,  todo lo que nos preocupa. Durante la película, durante el viaje, no existe nada más que eso: la película, el viaje.

Si nos paramos a pensar un poco en las carreteras en el cine nos daremos cuenta de que los paisajes atravesados por el asfalto de una, dos, tres o múltiples direcciones, aparecen en el 99% de las películas contemporáneas que podemos ver. Entendiendo por contemporáneo el momento en que se hizo la película, no solo nuestro presente. Y eso me lleva a otra reflexión curiosa de la relación de ambas cosas. El cine nació a finales del siglo XIX casi al mismo tiempo que los automóviles a motor. El cine reflejó el mundo moderno de los coches y las carreteras desde el primer momento. Ambos inventos eran coetáneos, ambos significaron una liberación. El cine, liberaba la imaginación, el coche liberaba las ataduras sedentarias y facilitaba el cambio. El movimiento.

Una vez dicho esto que más o menos sitúa al cine y las carreteras en una doble dirección paralela, está claro que no todas las películas han utilizado el espacio y el paisaje de la misma manera. Si en las carreteras podemos establecer una especie de gradación que va de las autopistas y las autovías, pasando por las carreteras nacionales, las secundarias, las rurales o las de montaña, en el cine podemos hablar de road movies, films que tienen la carretera como protagonista principal cuando no único; o de películas que yo definiría de road secuencias, es decir historias donde la carretera solo aparece una vez pero lo que sucede en ella es fundamental para el argumento. Por último encontramos las no road movies, films donde la carretera es un escenario más, un simple decorado por el que circula la acción como circula el coche, el camión o el autobús.



Las tres categorías son interesantes para esta charla porque yo no quiero hablar solo de argumentos, sino de paisajes, de espacios, de no lugares, no tiempos. Por eso las fotos que están pasando en estos momentos no están ordenadas por películas sino por el tipo de información sobre las carretera que dan, los puntos de vista que plantean, los elementos que se encuentran en ellas y sobre todo, el factor humano que condiciona todo lo demás. Porque si hay un coche es que alguien lo conduce. Y ese alguien ve y es mirado y contempla lo que se va encontrando. Unas veces más, otras veces menos, pero siempre con una visión panorámica que comparte con el espectador.

De las tres categorías de películas que he enunciado, a mi la que me resulta más fascinante es la de las películas que no son de carretera, ni tienen una secuencia importante en la carretera. El cine normal, el que vemos cada día. Les animo a que durante unos días se fijen en cuantas carreteras salen en películas que no tienen nada que ver con ellas. Hay montones. Porque una carretera y más si es secundaria, mas si es local o comarcal o rural, es siempre un hilo de conexión que se utiliza contantemente. En un momento u otro, un personaje cogerá un coche y saldrá a la carretera para ir a comprar, a buscar a los niños, a pasear, a ver a su amante, a matar o a robar. Para escapar un rato de su cotidianidad, para estar solo, para estar acompañado. Para lo que sea. Pero se lanzará a una carretera. Y si no tiene coche, lo hará en autobús. Y en esos trayectos banales, que no son fundamentales para la historia que nos estén contando, habrá muchísima información y pasarán muchas cosas.

Por ejemplo, los cruces y letreros de la autopista por la que sale de su ciudad nos dirán donde estamos; donde vamos. No por qué vamos, no hace falta. Solo que estamos ahí. En esa autopista nos encontramos con camiones a los que hay que adelantar, otros coches, cada uno con su historia privada dentro, autobuses de línea que unen dos ciudades. Pero nada de eso nos interesa. La carretera es un decorado por el que pasa sin dejar rastro la historia que es otra. Hay carreteras muy bonitas que nos cuentan que estamos en un paisaje de paz, en una película tranquila, quizás una comedia o un melodrama agridulce, hay carreteras pequeñas que nos dicen mucho de los personajes solo con un par de planos. Hay algunas carreteras vacías, de hecho hay muchas carreteras vacías en el cine, que provocan en el espectador la sensación de soledad, de peligro, de aislamiento. Las hay que cruzan desiertos o que atraviesan bosques. Las que se adentran en campos labrados o en zonas semi urbanas. Los personajes las transitan con cierta indiferencia. Puede que miren ese paisaje precioso de olivos, o que fijen la mirada en el mar que se divisa al fondo. O simplemente circulan pensando en que en la siguiente curva empieza una nueva secuencia que los sacara para siempre de esa carretera donde por un instante han estado en un no lugar. Son muy interesantes estos planos no funcionales de carreteras secundarias, solitarias, polvorientas, con lluvia o con nieve, con túneles y puentes, con historias por imaginar.


 Si, estas son las que más me gustan. Pero también me gustan las carreteras que tienen un papel determinante en la acción de la película. Hasta ahora no he citado ningún título, pero ahora debo hacerlo. Y para empezar hay que hablar de Alfred Hitchcock. El mago del suspense nunca hizo una road movie, pero era muy consciente del enorme encanto visual que puede tener una carretera. Hay secuencias antológicas en su cine: la carrera enloquecida de Grace Kelly y Cary Grant por la Grand Corniche de la Costa Azul en Atrapa un ladrón, escena premonitoria de la propia muerte de la princesa unos años mas tarde. La inolvidable secuencia del avión fumigador en la carretera desierta de Con la muerte en los talones. El momento de mayor peligro para los personajes en la huida de la Alemania Oriental en un falso autobús en Cortina rasgada, con su tensión añadida por la amenaza que viene de fuera. El largo viaje mental y físico de Marion con el dinero robado en Psicosis en el que la acompañamos en su monologo interior hasta el motel de Norman Bates. Son solo cuatro ejemplos de su cine, podría haber más. Los hermanos Coen son también muy aficionados a montar una secuencia fundamental en una carretera, recordemos Sangre fácil, Fargo, No es país para viejos, que tienen momentos de carreteras sin los que no se entendería la historia. Y hay muchos más, pero no voy a enumerarlos todos aquí. Sería interminable.

 En el cine español puedo citar algunos directores a los que les gusta mucho ambientar una o dos secuencias en la carretera. Almodóvar, el más urbano de todos nuestros cineastas, acaba Átame en una preciosa secuencia en una carretera perdida de Extremadura; en Volver, sus tres chicas vuelven del pueblo sin saber lo que les espera en casa; Julieta va a buscar a su hija en las montañas de Suiza. Estas carreteras no son circunstanciales, son fundamentales. Iciar Bollain no hace exactamente road movies, pero tanto Hola, estás sola como El Olivo tienen en el viaje, en el no lugar y por tanto en la carretera, un espacio argumental fundamental. En Hola, estás sola, el momento emocional más importante de las dos amigas se produce en una carretera secundaria donde una enfrente de la otra se separan, se juntan, discuten, se reconcilian. Es un momento muy bonito, muy simple, muy directo y sin artificios. Tan sencillo como ese paisaje donde se localiza. En El Olivo, en cambio, la carretera es sustancial. Gran parte de la película cuenta el largo viaje entre España y Alemania para recuperar el olivo centenario del abuelo. Pero en rigor no es una road movie: lo que les pasa tiene más que ver con su propio viaje interior que con el exterior. A Cesc Gai también le gustan las carreteras. El principio de Ficción es un catálogo muy interesante: la autopista da paso a una carretera nacional que a su vez se convierte en una carretera de montaña. Sin palabras y solo con el paisaje que Eduard Fernández ve desde el interior del coche, el director nos está colocando emocionalmente en un personaje que escapa de su rutina y busca un nuevo mundo mental. Y si hablamos de secuencias iníciales, la más espectacular es la de El resplandor de Stanley Kubrick. Un coche circula por una carretera de montaña. No habrá más carreteras en toda la película, solo esa, cada vez más alta, cada vez más solitaria, cada vez mas nevada. Una carretera que nos introduce en el miedo, en el misterio, en el horror que se va a vivir en el hotel Overlook.

Aunque no me extienda mucho, es evidente que tengo que citar aquí las road movies. Una road movie siempre tiene un componente de huida, de búsqueda de libertad, de cambio. Las hay que sirven para resolver conflictos familiares, como Dos en la carretera, o Pequeña Miss Sunshine; otras, en cambio, sirven para afianzar la propia libertad, incluso la libertad de morir, como Thelma y Louise. Hay road movies que son diarios de carretera filmados, el caso de Días de agost de Marc Recha o En la carretera de Walter Salles, son ejemplares en este sentido. Una road movie puede ser un film de terror, El diablo sobre ruedas o Kalifornia lo prueban perfectamente, o puede ser la excusa para conseguir un reto personal, es el caso de Vanishing Point de Richard Sarafian o la emocionante Una historia verdadera de Lynch. Pero si hay un director contemporáneo que ha hecho de la carretera su principal escenario ese es Alexander Payne. A propósito de Schmidt, Entre copas y Nebraska, integran una trilogía que simboliza lo mejor de las road movies, lo que tienen de catalizador de emociones. Y no querría olvidarme de otro realizador que ha utilizado los caminos de su país como escenario privilegiado para sus historias: Abbas Kiarostami. Todos sus personajes están siempre en continuo movimiento en busca de algo o de alguien, cruzando esos no lugares polvorientos que son las carreteras de los alrededores de Teherán.



Bien, ahora ya sabemos que las carreteras son no lugares. Pero eso no quiere decir que estén deshabitados ni mucho menos. En la jungla de los caminos cohabitan varias familias de vehículos, de animales mecánicos. Los más grandes, los machos alfa de la carretera, son sin duda los camiones de gran tonelaje siempre agresivos, siempre mirando desde su altura al resto de vehículos que circulan cerca de ellos. Los camiones dan miedo. Spielberg lo entendió muy bien en su primera película, Duel, El diablo sobre ruedas, donde un enorme y peligroso camión acosa y destruye a un automóvil que se atreve a plantarle cara.


Después de los camiones, nos encontramos con los autobuses, si los camiones son gorilas, los autobuses son elefantes, pesados, tranquilos, de movimientos lentos. Circulan a su aire, sin meterse con nadie. Es muy curioso que los personajes que viajan en un autobús son los únicos que pueden disfrutar del paisaje. Los pasajeros miran por las ventanas, soñolientos, perdidos en sus pensamientos. Tienen la enorme ventaja de no tener que estar atentos a la carretera desde el volante de un coche, pero también están liberados de tener que entretener sin distraer al conductor, labor que hace de los copilotos unos personajes siempre cansados.

Pero los auténticos reyes de la carretera son los automóviles. Casi siempre habitados por una sola persona aislada en su interior, protegida tras las ventanas de su coche, mirando el mundo de forma parcial. Un conductor de coche ve solo lo que tiene delante, lo que hay alrededor lo intuye, pero no lo ve. Un personaje encerrado en su coche tiene claro que el resto de islas que circulan a su lado son enemigos a batir, a conquistar, a dejar en ridículo, en el mejor de los casos, a ignorar. Los adelantamientos y los piques entre conductores suelen tener nefastas consecuencias. Los coches van en grupos como los animales salvajes que van juntos pero no son solidarios entre sí, al contrario. Se vigilan, se acosan, se persiguen. Se protegen de los animales más grandes, los camiones, pero desprecian a los más pequeños. Cuando estos grupos se convierten en manada, es decir en una acumulación de individuos, se produce el colapso, el atasco. Todo se paraliza. No se puede avanzar ni retroceder: la carretera se convierte en una prisión. Los atascos son muy cinematográficos. Hay algunas películas memorables que suceden en atascos. Un dia de furia, por ejemplo o la inclasificable Weeek-endde Godard.



En esta jungla de tráfico en el cine, quedan por lo menos dos animales más: son pequeños, molestos, estorban y nadie sabe qué hacer con ellos. Las motos serian las desagradables moscas y las bicicletas los odiados mosquitos. Las motos en el cine tuvieron su momento de esplendor en los años sesenta y setenta, cuando eran símbolo de libertad y de rebeldía. Luego, el uso obligatorio del casco, las domesticó. La bicicleta, tan peligrosa y tan irresponsable, es por ahora el único vehículo de los que circulan en las carreteras que permite ver el paisaje, disfrutarlo. A costa a veces de poner en peligro a todos los demás.



 Más cinematográfico porque es imposible de reproducir en la realidad, es el contra plano desde fuera. El que coloca la cámara frente al conductor y lo observa en su comportamiento dentro del vehículo. Lo vemos hablar, mirar, pensar, reír, enfadarse, escuchar música. Es un contra plano que tiene una función muy importante porque convierte al espectador en observador del que observa. Si la visión de dentro afuera es la del tiempo que pasa, la del fuera adentro es la visión del tiempo suspendido: siempre es igual.

Pero, ¿que observa el personaje que conduce un coche, un camión, una furgoneta? En primer lugar, la carretera con sus líneas pintadas en el suelo, sus curvas, sus límites, el horizonte lejano, el paisaje que lo rodea y lo enmarca. En segundo lugar, lo que ve son los demás vehículos: los que tiene delante, los que vienen en dirección contraria, los que suponen una amenaza, los que son un estorbo, los que le persiguen. Pero hay un tercer y muy importante elemento que hay que tener en cuenta: el conductor observa y se detiene, en los no lugares del no lugar que es la carretera. La definición que dábamos del no lugar como una zona fuera del tiempo y del espacio, se puede aplicar aun con más sentido a esos sitios que no pertenecen a nadie, que son ajenos al contexto: gasolineras, áreas de servicio, áreas de descanso en la autopista, bares de carretera, moteles.


En una película, pararse en una gasolinera puede significar muchas cosas: poner gasolina en el coche es la más evidente; pero hay más: puede que lo que busque el personaje sea información si está perdido o simplemente necesita descansar y estirar las piernas. Una gasolinera es en sí misma un territorio neutro, que puede anunciar un peligro inminente, el final del camino o un encuentro inesperado. La gasolinera pasa, se deja atrás, es un escenario volátil, una figura en el paisaje que se olvida rápidamente.

Las áreas de descanso de las autopistas, son como oasis en el desierto. El personaje se detiene en ellas a reponer fuerzas, a descansar, a ir al baño. Las áreas de descanso son todas iguales: no pertenecen a ningún país, son parte de una geografía internacional intercambiable. En estas áreas no suele suceder nada relevante para las historias que se cuentan. Pero son fundamentales para que transite la narración.

Muy diferentes son los bares de carretera, esos lugares donde se suelen parar los camioneros y que si son, al contrario que las áreas de servicio de las autopistas, completamente distintos de un país a otro. Si vemos una carretera en una película y vemos un bar, un restaurante donde los personajes se detienen, sabremos ya antes de que hablen si estamos en España, en Francia, en Inglaterra o donde sea. En los bares de carretera si que pasan cosas importantes. Un personaje no se detiene en ellos solo a comer o beber. Se detiene allí por algo. Y ese algo es casi siempre relevante.

Los moteles son muy interesantes. Un motel tiene su propia historia que a veces se impone a la de los personajes: recuerden el tenebroso motel de Norman Bates en Psicosis. En un motel pueden pasar muchas cosas: desde la más simple de dormir y reponer fuerzas para continuar el camino, hasta ser un buen lugar donde esconderse, tener una aventura, sentir que no estás en ningún sitio. Un motel permite el anonimato mas absoluto. No lugar, no tiempo, no existencia.
Una carretera necesita una cartografía. Una señalización que ordene el tráfico, que transmita códigos que todos los que circulan por ella sepan distinguir. Las señales de tráfico son los símbolos del lenguaje de la selva de la carretera. Todo el mundo los entiende, o al menos debería entenderlos. Es un código de comunicación internacional.


En cuanto a carteles que indican destinos son en sí mismos una contradicción: son señales que señalan lugares desde el no lugar. Indicadores de destinos que se quedan al margen de la historia, lugares donde seguramente nuestros personajes no quieren ir, no tienen que ir, no les sirven mas que para situar en el espacio y en el paisaje al espectador que mira la película.

Junto a las señales, en la carretera encontramos otro tipo de imágenes: los anuncios que puntean los caminos. Los anuncios son muy importantes en una película: distraen al conductor y al espectador, obligan a fijar la mirada en un punto. Informan de la época y del lugar. Poca gente dudará donde está si ve el Toro de Osborne recortándose en la lejanía de los Monegros. Los anuncios nos informan de donde estamos y en qué tiempo vivimos. Los anuncios son como pequeñas pantallas en la pantalla. Eso es algo que entendió muy bien el director Martin McDonagh en una película que está en la memoria reciente de todos: Tres anuncios en las afueras. La carretera secundaria que conduce al pueblo, se convierte con estos anuncios en una pieza indispensable para comunicar una indignación: este es un buen ejemplo de road secuencia de un tipo muy diferente.

Todos sabemos que las carreteras no son territorios neutros. El que sean no lugares no quiere decir que no pasen cosas en ellas. Algunas muy trágicas, los accidentes, por ejemplo. Hay muchos accidentes en el cine que desencadenan historias. Puede que no vuelva a salir otra carretera, otro accidente, en toda la película, pero ese habrá sido fundamental. Solo un ejemplo para demostrarlo. En Azul, la primera película de la trilogía de Kieslowski, Tres colores, un accidente inesperado deja a Juliette Binoche sin su hija y sin su marido. Todo lo demás sucede porque ha pasado eso. Los accidentes despiertan la solidaridad de los isleños del tráfico que se paran a ver qué pasa, unas veces para ayudar, otras, solo para mirar. Los accidentes son anuncios de dramas y entre ellos una variante del accidente es el atropello. No es tan común como se podría pensar. En las carreteras no se atropella tanto como en las calles de una ciudad. Pero si, hay atropellos que dejan huella: el de Muerte de un ciclista, de Juan Antonio Bardem, es quizás uno de los más interesantes.



Otro tipo de incidente en las carreteras son las averías También despiertan la solidaridad de los demás, pero es una solidaridad interesada que se suele plantear desde la superioridad del que no está averiado, el que se sabe con capacidad de ayudar al que ha sufrido un percance mecánico. En estas situaciones, el no lugar pasa a ser un lugar: el lugar donde hubo un accidente se recordará siempre; el lugar donde alguien ayuda a alguien a cambiar una rueda, puede ser el inicio de una bonita historia de amor o de una amistad. El acontecimiento singulariza el espacio. El factor humano humaniza nunca mejor dicho el no lugar.


Hasta aquí he hablado de la carretera en su contexto: el no lugar que cruza el paisaje con una línea gris de asfalto sobre la que circulan vehículos. Pero hay algo que si hablamos de carreteras en el cine no podemos dejar de lado: el factor humano. Las personas, los personajes que se mueven en esa carretera fuera de los vehículos. Porque también son importantes y también tienen un papel en las historias. Son los hombres y mujeres que caminan por la carretera, a veces sin saber dónde van. Hay un matiz que me parece importante: la gente que anda por las carreteras no pasea. Pasear según el diccionario es “Andar por placer o para hacer ejercicio por un lugar, generalmente al aire libre, despacio y sin un destino determinado”. La gente que camina por las carreteras en el cine suele tener un destino determinado, va a algún sitio y por alguna razón. No lo hace por ejercicio, lo hace para conseguir algo: ir a comprar gasolina porque se ha quedado tirado en la carretera; llegar a una parada de autobús; alejarse de un lugar que no le gusta; volver a casa tras un día de trabajo; buscar un horizonte nuevo donde empezar una historia de amor, de vida. Caminar por una carretera es contar una historia.

Podemos encontrar otro tipo de personas en la carretera. Los que están parados. En general son personajes que esperan algo, que alguien los recoja, que pase un autobús, que pase algo en el horizonte que miran. Son personajes estáticos en un paisaje en movimiento, personajes que miran a su alrededor. Entre los personajes que esperan los autoestopistas ocupan un lugar privilegiado. Ellos esperan a que alguien les lleve a otro sitio, un autoestopista anuncia una aventura o un peligro. En todo caso un encuentro.

Los encuentros pueden ser de muchos tipos, pero hay uno que el cine ha mostrado en muchísimas ocasiones, desde el humor, hasta el horror, desde el realismo hasta la ciencia ficción: el encuentro con la policía que pone la sirena a tope, persigue el vehículo, lo detiene e infunde un miedo inconsciente en los pasajeros del coche, incluso aunque no se haya hecho nada.

No sé si estas líneas han ayudado a vislumbrar las múltiples posibilidades de las carreteras en el cine. Pero espero que la selección de fotos que han acompañado mis palabras haya servido para estimularles a fijarse en las carreteras que aparecen una y otra vez en las películas. Gracias






sábado, 5 de mayo de 2018

CARAS Y LUGARES


Antes de nada pido disculpas si esta entrada es muy larga. En estos quince días que no he escrito en el blog han pasado muchas cosas en el cine. Pueden leerla entera o saltarse los párrafos que no les interesen. Se trata de hacer un repaso de forma rápida y por fuerza escueta de algunas de las películas vistas en tres festivales. Si, tres. Porque a los dos de Barcelona, tengo que añadir el festival CLAM de Manresa/Navarcles que el destino me ha hecho conocer y del que no sabía nada hasta ahora. Los tres  han tenido lugar a finales de abril y principios de mayo. Sin olvidarme de  los estrenos de estas dos semanas entre los que hay algunas películas muy interesantes.

Me ha parecido que una buena manera de hablar de todo esto era titular la entrada  Caras y Lugares, robándole el título a la última y maravillosa película de Agnès Varda que se ha  visto en dos de estos festivales. Empiezo por las que he visto en el BCN Film Festival, sigo con el CLAM y acabo con las pocas que he disfrutado en el D’A. Para que sirva de guía, al final de cada texto pondré las siglas BCN, para el BCN Film Fest; D’A, para el D’A Film Festival, CLAM, para el de Manresa/Navarcles y E cuando se trate de un estreno. Allá voy.


Cara. Es evidente que hay que empezar por la cara de Agnès Varda. La veterana directora a sus 90 años había anunciado que vendría a Barcelona. Al final no pudo, pero envío un vídeo que se pasaba antes de su película donde su cara de niña traviesa, ingenua, inteligente, saludaba a la ciudad y al festival y explicaba qué era el experimento vital tanto como visual que es Caras y lugares, un trabajo a dos voces, emocionante, divertido, brillante. Un viaje por los rostros y los paisajes de la gente de Francia, esa que nunca sale en el cine, ni en la televisión. La gente de verdad. (BCN y CLAM)

Cara. La de Gloria Grahame encarnada en Annette Bening en Las estrellas de cine no mueren en Liverpool, donde se cuenta la historia de amor entre una de las actrices más  hermosas y perturbadoras del Hollywood clásico, con un joven actor británico del que la separaban casi treinta años. Los últimos días de su vida, Gloria Grahame decidió pasarlos al lado de Peter, en su casa de Liverpool, junto a su familia. Fue una buena decisión que la ayudó a morir en paz. (BCN)

Cara. La de la gran María Callas, La Callas en María by Callas. Su nombre evoca, incluso entre los más jóvenes, desinformados y operaescépticos, la idea de una gran diva. María Callas fue la gran estrella de la opera, su reina absoluta en los años cincuenta del siglo pasado. Este documental que se estrena el día 11, le da la voz a ella misma. La coloca en primera persona. (BCN y E)

Cara. La de Mary Shelley, autora de Frankenstein de la que se sabe mucho menos que de su famosa criatura. Mary Shelley nos cuenta quien era esta joven educada y sensible antes de escribir su Moderno Prometeo. Cine clásico bien contado, con actores estupendos. (BCN)

Lugar. Ronda. Málaga. La semana santa de Ronda es el lugar y el espacio donde se ambienta Mi querida cofradía, una comedia negra teñida del morado de los capirotes de la hermandad pero también del feminismo convencido de la directora y las protagonistas. En un contexto inesperado y poco habitual, se establece una dura guerra de sexos entre Carmen, que quiere ser Hermana Mayor de su Cofradía, e Ignacio, un hombre petulante insulso y sobre todo vacuo que sale elegido precisamente por eso, por tonto y por hombre. Pero si solo fuera esto, la película no sería tan divertida. Lo que la hace digna de ir cosechando premios del público es la comicidad de los personajes, especialmente esa vecina que no sabe hacer torrijas, de las situaciones nunca llevadas al extremo, y las soluciones imprevisibles. Una excelente opera prima de Marta Díaz de Lope Díaz. (BCN y E esta semana)

Lugar. Berlín. El Berlín de Les distàncies, un Berlín de vida cotidiana donde aterrizan cuatro amigos para darle una sorpresa a un quinto que vive en la ciudad desde hace años. La segunda y esperada película de Elena Trapé es un retrato de la decepción, la sensación de fracaso de una generación, la que tiene entre 30 y 40 años, que ha visto como se iban derrumbando una a una sus ilusiones y esperanzas. Pero el que sus personajes se sientan acabados no quiere decir que la película sea pesimista. El solo hecho de existir es la prueba de que no hay derrotas posibles. Siempre se puede hacer frente a lo que no funciona. Volveré a ella cuando se estrene en otoño (BCN)


Lugar. Navarcles y Manresa, dos poblaciones de la Catalunya interior donde se celebra el Clam Festival Internacional de Cinema Social de Catalunya que ha alcanzado su 15 edición. Un importante esfuerzo colectivo de un grupo de personas que quieren ofrecer en las dos sedes del festival una selección del mejor cine comprometido y preocupado por los problemas más acuciantes del mundo. Un descubrimiento

Cara. La de Agustí Villaronga a quien el CLAM ofrecía un homenaje por su trayectoria. Villaronga es un director de una larga carrera. Hace treinta años deslumbró a todos con Tras el cristal, un debut inclasificable,  Desde entonces, alterna films personales con encargos donde su presencia se trasluce aunque no haya nada suyo en la historia. Agustín es uno de esos directores, diría que es de esas personas, que sabe reconocer los esfuerzos colectivos. No importa que un festival sea pequeño, lo que cuenta es apoyar iniciativas que abran horizontes, sea en el sitio que sea.

Cara. La de la actriz Rosa Novell. Para acompañar su homenaje, Agustí pidió proyectar uno de sus trabajos menos conocidos, El testament de la Rosa. No es fácil hablar de esta película. En el año 2013, Rosa Novell empezaba a ensayar la obra El Testament de Maria de Colm Tóibín, cuando le detectaron un cáncer a raíz del cual perdió la vista. Se quedó ciega. Pero eso no la doblegó. Villaronga le propuso entonces filmar con ella los ensayos de la obra de Tóibín. En blanco y negro, en una casa, con la ayuda de su buena amiga Cesca, Rosa Novell fue recitando los estremecedores textos de la obra dejando que la cámara la mirara, la siguiera, grabara la belleza del dolor en su rostro, la mirada interior de sus ojos claros, la verdad de la interpretación en sus manos. Dejando, en definitiva, que el testamento de María fuera su propio testamento: un retrato del alma. Emocionante y hermoso, este film conmovió a todos los que lo descubrieron por primera vez en el el CLAM de Navarclés y Manresa.

Cara. La de Harry Dean Stanton en Lucky, su último film como actor. Es imposible ver esta película y no emocionarse cuando el viejo Lucky canta la ranchera Volver en un español mexicano lleno de matices; o cuando escuchamos a Tom Skerritt contando la historia de una niña budista que sabía que iba a morir y sonreía; o cuando David Lynch, preocupado porque su tortuga ha desaparecido, acepta que en realidad lo que ha hecho es irse a vivir una vida mejor y por eso él debe estar contento. Ver a Lucky haciendo gimnasia o crucigrama es compartir con el actor y con el personaje un fragmento de vida. El film de John Carroll Lynch recuerda Una historia verdadera del Lynch mas famoso. En esta como en aquella, la serenidad de la vida y la sonrisa ante la muerte es un aliento de felicidad y de aceptación del paso del tiempo y de la inevitable llegada de la muerte. Casi al final, Lucky mira a cámara, sonríe, nos mira y se da la vuelta. Es un hasta luego más que un adiós. (CLAM y E esta semana)


Cara. La de Charlotte Rampling en Hanna. Un film casi mudo, que explora la piel no solo del rostro, de todo el cuerpo, de una actriz que transmite desolación, soledad, pero no miedo. No es importante saber qué es lo que ha llevado a Hanna a esa soledad, a esa marginación. Lo que cuenta es su mirada, su caminar, su manera de dejar que la vida salga por los intersticios menos esperados. Es una película dolorosa, pero no es una película pesimista. (CLAM y D’A)

Cara. La de Jean Pierre Leaud en el film de Nobuhiro Suwa El león duerme esta noche. En su larga, larguísima filmografía, Jean-Pierre Leaud ha sido un actor y un personaje permanentemente enfadado con el mundo. Hasta ahora. En esta historia veraniega y feliz, de fantasmas, casas abandonadas, películas infantiles y canciones, Leaud se permite sonreír, colaborar, mirar de frente a la vida y a la muerte. Hay algo en este personaje que le acerca al de Harry Dean Stanton en Lucky, Los dos saben que van a morir, los dos saben que la muerte no se puede filmar. Los dos saben que una canción es la mejor manera de transmitir una emoción. Preciosa. (D’A y E la semana pasada)

Cara(s). Las de Éric Caravaca, Esther García, Louise Chevillotte en Amante por un día, el último trabajo de Philippe Garrel. A sus 70 años, Garrel sigue contando la misma historia de amor y desamor entre un hombre y una mujer, o dos. Con la variante añadida que en este caso hablamos de un hombre, su amante y su hija, la hija del personaje que es la hija del propio Garrel. Blanco y negro, rostros puros, emociones a flor de piel, en una puesta al día de  La maman et la putain que podría llamarse muy bien La fille et la putain. (D’A y E esta semana)

Cara. La de la vieja Carme, la Penélope de Eva Vila. Una versión de La Odisea de Homero en la que Penélope es una mujer muy vieja que encarna la sabiduría, la tierra, los orígenes, lo perdurable y verdadero, y Ulises es un hombre perdido que vive en una ensoñación. Todo ello enmarcado en una Itaca que es una Montaña Sagrada y mágica  (Montserrat) y un palacio que es un pequeño pueblo de la Catalunya rural con sus tradiciones,  sus fiestas y sus gentes, entrevistas siempre desde la casa de esa Carmen/Penélope que lo llena todo con su humanidad. Eva Vila film las montañas con el mismo amor y la misma belleza que filma el rostro y las manos de su Penélope particular. Y escucha el silencio y el sonido de la naturaleza y observa la niebla y el paisaje.  El mito es mito precisamente porque se puede abordar desde muchas perspectivas. La de esta película es muy hermosa. (D’A)

Cara. La de Charlie, el adolescente desorientado de Lean on Pete, un film que se puede definir como una horse road movie. Un viaje con un caballo, no a caballo, que no es nunca un western. Retrato de un chico que crece ante nuestros ojos a medida que adelgaza su cara y su vida se va simplificando en los problemas. Nunca melodramática, nunca miserable, solo eso: un adolescente que se ha quedado solo, un caballo que le sigue y el paisaje de Wyoming. (D’A)

Cara(s) y Lugar(es). Los de películas que no he visto y me habría gustado ver en este D’A que acaba esta semana. Son muchas porque no he podido ir todo lo que hubiera querido. Espero recuperarlas de una u otra manera porque el hecho de que el D’A  haya seleccionado estos films hace que ya me resulten interesantes.


Cara y Lugares. La de Cate Blanchett multiplicada por trece personajes en Manifesto, el film/arte de Julian Rosefeldt que recoge trece manifiestos político/artísticos del siglo XX. Lo mejor de este experimento: ella y sus caracterizaciones junto con los lugares escogidos para cada discurso. Lo peor, lo viejos que se han quedado la mayoría de estos grandilocuentes discursos situacionistas, futuristas, dadaístas, surrealistas, Dogma 93, Fluxus…. El tiempo es implacable con ideas que recogen el último momento sin una proyección hacia adelante. Recomendada para estudiosos del arte, amantes de los ensayos políticos y nostálgicos de movimientos bien definidos, no como nuestro tiempo que debería tener el  Manifiesto de la Fluctuación y la falta de límites constante. (E)






viernes, 27 de abril de 2018

DOS FESTIVALES




Bacelona esta de fiesta, mejor dicho esta de “Fiestivales”. Dos, para que no se diga. El viernes 27 acababa el BCN Barcelona Film Festival; el jueves 26 empezaba el D’A Film Festival. Quince días de películas  que componen entre los dos una oferta magnifica y muy variada. Porque eso si. Son dos propuestas completamente distintas.

El BCN Film Fest se puede definir como una variante de la SEMINCI de Valladlid;  el D’A Film Festival es nuestro Locarno particular. Con esto ya los caracterizo de una manera rápida y clara. No son competencia, se complementan.  El festival del cine Verdi, ha celebrado su segunda edición; el festival del CCCB y el cine Aribau tiene una larga trayectoria  con ocho años  brindando la oportunidad de ver el cine mas arriesgado, personal  y distinto de dentro y de fuera de España.

En el BCN Film Fest  se han visto muchas películas que se estrenarán mas o menos pronto y de las que iré hablando a medida que lleguen a las pantallas;  en el D’A se verán muchas películas que seguramente tardarán bastante o no llegarán nunca a las pantallas.  De ellas hablaré en una próxima entrada. Sirvan estas líneas solo para recordar el festival que ha terminado y para animar a que se acerquen al que acaba de empezar.  Habrá sorpresas, seguro.




sábado, 21 de abril de 2018

PESADILLAS


Antes que nada: la película estrella de la semana es Isla de perros de Wes Anderson. Pero aún no la he visto. Asi que se quedará para una próxima entrada. De momento estos días en que en Barcelona ha empezado  el BCN Film Festival nos dejan cuatro estrenos interesantes. Vuelvo a la fórmula que ya usé hace unas semanas: De qué va, Porque me gusta. Acompañado de fragmentos de  cuadros de Ramon que me sugieren las historias.




CUSTODIA COMPARTIDA
De qué va: Una pareja separada desde hace un año plantea ante una jueza la custodia compartida del hijo pequeño de once años. La madre intenta que no se la concedan, pero el padre la consigue. Esa decisión completamente arbitraria será el principio de una pesadilla para la madre, el hijo, y la hermana mayor.
Porque me gusta. Por el tono seco y cortante. Porque empieza como un film social sobre un problema acuciante y va derivando hacia un film de horror. Porque nos cuenta que a veces, la casa, ese espacio que se supone es un refugio, puede ser un lugar extremadamente peligroso donde las emociones se esconden hasta que estalla el miedo. Porque ese ogro terrible y cotidiano desgraciadamente se parece a muchos ogros que existen en la vida real. Porque no cae nunca en el melodrama y obliga al espectador  a mirar directamente el problema. El protagonista principal es un padre celoso y posesivo, violento y maltratador, pero la película nunca parte de él. Al contrario, le vemos siempre desde otro punto de vista: la jueza, el hijo, la madre, todos focalizados en ese hombre feroz que engaña con su apariencia. Pesadilla cotidiana.



SERGIO&SERGEI
De qué va: Sergio es cubano, Sergei es ruso y Peter, que no sale en el título, es americano. Estamos en el año 1991. Sergio vive en una Habana en ruinas; Sergei es un astronauta de la estación espacial MIR que se cae literalmente a pedazos; Peter se encierra en un piso en un Nueva York que declina éticamente. Los tres se conocen, se ayudan, se hacen amigos gracias a las ondas de radio aficionado que les permiten escapar de los controles de la incompetencia (la de la agencia espacial soviética), la indignidad (la de los servicios secretos cubanos) y la prepotencia (la del FBI).
Porque  me gusta: Desde pequeña he sido, y sigo siendo, una gran entusiasta de los viajes espaciales. Me acuerdo de Yuri Gagarin, el primer hombre que voló al espacio, de la perrita Laika, de la llegada a la Luna, del inicio de la utopía de construir una estación espacial como la de 2001. Me acuerdo de eso. Y también me acuerdo de Cuba, de la esperanza que significó en el año 1960, de la decepción que empezó a ser muy pronto, de la pesadilla en la que se convirtió para tantos cubanos y de la ruina en la que acabó cayendo. Todo eso está en este film sencillo, hecho con muy pocos elementos, mucha imaginación y sobre todo una nostalgia no del pasado que fue, sino del que pudo haber sido. Pesadilla histórica.



9 DEDOS
De qué va: Film noir, en blanco y negro, cuenta la extraña historia de un hombre que se ve envuelto en una peligrosa trama criminal y de espionaje en un mundo no fijado en ningún tiempo, en ningún lugar.Con una atmósfera onírica, acaba siendo una pesadilla de la que no puedes despertar.
Porque me gusta: Porque es insólita, porque es fascinante. Porque está llena de ecos. No homenajes, no copias, no remakes. Ecos de cine mudo expresionista (Nosferatu flota en ese barco fantasma), del cine de Melville (Magloire, el protagonista, es un samurái silencioso) de Bela Tarr (el puerto, el tren, el robo, recuerdan mucho al hombre de Londres), de Guy Maddin (Arcángel se siente en algunos momentos). Con todas estas referencias y algunas más, nos sumergimos en un viaje que nos lleva en un rumbo muy personal y con una atmósfera misteriosa, hacia una aventura digna de Gordon Pym, de Conrad, o de Kafka. Pesadilla metafísica.




UN LUGAR TRANQUILO
De qué va: En un mundo apocalíptico, una familia  trata de sobrevivir en silencio absoluto, amenazados por misteriosas criaturas que intentan matarlos guiadas por el sonido. Si no te oyen, no te pueden atrapar, es el tema de esa pesadilla callada.
Porque me gusta: Porque es cine de terror clásico, pero muy inteligente. Porque cuenta una historia vista muchas veces, pero lo hace desde una premisa distinta: el silencio. Porque los actores funcionan solo con sus miradas, sus gestos. Porque te mantiene en tensión sin sustos, y acabas participando de su miedo, aguantando la respiración para no hacer ruido. Porque no hay lugares tranquilos en un mundo poblado de voraces criaturas. Es cierto que podría haber sido mas radical. No usar música por ejemplo, o no llegar a mostrar nunca a los aliens malvados. Pero esa habría sido otra película. Esta funciona así. Pesadilla silenciosa.

Una curiosidad. En dos films tan distintos entre si como Custodia compartida y Un lugar tranquilo, hay una secuencia casi igual. En ambos, la madre, perseguida y acosada por un monstruo, sea un padre ogro o un alien asesino, busca refugio en un cuarto de baño y se esconde en una bañera. Me ha llamado la atención que en las dos hicieran lo mismo.

Otra curiosidad. Al releer el texto me doy cuenta de que las cuatro películas son pesadillas de distinto tipo. Así que he decidido cambiar el titulo de Estrenos al mas atractivo de Pesadillas.

sábado, 14 de abril de 2018

ALMA MATER



(bombardeo de Damasco la madrugada del 14 de abril. De los periódicos)
Alma mater es una respuesta. También es una excelente película, pero sobre todo, Alma mater es una respuesta a la pregunta que me hacía la semana pasada en la entrada sobre el documental de Ai Weiwei: ¿Por qué se van de su país? ¿Qué impulsa a los refugiados a lanzarse a las carreteras? Esta película belga, rodada en Beirut con actores palestinos, sirios y libaneses, es una posible respuesta. No la única, pero si una muy creíble. Alma mater es una película claustrofóbica, no porque pase en un espacio cerrado, un piso de clase media en medio de una ciudad asediada por bombas, francotiradores, violadores y ladrones, que podría ser Damasco, Alepo, o cualquier otro lugar de la tierra donde esta situación se ha vivido antes. Es claustrofóbica, porque demuestra que la población civil, la gente normal, como tú o como yo, somos las víctimas directas de una guerra intolerable, absurda, donde no hay buenos ni malos porque todos son malos. Una guerra que encierra moralmente a sus habitantes, ante la indiferencia de una comunidad internacional que no ha sabido reaccionar ante lo que está sucediendo en Siria desde hace tantos años. Una comunidad ensimismada en sus estúpidos problemas (que pequeño y mezquino me parece todo lo que nos sucede en nuestro entorno cercano) y que abandona en su encierro a esta gente. Pero esa claustrofobia se convierte en la película en un lenguaje que la hace aun más interesante. Todo sucede en un día que podría ser cualquiera. Un día que comienza con un hombre muerto en un callejón, apenas entrevisto desde una ventana; sigue con un intento de sobrevivir en la normalidad alterado radicalmente por la irrupción de un grupo de hombres carroñeros, profesionales de la violación y el saqueo y que acaba con un duelo compartido y una esperanza frustrada. Un día normal en ese espacio, en ese tiempo. Dentro de esa capsula que intenta ser segura, tres mujeres dominan la situación. La madre, fuerte, sólida, capaz de tener miedo pero controlarlo, y sobre todo dispuesta a no abandonar su casa, su barrio, su ciudad, su mundo. La joven vecina con su bebe, dubitativa, con un deseo enorme de huir, pero con una capacidad de reacción y de valentía ante la agresión que la hace enfrentarse a lo peor con tal de salvar a su hijo. La criada, una mujer ajena al conflicto, atrapada como todos en ese piso, la única que quiere decir la verdad, pero no puede hacerlo porque no es nadie. Junto a ellas un viejo, un adolescente y un niño. Los hombres están en fuera de campo, muertos, luchando no se sabe dónde, o convertidos en bestias depredadoras. La cámara es cómplice de esta claustrofobia y sigue a los habitantes de la casa en largos planos secuencias que convierten a los espectadores, en compañeros de su cautiverio. En ningún momento puedes dejar de verla. En ningún momento puedes no sentirte interpelado ¿Qué haría yo? En este círculo de tensión, miedo, aburrimiento y dolor, hay un instante alargado de paz. Un único instante donde todo es silencio. La cámara se detiene en la madre que acaricia la gran mesa del comedor, el símbolo de lo que han perdido: la seguridad, el confort, la familia, la tradición. Hace calor, las persianas están bajadas, la madre acaricia el frescor de la mesa y se tiende sobre ella, apoya su rostro en la superficie pulida de esa mesa que es su vida y cierra los ojos. Ese momento me da todas las respuestas que he estado buscando.

Escribí este texto el viernes 13 de abril. Hoy, sábado 14, me he despertado con la noticia de los bombardeos sobre Siria y del incremento de la escalada bélica entre Estados Unidos y Rusia que prolongan una guerra en la que, a diferencia de los graves conflictos mundiales de tiempos pasados, sinceramente no veo un lado bueno y uno malo: los dos son malos, nefastos, inmundos. Siria y su principal valedor Rusia, me da miedo. Pero Trump y su coalición, que en el fondo acabará beneficiando a los fundamentalistas del EI, tampoco me gustan nada. Y en medio, casas sitiadas y madres que intenta no perder el contacto con la frescura de una mesa pulida por los años.

sábado, 7 de abril de 2018

NEGRO Y BLANCO




Negro
En este caso el negro y blanco no significan lo que normalmente se cree. El  negro es luminoso, brillante, alegre, es un negro criminal y librero, es un negro de tinta negra y de pensamientos nada negros. El negro de Paco Camarasa, el criminal de Negra y Criminal, el compañero de Montse Clavé. Paco era una institución, siempre riendo detrás de sus ojitos semicerrados, siempre dispuesto a recomendarte una novela (negra of course), a compartir un vino y unos mejillones, a jugar a las películas (negras, desde luego). Y siempre al lado de Montse. Si Montse es una presencia en mi vida desde los doce años, Paco lo ha sido desde los 30. Le veía poco, por eso aun puedo imaginármelo detrás de su mesa llena de libros. Hay algo que siento que he perdido con una muerte tan negra e innecesaria: una referencia. Alguien que formaba parte de mi paisaje mental y sentimental. El día que se celebró su entierro yo estaba en Madrid. No sé si a Paco le gustaban los tulipanes, pero si sé que esa tarde, en el Jardín Botánico, ante tanta belleza, pensé en él y le dediqué un recuerdo teñido de colores.

Blanco
El blanco, en cambio, es sucio, feo, borroso, oportunista. Es un blanco que quiere parecer bueno, pero no es más que una operación ególatra a costa del sufrimiento de los demás. Es el blanco del chino Ai Weiwei, uno de esos artistas que se aprovechan del dolor de los demás para forrarse y seguir engañando. Hay muchos artistas así, se autodenominan políticos, pero lo único que son es  unos interesados. Wewei ha pertrechado un documental del que no quería ni hablar, pero me ha salido del alma hacerlo como contrapunto al negro de Paco. El documental se llama Marea humana y se supone que habla del grave problema de los refugiados que pululan como almas en pena por el mundo desde hace años. Pero en ningún momento se pregunta por qué hay refugiados, qué sucede en sus países, por qué se van. O por qué inundaron las carreteras y fronteras europeas en los meses previos al Brexit, las elecciones francesas, alemanas, holandesas, austriacas, auspiciando el miedo al otro, al que viene de fuera a robarnos. Tampoco se pregunta porque, curiosamente, una vez pasadas las elecciones sin llegar a conseguir los objetivos de hacer ganar a la ultraderecha mas xenófoba, antieuropea y racista, los medios de comunicación los han olvidado por completo. ¿Dónde están los hombres y mujeres perdidos que caminaban en la nieve y se refugiaban en campamentos donde solo la buena fe de algunas personas les ayudaba a sobrevivir? Supongo que ahí siguen, pero ya no son útiles, no sirven  a nadie, más que a Weiwei que los ha convertido en carne de egotrip social.  Lo siento, pero detesto este tipo de operaciones.